jueves, diciembre 26, 2013

Law Space: de Venus al infinito


  
Tenía ganas de leer alguna novela de Enrique Sánchez Pascual (1918-1996) más que nada porque con semejante galáctico sobrenombre, Law Space, todo invitaba a ello. Animado además por el excelente artículo a él dedicado de José Carlos Canalda en su La gran historia de las novelas de a duro, como ya he dicho en más de una ocasión todo un referente para mí en lo que a bolsilibros se refiere, estaba convencido de que me resultaría al menos entretenida la lectura de estas dos novelas que a continuación comento. Ay, vano sueño y amargo despertar: ambas han supuesto una sonora decepción. Pero vayamos por partes y en orden.

Intriga en Venus (1984) es una novela negra disfrazada de relato de ciencia ficción en la que si no fuera porque de vez en cuando se nos recordara que la acción transcurre en la ciudad de Venusville, ni nos enteraríamos de que nos encontramos inmersos en una historia del futuro. Persecuciones en coche, tíos duros en moto, tiroteos a ritmo de ametralladora, familias ricas envueltas en asuntos turbios, inspectores de policía de los de toda la vida, un robo de joyas más habitual aún, cementerios y panteones siniestros imaginamos que por si acaso la novela acababa publicándose en alguna colección de terror cubriendo así todos los flancos… En fin, decepcionante esta obra de Law Space, como he dicho, de trama aburrida y cansino desarrollo. Un lugar común tras otro sin la capacidad de provocar el más mínimo interés, y una falta de sentido del humor y una seriedad tan grandes que solo ayudan a que el sopor aparezca tras cada página cercando nuestra vigilia sin piedad.


Aventureros del infinito (1982) es un evocador título que esconde una novela algo anodina, aunque comparada con la anterior al menos esta no se nos cae de las manos, como suele decirse cuando a uno no se le ocurre una expresión mejor. Que sea una historia de venganza espacial algo rebuscada es un detalle que ayuda poco a que entremos en la trama. Sí que resulta muy interesante la forma en que nos muestra a los humanos del futuro, una civilización que solo busca conquistar el cosmos en pos de uranio y materias primas para abastecerse de energía importándole un soberano pimiento el descubrimiento y conocimiento de culturas alienígenas. De hecho, la que encuentran la esclavizan para beneficio propio. En fin, los humanos tal cual son hoy en día por muchas fiestas navideñas que celebren. Este toque realista y duro con la humanidad presta veracidad a los protagonistas de esta aventura poco aventurera, unos explotadores sin escrúpulos capaces de exterminar una civilización con tal de llenarse los bolsillos. No hay que irse al futuro para ver esto, no hace falta insistir en ello. A mitad del relato los protas cambian en aras de pergeñar la trama de la venganza, y es entonces cuando la novela se desinfla sin remisión. Tampoco es que hubiera llegado muy lejos, pero Law Space hasta ese momento había dado muestras de ser un narrador cuando menos eficaz si bien poco imaginativo. Lástima que todo se derrumbe enseguida. Sin embargo, sus ocasionales correctas maneras invitan a seguir probando suerte con su obra. Es tan extensa que, de seguro, más de una buena encontraremos.


SPACE, Law. Intriga en Venus. Ilustración de portada: Salvador Fabá. Barcelona: Bruguera, 1984. 93 p. Bolsilibros Futuro, Héroes del espacio; 210. ISBN 84-02-09281-0.


SPACE, Law. Aventureros del infinito. Ilustración de portada: Miguel García. Barcelona: Ediciones Ceres, 1982. 93 p. Novelas ECSA, Héroes del espacio; 130. ISBN 84-85626-56-7. 

jueves, diciembre 19, 2013

Miss Marjorie (2013), de Mayte Alvarado



Esta va a ser una carta de amor con todas las de la ley, aviso. Al principio intentaré ponerme así como serio y tal y cual, pero ¡bah!, para qué os voy a engañar. Llevo varios días pensando en cómo enfrentarme al comentario de este libro arrebatador sin que el texto se convierta en una sucesión de adjetivos admirativos tendentes al infinito, pero el infinito me absorbió. No he podido evitarlo. Me he enamorado. Menos mal que los libros no son celosos y permiten que uno sienta amor por muchos, porque si lo fueran estaría perdido.


Miss Marjorie es el tercer libro publicado por El Verano del Cohete, una editorial independiente que este mismo 2103 está a punto de cumplir su primer año de vida. Libros cuidados al detalle y con mimo, convirtiendo el objeto en obra de arte y haciendo de su lectura toda una experiencia sensorial: la vista, el tacto, el olor que desprende la hoja manchada de tinta… ¡Qué pocas cosas se pueden equiparar a este placer! Tras la novela de Rui Díaz ilustrada por Ana Sender Los turistas y el poema de Goethe El Rey de los Elfos interpretado por los dibujos de Borja González, llega el turno de Mayte Alvarado, la tercera componente de esta tríada magnífica que promete más maravillas para el año que viene y esperamos que por muchos lustros más. Mayte ya nos había regalado muestras de su arte en forma de fanzine con Historias mínimas, dos entregas que consistían en breves cuentos narrados a través de dibujos. Ni una palabra, pequeñas películas mudas que ya nos habían impactado por su gran capacidad de lograr trasladar su mundo en imágenes de poderosa belleza y una tremenda capacidad de sugestión. Después vendría Livianas (2012), otra pequeña joya en la cual Mayte experimentaba con la palabra y sus ilustraciones adelantando este Miss Marjorie que, no puedo esperar más a decirlo, me parece su obra más conseguida y perfecta. Uno siempre espera más de aquellos a quienes ama, pero esto no es una obligación para el ser amado. Mayte Alvarado nos ha dado más de lo que esperábamos. Y esperábamos mucho.    


El tono nos sumerge irremisiblemente en una película muda de Fritz Lang, con sus Mabuses locos y sus vampiros asesinos, o de Georg Wilhelm Pabst, con sus destripadores enamorados y sus ninfas con el rostro de Louise Brooks, con sus calles empapadas de lluvia y oscuridad reflejando las sombras de los torturados personajes. Pero también en su frenesí narrativo y en su romanticismo alejado de tópicos. Miss Marjorie es una historia de crimen, un relato negro manchado con la sangre de muchas víctimas, pero también es la historia de un amor que surge de la soledad y la huida y que se desarrolla en el campo de batalla del género fantástico con un resultado soberbio. La fuerza de las ilustraciones casi hacen innecesarios los textos que nos ayudan a avanzar en este relato iluminado por la incontenible belleza de los dibujos de Mayte, que aquí más que nunca transmite delicadeza y horror, poesía y pesadilla con una candidez y un arrobo adorables. ¡Cómo no amarla! Porque esa voz nos narra la historia como si se tratara de un cuento infantil, de cuando estos eran atroces y hermosos. Y a su vez adulta, con el desgarro que los años imponen a nuestra mirada de niño.

Lo leo una y otra vez. No puedo cansarme. Mis ojos se pierden en la mirada de Miss Marjorie y pienso a veces que ojalá yo pudiera llamar a una puerta y conocerla. Quizá no bailaría, soy muy torpe, ni le regalaría flores, soy demasiado arisco, pero sí que velaría su sueño. Cuando ella no pudiera verme, cuando los sentimientos no tuvieran que ser mostrados. Y en mi duermevela soñaría que le leo un cuento, que le susurro al oído una historia de amor y crimen, de personas solitarias que se encuentran y comparten unos instantes de felicidad allí donde los demás solo verían el horror. Creedme: es un libro mágico. No se acaba cuando abandonas sus páginas. Las imágenes que guarda en él tomarán vida en tu interior y te acompañarán cada vez que cierres los ojos. Y no querrás abrirlos nunca más.



