jueves, noviembre 06, 2008

Misterios de la carne (1980-1984), de Charles Burns



En los Laboratorios Deltoides se está llevando a cabo un experimento sobre los misterios de la carne (humana, se entiende). El estudio se encuentra aún en fase de recopilación de datos y casos. Se nos van a mostrar dichos casos, claro, en forma de historieta gráfica. Y de esta manera Charles Burns introduce una serie de relatos aunados por el cemento común de la alteración de la carne, de la invasión de la misma por extraños parásitos, de la mutación, de científicos que hollan terreno que nunca debiera haber sido pisado, jóvenes inocentes y puros contaminados por inexplicables virus y jóvenes soñadores que ven sus matrimonios convertidos en fúnebres pesadillas debido a las conductas cuando menos sospechosas de sus, en un principio, honradas, honestas y perfectas parejas. Si todo esto lo enmarcamos en un universo de película de terror de serie B de los años 50 y primeros 60, amalgamado en su estructura con la más típica comedia de adolescentes y algún momento extraído del más convencional melodrama familiar, tendremos a Charles Burns en estado puro.

Burns recopila así (si es que lo ha hecho él, que igual no) varias historietas de diversas épocas y las une por medio de anécdotas de una página que sirven de vaporoso hilo conductor del relato. Aunque estilísticamente no guardan relación entre sí, argumentalmente comparten, además de lo dicho, un macabro gusto por el horror. Gusto que compartimos, sobra decirlo. Y pese a que en conjunto la impresión inevitable es de dispersión, también resulta evidente que siempre hay algo que las acerca entre sí pese a las múltiples diferencias: el mundo que nos muestra Burns, único pero multifacético.

La primera historieta larga del álbum es la titulada La voz de la carne que anda. En ella vemos a un Burns aún explorando con su estilo. Es el Burns de sus primeras obras: tramas que parecen desarrollarse al mismo ritmo que la realización del dibujo, de trazos finos y figuras rígidas. Algo así como un Johnny Craig embrionario. Pero igualmente fascinante. En esta historia Burns mezcla demasiadas cosas en pocas páginas. Así, un relato que comienza con el habitual joven científico, enseguida portador de un repulsivo parásito antropomorfo, se convierte a las pocas páginas en un remedo de la tan curiosa como decepcionante película El cerebro que no quería morir (The Brain That Wouldn’t Die, Joseph Green, 1962), para derivar en un final de tono tragicómico y absurdo.

Tras un interludio de una página narrando un supuesto nuevo caso de los denominados “misterios de la carne”, una exacerbación del tema tratado de manera magistral por Roger Corman, Robert Dillon y Ray Russell en la película El hombre con rayos x en los ojos (X, 1963), se da paso a la historia de Burns que me convirtió en seguidor apasionado de su obra. Cuando leí Mal criado siendo un atontolinado jovenzuelo confieso que me marcó. Aún hoy, a pesar de que es evidente que no es tan original en su argumento como pensé la primera vez, sí mantiene toda su fuerza dramática, toda la angustia existencial y su aroma macabro. De una progresión narrativa ejemplar, Burns se vale de un flash-back para contarnos el descenso a los infiernos de un joven científico, aquí biólogo, que es acosado por una criatura parasitaria. De trazo aún más primitivo que el mostrado en las páginas precedentes, de línea finísima y figuras más rígidas que nunca moviéndose por decorados esquemáticos, Burns hace de la posible deficiencia una virtud: la fragilidad quebradiza de sus personajes se amolda a la perfección a una historia que los mantiene en todo momento al borde del shock mental, de la locura definitiva. Brutal, de una insania subyugante, aquí los rasgos del cine de serie B no son una referencia sobre la que apoyarse, sino una influencia sobre la cual evolucionar y mostrar su verdadera personalidad creativa. Como he comentado, ésta es la historia de Burns que me ganó a su causa para siempre, una de mis favoritas.

La siguiente historieta larga es Matrimonio infernal. Fechada en 1984 (Mal criado es de 1980), se nota la evolución gráfica de Burns: trazo más grueso, fondos más detallados y un retorcido sentido del humor. Todo esto, junto al diseño de página, lleva a pensar que bien podría haber estado protagonizada por su personaje El Borbah.

El álbum se completa con más casos de los que imaginamos figuran en los archivos de los Laboratorios Deltoides (y tal es así porque desde la primera viñeta no se los ha vuelto a mencionar): una excelente página final, una aventura de su personaje Dog Boy y otra pequeña obra maestra de cuatro páginas titulada Contagioso. Ésta, de nuevo una comedia de adolescentes teñida con una historia de imposibles virus mutantes ligados al advenimiento de la pubertad y al descubrimiento del sexo: el proceso de crecer, hacerse adulto, como un paso hacia lo desconocido, en Burns siempre es terrible y atroz. Las inquietudes del adolescente medio transformadas en pesadilla física y existencial y mostradas en un dislocado hilo temporal que incrementa la sensación de extrañeza, que refuerza el efecto de sentirse ajeno en un mundo normal.





Ampliando las imágenes podrás leer la fascinante historieta Contagioso de Charles Burns incluida en este álbum.

