miércoles, agosto 31, 2011

El Barco de la Muerte, de William Clark Russell (1888)

El mito del Holandés Errante, el marinero condenado a navegar sin fin en su barco maldito sin poder jamás arribar a tierra entre tormentas y galernas infernales, llevando la mala suerte a todo barco que se cruza con el suyo, tal vez tenga su origen en la del Judío Errante, el judío que negó agua a Cristo en su camino a la crucifixión y que por ello fue condenado a vagar eternamente sin hallar descanso. Aunque la segunda tiene un claro origen antisemita, la primera tomaría de esta la idea del eterno vagar, si bien su carácter fantasmal y de malos augurios asientan bien con las supersticiones marineras y lo distancian del judío.

William Clark Russell (1844-1911) fue un marinero que tras ocho años (desde los catorce de edad) de vida en el mar decide dedicarse a la literatura. Y lo consigue con éxito gracias a sus vibrantes narraciones de aventuras marinas, de gran tradición en la segunda mitad del siglo XIX. El Barco de la Muerte (The Death Ship, 1888) es la primera de ellas que se publica en español. En ella, Russell une al relato de aventuras la narración de terror en su sentido más gótico, logrando una novela densa, hermosa y emocionante pero que pondrá de los nervios a aquellos lectores flojos que se asusten ante más de un párrafo de descripciones. Porque aquí, como en toda buena novela decimonónica, los hay a mansalva (jeje, estuve a punto de escribir “a mares”).

“Si hay espíritus en la tierra, ¿por qué no en el mar?” (p. 28)

Ni conocía a este autor hasta que vi que la editorial Valdemar lo editaba en su colección Gótica, pero fue leer que se trataba de una novela de aventuras de terror en el mar y salí disparado para la librería a comprarlo (si le pusiera el mismo interés y ganas a “las cosas de la vida” qué bien me iría todo, amigos…). No nos engañemos: se nota que Russell es ante todo un escritor de aventuras, su narración es luminosa y feliz, lejos del tono fúnebre que un autor más acostumbrado a las historias de terror habría impuesto desde el principio: se siente el amor del autor por el mar y la vida del marinero a través de sus hermosas y prolijas descripciones. El esplendente océano, los barcos como catedrales surcando las olas, el cielo abatiéndose sobre las aguas…

Antes de seguir, me gustaría indicar que no hay nada que temer sobre lo que pueda adelantar o desvelar del relato en este comentario, pues los mismos títulos de los capítulos, tan a la manera habitual en la novela del XIX, descubren qué se nos va a narrar a continuación. Lo importante o fundamental no era la sorpresa o los hechos, que no es que fueran ni banales ni intrascendentes, sino que su principal valor estaba en cómo nos eran narrados esos hechos. Además, lo que yo voy a contar es una basurilla comparado al estilo de Russell, así que consideradlo un breve adelanto al disfrute máximo que os espera si os atrevéis a leerla.

“El tiempo se anegó en la eternidad con el castigo que le fue impuesto.” (p. 109)

Así la historia comienza narrando en primera persona cómo el joven Geoffrey Fenton embarca como oficial de segunda en el Saracen. Tienen un primer encuentro con un barco también inglés, el bergantín Lovely Nancy, cuya tripulación dice haberse topado con el barco fantasma, el barco del Holandés Errante, y haber huido de él a toda la velocidad que le han permitido sus velas y el viento. Este encuentro obsesiona al capitán del Saracen, pues aquellos que se cruzan con el navío fantasmal llevan la mala suerte a todos los barcos con los que se cruzan, y desde ese momento vive temeroso de sufrir la fúnebre visión del llamado Barco de la Muerte.

Penetran en aguas holandesas (bajo dominio holandés) de camino a bordear el Cabo de Buena Esperanza y los localiza un navío holandés que los persigue para hundirlos. La persecución es apasionante, entremezclándose el temor por ser alcanzados con las apabullantes por su belleza descripciones del inmenso navío holandés, su avance cortando las olas, el sol deslumbrante brillando en su velamen. En los momentos de mayor peligro el autor nunca abandona el amor apasionado por las maravillas del mar y los barcos que lo surcan. ¡Su pasión es contagiosa!

