martes, junio 17, 2008

Relato de una cabeza hallada en la basura contado por ella misma



-¿Estás listo?

-Sí, empieza cuando te plazca.

-Bien, allá voy. Apunta presto.

No recuerdo con claridad el momento en que me separaron de mi cuerpo. La bruma se adueña de mi mente y apenas conservo memoria de mi vida como hombre. Quizá fuera en un callejón solitario, o en una sala de espera abandonada del antiguo espaciopuerto. Da igual. Tampoco sé si saltaron sobre mí sin planificarlo o me tendieron una celada. Ni si me separaron la cabeza con un láser, una soga de electrones o un anticuado y roñoso cuchillo. Es lo mismo. El primer recuerdo que conservo, claro y diáfano, es encontrarme en el interior de una urna de cristal. Vete a saber qué harían con mi cuerpo. Tampoco me interesa. Ahora que tú me has encontrado confío en que me dotarás del cuerpo que me falta y añoro.

Nada más abrir los ojos tuve conciencia de que mi cerebro no conservaba ningún hecho, ninguna imagen anterior a ese gesto tan simple y cotidiano, algo que hacemos cientos de veces al día y que, sin embargo, para mí era la primera vez. Abrir los ojos. Sentí un dolor intenso, me ardían los lagrimales y notaba los labios cuarteados. “Mirad, parece que vuelve en sí”, dijo un hombre al que no podía ver. Estaba fuera de mi campo de visión. “Debe permanecer vivo unas horas más. Ya habéis escuchado al jefe. Todavía le queda algo por ver”, dijo otra voz. Cayó sobre mí, cubriéndome, una solución viscosa y transparente. Noté que mis labios se refrescaban y que mis ojos dejaban de sentir la necesidad de parpadear. “Tranquilo, lo verá todo”, dijo la voz del primer hombre. Oí pasos y el sonido de una puerta. Después silencio.

No puedo precisar cuánto tiempo pasó. Lo único que sé es que mi mente se detenía en vaguedades, en el óxido de las paredes, en la altura desproporcionada del techo, en una rata que corría por el suelo. De nuevo un ruido y tuve a dos hombres frente a mí. Uno pequeño, delgado, enclenque, con el rostro afeitado y aspecto muy pulcro. En una mano llevaba una vara de acero flexible. El otro era enorme, el rostro hirsuto, músculos marcados, expresión bestial en perfecta contraposición al primero. De la mano arrastraba a una chica. Estaba desnuda, el cuerpo magullado y lleno de marcas de quemaduras. En sus muslos se apreciaban regueros de sangre coagulada. Se detuvieron y me miraron un rato sin decir una palabra. El pequeño se encendió un emo. Al aspirar su azulado humo sus ojos se quedaron en blanco, transido de placer. "Bien, bien", dijo. "Esto está bien. ¿La reconoces, verdad? ¿No? Tranquilo, yo te haré recordar". Dio otra calada al emo y continuó. "Es la compañera de tu amigo, la que nos entregaste. Ella se niega a darnos su nombre, así que queremos que seas tú quien nos lo diga." El otro agarró por el pelo a la chica y la obligó a arrodillarse. El primero le dio un puñetazo en la boca. "No, no queremos hacer esto. ¿Verdad que no, Malo? No, Malo es bueno." El otro, Malo, sonrió de manera estúpida. "¡Ah! No queremos seguir golpeándola, pero se niega a darnos el nombre de su compañero. Pero tú sí lo harás, ¿cierto? No querrás que continuemos, ¿me equivoco? Tú nos la serviste en bandeja, pero seguro que no deseas que le hagamos más daño." Dio una calada intensa, profunda. Su cuerpo tembló. "Sí, eso es, sí. Dinos el nombre de su compañero y esto acabará aquí." Con un movimiento enérgico, tan rápido que apenas pude seguirlo, golpeó a la chica en el estómago, una patada llena de rabia y furia. Enseguida su expresión volvió a mostrar la máscara sardónica y fría del torturador que disfruta con su trabajo. "¿No la recuerdas? Se llama Tivana. Vamos, zorra, di algo, que nuestro amigo oiga tu voz." Ella sólo pudo soltar por su boca un buche de sangre.

Yo no la recordaba. Me era indiferente lo que hicieran con ella. Me pedían un nombre que no les podía dar. Si lo hubiera podido rescatar de mi perdida memoria, lo habría hecho con gusto. No es que me resultara agradable ver sufrir a aquella chica. Era tan sólo una cuestión de estética. Sentía la necesidad de ver cosas bellas. Era lo único que podía hacer: contemplar cosas hermosas. Y no quería estar allí. No allí viendo cómo destrozaban un cuerpo humano.

