viernes, enero 29, 2016

Toma tu hacha y corre: tres novelas de Adam Surray



Al curtido explorador y guía de safaris Keith Murphy le ha tocado en (mala) suerte hacer de padre de un grupo de niñatos ricachones que soltando billetes por doquier se dedican a disfrutar de “la verdadera África Negra”. Esto es, a pagar por espectáculos macabros y morbosos a costa de los nativos, los cuales se llenan los bolsillos de dólares a cambio de ofrecer shows delirantes de violencia, lo que estos pazguatos blancos esperan de ellos, dejando a un lado su orgullo. Los jovenzuelos se pasan de lo lindo con las bestialidades y los nativos encuentran cada vez más difícil dar gusto a esta pandilla de mequetrefes. El duro de Murphy, estragado por mil batallas, observa todo con profesionalidad, a él le han pagado, y muy bien, por cuidar de ellos, pero están tentando demasiado a la suerte. Así va discurriendo la primera mitad de El bebedizo infernal (1981), una de las tres novelas obra de Adam Surray (nombre real: José López García) que reseñaremos en esta entrada publicadas en la colección Selección Terror de Bolsilibros Bruguera, ofreciéndonos un retrato entre aventurero y salvaje de este viaje de placer por lo que aquí son todavía tierras ignotas y peligrosas.

El enfrentamiento de Murphy con los idiotas a los que debe acompañar y proteger va creciendo en tensión, pero como a él también lo han enterrado en dinero calla y aguanta como puede. Pero no todo va a ser alegría y francachela: el encuentro con el dios Yatrakan, los extraños miembros de su culto en procesión y su siniestrísimo Sumo Sacerdote, un señor con muy malas pulgas, supondrá un giro en la aventura que traerá funestas consecuencias. Este Sacerdote no quedará muy contento con la befa que tanto de él como de su dios hacen los extranjeros y los maldecirá por medio de una bella bailarina que, ya en la ciudad de Nairobi, dará a beber a uno de ellos el licor del título y lo transformará en una bestial fiera asesina. De vuelta el grupo a Nueva York se desatará una espiral de horror y violencia al más puro estilo Surray, esto es, el gore bestiajo de toda la vida. Resulta que el Culto de Yutrakan se extiende hasta el mismo corazón de Harlem, por lo que allí el maldito joven encontrará una hueste de negros que podrían ser miembros de los Panteras Negras si no lo fueran ya del culto de marras. El festival de sangre y mutilaciones se convierte en todo un carnaval que Surray nos detallará con delectación.

Como he dicho, la primera parte de la novela con sus aventuras desenvolviéndose en la jungla y la sabana resulta muy divertida y más que entretenida de leer. Surray consigue trasladarnos a un lugar donde el infierno late tras cada paso equivocado enmarcando la historia en una estupenda ambientación. Así resulta fantástica la descripción del garito en Nairobi donde se implantará el mal. El relato decae cuando el grupo llega a Nueva York, por desgracia, pues todo deviene más convencional, sustentando la trama en un misterio que apenas si lo es. Y así hasta llegar al desenlace, donde de nuevo Surray se muestra en verdad despiadado y la sangre corre a mares, incontenible en un salvajismo ancestral que si bien puede parecer exacerbado en realidad se adecua muy bien al trasfondo de la narración.