Tras el comentado encuentro con la Lovely Nancy, el pesar se apodera del capitán del Saracen y poco a poco de toda la tripulación, vencida por la superstición: si uno se topa con un navío que ha visto al Holandés, acabará viéndolo él también. La mala suerte se transmite como un mal contagioso y antes de terminar su travesía los marineros del Saracen tendrán ante sí al barco espectral alzándose entre las brumas de una tormenta infernal.

El relato se va llenando de funestos augurios y sucesos luctuosos hasta que el Saracen se cruza en la noche con el buque fantasma. ¡Ay, si ya lo estaba avisando el atemorizado capitán! Russell narra este encuentro espectral con una fuerza arrolladora: todo es negrura y premonición hasta que el barco va tomando forma ante los ojos aterrados de los marineros. El paso de temer el acercamiento de un navío holandés enemigo hasta descubrir que es otro navío holandés aún más temido que uno de guerra es emocionante y encoge el corazón.

Debido a un fatal accidente, el joven Fenton cae al mar y es recogido por la chalupa del barco fantasma, un bote con el que pretendían abordar al Saracen para… ¡pedir tabaco! Los hombres asustados han disparado sobre el bote, provocando la ira del capitán Vanderdecken, nuestro holandés espectral, ante tal acto de cobardía. Porque el gran drama del buque fantasma es que su tripulación ignora su estado de muerte en vida: piensan que solo llevan un año en el mar… ¡cuando en realidad han pasado ciento cuarenta y tres años desde que partieron de sus casas! Viven así con la ilusión constantemente renovada de que lograrán volver algún día.

Pero el joven Fenton no es el único tripulante recogido por el barco fantasma, el Braave, en su travesía: la hermosa joven Imogene Dudley fue rescatada a su vez hace cinco años de un bote a la deriva tras el desastre que hundió el barco en el cual navegaba. Enseguida entabla amistad con Fenton, que queda arrebatado por su belleza. Bueno, y por encontrar a alguien con vida en un barco tripulado por cadáveres. Imogene le contará a Fenton sobre el barco y sus hombres, cómo están atrapados en un bucle temporal que los hace creer que llevan solo un año en el mar. Es una extraña condena por esperanza, pues los que la sufren olvidan su castigo, no son conscientes de su penar.

Fenton, condenado con ellos, decide documentarse lo mejor posible acerca del mítico barco con la idea de que si logra escapar podrá contar con todo detalle cómo es la vida cotidiana en él. Se crea así una curiosa mezcla en el relato de historia sobrenatural con tono documental que no deja en ningún instante de resultar tan curiosa como interesante: maldita sea, parece que el mismo Russell hiciera la aburrida travesía en compañía tal y no hubiera tenido otra manera de pasar el tiempo. En su afán por documentar tan alucinante viaje, Fenton narra con fruición, aparte de todas las horas del día a día de la tripulación, el abordaje de un barco semihundido que supone un pecio repleto de víveres para los marineros del navío fantasma. La maldición es más atroz porque estos espectros necesitan alimentarse, ansían de manera vehemente tabaco para fumar en sus pipas, necesidades que les dan apariencia de vida. Espectros que jamás tendrán conciencia de su condición.

Resulta también apasionante el abordaje del barco espectral por parte de una goleta pirata escondida bajo pabellón francés. El espanto de los piratas sobre la cubierta del navío holandés al descubrir dónde están y ante quién se enfrentan es de una fuerza sobrecogedora y nos aleja de ese entorno casi familiar en el que el lector estaba cayendo al compartir con ellos su viaje: tomamos conciencia de manera avasalladora de que esos hombres con los que hemos convivido durante doscientas páginas son espectros siempre a pesar de su comportamiento en ocasiones casi humano.

