viernes, agosto 10, 2007

Cuentos góticos, de Elizabeth Gaskell (1851-1861)


Si bien aplicar el término gótico a este conjunto de relatos se me antoja poco adecuado, hay que reconocer sin embargo que no puede resultar más atractivo. Y digo que no me parece adecuado porque no encontraremos aquí a todas esas jovencitas tontuelas en apuros imposibles, a esos familiares terribles que hacen sufrir sin cuento a sus desvalidas primas o sobrinas, ni esas ruinas envueltas en brumas de misterio y horror, ni pasajes ambientados en las románticas, por entonces, España o Italia, ni volveremos tan atrás en el tiempo como para hablar de época medieval. Aunque igual me equivoco, porque todo esto que afirmo no estar presente en estos relatos, de alguna forma sí que lo podemos encontrar. Porque las protagonistas de los relatos de la inglesa Elizabeth Gaskell (1810-1865) se encuentran por lo general bastante desvalidas, pero más por su condición de mujeres en la época en que transcurren los cuentos que por el hecho de que la autora lo considere el sexo débil. Al contrario, pese a las condiciones sociales adversas, sus protagonistas mostrarán siempre una fuerza de carácter admirable. Y claro que aparecen familiares que uno jamás los quisiera para sí (los de La maldición de los Griffiths o La bruja Lois, por ejemplo), y algunos de ellos transcurren en el pasado (de nuevo La bruja Lois como el caso más claro de relato de raigambre histórica), pero el afán de realismo característico de la autora, su cuidado con el dato y la ambientación exactos, la falta de erotismo y compulsión sexual soterrada y de requiebros fantásticos llamativos o histriónicos la alejan definitivamente del género.

Referirnos a este conjunto de relatos como cuentos fantásticos tampoco sería del todo correcto, pues no todos lo son, si bien La historia de la vieja niñera debería figurar, a mi gusto, en todas las antologías de cuentos de fantasmas que se preciaran de resultar eso mismo: antológicas.

En cualquier caso, quizá su adscripción genérica sea lo de menos: estamos ante unos cuentos narrados con una prosa elegante y certera, de ritmo preciso y que, lejos de florituras fáciles, rezuma gusto y belleza en cada página. Un estilo que pese, como ya indicaré, a determinados giros argumentales decididamente folletinescos, resulta de una modernidad pasmosa. Porque donde la Gaskell siempre ha demostrado su maestría, esa forma de escribir que reta al tiempo, lo vence y hace inmortal a quien así la posee, es en su perfecta creación de personajes y la forma en que los hace vivir en un entorno determinado descrito con precisión.

El primero de los nueve cuentos aquí incluidos es Desapariciones (1851). Como si la Gaskell nos hubiera invitado a tomar el té, nos cuenta, entre misteriosa y divertida, diversas historias de desapariciones al estilo de la que magistralmente narrara Nathaniel Hawthorne en Wakefield. Personas que se van de viaje por unos días y no se vuelve a saber de ellas, que van a un recado y si te he visto no me acuerdo o que se sientan en el porche de su casa y ése es el último recuerdo que de sí dejan a sus vecinos. Entre la crónica negra y el cotilleo entre amigos, es el estilo pausado y agradable de nuestra autora lo que nos hace leer con una sonrisa en los labios, aunque no todo lo que nos cuenta sea para reír. Pero uno imagina a esta dama victoriana hablando, llevándose su tacita a los labios y mirándonos entre aterrada y burlona, y creo que entenderéis por qué, al menos yo, no puedo sino rendirme a sus encantos.

