lunes, diciembre 22, 2014

EAM # 55 y 56: Fritz Lang




Recupero hoy mis dos artículos para la revista digital de cine El antepenúltimo mohicano dedicados al supremo Fritz Lang. En el primero me centraba en su película del año 1928 Los espías (Spione), un absoluto prodigio de locura folletinesca y vértigo visual. Una delicia total con planos que hoy son iconos del cine mundial y repleta de secuencias e ideas de una modernidad apabullante. Podéis leerlo 





En el segundo realicé una selección de las que creo que pueden ser las diez mejores películas de Fritz Lang, un entretenimiento (pues no se trata de otra cosa) que disfruté al máximo, aunque no tanto cuando llegué a ese momento en que tuve que dejar alguna de mis favoritas fuera. El intríngulis no estriba en afirmar que falta ésta o la otra, que eso está chupao: lo difícil es decir cuál apartarías de esta lista de diez películas insuperables. Podéis leerlo y disfrutar con la fantástica selección de imágenes que hizo Emilio Luna para el mismo 


  




Por lo general mis artículos sobre películas antiguas son los menos visitados de la página, pero con éste de las diez de Lang no fue así, de manera tal que a día de hoy resulta el artículo de más éxito y con más visitas de cuantos he realizado. Por si pensáis que me voy a poner engreído o tontorrón, no temáis: soy consciente de que ostento la autoría del artículo menos visitado de EAM. Pero éste no os diré cuál es.


miércoles, diciembre 03, 2014

El carnaval de Wolfville (2014), de Miguel Ángel Wolfville (Lord Michaelus Wolfville III)



Hay libros secretos que deberían ser lecturas obligatorias. Quizá ya lo sean en algún mundo paralelo sin duda mucho mejor y más avanzado que el nuestro. Este pequeño volumen que recoge varios artículos del gran Miguel Ángel Wolfville (o Lord Michaelus Wolfville III, manteniendo la debida cortesía) es sin duda uno de ellos. El carnaval de Wolfville, además de ser el título del mismo, es también el nombre del blog (AQUÍ) de su autor, una página de referencia absoluta en La décima víctima. El comentario acerado e inteligente, nunca exento de humor, nos ganó desde el primer día en que fijamos nuestros gastados ojos en él. El señor Wolfville, además y como corresponde a un carácter erudito e inquieto, lleva adelante o participa en otros proyectos igualmente apasionantes: el e-zine, fanzine digital, realizado por Wolfville y Maese Alb, EMBRYO dedicado en su totalidad al genial guionista de cómics y escritor inglés Alan Moore; la revista digital La caja de Pandora, en la cual es colaborador; y Retazos de Syldya, que sin duda es el que más intrigados nos tiene y del cual esperamos saber más con ansiedad.  

En El carnaval de Wolfville (2014) se recogen 13 (gran número) artículos que resumen a la perfección el estilo deslumbrante de ingenio de maese Wolfville. Recordadlo siempre: la sabiduría no tiene, incluso me atrevería decir que no debe, estar reñida con la diversión, tanto como ésta no tiene por qué huir despavorida ante la documentación precisa y la erudición. Así, el volumen se abre con una búsqueda sobre la verdad acerca del caso Jerry Lewis y su película nunca estrenada El día que el payaso lloró. Confieso que desconocía por completo la existencia de esta delirante tentativa cinematográfica hasta que leí sobre ella por primera vez hace ya unos años en La caja de Pandora. Un esfuerzo inenarrable el de nuestro admirado Lewis por realizar un filme que, no puedo evitarlo, de alguna manera se me antoja un antecedente de esa otra sobre el holocausto visto con humor y sensibilidad (o sensiblería, a vuestro gusto) que es La vida es bella (La vita è bella, Roberto Benigni, 1997), sólo que desde una perspectiva cuyos apenas imaginados resultados apuntan hacia el dislate más absoluto. Nunca, o al menos por ahora, llegaremos a poder ver qué demonios fraguó Jerry Lewis en esta película. Quizá para bien que así sea.


Amamos a Lovecraft.

Continuamos con H. P. Lovecraft: los sujetadores malignos, donde se juega con la posible autoría de Lovecraft de un relato sicalíptico, Yo usaba el sostén de la perdición. Un título semejante justifica cualquier diatriba que se precie. En los repasos o recorridos por las obras de autores escogidos el talento del señor Wolfville se muestra en verdad excepcional. Los dedicados a las piezas fantásticas de Pedro Antonio de Alarcón y el japonés Ryûnosuke Akutagawa así lo confirman, como también lo hace el protagonizado por Bram Stoker, su novela La guarida del gusano blanco (The Lair of the White Worm, 1911) y su relato El invitado de Drácula (Dracula’s Guest, 1914). ¡Me ha hecho replantearme seriamente una relectura desde otro punto de vista de La guarida! O el apasionado e intenso estudio centrado en el Ripley de Patricia Highsmith, que ha conseguido ruborizarnos por no haber empezado ya mismo a leer las cinco novelas por él protagonizadas. Si bien mis predilectos de este grupo sean los dedicados a los mundos fantásticos creados por las hermanas Brontë (y su hermano Branwell) de Angria y Gondal y el de Richard Matheson, un homenaje a la altura del genial escritor norteamericano.


Las hermanas Brontë
(de LA CASA VICTORIANA, otro magnífico blog)

Unas emocionantes líneas a propósito de la muerte de Ray Bradbury y el extenso artículo Inocencia seducida: Fredric Wertham vs. los superhéroes, éste acerca del siniestro psicólogo que asestó un golpe de muerte a los cómics en los años 50, son otras dos gemas de las aquí recogidas. Aunque la historia de Wertham es bien conocida, me ha encantado de manera especial el tratamiento de Wolfville sobre este oscuro affaire, uno de esos ensayos que iluminan y dan luz allí donde otros se estrellan contra el lugar común y lo mil veces repetido. Con un par de divertidísimos y salvajes artículos analizando dos películas de temer con mayúsculas (el Drácula versión Jesús Franco y el panfleto terrorífico-cristiano-fascista nacido de la mente enferma de Ron Ormond If Footmen Tire You, What Will Horses Do?) llegamos casi al final del libro, que no estamos repasando por el orden en el cual aparecen en el mismo, por lo que el último que comentaré no es el último que leímos. Y éste no es otro que un sensacional Top Ten Vintage, una maravillosa relación de lo mejor del año 1912 planteada justo cuando cien años después, en el 2012, comenzaban a pulular por internet las listas habituales señalando los diversos eventos más importantes de los doce meses perdidos.

Se nos ha antojado brevísimo este volumen recopilatorio, apenas un rápido vistazo al mundo según Lord Michaelus Wolfville III, pero ha sido un gran placer haber tenido la oportunidad de pasearnos por sus luminosas avenidas una vez más. Lo seguiremos haciendo, por supuesto, desde las autopistas de la red, pero confiamos en que bien pronto podamos de nuevo acceder a él desde nuestras veneradas páginas de papel.





