viernes, noviembre 09, 2007

Philip K. Dick y Joseph Sheridan Le Fanu se dan un paseo por la oscuridad, vuelven y nos lo cuentan

“¿Cómo es posible que los días, los acontecimientos y los momentos agradables pasen a ser horribles en tan poco tiempo, sin ninguna razón, sin ninguna razón verdadera? Simplemente cambian. Sin ningún motivo.” (Una mirada a la oscuridad, PKD, p. 128)

Hay libros que pueden salvarte de una mala situación en determinado momento. O quizá tan sólo ayudarte, pero la sensación es de que te han salvado de... Bueno, en mi caso ni tan siquiera sé bien de qué. Pero su lectura ha resultado un bálsamo. Un bálsamo bien amargo, todo sea dicho.

Se ha escrito tanto de Dick y en muchas ocasiones tan bien (Emmanuel Carrére en Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos o Pablo Capanna en Idios kosmos: claves para Philip K. Dick) que considero inútil e insustancial lo que yo pueda decir.

Pero como todo yo soy inútil e insustancial, algo comentaré. Y en lo que me voy a detener es en establecer un curioso vínculo entre Philip K. Dick y el genial autor de literatura fantástica del siglo XIX Joseph Sheridan Le Fanu. Un puente que se puede construir con facilidad pasmosa si levantamos el primer pilar en Una mirada a la oscuridad (1973-75).

Si comparamos el título original de la novela de Dick, A Scanner Darkly, con el del volumen de relatos del escritor irlandés In a Glass Darkly, comprobamos que ambos toman como referencia la Primera epístola a los corintios del Nuevo testamento escrita por Pablo. Reproduzco de ésta los versículos 9 al 12 del capítulo 13:

“9. Porque en parte conocemos, y en parte profetizamos;

10. mas cuando venga lo perfecto, entonces lo que es en parte se acabará.

11. Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño; mas cuando ya fui hombre, dejé lo que era de niño.

12. Ahora vemos como en un espejo, en oscuridad (oscuramente); mas entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte; mas entonces conoceré como fui conocido.”

Cito ahora a Pablo Capanna de su magnífico ensayo dedicado a PKD: “Para discernir entre la apariencia y la realidad, Dick solía apelar a menudo a la metáfora de San Pablo, (...). La expresión suele traducirse como “a través de un vidrio oscuro” para sugerir una visión turbia y distorsionada, aunque el texto alude a una imagen refleja, como la que se produce en un espejo. De hecho, se trata de una metáfora similar a las sombras de la caverna platónica.” (p. 76)

Capanna nos señala cómo, de manera más que evidente, Dick muta ese espejo por un scanner.

Y ese scanner es, añadimos nosotros, el mismo de Le Fanu en su espejo, en su vidrio oscuro a través del cual percibimos una imagen deformada, alterada de la realidad.

Ambos títulos (el de Dick, el de Le Fanu) parten de esta cita para adelantarnos sus intenciones, lo que nos ofrecen: un reflejo borroso de la realidad, su lado oscuro o tal vez el verdadero, el que tan sólo entrevemos a través de la niebla, aquél que no nos permite dilucidar en cuál de los dos lados del espejo se encuentra lo real, la verdad. ¿Quiénes somos? ¿Somos el que mira o el reflejo? Es la eterna pregunta que se repite libro a libro, novela a novela, relato a relato, Philip K. Dick.

Té verde (1869), el magnífico cuento alucinógeno de Sheridan Le Fanu, sería entonces un antecedente de la novela de Dick. No sólo por su temática (la percepción alterada por una sustancia que provoca alucinaciones), sino desde el mismo título de la antología en la cual se incluye, tan revelador de las intenciones de su autor: In a Glass Darkly. Ésta recopila las cinco aventuras que tienen en común el formar parte del archivo del doctor Martin Hesselius, el investigador de lo sobrenatural ancestro de tantos otros que vendrían después, cuya intención es mostrar esa otra realidad, la que permanece oculta a nuestros ojos como si se encontrara tras un velo, o reflejada de manera oscura, borrosa, en un cristal, la que nos obliga a detener la vista, a fijarnos con precisión si queremos aprehenderla, que se nos antoja fantasmal y que, quizá, sea tan real que transforme lo cotidiano en espectral.

Porque eso es lo que somos: espectros paseando por el fondo de un cristal. Quizá por eso, quien se detiene a mirarse no le gusta lo que ve: porque no se reconoce. La imagen que uno tiene de sí mismo no es lo real, ni la que tienen los demás, ni tan siquiera la suma de todas ellas.