Burns, Charles. Misterios de la carne. Barcelona: La Cúpula, 1990. 57 p. ISBN 84-7833-021-6.

jueves, octubre 02, 2008

Cuatro aventuras de Perry Mason: la justicia también es para los débiles


Las aventuras de Perry Mason quizá sean hoy más conocidas por la televisión que por su original literario, obra de la rápida pero eficaz pluma de Erle Stanley Gardner. Y, desde luego, muchos identificarán al gran Perry Mason con ese estupendo actor con aspecto brutote que es Raymond Burr gracias a los nada más y nada menos que 271 episodios que protagonizó, de 1957 a 1966, posteriormente de 1985 a 1993, encarnando al genial abogado detective. A esto súmenle películas para la pequeña pantalla y otras 6 rodadas en el segundo lustro de la década de los años 30, en la mayoría de las cuales el personaje es interpretado por ese curioso actor (al menos a ojos de hoy: un galán estiraducho y con bigote fino de malote que pasaba por guapo, pero muy buen actor) llamado Warren William. Hasta hay una película con Ricardo Cortez de Mason, que imagino impagable. Para más detalles, podéis consultar la IMDb, lugar de donde he extraído esta información. Porque en mi cabeza el Perry Mason televisivo, menos aún el cinematográfico de los 30, no existe: no he visto jamás un solo episodio de esta interminable serie.

Me he leído cuatro novelas de este personaje una tras otra, como si de un volumen de relatos se tratase, y aunque no me han gustado tanto como la protagonizada por Bertha Cool y Donald Lam (vean, si se atreven, la entrada anterior), sí que puedo afirmar que el estilo de Gardner me gusta y sus historias me atrapan. Casi siempre, al menos.

El caso del gatito imprudente (1942).

Dar el primer paso en el mundo del abogado defensor Perry Mason con la que hace la novela número 20 de la serie no es para mí, tan maniático con esto del orden, lo que hubiera preferido. Pero esto es lo que hay. Nada grave pues no es que haya una clara continuidad entre ellas, pero sí que se nota una leve evolución de la relación entre Mason y su fantástica secretaria Della Street. Evolución amorosa, se entiende.

En este caso del gatito de marras, Gardner expone una trama complicada con una claridad admirable. En este tipo de novelas el final explicativo, la cháchara de turno en la cual se desenreda el embrollo, como ya he dicho en alguna ocasión, me suele resultar indiferente. Pero confieso que no aquí: uno desea realmente saber qué demonios ha pasado, qué hilo de razonamiento ha seguido Mason para resolver el caso. Y Gardner no hace trampas: como el mismo Mason afirma, tiene la misma información que el resto acerca de lo sucedido (un lío tremendo, creedme), sólo que es él el único que ha sabido atar los cabos. Y nada más cierto, pues Gardner nos ha dado todas las claves, no nos ha ocultado nada, pero hasta que no leemos la explicación del sensacional abogado no hay manera de poner la casa en pie. Eso sí, como curiosidad destaco algo que desconocía y que me hacía estar en desventaja, una ley universal que yo, en mi ignorancia, no tuve en cuenta: a un reloj jamás se le da cuerda a las cuatro de la tarde; se le da por la mañana o por la noche, pero jamás a esa hora tan intempestiva.

Me gustaría destacar que, en plena Segunda Guerra Mundial, Gardner es capaz de dar la cara por un personaje oriental y poner en su sitio el fanatismo patriotero racista. Algo que se adecua a la leyenda del propio autor, abogado también, famoso por lo visto por su defensa de las condiciones de vida dignas para los inmigrantes que se refugiaban en su país.

Los personajes resultan apasionantes, todo lo que les pueda suceder nos afecta y preocupa, nos interesa, porque Gardner deviene genial en su dibujo. Mason no se enfrenta a una partida de tontos ante los que lucir su ingenio, sino ante tipos que hacen bien su trabajo. Así, su rival el teniente Tragg (siempre investigando a favor del fiscal), un policía despierto e inteligente cuyo continuo duelo con Mason por esclarecer el caso es de una intensidad apabullante: ante la genialidad de uno por sacar al entrometido abogado del caso, siempre surge otra de Mason para llevar al empecinado teniente por el camino que le interesa. El bueno de Perry debe estar siempre haciendo gala de su ingenio, siempre alerta, porque tanto la policía como los criminales a los que se enfrenta no son contrincantes fáciles, no en todas las ocasiones consigue engañarlos y veces hay en que el engañado resulta él. Sólo su férrea convicción en sacar a la luz la verdad y defender al más débil cuando es inocente le alza moralmente frente a sus adversarios. En fin, si sois fanáticos seguidores de las historietas de Batman como el que aquí os aburre, creo que no tendré que insistir en que un buen malo es lo mejor para una historia. Para Mason, sólo el ser más inteligente aún si cabe que sus rivales le dará la victoria. Bueno, y el contar en este caso con la desinteresada ayuda de un gatito algo temerario. No por nada es una de las más celebradas aventuras de Perry Mason.

El caso de la heredera solitaria (1948). Número 31 de la serie.


En esta novela, si bien todo se plantea en un tono más divertido y en apariencia menor que la anterior, pronto Gardner nos ha vapuleado tanto con los alucinantes giros de la trama que nos tiene agarrados por el cuello incapaces de abandonar la lectura. El propio Mason se toma el caso más a la ligera, y así le va al pobre. Una metedura de pata tras otra le lleva siempre a estar por detrás tanto del avispado teniente Tragg como de los criminales, que en esta historia asemejan una partida de idiotas, y nos engañan tanto así como al poco concentrado Mason. Resulta sorprendente (¡y estimulante: contribuye a enrarecer la narración y enganchar al lector!) cómo, bien por no prestar la suficiente atención al caso nuestro abogado defensor, bien porque cuando su ingenio se enciende de manera brillante sus adversarios le dan un buen baño de humildad engañándolo y burlándose de él de manera continua. Perry Mason debe estar casi de capítulo en capítulo superándose para darse de cabeza contra las triquiñuelas de los malotes. De verdad que sentí deseos de saltar al cuello del detestable (¡pero muy inteligente!) matrimonio Caddo en un momento de la historia. ¡Vaya par de espectaculares fulleros! Y esto por no mencionar a los viejos y endiablados hermanos Endicott, una familia de odiosos crápulas más viejos que el mal que ostentan.