WOLFVILLE, Miguel Ángel. El carnaval de Wolfville. GasMask Editores, 2014. 107 p.  

martes, diciembre 02, 2014

La última aventura de Sherlock Holmes (1978), de Michael Dibdin



Parece ser, sin temor a equivocarnos demasiado, que La última aventura de Sherlock Holmes (The Last Sherlock Holmes Story, 1978) de Michael Dibdin es uno de los pastiches más odiados por los fans del famoso detective consultor. Esto ya hace de entrada que nos resulte simpático. No puedo evitarlo: cuando todos odian (aunque hay excepciones: el gran Alberto López Aroca en su monumental Sherlock Holmes en España la reivindica un tanto) algo, no puedo evitar un sentimiento de calidez y reconocimiento. ¡A mí también me odia mucha gente! ¡Nadie nos comprende! (Etc.) Pero dejando a un lado este cariño entre hermanos, la verdad es que la novela de Dibdin no es ninguna maravilla. Se deja leer, ofrece una buena ambientación y una lograda atmósfera a ratos, pero nos entrega una historia que exige demasiada suspensión de la incredulidad, en especial en su tramo final, ése en el cual determinado personaje tiene a dos palmos frente a sí a otro y es incapaz no sólo de reconocerlo, sino que lo toma por un archiconocido villano. Esto resulta tan ridículo, por muchas páginas que mal que bien Dibdin haya dedicado a hacérnoslo creíble (valoramos su dedicación, y creedme que hay veces en que se siente el sudor provocado por el esfuerzo entre párrafo y párrafo), que consigue que la gamberra y desmitificadora idea central del libro no importe demasiado.

Dibdin cumple a rajatabla con el canon pastichero holmesiano: todos los objetos del 221 B de Baker Street, todas las manías de Holmes, las costumbres de sus protagonistas (¡esos desayunos!), los personajes… En fin, todo el listado habitual que Arthur Conan Doyle fue distribuyendo a su buen albur en sus relatos de Holmes recopilado sin piedad y lanzado al lector con la esperanza de que esto refuerce la idea de encontrarnos inmersos en una aventura de Holmes. Otro que gana la batalla de ese concurso de “a ver quién sabe más sobre Sherlock en esta sala” que, al menos a mí, me aburre a muerte cuando el guiño se convierte en golpe en la cabeza. A su favor, hay que alabar las muy conseguidas descripciones de los barrios de Whitechapel en la noche londinense, sus callejones como laberintos diseñados por el mismo demonio y la espesa y fría niebla que se arrastra con la misma fuerza del mal.

En conjunto, la novela muestra un tono serio y circunspecto que no casa bien con lo delirante de la propuesta. Dibdin avisa desde el principio que esto será así con la reproducción de la anécdota de Doyle cuando le contestó al actor William Gilette, ante le petición de éste de introducir una trama amorosa en su adaptación de Holmes a los escenarios, “haga con él lo que quiera”. Y justo eso es lo que nos trae aquí Dibdin: su forma de cumplir con creces el deseo de Doyle. Pero su descarada (y en principio divertida) anécdota casi seguro que hubiera funcionado mejor si en lugar de formalmente haber intentado ser tan fiel al canon holmesiano (el de las obras firmadas por Doyle) se hubiera lanzado sin red a contarnos lo que con los ojos como platos acabamos descubriendo. Como platos digo no por el secreto que se nos desvela, sino porque tenemos que creernos que Watson es capaz de quedarse dormido de pie durante dos horas en mitad del callejón más miserable y sórdido de Whitechapel en el momento más importante de la novela. Una vez más (como ya ocurriera en la inferior a ésta que nos ocupa Adiós,Sherlock Holmes), encontramos un exceso de contención en un pastiche que pide a gritos locura, delirio, desmadre y diversión.

Hay que reconocer, también, que juega un poco en contra el que haya momentos en los que nuestros héroes resultan irreconocibles. ¡No se trata solamente de tocar el violín, inyectarse cocaína, ser un antipático imposible y que guarde su tabaco en una babucha persa para tener ante nosotros a Sherlock! O un Watson tan desconfiado desde el principio de su eterno compañero. No hubiera pasado nada si el tono elegido por Dibdin hubiera sido otro, pero optando por la extrema seriedad todo esto nos chirría. Es en definitiva, pese a esto, una lectura muy entretenida, al menos hasta el tedioso, extenso y algo tontuelo desenlace en Reichenbach, en el cual la novela se viene abajo y se echa en falta el riesgo en su composición que Dibdin sí muestra en su desafiante argumento.

Y sí, sale Jack el Destripador, no es un error de la ilustración de portada, pero de este pobre sí que se burlan un rato…

DIBDIN, Michael. La última aventura de Sherlock Holmes. Traducción de Carlos Gardini. Madrid: Valdemar, 1993. 203 p. Los archivos de Baker Street; 12. ISBN 84-7702-082-5.

lunes, noviembre 24, 2014

Las mejores historias diabólicas (1975), antología de Albert van Hageland (tercera y última parte)



Vamos ya con la última entrega de estas entradas dedicadas a comentar los 33 relatos que conforman esta sensacional antología. Nos encontraremos algunos no muy buenos, la verdad, pero no lo suficiente como para desmerecer el brillante conjunto. Ellis (1864) es un fragmento del cuento Apariciones (Prizraki) del magnífico escritor ruso Ivan Turgueniev del cual lo único que lamentamos es que no se haya incluido completo. El protagonista del mismo viaja con la bella Ellis desplazándose por el espacio de forma alucinante, atisbando en algunos de los sitios que visitan las sombras de quienes allí habitaron en el pasado. Prodigioso, como todo Turgueniev, es otra de las joyas que hemos disfrutado en esta compilación. No ha sido así con el interesante si bien no muy inspirado y algo tópico El demonio del pantano (The Devil on the Marsh, 1893), con la espeluznante pero también un pelín ridícula aparición de un súcubo que habita en una pestilente marisma. Una ciénaga es un lugar más que perfecto para provocar y vivir el espanto, pero el tono exagerado de su autor, E. B. Marriott-Watson (Henry Brereton Marriott Watson) desluce bastante toda posibilidad de provocar no ya miedo, sino ni tan siquiera inquietud. Esto no quita que nos encante tener la posibilidad de leer una historia de terror de finales del XIX, algo que, de manera independiente del resultado, siempre nos da placer. Albert van Hageland no se priva de incluir dos obras de su autoría en el libro: El trasplante (La transplantation) y El pozo del diablo (Le puits du diable). Son dos relatos muy breves pero simpáticos y sardónicos, un buen intermedio lúdico sin que ello sea sinónimo de inferior calidad. Se trata de casi pequeñas bromas, aunque no se puede negar que tienen su gracia. Macabra, claro.