"Se ha desmayado, Cara de Diablo", dijo Malo. El humo del emo se arrastraba por la cara del hombre pequeño, Cara de Diablo, confiriéndole un aspecto en verdad infernal. "Pues despiértala, querido amigo, despiértala. Pero no lo hagas con dulzura", contestó. "Y tú", continuó dirigiéndose a mí, "desecho de mierda, ¿nos vas a dar el nombre de su compañero o no? Decídete, porque aún tengo que pensar qué hacer contigo. Y no quiero perder más tiempo." Se acercó a la urna donde me habían depositado y pegó su rostro al cristal. Con la barra de acero daba golpecitos en el borde, con mucho cuidado, casi diría que con delicadeza. "Cariño, no me hagas perder la paciencia", dijo, pero ya era más una fórmula aprendida a lo largo de los años que una afirmación ante la que esperara respuesta.

"Cara de Diablo, la chica ya está despierta." Malo la sostenía por los cabellos de nuevo con una mano, mientras con la otra aferraba uno de sus brazos en un caricaturesco intento por que ella permaneciera en pie. Diablo se separó de la urna y se detuvo junto a la chica. Tiró el emo y lo apagó con el pie. Con esa mano ya libre le acarició un pecho. Luego, despacio, acarició el otro. "¡Qué lástima! Esto no me gusta, de veras", dijo. Apartó la mano y enarboló la barra. La descargó sobre los pechos que acababa de tocar. La vara se introdujo limpiamente en la carne, interrumpiendo su cortadura el contacto duro de los huesos. La dejó allí un instante, para a continuación extraerla lentamente. La sangre brotó como un sudario, envolviendo, abrazando la carne muerta. Malo la dejó caer al suelo. "Esto se acabó, jefe", dijo.

El cuerpo chocó contra el pavimento produciendo un ruido blando, como si fuera de gelatina. Diablo dio un paso atrás. "Cuidado con mis zapatos", dijo viendo la sangre que se extendía. "No creo que podamos hacer hablar a éste, Diablo", afirmó Malo como respuesta. Me miraba con fijeza, toda su mente, toda su capacidad cerebral concentrada en cómo conseguir que yo soltara un nombre. "¡Maldito imbécil! Mira qué expresión, Malo. Me da asco. ¡Estúpido! Si no se hubiera desgajado la cabeza con su propio láser ahora lo sabríamos todo. Ahí dentro parece un pez en una pecera, sólo que cualquier pez muestra más inteligencia en su mirada que esta excrecencia." Diablo se estaba desahogando a gusto, pero temía que de las meras palabras pasara a los actos. "Creyó que lo mataríamos", interrumpió Malo. "Nunca lo hubiéramos hecho antes de oírle cantar, Malo. ¡Dale un láser a un novato y sabrás qué sucede sin un buen entrenamiento! Bien se podría haber cortado una pierna, un brazo, yo qué sé... los cojones. Pero esto es ridículo. Cortarse la cabeza por accidente... Puede durar horas con vida, incluso días, por muy estupidizado que parezca. La muerte no le llegará pronto aunque lo saquemos del tanque." Diablo se mostraba disgustado. Me atrevería a añadir que incluso apesadumbrado ante la perspectiva cada vez más clara de que no había nada que hacer conmigo, o con lo que quedaba de mí. "Yo... yo no recuerdo nada", balbuceé esperanzado, convencido de que no se ensañarían conmigo. Me ignoraron. Eso me alegró, pues lo interpreté como señal de que ya no les interesaba. "¿Y dice que aunque lo saquemos de la urna aún podría vivir varios días, jefe?" "Eso es, Malo. Sí, días..." El rostro de Diablo tomó una actitud ensoñadora. Continuó: "Tira esta porquería a la basura. Nunca hablará. Que se pudra entre los desperdicios, que agonice entre la mierda de la que jamás debió salir."

Así vine a parar aquí. No sé cuánto tiempo ha pasado. Quizá horas hasta que me has encontrado. Pero ahora que te he contado todo, ahora que me has rescatado, podrás buscar un cuerpo para mí, ¿verdad?

-Sí, tal vez.

-Bien. ¿Lo has anotado todo? He hecho lo que querías, ¿cierto? ¡Pues dame un cuerpo!

-No te preocupes. Cumpliré mi palabra. Pero vistas las circunstancias quizá sería bueno que nos presentáramos, ¿no te parece?