Gardner también nos describe un brutal interrogatorio de la policía, uno de esos que tantas veces hemos visto aplicado como correctivo a alguien en las películas clásicas (personaje enfocado con una potente luz recibiendo una andanada de preguntas buscando confundirlo y agotarlo, y otras artimañas de persuasión que no desvelaré pero que están lejos de lo que podríais entender como poesía romántica del siglo XIX). Aquí el teniente Tragg y los suyos hacen sufrir en serio a un personaje inocente, y la denuncia de Gardner resulta de lo más efectiva. Sin panfletos ni proclamas baratas nos hace compartir con su personaje, narrando de manera que la identificación con él sea absoluta, lo que es el terror ante la brutalidad y la violencia, la impotencia ante la injusticia (que al ser aplicada por la policía acrecienta la sensación de indefensión) y cómo el ciudadano de a pie puede ser presa fácil del engranaje ciego de la ley. Sólo la entereza ante la adversidad y el afán por llegar a la verdad de los hechos de Perry Mason forman la pequeña esperanza de que la abyección no resulte triunfante.

Aun con esto, es la novela más divertida de las cuatro, en especial en su inicio: Gardner nos sumerge en el apasionante mundo de la escritura para revistas baratas de relatos rosas. Y vamos sin oxígeno.

El caso de la ninfa negligente (1950). Número 35 de la serie.



A pesar del impactante inicio, una joven que aparece nadando desnuda en la playa privada del islote de un ricachón frente a los alucinados ojos de Perry Mason, esta aventura del sensacional abogado funciona sólo a medias. La ninfa nadadora, más veleidosa e inconstante que negligente si buscamos la precisión, nunca termina de tener ni el interés ni el misterio que se le atribuyen, y el resto de personajes que se reparten la función menos aún. Es raro que a Gardner le falle precisamente esto, pero es superior la fuerza de la original situación a la que debe hacer frente Mason: su propia cliente, y su alocado proceder, será el mayor enemigo en este caso.

Da la sensación de que Gardner escribió esta aventura un poquito con el piloto automático. Mason aparece tan brillante como siempre, pero al no estar los oponentes a la altura (en esta ocasión ni tan siquiera cuenta con la oposición del teniente Tragg) sus destellos de ingenio brillan con menos fulgor. Della Street, su secretaria, no aporta nada nuevo en su papel de fiel compañera de aventuras aunque su sola presencia sea un regalo (ya, ya, esto último es odiosamente parcial por mi parte). Bueno, eso sí, se da un pasito más en ese continuo juego en que se mantiene al lector sobre si serán finalmente pareja o no, si bien a mí no me cabe la menor duda de que lo son aunque Gardner jamás lo haga explícito. Y el detective Paul Drake, colaborador habitual de Mason, pues eso: repitiendo los gestos, las posturitas y el papel de novelas anteriores. Es normal y de agradecer que en una serie de novelas con los mismos protagonistas se repitan esquemas narrativos: en el fondo es siempre lo mismo con variaciones. Los personajes ganan en credibilidad al tiempo que el lector se siente recompensado por el rápido reconocimiento de los mismos. Depende pues de la inspiración del momento o del desarrollo más o menos brillante que haga el autor que el resultado final sea satisfactorio o no. Aquí lo dejaremos en un regular, pues aunque Gardner no está a la altura de las otras ocasiones, esta aventura de Mason se lee en un ratito, entretiene de manera honesta y, tampoco se puede negar, algún truquillo se guarda el autor en la manga para mantener en todo momento vivo el interés.

Interés que en este caso viene dado por, como he dicho, el impredecible proceder de la joven clienta de Mason que pondrá a éste una vez y otra contra las cuerdas, más que sus poco inspirados antagonistas. Y por la astucia con la que Mason va salvando los obstáculos, por supuesto.

El caso de la chica vacilante (1953). Número 42 de la serie.

Los personajes están mejor definidos que en la anterior, lo cual deviene en que la aventura resulte más interesante. La trama es compleja, por lo que Gardner procura que, por medio de conversaciones, todos los pasos e hipótesis queden claros al lector. Esto provoca que en ocasiones estos diálogos sean un tanto repetitivos y artificiales: más que conversar, los protagonistas repasan en voz alta el caso. No molesta demasiado, pero en el caso del gato traviesillo Gardner supo ser claro y preciso sin que se le notaran tanto los trucos.

Gardner estructura la novela de forma distinta a las otras tres. Ya no se trata de la presentación de un suceso chocante o extraño, la primera exposición del caso, la aceptación del mismo por parte de Mason, la petición de habeas corpus para su cliente, la investigación, el juicio y la pertinente explicación final. Entramos de lleno a mitad del juicio de rigor y así vamos enterándonos de lo sucedido. La investigación se lleva a cabo en un receso del juicio, por lo que de nuevo Perry Mason y los suyos (Della Street y Paul Drake) actúan con poquísimo tiempo para resolver el misterio y los hechos se muestran, como es habitual, nefastos para su defendido.

