viernes, junio 29, 2007

El monje Laskaris y otros relatos extraños y esotéricos, de Gustav Meyrink (1913-1925)



La admiración que siento por la obra de Gustav Meyrink (Gustav Meier, 1868-1932) es absoluta. Si quieres leer la carta de amor que le escribí a esa novela fascinante que es El Golem en la página de Cyberdark, búscala aquí. Dicho esto, debo añadir que no todos los cuentos incluidos en esta recopilación me han gustado, lo veo normal, pero aun así y antes de nada me veo impelido a pedir disculpas por el tono exaltado que en algún momento adoptaré en mi comentario a este libro. Imaginad a ese loco tan típico que aparece saltando entre las rocas en toda isla que se precie, o surgiendo de la espesura de una selva o caminando cual espectro sobre la duna de un desierto, barba blanca hasta los pies, ojos luchando por escapar de sus cuencas, mirada extraviada y ademanes bien fantasmales, bien espasmódicos; imaginad su discurso tras veinte años o más sin haber tenido contacto con humano alguno; imaginad su lengua reseca pegada al paladar y lo que esto puede afectar a su forma de hablar, a su discurso inconexo de palabras atropelladas; imaginad, imaginad, y cuando lo hayáis hecho, continuad leyendo.

Este volumen no incluye solamente una selección de relatos de las dos antologías de Meyrink, Murciélagos (Fledermäuse, 1915) y Cuentos de alquimistas (Goldmachergeschichten, 1925), como se nos indica en el prólogo, sino también relatos publicados con anterioridad y que no pertenecen a ninguna de estas antologías. Da un poquito de rabia que no se incluyan las fechas y tampoco se indique a qué colección pertenece cada cuento, pero intentaré resolverlo en la medida de mis (tristes) posibilidades. Como ya he puesto fecha a ambas, lo que haré será añadir tras cada título la fecha correspondiente y así estará localizado en el tiempo y el espacio cada uno de ellos. A estas tonterías dedico mi vida, sí. Aclaro que no firmaría con mi sangre en un pergamino antiguo ante la presencia del mismo Mefistófeles la exactitud de las fechas fruto de mi búsqueda.

Por lo demás, la edición de Valdemar en su colección Gótica es un lujo, un auténtico placer. Primero, por editar a lo grande a un escritor del que saben que no van a vender una chufla: es una auténtica fortuna que Valdemar preste atención a este autor. Y segundo, porque se nota (o yo creo notar) mucha dedicación y cuidado en la traducción. Sólo así me explicaría que José Rafael Hernández Arias haya mantenido con una llama tan enfebrecida y fantástica lo que considero un auténtico tour de force estilístico en español: el que supone la traducción del relato El maestre Leonardo.

Paso ya al primer cuento, El monje Laskaris (1925). Es cierto que este relato histórico con resabios aventureros resulta muy entretenido de leer, pero de su mitad hasta el final, cuando lo histórico se adueña de la narración domeñando al resto, cae en lo cansino, tanto por la inconsistencia de los personajes como por la acumulación de anécdotas, no todas interesantes. Salvo por su temática (la alquimia y los alquimistas, tan requeridos por los príncipes de la época como los adeptos buscaban el oro), nada del Meyrink de El Golem aparece por aquí. Esto es, que el Meyrink sublime no hace acto de presencia y lo que encontramos a cambio es un narrador impersonal y sin fuerza. El interés del cuento radica exclusivamente en el interés que pueda provocar en el lector su desarrollo general y los múltiples meandros de lo narrado, sin confiar nada al estilo. Un hecho tras otro que si estuvieran entrelazados con más arte nos harían sentir menos pena. Pena porque este relato se extiende todo un tercio del libro. Puede ser considerado esotérico en la medida en que narra las aventuras de verdaderos alquimistas, así como las de diversos estafadores que con tales ropajes se disfrazaban, pero no en verdad porque esconda un mensaje o enseñanza ocultos. Y de extraño, lo que puede tener para un lector español ignorante (yo) esos nombres como alemanes tan largos y llenos de consonantes. Nada más. Comienzo frustrante, no porque se trate de un mal relato, sino porque lo considero indigno de quien lo firma.

