viernes, agosto 10, 2007

Cuentos góticos (1851-1861), de Elizabeth Gaskell



Podéis leer la reseña a este maravilloso libro de Elizabeth Gaskell en la página web El antepenúltimo mohicano, bajo el título Las historias macabras de una adorable dama, AQUÍ.

GASKELL, Elizabeth. Cuentos góticos. Traducción de Ángela Pérez. Barcelona: Alba Editorial, 2007. 541 p. Clásica; 94. ISBN 978-84-8428-348-5.

lunes, agosto 06, 2007

Harry Dickson: las aventuras originales, volumen 1 (1907-1911)

Más o menos todos conocen (todos los seguidores y admiradores de las aventuras del detective Harry Dickson escritas por Jean Ray, quiero decir) el origen de uno de nuestros detectives favoritos: una serie de novelas anónimas alemanas, pura literatura de folletín, editadas en forma de cuadernillos cuyo protagonista no era otro que el mismo Sherlock Holmes. Estas aventuras apócrifas surgidas al calor de Holmes fueron reeditadas en Holanda y Francia a finales de los años 20, convirtiendo al falso Sherlock Holmes en Harry Dickson y al bonachón Watson (aunque parece que el nombre con el que habían bautizado al ayudante de Holmes era Harry Taxon, relegando a Watson al olvido, según he creído entender...) en el pizpireto Tom Wills. Se encargó su traducción a Jean Ray, el cual se hartó pronto de traducir lo que consideraba un plomo de escándalo y se puso a reescribir dichas aventuras inspirándose en las portadas de los cuadernillos. Imagino que no sólo por lo aburrido que le podría resultar, sino porque tal vez le fuera más sencillo, rápido y divertido rehacerlas que volcarlas del alemán. Y hasta aquí lo que cualquier aficionado de a pie conocemos.

Por esto creo que se debe agradecer a Francisco Arellano no sólo la recuperación de esas aventuras originales que se publicaron en España antes de 1914 (como se nos indica, pues resulta difícil precisar la fecha), sino también el aclaratorio y estupendo prólogo en el que se nos despejan muchas dudas y se nos deja expedito el camino para entender mejor cuál fue el origen exacto de estas aventuras y las que Ray creara a partir de las mismas. Todo ello con el añadido de una magnífica tabla de títulos con correspondencias con ediciones posteriores y, para mí lo más valioso, qué hizo exactamente con cada una de ellas Jean Ray (si tan sólo fue traductor, si añadió partes o reescribió en su totalidad; incluso descubro alucinado que seis de ellas fueron reescritas por Gustave Le Rouge, personaje que todos los que hemos leído El hombre fulminado de Blaise Cendrars admiraremos y temeremos de por vida). Arellano indica las fuentes de las que ha tomado la información y, como regalo, nos lo presenta todo como si se tratara de una investigación de la cual aún no se sabe el resultado final: esto es, que termina con un apasionante continuará. Qué queréis que os diga: ¿cuántas veces habéis leído un prólogo que prometa continuación en la que se desvelarán más secretos? No concibo nada más a tenor con lo que se nos está presentando.

Se prometen al menos 16 volúmenes conteniendo cada uno de ellos cuatro aventuras (si bien se nos adelanta que habrá dos con seis aventuras: imagino que tal vez incluirán versiones de Ray). La edición se completa con la reproducción de las maravillosas portadas, obra de Alfred Roloff, y de las ilustraciones interiores que adornaban los cuadernillos.

Todo sería perfecto si se nos anunciara también la edición de todas las aventuras de Harry Dickson creadas por Jean Ray, pero mejor no dejemos que nos devore la ansiedad. Seguiremos deshaciendo la edición de Júcar: cada vez que abro uno de estos libritos, sus hojas vuelan por la habitación.

La primera de las cuatro aventuras contenidas en este primer volumen de las historias originales de Harry Dickson (cuando para el lector de la época era Sherlock Holmes: para esta edición se ha optado por cambiar el nombre original por el que adquiriría posteriormente) es la titulada El veneno de Robur Hall. Lejos tanto de su modelo, el Holmes de Conan Doyle, como de las delirantes novelas de Jean Ray, resulta sin embargo más que entretenida. Confieso que me enfrenté a este libro pensando que no tendría interés más allá de lo arqueológico, pero el vago presentimiento de que quizá me llevaría una agradable sorpresa se vio confirmado enseguida. Cierto que su desarrollo resulta convencional en gran medida, se da alguna que otra incongruencia (una casa en la cual, al principio de un capítulo, el teléfono se ha estropeado, y desde la que, hacia el final del mismo, se realiza una llamada telefónica...) y los personajes carecen de la más mínima profundidad psicológica, pero la trama no decae, se sabe mantener el interés, y su aire de folletín rancio se muestra ventilado por un sano ambiente entre fantástico e ingenuo. Y cuando se pasa a la acción (tiroteos, persecuciones...), qué demonios, la he disfrutado como un crío.

