viernes, octubre 31, 2014

René Daumal: quemado por la vanguardia



“Resulta muy tentador, cuando se cuentan acontecimientos pasados, poner claridad y orden donde no había ni lo uno ni lo otro.” (La gran borrachera, p. 31)

El escritor francés René Daumal (1908-1944) dedicó gran parte de su vida a la búsqueda de lo Absoluto, una quimera propia de un espíritu soñador para la cual siguió caminos bien terrenales: las sustancias psicotrópicas y el alcohol. Ni fue el primero ni será el último en esforzarse en hallar las musas de la creación y de la revelación de esta forma. Su viaje fue un fracaso absoluto, con el resultado de su salud destrozada y alcanzar la muerte enfermo de tuberculosis. Sólo al final de su existencia se apercibió de lo fútil de este camino y emprendió el de la religión, el del pensamiento hindú y las creencias que por entonces difundía el iluminado maestro Gurdjieff. No es que le fuera mejor, pero al menos su cuerpo encontró un breve descanso que no pudo disfrutar pues la enfermedad ya lo había convertido en su presa. En sus años de juventud escribió poesía, fundó una revista (Le Grand Jeu), formo el grupo vanguardista “Los Simplistas” y se enfrentó de manera encendida con André Breton y los surrealistas. Marginal entre los marginales, Daumal se sumerge en las drogas y la bebida buscando “una realidad superior” que nunca encontrará. Desencantado de esta vía, escribirá en 1938 su novela La gran borrachera (La grande beuverie), en la que nos narra en sus dos primeras partes las formas de búsqueda que había emprendido, dejando para el final la constatación de su error y el inicio de un nuevo camino de iluminación. Todo esto queda esclarecido de manera excelente en el prólogo de Javier Bassa Vila, ¡Desconfiad del alcohol y de la literatura!, en la edición del libro por parte de la editorial Cabaret Voltaire, introducción eso sí que recomendamos leer después de la novela de Daumal.  


En La gran borrachera Daumal no sólo exprime su devenir existencial, siempre enmarcado en una confusión, una marabunta de imágenes, lugares entrevistos, ensoñaciones con la fuerza de la realidad misma y una realidad que se despereza con la lentitud de la duermevela, adoptando las formas metafóricas, extravagantes y experimentales de los movimientos vanguardistas que habían revolucionado para no llegar a nada, tal como su propia experiencia le había enseñado, el mundo de la literatura. Personajes imposibles que van y vienen y hablan y beben: es el caos de la borrachera interminable, la lucidez etílica que no es sino una sarta de sandeces, un engañabobos monumental para creadores mediocres con ínfulas artísticas. Daumal se muestra sensacional en su conjunción de fondo y forma, en muchos momentos deudor de su admirado y genial Alfred Jarry: es más importante cómo nos narra sus aventuras, todas ellas enmarcadas en el transcurso de una noche y el amanecer siguiente a ella, que lo que de manera directa nos cuenta, pues por ese cómo descubrimos el qué y su porqué. La segunda parte de la novela, Los paraísos artificiales, es un paseo simbólico por el horrendo y falso mundo de los Evadidos, los que ya no beben, atrapados sin ser conscientes de ello en la convención y el auto engaño. Este viaje le sirve no sólo para hacer una dura y burlesca crítica de la sociedad, sino también del mundo vano y vacío de los artistas, que contrapone con los verdaderos, que serían aquellos que no viven allí y que además no son bienvenidos. En el mundo de las mentiras, la verdad está exiliada. Las camarillas “artísticas” son atacadas de manera certera y sin piedad: pintores, poetas, críticos, novelistas, escultores, cineastas, actores, arquitectos, políticos, científicos, religiosos… Todos caen ante su guadaña, pero no de forma gratuita: sólo la sufren aquellos entregados a lo falso o a objetivos espurios. Es cegador descubrir cómo su crítica es válida para nuestros días de la misma forma y con la misma fuerza que entonces lo fue para los suyos. Pero Daumal no se sienta a despotricar de los demás desde su poltrona, es demasiado inteligente para esto, sino que se reserva un capítulo para sí mismo, es responsable y consecuente: ve los grandes defectos en los otros, pero no elude desnudar los suyos. Las búsquedas artificiales de la felicidad o de la inspiración a través de ideales inventados o las drogas suponen para Daumal otra falsedad orquestada por los mercaderes de armas, opio y cocaína. Una quimera a la cual arrojar a los jóvenes para exterminar los excedentes de humanos. 

“Todo esto era tan aburrido, tan poco consistente, y yo estaba tan al margen de todo que ni siquiera intenté ponerme de pie, ni agarrarme, así que me encontré de repente al borde del agujero de la trampilla, manteniendo el equilibrio en el filo, como una hoja muerta que espera el siguiente golpe de viento sin preocuparse de dónde vendrá. Y el siguiente golpe me hizo caer.” (La gran borrachera, p. 168)

El tramo final es absolutamente soberbio, con el protagonista tomando conciencia de esa gran casa-máquina en la cual él y nosotros vivimos, con la luz del sol brillando e iluminando el cielo tras la gran noche de la borrachera.