Aunque Meyrink consideraba la alquimia no una patraña descomunal sino una realidad histórica, tampoco deja a un lado la verdad de los hechos de la época en que ambienta su narración: los alquimistas no dejaban de ser una pandilla de truhanes que recorrían las cortes europeas sacando tajada de la credulidad de los personajes aburridos y ociosos que las reinaban. A este respecto considero fundamental la lectura del libro de Angelo Maria Ripellino Praga mágica (editorial Seix Barral, colección Los Tres Mundos, Ensayo): ¡esta lectura sí que supone una verdadera iluminación! En las apasionantes páginas del libro de Ripellino se nos desentrañan algunas de las increíbles experiencias de este grupo de sinvergüenzas aparentemente iluminados que buscaban enriquecerse a costa de los más extravagantes cuentos en la corte bohemia del no menos enajenado Rodolfo II. Y no, no hay que ser un adepto creyente de la alquimia para disfrutar de Meyrink. Bueno, si pensáis que para disfrutar de verdad de la música de, por ejemplo, la Velvet Underground hay que meterse un pico, pues entonces sí.

El ópalo (1913). Partiendo de una tan hermosa como terrible idea acerca de cuál es el origen de las piedras preciosas conocidas como ópalos, Meyrink no se muestra demasiado inspirado en el desarrollo de este breve relato. Todo parece limitarse a darle un poco de cuerpo a la brillantísima anécdota que sostiene el cuento, pero carece de misterio y emoción: da la impresión de estar escrito con prisas o con muy pocas ganas.

Afortunadamente, no sucede así con el memorable Bal macabre (1913). Meyrink nos narra en estado de trance una noche de alucinaciones y las correrías de la secta Amanita, con sus estrafalarios guardianes y su séquito de adeptos, vampiros y envenenadores. Un relato visionario repleto de imágenes que destilan una enfermiza y bella poesía macabra: la prostituta con el cuerpo de niebla, del que extraen cuerdas formando un arpa, quizá sea la más terrible e impactante. La ensoñación fruto de la droga de las setas envenenadas, en la que lo real es aún más deforme que lo que la imaginación nos puede enseñar, está magistralmente lograda. Aquí tenemos uno de sus grandes relatos, cuando abandona las formas tradicionales y se lanza sin miedo a la abstracción. Cuando Meyrink es de verdad Meyrink: cuando es en verdad extraño, cuando es inasiblemente esotérico. Cuando resulta GENIAL. ¿Pedí disculpas por mi tono exaltado? ¿Sí? ¡Pues al diablo las disculpas! Antes de terminar el libro, ya había leído tres veces este relato.

El gabinete de las figuras de cera (1913) goza de una interesante ambientación: ese gabinete ambulante de figuras de cera, que más asemeja un circo de monstruos, de freaks, compuesto de muñecos, de autómatas, de cabezas humanas anormalmente conservadas y cuerpos sujetos a extraños experimentos. Meyrink resuelve el relato por medio de conversaciones entre los tres protagonistas y una visita al mentado gabinete. Narrativamente no funciona lo más mínimo: no importan ni la evolución o desarrollo de la trama ni su desenlace. Pero no deja de estar envuelto en una atmósfera turbia, enrarecida, y sólo por eso supera, a mi gusto, a los dos primeros relatos del volumen. El hecho de que sea tan espantosamente macabro también ayuda lo suyo a que uno le tome cariño.