Aunque ya las conocemos bien, releer de vez en cuando alguna de las Leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer es una tarea más que gozosa. La cruz del diablo (1860) está narrada con el poderoso brío que Bécquer supo infundir en todas ellas: es su genio al describir los lugares, las acciones y los sentimientos de sus personajes lo que engrandece esta historia de un señor feudal diabólico y su retorno de ultratumba entre los vivos. Si es en verdad él o se trata de un demonio surgido de lo más profundo del infierno es una duda que nunca nos será resuelta. Da igual: la armadura que viste es el símbolo de todo mal. Lo desconocido (The Unknown!, or The Knight of the Blood-Red Plume) es un relato de Ann of Swansea (1764-1838), sobrenombre de Ann Hatton (Ann Julia Hatton después de casada y Ann Julia Curtis en su primer matrimonio), una señora de atribulada vida. Contrajo nupcias a los 19 años con un actor que ya tenía esposa, el muy bígamo; trabajó como “modelo” en un burdel, donde recibió un disparo en pleno rostro; y en 1792 se volvió a casar encontrando al fin algo de tranquilidad y el éxito literario. Lo desconocido es un relato gótico de ambientación medieval plagado de espectros, mágicas apariciones, romanticismo trasnochado y una figura diabólica de temer. Si bien no es nada del otro mundo, sí que resulta muy agradable de leer, y siempre es de agradecer el tener la oportunidad de llevarse a los ojos alguna obra de estas grandes damas góticas hoy olvidadas. Provoca un fuerte contraste con Las babosas (Les limaces, 1972), un cuento del belga Claude Daumont extraído de su recopilación En la piel del diablo (Dans la peau du diable) que da mucho asquete pero sin demasiada inspiración. Es curioso que ni el demonio, ni el mal ni nada por asomo parecido haga acto de presencia aquí.

Del ignoto (o ignota) C. S. Rodemick se presenta Seis y míster Pitt. Bien entrado el año 1769, en el puerto de Mahón (Menorca) entonces bajo dominio inglés, una ronda de enganche (marinos de la Armada Británica en busca de “voluntarios” para su tripulación) busca a quien raptar en mitad de una desapacible noche. Ya son varias rondas las que han desaparecido esos días ejerciendo tal tarea. Diríase que los isleños han pactado con el Diablo para librarse de ellos… Esta noche devendrá infernal para míster Pitt y los seis marineros a su cargo en este excelente relato negro, macabro, de espesa atmósfera invadida por el frío y la niebla que si leéis a altas horas de la madrugada os helará la sangre en el cuerpo. Aunque sólo sea por su perfección a la hora de describir la maldita noche de marras. Otro autor belga ofrece otra historia divertida, al menos un tanto, en un cuento que no es sino otra broma un poco al estilo de las que ya hemos leído de Hageland apenas unas pocas páginas antes. Cuestión de rivalidad (A Matter of Competition, 1975) de Eddy C. Bertin quizá hubiera funcionado mejor en formato cómic. De tono del todo opuesto es Arenas Eternas (Sands of Eternity, 1975), de R. Lionel Fanthorpe, en el cual se nos narra que el mal toma la forma de antiguos y desconocidos dioses y se oculta en las arenas del desierto. Muy buen relato, con una conseguida ambientación y una atmósfera vívida, con cierto regusto pulp de lo más notable. Una aventura desértica bien fundida con el horror lovecraftiano más clásico que no desmerece nada de sus modelos.     


La esclava de la luna (The Moon-Slave, 1901) de Barry Pain es uno de esos relatos extravagantes y extraños que nos encantan. La pasión por el baile puede conducir a encontrar curiosos compañeros de danza, y Pain nos hará conocer a uno infernal. Casi toda la acción se desarrolla en el interior de un laberinto, así que cierta falta de intensidad no ha impedido que me haya cautivado por completo. El retorno de Abel Behenna (The Coming of Abel Behenna, 1914) es la magistral aportación de Bram Stoker extraída de su Dracula’s Guest and Other Weird Stories. Es la historia de una rivalidad y una venganza ultraterrena, y una de las pocas historias de la antología que cumple con mostrar el típico pacto diabólico, si bien Stoker lo deja en off confiriéndole de esta forma una inusitada fuerza en nuestra imaginación.


La sombra de la película La semilla del diablo (Rosemary’s Baby, Roman Polanski, 1968) ronda sobre todas las presentaciones de Hageland de los cuentos por él seleccionados. La nombra abiertamente en varias ocasiones y remata esta idea, de forma accidental pues al pedirle una colaboración al autor confiesa que no esperaba algo como lo que recibió, incluyendo el breve artículo Nuevo final para “La semilla del diablo” (A New Ending to Rosemary’s Baby, 1969) de Ray Bradbury. A éste no le gustó el final de la peli, queda bien clarito, y propone otro. Y no está mal su resolución, pero la imagen que nos ofrece del grupo satánico corriendo en bandada tras Rosemary con su niño diabólico en brazos en un amanecer lluvioso por las calles de la ciudad no puede resultar más anticlimática, por no decir propia de una comedia slapstick de Mack Sennett, aquellas tan maravillosas de los policías corriendo detrás de todo el mundo y golpeándose con todo lo imaginable. En fin, admiro a Bradbury, pero su opción de final se me antoja un pequeño dislate.

Y con esto hemos acabado. Tengo el presentimiento de que a Bradbury tampoco le hubiera gustado el desenlace que le acabo de dar a este trío de entradas, pero seguro que nos habría perdonado. No podemos menos que esperar lo mismo de ti, querido lector, si algo en estas líneas no te ha agradado.



HAGELAND, Albert van (comp.). Las mejores historias diabólicas. Traducción de Ignacio Rived. Barcelona: Bruguera, 1975. 443 p. Libro amigo, Antologías; 338. ISBN 84-02-04502-2. 

miércoles, noviembre 19, 2014

Las mejores historias diabólicas (1975), antología de Albert van Hageland (segunda parte)



Continuamos comentando los relatos incluidos en esta excelente antología, Las mejores historias diabólicas, elaborada por Albert van Hageland. Ya dijimos que en ella el Maligno es el gran protagonista, aunque adopta miles de formas diferentes y engañosas. Así en El infierno de las doncellas (The Paradise of Bachelors and the Tartarus of Maids, 1855), la segunda mitad del relato cuyo título completo reproducimos en su idioma original, Herman Melville traza a la perfección un dibujo oscuro y triste de la miserable condición, casi de esclavitud, de un grupo de mujeres que trabaja en una fábrica de papel. El lugar donde ésta se alza ya es toda una admonición de lo que el viajero protagonista va a encontrar en su interior. En lo más profundo de un valle denominado, con certera precisión, el Calabozo del Diablo, la fábrica es un gigantesco demonio de ladrillo y máquinas infernales que devora la vida de quienes en su interior se afanan por subsistir. Para Melville el infierno está en la Tierra y sus nidos siniestros están formados por estas enormes edificaciones, que convierten a sus moradores en pálidos fantasmas al servicio de la inhumana industria, y los feroces capitalistas que las comandan. Un retrato desolador y despiadado narrado con la maestría poderosa del inmortal autor de Moby Dick. Bastante más sencillo es La muchacha poseída por un demonio (cuento popular) (La fille possede du demon), recogido por Adolphe Orain en su libro De la vida a la muerte (De la vie à la mort, 1898), que no es otra cosa sino una versión chusca y gamberra de la habitual historia de poseída en plan El exorcista. La tradición oral también sabía tomarse a choteo las posesiones diabólicas.