ALVARADO, Mayte. Miss Marjorie. Badajoz: El Verano del Cohete, 2013. (64 p.). ISBN 978-84-616-7135-9.    

miércoles, diciembre 11, 2013

Todo el mundo odia a Joseph Berna (menos yo)


No es una afirmación gratuita: el escritor Joseph Berna (José Luis Bernabéu López) quizá sea el autor de bolsilibros menos popular y querido entre los aficionados a los mismos. Tal vez sea debido a que su “estilo” literario sea el más fácil de servir de objeto de burla: frases cortísimas que hacen que sus páginas en ocasiones parezcan la lista de la compra, descripciones de personajes repetitivas, “metáforas” torpes y desacertadas, en ocasiones de manera premeditada, y tramas por lo general apresuradas (más de lo habitual) y desarrolladas sin gancho. Si a esto le sumamos sus constantes narrativas, las cuales consisten básicamente en desnudar cuanto antes a sus protagonistas y meterlos en la cama a refocilarse, da igual si están charlando tranquilamente en una habitación que si están siendo perseguidos por un alienígena de diez brazos ávido de matar, y en comenzar muchas de sus novelas en un club de strip tease, pues como que tampoco ayudan a que se lo valore un poco. Sin embargo, se olvida casi siempre lo divertido que resulta en sus mejores momentos. De manera consciente, por supuesto. Otra cosa es su ingenuidad a la hora de narrar los encuentros sexuales, a los cuales el adjetivo “picantones”, con lo que tiene de malo pero también con lo que implica de sano cachondeo, les viene que ni diseñado para ellos. Todo en plan película clasificada S española de finales de los 70 y primeros 80, eso sí, pues al fin y al cabo esa es la época en la que Berna escribió la mayoría de estas novelas a las que nos referimos.

Su falta de prejuicios y, por qué no, hasta de vergüenza como “autor” tiene a su favor que sus historias, cuando están más o menos logradas, son francamente divertidas y delirantonas, con acertados momentos de tensión (muy contados, vale, ocasionales si queréis) y una rapidez en la acción y sucesión de acontecimientos que no siempre le juegan en contra. Así la interesante y atmosférica, al menos en su primera mitad, Misterio en la estación WZ-2000 (1984). A la larga, confieso que cuanto más obras leo de él más simpático se me antoja y más cariño le tengo. Y eso que resulta difícil, aunque me deba contradecir, cuando uno se enfrenta a cosas como El asesino de Morgan Street (1984), un aburrido desaguisado en el cual dos policías se dedican a desentrañar la identidad del asesino de marras, más preocupados en realidad de cepillarse a las testigos que van surgiendo en la investigación del caso que en cumplir con sus funciones deductivas. Tampoco anima que el asesino aparezca cerca del final compitiendo con otros poco creíbles sospechosos, siendo descubierto por los salaces policías casi por el famoso método del pito pito gorgorito. En fin, no me gusta ni a mí este desangelado y en verdad rutinario hasta la muerte relato.    


Un poco más de interés rezuma El platillo rojo (1984), una en principio inquietante historia ambientada en una base del Polo Norte con unos científicos más preocupados por el zumba zumba que por investigar lo que demonios sea que estén investigando allí. La aparición de un misterioso platillo del color que indica el título que se estrella en las cercanías pone en guardia a los componentes del equipo científico, sin que esto signifique que pierdan un segundo de interés en seguir copulando, así que mientras se desahogan sexualmente unos con otros logran sacar algo de tiempo para acercarse al lugar donde se ha estrellado y curiosear un poco. Tanto ajetreo provoca que anden despistadillos ante los tripulantes de la nave accidentada, unos alienígenas capaces de adoptar la forma física que deseen, en este caso la de los miembros de la base a los cuales van exterminando uno a uno, lo cual dará lugar a buenos momentos de claustrofóbico acoso y también a alguna relación sexual quizá no muy bien vista para quien no guste de esto del amor interespacial. Desde luego no era algo que pudiera frenar a Berna. Aunque no llega a despuntar provocando verdadero interés, sí que esta novela de nuestro apreciado autor se lee con atención.


Mucho más simpática resulta Sirpa, la espía de Zombo (1984), quizá porque desde el principio no oculta su tono de divertimento descacharrante ni la inconsistencia de su trama argumental, con unos malotes que no hacen más que interrumpir justo a cada instante en que nuestros dos protagonistas deciden irse a disfrutar de la vida un rato (en la cama, se entiende, y no durmiendo, se sobreentiende). El jefe de los gángsters que pretenden secuestrar a la despampanante (véase la fantástica ilustración de cubierta obra de Antonio Bernal) Sirpa y su cuadrilla son el gran descubrimiento de esta desinhibida historia. Mantienen entre sí unos diálogos muy divertidos, deudores de la mejor screwball comedy clásica refundida con los no menos clásicos chistes de cachiporrazo, discusiones continuas que el temible Ranko Gurchenko, el multimillonario líder de la banda, adereza con castañazos de tomo y lomo ante el terror de sus subordinados, que no se sabe si le tienen más miedo a él o a la feroz y poderosa Sirpa. Encontramos aquí pues al Berna más efectivo, el que muestra un humor desopilante en cada página, el que no se toma nada en serio ni a sí mismo ni menos aún a lo que escribe. ¡Cuánto ganaríamos muchos escritores y lectores, bueno, todo el planeta, si hiciéramos lo mismo!


Casi otro tanto acontece con El rey de los cerebros (1984), al menos en su primera mitad, cuando este cerebro alienígena súper desarrollado, que vive dentro de una carcasa metálica cual dalek de la vida, se muestra simpático y amigable con los miembros de la tripulación de la nave que lo encuentran en un planeta de hielo y deciden rescatarlo llevándoselo consigo. Lástima que al llegar a la Tierra se transforme en el típico ente alienígena conquistador y el relato pierda todo el interés, porque hasta ese momento, a su peculiar manera, la historia de Berna mostraba unos interesantes apuntes de cómo aceptar y comprender lo diferente, lo extraño, a lo otro ajeno a nosotros como parte de un elemento común en un universo complejo e infinito.


He dejado para el final la que sin dudas me ha parecido la mejor novela de este lote: Un marido del este (se trata de una reedición; fue publicada anteriormente en la colección Bisonte azul de Bruguera con el número 693, no he logrado averiguar en qué año). Se trata de una desternillante comedia de enredo con la lucha de sexos como eje fundamental. Un arruinado ranchero decide casar a su bella hija con un señorito del este para salvar sus posesiones, lo cual será el detonante que dará pie a unos fulgurantes y explosivos enfrentamientos entre la chica y el jovenzuelo demasiado elegante para el duro oeste en cuanto este se presente en el dichoso rancho presto a casarse con ella. En fin, otra fierecilla más por domar que cederá, no sin imponer antes alguna condición,  ante los encantos del caballero del este cuyos buenos modales y educación no impiden que sea capaz de mostrarse, cuando es necesario, como el más rudo de los vaqueros. Sin apenas sexo, solo jugando con la tensión sexual evidente entre los protagonistas, lanzándose de continuo frases ingeniosas el uno al otro en una batalla que ya sabemos cómo terminará casi antes de que pueda empezar, Berna deja claro que cuando su pretensión es divertir y hacer pasar un buen rato entre risas al lector es cuando surgen sus mejores maneras. Qué duda cabe que Un marido del este es tan divertida como, por qué no, olvidable. Pero no otra es su pretensión, y en esta ocasión Berna actúa con nobleza. Y por esto, aunque a veces a mí también me desespere, continuaré leyéndolo.