La historia de la vieja niñera (1852) es un fabuloso y modélico cuento de fantasmas. Una mansión desolada en medio del páramo, el frío cortante y el aullador viento del invierno, la nieve que cae cubriendo todo con un espeso manto blanco sobre el que camina una niña que no deja huellas en ella. Y que golpea sin hacer ruido las ventanas de la casa llamando a sus habitantes, clamando por que no la dejen morir de frío allí fuera, y que llora y gime en silencio. Una música de órgano que desgarra con su sonido espectral las solitarias noches. En fin, nada nuevo visto desde ahora, pero narrado con tal fuerza y convicción que lo parece. Relatos como éste crearon todos los modelos, todas las claves de los cuentos de aparecidos que se repiten hasta hoy. Por eso su lectura resulta tan moderna: porque las fotocopias posteriores son un reflejo pálido del esplendoroso original. Mi favorito de estos nueve.

En La historia del caballero (1853) la Gaskell nos narra una crónica de robo y crimen. Un cuento tan sencillo como entretenido y absorbente. Cuando las cosas se cuentan tan bien, cuando la ambientación es perfecta y los personajes están cuidados para hacerlos creíbles, auténticos desde su primera aparición, no es tan importante que no haya lugar para la más mínima sorpresa. Y la confesión frente al fuego de una chimenea, el crimen contado en una compulsión culpable, resulta excelente.

En La clarisa pobre (1856) el tratamiento de los personajes es demasiado moderno para ser considerado gótico, aunque una joven en apuros y la presencia de monjas pobres y un convento que representa un templo de expiación nos haga pensar en algunas de las constantes del género. La manera en que la Gaskell muestra la brujería y el enfrentamiento entre religiones (que alcanzará un grado superior en La bruja Lois) denota que, al menos ella, no vivía en el pasado: la tolerancia con la diferencia y la comprensión hacia el otro inundan el carácter de los personajes dando forma a sus acciones. Y son estos personajes, dibujados con maestría y precisión, lo que hace que este relato se eleve sobre el lugar común, pues es bien cierto que, en especial en su tramo final, cede a ciertas convenciones genéricas del folletín decimonónico. Lo mejor de todo, por supuesto, es la terrible maldición que emponzoña las vidas de aquellos que hacen acto de presencia en la historia. Las pocas páginas en las cuales aparece el doble diabólico de uno de los personajes son estremecedoras (pensé en la madre de Sophie de la segunda temporada de la impresionante serie de televisión Carnivàle). La única pega quizá sea esto mismo: que son pocas. Pero fantásticas, repletas de auténtico sentido del horror.

En La maldición de los Griffiths (1858) Elizabeth Gaskell se descuelga con un drama desaforado en toda regla: un matrimonio celebrado a escondidas, amores rotos y destrozados por el destino, muertes accidentales que curiosamente suceden en los momentos más oportunos para el relato... Todo esto no tendría interés si no fuera porque nuestra autora resulta admirable, de nuevo y siempre, en el dibujo de los personajes: atenta a los más mínimos detalles del carácter, cualquier mirada o gesto define en su totalidad una actitud vital. Mantiene la sensación de lúgubre ominosidad durante la narración gracias a que desde la primera página ya sentimos sobre nosotros la fuerza ineluctable de la maldición que se cierne sobre los protagonistas. Los páramos solitarios barridos por el viento del norte de Gales, el mar que no puede aportar paz a unos espíritus torturados, las casas gélidas habitadas por personas vencidas por la oscuridad de la existencia y un odio ancestral... Un buen relato lastrado por sus excesos folletinescos. Tan triste, tan deprimente, que por fuerza me ha enganchado.