A Kurt Singer ya lo conocemos, al igual que a Hageland, como compilador de historias fantásticas. Aquí accedemos a uno de sus relatos de terror, coescrito con su esposa Jane, Los extraños espíritus del fuego (The Strange Fire Spirits, 1975), faceta que bien nos podíamos haber ahorrado, al menos con este torpón artículo, pues de eso se trata más que de un relato en sí, sobre la combustión espontánea, que los autores desechan llamar así aplicándoles el nombre de fuegos misteriosos. Es la típica relación atropellada y sin interés de un caso “real” tras otro, como si el hecho de enumerarlos y amontonarlos ya les concediera carácter de veracidad, dando a entender que son inexplicables y de origen sobrenatural. Hasta aquí, el único “cuento” que no está a la gran altura de la compilación. Una chorrada de campeonato. Menos mal que justo después llegaba El espejo de las tinieblas (Mirror of Darkness), de Bill Meilen, un excelente y aterrador relato con un espejo maléfico de singular protagonista que resulta ser no otra cosa que un portal a un mundo terrible y terrorífico. La narración se reserva una sorpresa que, aunque no es tan sorprendente como fuera de esperar, sí que es efectiva al máximo y cumple muy bien su función: hacernos estremecer por completo. Desconocía a este escritor, también autor de novelas policíacas, y sólo puedo decir que ojalá tenga oportunidad de leer alguna de ellas, y por descontado más cuentos fantásticos de su mano, aunque a día de hoy sólo hay traducido a nuestra lengua éste que se incluye en esta selección.

En El trasgo campestre (Le lupeux, 1858), un relato incluido en su libro Légendes rustiques (Leyendas campesinas), la baronesa Amandine Aurore Lucile Dupin, que no es otra que la celebérrima por sus amoríos George Sand, nos explica cómo los trasgos con sus bromas y sus fascinantes historias apartan a los viajeros de sus caminos para, una vez conseguido esto, ahogarlos en cualquier ciénaga solitaria. La autora sabe mantener ese tono de narración contada en voz baja al amparo de la noche, el perfecto para este tipo de fantasías.


Barrabás (Barabbas 1967, 1967) es un relato del escritor belga Walter Beckers incluido en el volumen recopilatorio Anno Atlantae (1971). La noche de San Lorenzo es la que elige el cazador salvaje Barrabás para comandar su horda de espíritus en busca de almas pecadoras. Se nos narra cómo encuentran una de ellas y le dan su merecido a lo bestia. No es un buen cuento, tampoco disgusta demasiado, resultando en exceso lineal y predecible, de casi nula atmósfera a pesar de que el clímax transcurre en una tormentosa e infernal jornada nocturna. Se agradece que esta antología diabólica nos haga llegar obras de autores belgas y franceses, que no se centre siempre todo en el mundo anglosajón por mucho que nos guste. De forma independiente a la calidad de lo seleccionado, el tener la posibilidad de acceder a ellos ya goza de nuestra máxima atención. Como es el caso de Paul Morelle y El joven que hizo un pacto (Le jeune homme qui pactisa, 1945), incluido en Historia de la brujería (Histoire de la sorcellerie), en el cual creo que no hace falta ser muy sagaz para adivinar que el pacto que hace el joven de marras no es otro que con el Diablo. Es el caso típico del humano acuciado por las deudas que pacta con el Maligno para que lo ayude. Y así acontece. Pero llegado el momento en el que es el joven quien debe cumplir con su parte éste se retracta, como suele suceder. Una historia que bebe del acervo popular y cuyo objetivo resulta más que evidente: tranquilizar al lector ofreciéndole la vana ilusión de que siempre es posible la redención, escapar de las garras de nuestro acreedor.


Pero lo bueno de verdad viene justo a continuación: ¡tres relatos de Jean Ray (Jean Raymond Marie de Kremer)! Eso sí, bajo su sobrenombre John Flanders, con resonancias anglosajonas para camelar a los lectores que sólo aceptan lo fantástico cuando procede de regiones bien conocidas. A las puertas del infierno (Aux portes de l’enfer) es un fascinante relato de mundos perdidos, de civilizaciones sumergidas bajo el mar. Pero todo en un tono aún más extraño de lo habitual: este reino escondido está conformado por una enorme puerta que da a un largo pasillo, el cual termina en una sala abovedada que se abre a doce puertas y un anticuado despacho. ¡Y eso es todo! Manipulando un mecanismo se activa un psicodélico juego de luces. Cada color abre una de las mentadas doce puertas: algunas dan a mundos maravillosos, otras a visiones infernales. En su primera parte, es una fantástica mezcolanza de relato aventurero a lo Jules Verne con fantasía terrorífica, basculando entre lo espeluznante y lo asombroso. La segunda parte cambia de protagonistas y de escenario: una isla del Polo Norte sólo habitada por un grupo de cazadores y pescadores daneses y dos científicos ingleses que van a estudiar el inhóspito lugar durante tres meses. Con la aparición de la increíble Esfera de Fuego entramos en el terreno de la más hermosa y delirante ciencia ficción. La imagen de esta máquina prodigiosa surgiendo de las aguas es de esas que nos deja sin aliento. Aunando leyenda, ciencia, mundos perdidos, islas volcánicas en mitad del Polo e intrépidos aventureros, Jean Ray nos deja un excelente relato, uno de esos muchos, por suerte, que nos hacen fácil amar la literatura. El diablo de cera (Le diable en cire) es un intenso y breve cuento narrado con toda la perfecta sencillez de la que era capaz de hacer gala el gran maestro que era Jean Ray. Una vela de cuatro siglos de antigüedad y un libro que oculta entre sus páginas una maldita fórmula mística es lo que se precisa para abrir un portal por el cual puede entrar en nuestra realidad el demonio. ¿O son gases lo que emana del viejo cirio fabricado por brujos lo que provoca psicotrópicas visiones y una obsesión suicida? Una duda maravillosa que nos atenaza y nos hace avanzar con placer por las venenosas líneas de esta historia. El último relato de Ray incluido en esta antología, que a estas alturas ya no podía amar más, es El diablo y Peter Stolz (Le diable et Peter Stolz; lamento no poder indicar las fechas de los cuentos, pero ni en La tercera fundación, mi página de referencia junto a ISFDB en estas cuestiones, las he hallado). Ray nos cuenta la hermosa historia de amor entre el Peter del título y un súcubo, un relato sensacional que muestra el genio brillante de nuestro admirado autor para el género fantástico de pura tradición europea. En conjunto, sus tres aportaciones me han parecido tres pequeñas piezas maestras plenas de emoción y verdadero sentido de lo extraño y lo maravilloso.

viernes, octubre 31, 2014

René Daumal: quemado por la vanguardia



“Resulta muy tentador, cuando se cuentan acontecimientos pasados, poner claridad y orden donde no había ni lo uno ni lo otro.” (La gran borrachera, p. 31)