Su segunda y última novela, El Monte Análogo (Le Mont Analogue, 1944), quedó inacabada. Las ediciones francesas de la misma en Éditions Gallimard, en 1952 y en 1972, recogían todos los textos (sinopsis, un artículo, planes de trabajo y capítulos incompletos finales) que permiten que nos sea posible conocer su desenlace. Con un maravilloso aire a narración de aventuras en el más clásico estilo Jules Verne entremezclado con una simbología diáfana, sin afán de oscurantismo, Daumal nos dejó aquí una pequeña obra maestra que quizá provoque cierta frialdad al lector habitual de literatura fantástica debido a su truncado final, pero que hará las delicias de todos los amantes de lo raro y lo extraño. Y con un sentido del humor vital y contagioso que ya da apuntes desde su mismo título, pretendidamente grandilocuente y exagerado: El Monte Análogo: novela de aventuras alpinas no euclidianas y simbólicamente auténticas.

Todo comienza cuando el narrador recibe una carta entusiasta de un lector que ha leído un artículo suyo sobre el significado simbólico de las montañas en diversas culturas, religiones y mitologías, consideradas como una vía que une la Tierra con el Cielo, lo humano con lo divino. Fue publicado en La revista de los fósiles y, a pesar de haber transcurrido sólo tres meses desde su publicación, él mismo ya lo había olvidado. El desconocido lector le propone, nada más y nada menos, una excursión a ese Monte Análogo, del que desde su cima se podrá observar el Universo desde una nueva perspectiva, al cual el protagonista hacía alusión en su texto. El autor de la eufórica misiva es Pierre Sogol, un personaje estrambótico y genial, y sin duda uno de los mayores aciertos de esta novela: uno de esos caracteres que, por medio de la fascinación y el asombro que provocan en el narrador, se contagia enseguida al lector. La presentación de Sogol es divertida y apabullante, digna de las mejores páginas de Verne, desde su permanencia en un monasterio herético hasta sus alucinantes inventos (el espejo que mire quien se mire en él se ve a sí mismo con cara de cerdo, por ejemplo, o el alucinante sistema instalado en su jardín con notas para recordar). La pasión de Sogol es la de entender, la necesidad de saber el por qué de las cosas, de ahí su pasión por no dejar de intentar alcanzar la cima del misterioso Monte Análogo. Éste se oculta a la vista debido a una curvatura del espacio a su alrededor. Einstein, Eddington y Crommelin adaptados al más delirante y brillante relato fantástico.


Los títulos de los dos primeros capítulos (los del tercero y cuarto son más convencionales), y en especial los extensos subtítulos a la manera de las novelas antiguas, son geniales: suponen una descripción irónica y muy divertida de todos los acontecimientos que se narrarán en ellos, como un resumen en clave humorística. El coqueteo de Daumal con las vanguardias, sobre todo con el surrealismo, con el cual pronto chocó por la estrechez programática de André Breton y los suyos, y por su condición de poeta han provocado que su obra en prosa sea analizada siempre desde un prisma intelectual, cuando lo que precisamente más destaca y la convierte en inolvidable sea aquello por lo que sus exégetas menos lo aprecian: El Monte Análogo es una brillante, luminosa y magnífica novela de aventuras. Permite, cómo no, todo tipo de lecturas filosóficas, como por otra parte sucede con muchas otras obras del género, pero se olvida con frecuencia ésta que, a mi gusto, es la que convierte esta narración inconclusa en una joya. Aunque el viaje se presenta en su preparación y desarrollo de una forma verista y detallada a la manera del genial Verne, la inclusión de unos inventos que bordean la ciencia ficción especulativa más naif rompe este tono ultra realista y nos mantiene en el terreno de lo fugaz y lo imaginario. Esto y el sistema de medición de la potencia del pensamiento humano de Sogol, una fruslería intelectual que se nos antoja entrañable porque viene de él. Si hubiera sido cualquier otro quien nos lo hubiese presentado, de seguro nos habría parecido una banalidad insufrible.

El relato avanza con las sempiternas notas divertidas, así el nombre del barco de la expedición, que no es otro que Imposible, o bien, también siguiendo esa tradición de las novelas primigenias desde El Quijote, utilizando el recurso de introducir en el cuerpo de la narración principal un relato breve que sirve de entretenimiento, en este caso, a la un tanto aburrida tripulación mientras todos esperan encontrar la entrada al campo que rodea al Monte Análogo, ése que oculta la isla sobre la que se alza a los ojos de los humanos. “Esperar durante mucho tiempo lo desconocido desgasta el motor de la sorpresa.” (p. 91) Así la maravillosa historia de los hombres-huecos y la Rosa-amarga, que nos deriva de lleno al fantástico más desatado. Ya al pie del Monte, el más extraño vergel de la Tierra, nos encontraremos con el Puerto de los Monos, cuya fascinante población está formada por todos los descendientes de viajeros y marinos de todas las épocas que han ido llegando hasta allí buscando coronar el Monte. Algo de condenación, de penar eterno, subyace sin forma concreta pero de manera real en esa sociedad en la cual los guías de la montaña suponen el escalafón más alto de la misma. Los fenómenos ópticos y mecánicos imposibles se suceden: las cámaras no graban ni registran imágenes, el sol sale y se hunde por el mismo punto del horizonte… El hecho de dejar constancia de que entre los viajeros ha habido diversas pero naturales fricciones fruto de tener que compartir un espacio reducido, el del barco, es una prueba más del deseo de Daumal de nunca dejar de contar una historia de aventuras a la Verne pero desde la perspectiva más moderna de un autor de mediados del siglo XX. Como sucede con el clásico autor, su obra se presta también a múltiples interpretaciones filosóficas y religiosas, ya lo hemos comentado, pero no tienen por qué ser las únicas, puede que incluso ni las prioritarias. Están ahí, son el producto de la educación y las vivencias de ambos escritores, y como toda aventura las suyas también son historias de iluminación y crecimiento.