BERNA, Joseph. El asesino de Morgan Street. Ilustración de portada: Desilo. Barcelona: Bruguera, 1984. 93 p. Bolsilibros Policíaco, Punto rojo; 1150. ISBN 84-02-02520-X.

BERNA, Joseph. El platillo rojo. Ilustración de portada: Luis Almazán. Barcelona: Bruguera, 1984. 95 p. Bolsilibros Futuro, Héroes del espacio; 201. ISBN 84-02-09281-0.

BERNA, Joseph. Sirpa, la espía de Zombo. Ilustración de portada: Antonio Bernal. Barcelona: Bruguera, 1984. 93 p. Bolsilibros Futuro, Héroes del espacio; 228. ISBN 84-02-09281-0.

BERNA, Joseph. El rey de los cerebros. Ilustración de portada: Salvador Fabá. Barcelona: Bruguera, 1984. 93 p. Bolsilibros Futuro, Héroes del espacio; 212. ISBN 84-02-09281-0.

BERNA, Joseph. Un marido del este. Ilustración de portada: Desilo. Barcelona: Ediciones B, 1994. 93 p. Bolsilibros Oeste, Bravo Oeste; 254. ISBN 84-406-4576-7.


viernes, noviembre 29, 2013

La mujer zorro y otras piezas breves (1917-1948), de Abraham Merritt



Segundo libro del gran Abraham Merritt que nos ofrece la editorial Barsoom en su loable labor de recuperación y difusión de todos esos autores de género que tanto admiramos. Ya comentamos la excelente Los habitantes del espejismo (1932) AQUÍ. En esta ocasión, La mujer zorro y otras piezas breves recoge relatos, artículos, poemas, fragmentos de novelas inconclusas… En fin, como su título indica, toda su obra breve literaria, algunos de cuyos títulos aparecieron de manera póstuma (de ahí la fecha indicada sabiendo que Merritt falleció en el año 1943). Un volumen que por su misma condición completista acaba resultando un tanto irregular, pero que sin ninguna duda preferimos así antes que dejar fuera algún texto, cosa que tal vez hubiera ayudado a conseguir un libro más equilibrado pero desde luego menos riguroso. En definitiva, un punto, otro más, positivo para Barsoom por ofrecernos lo que todo lector desea. Esto es: de los autores que nos gustan lo queremos todo, hasta lo malo. Aunque con Merritt lo único malo es que no pudo terminar algunos de sus proyectos.

El mejor ejemplo de esto es la fantástica historia inconclusa La mujer zorro (1946), de la cual el ilustrador Hannes Bok escribiría una continuación y el desenlace, como nos explica Javier Jiménez Barco en su detallado artículo introductorio (un antecedente perfecto), en la que se percibe el conocimiento y el gran respeto que Merritt sentía por la civilización china. Entremezclado con el gusto tan propio del pulp de buscar ambientes y lugares exóticos para localizar sus narraciones, siendo oriente todo un cajón de sastre tanto del que tomar como inventar cosas, Merritt no deja de mostrarse cuidadoso con una cultura que en repetidas ocasiones describe no solo como ancestral, sino como sabia y superior a la nuestra. Hasta cuando aparece algún maléfico gángster chino este demuestra tener más clase, elegancia y sabiduría que sus homólogos de otras nacionalidades, norteamericanos incluidos. El factor exótico funciona a la perfección: el Templo de los Zorros, perdido entre las montañas, desprende todo el misterio y el hechizo de un lugar mágico y prohibido. La leyenda de las mujeres zorro cobra así una fuerza en verdad sobrenatural. Aunque es de lamentar que nos deje con la miel en los labios (si no os gusta le miel, pues pensad en algo que os guste) al no poder Merritt terminarla, supone una entretenida lectura con grandes apuntes fantásticos. Puede que incluso por encima de su muy bien conseguida atmósfera sobrenatural, yo preferiría o me quedaría con ese tenso y escalofriante diálogo que mantienen los dos hampones, uno chino y el otro norteamericano, en el Hogar de las Revelaciones Celestiales, curioso nombre para lo que no es otra cosa que el centro neurálgico del hampa de Pekín. Todo un ejemplo de cómo crear tensión y hacer bullir el interés solo con un juego de miradas, gestos y frases disparadas al ritmo y con la fuerza de un arma de fuego.


El zángano (1934) es otro relato, como el anterior, sobre humanos con capacidad de transformarse en animales… ¡y viceversa! Cuatro amigos mantienen una animada conversación sobre este apasionante y verídico (para ellos) tema intercambiando conocimientos y experiencias. Hasta que uno de ellos relata la más directa: su encuentro con un hombre que podía convertirse en el insecto del título. La increíble capacidad para dotar de dramatismo y tensión a transmutación tal con una sencillez desarmante lo dice todo de Abraham Merritt como excelente escritor de literatura fantástica.

Portales dimensionales y la magia de una civilización ancestral, la china, cómo no, es lo que podemos encontrar en A través del Cristal del Dragón (1917). Se percibe de nuevo el amor y la fascinación de Merritt por su cultura, aunque su prosa es valiosa cuando se impone la aventura y la acción. En este caso, los pasajes descriptivos a lo Lord Dunsany no son tan brillantes. El afán completista del volumen comentado al principio lleva a incluir La senda blanca (1946), un fragmento de un relato ubicado en el mismo universo que el anterior, más o menos. Aquí apenas se describe el acceso por una puerta dimensional interna (una rendija que parece estar “en algún lugar entre el cerebro y los ojos, en su propio cerebro”, p. 97) a un misterioso camino blanco, el cual también ofrece su reverso oscuro. En el cuento precedente el portal de marras estaba alojado en el corazón de una joya valiosísima y extraña robada de la Ciudad Prohibida, Pekín. Lo importante es que estén siempre en sitios raros. Incluso que ni haya sitio concreto y se trate de un estado mental, como sucede en Tres líneas de francés antiguo (1919). Enmarcado en la típica reunión de amigos (uno de ellos el propio Merritt) en la que se cuentan historias increíbles hasta que al final el que ha estado más callado toma la palabra y los deja a todos de piedra con su narración verídica de algo imposible, aquí el autor narra con firmeza y emoción la visión que lleva a un soldado de la Primera Guerra Mundial a vivir una realidad alternativa. Entre el horror de las trincheras podrá acceder a otro mundo donde la belleza y el amor están al alcance de la mano. Merritt insiste en sus historias de accesos y portales a universos paralelos, unas veces plagados de peligros y otras, como en esta ocasión, paradisíacos. A mi gusto, Merritt está más acertado en la descripción del espanto y la atrocidad de la guerra que en el mundo fantástico al que escapa por unos breves instantes el atribulado soldado protagonista. El exceso de almíbar no le sienta del todo bien.


