lunes, agosto 17, 2009

La casa de campo mágica, de James Herbert (1986)

No tan salvaje como en otras novelas suyas, la contención que James Herbert aplica a esta historia de enfrentamientos mágicos entre el bien y el mal le funciona a la perfección. Temáticamente, un poco al modo de la May Sinclair de la extraña y alucinógena La grieta en el cristal (1912) y al Bram Stoker de la espantosa (no en el sentido que el autor hubiera deseado) La guarida del gusano blanco (1911).

Comencé a leer a Herbert gracias a un comentario que leí hace mucho tiempo referente a que él bien podría representar el ejemplo más conseguido de novelista pulp en nuestra época: gore, brutal, de tramas algo delirantes (invasiones de ratas, sectas que luchan por controlar tanto éste como el otro mundo, realidades alternativas, casas encantadas), personajes psicológicamente poco complicados, gotas de erotismo picantón… Vamos, nada que envidiar si no tanto a los autores que escribieron para la mítica Weird Tales, sí algo más a los que pululaban por otras publicaciones más específicas en lo que a terror físico y sexo latente se refiere. El mejor ejemplo de esto último lo tenemos en el recién editado libro de la editorial Valdemar en su colección Gótica Los hombres topo quieren tus ojos y otros relatos sanguinolentos de la Era Dorada del Pulp, sabrosamente preparado por Jesús Palacios. Justo he leído esta novela de Herbert entre relato y relato de esta antología y, la verdad, apenas notaba el cambio de un libro a otro.

Como he dicho, aquí encontramos al autor inglés más contenido, pero la narración gana así en misterio y sugerencia, aunque tampoco sea mucho pues todo el devenir de sus protagonistas deambula un poco por lugares comunes. Pero el mismo Herbert nos desarma nada más comenzar la lectura: “Habéis visto la película, habéis leído el libro. Sabéis de qué va- ha habido tantas y tantos-: la joven pareja encuentra la casa de sus sueños, la esposa está exaltada, el marido se encuentra contento pero se controla más; se mudan, los hijos- por lo general un niño y una niña- corretean por las habitaciones vacías. Pero sabemos que hay algo siniestro en el lugar, porque hemos leído las carteleras y pagado las entradas. Lentamente, comienzan a suceder COSAS. Hay algo sombrío en el cuarto cerrado que está sobre las viejas escaleras; o algo está al acecho en el sótano, algo que podría ser la Puerta al Infierno. Conocéis la historia. Al principio, papá se muestra indiferente a su familia, que se está volviendo loca a su alrededor; él no cree en lo sobrenatural o en las cosas que se mueven en la noche, para él no existen cosas como los vampiros. Hasta que algo le ocurre, claro. Entonces se desata el infierno. Lo sabéis como si lo hubierais escrito vosotros mismos” (p. 11).

Y de esto mismo se trata, pero sin hijos. Y Herbert nos lo advierte. Pero también nos avisa de que habrá algo más. Y lo hay. Entre otras cosas, una secta que de verdad logra dar mal rollo y un duelo final entre magos lanzándose conjuros que es la repanocha, sí, pero efectivo. Y es que éste es el gran logro de Herbert: que sabe crear situaciones horribles y terroríficas y hacerlas creíbles. Con pocos medios, sin el más mínimo alarde estilístico, pero sin que uno tampoco lo eche de menos. Un buen ejemplo de ello es cómo presenta y desarrolla la aparición de la secta en la trama, cómo un grupo de jipis enrollados de guay a tope y unos tipos con pintas de surferos californianos acaban dando un pavor importante (más pavor, digo, de lo que ya de por sí dan al natural). Y su gurú, un individuo regordete sin ningún detalle oscuro en su descripción, afable y educado, se convertirá en un malvado que, bueno, vale, no es antológico, pero sí que está en esa magnífica tradición de buenos malos, ya me entendéis.

Herbert no renuncia a un par de detalles sanguinolentos. No le basta con contarnos que un cuerpo se descompone ante los ojos del protagonista: debe llenar sus buenas dos páginas describiendo al detalle todo el purulento proceso. Y, por primera vez, o al menos en lo que he leído de él, sobra. Como si el carácter más suave de la novela le hiciera resultar torpón allí donde nunca falla: ser el más salvaje de la banda. Pero tampoco llega a molestar. Total, no hace sino darnos lo que esperamos al abrir un libro suyo. Sin trampa ni cartón, que se dice.

La horrenda portada de esta edición corresponde al cartel español (el original es otro) de la ignota película australiana El piso número 13, dirigida por Chris Roache en 1988. Yo no la he visto, pero podéis leer un excelente comentario de la misma en Casi todos los colores de la oscuridad, la imprescindible página del antiguo compañero cyberdarkiano Tyla dedicada al cine de terror.

En definitiva, un James Herbert algo atípico, pero igual de recomendable.

HERBERT, James. La casa de campo mágica. Traducción de Daniel Laks Adler. Barcelona: Plaza & Janés, 1992. 351 p. Los Jet de Plaza & Janés, Biblioteca de James Herbert; 197 / 4. ISBN 84-01-49354-4.

miércoles, agosto 05, 2009

Weird Tales (1933-1942)

Segundo volumen dedicado a la mítica revista pulp norteamericana, esta vez recogiendo relatos pertenecientes a su segunda década de vida.