El escritor francés René Daumal (1908-1944) dedicó gran parte de su vida a la búsqueda de lo Absoluto, una quimera propia de un espíritu soñador para la cual siguió caminos bien terrenales: las sustancias psicotrópicas y el alcohol. Ni fue el primero ni será el último en esforzarse en hallar las musas de la creación y de la revelación de esta forma. Su viaje fue un fracaso absoluto, con el resultado de su salud destrozada y alcanzar la muerte enfermo de tuberculosis. Sólo al final de su existencia se apercibió de lo fútil de este camino y emprendió el de la religión, el del pensamiento hindú y las creencias que por entonces difundía el iluminado maestro Gurdjieff. No es que le fuera mejor, pero al menos su cuerpo encontró un breve descanso que no pudo disfrutar pues la enfermedad ya lo había convertido en su presa. En sus años de juventud escribió poesía, fundó una revista (Le Grand Jeu), formo el grupo vanguardista “Los Simplistas” y se enfrentó de manera encendida con André Breton y los surrealistas. Marginal entre los marginales, Daumal se sumerge en las drogas y la bebida buscando “una realidad superior” que nunca encontrará. Desencantado de esta vía, escribirá en 1938 su novela La gran borrachera (La grande beuverie), en la que nos narra en sus dos primeras partes las formas de búsqueda que había emprendido, dejando para el final la constatación de su error y el inicio de un nuevo camino de iluminación. Todo esto queda esclarecido de manera excelente en el prólogo de Javier Bassa Vila, ¡Desconfiad del alcohol y de la literatura!, en la edición del libro por parte de la editorial Cabaret Voltaire, introducción eso sí que recomendamos leer después de la novela de Daumal.  


En La gran borrachera Daumal no sólo exprime su devenir existencial, siempre enmarcado en una confusión, una marabunta de imágenes, lugares entrevistos, ensoñaciones con la fuerza de la realidad misma y una realidad que se despereza con la lentitud de la duermevela, adoptando las formas metafóricas, extravagantes y experimentales de los movimientos vanguardistas que habían revolucionado para no llegar a nada, tal como su propia experiencia le había enseñado, el mundo de la literatura. Personajes imposibles que van y vienen y hablan y beben: es el caos de la borrachera interminable, la lucidez etílica que no es sino una sarta de sandeces, un engañabobos monumental para creadores mediocres con ínfulas artísticas. Daumal se muestra sensacional en su conjunción de fondo y forma, en muchos momentos deudor de su admirado y genial Alfred Jarry: es más importante cómo nos narra sus aventuras, todas ellas enmarcadas en el transcurso de una noche y el amanecer siguiente a ella, que lo que de manera directa nos cuenta, pues por ese cómo descubrimos el qué y su porqué. La segunda parte de la novela, Los paraísos artificiales, es un paseo simbólico por el horrendo y falso mundo de los Evadidos, los que ya no beben, atrapados sin ser conscientes de ello en la convención y el auto engaño. Este viaje le sirve no sólo para hacer una dura y burlesca crítica de la sociedad, sino también del mundo vano y vacío de los artistas, que contrapone con los verdaderos, que serían aquellos que no viven allí y que además no son bienvenidos. En el mundo de las mentiras, la verdad está exiliada. Las camarillas “artísticas” son atacadas de manera certera y sin piedad: pintores, poetas, críticos, novelistas, escultores, cineastas, actores, arquitectos, políticos, científicos, religiosos… Todos caen ante su guadaña, pero no de forma gratuita: sólo la sufren aquellos entregados a lo falso o a objetivos espurios. Es cegador descubrir cómo su crítica es válida para nuestros días de la misma forma y con la misma fuerza que entonces lo fue para los suyos. Pero Daumal no se sienta a despotricar de los demás desde su poltrona, es demasiado inteligente para esto, sino que se reserva un capítulo para sí mismo, es responsable y consecuente: ve los grandes defectos en los otros, pero no elude desnudar los suyos. Las búsquedas artificiales de la felicidad o de la inspiración a través de ideales inventados o las drogas suponen para Daumal otra falsedad orquestada por los mercaderes de armas, opio y cocaína. Una quimera a la cual arrojar a los jóvenes para exterminar los excedentes de humanos. 

“Todo esto era tan aburrido, tan poco consistente, y yo estaba tan al margen de todo que ni siquiera intenté ponerme de pie, ni agarrarme, así que me encontré de repente al borde del agujero de la trampilla, manteniendo el equilibrio en el filo, como una hoja muerta que espera el siguiente golpe de viento sin preocuparse de dónde vendrá. Y el siguiente golpe me hizo caer.” (La gran borrachera, p. 168)

El tramo final es absolutamente soberbio, con el protagonista tomando conciencia de esa gran casa-máquina en la cual él y nosotros vivimos, con la luz del sol brillando e iluminando el cielo tras la gran noche de la borrachera.


Su segunda y última novela, El Monte Análogo (Le Mont Analogue, 1944), quedó inacabada. Las ediciones francesas de la misma en Éditions Gallimard, en 1952 y en 1972, recogían todos los textos (sinopsis, un artículo, planes de trabajo y capítulos incompletos finales) que permiten que nos sea posible conocer su desenlace. Con un maravilloso aire a narración de aventuras en el más clásico estilo Jules Verne entremezclado con una simbología diáfana, sin afán de oscurantismo, Daumal nos dejó aquí una pequeña obra maestra que quizá provoque cierta frialdad al lector habitual de literatura fantástica debido a su truncado final, pero que hará las delicias de todos los amantes de lo raro y lo extraño. Y con un sentido del humor vital y contagioso que ya da apuntes desde su mismo título, pretendidamente grandilocuente y exagerado: El Monte Análogo: novela de aventuras alpinas no euclidianas y simbólicamente auténticas.

Todo comienza cuando el narrador recibe una carta entusiasta de un lector que ha leído un artículo suyo sobre el significado simbólico de las montañas en diversas culturas, religiones y mitologías, consideradas como una vía que une la Tierra con el Cielo, lo humano con lo divino. Fue publicado en La revista de los fósiles y, a pesar de haber transcurrido sólo tres meses desde su publicación, él mismo ya lo había olvidado. El desconocido lector le propone, nada más y nada menos, una excursión a ese Monte Análogo, del que desde su cima se podrá observar el Universo desde una nueva perspectiva, al cual el protagonista hacía alusión en su texto. El autor de la eufórica misiva es Pierre Sogol, un personaje estrambótico y genial, y sin duda uno de los mayores aciertos de esta novela: uno de esos caracteres que, por medio de la fascinación y el asombro que provocan en el narrador, se contagia enseguida al lector. La presentación de Sogol es divertida y apabullante, digna de las mejores páginas de Verne, desde su permanencia en un monasterio herético hasta sus alucinantes inventos (el espejo que mire quien se mire en él se ve a sí mismo con cara de cerdo, por ejemplo, o el alucinante sistema instalado en su jardín con notas para recordar). La pasión de Sogol es la de entender, la necesidad de saber el por qué de las cosas, de ahí su pasión por no dejar de intentar alcanzar la cima del misterioso Monte Análogo. Éste se oculta a la vista debido a una curvatura del espacio a su alrededor. Einstein, Eddington y Crommelin adaptados al más delirante y brillante relato fantástico.