Si El bebedizo infernal destaca por el exceso, Mis amados muertos (1982) es toda una muestra de contención de Surray en un medido relato en el cual destaca su cuidada progresión. Victor Nilsson es un científico e inventor que ha creado gracias al mecenazgo del empresario capitalista Stephen Hancock el Cryonic Cemetery, un centro donde yacen hibernados, criogenizados claro, clientes que así por ello han pagado con enfermedades mortales esperando ser despertados en un futuro en el que ya exista una cura para sus males. En fin, lo habitual en estos casos de preservación: abrazar una vaga idea de inmortalidad a cambio de un sueño sin fecha fija de caducidad. El centro es un absoluto fracaso como negocio, y pese a que Nilsson insiste en que está a punto de descubrir algo que supondrá un avance considerable en sus métodos, el malvado y algo violento Hancock está hasta las narices y quiere cerrar el chiringuito. Para acabar de liarla, el dichoso Hancock está que se muere de deseo cada vez que ve a la esposa del científico, la joven y bella Paola, que esquiva como puede los continuos y, por decirlo de alguna manera, poco delicados y elegantes acercamientos del empresario en su afán por poseerla. La locura sexual de Hancock, unida a su desesperación económica pues necesita salir de las deudas que ha contraído con el centro experimental, lo llevan a asesinar a la pareja en una concatenación de dislates criminales que culminan con la destrucción de los pocos cubículos de criogenización que están activos (la clientela es escasa). Sus usuarios despertarán con una innatural ansia criminal y con un más lógico anhelo de venganza que se verá facilitado por el hecho de que vuelven a la vida convertidos en unos zombies gruñones, no es de extrañar porque cualquiera se hubiera cabreado de igual forma si lo llegaran a despertar tan a lo bestia, con una fuerza descomunal.

Hacia el tercio de la novela hará aparición el que acabará siendo el protagonista de la novela, recurso que no es ajeno a la narrativa de Surray, el periodista Patrick Gleason, el cual se empecinará en descubrir qué ha ocurrido de verdad en el Cryonic Cemetery. No se fía nada de la aparente beatitud de Hancock que llora ante todos la pérdida del matrimonio amigo y de su negocio. Pese a alguna salida de tono tan divertida como disparatada, así podemos leer con los ojos como bandejas que ante un ataque de uno de los cadáveres revividos Gleason responderá con una demoledora patada de kung-fú sin que en ningún momento antes ni después se mencione que el periodista practica y domina ese ancestral arte marcial, el relato avanza con interés. También encontramos algunas concesiones a escenas eróticas insertadas con escoplo, pero bueno, signo de los tiempos que corrían en España y que orillaban también en el mundo de los bolsilibros, por algo el objetivo principal de la literatura popular era dar gusto a los lectores.

En conjunto, Mis amados muertos es un relato terrorífico donde lo fantástico anida en la explicación pseudocientífica que sustenta la existencia de esos zombies con conciencia y que funciona muy bien gracias a la pericia narrativa de su autor. La historia, ya lo hemos comentado, progresa con medida eficacia, con una cadencia que nos mantiene atentos a cada meandro de la trama y con una contención, también lo indicábamos, que elevan su valor al resultar más sugerente y no precipitar los acontecimientos. Ejemplo de esto lo tenemos cada vez que algún personaje entra en el maldito centro criogénico, donde la soledad, el silencio y la destrucción que se adueñan de lo que debería ser el modelo de modernidad futurista deseado se perciben con fuerza creando escenas de gran tensión. Surray se permite además alterar el orden cronológico de la narración buscando ser más efectivo en sus golpes de efecto jugando siempre más con el suspense que con la sorpresa, lo cual favorece a una historia que no brilla por su originalidad pero sí por su conseguido toque fantástico.    


El mundo de las editoriales y los escritores de terror protagonizan Simposium del Horror (1983). La Crothers Editor es una empresa especializada en el género que empezó publicando cómics pero que tuvo que abandonar pues nada pudo hacer contra “las todopoderosas Warren Publishing y DC Comics” (p. 12) en simpática apreciación de Surray, que las conoce aunque es difícil que hagan competencia alguna al mismo tiempo pues no coincidieron en él. Guy Crothers es el dueño de la editorial, la cual convoca anualmente un premio de medio millón de dólares para el mejor relato terrorífico. Surray aprovecha esto para lanzar un incendiario venablo contra los detractores del género:

“Fueron muchos los intelectuales que, por supuesto bajo seudónimo, se presentaron al certamen literario de Crothers Editor. Fracasando. Es fácil criticar un género literario menor. Despreciar la subcultura que se encierra en la denominada literatura popular.