La bruja Lois (1859) es quizá el relato más conocido de su autora, al menos aquí en España, pues es el que se suele recoger en las antologías, sobre todo en esas dedicadas a escritoras y literatura fantástica. Es un cuento perfecto en lo que concierne al reflejo de qué demonios es eso del fanatismo religioso y los excesos que provoca, en la recreación de un ambiente angustioso y claustrofóbico en el cual los únicos sentimientos posibles son el miedo, el odio y la locura colectiva. Eso sí, siempre en nombre del dios de turno. Una auténtica marea ciega al más mínimo atisbo de razón, en el que lo divino y la superstición más abyecta son uno. Gaskell, como es habitual en su obra, funde un relato con ciertos toques folletinescos (en especial en lo que se refiere a la desvalida protagonista, huérfana y sola en una tierra extraña, acogida por familiares que la desprecian por sus diferentes creencias religiosas, si bien, pese a su indefensión y tal como dije al principio de esto que estoy escribiendo- un mamotreto que sólo tendría cabida en mi cuaderno número 16 de notas de no existir este agujero negro llamado blog- acerca de las protagonistas femeninas, muestra una fortaleza de carácter a la hora de mantenerse firme en lo que cree bueno y correcto que no sólo para mí la quisiera, sino que la alejan de la típica damisela gótica en apuros: es una joven de dieciocho años del siglo XVII que debe vivir en un entorno hostil y enfermo) con una recreación histórica documentada y precisa, en este caso el Salem de la celebérrima caza de brujas. Inolvidable resulta la vorágine en la que nos envuelve la narración: una bola de nieve de puro odio que arrasa todo lo que encuentra a su paso (ya, ya, utilizo una imagen para describir esto ya muy quemada, pero es lo que hay). Pero nunca buscando un culpable o reduciéndolo todo a una historia de buenos y malos: la Gaskell es formidable dando vida a sus personajes, ya lo he dicho como doscientas veces, y todos, hasta el más despreciable, no deja de ser una persona atribulada, enloquecida o cegada por lo que le rodea, por el lugar y las circunstancias en las cuales se desarrolla su vida. Nunca pierde de vista que está contando un caso de histeria colectiva, donde el fanatismo religioso tendrá sus líderes, pero sólo se tornará criminal cuando los miembros de la congregación, actuando como masa (¿recordáis Furia de Fritz Lang?), se contaminen apurando hasta la última gota de su tósigo. Como se indica en la contraportada del libro, este relato es un ejemplo impecable de cómo buscar dentro del género del horror sus fundamentos reales.

La rama torcida (1859) no es otra que el hijo descarriado capaz de robar a sus propios padres. Lo mejor de este relato, a mi gusto uno de los más flojos de los aquí incluidos, es la fuerza y la diestra caracterización de, otra vez, los personajes. Bueno, y cierto ataque nocturno a una casa. Pero tal vez el tono resulta en exceso moralizante y el hijo, esa rama torcida de marras, no posee ningún matiz aparte su maldad. Aunque en la vida real, hay que reconocerlo, la maldad se suele presentar sin matices ni atenuantes en ocasiones. No utilizaremos esto, pues, como un elemento negativo del relato.

Pero si, como he dicho, este relato quizá sea el que menos me ha convencido, permitidme que os ponga un ejemplo de por qué su lectura será siempre recomendable y un placer.

A ver, cuento un poquito sin destrozar la trama general. El joven Benjamin, nuestra rama torcida, se aparta del buen camino, de sus padres y de su futuro con Bessy, su prima, con la cual tenían previsto casarle. Idea ésta que a ella le encanta, todo sea dicho, y que él explota sólo con el fin de engañar a su familia y sacarles la pasta para sus correrías. Antes de marcharse a Londres para vivir una experiencia que todos temen apartará definitivamente a Benjamin de su lado, éste se muestra hosco con su padre y autoritario y rezongón con su madre. Sin embargo, para la enamorada Bessy tiene algún cumplido interesado. Y ella contesta:

“-¿Tanto han cambiado mis ojos desde la última vez que los viste que tienes que hablarme de ellos de ese modo?- le preguntó-. Preferiría con mucho ver que ayudas a tu madre cuando se le cae la aguja de punto y en la oscuridad no puede recogerla.

Pero Bessy recordaría el hermoso comentario de Benjamin sobre sus ojos mucho tiempo después de que él lo olvidara y no pudiera ya decir de qué color eran.” (p. 379)

El enfado de Bessy por la actitud distante de Benjamin cede ante el amor que siente por él. Pero este párrafo no sólo es magistral por mostrar estos sentimientos de manera tan prodigiosa, destrozando y anulando lo que pudieran tener de tópico, sino por lo que anuncian del futuro, impregnándolo todo de una insoportable melancolía, de una profunda tristeza: el fruto del presente que se marchitará con el tiempo. Y en cinco líneas.