Y con esto nos encontramos ya en la mitad del libro. Justo el sitio donde nos espera el que sin duda es uno de los mejores relatos de esta antología, no por nada era uno de los favoritos del autor: La mujer del bosque (1926). Un magnífico cuento en el que Merritt deja de lado sus visiones y sus puertecitas a mundos exóticos para centrarse en una historia de densa y conseguida atmósfera. Las criaturas feéricas que pueblan el bosque, esos árboles que adoptan formas humanas si tus ojos pueden percibirlas, anhelantes de venganza y justicia, funden en sí a la perfección la fantasía con el horror, la belleza con los sentimientos más básicos forjados en el odio y en una batalla contra el hombre que hunde sus raíces, nunca mejor dicho, en el alba de los tiempos. Terrible y dominado por la oscuridad, pero también bañado por una luz donde brilla el fantástico en su más destilada pureza, La mujer del bosque es un relato tan salvaje como poético. Es la naturaleza desatada condensada en un puñado de páginas.


También es un buen relato El estanque del dios de piedra (1923), a ojos de hoy diríamos que lovecraftiano, aunque no hace falta dilucidar quién influyó a quién. Un enorme y antiquísimo dios de piedra que oculta un espanto imposible, unos náufragos que para su desgracia lo encuentran, un estanque cuyas aguas heladas reflejan la luz de la luna y las cabañas vacías y muertas de una tribu perdida conforman sus sólidos muros. Y todo esto en una isla desierta, por supuesto. Apenas cinco páginas para retratar de manera perfecta el horror.

En el entretenido pero previsible Los habitantes del abismo (1918) podemos encontrar condensados todos los temas habituales de Merritt: civilizaciones perdidas ocultas tras un muro de niebla, construcciones ancestrales más allá de toda comprensión, exploradores y científicos que dan con hallazgos tan fascinantes como peligrosos, fantasía descriptiva detallada… Y cuando nuestro autor deja el peso de la sorpresa a dicha descripción, pierde fuerza. Aquí, la ciudad de los habitantes de ese abismo del título y los habitantes mismos, unas babosas luminosas que, en honor a la verdad, no resultan muy de temer. Contiene un par de ideas excelentes: el descenso al abismo por una escalera vertiginosa que parece llegar al corazón del infierno y el narrador del relato que ha dejado sus extremidades destrozadas en su desesperada y enloquecida huida. Lástima que la velocidad a la que nos son narrados los hechos dificulten la creación de la atmósfera opresiva y terrorífica que la historia pide a gritos. Es entretenido, eso siempre, pero si Merritt hubiera conseguido que ese abismal descenso hubiera sido tan terrible y desasosegante como pretendía, sin duda estaríamos ante un relato magnífico. Tampoco seducen las pocas páginas que llegó a escribir de la continuación de su novela The Face in the Abyss (1923), Cuando despiertan los dioses antiguos (1948): apenas dejan entrever el rostro de un dios antiguo como está mandado y una pelea de enamorados narrada de manera bastante torpe. Es el precio del carácter completista del libro: se rompe la continuidad de excelencia del mismo, pero ya dijimos que lo preferimos así.


El desafío del más allá (1934) consiste en una historia “round-robbin”, esto es, escrita por varios autores en sucesión, cada uno un capítulo o parte, hasta completarla. Confieso que desconocía que se denominaran así. En esta ocasión son cinco autores completando la narración entre los que aciertan, y con diferencia, precisamente los menos conocidos o los que cuentan con menos adeptos convencidos. La escritora Catherine L. Moore abriendo el relato y Frank Belknap Long cerrándolo saben estar a la altura del reto. La primera, dando inicio a la historia de forma sencilla pero atrayente dejando campo abierto y posibilidades de lucirse a su continuador, una generosidad que los tres siguientes no mostrarán en ningún momento. También magnífico Belknap Long cerrando el desastre egotista que habían edificado sus antecesores con una efectiva narración en paralelo donde consigue dar consistencia a toda la trama de forma inteligente, con una carga de mala leche dirigida hacia los humanos y a favor de los extraterrestres (aunque uno de los primeros se salve, no sin ironía), con el que además parodia el fragmento de Robert E. Howard donde, en su más típico musculoso estilo, muestra la primacía física del hombre ante cualquier civilización del espacio exterior o no que se tercie. Howard es el autor del cuarto fragmento, donde de un plumazo se deshace del delirante argumento siniestro y terrorífico de H. P. Lovecraft, en el que su visión oscura y deprimente del destino del protagonista en manos de Howard se convierte en un combate de boxeo interestelar. Con el Hombre como cúspide de TODA la creación, claro. Del profundo pesimismo del maestro de Providence al optimismo sin paliativos del creador de Conan. Atrás queda pues el delirio cósmico terrorífico de Lovecraft, continuación de la habitual en Merritt, autor del segundo fragmento, historia del explorador que encuentra, a ver quién lo adivina, un portal a otro mundo. Y este es el problema: Merritt, Lovecraft y Howard luchan por llevar el relato a su terreno, una lucha de egos descomunal que hacen del conjunto un dislate muy divertido pero al tiempo pesado de leer. Interesa más por jugar a identificar las maneras y los temas propios de cada autor en su parte correspondiente que por la historia en sí, que acaba por no atrapar en absoluto. Si hubieran dado muestras de algo más de humildad, de saberse plegar al bien del conjunto antes que a una demostración y prueba de estilo, estaríamos comentando un relato mejor. Pero esto es lo que hay: nuestros admirados héroes, estos escritores que amamos, también eran humanos y padecían, ay, de sus debilidades. Aunque a veces nos cueste y nos duela reconocerlo. Por esta vez, los más modestos Moore y Belknap Long los derrotaron sin piedad.

La música de las esferas (1934) es otro fragmento que forma parte de la historia colectiva o “round-robbin” Cosmos. Entretenido y sin sorpresas, sirve para llevarnos a la parte final del libro, donde se recogen diversos artículos y poemas de Merritt. Cómo encontramos a Circe (1942) no es sino un cómo se hizo de un artículo arqueológico teñido de magia al tratarse quizá de la base real, el encuentro de unos restos, que confirmaría la existencia de Circe, la hechicera de la Odisea de Homero. Acerca de la brujería moderna (1932) narra la historia de una niña embrujada que es curada gracias al baño de sangre de un corderito recién nacido abierto en canal y atado a ella. Basado en hechos reales, nada más y nada menos. Una muy divertida reseña autobiográfica y dos poemas dan fin a este libro irregular pero imprescindible para completar la obra de Merritt en español. El viaje ha sido accidentado, pero algunas de sus paradas nos han llevado al más maravilloso de los mundos. Por eso siempre valdrá la pena su lectura.


