viernes, julio 24, 2009

Weird Tales (1923-1932)

Selección de relatos de la mítica revista dedicada al terror, la ciencia ficción y la fantasía que nació en 1923 y subsistió hasta el año 1954. En ella publicaron maestros hoy considerados como tales, no tanto como se debiera, bien es cierto, pero sí más que en su época: H. P. Lovecraft, Frank Belknap Long, Henry S. Whitehead, August Derleth, Clark Ashton Smith, Robert E. Howard, Seabury Quinn... Un plantel admirable que compartió páginas con otros autores definitivamente olvidados, no siempre menores, o cuando menos capaces en alguna ocasión de crear una historia que merece ser rescatada de la oscuridad. Y justo esto es lo que se propone Francisco Arellano, autor de la selección de relatos de este libro, en esta antología: recuperar alguna obra valiosa de algún escritor ignoto, o bien dar luz a joyas perdidas de autores que no han sido devorados por el tiempo.

No es el caso de Dagón, el primer relato del volumen, escrito por H. P. Lovecraft en 1917, aunque publicado en Weird Tales en 1923. No podemos asignarle ninguna de las dos categorías comentadas, pero realmente no podía faltar el mítico Lovecraft en una antología de cuentos de la revista que lo vio nacer como autor. E igualmente nadie mejor para abrir la selección que el solitario escritor de Providence, en su momento sólo tenido en cuenta por un puñado contado de admiradores. Dagón es un relato modelo para adentrarse en la obra de Lovecraft y entenderla. Con un desenlace imitado hasta la saciedad: todos los que amamos su obra más de una vez hemos hecho la broma o hemos dado fin a un relato siguiendo este recurso, el de una narración en primera persona que termina con la historia cercenada de manera repentina ante la llegada del horror, de la bestia cósmica de turno que no nos permitirá poner la palabra fin.

Lovecraft es el maestro de la oscuridad. En sus relatos siempre hay frialdad, todo es fétido, la atmósfera es pútrida e irrespirable y los personajes se ahogan en la soledad y la desesperación. Hay algo superior al hombre, pero algo que sólo desea o busca nuestra destrucción.

Dagón no es el mejor relato de Lovecraft ni de lejos: si bien la precipitación viene justificada por la narración (el supuesto narrador escribe sabiendo que va a morir de un momento a otro), la atmósfera tenebrosa no llega a pesar lo que uno desearía y la sensación de angustia no es opresiva como sí llega a serlo en otros cuentos del maestro. Sin embargo, le tengo un especial cariño a este cuento. Fue el cuarto que leí de Lovecraft (tras, y por este orden, El extraño, Aire frío y El susurrador en la oscuridad: el primero, uno de mis favoritos y a mi gusto uno de los más poéticos del autor; el segundo consigue transmitir una sensación macabra muy poderosa; y el tercero, una de sus obras maestras absolutas, terrorífico y brutal). Recuerdo el miedo que pasé leyendo Dagón en mitad de una aburrida clase con el libro oculto entre las páginas de uno de texto.

El cerebro en el frasco (1924), de Richard F. Searight y Norman Elwood Hammerstrom, es un cuento de horror que basa su efecto en la detallada descripción del cerebro de marras en el dichoso frasco, a las sensaciones que lo embargan, ninguna agradable, al saberse sin cuerpo y de la venganza que está llevando a cabo con fría determinación sobre quienes le han reducido a semejante estado. No va más allá de esto, y está bien, pero la idea podría haberse aprovechado un poquito más. La trama se agota enseguida y deambula por los trillados caminos de lo predecible. La venganza carece de emoción, no es sino una mera excusa para contar lo que en verdad interesa: la descripción al detalle del cerebro en su prisión. Y como el estilo es de una pobreza sorprendente, todo queda en nada.

El regalo del rajá (1925), de E. Hoffmann Price, es un relato de ambientación oriental que basa en esto mismo su carácter fantástico: en lo exótico e imposible de su localización. El autor reproduce de manera brillante el estilo de los cuentos clásicos y su anécdota es bonita, también cruel, y supone una lección sobre cómo algunos deseos son más poderosos que la propia vida.

Con Despacho nocturno (1926), de H. F. Arnold, un relato excelente, llega la verdadera sorpresa de la antología. Desde el primer momento todo resulta genial: ya sólo con la descripción de ese trabajo nocturno que consiste en registrar las noticias que llegan por telégrafo, cómo transmite el cansancio, la soledad, el silencio de esas horas durante las que el resto del mundo duerme, el sonido monótono de las máquinas de telégrafos resquebrajando ocasionalmente dicho silencio... El autor nos introduce de lleno en lo irreal sin habernos contado nada fantástico, pura y perfecta ambientación. Todo en este cuento ayuda a crear tensión, una atmósfera extraña en la que con facilidad se instala el horror. Para cuando éste se despliegue en toda su intensidad y magnitud, nuestros sentidos estarán ya marcados por él. Y nada podrá protegernos.

Un magnífico cuento de terror. No es de extrañar que fuera uno de los favoritos de Lovecraft de entre los publicados en la revista.

Si bien se trata de un relato bastante torpe, hay que reconocer que Bajo la tienda de Amundsen (1928), de John Martin Leahy, mantiene cierta efectividad a pesar de esto. La inmensidad de los hielos, la soledad y el silencio eternos, resultan un escenario fabuloso para una historia de terror. Así Lovecraft en su En las montañas de la locura: éste de Leahy, como el anterior, también figuraba entre sus predilectos de los publicados en Weird Tales, según se nos indica en las notas sobre los autores antologados.

Los diálogos resultan forzadísimos y artificiales, pero la narración sí llega a contagiar la angustia de un descubrimiento horrible en un lugar inhóspito, un acoso infernal en un escenario cuya vastedad y vacío hacen imposible la escapatoria, la salvación.