En Las plantas del doctor Cinderella (1913) encontramos de nuevo al mejor Meyrink: el de las calles sinuosas, las casas que asemejan humanos deformes recién salidos de sus tumbas, el del delirio preñado de angustia, el visionario del auténtico horror. Un relato en el cual lo cotidiano da paso al más puro infierno con una maestría que deja casi tan helado el cuerpo como el descubrimiento de qué son en realidad esas plantas que imaginamos cuidadas con amor y devoción por el doctor Cinderella, que a su vez es el narrador, que también es el siniestro egipcio, que no por esto deja de ser una estatua de bronce hallada en Tebas, y que al tiempo es la forma más sencilla de tomar la autopista más rápida que puedas imaginar a un mundo de pesadilla. Literatura fantástica en su más pura esencia: la destilación alquímica auténtica. En ésta sí creo.

En El albino (1913) se nos muestra cómo los antiguos saberes se han perdido, y las reuniones iniciáticas y místicas de las logias se han transformado en conciliábulos de taberna. Se ha trocado la adquisición de sabiduría por la ingestión de vino. Así se lamentan los viejos miembros de la logia que protagoniza este relato, mientras los jóvenes adeptos se burlan de sus mayores. Estos atolondrados y juerguistas jóvenes deciden gastar una broma a los quejumbrosos viejos: parecen olvidar que no se debe hacer burla de los saberes ancestrales ni tomarse a chota esas cosas tan profundas y difíciles de entender por el vulgo. Estos jovenzuelos también parece que jamás en su vida han leído un relato de terror, qué demonios.

En fin, una historia de atroz venganza que se llevará a cabo gracias al afán de fiesta de los más tiernos seguidores de la secta. Pero atroz en verdad, creedme. Porque todo esto que he contado y que da la sensación de regodearse en el más desesperante tópico, es el esqueleto sobre el cual Meyrink da forma a un relato sensacional. La historia que da origen al deseo de venganza (una historia de venganza, a su vez: siempre el juego de muñecas rusas presente en Meyrink) resulta espeluznante (esos experimentos sobre el cuerpo humano que ya en los dos relatos precedentes Meyrink nos ha obligado a contemplar). Y la venganza en sí, no por previsible menos terrible. Con tal prodigio de emoción, de atmósfera y ambientación, desarrolladas con una mano maestra (la casa del albino de marras, las calles de la ciudad envueltas en sombras, la taberna ahogada en humo de tabaco), qué duda cabe en no definirlo, como se indica en el título del libro, como extraño y esotérico. ¡Cómo no apasionarse con su lectura!

El maestre Leonardo (1915). (Advertencia: prometo no haber escrito las siguientes líneas bajo la influencia de estupefacientes). La lectura de este relato me ha llevado a plantearme vastas preguntas metafísicas. ¿Por qué amamos la literatura fantástica? ¿Por qué nos conmueve lo extraño? ¿Por qué el género de terror crea seguidores tan abnegados y fieles? Y, al mismo tiempo, a encontrar una sencilla respuesta. Creedme, amigos: sin duda porque existen cuentos como éste.