Este planteamiento estructural juega a favor de la novela, pero también el ambiente en el cual se desarrolla gran parte de la historia: garitos ilegales de juego, antros de dudosa reputación, chicas misteriosas de comportamiento cuando menos equívoco y hombres de billetera gruesa y nula moral.

A la contra tenemos que el teniente Tragg ya no es tan hostil a Mason. Incluso éste deja que Tragg propine una tremenda paliza a un malote: no sólo consiente, sino que se vuelve para no mirar. Cierto es que tienen sus razones para actuar así, pero este Mason no parece el mismo, el defensor a ultranza de los derechos civiles sea uno culpable o no.


GARDNER, Erle Stanley. El caso del gatito imprudente. Traducción de Julio Vacarezza. Madrid: El País, 2004. 266 p. Serie negra; 26. ISBN 84-96246-87-6.

GARDNER, Erle Stanley. El caso de la heredera solitaria. Traducción de Carmelo Saavedra Arce. México, D. F.: Editorial Cumbre, 1957. 181 p. Laberinto.

GARDNER, Erle Stanley. El caso de la ninfa negligente. Traducción de Anna Muria. México, D. F.: Editorial Cumbre, 1956. 173 p. Laberinto.

GARDNER, Erle Stanley. El caso de la chica vacilante. Traducción de Ramón Margalef Llambrich. Madrid: El País, 2004. 267 p. Serie negra; 10. ISBN 84-96246-71-X.

martes, septiembre 02, 2008

Algunas mujeres no esperan, de A. A. Fair (1953)



Como queda bien claro en la portada, A. A. Fair es el sobrenombre bajo el cual Erle Stanley Gardner firmaba sus obras correspondientes a las aventuras de la pareja de investigadores privados Bertha Cool (B. Cool) y Donald Lam. Ésta corresponde al número 14 de la serie.

Quiero detenerme un poco en comentar los dos personajes protagonistas, un verdadero acierto creativo de Gardner y el motor sobre el que sustenta esta chispeante novela.

Ella, Bertha Cool, es la terrible jefa, de carácter arrollador, tan decidida como impetuosa. Él, su joven socio, es un hombre tranquilo, de ademanes y espíritu pausados y prudentes en contraposición a su ágil mente. La suma de estas aptitudes forman un investigador excepcional. Eso sí, algo enamoradizo.

La buena de Bertha no es tan inteligente como el joven Lam, pero que no nos confundan su carácter desabrido y sus modales imposibles: no ser muy inteligente no te convierte automáticamente en un tonto. Al menos no en este caso. El problema está en que para Bertha lo más importante de un caso es cobrar el cheque y obtener los máximos beneficios económicos: pensar es tarea de su socio. He aquí un par de detalles que nos ayudarán a conocerla: “(...), una mujer de ochenta y dos kilos, ojos ambiciosos y ansiosa de dinero” (p. 6); “Bertha era dura como un rollo de alambre de púas...” (p. 7). Y aunque parezca difícil de creer, un encanto en el fondo.

El tono de la narración es muy divertido, tanto por las situaciones como por los personajes. La acción se desarrolla primero en un barco de lujo repleto de ricachones y ricachonas alrededor de los cuales pululan jovencitas y jovencitos ávidos de aventuras. Aventuras de ésas que implican cama, champán y ríos de dinero, se entiende, con la posterior boda de rigor: una caza de la fortuna ejecutada sin cuartel. Posteriormente, la acción se traslada a la isla de Honolulú, un ambiente relajado y sensual donde no por esto deja de habitar el crimen.

La omnipresente diferencia de carácter entre los dos protagonistas, sus enfrentamientos y las jugarretas que se hacen el uno al otro resultan descacharrantes y encantadores. En veinte páginas ya adoras a estos personajes y deseas conocerlo todo de ellos. Pero no sólo de los dos detectives: en diez líneas, la secretaria de ambos, Elsie Brand, ya es adorable; la joven viuda víctima de un supuesto chantaje Miriam Woodford (Mira) y su amiga Norma Radcliff nos fascinan con su alegre inconsciencia y su desatada sensualidad; y el vejete podrido de dinero Stephenson D. Bicknell se nos antoja maravillosamente detestable.

El embrollo criminal, un lío de narices como está mandado, engancha y se sigue con interés. La excitación que se apodera de los personajes en el barco, esa atmósfera tan de película de los años cuarenta de crucero atiborrado de ricos y tramposos compartiendo una especie de fiebre colectiva, resulta admirable en su descripción de manos de Gardner.

Y en la isla la locura se multiplica. Su ambiente relajado y sensual está reflejado de manera intensa. No sólo se contagia del mismo la avariciosa y agria Bertha, que acaba bailando al ritmo de la música de la isla con una copa en la mano y muchas más en el cuerpo, sino también el lector. O al menos yo, qué os voy a decir.

Gardner, quizá escudado por el seudónimo, nos regala encendidas descripciones de los cuerpos bajo el calor, la playa y el desenfreno propio de quienes piensan poco en lo que derivará de sus locuras.

En conjunto, una novela ágil, muy divertida y entretenida al máximo. Gardner es conocido por ser el autor de las excelentes aventuras del abogado Perry Mason, pero creedme si os digo que son las de los magníficos Cool y Lam las que de verdad me han enganchado a él.


En esta ocasión, los dibujos de portada y contraportada, al contrario que en las dos novelas de la colección Laberinto comentadas justo antes de ésta, sí tienen relación con el contenido, si bien la chica que aparece en la ilustración de la trasera viste un traje de baño que en la novela pues, la verdad, o no aparece por ningún lado (el traje, digo), o bien está compuesto por mucha, pero que mucha, menos tela...