La disociación de personalidad que sufre el protagonista de Una mirada a la oscuridad no es entonces una paranoia particular: es un reflejo (oscuro) de lo que somos todos. Espectros irreconocibles que se mueven en mundos inventados hechos a medida para poder sobrevivir.

En la novela de Dick, el trío de personajes que comparte piso (Luckman, Barris y Arctor) asemejan el trío de Valis. Hay un detalle, que no desvelaré por no destripar una sorpresa de la trama, pero que resulta evidente al leerlo, que une a Arctor con Amacaballo Fat de forma delirante. El sentimiento de reconocer, de visitar algo conocido pero a la vez distinto en Una mirada a la oscuridad con respecto al resto de la obra de Dick es, como habrá comprobado todo aquél que ya haya leído un buen puñado de obras de PKD, sobrecogedor, embriagante, nos atenaza y nos lleva de la mano, en ocasiones más diría del cuello, a donde quiere el autor: al corazón de la paranoia. Valis no es una rareza: es una consecuencia, el fin de un camino que de no haber muerto Dick vete a saber a dónde nos habría llevado.

Una mirada a la oscuridad es irónica y dura, pero se percibe el cariño que Dick siente por casi todos sus personajes: destilan calidez. Y aunque el final se adivina con facilidad, no por eso al llegar a él uno deja de sentir que le han dado un cabezazo en la cara.

La dedicatoria final emociona hasta las lágrimas. Una novela escrita con las tripas, sí, visceral, pero incluyendo el corazón. Sobrecogedora y genial, para mí es uno de los mejores libros de Dick que he leído.

Té verde es el relato de Le Fanu que encuentro más afín al espíritu de Dick. O viceversa, claro. Se trata de un relato escrito en forma epistolar formado por las cartas que el doctor Hesselius redactara a su amigo el profesor Van Loo. Presentado por el secretario del doctor, éste nos informa de cómo ha ordenado las cartas de su maestro, las ha pulido formalmente (¡hasta ha traducido las que no estaban en inglés!), ha cambiado nombres y ha eliminado los párrafos más científicamente áridos para hacerlos más asequibles al lector. No puedo dejar de verlo como un antecesor del bueno de Watson, el compañero y redactor de las aventuras de Sherlock Holmes, la genial creación de Arthur Conan Doyle.

Lo primero que llama la atención es la actitud del reverendo sobre el que se centra el interés, y posteriormente la investigación, del doctor Hesselius. Sufre unas horribles alucinaciones, y es adicto al té verde, potente alucinógeno.

“El reverendo Mr. Jennings es todo un caballero. Eso no quiere decir que la gente no le note algo raro, algo extrañamente ambiguo. No es capaz de decirse la gente (sic) de qué se trata, pero yo lo descubrí muy pronto. El reverendo Mr. Jennings tiene una manera muy particular de mirar de soslayo la alfombra, como si sus ojos siguieran con angustia el movimiento de algo que los demás no podemos ver. No siempre es así, claro; sólo le ocurre de vez en cuando, aunque con la frecuencia necesaria como para darle un aire raro, para hacer que sus maneras y su proceder sean cuando menos sorprendentes. Hay tanta ansiedad, angustia y timidez en esa mirada suya que se derrama por el suelo...” (p. 16)

¡Podría tratarse de uno de los drogadictos de la novela de Dick!

Un hombre en constante alarma, como se lo definirá líneas después, y al que le asaltan horribles visiones incluso cuando está oficiando misa: comienza a rezar en voz baja aterrorizado, llegando en ocasiones a abandonar el púlpito para ocultarse en la sacristía.

Éste es el dibujo que realiza Le Fanu de su paranoico personaje.

Emmanuel Swedenborg, “teósofo, místico y hombre de ciencia sueco” (según se nos indica en la nota de la página 23), otro visionario que acabó “preso de la enajenación mental”, aseguraba conversar con espíritus y ángeles. Su obra será la guía espiritual del reverendo Mr. Jennings, en concreto la Arcana Cælestia, ocho volúmenes que, sin echarle mucha imaginación, nos llevan rápidamente a pensar en la Exégesis de Philip K. Dick. Para éste, el papel que juega Swedenborg en la vida de Mr. Jennings lo desempeñará el filósofo presocrático Heráclito (para la influencia ejercida por Heráclito en PKD ver el libro de Capanna, página 80).

