miércoles, agosto 20, 2008

Extraña bienvenida, de Frank A. Chittenden (1954)


“Era algo como cuando se derriba un vaso de flores. Un accidente triste en el que después del golpe el agua se derrama y corre, hasta que los primeros efectos del daño se extienden mucho más allá de lo que fueran sus primeras consecuencias.” (p. 72)

Magníficas líneas para explicar cómo los acontecimientos se van enredando en esta novela de misterio del para mí desconocido autor Frank A. Chittenden. Bueno, líneas que valen para ésta y para otros cientos de miles, pero reconozcamos que son excelentes. Porque si triste es el punto de partida, el desarrollo es tal que una mancha de sangre extendiéndose por una camisa: todo se va impregnando poco a poco de un ambiente malsano y retorcido.

Las cosas parecen comenzar bien, sin embargo, para Jim Wexford. Retorna después de un montón de años a casa de su tío, quien lo acogiera de niño al quedar huérfano, y de la que huyó de adolescente debido a que la relación con el patriarca de la familia era un desastre. Este retorno se muestra, pues, no sólo como la vuelta a los lugares que iluminaron la niñez de Jim, sino a la posible reconciliación con su amargado, con razón, familiar. Pero nada más llegar al pueblecito inglés donde se desarrolla la acción y pisar la casa de su tío, Jim descubre que éste se ha suicidado. ¡Ay, dios! Que resulta que no es un suicidio, sino un asesinato y él resulta ser el sospechoso número uno, no sólo por su nefasta relación con su tío, sino porque queda como único heredero de una suculenta herencia.

En fin, no suelo contar mucho de las tramas de las novelas en el blog, pero como esto se desarrolla en apenas diez páginas y es el motor que dará vida al embrollo posterior, no veo mejor manera de incitaros a que busquéis esta pequeña joyita del misterio. Vale, de acuerdo, no es nada del otro mundo ni un descubrimiento apoteósico, pero sí desde luego una agradable sorpresa.

Y atención al título, que denota un claro y más que sanote cachondeo.

Estamos, después de todo, ante una trama convencional de misterio en un pueblucho inglés a principios de los años 50. Pero a su favor tenemos el páramo de rigor en toda novela de misterio inglesa que se precie, la actitud de continuo cabreo del protagonista, el pueblecito inglés en medio de la nada y sus poco de fiar, cuando no detestables (miramos a través de los ojos del protagonista, que es el narrador) habitantes y su emocionante y adrenalínico final.

Confieso que el narrador se gasta una mala leche y el pueblo y sus gentes resultan tan odiosos al lector que esta lectura me ha enganchado por completo. El final, como he comentado, es muy emocionante, de ese tipo que leído resulta muy efectivo pero que si te paras y lo cuentas en voz alta te tienes que reír: una persecución en la que el protagonista es perseguido por un coche y él huye... ¡¡¡en bicicleta!!! Pero bueno, el tono general de cabreo que muestra el narrador salva cualquier escollo o momento de la trama en la que se nos pide un poquito de credulidad.

Una estupenda novela a pesar de las características convenciones del género (sí, sí, explicación final incluida), pero con el detalle que se agradece de que aquel que despierta más sospechas, contra todo lo habitual, está implicado en el crimen.

En una buena narración, todo es cuestión de mirada, a través de qué ojos vamos a conocer unos hechos que nos pueden resultar más o menos conocidos, más o menos transitados. Aquí la mirada resulta sorprendente, y esto contagia a la trama: miramos de forma distinta hechos que no son en absoluto nuevos. Y esto es lo que provoca, en definitiva, nuestra pasión.

“Su actitud expresaba tácitamente su deseo de hacer cuanto pudiera para que me sintiese como en mi propia casa, pero, de todos modos, yo estaba pensando en cómo escaparme.” (p. 135)

¡Cómo no me va a gustar!

