
Intento imaginar que asisto a una obra de teatro en la cual la historia consiste en que una poderosa compañía fabrica robots bajo la égida de un científico loco ya muerto. Su hijo lo sustituye en el empeño y, dejando atrás el ideal de crear una nueva humanidad, se aplica a la idea con un objetivo más mundano y efectivo, dando con la creación de unos androides cuyo parecido a los humanos difiere tan sólo en que éstos poseen alma. Y también este hijo está ahora muerto. Los actuales dueños, tomando las notas dejadas atrás por estos dos visionarios, consiguen llevar estos robots hasta el último rincón del mundo. El negocio es fabuloso, pero además se apunta la idea de que tal vez se inicie una nueva era para el hombre, en la cual las máquinas harán todo el trabajo, dedicándose los humanos a pegarse la vidorra padre. Pero, claro, los robots, a los que como he apuntado sería más exacto llamar androides, que han dejado de lado todo lo inútil, lo innecesario, descubren que lo más inútil e innecesario cuando ellos se encargan de todo es el hombre. Así que deciden exterminarlo. Lo que se apuntaba como una era de prosperidad jamás conocida deviene así el fin de los tiempos. Para los humanos, se entiende. Estos malditos robots se pasan por el forro las leyes de Asimov.
Pues bien, imagino que asisto a una obra de teatro tal como ésta. Y no paso de imaginarlo, porque dudo que alguna vez en mi vida pueda contarme entre el público, sentado en la oscuridad de un teatro, contemplando y disfrutando como un loco de
RUR (Robots Universales Rossum), la obra que el checo Karel Čapek escribió en el año 1920. Y digo que no asistiré porque me temo que jamás tendré la oportunidad. Al menos en mi país. Porque si aquí es una obra más bien ignorada, nombrada tan sólo de vez en cuando para contar eso de que fue la primera vez que aparece la palabra
robot (dato éste que no es cierto, pues como se indica en el prólogo de esta edición, el mismo Čapek, a sugerencia de su hermano de espectral nombre Josef, ya la había utilizado en un relato escrito en el año 1917), pero que desde luego carece de la relevancia que sí posee en otros lugares, en especial en el mundo anglosajón, en el cual no sólo tiene un lugar entre esas obras pioneras que todos citan, sino que realmente se lee y se admira.
Por poner un ejemplo más o menos reciente y por no perdernos en citas y búsquedas agotadoras, nombraré la serie de televisión
Dollhouse (2008-2009), que en dos temporadas nos llevó por unos derroteros no muy diferentes, en líneas generales, a lo que nos contaba hace 100 años nuestro buen Čapek. Los paralelismos con la serie creada por Joss Whedon no sólo se quedan aquí: también en ella contamos con una especie de androides (porque, vale, no son tales, pero como si lo fueran) con las mentes en blanco, los cuales carecen también de sentimientos y emociones, y cuya función es hacernos más fácil la vida cotidiana (aunque en la serie de Whedon se tratan conceptos que en
RUR se quedan, en parte, fuera), sumado esto a que, como en la obra de nuestro admirado autor checo, la compañía dueña de las casas de muñecas y creadores de todo el sistema de borrado y reescritura de mentes se llama… Sí, Rossum.
También cabría apuntar que en ella se trata un tema que obsesionó a ese otro genio de la ciencia ficción que fue Philip K. Dick, ese escritor que para algunos “escribe muy mal”, como si poner en pie todas las ideas que él edificó e introdujo en nuestras mentes pudiera hacerse escribiendo mal. En fin. No hace falta ser Proust para ser de los buenos. Más que nada porque entonces sólo él sería el bueno, ¿no? Me pierdo. Vuelvo. El tío Philip. Pues bien, como él hiciera tan a menudo, en
RUR también nos encontramos con esa idea obsesiva de si se es humano o no, de aspirar a serlo, de un androide tener la posibilidad de tener alma… Vamos, que me veo a Harrison Ford a tiros con los viejos androides de la RUR. ¿Vosotros no? Tampoco pasa nada, sólo estoy divagando.
En
RUR, además de androides que acaban con la humanidad toda, también encontramos los delirios divinos, más o menos contenidos por el deseo de hacer el bien a la humanidad, de su director general Harry Domin, unos pensamientos que lo emparentan, indefectiblemente, con ese otro gran conocido nuestro (si no lo es vuestro, ya estáis corriendo a conocerlo) que es el doctor Frankenstein. Tal es así que el bueno de Domin, actuando como el mismo Dios, cuando percibe los primeros atisbos de rebelión en sus creaciones semihumanas, decide confundirlos con la idea de que los robots universales se conviertan en nacionales, en robots que dejarían de hablar una lengua universal para comunicarse con lenguas distintas, evitando así la posibilidad de que se asocien entre ellos. Como el presunto creador de todas las cosas hiciera en la bien conocida Torre de Babel, sobre la cual, ante el orgullo del hombre de pretender igualarlo, lanzó la maldición de las lenguas para separarlo por siempre.