Los títulos de los dos primeros capítulos (los del tercero y cuarto son más convencionales), y en especial los extensos subtítulos a la manera de las novelas antiguas, son geniales: suponen una descripción irónica y muy divertida de todos los acontecimientos que se narrarán en ellos, como un resumen en clave humorística. El coqueteo de Daumal con las vanguardias, sobre todo con el surrealismo, con el cual pronto chocó por la estrechez programática de André Breton y los suyos, y por su condición de poeta han provocado que su obra en prosa sea analizada siempre desde un prisma intelectual, cuando lo que precisamente más destaca y la convierte en inolvidable sea aquello por lo que sus exégetas menos lo aprecian: El Monte Análogo es una brillante, luminosa y magnífica novela de aventuras. Permite, cómo no, todo tipo de lecturas filosóficas, como por otra parte sucede con muchas otras obras del género, pero se olvida con frecuencia ésta que, a mi gusto, es la que convierte esta narración inconclusa en una joya. Aunque el viaje se presenta en su preparación y desarrollo de una forma verista y detallada a la manera del genial Verne, la inclusión de unos inventos que bordean la ciencia ficción especulativa más naif rompe este tono ultra realista y nos mantiene en el terreno de lo fugaz y lo imaginario. Esto y el sistema de medición de la potencia del pensamiento humano de Sogol, una fruslería intelectual que se nos antoja entrañable porque viene de él. Si hubiera sido cualquier otro quien nos lo hubiese presentado, de seguro nos habría parecido una banalidad insufrible.

El relato avanza con las sempiternas notas divertidas, así el nombre del barco de la expedición, que no es otro que Imposible, o bien, también siguiendo esa tradición de las novelas primigenias desde El Quijote, utilizando el recurso de introducir en el cuerpo de la narración principal un relato breve que sirve de entretenimiento, en este caso, a la un tanto aburrida tripulación mientras todos esperan encontrar la entrada al campo que rodea al Monte Análogo, ése que oculta la isla sobre la que se alza a los ojos de los humanos. “Esperar durante mucho tiempo lo desconocido desgasta el motor de la sorpresa.” (p. 91) Así la maravillosa historia de los hombres-huecos y la Rosa-amarga, que nos deriva de lleno al fantástico más desatado. Ya al pie del Monte, el más extraño vergel de la Tierra, nos encontraremos con el Puerto de los Monos, cuya fascinante población está formada por todos los descendientes de viajeros y marinos de todas las épocas que han ido llegando hasta allí buscando coronar el Monte. Algo de condenación, de penar eterno, subyace sin forma concreta pero de manera real en esa sociedad en la cual los guías de la montaña suponen el escalafón más alto de la misma. Los fenómenos ópticos y mecánicos imposibles se suceden: las cámaras no graban ni registran imágenes, el sol sale y se hunde por el mismo punto del horizonte… El hecho de dejar constancia de que entre los viajeros ha habido diversas pero naturales fricciones fruto de tener que compartir un espacio reducido, el del barco, es una prueba más del deseo de Daumal de nunca dejar de contar una historia de aventuras a la Verne pero desde la perspectiva más moderna de un autor de mediados del siglo XX. Como sucede con el clásico autor, su obra se presta también a múltiples interpretaciones filosóficas y religiosas, ya lo hemos comentado, pero no tienen por qué ser las únicas, puede que incluso ni las prioritarias. Están ahí, son el producto de la educación y las vivencias de ambos escritores, y como toda aventura las suyas también son historias de iluminación y crecimiento.


El Monte Análogo termina de manera abrupta en el capítulo cinco, justo en mitad de una narración que tiene como eje central el efecto mariposa. Daumal tenía previsto que constara de siete capítulos. Dejó cuatro completos y un quinto incompleto, pero por sus notas y guiones podemos conocer el resto de la historia. Se añaden además en la edición de Atalanta otros textos que se relacionan o en algún caso explican detalles de la obra, de los que destacaría unas líneas de gran belleza que escribió Daumal para presentar su novela. También se incluye un sensacional artículo, Unos cuantos poetas franceses del siglo XXV (1941), que es toda una genial muestra de otro tipo de ciencia ficción: el del ensayo sobre un tema imaginario o inventado. Daumal ofrece dos cosas: una burla despiadada de todas las escuelas y corrientes poéticas de su presente y un divertido retrato de cómo podría ser esa sociedad del futuro vista a través del original enfoque de analizar a sus poetas. En ambos casos, el autor sale triunfante. Lo cual presta mayor fuerza a su conclusión final: la verdadera poesía está allí donde no se habla de ella. Aunque Daumal la ha tocado con sus dedos en sus hermosas palabras finales.

En el epílogo de Clara Janés, curiosamente ésta atribuye el final de la expedición de los “rajados” que no van en la de Sogol y el protagonista, esto es, la formada por los cuatro personajes iniciales que deciden no acompañar a nuestros héroes, al desenlace de la expedición de estos. Así pues ese viaje infernal a la codicia humana no es el que corresponde a los primeros, sino a los que abandonaron el camino desinteresado y puro de los protagonistas. El final ideado por Daumal está mejor explicado, y con más claridad, en la Nota preliminar de Alberto Laurent en la edición de la editorial Abraxas de la novela. El Monte Análogo es un clásico de la novela de aventuras y también de la ciencia ficción. Merece la pena compartir su fantástico viaje y perderse en las visiones de ese Monte misterioso e incomprensible que por momentos nos recordó al que se eleva en el corazón de esa otra obra magnífica y única que es Al otro lado de la montaña (1963) de Michel Bernanos.   

“Ahí, en ese pico, más puntiagudo que la aguja más fina, sólo está el que colma todos los espacios. Allá arriba, en el ambiente más sutil en que todo se hiela, sólo subsiste el cristal de la última estabilidad. Allá arriba, en pleno fuego del cielo en donde todo se quema, sólo subsiste el perpetuo incandescente. Allá, en el centro de todo, está el que ve cómo todas las cosas se consuman en su comienzo y en su fin.” (p. 139)






DAUMAL, René. La gran borrachera. Introducción, traducción y notas de Javier Bassas Vila. (Barcelona): Cabaret Voltaire, 2011. 195 p. Cabaret Voltaire; 27. ISBN 978-84-937643-8-8.

DAUMAL, René. El Monte Análogo: novela de aventuras alpinas no euclidianas y simbólicamente auténticas. Epílogo de Clara Janés; traducción de María Teresa Gallego. Girona: Atalanta, 2006. 177 p. Imaginatio vera; 6. ISBN 978-84-934625-5-0.

