jueves, agosto 20, 2009

La celda de la muerte, de Edgar Wallace (1930)


Siento una gran admiración por la obra del inglés Edgar Wallace (1875-1932), uno de los grandes de la novela de misterio. Teniendo en cuenta la ingente cantidad de obras que escribió, lo que de él he leído se puede considerar una nimiedad, pero si bien algunas no me han parecido muy brillantes, sí debo decir que La gente terrible, El hombre que no era nadie y El Círculo Carmesí son tres libros que harán que cualquier amante del género, o mejor, cualquier amante de la literatura, disfrute con pasión de tramas inteligentes, de giros en apariencia imposibles que indefectiblemente se demostrarán inevitables, de un sentido del humor chispeante, de unos diálogos ágiles y de una caracterización de personajes apasionante. Sus personajes femeninos resultan divertidos, inteligentes, resolutivos y modernos, sin que por ello parezcan fuera de su época. La intriga en ocasiones parece derivar hacia situaciones algo delirantes, pero siempre acabará demostrándose que las mismas se nos antojan así porque no conocemos toda la información. Tampoco esto juega en contra, pues los misterios de Wallace nunca ensombrecen la acción o nos ofuscan con excesiva información: todo se desarrolla de una manera tan fluida que se llega a la conclusión final con la extraña sensación de haber sido llevados hasta allí levitando. Y su sorprendente imaginación: creedme si os digo que en la maravillosa El Círculo Carmesí he tenido la oportunidad de leer uno de los crímenes más raros, sorprendentes y alucinantes con los que jamás me he topado en un libro. Sólo diré que el arma del delito son unas inocentes... ¡pompas de jabón!

No todo en su obra son thrillers y novelas criminales plagadas de fascinantes retruécanos. Su ciclo de novelas dedicadas al comisionado Sanders y el nativo Bosambo, ambientadas en el África colonial, bien serían un ejemplo. Sólo he tenido oportunidad de leer una de ellas, un conjunto de relatos titulado Bosambo del Río (1914), un libro que quizá sea mi favorito de los que he leído de él, con un blanco, Sanders, que muy bien podría ser el propio lector enfrentado a otra cultura, milenaria y sabia, ésta representada por Bosambo. Este personaje, cuya sencillez e inteligencia resultan profundas y aleccionadoras, es un ejemplo de cómo había escritores populares de principios del siglo XX que no caían en los topicazos racistas.

En fin, por no detenerme mucho en su biografía, la cual resulta de fácil acceso para cualquiera que muestre un poquillo de interés, añadiré que dirigió un par de películas y, en fin, esto lo indican siempre y no voy a ser yo menos, colaboró en la escritura del guión de la magnífica y más que merecidamente mítica película King Kong de Schoedsack y Cooper. Wallace murió antes de su estreno en el año 1933. Jamás pudo saber, me temo, que fue uno de los artífices de un icono inmortal que nos sobrevivirá a todos.

La celda de la muerte, como ya habréis intuido por lo que estoy tardando en decir algo de ella, está en el grupo de las que creo que si no habéis leído nunca a este gran escritor, ni se os ocurra ponerla en la lista. Vale que es muy representativa de un género del que Wallace fue un buen precursor: la novela negra. Los malos son gangsters, hay tiroteos desde coches en marcha con los indeseables malhechores ametrallando al personal, nos encontramos con un detective duro y entregado a su trabajo que se permite pocas diversiones, con una curiosa falta de buen humor tratándose de una novela de Wallace y con una protagonista femenina tan poco resolutiva que, en fin, tampoco parece propia de él. Hasta para presentárnosla cae en esas descripciones tan típicas del género, quizá de los pocos momentos que en esta ocasión Wallace nos hace sonreír, aunque no sea recurriendo a la inteligencia precisamente: "Josephine Brady llevose el auricular a la oreja, perfectamente formada, y sus labios, cuya proximidad sólo podría resistir impasible un micrófono telefónico, (...)" (p. 7). Tampoco están mal las razones que nos da para identificar cuándo una mujer no será una mentirosa: "Le parecía imposible que una muchacha de ojos claros, como Josephine Brady, pudiera ser culpable de faltar a la verdad (...)" (p. 80). Tomad nota: ojos claros, nunca mentirá. Por cierto que en la misma novela contradice esto de manera escandalosa, jeje. Pero bueno, se lo perdonamos porque todas sus mentiras obedecen a una causa noble. En fin.

Tampoco la trama depara grandes sorpresas, encaminándose por sendas que sólo sorprenderán a aquellos que... Bueno, sinceramente creo que esto no podría sorprender a nadie, pero vete a saber. La intriga (por decir algo) se desarrolla de manera lineal y, cosa difícil de creer tratándose de Wallace, hasta adivinamos el final casi desde el principio. No me refiero a que la tal Josephine, la de los labios irresistibles, acabe casándose con el pétreo policía. Esto no vale, malandrines, pues no sería adivinar.

Y sin embargo, perdonadme por la dicotomía, creo que es una novela disfrutable si tenemos esto en cuenta. A saber: que se trata de un Wallace muy menor. Porque los diálogos te arrastran aunque la trama no tire con fuerza. Porque el aire pulp que la envuelve la hace más que simpática. Y qué demonios, porque ya he leído algunas de las buenas de Wallace y ya todo me gusta. Dicen que en esto consiste el amor verdadero, ¿no? Pues ya está, amigos.

WALLACE, Edgar. La celda de la muerte. Traducción de J. Mallorquí. 2ª ed. Barcelona: Editorial Molino, 1964. 222 p. Selecciones de Biblioteca Oro.

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