“¿Qué puede hacer con el sueño alguien a quien se le niega la paz de la tumba?” (p. 345)

Lo que en cualquier otra narración sería convencional, la historia de amor entre Imogene y Fenton, en manos de Russell la encontramos plena de tensión pues el joven no cesará de sentir en ningún momento la perentoria necesidad de huir de ese barco maldito con su amada. El temor a lo que en otras circunstancias sería su salvación, el avistar un barco que pudiera recogerlo y alejarlo del horror, lo cual implicaría abandonar a su amada pues el fúnebre Vanderdecken no está dispuesto a soltar su preciado botín, convierte el barco maldito para los holandeses en maldito también para los jóvenes enamorados, que no ven la forma de poder escapar juntos de él. Los espectros jamás lograrán cruzar el Cabo enfilando el camino de regreso a sus hogares, pero los enamorados tampoco podrán hacerlo.

Los fuegos de San Telmo brillando en la arboladura, el fulgor espectral del barco fantasma en la noche, la niebla como vapor, los vientos y la tormenta eterna… Y al fin el tan temido como deseado momento en que el Braave se enfrenta al Cabo, donde una cruel tempestad les impedirá otra vez el paso. La galerna infernal es descrita con una belleza tan intensa como el terror que provoca.

El desenlace de la novela en anticlímax, cambiando la primera persona del narrador Fenton a la omnisciente tercera da un tono de frialdad que resulta chocante ante ese final triste y desesperadamente romántico, pero no lo rompe. Al contrario: el alejamiento emocional evita la exageración melodramática y el drama narrado cobra más fuerza y vigor. Russell, que hace caso de todas las convenciones decimonónicas de la novela, sabe alejarse de ellas cuando lo cree oportuno. Y por eso el desenlace, sin ser original, es absolutamente moderno: necesita abandonar la primera persona para terminar de contarnos los hechos y ni se lo piensa.

La lectura de esta novela satisfará pues tanto a los amantes de las aventuras marinas como a los degustadores de las mejores narraciones de espectros, siempre en un tono de fantasía más que de terror, pero pleno de una belleza funesta, de un horror nunca separado de cierto hálito romántico que ilumina el relato con una fuerza conmovedora. En fin, que os gustará tanto como a mí.

RUSSELL, William Clark. El Barco de la Muerte: una narración extraordinaria: relato de una singladura en “El Holandés Errante” encontrada entre los papeles del difunto señor Geoffrey Fenton, de Poplar, oficial de la marina mercante. Traducción de José Menéndez-Manjón. Madrid: Valdemar, 2009. 423 p. Gótica; 75. ISBN 978-84-7702-653-2.

martes, agosto 09, 2011

Los ojos de La Sombra, de Maxwell Grant (1931)

La segunda aventura de La Sombra, uno de los héroes de la literatura pulp más grandes e influyentes de cuantos han existido, es esta Los ojos de La Sombra, que Walter B. Gibson, bajo su alias de Maxwell Grant, publicó al poco de salir la primera. Es mejor que la anterior, con una trama de misterio más elaborada y con las intervenciones de La Sombra mucho más eficaces y emocionantes. Al fin le vemos con su capa, con su sombrero de ala ancha y su voz gutural prevenir a los bandidos antes de atacarlos o “invitándolos” a que abandonen la carrera criminal si no quieren vérselas con él.

También le vemos vulnerable pese a sus poderes sobrehumanos: encerrado en una habitación con un montón de malhechores, logra escapar con vida en uno de los momentos más trepidantes de la novela. Con vida, sí, pero con poca vida. Aunque su huida es espectacular, el hecho de que no salga ileso del terrible encuentro lo humaniza de algún modo y, sobre todo, infunde en el lector la idea, que ayuda a generar tensión, de que La Sombra también puede morir en su lucha contra el mal. O cuando menos ser detenido.