En él se nos presenta la lucha de la vida como una ordalía iniciática: un camino sembrado de espinas que sólo podremos cruzar de la mano del conocimiento. Sólo el saber nos alzará de la oscuridad y del dolor de la existencia: sólo él restañará nuestras heridas. La luz es el padre. La oscuridad, la madre. Estas dos fuerzas combaten en el interior del maestre Leonardo, su destino lo arrastra y encadena, pero la búsqueda de la verdad lo liberará. Meyrink utiliza símbolos que no por asequibles resultan menos profundos (no siempre, claro; no siempre profundos, digo: comparar el resurgir a la luz del conocimiento con el plumaje del fénix de la vida es una imagen que resulta sonrojante en su candidez; si tras aseverar que este relato es magnífico pongo alguna falta es debido a que, palabra de Meyrink, somos dualidad). Como es habitual en su obra, la vida se nos presenta como un paseo entre la niebla. La dualidad de la cual partimos, la que nos enfrenta y confunde, la que nos abre el camino de búsqueda, es el origen y es el final. El final cuando comprendemos que esa dualidad no es enfrentamiento, sino la esencia misma de todas las cosas: la unidad. En resumen, un batiburrillo filosófico y religioso seudotrascendental (que no sorprenderá a los que hayan leído El Golem, donde todo esto alcanza en su forma y contenido la perfección más absoluta) que a mí me importa un comino, pero que narrado por Meyrink resulta un descubrimiento apasionante, una experiencia alucinatoria y mágica. También porque se nota, y lo transmite al lector, que en su parte final Meyrink ha bebido en esas fuentes no tan elevadas (o sí) que son las llamadas sustancias del demonio (vulgo: drogas). Y no sólo porque el protagonista se meta, literalmente, un viaje lisérgico de campeonato. Resulta diáfano que autores como Robert Anton Wilson veían en Meyrink un auténtico gurú, lo reconozcan o no. Tanto esotérico como literario: las últimas páginas de este relato podrían incluirse en cualquier libro del bueno de Anton Wilson y ni nos percataríamos de ello. Dicho esto como un rasgo enaltecedor para Wilson, ni que decir tiene.

Lo que engrandece la historia es su tono febril, urgente, narrado a las puertas de la muerte y temiendo no poder llegar nunca a su final. Y al tiempo (de nuevo la dualidad, que nos lleva a considerar este relato de Meyrink, al igual que El Golem, no sólo eje de su filosofía, sino también de su estilo) con una distancia y una tranquilidad sólo posibles con la obtención del conocimiento de que uno no debe esperar nada de este mundo porque, de alguna manera, ya se ha alcanzado otro superior. Así Leonardo recuerda su vida, como si estuviera viendo una película, una danza de sombras ante sus viejos y sabios ojos, mientras espera a abandonarla definitivamente. Y todo bañado en una elevada prosa poética: Meyrink engarza gema tras gema provocando en ocasiones una sensación casi de mareo. Un estilo tan depurado y hermoso que sólo al intentar describirlo ya temo estar ensuciándolo.

En El canto del grillo (1915) se nos presentan primitivas y malignas religiones orientales, contrarias al budismo, que perviven resistiendo al tiempo y a la razón. Meyrink nos habla de una de ellas con una mezcla chocante de incredulidad, extrañeza, relato de terror barato y filosofía. Pero lo más curioso es la delirante explicación que se muestra en este cuento sobre el porqué de la Primera Guerra Mundial. Ni se os ocurra aplastar a un grillo.

Meyrink prueba con el humor en De cómo el doctor Job Paupersum trajo rosas rojas a su hija (1915). Por supuesto, la trama es escabrosa y el sarcasmo vence a la ironía, pero para mí estos no son factores negativos. Conocemos a un empresario (¡un empresario de monstruosidades!) que trata de convencer al erudito Paupersum de que realice determinados experimentos: nuestro amable y desesperado sabio, por el bien de su hija, aceptará convertirse en un monstruo a cambio de una fortuna. Así habla el empresario, convincente: “-¡Señor doctor! ¡Escúcheme! No tire su fortuna por la borda. Toda su vida ha sido un error. ¿Y por qué? Ha llenado su cabeza de cosas y sólo se ha dedicado a aprender. Aprender es una tontería. Míreme a mí: ¿acaso he aprendido yo algo? Eso de aprender sólo se lo pueden permitir personas ricas de nacimiento, y entonces no se necesita. El hombre ha de ser humilde y... tonto, por decirlo así. ¿Ha visto alguna vez que un tonto haya sucumbido?” (p. 236).

Como es habitual, lo onírico y la ambientación tabernaria confieren al relato una atmósfera surreal, mágica. Meyrink nos transporta allí con su mano siempre (bueno, de acuerdo, casi siempre) maestra ejerciendo en nuestro espíritu un efecto de encantamiento: la magia, la verdadera alquimia de la lectura. Y de igual forma da un giro inesperado, trágico y hermoso, a este relato que apuntaba maneras burlescas. Ni de lejos es el mejor cuento de esta antología, pero es puro Meyrink.