FAIR, A. A. Algunas mujeres no esperan. Traducción de María Teresa Domínguez de Garza. México, D. F.: Editorial Cumbre, 1956. 199 p. Laberinto.

miércoles, agosto 20, 2008

Extraña bienvenida, de Frank A. Chittenden (1954)


“Era algo como cuando se derriba un vaso de flores. Un accidente triste en el que después del golpe el agua se derrama y corre, hasta que los primeros efectos del daño se extienden mucho más allá de lo que fueran sus primeras consecuencias.” (p. 72)

Magníficas líneas para explicar cómo los acontecimientos se van enredando en esta novela de misterio del para mí desconocido autor Frank A. Chittenden. Bueno, líneas que valen para ésta y para otros cientos de miles, pero reconozcamos que son excelentes. Porque si triste es el punto de partida, el desarrollo es tal que una mancha de sangre extendiéndose por una camisa: todo se va impregnando poco a poco de un ambiente malsano y retorcido.

Las cosas parecen comenzar bien, sin embargo, para Jim Wexford. Retorna después de un montón de años a casa de su tío, quien lo acogiera de niño al quedar huérfano, y de la que huyó de adolescente debido a que la relación con el patriarca de la familia era un desastre. Este retorno se muestra, pues, no sólo como la vuelta a los lugares que iluminaron la niñez de Jim, sino a la posible reconciliación con su amargado, con razón, familiar. Pero nada más llegar al pueblecito inglés donde se desarrolla la acción y pisar la casa de su tío, Jim descubre que éste se ha suicidado. ¡Ay, dios! Que resulta que no es un suicidio, sino un asesinato y él resulta ser el sospechoso número uno, no sólo por su nefasta relación con su tío, sino porque queda como único heredero de una suculenta herencia.

En fin, no suelo contar mucho de las tramas de las novelas en el blog, pero como esto se desarrolla en apenas diez páginas y es el motor que dará vida al embrollo posterior, no veo mejor manera de incitaros a que busquéis esta pequeña joyita del misterio. Vale, de acuerdo, no es nada del otro mundo ni un descubrimiento apoteósico, pero sí desde luego una agradable sorpresa.

Y atención al título, que denota un claro y más que sanote cachondeo.

Estamos, después de todo, ante una trama convencional de misterio en un pueblucho inglés a principios de los años 50. Pero a su favor tenemos el páramo de rigor en toda novela de misterio inglesa que se precie, la actitud de continuo cabreo del protagonista, el pueblecito inglés en medio de la nada y sus poco de fiar, cuando no detestables (miramos a través de los ojos del protagonista, que es el narrador) habitantes y su emocionante y adrenalínico final.

Confieso que el narrador se gasta una mala leche y el pueblo y sus gentes resultan tan odiosos al lector que esta lectura me ha enganchado por completo. El final, como he comentado, es muy emocionante, de ese tipo que leído resulta muy efectivo pero que si te paras y lo cuentas en voz alta te tienes que reír: una persecución en la que el protagonista es perseguido por un coche y él huye... ¡¡¡en bicicleta!!! Pero bueno, el tono general de cabreo que muestra el narrador salva cualquier escollo o momento de la trama en la que se nos pide un poquito de credulidad.

Una estupenda novela a pesar de las características convenciones del género (sí, sí, explicación final incluida), pero con el detalle que se agradece de que aquel que despierta más sospechas, contra todo lo habitual, está implicado en el crimen.

En una buena narración, todo es cuestión de mirada, a través de qué ojos vamos a conocer unos hechos que nos pueden resultar más o menos conocidos, más o menos transitados. Aquí la mirada resulta sorprendente, y esto contagia a la trama: miramos de forma distinta hechos que no son en absoluto nuevos. Y esto es lo que provoca, en definitiva, nuestra pasión.

“Su actitud expresaba tácitamente su deseo de hacer cuanto pudiera para que me sintiese como en mi propia casa, pero, de todos modos, yo estaba pensando en cómo escaparme.” (p. 135)

¡Cómo no me va a gustar!

CHITTENDEN, F. A. Extraña bienvenida. Traducción de Ramón Palazón B. México, D. F.: Editorial Cumbre, 1954. 192 p. Laberinto.









viernes, agosto 08, 2008

Un cadáver inquieto, de Hampton Stone (1954)



Debo a mi buen amigo EF (4ojos) el haberme hecho con 17 volúmenes de la colección mexicana Laberinto de novelas de misterio. Relatos criminales que se mueven entre la novela detectivesca más tradicional (Agatha Christie y Arthur Conan Doyle como paradigmas) y la más moderna novela negra. En realidad un terreno de nadie ocupado por narraciones que hoy se corresponderían con series televisivas tales que Se ha escrito un crimen, Colombo o Monk, por poner ejemplos fáciles de situar. Un tipo de novelas que saturaron el mercado editorial durante casi los tres primeros tercios del siglo XX (en su adscripción, asumida, de serie b, o en la clasificada por los que nunca la leyeron como subliteratura) y que dio obras en verdad mediocres entre alguna que otra sorpresa extraña y gratificante al máximo (con Harry Stephen Keeler como su máximo exponente). Un tipo de literatura que no ocultó nunca su objetivo prioritario de entretener y que fue siempre honesta con el lector. Aún tiene su mercado, sólo que los escritores de hoy que practican el género publican novelones de 600 páginas en tapa dura y las editoriales y la crítica nos los pretenden colar como autores de misterio pero así como de calidad. Vamos, que uno no sabe ya si lo que buscan es entretenernos o distraernos (el bolsillo, claro).