En la novela de Dick, la droga alucinógena que consumen sus protagonistas es la Sustancia D (Death, Muerte); en el relato de Le Fanu, la Sustancia D es el té verde.

La historia del autor irlandés se desarrolla en un tono fúnebre: el mismo que el de la novela de Dick, pese a los destellos de humor típicos de éste. La visita del doctor Hesselius a la solitaria casa del reverendo perdida en los sombríos bosques de Richmond asemeja el descenso a una tumba. El ocaso del día, la penumbra de la habitación, el rojo atardecer sobre los silenciosos árboles forman el depresivo y oscuro telón de fondo en el cual Mr. Jennings, enfermo y demacrado, él mismo un espectro moribundo, narrará al fin su triste aventura al doctor Hesselius. El cerebro alterado por estimulantes dará paso a la visión interna, que llevará al reverendo a contemplar frente a frente su versión del horror.

Como en la novela de Dick, Le Fanu recurre a los científicos más reputados de su época para dar credibilidad a su aparición demoníaca. El mundo de los espíritus (Le Fanu) y la disociación (Dick) se avalan así, se explican con un erudito (y alterado interesadamente: el primero por puro placer narrativo, el segundo por necesidad vital de comprenderse a sí mismo) andamiaje científico. Ambos seguían con verdadero interés los descubrimientos y avances del psicoanálisis en sus respectivas épocas.

Por lo demás, el relato de Le Fanu resulta aterrador, el clásico ejemplo de historia que, mientras uno la está leyendo, no deja de alzar la vista nervioso a todos lados pues siente cómo algo se mueve justo allí donde se encuentran los límites de nuestra visión. Y estamos solos.

No puedo imaginar sino que, en una realidad alternativa mejor que la nuestra, Joseph Sheridan Le Fanu y Philip K. Dick se encontrarán un día y decidirán darse una vuelta juntos por la oscuridad. No necesitamos saber qué verán porque ya nos lo han contado, pero lo que no sabremos nunca es qué conversarán entre ellos cuando, de vuelta y sonrientes, se tomen unas pintas de cerveza comentando la experiencia.

DICK, Philip K. Una mirada a la oscuridad. Traducción de Estela Gutiérrez Torres. Barcelona: Minotauro, 2002. 270 p. ISBN 84-450-7406-7.

CAPANNA, Pablo. Idios kosmos: claves para Philip K. Dick. Prólogo de Julián Díez; presentación de Raúl Gonzálvez del Águila. Granada: Grupo AJEC, 2005. 240 p. Tycho ensayo; 1. ISBN 84-96013-15-7.

LE FANU, Joseph Sheridan. Los archivos del doctor Hesselius: Té verde; El familiar; El juez Harbottle; Carmilla. Traducción de José Luis Moreno-Ruiz y Juan Antonio Molina Foix. Madrid: Valdemar, 2002. 215 p. Gótica; 45. ISBN 84-7702-412-X.

lunes, noviembre 05, 2007

Miss Finney mata de vez en cuando, de Al Dempsey (1982)


Sí, lo confieso abiertamente: me encantan las portadas macabras de algunos libros, con sus esqueletos de barraca de feria, sus cuchillos ensangrentados y sus hachas recortándose a la luz de la luna. Si ya se ve alguna cabeza volando gracias al tajo certero del asesino de turno, ni os cuento la sensación que me embarga. No la cuento porque no quiero que algún programa espía de internet me detecte como posible autor de crímenes turbulentos.

La portada (obra de Jordi Vallhonesta y Salinas Blanch) de este mediocre a rabiar libro de Al Dempsey reúne algunos de los elementos que hacen que me detenga a contemplarlo extasiado y a desear leerlo, pese a tener la convicción plena de que no sacaré nada bueno de ello. Es como cuando uno ve cómo se van formando en el televisor, gracias a ese invento maléfico llamado dvd, las dos palabras mágicas: Bela Lugosi (como ejemplo paradigmático). Y a uno le empieza a temblar todo el cuerpo, se relame de gusto y se prepara para pasar una hora enfrentado al terror puro. Aunque sabe de sobra que ese terror no llegará ni por asomo. Pero nos alimentamos de esa esperanza vana. Total, la vida nos depara decepciones infinitamente peores que la peor de las películas de Bela Lugosi.

