-¿Estás listo?
-Sí, empieza cuando te plazca.
-Bien, allá voy. Apunta presto.
No recuerdo con claridad el momento en que me separaron de mi cuerpo. La bruma se adueña de mi mente y apenas conservo memoria de mi vida como hombre. Quizá fuera en un callejón solitario, o en una sala de espera abandonada del antiguo espaciopuerto. Da igual. Tampoco sé si saltaron sobre mí sin planificarlo o me tendieron una celada. Ni si me separaron la cabeza con un láser, una soga de electrones o un anticuado y roñoso cuchillo. Es lo mismo. El primer recuerdo que conservo, claro y diáfano, es encontrarme en el interior de una urna de cristal. Vete a saber qué harían con mi cuerpo. Tampoco me interesa. Ahora que tú me has encontrado confío en que me dotarás del cuerpo que me falta y añoro.
Nada más abrir los ojos tuve conciencia de que mi cerebro no conservaba ningún hecho, ninguna imagen anterior a ese gesto tan simple y cotidiano, algo que hacemos cientos de veces al día y que, sin embargo, para mí era la primera vez. Abrir los ojos. Sentí un dolor intenso, me ardían los lagrimales y notaba los labios cuarteados. “Mirad, parece que vuelve en sí”, dijo un hombre al que no podía ver. Estaba fuera de mi campo de visión. “Debe permanecer vivo unas horas más. Ya habéis escuchado al jefe. Todavía le queda algo por ver”, dijo otra voz. Cayó sobre mí, cubriéndome, una solución viscosa y transparente. Noté que mis labios se refrescaban y que mis ojos dejaban de sentir la necesidad de parpadear. “Tranquilo, lo verá todo”, dijo la voz del primer hombre. Oí pasos y el sonido de una puerta. Después silencio.
No puedo precisar cuánto tiempo pasó. Lo único que sé es que mi mente se detenía en vaguedades, en el óxido de las paredes, en la altura desproporcionada del techo, en una rata que corría por el suelo. De nuevo un ruido y tuve a dos hombres frente a mí. Uno pequeño, delgado, enclenque, con el rostro afeitado y aspecto muy pulcro. En una mano llevaba una vara de acero flexible. El otro era enorme, el rostro hirsuto, músculos marcados, expresión bestial en perfecta contraposición al primero. De la mano arrastraba a una chica. Estaba desnuda, el cuerpo magullado y lleno de marcas de quemaduras. En sus muslos se apreciaban regueros de sangre coagulada. Se detuvieron y me miraron un rato sin decir una palabra. El pequeño se encendió un emo. Al aspirar su azulado humo sus ojos se quedaron en blanco, transido de placer. "Bien, bien", dijo. "Esto está bien. ¿La reconoces, verdad? ¿No? Tranquilo, yo te haré recordar". Dio otra calada al emo y continuó. "Es la compañera de tu amigo, la que nos entregaste. Ella se niega a darnos su nombre, así que queremos que seas tú quien nos lo diga." El otro agarró por el pelo a la chica y la obligó a arrodillarse. El primero le dio un puñetazo en la boca. "No, no queremos hacer esto. ¿Verdad que no, Malo? No, Malo es bueno." El otro, Malo, sonrió de manera estúpida. "¡Ah! No queremos seguir golpeándola, pero se niega a darnos el nombre de su compañero. Pero tú sí lo harás, ¿cierto? No querrás que continuemos, ¿me equivoco? Tú nos la serviste en bandeja, pero seguro que no deseas que le hagamos más daño." Dio una calada intensa, profunda. Su cuerpo tembló. "Sí, eso es, sí. Dinos el nombre de su compañero y esto acabará aquí." Con un movimiento enérgico, tan rápido que apenas pude seguirlo, golpeó a la chica en el estómago, una patada llena de rabia y furia. Enseguida su expresión volvió a mostrar la máscara sardónica y fría del torturador que disfruta con su trabajo. "¿No la recuerdas? Se llama Tivana. Vamos, zorra, di algo, que nuestro amigo oiga tu voz." Ella sólo pudo soltar por su boca un buche de sangre.
Yo no la recordaba. Me era indiferente lo que hicieran con ella. Me pedían un nombre que no les podía dar. Si lo hubiera podido rescatar de mi perdida memoria, lo habría hecho con gusto. No es que me resultara agradable ver sufrir a aquella chica. Era tan sólo una cuestión de estética. Sentía la necesidad de ver cosas bellas. Era lo único que podía hacer: contemplar cosas hermosas. Y no quería estar allí. No allí viendo cómo destrozaban un cuerpo humano.
