martes, marzo 20, 2007

Tomás El Gafe, de Franquin

Hay tebeos que ejercen una influencia casi mágica, una fascinación que su mismo deslumbramiento dificulta el poder enfrentarse a ella, explicarla, hacerla comprender a los demás. A mí esto me sucede con las aventuras de Tomás El Gafe, del genial Franquin.

Al fin se publican en España, de manera cronológica y completa, los álbumes de ese taumaturgo de lo cotidiano que es Tomás. Dibujado y guionizado por Franquin (ayudado en los fondos por Jidéhem), uno de los maestros absolutos de la escuela franco-belga de la historieta. Todos recordamos su trabajo en las aventuras de Spirou, Fantasio y Spip, personajes que no fueron creados por él, pero que con él alcanzaron sus mejores momentos, los más apasionantes. Y a los que sumó la que sin duda es la gran aportación a estas aventuras: el marsupilami. La creatividad e imaginación de Franquin se alzaron como un monumento en forma de este personaje increíble que llenó de locura las páginas de Spirou. Durante el período que Franquin estuvo al frente de las aventuras de Spirou, el marsupilami, la mascota que desplazó casi de forma definitiva a la ardilla Spip, fue su personaje estrella, llegando a protagonizar uno de los álbumes: el maravilloso El nido de los marsupilamis (1960). Si bien, a mi gusto, bajo la mano de Franquin, la aventura que considero más redonda, un tebeo que debería ser leído y amado por todos aquellos que sienten devoción por la historieta, es Qrn en Bretzelburg (1966), la sátira más ácida, cruda y divertida que he leído jamás sobre las dictaduras. Porque, vale, las hay más ácidas, y más salvajes, y más terribles... ¡Lo que queráis! Pero no más divertidas sin ceder nada de los calificativos mencionados. Y eso que ya en El dictador y el champiñón (1956) Franquin había dejado bien clara la opinión que le merecían los autoritarismos.

Al final de su vida, Franquin nos regaló otra de sus creaciones admirables: las Ideas negras. Historias de por lo común una sola página, muchas de ellas manchas de tinta sobre las que dibujaba en blanco, en las que nos dio su visión más amarga y cruel de la vida, pero una vez más también la más divertida. Inolvidable aquella página en la que nos mostraba cómo un tipo se suicidaba de tres formas distintas a la vez, o aquella otra en la que un pobre infeliz era acosado por su condición de fumador hasta que se colgaba en su oficina ante la mirada “compasiva” de sus compañeros que ya le iban avisando, siempre con buena intención, claro, de lo malo que era el tabaco para la salud...

Pero, a mi gusto, su cumbre creativa es Tomás El Gafe. Adoro a este personaje. Chico para todo de la editorial del señor Dupuis (sus protagonistas serán los dibujantes, los guionistas, los directivos, administrativos y secretarias de dicha editorial), en un principio se nos muestra como un vago indomable que se pasa el día durmiendo en la oficina, cocinando en la oficina o cuidando de una vaca... ¡en la oficina! Pero al tiempo se nos irá mostrando otra faceta: su capacidad como inventor de los más insólitos cachivaches, siempre ideados para realizar el menor esfuerzo posible y cuyos resultados serán invariablemente desastrosos (unas veces para él, en la mayoría de los casos para los demás). Esta capacidad del personaje, de Tomás, será la que paulatinamente se adueñará de las historietas, no centrándose tanto en la más pura vaguería para mostrarnos aspectos más interesantes. Yo me atrevería a decir que revolucionarios. Porque los inventos y la huida de la realidad de Tomás irán adueñándose de sus aventuras cotidianas. Su enfrentamiento es siempre pasivo, inconsciente, pero sus supuestas locuras dejan en entredicho la seriedad de quienes lo rodean, los cuales, por lo general, acaban imbuidos y contagiados por el espíritu anárquico que mueve a Tomás. Pero olvidaos de las proclamas: la revolución de Tomás es sincera, por lo que huye de dogmatismos. Es la imaginación desbordada que crece y se expande, que se enfrenta a la aburrida cotidianeidad dinamitándola, haciéndola añicos, haciéndonos cómplices de su inocencia no domesticada, no exenta de aspectos negativos que, en lugar de ensombrecerla, no logran sino hacerla más real, más posible.

En un principio es al pobre Fantasio a quien le toca hacer de ogro, de jefe en perpetuo estado de cabreo regañando a Tomás, aunque ya apunté que en más de una ocasión son quienes le rodean, el mismo Fantasio, los que acaban contagiados de sus locuras, disfrutándolas tanto o más que nuestro protagonista. Emblemática al respecto es la buena de Jeanne (la señorita Juanita de las antiguas ediciones), la secretaria menos atractiva de la oficina que profesa una encendida fascinación romántica por nuestro héroe, al cual aplaude todas sus ocurrencias por extravagantes que sean.

En fin, que no me cansaré de alabar y recomendar a todos la lectura de estas fascinantes aventuras. Aventuras que tienen lugar en el más cotidiano y gris de los entornos: un edificio de oficinas. Aventuras invadidas, desbordadas, desbordado el lector, por la más exultante fantasía. En definitiva, se trata de la lucha de siempre, la única que merece la pena: la imaginación contra la realidad. El único bálsamo, el único lugar al cual aferrarse y sobrevivir. Y divertirse, por descontado.

FRANQUIN. Tomás El Gafe. Traducción de Mireia Rué. Barcelona: Planeta De Agostini, 2007. 19 v. ISBN 84-674-3336-1.







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