MERRITT, Abraham. La mujer zorro y otras piezas breves. Introducción y traducción de Javier Jiménez Barco; ilustraciones de Virgil Finlay, Hannes Bok y Neal Austin. Bilbao, Madrid: La Hermandad del Enmascarado, 2013. 238 p. Los Libros de Barsoom, Zona Weird; 6. 

jueves, noviembre 21, 2013

EAM # 48-50: un cuervo maldito, alienígenas buscando esposa y marineros con coraje



Continúo escribiendo para la página de cine El antepenúltimo mohicano, aunque llevo tiempo sin poner al día mis colaboraciones aquí en La décima víctima. Hoy voy a cubrir un poco la distancia que lleva del lugar donde me encuentro al sitio donde he dejado atrás a este mi pobre y amado blog, quizá tan maltratado por mí precisamente por ser el sitio que más quiero. Y empezaré enlazando el comentario que escribí sobre una de mis películas favoritas, la amarga pero fascinante El cuervo (Le corbeau), dirigida por el gran Henri-Georges Clouzot en el año 1943. Podéis leerlo  






A continuación, una película por la que siento un gran cariño, una de esas series b que hacen que amemos la ciencia ficción de los 50 con verdadera pasión: Me casé con un monstruo del espacio exterior (I Married a Monster from Outer Space, Gene Fowler Jr., 1958). El título ya es por sí solo una maravilla, pero esta historia de alienígenas que solo buscan infiltrarse entre nosotros para sobrevivir y acaban siendo mejores maridos que los propios humanos es de un encanto irresistible. Yo siempre lo he creído: cualquier monstruo de la galaxia más lejana que imaginéis, por feo que sea, es mejor que el mejor de los humanos. Una película que defienda esta tesis ya tiene ganado mi corazón. El comentario en extenso: 






Y para terminar por hoy, un film que no tiene absolutamente nada que ver con los anteriores salvo que también se trata de una magnífica película: Capitanes intrépidos (Captains Courageous, Victor Fleming, 1937). El relato de Kipling jamás pudo contar con mejor representación en el cine. Una historia de aprendizaje y amistad como en muy pocas ocasiones podremos encontrar: mostrando coraje tanto en la rudeza como en las partes dominadas por la delicadeza de los sentimientos.

   


lunes, octubre 21, 2013

La krakatita. Una fantasía nuclear (1924), de Karel Čapek


El autor checoslovaco Karel Čapek (1890-1938) es uno de mis escritores favoritos. Su novela La guerra de las salamandras (1936) me parece uno de los grandes clásicos de la ciencia ficción, una obra tan divertida como demoledora donde la condición humana es derruida en una sátira genial. Es sin duda su libro más conocido, pero ir descubriendo poco a poco el resto de su producción literaria es un auténtico placer. La krakatita. Una fantasía nuclear (1924) quizá no sea lo más brillante de su legado, pero sí contiene algunas de las páginas más poderosas de lo que hasta ahora de él he leído. De hecho, las cuarenta primeras son un puro prodigio. Prokop, el científico desquiciado que protagoniza esta novela extraña y excesiva, vaga enfermo y delirante tras sobrevivir a una explosión de la nueva sustancia que ha descubierto, la krakatita, un explosivo con una capacidad destructiva sin parangón. Mutilado y enfebrecido, la narración se desarrolla en estos capítulos iniciales a través de los breves atisbos que su nublada mente nos permite discernir de la realidad. Lo vemos todo por sus ojos ciegos a la verdad de lo que le rodea, abismados como están en la alucinación y el delirio. Construimos los sucesos interpretando el relato de una persona que no es capaz de reconocer lo que le sucede porque a la pérdida de la noción de lo real se une el hecho de que ha perdido la memoria. Toda una locura que Čapek narra con una perfección admirable en su dificultad: las visiones de pesadilla de Prokop conforman un cuadro poliédrico e incoherente sobre el que el lector debe reconstruir lo que ha pasado. Čapek construye su historia en nuestras cabezas haciéndonos creer que la estamos adivinando. Nos arrastra tan alucinados como al propio Prokop en busca de la verdad.

Comenzamos así un relato desesperado en el cual Prokop, y con él el lector, va conociendo retazos de la realidad intentando reconstruir no solo el accidente, el por qué de su estado actual, sino su vida pues no recuerda nada. Las heridas causadas por la explosión lo mantienen como un zombi desorientado que pierde la consciencia a cada momento. Un amigo, o alguien que se presenta como tal, Jiří Tomeš, es el primero en recogerlo y asistirlo tras el accidente, pero enseguida intuimos que su verdadera intención es sonsacar al febril Prokop el secreto de su invento aprovechándose de su estado de debilidad. Prokop ni se entera, el pobre, y parece que poco a poco va confiándole la fórmula de ese invento infernal que le ha explotado en las manos y le ha reventado los dedos. Nunca podemos tener absoluta certeza de lo que ocurre porque, como dijimos, la narración adopta el punto de vista de Prokop y el lector, como él, solo tiene acceso a un puzzle inconexo que va tomando forma muy lentamente. Tras veinte días de sueño Prokop vuelve en sí en la casa del padre de Jiří, un doctor rural, donde ha llegado casi en estado de sonambulismo. Su mente ha quedado colapsada y no recuerda nada, pero enseguida su naturaleza sale a flote a pesar de esto: en cuanto puede, experimenta en la botica del doctor y fabrica… ¡un nuevo explosivo! Un niño travieso en el cuerpo de un científico excepcional que no puede eludir su genio destructivo. La compulsión por hacer explotar todo, la capacidad de con solo tocar cualquier objeto saber su fuerza explosiva, el poder de la materia revelado, la fiebre de la destrucción: la capacidad sorprendente de Prokop es también su ruina.

En la casa del doctor Prokop vivirá unos extraños días de paz, un remanso acunado por la belleza de la hija de aquel. Una bonita, delicada y sensual historia de amor marcada por el funesto designio autodestructivo de nuestro enloquecido protagonista. Porque Prokop comienza a recordar y huye de allí como alma que lleva el diablo. Se suceden entonces los acontecimientos con la velocidad y la compulsión del martillear de una ametralladora: un plan loquísimo de los anarquistas para dominar el mundo, empresarios capitalistas luchando por adueñarse del invento alucinante de Prokop, agentes extranjeros que también quieren hacerse con la krakatita… El delirio parece ya no un resultado del accidente que ha sufrido Prokop, sino el estado latente de una Europa en período de entreguerras que Čapek refleja con una maestría soberbia. A nadie parece importarle el resultado de sus actos, sino tan solo hacer prevalecer sus intereses a cualquier precio. No importa que esto desemboque en una guerra apocalíptica. En este sentido, La krakatita es un retrato tan despiadado de la naturaleza humana como su novela La fábrica de Absoluto (1922), donde la lucha por obtener el poder y el control mundial sin importar las consecuencias es una límpida metáfora de quienes ostentaban, y aún ostentan, el destino de todos en sus avaras manos.

Pero no todo está a tan excelente altura. Prokop es confinado en una jaula de oro, la fábrica de Belttin, donde puede continuar sus experimentos contando con todos los medios para ello pero prisionero en una fortaleza de la que no podrá huir. ¡Y mira que lo intenta! Aparece la figura de una bella princesa y de repente el relato deviene en otra locura distinta: la locura del amor. La princesa Wille (Wilhelmina Adelhaida Maud etc., etc.) se convierte en el objetivo del deseo compulsivo y destructivo de Prokop y la historia pierde ritmo sin remisión. Sus encuentros y desencuentros resultan al final algo cansinos, así que uno no puede sino alegrarse cuando a Prokop, más loco que nunca, le da por ir de un lado a otro de la fábrica, recorriendo todas sus instalaciones, sus inmediaciones y el palacio de la princesa cargado de explosivos de su creación, una bomba humana que recuerda a ese tremebundo anarquista de la novela de Joseph Conrad El agente secreto (1909). Čapek se demora en exceso en este tramo, de un dramatismo pseudo romántico un poco agotador. Pero bueno, su tono delirante no termina de romper por la mitad la novela y mantiene cierta alucinatoria continuidad. En la parte final, la acción vuelve de nuevo a ser compulsiva y las líneas abiertas al principio se van cerrando en un círculo brumoso. La ironía más desesperada se adueña del relato y los hermosos capítulos finales, pura ensoñación y delirio, dan sentido a la palabra fantasía del título. Prokop solo puede recibir ayuda ya de lo divino, y lo divino le dará la mano.