Y aquí también descubrimos quién se oculta tras tan extraña figura: La Sombra no es otro que el joven millonario Lamont Cranston. Más humanidad para un personaje que hasta este instante era… Pues eso: una sombra.

Con la aparición ocasional de Steve Cronin, un criminal de baja estofa que ya tuviera una pequeña intervención en La sombra viviente, y con el coprotagonismo de una nueva galería de villanos entre los que destacaría al viejo avaro, tramposo y maquinador, la consabida mente maestra tras todo crimen bien pergeñado, de nombre Isaac Coffran. Bueno, y al siniestro Jupe, del cual todavía no sé si es un simio o un humano con aspecto de gorila…

La trama de misterio se desarrolla tras un curioso robo que desencadena toda una serie de asesinatos, citas misteriosas, torturas refinadas, aparatos de radio y televisión, el colmo del aparataje técnico de vanguardia en aquellos tiempos, utilizados para tareas de espionaje y comunicación, ruinas siniestras, enterramientos en vida y la persecución desesperada de las joyas que suponen la herencia de un militar zarista. ¡Cómo no nos iba a gustar! Por momentos asemeja una película de terror de la Universal, que ese mismo año de 1931 había estrenado el Drácula de Bela Lugosi bajo la dirección de Tod Browning (y sí, vale, al parecer también de Karl Freund) y estaba a punto de hacer lo mismo, si no lo había hecho ya, con el Frankenstein de James Whale y Boris Karloff.

Estas influencias expresionistas y góticas, herederas de las novelas de terror decimonónicas, del folletín europeo y de la propia literatura gótica de siglos atrás, tienen su claro reflejo en Los ojos de La Sombra no solo en la aparición de las ruinas como telón de fondo de la acción, de cementerios, de tumbas, de pasadizos secretos y mazmorras, todo al final tan pulp, sino en la tremebunda mansión del malvado Coffran. Una mansión en pleno New York que en su interior más asemeja el castillo medieval siniestro de cualquier novelón de nuestra admirada Ann Radcliffe: pasadizos, trampas mortales, trampillas que se abren repentinamente en el suelo, paredes y techos que se desplazan para aplastar a quien haya quedado atrapado por ellos, habitaciones que se inundan de mortíferos gases, pasillos oscuros e interminables y voces siniestras y risas macabras para completar la función. Todo un festival gótico y macabro con vendajes aventureros y pulp. Todo un festín para los amantes de las novelas de misterio.

Todavía La Sombra como personaje estaba por desarrollar (más), pero aquí su siniestra silueta iba tomando ya la forma que la convertiría en inmortal.

GRANT, Maxwell. Los ojos de La Sombra. Traducción de Esteban Macragh. Barcelona: Molino, 1936. 104 p. Hombres Audaces, La Sombra; 2.

martes, agosto 02, 2011

La sombra viviente, de Maxwell Grant (1931)

Walter B. Gibson, el auténtico nombre oculto bajo el seudónimo de Maxwell Grant, fue el creador del personaje de La Sombra en el año 1930. Personaje mítico de los pulps norteamericanos de la época, no solo paseó su siempre misteriosa figura por el papel, sino que lo hizo también desde las ondas de radio, su lugar de origen. Aventuras sin fin, enigmas sin cuento y acción a raudales que sobrecogieron y fascinaron al público de la época, la década de los años 30, y que extendió su sombra, nunca mejor la expresión, durante las décadas siguientes.