Curioso, de ser cierto (extracto de una carta del señor Richard Whittingham) (1860) supone una auténtica sorpresa por varios motivos: primero, porque en este cuento Elizabeth Gaskell se lanza de cabeza en el terreno del fantástico más brillante e irónico (me recuerda un poco al Washington Irving del maravilloso Rip Van Winkle por el tono utilizado, si bien no llega tan alto) a costa de los protagonistas de los tradicionales cuentos de hadas (se puede jugar a identificarlos), y segundo, porque muestra un luminoso sentido del humor tan punzante como ingenioso. El invitado a quien todos toman por quien no es (en realidad se trata de un paseante perdido que busca albergue) asiste así a una curiosísima convención que en ningún momento deja de serlo, sea cierto o no su relato. Resulta extraño encontrar este cuento en un conjunto tan sombrío. Pero se agradece la liviandad y la intrascendencia si no se cede a la estupidez. Una simpática delicia que nos permite tomar aire antes del drama final.

Y este drama final es el titulado La mujer gris (1861), quizá el que más características góticas posea: joven confinada en un lúgubre castillo, un marido con un terrible secreto que la atormentará y una huida desesperada y plagada de peligros y desgracias sin cuento. Sin embargo, el punto de vista adoptado (es la propia joven la que narra la historia) lo aleja de la tradición que asentara la Radcliffe. La persecución a la que somete a su joven esposa y a su sirvienta el despreciable y criminal marido (que su belleza y buenos modales alejan también al mismo de la imagen de malvado al uso) transmite página a página toda la angustia de saberse acosado y con pocas probabilidades de escapar. Emocionante, en especial cuando nuestra joven heroína queda atrapada en la habitación de su esposo, si bien se hubiera agradecido que su tramo final no resultara tan predecible.

Así, una lectura que recomiendo a aquellos que no buscan sólo sorpresas en las tramas, sino que se deleitan con una historia bien contada. Con un clásico indiscutible (La bruja Lois) y otro que debería serlo (La historia de la vieja niñera).

GASKELL, Elizabeth. Cuentos góticos. Traducción de Ángela Pérez. Barcelona: Alba Editorial, 2007. 541 p. Clásica; 94. ISBN 978-84-8428-348-5.

lunes, agosto 06, 2007

Harry Dickson: las aventuras originales, volumen 1 (1907-1911)

Más o menos todos conocen (todos los seguidores y admiradores de las aventuras del detective Harry Dickson escritas por Jean Ray, quiero decir) el origen de uno de nuestros detectives favoritos: una serie de novelas anónimas alemanas, pura literatura de folletín, editadas en forma de cuadernillos cuyo protagonista no era otro que el mismo Sherlock Holmes. Estas aventuras apócrifas surgidas al calor de Holmes fueron reeditadas en Holanda y Francia a finales de los años 20, convirtiendo al falso Sherlock Holmes en Harry Dickson y al bonachón Watson (aunque parece que el nombre con el que habían bautizado al ayudante de Holmes era Harry Taxon, relegando a Watson al olvido, según he creído entender...) en el pizpireto Tom Wills. Se encargó su traducción a Jean Ray, el cual se hartó pronto de traducir lo que consideraba un plomo de escándalo y se puso a reescribir dichas aventuras inspirándose en las portadas de los cuadernillos. Imagino que no sólo por lo aburrido que le podría resultar, sino porque tal vez le fuera más sencillo, rápido y divertido rehacerlas que volcarlas del alemán. Y hasta aquí lo que cualquier aficionado de a pie conocemos.