En definitiva, una novela excitante, excelente en su tramo inicial en el cual la huida de Prokop de la explosión que él mismo ha provocado por accidente no puede resultar más angustiosa. Errática en algunos momentos, no deja de ser en su conjunto una locura tan grande como la que vive el mismo Prokop. Un relato extraño que fascinará, como a mí, a los amantes de lo extravagante y lo raro. Quien busque anclajes más realistas quizá deba pensarse con cuidado si emprender el camino de su lectura. Quien se aventure en ella sufrirá grandes tempestades, pero al final hallará el silencio y la belleza. Dicen que tras la tormenta nuclear, cuando ya no permanezca nada de nosotros, solo quedará eso.




ČAPEK, Karel. La krakatita: una fantasía nuclear. Prólogo, traducción y notas de Patricia Gonzalo de Jesús. Córdoba: El Olivo Azul, 2010. 334 p. Narrativas; 21. ISBN 978-84-92698-05-9.    

viernes, octubre 18, 2013

Delirio: ciencia ficción y fantasía, número 2 (junio 2008)


Este número 2 de la revista Delirio se nos presenta enmarcado por una letra de una canción del grupo Led Zeppelin a modo de frontispicio, La canción del inmigrante (1970), y un poema del gran Mervyn Peake, Cuando Dios se hubo cortado las uñas…, cerrándolo. La colección de cuentos da comienzo con El camino de Ecben (1929), una fantasía medievalista escrita por el norteamericano James Branch Cabell. Es un relato plúmbeo del cual sus mejores frases parecieran extraídas de la papelera de Lord Dunsany. Entiendo que los amantes del maltratado género estén locos por buscar ancestros y antecedentes de calidad, pero dudo que este adorno vacío pueda servir para darle lustre. La temática del camino del héroe da para ensayos y darle vueltas a la tortilla intelectual una y otra vez, pero de verdad que ni este ni otros géneros precisan de esta vaselina académica. Un mal comienzo que enseguida se nos olvida porque La República de la Cruz del Sur (1905), del ruso Valeri Y. Briúsov, es una obra magistral, un relato demoledor y espeluznante que supone a mi gusto, este sí, todo un hallazgo. Ya lo comenté en detalle AQUÍ. Solo por él merecería la pena esta segunda entrega de Delirio, pero no se vayan todavía que aún hay más.  

Finis (1906) es un sensacional cuento apocalíptico de Frank Lillie Pollack. Partiendo de una premisa científica imposible (el universo es finito y su centro es una estrella de dimensiones gigantescas: la llegada de su luz al fin a nuestro planeta es la que traerá consigo el desastre), Pollack desgrana con sencillez y gran intensidad los dos últimos días del hombre sobre la Tierra. Los humanos morirán abrasados y la civilización será barrida por un soplo infernal de aire hirviendo. Escrito solo un año después que el magnífico cuento de Briúsov, no alcanza la grandeza absolutamente siniestra del ruso, pero desde luego merece estar publicado a su lado.


Stephen Vincent Benét


Junto a las aguas de Babilonia (1937), de Stephen Vincent Benét, es un extraordinario paseo por un futuro post apocalíptico, el remate perfecto para los dos relatos anteriores. El título que tuvo en un principio, El Lugar de los Dioses, se nos antoja más lleno de sentido que el que ahora presenta, pero fijaos que esta es la única pega que le podríamos poner. En esta historia acompañamos a un joven sacerdote de una tribu primitiva en su viaje al Lugar de los Dioses, el gran Lugar prohibido de los Lugares Muertos, la zona que adivinamos más castigada por la hecatombe final. De manera indirecta iremos descubriendo que la civilización muerta es la nuestra, que esa tribu ancestral en realidad es nuestro futuro y que toda la grandeza del hombre fue asolada por una guerra que acabó con todas las cosas. Benét deviene casi genial al narrarnos el fantástico viaje del joven sacerdote: compartimos con él su miedo y su valor al penetrar en esos lugares vetados donde anidan el misterio, la soledad y los secretos de un pasado imponente. Es el lector el que se adelanta a sus descubrimientos, pues el sacerdote nos cuenta lo que ve describiendo cosas que conocemos de nuestra vida cotidiana pero que para él son extrañas y desconocidas, cenizas de un pasado incomprensible. No hay así sorpresas, sino suspense por conocer cómo se irán sucediendo sus distintos descubrimientos. Una maravilla de emoción contenida servida con mano maestra que, como ya he comentado, cierra a la perfección esta tríada apocalíptica.


Entre medias, hemos podido admirar una muestra de las estupendas ilustraciones que Edd Cartier realizara para The Shadow (La Sombra), el inmortal héroe pulp creado por Maxwell Grant (Walter B. Gibson). Y justo después, tras una presentación del autor por parte de Francisco Arellano, nos encontramos con la narración de la primera expedición a Marte en Los navegantes del infinito (1925), del francés J.-H. Rosny Aîné. ¡Qué bonito título! Con un estilo directo y sin florituras, Rosny Aîné nos planta en el planeta rojo en pocas líneas, una breve introducción plagada de términos raros cuyo único objetivo es obnubilarnos hasta que de repente ya estamos inmersos en el viaje espacial. Este se inicia a modo de narración plasmada en un diario, pero pronto se deja a un lado sin ningún tipo de explicación. El autor no es cuidadoso ni con este ni con otros detalles. A cambio, sí que muestra una apabullante imaginación, sobre todo desde el momento en que los tres aventureros protagonistas pisan suelo marciano. Las extrañas criaturas que allí viven y la imposibilidad de comunicación entre especies distintas hubieran hecho las delicias del mismísimo Stanislav Lem. A mi entender son las mejores páginas de este extenso relato, en las que se sienten con mayor fuerza el espíritu de aventura, la fascinación por el descubrimiento de un mundo asombroso y la sed de conocimientos sin límite de los viajeros estelares. Nuestros tres atípicos héroes acaban por encontrar una especie con la cual sí pueden comunicarse, los trípedos, y el narrador hasta llegará a enamorarse de una de las hembras de la ajena especie marciana. En este sentido Los navegantes del infinito resulta un hermano menor del relato de Porfiri P. Infántiev En otro planeta (que ya comentamos AQUÍ). Bueno, en este sentido y en todos, pues los mejores momentos son aquellos en los que Rosny Aîné más nos recuerda a la magistral obra de Infántiev. Hacia el final la historia deriva en la consabida guerra entre los pobladores marcianos en la cual los trípedos recibirán la ayuda de los tres humanos para conseguir la victoria. Son las páginas más tópicas y menos sorprendentes de un buen relato del que permanecerán en el recuerdo sus estupendas descripciones de un Marte extraño y fantástico. No son sin embargo cualidades de Rosny Aîné el dibujo de personajes con entidad ni la creación de atmósferas. Su imaginación en bruto resulta, pese a esto, suficiente para mantenernos atrapados en su lectura.     



La revista termina con los fragmentos de cuatro cartas de Clark Ashton Smith reunidas bajo el título El árbol genealógico de los dioses (1934-1937), dos de ellas dirigidas a Robert H. Barlow y las otras dos a H. P. Lovecraft. Ashton Smith juega aquí a seguir el rastro de los ancestros y la descendencia de uno de los dioses de los mitos de Cthulhu, Tsathoggua. Se percibe esa mezcla de seriedad y cachondeo con la que se tomaban estas creaciones sus propios autores: es evidente que se lo pasaban, valga la expresión, de miedo. Otra cosa es lo que pase por la mente del lector casual de estos fragmentos, pieza más de una broma privada entre un grupo de magníficos escritores que una obra para ser leída por cualquiera. Una curiosidad, en fin, que entiendo pueda interesar a cierto tipo de amantes de la obra lovecraftiana. No es mi caso: yo adoro a Lovecraft, pero que Tsathoggua se casara con la prima hermana de Cthulhu o no me importa un soberano pimiento.