En esta primera aventura de La Sombra, La sombra viviente (1931), será su ayudante Harry Vincent quien acaparará el protagonismo del relato, aunque el peso de nuestro héroe es extraordinario, cómo no, en el desarrollo de la trama. En este primer encuentro de La Sombra con los malos de turno el lector sabrá tan poco de tan misterioso héroe como todos los que con él se encuentran en el relato. Su risa sardónica, su capacidad sobrenatural de permanecer invisible en espacios reducidos (solo en novelas posteriores se nos explicará que La Sombra posee, entre otras, la capacidad de la umbrakinesis, “una habilidad psíquica que le permite manipular las sombras”, wikipedia dixit), de colarse por cualquier rendija, de disfrazarse a niveles que dejan al mismo Mortadelo como un aprendiz…

Todo en La Sombra es fascinante, todos sus actos llenos de misterio. Cartas cifradas, claves imposibles, sistemas de comunicación alambicados, mensajes que se borran al poco de ser leídos… En fin, todo vale para preservar el anonimato del héroe, aunque en ocasiones pierden más tiempo en elaborar este sistema de comunicación entre La Sombra y sus ayudantes que en detener a los criminales. O eso suponemos, claro, porque en realidad todo resulta sencillo en los pulps. Lo complicado es lo natural, y por eso nos encantan.

Con el tópico del terror amarillo de fondo hasta el punto de que Gibson se encontró con esta portada del chino entre asustado y amenazador hecha antes de que se pusiera a escribir la historia, La Sombra aquí todavía es un personaje por desarrollar, pero esa misma indefinición le presta una fuerza increíble. Y cierto: los héroes pulp son un antecedente absoluto de los superhéroes. Por el pánico que provoca en el mundo del hampa, por su oscuro y siniestro disfraz, por su connivencia con la noche y su aire tétrico (y eso que le gusta reír, pero con una risa macabra) La Sombra bien podría ser el antecesor de Batman, como ya se ha dicho en numerosas ocasiones. También por su manera de gastarla con los criminales, que no deja de ser la habitual en los relatos de acción de entonces (no había coartadas ni comportamientos políticamente correctos en las novelas de entretenimiento porque eran eso, entretenimiento y no ensayos sobre cómo debemos comportarnos en público): no hay piedad ni compasión para ellos. Ni falta que hace si la acción es trepidante y cada página se lee con emoción, cada capítulo pletórico de tensión.

Vemos nacer en estas primeras páginas de las muchas que conformarán la historia de La Sombra a su ayudante Harry Vincent, el personaje con el cual el lector se identifica, un pobre desgraciado a punto de tirarse de un puente (la situación económica desesperada de la época se reflejaba en todos los ámbitos, también en los pulps, pero no para soltarnos el rollaco social, sino porque de verdad reflejaban la realidad de la época: la diaria y real, con tipos que nunca tienen un duro en el bolsillo y están dispuestos a todo para tenerlo, y la soñada, la de los héroes que nos ayudarían a acabar no solo con los malos, sino con nuestro aburrimiento y con nuestro entorno gris haciéndonos soñar con fantásticos mundos de peligro y aventuras; pues como hoy, qué pensabais) al que La Sombra salva en el último momento y le ofrece trabajar a su servicio. También al afable y tranquilo agente de seguros Claudio Arma, otro de los agentes de La Sombra, un eslabón en ese entramado que el héroe teje a su alrededor para poder luchar y vencer a los villanos.

En conjunto, una aventura que se lee en un suspiro, que resulta emocionante porque en ella está todo lo que hemos visto y se ha repetido hasta la saciedad sobre los héroes con cualidades sobrehumanas, en la que el misterio y la intriga son genuinos, en la que fascinan por igual los malvados capaces de todo por llevar sus maquiavélicos planes adelante y unos buenos de la función que son presentados con tintes positivos pero cuya máxima figura no puede resultar más oscura. Hoy no sería un héroe: sería tildado de criminal y reaccionario por su forma de abatir el crimen. Vamos, que la ley lo perseguiría más a él que a los propios criminales. Pero igualmente seguiría siendo nuestro héroe: el que nos regala una hora de entretenimiento tras nuestro agotador quehacer cotidiano, el que nos asombra con una hora de literatura de evasión pura y honesta.

GRANT, Maxwell. La sombra viviente. Traducción de José Mallorquí Figuerola. Barcelona: Molino, 1941. (2ª ed.). 72 p. Hombres audaces, La Sombra; 1.