"Se ha desmayado, Cara de Diablo", dijo Malo. El humo del emo se arrastraba por la cara del hombre pequeño, Cara de Diablo, confiriéndole un aspecto en verdad infernal. "Pues despiértala, querido amigo, despiértala. Pero no lo hagas con dulzura", contestó. "Y tú", continuó dirigiéndose a mí, "desecho de mierda, ¿nos vas a dar el nombre de su compañero o no? Decídete, porque aún tengo que pensar qué hacer contigo. Y no quiero perder más tiempo." Se acercó a la urna donde me habían depositado y pegó su rostro al cristal. Con la barra de acero daba golpecitos en el borde, con mucho cuidado, casi diría que con delicadeza. "Cariño, no me hagas perder la paciencia", dijo, pero ya era más una fórmula aprendida a lo largo de los años que una afirmación ante la que esperara respuesta.
"Cara de Diablo, la chica ya está despierta." Malo la sostenía por los cabellos de nuevo con una mano, mientras con la otra aferraba uno de sus brazos en un caricaturesco intento por que ella permaneciera en pie. Diablo se separó de la urna y se detuvo junto a la chica. Tiró el emo y lo apagó con el pie. Con esa mano ya libre le acarició un pecho. Luego, despacio, acarició el otro. "¡Qué lástima! Esto no me gusta, de veras", dijo. Apartó la mano y enarboló la barra. La descargó sobre los pechos que acababa de tocar. La vara se introdujo limpiamente en la carne, interrumpiendo su cortadura el contacto duro de los huesos. La dejó allí un instante, para a continuación extraerla lentamente. La sangre brotó como un sudario, envolviendo, abrazando la carne muerta. Malo la dejó caer al suelo. "Esto se acabó, jefe", dijo.
El cuerpo chocó contra el pavimento produciendo un ruido blando, como si fuera de gelatina. Diablo dio un paso atrás. "Cuidado con mis zapatos", dijo viendo la sangre que se extendía. "No creo que podamos hacer hablar a éste, Diablo", afirmó Malo como respuesta. Me miraba con fijeza, toda su mente, toda su capacidad cerebral concentrada en cómo conseguir que yo soltara un nombre. "¡Maldito imbécil! Mira qué expresión, Malo. Me da asco. ¡Estúpido! Si no se hubiera desgajado la cabeza con su propio láser ahora lo sabríamos todo. Ahí dentro parece un pez en una pecera, sólo que cualquier pez muestra más inteligencia en su mirada que esta excrecencia." Diablo se estaba desahogando a gusto, pero temía que de las meras palabras pasara a los actos. "Creyó que lo mataríamos", interrumpió Malo. "Nunca lo hubiéramos hecho antes de oírle cantar, Malo. ¡Dale un láser a un novato y sabrás qué sucede sin un buen entrenamiento! Bien se podría haber cortado una pierna, un brazo, yo qué sé... los cojones. Pero esto es ridículo. Cortarse la cabeza por accidente... Puede durar horas con vida, incluso días, por muy estupidizado que parezca. La muerte no le llegará pronto aunque lo saquemos del tanque." Diablo se mostraba disgustado. Me atrevería a añadir que incluso apesadumbrado ante la perspectiva cada vez más clara de que no había nada que hacer conmigo, o con lo que quedaba de mí. "Yo... yo no recuerdo nada", balbuceé esperanzado, convencido de que no se ensañarían conmigo. Me ignoraron. Eso me alegró, pues lo interpreté como señal de que ya no les interesaba. "¿Y dice que aunque lo saquemos de la urna aún podría vivir varios días, jefe?" "Eso es, Malo. Sí, días..." El rostro de Diablo tomó una actitud ensoñadora. Continuó: "Tira esta porquería a la basura. Nunca hablará. Que se pudra entre los desperdicios, que agonice entre la mierda de la que jamás debió salir."
Así vine a parar aquí. No sé cuánto tiempo ha pasado. Quizá horas hasta que me has encontrado. Pero ahora que te he contado todo, ahora que me has rescatado, podrás buscar un cuerpo para mí, ¿verdad?
-Sí, tal vez.
-Bien. ¿Lo has anotado todo? He hecho lo que querías, ¿cierto? ¡Pues dame un cuerpo!
-No te preocupes. Cumpliré mi palabra. Pero vistas las circunstancias quizá sería bueno que nos presentáramos, ¿no te parece?
-¿Presentarnos?
-Sí, presentarnos. Mi nombre es Mario. Ya, ya sé que no recuerdas, pero te explico. Soy el compañero de Tivana, su amante, tu amigo. Mi nombre es el que esos hombres querían que les dijeras. ¿Qué te parece? Vaya una casualidad, ¿eh?
Extrajo un punzón de metal de un bolsillo. Agarró la cabeza por los pelos y, con extrema y cuidada lentitud, lo introdujo en uno de los ojos. Los gritos no consiguieron que su pulso temblara. Lo extrajo con un viscoso sonido de succión y procedió con el otro.