La primera que he leído del lote, mala suerte, hay que reconocer que es flojita. Bueno, vale, bastante mala, pero algunos detalles revela su trama que consiguen que el libro no se le caiga a uno de las manos y se quede en ese limbo horrible de lecturas a medio terminar.

Aaron Marc Stein (1906-1985) creó un par de series (que yo sepa, se sobrentiende) para cada una de las cuales utilizó un pseudónimo. Como Hampton Stone escribió las novelas protagonizadas por el Ayudante del Fiscal del Distrito Gibby Gibson. Bajo el alias de George Bagby escribió la serie del Inspector Schmidt. Un porrón de novelas en ambos casos.

Ésta que nos ocupa, de título uno no sabe si terrorífico o de pura coña, Un cadáver inquieto (The Corpse That Refused to Stay Dead), es la quinta de la serie del pesao de Gibby Gibson.


Sí amigos, me apena reconocerlo, pero el protagonista se me antoja un tío coñazo de cuidao. Ya sé que muchos de estos personajes que se dedican a detectives se pasan páginas y páginas haciendo preguntas a todo el que respira, pero el problema no es éste. El problema es que Gibby no tiene el más mínimo interés. En sus pesquisas demuestra una torpeza intelectual notable, hasta el punto de que el caso lo resuelve antes el lector que el propio detective, y creedme que para estos misterios soy el tipo más ingenuo y torpe de la tierra. Bueno, hasta que me he topado con mi amigo Gibby, que debo reconocerle que me hizo sentir inteligente durante un buen par de horas. Si ésta era la intención del autor, lo felicito de la forma más encendida y sincera. Lo acompaña en sus pesquisas un compañero de trabajo que nos es presentado como más convencional y tonto, pero en serio que en los diálogos que mantienen se podrían intercambiar las frases y no se notaría nada. Porque aquí se encuentra el defecto que creo más grave de la novela: todos los personajes hablan igual. De unos se nos dice que son menos espabilados que otros, pero uno lee y todos se antojan una panda de cretinos sin parangón. Vamos, que en el microcosmos que se nos presenta (ya sabéis: un grupo de sospechosos reunidos en un mismo lugar, un apartamento enorme compartido por diversos estudiantes de música y una vieja) es imposible identificar si no se nos indicara quién demonios es el genio del violín y quién la que canta ópera con el trasero.

Pero que nadie se venga abajo. Esto es lo malo, pero ya dije que algún detallito se podía salvar.

Lo primero, el sanote tratamiento que el autor da al sexo. No es habitual que en una novela de este tipo, y en esos años, el sexo, y más en concreto el practicarlo así como a lo jipi, sea visto de forma positiva. No se trata de que el autor incluya escenas de alto voltaje: es la forma en que describe las relaciones entre los personajes y cómo deja claro que las restricciones sociales conducen invariablemente al crimen. Sorprende además cuando al tratar el tema de la mariguana (sic) se muestra más pacato.

Lo segundo, el ambiente bohemio en que transcurre la acción, que no deja de resultar divertido por lo alocado y desastroso que se nos muestra (no sería difícil trasladar la trama a un piso compartido de estudiantes en pleno 2008).

Una pena que Stone/Stein se pase la novela de interrogatorio en interrogatorio, la mayoría de ellos inútiles para el desarrollo de la trama y repetitivos hasta el hastío.

STONE, Hampton. Un cadáver inquieto. Traducción de Agnes Pierce de Zamora. México, D. F.: Editorial Cumbre, 1955. 162 p. Laberinto.

miércoles, junio 04, 2008

Insólitas ofertas


Si afirmo que soy un devoto de las publicaciones de la EC, confío en que a nadie le sorprenderá. En fin, qué os puedo decir de Tales from the Crypt, The Vault of Horror y The Haunt of Fear ahora que podemos disfrutar de todas ellas publicadas cronológicamente en español en esos maravillosos tomos de Planeta bajo el epígrafe Clásicos del terror. Hay historietas excelentes en esos tebeos, pero incluso cuando alguna baja el listón de calidad, lo que no se puede negar es que, leyendo varias seguidas, crean un ambiente mórbido, macabro y espeluznante que ningún aficionado al género debe desdeñar. Aficionado de los de verdad, no de los que leen comics o ven películas de nuestro género sólo para echarse unas risas.


Vale, vale, yo también me río con algunas, qué remedio.


También soy un modestísimo coleccionista de material de la Warren: Creepy, Eerie (bueno, de esta revista no tengo ni un número, jejeje), Vampirella, Famous Monsters, Vampus... ¡Hay un montón! Pero en esos locuelos 70 había más, muchas más.


Conservo cuatro números de la extraña Hora T (tenía más, pero no consigo encontrarlos), con excelentes aventuras de El hombre araña y La zarpa de acero.