Ninguno de los intelectuales quedó entre los finalistas.” (p. 13)

Hachazo incontestable que nos hacía esperar todo un show de perlas de este estilo en lo que nos quedaba por leer. Lástima que no fuera así. La acción de la novela se desarrolla durante la celebración de este Simposium, que es el tercero como corresponde al III Premio Crothers de Terror, siendo su momento estrella la revelación del ganador. Una semana de coloquios, mesas redondas, proyecciones de películas y, como novedad, el Museo del Horror, una sala del hotel donde se celebra el evento dedicada a una exposición de figuras de cera con todos los mitos del terror. Ojo a este Museo que también expone incunables, obras satánicas, cabinas de vídeo para ver horrísonos filmes, memorabilia de todo tipo, aparatos de audio para escuchar bandas sonoras… En fin, el paraíso de manos del extravagante ricachón Crothers. Y vigilándolo todo, el detective venido a menos, por eso ahora es detective del hotel, Ronny Freeman, que se enfrentará a una serie de brutales asesinatos que empañarán el éxito del Simposium. Al menos en parte, porque al buitre de Crothers todo le viene bien para promocionarse… El durísimo y requete rebelde Freeman es también un ligoncete, creo que no sorprendo a nadie desvelando esto, aunque parece que muestra predilección por la hermosa Louise Wilson, una joven, como siempre en Surray, “de gordezuelos y carnosos labios”.

Algún capítulo destaca de entre lo que al final deviene un relato muy descafeinado, quizá el que más aquel en el que la momia del Museo, pura inspiración Boris Karloff, se adueña de un hacha robada a la figura de otro asesino clásico, el leñador de Blissburg, y la da con uno de los personajes, en concreto con el encargado del Museo. Surray resulta salvaje en estas páginas, impregnadas de una efectividad primigenia y básica que apenas volveremos a vislumbrar en la novela. Hay detalles de agradecer, así la aparición de la secta “Los adoradores de Satán”, que por algo la acción se desarrolla en Los Ángeles, pero nuestro admirado autor no aprovecha esta buena idea que habría añadido un toque delirante que hubiéramos agradecido infinito. Todo se queda en una sucesión poco emocionante de asesinatos con un escenario y un planteamiento de la trama que recuerdan poderosamente a su anterior Hotel Infierno (1981). Un Surray menor, entretenido pero sin la fuerza y la originalidad que demuestra poseer en otras de sus obras. Y en esta ocasión sacando su vena más Joseph Berna a costa de utilizar frases ultra breves y continuos puntos y aparte. Pero tampoco nos pondremos tiquismiquis con esto: aquí los Chuck Norris de la lengua sobran.


SURRAY, Adam. El bebedizo infernal. Ilustración de portada: Martín. Barcelona: Bruguera, 1981. 95 p. Bolsilibros Bruguera, Selección Terror; 450. ISBN 84-02-02506-4.     

SURRAY, Adam. Mis amados muertos. Ilustración de portada: García. Barcelona: Bruguera, 1982. 92 p. Bolsilibros Bruguera, Selección Terror; 509. ISBN 84-02-02506-4.

SURRAY, Adam. Simposium del Horror. Ilustración de portada: Antonio Bernal. Barcelona: Bruguera, 1983. 93 p. Bolsilibros Bruguera, Selección Terror; 520. ISBN 84-02-02506-4.  

jueves, enero 28, 2016

La estrella de Salomón (1917), de Aleksandr Ivánovich Kuprín


Podéis leer si os place la reseña de este excelente relato diabólico, La estrella de Salomón (Svezdá Solomona, 1917) de Aleksandr Ivánovich Kuprín, en la página de El antepenúltimo mohicano bajo el título Con el diablo a las espaldas, AQUÍ

KUPRÍN, Aleksandr Ivánovich. La estrella de Salomón. Traducción y notas de Alberto Pérez Vivas. Barcelona: Alba, 2015. 158 p. Rara avis; 23. ISBN 978-84-9065-105-6.

sábado, enero 16, 2016

Pioneros de la ciencia ficción rusa. Volumen II (1905-1929)


Podéis leer la reseña de la fantástica antología de relatos Pioneros de la ciencia ficción rusa. Volumen II en la página de El antepenúltimo mohicano, bajo el título Hijos del futuro, AQUÍ

PIONEROS de la ciencia ficción rusa, volumen II. Selección, traducción y notas de los perfiles biográficos por Alberto Pérez Vivas. Barcelona: Alba, 2015. 295 p. Rara avis; 21. ISBN 978-84-9065-069-1.