Por esto creo que se debe agradecer a Francisco Arellano no sólo la recuperación de esas aventuras originales que se publicaron en España antes de 1914 (como se nos indica, pues resulta difícil precisar la fecha), sino también el aclaratorio y estupendo prólogo en el que se nos despejan muchas dudas y se nos deja expedito el camino para entender mejor cuál fue el origen exacto de estas aventuras y las que Ray creara a partir de las mismas. Todo ello con el añadido de una magnífica tabla de títulos con correspondencias con ediciones posteriores y, para mí lo más valioso, qué hizo exactamente con cada una de ellas Jean Ray (si tan sólo fue traductor, si añadió partes o reescribió en su totalidad; incluso descubro alucinado que seis de ellas fueron reescritas por Gustave Le Rouge, personaje que todos los que hemos leído El hombre fulminado de Blaise Cendrars admiraremos y temeremos de por vida). Arellano indica las fuentes de las que ha tomado la información y, como regalo, nos lo presenta todo como si se tratara de una investigación de la cual aún no se sabe el resultado final: esto es, que termina con un apasionante continuará. Qué queréis que os diga: ¿cuántas veces habéis leído un prólogo que prometa continuación en la que se desvelarán más secretos? No concibo nada más a tenor con lo que se nos está presentando.

Se prometen al menos 16 volúmenes conteniendo cada uno de ellos cuatro aventuras (si bien se nos adelanta que habrá dos con seis aventuras: imagino que tal vez incluirán versiones de Ray). La edición se completa con la reproducción de las maravillosas portadas, obra de Alfred Roloff, y de las ilustraciones interiores que adornaban los cuadernillos.

Todo sería perfecto si se nos anunciara también la edición de todas las aventuras de Harry Dickson creadas por Jean Ray, pero mejor no dejemos que nos devore la ansiedad. Seguiremos deshaciendo la edición de Júcar: cada vez que abro uno de estos libritos, sus hojas vuelan por la habitación.

La primera de las cuatro aventuras contenidas en este primer volumen de las historias originales de Harry Dickson (cuando para el lector de la época era Sherlock Holmes: para esta edición se ha optado por cambiar el nombre original por el que adquiriría posteriormente) es la titulada El veneno de Robur Hall. Lejos tanto de su modelo, el Holmes de Conan Doyle, como de las delirantes novelas de Jean Ray, resulta sin embargo más que entretenida. Confieso que me enfrenté a este libro pensando que no tendría interés más allá de lo arqueológico, pero el vago presentimiento de que quizá me llevaría una agradable sorpresa se vio confirmado enseguida. Cierto que su desarrollo resulta convencional en gran medida, se da alguna que otra incongruencia (una casa en la cual, al principio de un capítulo, el teléfono se ha estropeado, y desde la que, hacia el final del mismo, se realiza una llamada telefónica...) y los personajes carecen de la más mínima profundidad psicológica, pero la trama no decae, se sabe mantener el interés, y su aire de folletín rancio se muestra ventilado por un sano ambiente entre fantástico e ingenuo. Y cuando se pasa a la acción (tiroteos, persecuciones...), qué demonios, la he disfrutado como un crío.

La pista del violador de cadáveres. Con tan sugerente título es difícil que esta aventura de Harry Dickson no nos sea agradable. Bien, de acuerdo, el tal violador lo es en el sentido de profanador de tumbas, pero de entrada nuestra imaginación más macabra se dispara y nos hace pensar en lo mejor. En fin, no hay para tanto, pero que nadie diga que es poco. La trama de misterio resulta muy entretenida, si bien depara pocas sorpresas: es imposible no adivinar de primeras quién es el extraño eremita que se oculta en el pantano. Los personajes están trazados a lo grueso: son producto de la más pura convención, y tanto Harry Dickson como su ayudante Tom Wills son esclavos de sus papeles (maestro y pupilo, respectivamente), dejando poco espacio a lo que de humanos puedan tener. Asemejan máquinas de trabajar: su única función en esta vida es resolver el caso correspondiente y, venga, a por otro. Pero sin la obsesiva y fascinante compulsión de su modelo: Sherlock Holmes, pura desesperación. Así pues, con una intriga simple hasta casi lo exasperante y unos personajes con un mínimo interés... ¿Por qué entretiene? ¿Por qué acaba enganchado su lectura y deja una impresión tan agradable? Primero, claro, porque reconocer las carencias de una obra no tiene por qué, necesariamente, llevarnos a despreciarla. Y segundo, porque también posee un gran valor: su ambientación. El pantano en el cual se desarrolla la acción resulta en verdad peligroso, infunden pavor esos paseos nocturnos que por él se dan nuestros héroes. Y, como en la anterior aventura, los toques fantásticos le dan un aire entrañable. En definitiva, un entretenimiento digno, pero entretenimiento no en ese sentido vacuo de no tener nada que hacer un domingo por la tarde y rellenarlo con algo, sino en el de tener por delante un desesperante domingo y salvarlo gracias a esta lectura. Hay una gran diferencia.