Una casa oculta en un bosque, ancestrales creencias y ritos que perviven hoy en día, una siniestra tradición... El octavo hombre verde (1928), de G. G. Pendarves (nombre real: Gladys Gordon Trenery), es un relato quizá no muy original, pero sí entretenido. Lo más interesante es sin duda su ambientación rural, que refuerza la idea de lo perdido y lo ancestral, la posibilidad de coexistencia entre lo idílico y el horror. Pero no es un cuento que brille de manera especial.

Y tampoco es que resulte muy original La hiena (1928), de Robert E. Howard, pero éste hace lo que mejor sabe: dotar de una fuerza primitiva y arrolladora a su historia. Elemental, de emociones básicas, pero contagiosas y salvajes. Se lee con gozosa satisfacción.

Edmond Hamilton es uno de esos escritores que algunos seguidores de la ciencia ficción, en especial los españoles, se avergüenzan de leer, o al menos de reconocerlo. Ya sabéis: Stanislaw Lem, J. G. Ballard, Jonathan Lethem... Bueno, estos sí, pero cuando se trata de reconocer a sus ancestros, hay lectores desagradecidos con los autores que abrieron el camino para que después llegaran estos genios. En fin, hasta tal punto llega la vergüenza que sienten que incluso afirman que en realidad se trata de un escritor de aventuras, con un escenario futurista, sí, pero de aventuras. Este género también les debe abochornar, me imagino, o cuando menos disgustar, pues lo que no les gusta lo lanzan para allá como una piedra a un charco. Lo triste es que son este mismo puñado de seguidores los que después andan llorando por ahí que su género no es reconocido ni por las universidades ni por la Real Academia de la Lengua Española, ¡ay, qué pena más gorda!, por lo que se lo pasan intentando demostrar que vale, Hamilton es malo, pero Lem no. No entiendo esta necesidad de solicitar la aprobación de estas eminencias chorliteras para disfrutar de lo que a uno le gusta. Joder, aunque sea malo. Y sí, también vale que el relato aquí incluido de Hamilton, Colisión de soles (1928), es un space-opera de lo más rancio, pero es tan imaginativo, su concepto de la maravilla tan contagioso, su sentido de la aventura (porque también, como debe ser) tan fantástico, que los evidentes defectos no lastran el resultado. Cierto que tampoco lo elevan a cumbres proustianas: esos personajes de una pieza, esas amenazas universales que el héroe de turno apartará de un mamporro, esos extraterrestres tan malos y desagradables, tan poco lemtianos... Sin embargo, si en tu espíritu aún queda algo de la fascinación por leer sobre mundos maravillosos y viajes imposibles, disfrutarás como un loco de este relato.

La maldición de los Phipps (1930), de Seabury Quinn, es una aventura del magnífico Jules de Grandin, investigador de lo sobrenatural, y su ayudante el Dr. Trowbridge. Vale, la maldición de marras es un poco más de lo mismo, una cansera ya que pa qué, la subtrama criminal da un poquillo de risa y la solución y desenlace de la aventura se adivinan desde la primera línea. Pero Quinn, el autor más exitoso en su momento de Weird Tales, es un narrador seguro, nos mete en situación con una facilidad asombrosa, engancha al lector de manera a veces confieso que difícil de explicar, y... bueno, lo diré, una aventura de Grandin es siempre un placer. Igual menor en este caso, pero placer.

Para terminar con la presente antología (hay un segundo volumen que también comentaré), Francisco Arellano, ¡gracias le sean dadas!, ha seleccionado dos relatos de terror de dos autores muy relacionados con nuestro adorado H. P. Lovecraft.

El horror de las colinas (1931) es un cuento del autor del genial Los perros de Tíndalos, Frank Belknap Long. Una lectura obligada, pues. Más aún si dicho cuento puede encuadrarse dentro del ciclo de los mitos de Cthulhu.

Belknap Long pertenecía al círculo de amigos de Lovecraft, uno de los muchos con los que el maestro mantenía profusa correspondencia, otro de aquellos a los que ayudaba con sus consejos y correcciones y a los que incluso cedía ideas o páginas para sus relatos. Así en éste El horror de las colinas encontramos que las páginas dedicadas a narrar el sueño de Roger Little, uno de los personajes, son originales de Lovecraft. Según nos cuenta Arellano, Lovecraft le escribió un par de cartas a Belknap Long a finales de 1927 y le propuso que las utilizara para este cuento. Un cuento, por otra parte, que presenta unos diálogos imposibles cargados de una cháchara pseudo-científica que provocan una espesa somnolencia hasta en el lector más entregado, pero que a pesar de ello le dejará ese agradable regustillo angustioso y horrible que acompaña a todos los relatos de horror cósmico de los que Lovecraft fuera, sobra decirlo, el maestro absoluto.

Clark Ashton Smith es sin duda uno de los escritores más elegantes y sutiles del círculo de Lovecraft, como bien demuestra La venus de Azombeii (1931), un relato cargado de sensualidad, exotismo, horror y belleza. Un ejemplo de cómo el estilo puede convertir en fascinante la lectura de una historia algo banal.

En definitiva, pese a la inevitable irregularidad de los cuentos antologados, el volumen resulta perfecto para acercarnos a lo que verdaderamente hubo de ser abrir las páginas de esta mítica revista y hundirse en sus fascinantes mundos.

WEIRD Tales (1923-1933). Selección, introducción, traducción y notas de Francisco Arellano. Madrid: La Biblioteca del Laberinto, 2006. 223 p. Delirio, ciencia-ficción; 9. ISBN 84-935407-0-6.