El Monte Análogo termina de manera abrupta en el capítulo cinco, justo en mitad de una narración que tiene como eje central el efecto mariposa. Daumal tenía previsto que constara de siete capítulos. Dejó cuatro completos y un quinto incompleto, pero por sus notas y guiones podemos conocer el resto de la historia. Se añaden además en la edición de Atalanta otros textos que se relacionan o en algún caso explican detalles de la obra, de los que destacaría unas líneas de gran belleza que escribió Daumal para presentar su novela. También se incluye un sensacional artículo, Unos cuantos poetas franceses del siglo XXV (1941), que es toda una genial muestra de otro tipo de ciencia ficción: el del ensayo sobre un tema imaginario o inventado. Daumal ofrece dos cosas: una burla despiadada de todas las escuelas y corrientes poéticas de su presente y un divertido retrato de cómo podría ser esa sociedad del futuro vista a través del original enfoque de analizar a sus poetas. En ambos casos, el autor sale triunfante. Lo cual presta mayor fuerza a su conclusión final: la verdadera poesía está allí donde no se habla de ella. Aunque Daumal la ha tocado con sus dedos en sus hermosas palabras finales.

En el epílogo de Clara Janés, curiosamente ésta atribuye el final de la expedición de los “rajados” que no van en la de Sogol y el protagonista, esto es, la formada por los cuatro personajes iniciales que deciden no acompañar a nuestros héroes, al desenlace de la expedición de estos. Así pues ese viaje infernal a la codicia humana no es el que corresponde a los primeros, sino a los que abandonaron el camino desinteresado y puro de los protagonistas. El final ideado por Daumal está mejor explicado, y con más claridad, en la Nota preliminar de Alberto Laurent en la edición de la editorial Abraxas de la novela. El Monte Análogo es un clásico de la novela de aventuras y también de la ciencia ficción. Merece la pena compartir su fantástico viaje y perderse en las visiones de ese Monte misterioso e incomprensible que por momentos nos recordó al que se eleva en el corazón de esa otra obra magnífica y única que es Al otro lado de la montaña (1963) de Michel Bernanos.   

“Ahí, en ese pico, más puntiagudo que la aguja más fina, sólo está el que colma todos los espacios. Allá arriba, en el ambiente más sutil en que todo se hiela, sólo subsiste el cristal de la última estabilidad. Allá arriba, en pleno fuego del cielo en donde todo se quema, sólo subsiste el perpetuo incandescente. Allá, en el centro de todo, está el que ve cómo todas las cosas se consuman en su comienzo y en su fin.” (p. 139)






DAUMAL, René. La gran borrachera. Introducción, traducción y notas de Javier Bassas Vila. (Barcelona): Cabaret Voltaire, 2011. 195 p. Cabaret Voltaire; 27. ISBN 978-84-937643-8-8.

DAUMAL, René. El Monte Análogo: novela de aventuras alpinas no euclidianas y simbólicamente auténticas. Epílogo de Clara Janés; traducción de María Teresa Gallego. Girona: Atalanta, 2006. 177 p. Imaginatio vera; 6. ISBN 978-84-934625-5-0.

DAUMAL, René. El Monte Análogo: novela de aventuras alpinas no euclidianas y simbólicamente auténticas. Edición y traducción de Alberto Laurent. México D. F., Barcelona: Editorial Océano de México, Editorial Abraxas, 2001. 155 p. Fantasía. ISBN 970-651-491-0. 

2 comentarios:

Oscar Pons dijo...

¡Hola, Llosef! 'El Monte Análogo' tiene muy buena pinta, y la portada de Atalanta es genial. Gran reseña. Por cierto, ¿tiene previsto reseñar algún libro más de Harry Stephen Keeler? Se echan de menos sus estupendas reseñas de los libros del gran de este gran escritor. ¡Saludos!

Llosef dijo...

¡Hola Óscar! Sí que es una gran portada, pero a mi gusto casi prefiero cualquiera de las otras incluidas aquí. De Keeler por el momento no tengo previsto publicar ninguna nueva reseña, aunque por descontado volverá a visitarnos en alguna otra ocasión, ¡cómo no! Es un favorito del blog. ¡Gracias por comentar!