-¿Presentarnos?

-Sí, presentarnos. Mi nombre es Mario. Ya, ya sé que no recuerdas, pero te explico. Soy el compañero de Tivana, su amante, tu amigo. Mi nombre es el que esos hombres querían que les dijeras. ¿Qué te parece? Vaya una casualidad, ¿eh?

Extrajo un punzón de metal de un bolsillo. Agarró la cabeza por los pelos y, con extrema y cuidada lentitud, lo introdujo en uno de los ojos. Los gritos no consiguieron que su pulso temblara. Lo extrajo con un viscoso sonido de succión y procedió con el otro.

miércoles, junio 04, 2008

Insólitas ofertas


Si afirmo que soy un devoto de las publicaciones de la EC, confío en que a nadie le sorprenderá. En fin, qué os puedo decir de Tales from the Crypt, The Vault of Horror y The Haunt of Fear ahora que podemos disfrutar de todas ellas publicadas cronológicamente en español en esos maravillosos tomos de Planeta bajo el epígrafe Clásicos del terror. Hay historietas excelentes en esos tebeos, pero incluso cuando alguna baja el listón de calidad, lo que no se puede negar es que, leyendo varias seguidas, crean un ambiente mórbido, macabro y espeluznante que ningún aficionado al género debe desdeñar. Aficionado de los de verdad, no de los que leen comics o ven películas de nuestro género sólo para echarse unas risas.


Vale, vale, yo también me río con algunas, qué remedio.


También soy un modestísimo coleccionista de material de la Warren: Creepy, Eerie (bueno, de esta revista no tengo ni un número, jejeje), Vampirella, Famous Monsters, Vampus... ¡Hay un montón! Pero en esos locuelos 70 había más, muchas más.


Conservo cuatro números de la extraña Hora T (tenía más, pero no consigo encontrarlos), con excelentes aventuras de El hombre araña y La zarpa de acero.


Pero, y aquí comienzo ya a pisar terreno resbaladizo, sigo comprando (no compulsivamente, no soy coleccionista de verdad) cuando los encuentro, o voy releyendo los viejos si no doy con más, alguno de aquellos cuando menos curiosos comics que proliferaron por esos años: Dossier negro, Delta, Infinitum 2000 y Escorpion (así, sin tilde). Ya, ya, hay más, pero procuro limitarme a éstas por el momento porque mi presupuesto no da más de sí. Escorpion en concreto es ciertamente abisal. Pero le tengo cariño. Recientemente descubrí que la misma editorial había sacado otro puñado de títulos terroríficos. Pude echarles un vistazo en una reciente feria del libro en mi ciudad. Disculpad que no recuerde los nombres, pero si conocéis Escorpion, pues imaginad lo mismo tanto por dentro como por fuera salvo que con títulos del tipo Terror, Horror, etc. Así de directo, a saco a lo que importa y sin buscar metáforas en el nombre porque aquí no estamos para florituras. Ahora me da rabia no haber comprado alguno, pero creedme que dejé tan vacíos los cajones de los Creepy y los Dossier negro que sólo uno más habría significado el desastre (lo fue, pero mi conciencia se quedó tranquila pensando que al menos había podido resistirme a un puñetero tebeo; sí, idiota consuelo, pero como soy idiota, pues me consuela).


¡Pero ya está bien! ¿A qué demonios viene este rollo infumable, estos recuerdos ñoños cargados de retórica retropopera? (Aviso: la razón que doy tiene la lógica de la serie de televisión Perdidos).


Pues que leyendo el número extra de abril de 1973 de la revista Vampus, aparte de algunas buenas historietas, me he topado con esta excepcional página de publicidad, Insólitas ofertas, que no he podido reprimir mostraros aquí. Si pincháis sobre la imagen podréis contemplarla en tamaño grande, como corresponde admirar semejante joya. Y, atención, porque si admirable resulta lo que ofertan, mejores aún son los textos descriptivos.


De las "descomunales garras de monstruo" se afirma que son "terroríficamente nauseabundas y repugnantes". Eso sí, "permiten todos los movimientos de las manos consiguiendo el más espectacular y macabro efecto". Siendo así, me las pido.


De la "mano cortada", todo un clásico, me encanta la primera frase: "Tamaño natural, en repulsivo color cadáver". ¡Cómo resistirse! El texto da unas ideillas de cómo utlizarla en forma de magníficos bromazos.


