martes, mayo 27, 2008

Elisa

-¡Vamos, Elisa, no deberías engañar a tu madre! Dime, ¿dónde has estado toda la tarde?

-Pero mamá, ya te lo he dicho. Jugando.

-¿Jugando? ¿Tú sola? ¡No me engañes! Llevas ya muchos días en que no apareces ni para comer. Antes no hacías estas cosas. Antes eras una niña buena. Te gustaba quedarte aquí, conmigo, cosiendo los paños antiguos de la abuela, sacando brillo a la plata, ayudándome a ventilar nuestro hogar en el aire nocturno...

-Sí, mamá.

-¿Qué quieres decir con "sí, mamá"? ¿Acaso no es verdad lo que digo?

-Sí, mamá.

-Creo que te estoy descuidando demasiado. ¡Y no contestes "sí, mamá"! Desde ahora todos los días te vas a quedar en casa ayudándome. Se acabó el entrar y salir cuando a la señorita le apetece. No todo en la vida es hacer lo que a uno le viene en gana. Hay que sacrificarse, para eso estamos aquí, para purgar todo el mal que hemos hecho...- el tono de su voz se quebró y de nuevo apareció la ternura.- Mira, cariño, siento hablarte así.- La estrechó entre sus brazos, su cuerpo pequeñito y tan blanco...- Yo también estoy sola, ¿sabes? Necesito que estés conmigo. Eres mi luz, mi tesorito, mi niña...- y la acunaba como a una recién nacida.

-Mamá, yo te quiero mucho- dijo Elisa abrazando a su madre con más fuerza-, pero también quiero a mis amigas.

-¿Amigas?- Su madre la apartó bruscamente de sí.- ¿Amigas? ¿Qué amigas?- Su voz sonaba muy asustada.

-Pues mis amigas, mami. Vienen a jugar todos los días. Al principio yo sólo miraba, pero un día me vieron y me llamaron. Desde entonces, siempre voy a jugar con ellas. No estás enfadada, ¿verdad, mami?

-No, cariño, claro que no.- Volvió a abrazarla, pero su cuerpo temblaba tanto que la soltó enseguida: no quería contagiar a Elisa su temor, si bien debía hacer algo.- Sólo que... Verás, no es bueno que vayas a jugar con otras niñas, ¿entiendes?

-Pero mamá, si lo pasamos muy bien- contestó Elisa a punto de hacer pucheros.

-Lo sé, mi amor, lo sé, pero no debes ir, ¿entiendes? Tienes que prometérmelo.

-¡No! Yo quiero ir a jugar con ellas. Esta tarde hemos quedado en el viejo mausoleo, el del abuelo Antonio.

-Pues no vas a ir. Vete haciendo a la idea. No me gustan esas niñas que vienen a jugar a los cementerios.

-Mami, pero porfa...- suplicó Elisa, aunque con el convencimiento de que en esta ocasión su madre no cedería.

-He dicho que no y es que no. Esas niñas son distintas, ¿entiendes? ¡Distintas! No son como tú ni como yo. ¡Son diferentes!

-¿Diferentes? ¿Por qué son diferentes, mami?- contestó Elisa, cuya tranquilidad sorprendió gratamente a su madre.

-Porque ellas están vivas, cariño. Están vivas.