En la entrada anterior no dije nada de sus magníficos ilustradores. Me fascinan, pero como no soy un experto mencionaré sólo a los dos que más me gustan: Margaret Brundage y Virgil Finlay. La primera, que es de la que he tomado las portadas para ilustrar tanto este comentario como el anterior, salvo las propias de los libros antologados por Francisco Arellano, permitidme que sea un simplón: ¡me encanta! Esas ilustraciones de erotismo tan naíf, tan inocentemente macabras, que transmiten una perversión como de juguete, tan encantadoras, en fin, me cautivan. Confieso también, por si alguien que medio siga este blog lo ignoraba, que soy un fanático de las películas de los años treinta: creedme, veo todo lo que cae en mis manos de esta década maravillosa del cine, en especial su primer lustro, tan gamberro y avanzado a su época. Películas que incluso a ojos de hoy resultan poderosas: no se trata de gusto retro ni demás memeces. Y claro, ver los dibujos de la Brundage con esas chicas tan años treinta... ¡Ay! Confieso que es una debilidad. Sí, otra, qué le vamos a hacer. Virgil Finlay es más terrorífico, la verdad. De él es la portada que se reproduce en la de este segundo tomo antológico de Weird Tales. Su representación gráfica del mundo lovecraftiano es modélica, un ejemplo de cómo dar vida y lograr hacer más grande cualquier relato. Ilustraciones que ennoblecen lo que tocan.

Y tras este derrame infecto de babas, paso a comentar los cuentos de esta antología, la cual confieso que me ha gustado aún más que la anterior. Y, por descontado, alabar la excelente y entregada labor de los editores de La Biblioteca del Laberinto, Amparo Nieto y Francisco Arellano, que a pequeños pero importantes pasos nos van regalando ediciones de autores que no creo que les hagan millonarios. Estos libros se editan por amor al género. Y, por si acaso alguien piensa mal, ni los conozco, ni son mis amigos, ni me regalan libros. Sólo admiro su trabajo.

La antología se abre con un estupendo relato de humor negro: El juez supremo (1933), de J. Paul Suter. Su fuerza estriba en ser una crítica feroz y muy divertida de un personaje ridículo pero que goza de mucho poder y lo ejerce sobre los demás con ira y maldad. Como todos los que tienen poder, vale decir. Pero hasta el sapo más tranquilo sobre su piedra en la pestilente charca de su vida debe rendir cuentas.

Gran y cuidada progresión en el desarrollo del relato y brillante construcción de personajes. Un autor del cual sería magnífico tener la oportunidad de leer más cosas.

El siguiente es un relato de espada y brujería, La diosa de zafiro (1934), de un autor cuyo solo nombre ya evoca estos mundos fantasticotes: Nictzin Dyalhis. No, tranquilos, que no os estoy insultando en cimmeriano: es que el tipo se llamaba así de verdad, o eso parece. Un relato de imaginación desbordada, tan exagerado y delirante como ingenuo. Resulta algo precipitado, y es una lástima que Dyalhis no repose ni dé tiempo a algunos momentos de verdad brillantes de su historia. Todo se desarrolla por acumulación, y esta velocidad, este atropellarse, hacen que la fantasía exultante de la que hace gala el autor no destelle como debiera, si bien tampoco la apaga del todo.

Como curiosidad, indicar que el relato se inicia en la época actual (actual para el autor, se entiende), y el protagonista, un tipo hastiado de la vida gris y vulgar que debe llevar en nuestro mundo, se ve arrastrado (es un decir: lo está deseando el cabroncete) a otro de fantasía a través de una puerta que se abre en su habitación y un pasillo de lo más normalote que es lo que le separa de un mundo en el que es, nada más y nada menos, rey. Un punto de partida que, con diversas variaciones, era habitual en los relatos pulp más entroncados en la fantasía, como bien sabrán los lectores de Robert E. Howard y Edgar Rice Burroughs.

Tres relatos (dos aquí, uno en la anterior) del mismo escritor en un par de volúmenes de antologías de Weird Tales es excesivo, cuando supuestamente hay tanto material inédito en español donde elegir. Tampoco es que nos parezca mal: hay las suficientes diferencias entre los tres cuentos para poder hacernos una idea de la amplitud temática e imaginativa de Edmond Hamilton, pues no es otro el afortunado, pero esto hubiera sido mejor comprobarlo en una antología dedicada por completo a él. En El vengador de la Atlántida (1935) el motor que hace avanzar la trama no puede ser más convencional, pero resulta evidente que el desarrollo de la misma no cabe imaginarlo más delirante. Los protagonistas cambian de cuerpo como si de camisetas se tratara, y avanzan por el tiempo como otros por el camino de su trabajo a casa. ¡Ríete de Tim Powers! Una aventura fantástica de desarrollo torpe pero de imaginación e inventiva brillantes. En fin, Hamilton en ebullición. En Las semillas del espacio (1937) es imposible (bueno, vale, difícil, no imposible) pedir más en cuatro páginas: la caída de un meteorito, extraterrestres en un jardín, una historia de amor entre un humano y una mujer-planta, un crimen pasional... Invasión a escala minúscula en un cuento no tan pequeño como parece.