Pero, y aquí comienzo ya a pisar terreno resbaladizo, sigo comprando (no compulsivamente, no soy coleccionista de verdad) cuando los encuentro, o voy releyendo los viejos si no doy con más, alguno de aquellos cuando menos curiosos comics que proliferaron por esos años: Dossier negro, Delta, Infinitum 2000 y Escorpion (así, sin tilde). Ya, ya, hay más, pero procuro limitarme a éstas por el momento porque mi presupuesto no da más de sí. Escorpion en concreto es ciertamente abisal. Pero le tengo cariño. Recientemente descubrí que la misma editorial había sacado otro puñado de títulos terroríficos. Pude echarles un vistazo en una reciente feria del libro en mi ciudad. Disculpad que no recuerde los nombres, pero si conocéis Escorpion, pues imaginad lo mismo tanto por dentro como por fuera salvo que con títulos del tipo Terror, Horror, etc. Así de directo, a saco a lo que importa y sin buscar metáforas en el nombre porque aquí no estamos para florituras. Ahora me da rabia no haber comprado alguno, pero creedme que dejé tan vacíos los cajones de los Creepy y los Dossier negro que sólo uno más habría significado el desastre (lo fue, pero mi conciencia se quedó tranquila pensando que al menos había podido resistirme a un puñetero tebeo; sí, idiota consuelo, pero como soy idiota, pues me consuela).


¡Pero ya está bien! ¿A qué demonios viene este rollo infumable, estos recuerdos ñoños cargados de retórica retropopera? (Aviso: la razón que doy tiene la lógica de la serie de televisión Perdidos).


Pues que leyendo el número extra de abril de 1973 de la revista Vampus, aparte de algunas buenas historietas, me he topado con esta excepcional página de publicidad, Insólitas ofertas, que no he podido reprimir mostraros aquí. Si pincháis sobre la imagen podréis contemplarla en tamaño grande, como corresponde admirar semejante joya. Y, atención, porque si admirable resulta lo que ofertan, mejores aún son los textos descriptivos.


De las "descomunales garras de monstruo" se afirma que son "terroríficamente nauseabundas y repugnantes". Eso sí, "permiten todos los movimientos de las manos consiguiendo el más espectacular y macabro efecto". Siendo así, me las pido.


De la "mano cortada", todo un clásico, me encanta la primera frase: "Tamaño natural, en repulsivo color cadáver". ¡Cómo resistirse! El texto da unas ideillas de cómo utlizarla en forma de magníficos bromazos.


De las "espeluznantes máscaras" destacaría que consiguen "un realismo pavoroso". Y, por descontado, los tres modelos: Satanás, Bestia de las cavernas y Espectro errante (en este último, el dibujo lo que muestra en realidad es una cara de bruja, pero hay que reconocer que no deja de ser "espeluznante").


La "estremecedora calavera" es un objeto que no necesita publicidad para desear uno comprarla, pero el deseo se hace mayor si se puede leer junto a su ilustración correspondiente cosas como "color hueso de varios siglos de antigüedad" (¡¡¡varios siglos!!!), que nos puede resultar útil hasta para "recitar a Hamlet" (aquí le doy un 10, un sobresaliente como un camión, al anónimo autor de estos textos por su excelente sentido del cachondeo macabro; lo digo en serio, ¿eh?) o, jeje, que se le "pueden colocar dos bombillitas en los ojos". No sé qué hago que no estoy rellenando el cupón de pedido ya.


Y por último, el objeto que casi me atrevería a decir que es mi favorito en lo que a texto descriptivo se refiere. Por desgracia no lo acompaña un dibujo demostrativo. De este genial artículo no voy a decir nada. Mejor que vuestros ojos lo lean y vuestras mentes lo asimilen. Tranquilos, no daña el cerebro.


Bueno, no daña al mío, jajajaja (risas macabras... ¡No! ESPELUZNANTES).

domingo, junio 01, 2008

Piraña Horror Show



Desconozco por completo qué demonios significan en su mayoría las señales de circulación. No sé conducir un coche, no tengo carnet de conductor y todo lo relacionado con un volante me es ajeno. Sé quién es Fernando Alonso porque todo el mundo habla de él, pero me importa un rábano si gana o pierde esas carreras que a todo el mundo traen en vilo.

Imaginad mi sorpresa pues cuando me encuentro por la calle con una señal de tráfico de la cual sí que puedo desentrañar el sentido inmediatamente. Confieso que el cartel que muestro justo debajo ayuda un poco, claro está, y quizá sin él no hubiera acabado de enterarme del todo: no es aconsejable nadar por aguas infestadas de pirañas... ¡si no se lleva un buen cuchillo a mano!





























Estaba pasando un agradable fin de semana con mis amigas O y MJ visitando la tan agreste como hermosa Sierra de Gata, tomando como centro de operaciones el asilvestrado pueblo de Coria. La visión de la naturaleza en su estado más salvaje, perdidos entre carreteras dignas de la más oscura película de la Hammer, y un tiempo borrascoso formidable fueron alicientes que sería estúpido obviar. Pero no necesito explicar, al menos a aquellos que me conozcan mínimamente, que igualmente me llamaron la atención estos magníficos carteles del Piraña Show, los cuales prometían una lucha "impar", la posibilidad de "poder tocar serpientes y cocodrilos" y, bueno, por qué no, vislumbrar las prietas carnes de poderosas amazonas.

En especial, me atraía la que cabalbaga, rubicunda y exultante, una gigantesca serpiente, no sé si cobra, pitón o anaconda, tal y como se mostraba en un lateral de uno de los camiones del espectáculo. Sí, sí, podéis ampliar la imagen pulsando sobre ella.