Los ladrones de mujeres de Chinatown supone un emocionante descenso a los infiernos de los fumaderos de opio de Chinatown y los terribles secretos que ocultan sus muros: rapto de jovencitas listas para el sacrificio en loor de misteriosas deidades orientales, cámaras secretas y pasadizos siniestros que horadan las casas del barrio amarillo. Y, por encima de todo, ese temor tan de principios del siglo XX a lo oriental. Terror propio del folletín, claro. Pero efectivo a la hora de hacerlo palpablemente peligroso. ¿Racismo? Si no adoras a Fu-Manchú, tal vez.

Como curiosidad, aquí encontramos a Dickson sin la compañía de Tom Wills. Se nota cierta pretensión del anónimo autor de dotar de mayor personalidad a nuestro detective. Esto y las alusiones o llamadas de atención al lector dejan claro que quien concibió esta aventura no es el mismo escritor de las anteriores. Aunque tampoco esto importa: no es mucho mejor (ni mucho peor).

La última aventura del presente volumen, El doble crimen de los Alpes Bávaros, se vuelca totalmente en mostrar un complicado crimen y darnos la solución final con el típico recurso de explicarlo todo en una conversación entre los protagonistas. Se unen así los hilos de la trama y se da salida mal que bien a ciertos cabos sueltos o pistas que se han dejado sólo con el afán de despistar. Y, para qué decir lo contrario, el misterio en sí resulta indiferente. Lo que más me ha atraído de esta historia es su cuidada ambientación, entre la ciudad de Múnich y las montañas bávaras. Se nota un cariño y un cuidado especial en estas descripciones: el anónimo autor alemán parece dar lo mejor de sí en estas líneas. No es mucho, pero ayudan a dar credibilidad a las numerosas idas y venidas, carreras y peleas de nuestros héroes. Cuesta trabajo imaginar que en algún momento alguien pensara en Tom Wills como Watson (aunque ya he comentado que en el original quizá se tratara de un nuevo personaje, Harry Taxon): se le presenta siempre como un jovenzuelo animoso y activo, dispuesto a servir a servir a su señor y maestro con diligencia. Y más difícil resulta pensar en este Harry Dickson como Holmes: derrocha simpatía con todos y trata con una afabilidad casi paternal a su pupilo. Esto es: ni por asomo se pretende parecer a lo que quiere suplantar. Así, sólo se trata de usar sus nombres y el resto no importa. Y por esto el cambio de nombres efectuado en esta edición que recupera estas añejas peripecias se agradece, pues si como apócrifos no cumplen con rigor, como antecedentes del fascinante héroe de Jean Ray sí que tienen encanto.


HARRY Dickson, el Sherlock Holmes americano; volumen 1: El veneno de Robur Hall y otras historias descabelladas del rey de los detectives. Ilustraciones de Alfred Roloff; introducción de Francisco Arellano. Madrid: La biblioteca del laberinto, 2006. 208 p. Delirio, ciencia-ficción; 8. ISBN 978-84-934166-8-3.