Tsathoggua en plan New Age
(más ilustraciones de Tsathoggua AQUÍ)


DELIRIO: ciencia ficción y fantasía. Número 2. Junio 2008. Traducciones de Javier Martín Lalanda, “El Nictálope”, Francisco Arellano y Óscar Mariscal; introducciones de Javier Martín Lalanda, André Cabaret, Francisco Arellano y Óscar Mariscal; ilustraciones de Gustave Doré, William Russell Flint, Hannes Bok, Jessie M. King, John May Smith, Frank C. Papé, Mikhail Vrubel, Frank R. Paul, J. Serra y Masana, Matt Fox y Boris Dolgov. La Biblioteca del Laberinto. 157 p. ISSN 1888-5896. 

jueves, octubre 17, 2013

Delirio: ciencia ficción y fantasía, número 1 (diciembre 2007)


Todavía recuerdo la gran alegría que supuso el adquirir este número 1 de una revista dedicada a los géneros literarios que más amamos. Relatos, novelas cortas, artículos y muchas ilustraciones conformando su contenido, Delirio ha conseguido llegar desde entonces hasta el número 11, manteniendo su publicación semestral y todavía en activo. Todo un logro del que nos congratulamos y, por supuesto, disfrutamos. En los tiempos en que este oscuro blog disponía de un breve espacio en la radio le dedicamos nuestro penúltimo programa (AQUÍ), pero quizá estaría bien ir comentando número a número con más detalle. Y a ello nos ponemos, aunque debo decir que no comenzamos con el 1, eso es una vulgaridad impropia de este blog, pues ya lo hicimos con el número 9 (AQUÍ).

La publicación se abre con un poema que casi roza lo mítico por lo conocido que es: Si… (1896), de Rudyard Kipling. A continuación, una Presentación de la revista a cargo de su editor y director Francisco Arellano. Y enseguida el primer relato, El dios de humo (1908), de Willis George Emerson. Una historia que se desarrolla en parte en el interior de la Tierra siguiendo la estela de la magnífica Viaje al centro de la Tierra (1864) de Jules Verne. El cuento de Emerson resulta algo pesadote en su intento de dar soporte científico a la teoría de que nuestro planeta está hueco a costa de aturdirnos con notas a pie de página, las cuales en su mayoría son fragmentos de textos de exploradores polares que servirían de base real a su planteamiento. No deja de ser entretenido, pese a esto, al menos como curiosidad, si bien literariamente el conjunto queda tocado. Quizás lo mejor sean las estupendas descripciones del viaje por los hielos eternos y el descubrimiento de una selva tropical allí donde es imposible que exista algo semejante. Apenas hay progresión narrativa, salvo aquella consistente en el puro avanzar y contar qué se van encontrando los protagonistas por el camino, adoptando las formas de un libro de viajes seudocientífico. A pesar de estos defectos importantes, es un regalo tener la oportunidad de leer una obra que si no se hubiera editado aquí jamás hubiéramos podido leer en nuestro idioma.




El código social (1909), de Erle Cox, es una tosca pero entretenida historia de un terrestre que se lía a distancia con una marciana… ¡casada! Quién iba a pensar que a los habitantes de Marte también les iba esto del matrimonio. Aunque ya deberíamos ser conscientes de esta apetencia alienígena gracias a la película dirigida en 1958 por Gene Fowler Jr. Me casé con un monstruo del espacio exterior. El relato, tal vez de manera inconsciente, nos muestra que los marcianos, pese a sus avances científicos, son tan duros de mollera como los terrestres. Cox sí que consigue, al menos, hacer creíble toda una civilización mostrándonos tan sólo lo que se llega a ver de ella a través de una superficie tal que un espejo. Llegamos a la mitad de la revista, y en esta su parte central podemos admirar los dibujos que Virgil Finlay hiciera para El sueño de una noche de verano de William Shakespeare.  


Tras el tan predecible como prescindible relato El grabado (no se termina de saber si lo escribió un tal William Wibsby en 1905 o bien se trata de una mistificación y su verdadero autor es Philippe Laborde-Castex, que lo pudo escribir en 1995: en ambos casos nos trae sin cuidado), podemos leer un cuento del siempre interesante Antonio de Hoyos y Vinent, El traje milenario (1926). Es una historia prehistórica tan simpática como intrascendente en la que lo que de verdad importa es hacer una gracia a costa de la vanidad femenina. Pero Hoyos y Vinent siempre es bienvenido. Pasamos a Notas de Arkham (1938), que como indica su título son notas y apuntes que H. P. Lovecraft realizara a lo largo de su vida. Ya sabéis que cualquier cosa del maestro nos vale, él está por encima del bien y del mal, así que quizá este sea el regalo más preciado que incluye este número 1 de Delirio. Más que nada por poder indagar con curiosidad implacable en la forma con que Lovecraft apuntaba ideas para cuentos y notas sobre cómo escribir historias de terror.


Plano de Arkham realizado por H. P. Lovecraft. 
Abajo, el plano adaptado por Joseph Morales. No dejéis de leer 
su artículo al respecto en la página web Cthulhu Files (AQUÍ). 


Caminos (1938), de Seabury Quinn, es un excelente relato sobre todo en su primera mitad, en la cual Quinn nos lleva sin aliento sorprendiéndonos de continuo. Hacia el final la previsibilidad de la historia estropea un poco su efecto y alarga demasiado el viaje justo antes del desenlace, lo cual acaba por descompensar el conjunto. Pero es un gran cuento, no lo dudéis. Aunque no tanto, también es un buen relato de terror con toques lovecraftianos Muy por debajo (1939), de Robert Barbour Johnson, en el que destaca de manera especial la fantástica idea de ambientarlo en los túneles del metro. Y llegamos al final de este número con El lecho-leopardo (1904), del que lo único que se puede destacar es que fue el segundo relato que escribiera Sax Rohmer, y con otro poema bien conocido de William Blake, El tigre (1794). Y así he intentado daros mis impresiones sobre el primer paso de un camino, valga la redundancia con permiso de Quinn, que hasta hoy está resultando apasionante: el de la revista Delirio. ¡Que no termine nunca!


 Portada del número de enero de 1938 de la revista Weird Tales
en el cual se publicó el relato Caminos de Seabury Quinn.


Portada del número de junio-julio de 1939 de la revista Weird Tales
en el cual se publicó el relato Muy por debajo de Robert Barbour Johnson.