DAUMAL, René. El Monte Análogo: novela de aventuras alpinas no euclidianas y simbólicamente auténticas. Edición y traducción de Alberto Laurent. México D. F., Barcelona: Editorial Océano de México, Editorial Abraxas, 2001. 155 p. Fantasía. ISBN 970-651-491-0. 

jueves, octubre 23, 2014

Las mejores historias diabólicas (1975), antología de Albert van Hageland (primera parte)



La editorial Bruguera editó allá a mediados de los años 70 varias antologías de cuentos fantásticos seleccionados por Albert van Hageland, todas con una pinta estupenda y de las cuales sólo ahora he podido leer una de ellas: Las mejores historias diabólicas (1975). A pesar de este llamativo título, su contenido no se ciñe de manera estricta a la temática prometida. Hageland opta por considerar el Mal una derivación de la misma, o bien el término que resume la acción y el deseo de las criaturas diabólicas en su conjunto, por lo cual podemos afirmar que éste sería el nexo de unión real de los diversos relatos que componen el libro. En cualquier caso, lo ecléctico de la selección y la misma declaración de principios de Hageland en el prólogo, en el que anuncia que su única pretensión es ofrecer unas cuantas horas de buena lectura, hacen que importe poco que el tema elegido los englobe de mejor o más difusa forma. En Introducción: la huella demoniaca, el escritor belga realiza un diáfano, entretenido y no falto de humor recorrido por la concepción, la existencia y el sentido del demonio. Desde las civilizaciones y culturas antiguas, donde carecía de acepción peyorativa o maligna, hasta las diversas religiones que lo han adoptado y reinterpretado a su gusto, pasando también por la cultura popular, sobre todo la de tradición oral, la literatura y el cine. Y aclara, además de lo expuesto antes, que no pretende crear un corpus o una relación cronológica de relatos diabólicos, sino tan sólo reunir un buen puñado de historias con el demonio de protagonista estelar o bien de invitado especial, una “guest starring” de lujo. ¡Más que suficiente para este morador de las tinieblas!


La antología se abre, cómo no, con una Carta sobre demonología y brujería, en realidad un fragmento editado de la primera carta incluida en Letters on Demonology and Witchcraft (1830) de Walter Scott, un ensayo dedicado a las apariciones espectrales de todo tipo y no, como haría pensar su título, sólo a demonios y brujas, un poco como el mismo Hageland estaba haciendo aquí. El gran Scott no duda en considerar a estos entes y sus visitas como habituales en aquellos lugares donde triunfa la superstición, o bien que no son sino fruto de ella. Pero va más allá en su empeño en verdad cientificista y racional por explicar tales fenómenos: no le tiembla el pulso al afirmar que se deben a enfermedades, alteraciones de la consciencia y la imaginación cuando no del sentido de la visión, de algún desarreglo de los órganos oculares. Scott, para dar fuerza a sus opiniones, sazona su texto con múltiples historias de apariciones consideradas reales a las cuales da una explicación racional, bien por sí mismo o bien citando a reconocidos médicos o eruditos filósofos, y cuando no es así, sin dejar por un instante de plantear que el hecho de que un fenómeno espectral carezca de explicación no lo convierte en verídico, sino que estamos ante un caso de desconocimiento de sus causas, un desarreglo mental o físico. El no creer en el origen sobrenatural de las apariciones (no las niega: las explica ofreciendo una razón naturalista de origen fisiológico) no impidió a Walter Scott escribir algunos excelentes relatos de terror, distinguiendo a la perfección gusto y emoción de pedestre credulidad y superstición. Se incluye además de su autoría El demonio tranquilo (The Fortunes of Martin Walbeck), un cuento moral en el que un joven carbonero de los bosques de Hartz, en Alemania, ve ascender su fortuna con la misma facilidad y rapidez con la que caerá después. Sus tratos con un demonio local con forma de gigante no podían terminar de otra manera. Un funesto designio para quien se ha dejado tentar por el mal.   


Del excelente escritor francés Claude Seignolle se incluyen también dos relatos. El milésimo cirio (Le millième cierge, 1965) se publicó en su libro Histoires maléfiques. Partiendo de la historia ya típica de un enamorado arruinado, humillado y despechado por una tan hermosa como despiadada mujer, el autor da un bonito giro hacia la mitad del cuento embarcando a su más que desafortunado protagonista en un encuentro con el Maligno y sus funestas consecuencias. No se trata del consabido pacto entre un humano ambicioso y el diablo, sino de una casualidad desastrosa que convertirá a nuestro héroe en su esclavo, o al menos en esclavo de una acción que deberá repetir de continuo si no quiere morir: encender una vela tras otra para que así no se apague nunca la llama, la cual no sólo lo mantendrá con vida sino que le impedirá envejecer. Tiene tan mala suerte este hombre que esto le sucede a mediana edad, no es ningún joven, y con su espíritu ya derrotado por la vida. Su única ambición es ver cómo llega la desgracia en su senectud a la joven que lo engañó. Un buen relato en el que la tristeza y una mórbida melancolía se imponen a cualquier otro sentimiento. La posada del Larzac (L’auberge de Larzac, 1967) fue incluido originalmente en la compilación Les chevaux de la nuit et autres: récits cruels. Una espiral de crímenes espectrales se suceden, y los criminales gozan de una base de operaciones en una abandonada posada en una comarca vencida por la desolación. El fatalismo suele ser el denominador común en las historias protagonizadas por el demonio o que cuentan con apariciones de su satánica majestad. Aunque no se trata en esta ocasión de estrictamente eso, sucede como si tal fuera. Y es que tanto da que se nos aparezca el demonio como que de repente nos encontremos viviendo una existencia de ultratumba en el mismo infierno: Seignolle puede con ello.


Aparte de la introducción, Hageland escribe breves presentaciones de cada uno de los cuentos y sus autores. De El diablo Leeds (Cuento popular americano) (The Jersey Devil, 1903), nos explica que está “tomado de la obra de Charles M. Skinner American Myths and Legends (Mitos y leyendas norteamericanos)” (p. 63). Justo al contrario que la carta de Walter Scott, éste es un ejemplo del poder de la superstición. Se toma nota de la existencia de este terrible monstruo nacido de una comadre y que durante años se dedica a aterrorizar la comarca. Pareciera una noticia periodística en su breve exposición de los hechos, dando como verdaderos todos los rumores e historias contadas de padres a hijos, o bien un informe para conocer a este diablo cuya descripción da origen a todo un puzzle de lo extraño: “(…) teniendo la forma de un dragón, con cuerpo de serpiente, cabeza de caballo, pies de cerdo y alas de murciélago.” (p. 63) Algo así como el Padre Transformer de los demonios.

Un buen salto en el tiempo y nos encontramos con el escritor belga Michaël Grayn en Como un olor de azufre (Comme une odeur de soufre, 1967), dejando claro que el infierno es ese lugar donde las cosas que más te pueden gustar se tornan detestables. Entre burlón y terrible, Grayn construye una buena broma macabra. Otro cuento suyo cierra la antología, La hija del diablo (L’enfant du diable, 1967), del que resulta muy chocante que se hagan referencias a la profesión de psicólogo en una historia que se desarrolla en el año 1532… Aunque su estilo es algo precipitado, incluye una descripción de un aquelarre de brujas y demonios presidido por el mismo Diablo de verdad excelente, infernal, consiguiendo un gran efecto de extrañeza y desazón totalmente… sí, diabólicas.

“El relato que sigue forma parte de sus recuerdos sobre el París antiguo, Contes et facéties (Cuentos y fantasías)” (p.73), presenta Hageland El castillo del diablo (Le monstre vertLe diable vert, légende parisienne, 1849) de Gérard de Nerval. Éste nos introduce con gran intensidad en las catacumbas de la ciudad luz para ofrecernos una visión espectral cómica y terrible a la vez: ¡el baile de las botellas!