Ya desde un primer momento me llaman la atención esas letras del título, como descolocadas, que incitan a pensar que algo demencial y atroz, perturbado, se oculta en su interior. Estamos en la antesala del horror. Sólo un paso más y seremos absorbidos por la negrura. Pero lo verdaderamente espectacular es ese dibujo del esqueleto en silla de ruedas. Fijaos en ese gorro de colorines brutalmente kitsch y en ese gato que parece sacado de una carpeta de adolescente o del videojuego Hello Kitty (vale, vale, tal vez no tanto, pero por ahí; y sí, sí, he jugado con mis sobrinos). Lo siento: verlo y necesitar leerlo fue uno. Y eso que el anuncio bajo el título (“Ella necesita matar... Una novela de horror sobrenatural”) enfriaba bastante el encuentro.

Un encuentro que reconozco gélido, pero que tampoco me atrevo a considerar una experiencia desagradable.

Fue fácil imaginar este libro como una de esas películas inglesas de finales de los sesenta y principios de los setenta de la Hammer o la Amicus ambientadas en la época moderna, tales como El aniversario (The Anniversary, Roy Ward Baker, 1968) o A merced del odio (The Nanny, Seth Holt, 1965), o bien como ese clasicote de lo macabro que es ¿Qué fue de Baby Jane? (What Ever Happened to Baby Jane?, Robert Aldrich, 1962). Con toda seguridad debido a que estamos enfrentándonos a un ambiente familiar malsano, pero sobre todo porque no dejaba de imaginarme a esta terrible Miss Finney, la que necesita matar, con el rostro ajado pero inolvidable de Bette Davis en estas películas.

El que la trama se desenvuelva tal que una historieta de terror de un viejo cómic de la EC también ayuda a hacerla vagamente simpática. Vagamente, porque como obra literaria resulta nefanda. Para qué engañaros: no busquéis aquí ni bellas metáforas, ni imágenes sugerentes, una trama elaborada o ni tan siquiera personajes debidamente no ya delineados, sino ni tan siquiera esbozados, con profundidad sicológica (una de las protagonistas cambia de opinión de una página a otra aún me pregunto por qué, aparte de por un intento irrisorio de Dempsey por dotarlo de humanidad o algo así: aventuro demasiado de las intenciones del autor, que igual ni pretendía llegar a tanto, sólo dar sustos o rellenar alguna paginilla más a costa de las dudas y remordimientos macbethianos, expresados de manera pésima, del personaje). Que no, que no estamos leyendo a Stendhal, pero es que ni tan siquiera el bueno de Dempsey nos regala una de esas orgías de sangre y destrucción tan típicas de James Herbert, por poner un ejemplo.

Pero, creedme, tiene su encanto. Encanto macabro, claro, huelga decir. Y es que si en todo naufraga, no así en mostrarnos momentos malsanos servidos por unos personajes abyectos a ratos. Como esas viejecitas de Arsénico por compasión (Arsenic and Old Lace, Frank Capra, 1944). Pero sin compasión.

Cuando Dempsey se lanza a un alarde poético poniendo voz a los recuerdos de la decrépita Miss Finney y el horror cede ante una historia de amor realista ambientada en la Primera Guerra Mundial, la cosa provoca un pavoroso sonrojo, tanto por su torpeza narrativa como por su descaro: fusila esa historia de Hemingway (que hemos visto en tantas películas, a mi gusto la mejor la maravillosa versión de Adiós a las armas / Farewell to Arms que dirigiera Frank Borzage en 1932) de la enfermera que busca a su amado en las trincheras del frente, una historia que el bueno de Hemingway pretendía pasar por verdadera (con él de protagonista y la Ava Gardner de Las nieves del Kilimanjaro- The Snows of Kilimanjaro, 1952- tal y como la interpretaron Henry King y su equipo, seguro).

Si finalmente queda algo de provecho es un desenlace de una amoralidad que, hay que decirlo, se echa en falta en más de una ocasión en el género. Un toque de sana mala leche que rehuye de lleno cualquier tipo de sermón ejemplarizante con los malos debidamente castigados por pecar. Leyendo otras obras, hay veces en que uno no sabe si está leyendo una novela de género fantástico o la gacetilla dominical de la iglesia del pueblo.

Así pues, una mala novela, una ficción barata que provoca emociones truculentas primarias. ¡Bienvenidas sean!

DEMPSEY, Al. Miss Finney mata de vez en cuando. Traducción de Jordi Fibla; ilustración de cubierta de Jordi Vallhonesta y Salinas Blanch. Barcelona: Martínez Roca, S. A., 1983. 187 p. Súper terror; 6. ISBN 84-270-0835-X.