De las "espeluznantes máscaras" destacaría que consiguen "un realismo pavoroso". Y, por descontado, los tres modelos: Satanás, Bestia de las cavernas y Espectro errante (en este último, el dibujo lo que muestra en realidad es una cara de bruja, pero hay que reconocer que no deja de ser "espeluznante").


La "estremecedora calavera" es un objeto que no necesita publicidad para desear uno comprarla, pero el deseo se hace mayor si se puede leer junto a su ilustración correspondiente cosas como "color hueso de varios siglos de antigüedad" (¡¡¡varios siglos!!!), que nos puede resultar útil hasta para "recitar a Hamlet" (aquí le doy un 10, un sobresaliente como un camión, al anónimo autor de estos textos por su excelente sentido del cachondeo macabro; lo digo en serio, ¿eh?) o, jeje, que se le "pueden colocar dos bombillitas en los ojos". No sé qué hago que no estoy rellenando el cupón de pedido ya.


Y por último, el objeto que casi me atrevería a decir que es mi favorito en lo que a texto descriptivo se refiere. Por desgracia no lo acompaña un dibujo demostrativo. De este genial artículo no voy a decir nada. Mejor que vuestros ojos lo lean y vuestras mentes lo asimilen. Tranquilos, no daña el cerebro.


Bueno, no daña al mío, jajajaja (risas macabras... ¡No! ESPELUZNANTES).

domingo, junio 01, 2008

Piraña Horror Show



Desconozco por completo qué demonios significan en su mayoría las señales de circulación. No sé conducir un coche, no tengo carnet de conductor y todo lo relacionado con un volante me es ajeno. Sé quién es Fernando Alonso porque todo el mundo habla de él, pero me importa un rábano si gana o pierde esas carreras que a todo el mundo traen en vilo.

Imaginad mi sorpresa pues cuando me encuentro por la calle con una señal de tráfico de la cual sí que puedo desentrañar el sentido inmediatamente. Confieso que el cartel que muestro justo debajo ayuda un poco, claro está, y quizá sin él no hubiera acabado de enterarme del todo: no es aconsejable nadar por aguas infestadas de pirañas... ¡si no se lleva un buen cuchillo a mano!





























Estaba pasando un agradable fin de semana con mis amigas O y MJ visitando la tan agreste como hermosa Sierra de Gata, tomando como centro de operaciones el asilvestrado pueblo de Coria. La visión de la naturaleza en su estado más salvaje, perdidos entre carreteras dignas de la más oscura película de la Hammer, y un tiempo borrascoso formidable fueron alicientes que sería estúpido obviar. Pero no necesito explicar, al menos a aquellos que me conozcan mínimamente, que igualmente me llamaron la atención estos magníficos carteles del Piraña Show, los cuales prometían una lucha "impar", la posibilidad de "poder tocar serpientes y cocodrilos" y, bueno, por qué no, vislumbrar las prietas carnes de poderosas amazonas.

En especial, me atraía la que cabalbaga, rubicunda y exultante, una gigantesca serpiente, no sé si cobra, pitón o anaconda, tal y como se mostraba en un lateral de uno de los camiones del espectáculo. Sí, sí, podéis ampliar la imagen pulsando sobre ella.






Admiro profundamente las películas de Tod Browning: soy un fanático de su cine. El ambiente circense de algunas de ellas, como La parada de los monstruos (Freaks, 1932) o Garras humanas (The Unknown, 1927), que podemos contar entre las más conocidas de su director, han provocado que sea incapaz de contemplar cualquier espectáculo circense sin una mezcla de admiración, misterio y, en alguna medida, horror. Otras películas admirables han contribuido a ello. Destacaría la excelente El callejón de las almas perdidas (Nightmare Alley, Edmund Goulding, 1947), una película a mi entender heredera directa de esa poética del horror y lo grotesco, de la belleza de lo diferente y la sed de cruel justicia que supone Freaks. Y como colofón, como si una corriente de poesía subversiva hubiera atravesado todo un siglo oculta entre los pliegues de la más adocenada normalidad para estallar en nuestros rostros con la mayor violencia, la magistral serie de televisión Carnivàle. Aunque en este caso la corriente se puede rastrear hasta llegar al mismo libro del Apocalipsis...







Y no, no asistí, por desgracia, al espectáculo. Los horarios lo hacían imposible. Bueno, tampoco creo que a mis amigas les hubiera apetecido lo más mínimo acompañarme... Pero pronto, quizá, algún día, el circo Piraña Show aparecerá en las afueras de mi ciudad y entonces... entonces...


¡Podré disfrutar tranquilamente del espectáculo gracias a su potente calefacción!