La pista del violador de cadáveres. Con tan sugerente título es difícil que esta aventura de Harry Dickson no nos sea agradable. Bien, de acuerdo, el tal violador lo es en el sentido de profanador de tumbas, pero de entrada nuestra imaginación más macabra se dispara y nos hace pensar en lo mejor. En fin, no hay para tanto, pero que nadie diga que es poco. La trama de misterio resulta muy entretenida, si bien depara pocas sorpresas: es imposible no adivinar de primeras quién es el extraño eremita que se oculta en el pantano. Los personajes están trazados a lo grueso: son producto de la más pura convención, y tanto Harry Dickson como su ayudante Tom Wills son esclavos de sus papeles (maestro y pupilo, respectivamente), dejando poco espacio a lo que de humanos puedan tener. Asemejan máquinas de trabajar: su única función en esta vida es resolver el caso correspondiente y, venga, a por otro. Pero sin la obsesiva y fascinante compulsión de su modelo: Sherlock Holmes, pura desesperación. Así pues, con una intriga simple hasta casi lo exasperante y unos personajes con un mínimo interés... ¿Por qué entretiene? ¿Por qué acaba enganchado su lectura y deja una impresión tan agradable? Primero, claro, porque reconocer las carencias de una obra no tiene por qué, necesariamente, llevarnos a despreciarla. Y segundo, porque también posee un gran valor: su ambientación. El pantano en el cual se desarrolla la acción resulta en verdad peligroso, infunden pavor esos paseos nocturnos que por él se dan nuestros héroes. Y, como en la anterior aventura, los toques fantásticos le dan un aire entrañable. En definitiva, un entretenimiento digno, pero entretenimiento no en ese sentido vacuo de no tener nada que hacer un domingo por la tarde y rellenarlo con algo, sino en el de tener por delante un desesperante domingo y salvarlo gracias a esta lectura. Hay una gran diferencia.

Los ladrones de mujeres de Chinatown supone un emocionante descenso a los infiernos de los fumaderos de opio de Chinatown y los terribles secretos que ocultan sus muros: rapto de jovencitas listas para el sacrificio en loor de misteriosas deidades orientales, cámaras secretas y pasadizos siniestros que horadan las casas del barrio amarillo. Y, por encima de todo, ese temor tan de principios del siglo XX a lo oriental. Terror propio del folletín, claro. Pero efectivo a la hora de hacerlo palpablemente peligroso. ¿Racismo? Si no adoras a Fu-Manchú, tal vez.

Como curiosidad, aquí encontramos a Dickson sin la compañía de Tom Wills. Se nota cierta pretensión del anónimo autor de dotar de mayor personalidad a nuestro detective. Esto y las alusiones o llamadas de atención al lector dejan claro que quien concibió esta aventura no es el mismo escritor de las anteriores. Aunque tampoco esto importa: no es mucho mejor (ni mucho peor).

La última aventura del presente volumen, El doble crimen de los Alpes Bávaros, se vuelca totalmente en mostrar un complicado crimen y darnos la solución final con el típico recurso de explicarlo todo en una conversación entre los protagonistas. Se unen así los hilos de la trama y se da salida mal que bien a ciertos cabos sueltos o pistas que se han dejado sólo con el afán de despistar. Y, para qué decir lo contrario, el misterio en sí resulta indiferente. Lo que más me ha atraído de esta historia es su cuidada ambientación, entre la ciudad de Múnich y las montañas bávaras. Se nota un cariño y un cuidado especial en estas descripciones: el anónimo autor alemán parece dar lo mejor de sí en estas líneas. No es mucho, pero ayudan a dar credibilidad a las numerosas idas y venidas, carreras y peleas de nuestros héroes. Cuesta trabajo imaginar que en algún momento alguien pensara en Tom Wills como Watson (aunque ya he comentado que en el original quizá se tratara de un nuevo personaje, Harry Taxon): se le presenta siempre como un jovenzuelo animoso y activo, dispuesto a servir a servir a su señor y maestro con diligencia. Y más difícil resulta pensar en este Harry Dickson como Holmes: derrocha simpatía con todos y trata con una afabilidad casi paternal a su pupilo. Esto es: ni por asomo se pretende parecer a lo que quiere suplantar. Así, sólo se trata de usar sus nombres y el resto no importa. Y por esto el cambio de nombres efectuado en esta edición que recupera estas añejas peripecias se agradece, pues si como apócrifos no cumplen con rigor, como antecedentes del fascinante héroe de Jean Ray sí que tienen encanto.


HARRY Dickson, el Sherlock Holmes americano; volumen 1: El veneno de Robur Hall y otras historias descabelladas del rey de los detectives. Ilustraciones de Alfred Roloff; introducción de Francisco Arellano. Madrid: La biblioteca del laberinto, 2006. 208 p. Delirio, ciencia-ficción; 8. ISBN 978-84-934166-8-3.