DELIRIO: ciencia ficción y fantasía. Número 1. Diciembre 2007. Traducciones de Francisco Arellano; ilustraciones de Alphonse Maria Mucha, František Kupka, Charles Rennie Mackintosh, John A. Williams, Eulogio Varela, Virgil Finlay, Harry Clarke, Ernesto Durias, Hannes Bok y Edd Cartier; selección y presentaciones de Francisco Arellano. La Biblioteca del Laberinto. 174 p. ISBN 978-84-935407-6-0.       

martes, octubre 15, 2013

La hija del veterinario (1959), de Barbara Comyns


Barbara Comyns (1909-1992) es una escritora de raigambre realista a la que suelen comparar con Charles Dickens. Más que nada por un rasgo temático común en sus novelas: las vidas desgarradas y llenas de pobreza y miseria de sus protagonistas. Un aspecto mínimo teniendo en cuenta que el estilo de Comyns es lo opuesto al de Dickens. En ella no encontraremos grandes descripciones ni personajes definidos al detalle ni novelas de gran extensión repletas de meandros y desvíos. En fin, lo que todos sabéis que es Dickens. Sí que, como él, también incluye ocasionalmente algún detalle sobrenatural, pero Comyns escribe con frases breves y sencillas relatos inspirados en su propia vida, con un tipo de narración lineal y directa que en nada se asemeja al del autor de la genial Casa desolada (por citar una de mis favoritas de las que de él he leído). En La hija del veterinario (1959) la autora realiza una extraña mezcla de realismo sucio a la inglesa, mirada inocente a la hora de narrar los hechos y fulgurantes e intensos ramalazos de relato fantástico. La sensación final es que algo no termina de funcionar bien del todo: hay demasiada descompensación en los elementos que la forman. Pero su lectura resulta muy ágil y entretenida. Eso sí, sin despertar ningún otro tipo de pasión.

Entre lo que más me ha gustado está la subtrama fantástica, por descontado, que Comyns describe de forma tan breve como eficaz haciendo creíble un hecho que podría haber resultado ridículo, sobre todo en el contexto realista, y además tan vivencial, de esta novela. Lástima que la introduzca muy tarde y que además parezca que su única función sea la de añadir más tristeza y sordidez a la historia, un pretexto para mostrarnos más desvalida aún a su desgraciada protagonista. Hay descompensación no solo entre los diversos elementos que conforman la novela, sino también en el mismo interior de los elementos en sí. Son estos momentos en los que lo fantástico irrumpe arrollador y extraño los más brillantes de la novela. Salvo en su desenlace, en el cual Comyns fuerza tanto la máquina de la desgracia que quizá caiga un poquito en el ridículo.

Me ha encantado a su vez el tono del relato, esa mirada infantil, inocente, que no conoce nada de la vida y se enfrenta a todo con los ojos abiertos y ávidos de conocimiento, pero también ciegos a lo que les resulta ajeno. Es el lector el único que en verdad parece en condiciones de apreciar la penosa vida de la joven protagonista. Ella ha llevado una existencia miserable, así que piensa que eso es lo normal. Su candor es casi suicida. Comyns transmite a la perfección las sensaciones de miedo e indefensión de quien vive en un entorno brutal, pero también cada breve alegría y esos instantes de efímera belleza tan valiosos para quien solo conoce el horror. 

Al final, nos queda la sensación de que La hija del veterinario es una curiosidad de lectura agradable que si bien no termina de florecer tampoco nos fuerza a abandonar. Te la puedes leer en un rato perdido cualquier tarde. No dejará mella en tu recuerdo, me temo, pero siempre puedes pensar en que no lo hará para mal.


(Esta portada de la edición de Heinemann me encanta)




COMYNS, Barbara. La hija del veterinario. Traducción de Catalina Martínez Muñoz. Barcelona: Alba, 2013. 195 p. Rara avis; 6. ISBN 978-84-8428-825-1.

domingo, septiembre 15, 2013

El Rey de los Elfos: Goethe bajo la mirada de Borja González



En tiempos en los que los soportes electrónicos para leer libros buscan imponerse al tradicional en papel, nuestros amigos de El Verano del Cohete (Mayte Alvarado, Borja González- Los Ninjas Polacos- y Rui Díaz) nos regalan los sentidos con la segunda entrega de su gigantesca editorial haciendo inane esta batalla: con libros tan hermosos, tan cuidados hasta el mínimo detalle, en definitiva, realizados con tanto amor, el frío soporte de metal no tiene nada que hacer. Y no es que reneguemos de los tiempos que nos ha tocado vivir: es solo recordar que hay cosas demasiado bellas para dejarlas morir.


¿He dicho gigantesca editorial? Que nadie piense que es porque poseen grandes medios y pueden permitirse grandes tiradas: creo que se entiende que, en mi torpeza, utilizo este adjetivo porque no logro definir mejor la belleza. El breve poema El Rey de los Elfos de Johann Wolfgang Goethe, ilustrado por Borja González, es el libro que acaban de editar. En el fantástico prólogo de Érica Couto (autora de uno de nuestros blogs más admirados: En la lista negra) se nos cuenta todo lo que necesitamos saber de esta balada escrita por Goethe en 1872 a la cual Schubert pondría música.



Tradicionalmente, la imaginería del poema se centra en la figura de ese padre que a caballo se lanza en una huida desesperada con su hijo en brazos escapando del Rey de los Elfos que reclama a la criatura para sí. El Rey, como en el texto original, no es sino niebla, viento, sauce o sombra que surgiendo de lo más profundo del bosque los acosa sin descanso. También, como podéis ver en las imágenes del vídeo que ilustran la canción de Schubert, el Rey nos es presentado en ocasiones como un señor viejo con barba y túnica que más recuerda al dios cristiano que a una criatura feérica o terrible, dejando para sus hijas esta cuestión. Borja González, sin embargo, ha optado por centrar la fuerza y la temática de sus ilustraciones en la figura espectral de ese Rey de los Elfos que no es otra cosa quizá que la misma muerte. Borja no se limita a poner en imágenes el texto, sino que lo reinterpreta y nos ofrece aquello que el poema nos deja solo entrever. El jinete a caballo con su hijo es así tan solo una silueta recortada entre los árboles que galopa incansable, con el Rey de los Elfos y sus tres hijas surgiendo de las aguas escondidas de un bosque fantasmal que alarga sus brazos como ramas y niebla en busca de su botín.


Las interpretaciones del poema han sido múltiples a lo largo de la historia, teniendo en cuenta su importancia como representación destilada de parte de lo que significó el romanticismo alemán, movimiento al que el mismo Goethe aportó una de las obras más importantes, famosas e influyentes del movimiento: la desesperada Penas del joven Werther (1774). Borja nos lo explica en un artículo escrito para el blog de la editorial (podéis, o quizá más bien debéis, leerlo AQUÍ) que además nos da las claves de su trabajo. Un texto fundamental para entender el origen y el por qué de este libro. Y esencial para comprender la decisión del dibujante de elegir reinterpretarlo como lo hace.


Las ilustraciones de Borja González nos hacen más grande, más siniestro, el poema al reforzar y mostrarnos esa imagen del Rey de los Elfos como una entidad poderosa e implacable ante la que solo somos sombras al albur de sus designios. Un Rey espectral que anuncia su presencia con sus fantasmales hijas presto a arrebatar al padre protector su hijo inocente. El paso a la madurez como rito inevitable y doloroso, pero también el tránsito a la muerte como destino ineludible de toda vida. Surgiendo de las aguas estancadas de un lago entre un irreal bosque, su reino de otro mundo, el Rey de los Elfos se alza como una figura terrible y poderosa que devuelve a la Tierra lo que siempre le perteneció.

Esta edición del poema de Goethe de El verano del cohete se presenta con una traducción de David Carril  y con una maquetación exquisita obra de Mayte Alvarado. Sabemos que es pronto aún, pero no podemos reprimir el grito: ¡queremos el siguiente ya! Mayte también es la realizadora del magnífico vídeo de presentación del libro. Con sus hipnóticas imágenes os dejamos.