CHITTENDEN, F. A. Extraña bienvenida. Traducción de Ramón Palazón B. México, D. F.: Editorial Cumbre, 1954. 192 p. Laberinto.









viernes, agosto 08, 2008

Un cadáver inquieto, de Hampton Stone (1954)



Debo a mi buen amigo EF (4ojos) el haberme hecho con 17 volúmenes de la colección mexicana Laberinto de novelas de misterio. Relatos criminales que se mueven entre la novela detectivesca más tradicional (Agatha Christie y Arthur Conan Doyle como paradigmas) y la más moderna novela negra. En realidad un terreno de nadie ocupado por narraciones que hoy se corresponderían con series televisivas tales que Se ha escrito un crimen, Colombo o Monk, por poner ejemplos fáciles de situar. Un tipo de novelas que saturaron el mercado editorial durante casi los tres primeros tercios del siglo XX (en su adscripción, asumida, de serie b, o en la clasificada por los que nunca la leyeron como subliteratura) y que dio obras en verdad mediocres entre alguna que otra sorpresa extraña y gratificante al máximo (con Harry Stephen Keeler como su máximo exponente). Un tipo de literatura que no ocultó nunca su objetivo prioritario de entretener y que fue siempre honesta con el lector. Aún tiene su mercado, sólo que los escritores de hoy que practican el género publican novelones de 600 páginas en tapa dura y las editoriales y la crítica nos los pretenden colar como autores de misterio pero así como de calidad. Vamos, que uno no sabe ya si lo que buscan es entretenernos o distraernos (el bolsillo, claro).

La primera que he leído del lote, mala suerte, hay que reconocer que es flojita. Bueno, vale, bastante mala, pero algunos detalles revela su trama que consiguen que el libro no se le caiga a uno de las manos y se quede en ese limbo horrible de lecturas a medio terminar.

Aaron Marc Stein (1906-1985) creó un par de series (que yo sepa, se sobrentiende) para cada una de las cuales utilizó un pseudónimo. Como Hampton Stone escribió las novelas protagonizadas por el Ayudante del Fiscal del Distrito Gibby Gibson. Bajo el alias de George Bagby escribió la serie del Inspector Schmidt. Un porrón de novelas en ambos casos.

Ésta que nos ocupa, de título uno no sabe si terrorífico o de pura coña, Un cadáver inquieto (The Corpse That Refused to Stay Dead), es la quinta de la serie del pesao de Gibby Gibson.


Sí amigos, me apena reconocerlo, pero el protagonista se me antoja un tío coñazo de cuidao. Ya sé que muchos de estos personajes que se dedican a detectives se pasan páginas y páginas haciendo preguntas a todo el que respira, pero el problema no es éste. El problema es que Gibby no tiene el más mínimo interés. En sus pesquisas demuestra una torpeza intelectual notable, hasta el punto de que el caso lo resuelve antes el lector que el propio detective, y creedme que para estos misterios soy el tipo más ingenuo y torpe de la tierra. Bueno, hasta que me he topado con mi amigo Gibby, que debo reconocerle que me hizo sentir inteligente durante un buen par de horas. Si ésta era la intención del autor, lo felicito de la forma más encendida y sincera. Lo acompaña en sus pesquisas un compañero de trabajo que nos es presentado como más convencional y tonto, pero en serio que en los diálogos que mantienen se podrían intercambiar las frases y no se notaría nada. Porque aquí se encuentra el defecto que creo más grave de la novela: todos los personajes hablan igual. De unos se nos dice que son menos espabilados que otros, pero uno lee y todos se antojan una panda de cretinos sin parangón. Vamos, que en el microcosmos que se nos presenta (ya sabéis: un grupo de sospechosos reunidos en un mismo lugar, un apartamento enorme compartido por diversos estudiantes de música y una vieja) es imposible identificar si no se nos indicara quién demonios es el genio del violín y quién la que canta ópera con el trasero.

Pero que nadie se venga abajo. Esto es lo malo, pero ya dije que algún detallito se podía salvar.

Lo primero, el sanote tratamiento que el autor da al sexo. No es habitual que en una novela de este tipo, y en esos años, el sexo, y más en concreto el practicarlo así como a lo jipi, sea visto de forma positiva. No se trata de que el autor incluya escenas de alto voltaje: es la forma en que describe las relaciones entre los personajes y cómo deja claro que las restricciones sociales conducen invariablemente al crimen. Sorprende además cuando al tratar el tema de la mariguana (sic) se muestra más pacato.

Lo segundo, el ambiente bohemio en que transcurre la acción, que no deja de resultar divertido por lo alocado y desastroso que se nos muestra (no sería difícil trasladar la trama a un piso compartido de estudiantes en pleno 2008).

Una pena que Stone/Stein se pase la novela de interrogatorio en interrogatorio, la mayoría de ellos inútiles para el desarrollo de la trama y repetitivos hasta el hastío.

STONE, Hampton. Un cadáver inquieto. Traducción de Agnes Pierce de Zamora. México, D. F.: Editorial Cumbre, 1955. 162 p. Laberinto.