viernes, agosto 03, 2007

Vivo y enterrado

¡El viento arrastra las hojas tan apaciblemente! Alguna acaricia mi rostro y se queda adherida apenas unos instantes sobre mi piel. Estoy tumbado boca arriba, contemplando el cielo. Es una brillante tarde de octubre. Apenas hay nubes, sólo deshilachados jirones que desgarran el azul infinito con su incandescencia pálida. Todo invita a la tranquilidad, al descanso. Pero un hálito de infeliz eternidad tiñe el crepúsculo del día. El tiempo se pierde, lo he desperdiciado, y ahora un sentimiento de futilidad me embarga. Quisiera levantarme y desandar el camino para hollar uno nuevo, distinto y mejor, con sentido. Pero noto mis miembros sin fuerzas, mi corazón detenido y la amarga certeza de que es mejor no moverme de allí y esperar. Puedo escuchar el murmullo de unas voces, una letanía susurrada que es como un cántico fúnebre a mis oídos. De pronto una oscura nube empaña el cielo. Como si alguien corriera una cortina o impusiera sus manos bajando mis párpados. Y no puedo ver. Unos golpes me ensordecen. Llaman a una puerta que ya no se volverá a abrir. Siento mi cuerpo alzándose de la tierra. Se balancea flotando en un mar de tranquilidad. Me marearé, pienso. No sé cuánto tiempo pasa, pero me detengo y me noto descender tragado por las profundidades. Un silencio y otra vez los golpes. En esta ocasión suenan blandos, mullidos, algo estrellando y desparramándose. Recuerdo tener en las manos un terrón de tierra y destriparlo con mis dedos. Es tierra, tierra desmenuzándose sobre madera. Su sonido monótono, repetido sin fatiga, alarga las horas hacia la eternidad. Todo es ahora brea derramándose en mis ojos. Y sé que es el fin. Quiero dormir, pero aún estoy vivo.

jueves, agosto 02, 2007

Hogar frío

Desde que muriera atropellada, Elisa despertaba todas las noches y salía de su ataúd. Dirigía sus pasos sin un destino fijo, envuelta en sus mejores ropas, ahora ajadas y sucias. Costras de tierra se habían pegado a los bajos de su vestido.

Su mente estaba en blanco. Su errabundo caminar la hacía moverse con una apariencia de decisión, pero ignoraba el final de su deambular nocturno.

Reconoció la casa. Era la que visitaba todas las noches, no sabía por qué. Sus paseos siempre acababan allí. No era premeditado. Atravesó la puerta y encaminó sus pasos hacia el mismo dormitorio, el único ocupado de la casa. Se detuvo junto a un hombre dormido. Este despertó sobresaltado y al verla gritó.

Tenía el rostro desencajado de terror. Desde que había atropellado a aquella chica, todas las noches lo visitaba.

miércoles, agosto 01, 2007

Fay Wray

(Pequeño homenaje a Harry Stephen Keeler)



Fay Wray despertó con su cerebro en el interior del cuerpo de un gorila. Abrió los ojos y estaba en su cama, rodeada por sus sábanas, impregnada del aroma a rosas frescas de aquel perfume que le habían regalado la noche anterior. Sus manos se deslizaron por el raso lecho. Era suave y mullido, en duro contraste con las oscuras y encallecidas zarpas que lo acariciaban. No se extrañó al ver sus brazos velludos, pelos duros y afilados como agujas. Era como si siempre hubiera sido así, echando de menos ya el acre olor de su cuerpo monstruoso. Se incorporó y fue hacia su tocador. En el espejo reconoció aquel ajeno rostro simiesco. Paseó la mirada por sus objetos: el cepillo con el que antes acariciara su hermosa cabellera rubia y deslumbrante, sus frascos de perfume, las horquillas de plata y oro con forma de querubines y hadas, sus polvos de maquillaje en cajitas lacadas... Y el espejo. Un espejo que ya no contemplaría más su belleza. Pero eso no le preocupaba. Detuvo su vista en una foto que tenía prendida en el marco del espejo. Rutilaba su rostro nacarado, el vestido de gasa abrazaba su figura extasiado. Miró la fotografía y sintió que ya no podría apartar la vista de ella. Se había enamorado de esa mujer, de aquella desconocida que alguna vez fuera Fay Wray.