Quizá sea August Derleth el escritor del círculo de Lovecraft menos estimado por los lovecraftianos. Uno se pregunta por qué, pues gracias a él se debe en gran medida que el Maestro y su legado no cayeran en el olvido. Sin llegar a ser un gran autor, sí que en algunos de sus relatos muestra genio, y en todos oficio. Como en el que aquí nos ocupa, El regreso de Sarah Purcell (1936), un relato de fantasmas de lo más tradicional, tan poco original como, sin embargo, absorbente. Y es que esto es en realidad Derleth: nunca rompe, pero tampoco resulta aburrido u ofrece un mal cuento.

Sin duda uno de los cuentos más gamberros y más abiertamente pulp de la antología (aunque mentiría si afirmara que se encuentra solo en este podio) es La tigresa (1937), de David H. Keller. Está plagado de sadismo, misoginia, horror y, en fin, diversión. Me temo que esto último no por pretensión del autor, pero es que es un relato tan inocente, tan naíf (sí, éste también), que su supuesta anécdota morbosa, su perversión de telenovela y su ambiente macabro son de lo más simpático, y hasta entrañable si me apuran. Además, qué quieren que les diga, a mí esta malvadísima mujer fatal con ojos de tigresa me da un poquito de pena. Sí, estoy con ella: que les den a esos caballeretes entrometidos, majaderos y salidos. Tienen lo que se merecen, claro que sí.

Lo más curioso de La casa del éxtasis (1938), de Ralph Milne Farley (nombre real: Roger Sherman Hoar), es que el protagonista es... ¡el lector! El tiempo ha hecho que el evidente acento picantón y guarrindongui (muy propio de los pulps de la época) de este simpático relato quede muy anticuado, muy inocentón. Pero también puede que éste sea su valor: su encanto camp.

Esclavo de las llamas (1938) es un excelente relato del primer Robert Bloch, cuando la televisión no había hecho estragos en su estilo literario. Esta historia de pirómanos que perviven a lo largo del tiempo o se reencarnan en otros, porque de todo hay, es una de las mejores y más conseguidas de la presente antología. Las descripciones del fuego y la destrucción que éste provoca y su equiparación con un monstruo de múltiples bocas y brazos que todo lo devoran resultan tan terribles como hermosas, pues así lo ve Abe, el protagonista, el pirómano desquiciado tras cuyos ojos Bloch nos obliga a mirar y admirar. Y ése es el verdadero horror. Todo un logro, un magnífico cuento. Y coprotagonizado, puro guest starring, por Nerón. Toma ya.

Es una verdadera lástima que haya tan pocos relatos traducidos al español de Mary Elizabeth Counselman. No se trata de una escritora revolucionaria y original, pero sí elegante y efectiva. Una de esas autoras que dan grandeza al género desde su posición modesta. Mami (1939), el cuento aquí incluido, narra una sencilla historia de fantasmas de forma hermosa y eficaz.

La antología se cierra con un relato de Henry Kuttner, Hydra (1939), otro escritor del que se pueden encontrar contados cuentos suyos traducidos a nuestro idioma. Un pena que sean tan pocos (una inmensa suerte que haya algunos), pues indefectiblemente son excelentes. Y éste que aquí nos atrapa, afirmo con total sentido y conciencia de lo que escribo que es genial. Una absoluta pieza maestra del horror. Enclavado en lo que podríamos llamar “serie” o “saga” de los Mitos de Cthulhu, en mi opinión, desde el mismo momento en que terminé de leerlo, lo considero una de sus cimas literarias. Y lo tiene todo, amigos: portales al más allá, presencias horribles que buscan alimentarse de nosotros, experiencias lisérgicas, escenas sanguinolentas, viajes astrales fruto de la más horrísona de las pesadillas... En fin, nada nuevo, es verdad, para todo buen lovecraftiano, ni tan siquiera su estilo: redactado a modo de informe, frío, clínico, valiéndose de cartas, noticias de periódicos, fragmentos de cartas... ¡Joder! Si hasta tenemos la típica muerte mientras el protagonista escribe sus últimas palabras en un diario y ve acercarse a él el más horrendo demonio de los espacios encarnado (Dagón como prueba máster). Pero Kuttner logra en serio evocar el más terrorífico horror cósmico con sus palabras. Sus visiones parecen extraídas de otra realidad habitada por demonios reales, que a fin de cuentas de eso va el cuento, pero no como si se lo imaginara, sino como si describiera algo que ha visto con sus propios ojos, tan terrible que uno duda pueda ser fruto de una mente humana. Y las muertes son tan terroríficas, crueles y horribles como se nos adelanta al principio del relato. Un broche magistral.

WEIRD Tales (1933-1942). Selección, introducción, traducción y notas de Francisco Arellano. Madrid: La Biblioteca del Laberinto, 2008. 160 p. Delirio, ciencia-ficción; 17. ISBN 978-84-92492-03-9.