El ojo implacable (The Hungry Eye, publicado por primera vez en la revista Fantastic en mayo de 1959) de Robert Bloch nos narra la increíble aventura de un hombre que trabaja de humorista en un club (curiosa profesión para un relato de terror) al que va a parar a sus manos un extraño meteorito. Un meteorito asesino, nada menos, un ojo venido del espacio ávido de sensaciones fuertes, aquéllas que sólo el crimen puede proporcionar. Los humanos serán tanto víctimas como ejecutores a su servicio dando forma a sus anhelos de violencia. Al parecer ha habido muchos de estos ejecutores desde el inicio de los tiempos: ¡así explica Bloch por qué a Jack el Destripador le dio por matar a golpe de bisturí! En fin, ya veis que la cosa es delirante un rato. Llama la atención, si ya parecía poco, la furibunda andanada que de paso lanza Bloch contra los beatniks, la moda tontorrona del momento, y el alto contenido gore del relato. Este horror ultra físico no termina de encajar bien del todo con la trama de horror cósmico que lo envuelve, pero sin resultar un gran cuento sí que, desde luego, es muy entretenido. Quizá incluso debido a la incongruente mezcolanza de cosas tan distintas.

A continuación, la antología nos regala un relato del magnífico Joseph Sheridan Le Fanu: Ultor de Lacy (Ultor de Lacy: A Legend of Cappercullen, publicado en su origen por la Dublin University Magazine en diciembre de 1861). Le Fanu nos presenta en forma literaria lo que él mismo había oído narrar en su juventud en noches tormentosas junto a un acogedor fuego de leña. Espectros y tradiciones irlandesas que se desarrollan en un semi abandonado castillo donde las dos jóvenes hijas del señor venido a menos Ultor de Lacy serán acosadas por fantasmas vengativos del pasado, siendo el más terrible el que traerá la desgracia a la menor de ellas. Fatalismo no exento de un regusto romántico y lúgubre, que si bien no trasciende por completo su origen gótico sí que da muestras de cierto distanciamiento, eje de la obra de Le Fanu, de este estilo literario gracias a las notas de humor que puntean la primera parte del relato. El resto es desolación, y una maldición que se ceba sin piedad en la más inocente de las criaturas. 


jueves, octubre 16, 2014

No hay sangre como la sangre de la Hammer: Terence Fisher (2013), de Joaquín Vallet



Apabullante el trabajo de Joaquín Vallet en su libro dedicado al director británico Terence Fisher: sus inicios como montador, sus años en la serie b más oscura ya como director y su segunda llegada a la productora Hammer Films donde brillaría como uno de los mejores autores de la historia del cine. Análisis concienzudos y de pasión contagiosa de todas sus películas y un repaso a su devenir que, de alguna manera, también es el de la mítica Hammer. Imprescindible, en mi humilde opinión, para amar aún más si cabe a quien ha hecho felices a tantos apasionados del cine fantástico. Puedes leer la reseña en la página web de cine El antepenúltimo mohicano, AQUÍ.


Cualquier película con Peter Cushing, por muy mala que sea, ya nos parece buena sólo porque aparece él. Hala, dicho está. 


"De la perfección de su Drácula a la abstracción prodigiosa de El cerebro de Frankenstein (Frankenstein Must Be Destroyed, 1969), de la belleza mórbida de Las novias de Drácula (Brides of Dracula, 1960) a la que a mi gusto es tal vez una de las mejores películas sobre satanismo jamás rodadas, La novia del diablo (The Devil Rides Out, 1968). Joaquín Vallet ha escrito un libro a la altura de su protagonista que se lee con absoluto placer y que nos ayuda a conocer mejor a Terence Fisher y su obra." 


Unos candelabros igualitos, pero igualitos a esos lucen sobre la chimenea de mi gran mansión. La única diferencia es que a mí ni en uno de mis peores accesos de demencia se me ocurriría darles el uso que les dan en La novia del diablo (The Devil Rides Out, 1968).


Terence Fisher con la actriz Susan Denberg repasando el guión de Frankenstein creó a la mujer (Frankenstein Created Woman, 1967). 

VALLET, Joaquín. Terence Fisher. Madrid: Cátedra, 2013. 297 p. Signo e imagen / Cineastas; 96. ISBN 978-84-376-3164-6.

One of us!: Tod Browning (2011), de José Manuel Serrano Cueto



Tod Browning es un director de cine adorado en La décima víctima. ¡Cómo no! Comentamos para la página de cine El antepenúltimo mohicano el libro que sobre él ha escrito José Manuel Serrano Cueto, AQUÍ


Garras humanas (The Unknown, 1927) es una de nuestras películas favoritas de su filmografía. Lon Chaney, su aliado en el horror y el melodrama más descarnado, estaba en ella, una vez más, insuperable.


"El cine de Tod Browning está plagado de imágenes inolvidables, de escenas extrañas y fascinantes que se graban en la mente con la fuerza de un inusitado fuego: la oscuridad de la jungla punteada por las fosforescencias de sus miasmas en Los pantanos de Zanzíbar (West of Zanzibar, 1928); el rostro terrorífico de Lon Chaney en las fotografías que se han conservado de La casa del horror (London After Midnight, 1927); (...)." 


La verdad es que hay en su cine obras para elegir sin cansarse, pero dejadme que me decante por La marca del vampiro (Mark of the Vampire, 1935), tal vez no una obra maestra pero sí una película por la que sentimos un cariño especial. Y quizá también la película con la colección más impactante y gloriosa de fotografías vampíricas gracias a contar con nuestro admirado y mítico Bela Lugosi y la impresionante presencia hipnótica de Carroll Borland.





SERRANO CUETO, José Manuel. Tod Browning. Madrid: Cátedra, 2011. 267 p. Signo e imagen / Cineastas; 87. ISBN 978-84-376-2880-6.

La razón y la pasión: Michael Powell y Emeric Pressburger (2002), de Llorenç Esteve



Adoro las películas de Michael Powell y Emeric Pressburger, por lo que reseñar este libro para la página de cine El antepenúltimo mohicano ha sido todo un placer. Llorenç Esteve ha escrito un ensayo a mi gusto fundamental para conocer la obra de estos dos genios: profundo, documentado y apasionante de leer. Consigue lo más bonito que puede pretender un libro de este tipo, y esto es que amemos más aún la obra de sus protagonistas.


Dos imágenes de la prodigiosa e inolvidable secuencia del duelo en una de mis películas favoritas de todos los tiempos, Vida y muerte del coronel Blimp (The Life and Death of Colonel Blimp, 1943), obra maestra de Powell y Pressburger, 


"Muchas películas te marcan de niño. En mi recuerdo, brillan de manera especial dos de ellas: Las zapatillas rojas (The Red Shoes, 1948) y Narciso negro (Black Narcissus, 1947). Primero por su impacto estético: pocas había visto tan hermosas como aquellas. Y segundo porque hicieron que me fijara en quién las había hecho, su director, que en ambos casos eran dos, algo inhabitual."

Puedes continuar leyendo la reseña AQUÍ



Sé adonde voy ('I Know Where I'm Going!', 1945) es otra maravilla, una película quizá con un punto de partida algo más modesto pero que conmueve y emociona como la más grande. 


ESTEVE, Llorenç. Michael Powell y Emeric Pressburger. Madrid: Cátedra, 2002. 370 p. Signo e imagen / Cineastas; 55. ISBN 84-376-1950-5.