La visita de J. H. Obereit a las sanguijuelas del tiempo (1915) es un cuento que había leído en anteriores ocasiones bajo los más diversos (y a veces chocantes: recuerdo que a estas sanguijuelas se las ha llegado hasta a traducir como... ¡tempijuelas!) títulos. Siempre se me ha antojado un relato bastante mediocre, hasta malo, pero ahora veo atemperada mi opinión por el convencimiento de que por primera vez entiendo en su totalidad qué es lo que se cuenta aquí, y me resulta terrorífico. También porque la superioridad estilística de esta traducción ayuda infinito a disfrutar de este cuento. No está entre mis favoritos, claro, pero a estas alturas ya me encuentro tan sumergido, tan embebido en el universo que, página tras página, Meyrink ha ido creando, que lo poco vale.

Sin duda, El cardenal Napellus (1915) es el más esotérico de todos. Como suele ser normal en Meyrink, se describe una secta tan extraña como delirante. Del mismo modo que en el relato anterior, se explica que la paz de espíritu se alcanza con el abandono de cualquier sentimiento de esperanza o anhelo, algo así como convertirse en un vegetal humano (imagino que esta idea sería fruto de los devaneos con las religiones orientales de nuestro autor). En cualquier caso, esta felicidad que consiste en no tener el más mínimo deseo de obtenerla no deja de estar vestida con trajes terroríficos, horribles. No logro saber si para Meyrink es de verdad un paso iniciático (más bien el fin del camino iniciático), una burla macabra del mismo (una venganza descreída), o simplemente la forma de dar pie a momentos de una belleza mórbida (todo lo relacionado con la sangre y el acónito). Sólo por esto último debería bastar: al menos para mí es suficiente. Aunque también me hipnotiza ese otro gran recurso habitual de Meyrink: reunir en una habitación a los tíos más raros del planeta.

El horror (1913). La enseñanza moral final no anula la fuerza de este brevísimo relato. Oscuro, macabro, cruel. Las imágenes que destila Meyrink en su ponzoñosa retorta hacen honor a su título. Me encanta, claro.

Como en El monje Laskaris, en El extraño huésped (1925) se nos narra la aventura de un iniciado en el secreto arte de la alquimia y sus peripecias en la corte ansiosa de llenar sus arcas a lo fácil de turno. Vale para éste lo que comenté para aquél, si bien en esta ocasión resulta una lectura más entretenida a pesar de que el estilo del Meyrink que amamos no hace acto de presencia: se habla de oro, pero se nos ofrece tan sólo el estaño.

Más que un cuento en sí, El relato del asesino Babinski (1917) asemeja un descarte de El Golem. Un atardecer sombrío, el barrio judío de Praga repleto de sombras y callejas, el ambiente sórdido de taberna patibularia... Y, claro, el protagonista de la absoluta obra maestra de Meyrink, el bueno de Pernath, y sus tres amigos: Zwakh, el anciano titiritero (en El Golem es él quien relata la historia del mágico ser de barro que tanto impactará a Pernath), el pintor Vrieslander (que protagoniza el inolvidable momento en que, tallando éste la cabeza de una marioneta, Pernath ve de pronto todo lo que le rodea como si su cabeza fuera la del títere) y el músico Prokop. Aquí Zwakh cuenta a sus compañeros, semiocultos por el humo de las pipas que fuman y envueltos en el olor y los vapores del grog que beben, la historia del asesino Babinski. No se puede cerrar este volumen de cuentos de manera más admirable.

MEYRINK, Gustav. El monje Laskaris y otros relatos extraños y esotéricos. Traducción y prólogo de José Rafael Hernández Arias. Madrid: Valdemar, 2006. 309 p. Gótica; 66. ISBN 84-7702-552-5.