Creo que nadie se sorprenderá a estas alturas si afirmo el gran placer que me ha proporcionado la lectura de esta obra de Čapek, donde además de hacer pensar al lector, lo mantiene en todo momento con la sonrisa en los labios, porque, de regalo, es francamente divertida, con una ironía asombrosa fruto de una inteligencia sin duda alguna superior. Pero esto no es una sorpresa si antes se ha leído esa obra maestra absoluta que es
La guerra de las salamandras (1936), quizá la cumbre literaria de su autor, una novela que está, y con razón, en cualquier lista de clásicos del género. Y en las que no son del género, debería.
La fábrica de Absoluto (1922) es la otra obra del gran Čapek aquí incluida. Novela publicada por entregas (todos los lunes en un periódico checo, durante 30 semanas, 30 capítulos), folletín puro y desmadrado, el mismo autor, en el prólogo a la segunda edición en 1926, se disculparía por sus posibles faltas (al editarse en libro, al parecer recibió críticas sobre si aquello era en verdad una novela) dejando bien claro que él había escrito un folletín, nada más (¡y nada menos, como se dice!), con un sentido del humor de una brillantez desarmante. Pero no sólo lo haría en el prólogo: en la misma novela (para mí sí que lo es, y seguro que para vosotros también), en el capítulo XIII, el autor se dirige al lector nombrándose a sí mismo como “el cronista” de la historia disculpándose de los errores narrativos y de su abandono, a partir de ese momento, de sus personajes por un tratamiento más global de la historia.
Historia que no es sino otra delirante puesta en escena de la estupidez humana. Una gran compañía (si en
RUR era la que daba nombre a la obra, aquí se trata de las industrias Someta, Sociedad Metalúrgica) decide comercializar un carburador capaz de aprovechar al máximo la materia, extrayendo de ella una cantidad ingente de energía. Así, un solo pedazo de carbón sería suficiente para mantener en funcionamiento una fábrica durante varios días. Pero en el proceso, en la extinción total de dicha materia, al desaparecer ésta, hay algo que queda sin recipiente y es liberado: la esencia de la misma, el Absoluto, que no es sino esencia divina, pues dios está en todas las cosas. Los problemas llegan cuando esta esencia contagia a toda la población, los milagros se obran como si no fueran tales y todo el mundo sufre ataques de “divinidad”, convirtiéndose a la primera religión que se les pasa por la cabeza. Claro, hay un dios, pero no se sabe qué dios, así que cada uno lo barre para su casa.
Haciendo gala triunfal de su maravilloso sentido del humor, Čapek llega a mostrarnos a la misma Iglesia rechazándolo, pues no se aviene este dios a sus dogmas, o a los comunistas ateos afectados de un repentino “bolchevismo místico”, pues hay que creer a ciegas en un dios que se ha encarnado en las fábricas. Un desbarajuste que Čapek encadena con unas formas que nacen de una mente privilegiada y visionaria (no es exagerada la afirmación común de que aquí está presagiando la Segunda Guerra Mundial). Todo estalla en una absurda guerra de religiones narrada de forma vivaz y vitriólica, exultante de ideas y descacharrante en su dibujo del carácter humano.
Porque si bien Čapek tiene una fe demoledora en el hombre, en lo que éste en potencia puede llegar a hacer de bueno, no la tiene tanto en lo que éste cree. Y menos aún en lo que hace. Ahí estaba, reciente, el horror de la Primera Guerra Mundial, y al final de su vida, el horror nazi. Como se nos cuenta en el prólogo, la Gestapo lo llegó a considerar el enemigo público número 2. Su hermano Josef, con el que coescribió numerosas obras, moriría en un campo de exterminio. Triste que la inteligencia tenga siempre el mismo fin: el silencio.
ČAPEK, Karel. RUR; La fábrica de Absoluto. Prólogo de Ricard Vela; traducción de RUR por Consuelo Vázquez de Parga; traducción de La fábrica de Absoluto anónima, revisión de Carlos Torres Moll. Barcelona: Minotauro, 2003. 270 p. Utopías. ISBN 84-450-7475-X.