Admiro profundamente las películas de Tod Browning: soy un fanático de su cine. El ambiente circense de algunas de ellas, como La parada de los monstruos (Freaks, 1932) o Garras humanas (The Unknown, 1927), que podemos contar entre las más conocidas de su director, han provocado que sea incapaz de contemplar cualquier espectáculo circense sin una mezcla de admiración, misterio y, en alguna medida, horror. Otras películas admirables han contribuido a ello. Destacaría la excelente El callejón de las almas perdidas (Nightmare Alley, Edmund Goulding, 1947), una película a mi entender heredera directa de esa poética del horror y lo grotesco, de la belleza de lo diferente y la sed de cruel justicia que supone Freaks. Y como colofón, como si una corriente de poesía subversiva hubiera atravesado todo un siglo oculta entre los pliegues de la más adocenada normalidad para estallar en nuestros rostros con la mayor violencia, la magistral serie de televisión Carnivàle. Aunque en este caso la corriente se puede rastrear hasta llegar al mismo libro del Apocalipsis...







Y no, no asistí, por desgracia, al espectáculo. Los horarios lo hacían imposible. Bueno, tampoco creo que a mis amigas les hubiera apetecido lo más mínimo acompañarme... Pero pronto, quizá, algún día, el circo Piraña Show aparecerá en las afueras de mi ciudad y entonces... entonces...


¡Podré disfrutar tranquilamente del espectáculo gracias a su potente calefacción!

domingo, abril 27, 2008

Carta a t-bone acerca del oscuro escritor Arthur Machen


Hace mucho tiempo, en un fenecido foro dedicado a la literatura fantástica (y que no se trataba del añorado Cyberdark), recomendé a un compañero de aventuras literarias, el insigne t-bone, un libro de relatos de Arthur Machen. Él preguntaba cuál sería bueno para iniciarse en su culto, y tanto otros como yo rápidamente le contestamos que, sin lugar a dudas, comenzara con cualquier recopilación que incluyera el relato El pueblo blanco. Craso error: nuestro buen compañero t-bone salió horrorizado de la experiencia. No comprendía que aquel cuento tan malo, según su criterio, nos hubiera embaucado de tal forma. Estando yo convencido de que le había servido una copa del más delicioso néctar literario y resultando para su paladar el más amargo de los venenos, de alguna manera me sentía responsable de haberle hecho pasar tan mal rato. Así pues le escribí esta carta en la cual trataba de explicarle el por qué de mi recomendación, aunque al mismo tiempo tratando de entender por qué a t-bone le había defraudado de tal forma. He aquí pues una reflexión en la que mi amor por la obra de Machen se halla tamizada por el intento de racionalizar mi sentimiento y hacer funcionar la razón objetiva. Una total estupidez, si queréis, pero esto fue lo que escribí.



Estimado t-bone:

Con un retraso imperdonable, que no por ser habitual en mí lo hace disculpable, paso a contarte el por qué de mi pasión por Arthur Machen. No es una pasión ciega, como verás, sino llena de dudas y contradicciones. Por eso es una pasión.

Comenzaré por el estilo literario, pues es lo primero que comentabas. Bien. En este sentido, a mi entender, Machen es capaz de lo mejor y de lo peor. Para ello, El pueblo blanco no sirve sólo como epítome de cierta parte de la obra de Machen, sino también de su estilo. Siempre teniendo en cuenta que parto de una traducción, y cualquier tipo de análisis riguroso partiendo de una traducción es una falacia, me gustaría aclarar, por lo que mis palabras son, lo aclaro una vez más, las de un aficionado.

Aquí, como he dicho, se da lo mejor y lo peor de su autor. Lo peor: la cursilería de devocionario y misa de cinco de la tarde, que resulta patente en ese estilo torpón y espeso que utiliza, por ejemplo, en la historia de la niña pobre que encuentra joyas en la poza. Cuando quiere ser poético, Machen, a mi gusto, naufraga: así el final de ese magistral relato largo (o novela corta, que uno nunca sabe) que es Un fragmento de vida, a mi gusto una obra aún más personal que ésta del pueblo, cerrado con un poema que, en fin, la primera vez que lo leí me dio vergüenza ajena. Con el tiempo hasta le he tomado cariño, pero si queremos buscar algo alejado de la buena literatura en Machen, recomiendo la lectura de ese poema. Pero en el mismo relato El pueblo blanco encontramos también páginas muy inspiradas, casi mágicas, como para mí son las descripciones de ese mundo que la niña visita tras pasar por el túnel en la fronda: las colinas y las piedras, todo ese entorno extraño y ajeno, el Mal (como buen reaccionario que era, para Machen lo ajeno y extraño, lo que no es de este mundo, representa el Mal, una postura curiosamente materialista para quien en principio parecía presumir de lo contrario) que Machen reflejaba tan bien.

En ocasiones su prosa es tan forzada que resulta increíble: curiosamente, cuanto más realista es lo que cuenta, con menos realismo lo trata o, mejor, menos realista le resulta. Así la conversación inicial entre Ambrose y Cotgrave, que vale que no sea más que un pretexto para exponernos su pensamiento, pero todo el diálogo resulta forzadísimo (como casi todos en Machen). No dejo de pensar en ese amigo que lleva a Cotgrave a casa de Ambrose y queda abandonado, para de repente anunciar que se va… ¡cuando ha perdido el tranvía! No sé, da la sensación de que Machen lo necesita para presentar a sus protagonistas, después se le olvida que está allí y cuando lo recuerda, pues lo larga y ya está. Al pimiento toda pretensión de credibilidad. Los encuentros entre los personajes de sus relatos son casi siempre fruto de coincidencias o casualidades increíbles. Y esto sumado, si no es fallo del traductor, al uso de expresiones dignas del escritor más bisoño: en La luz interior, se marca un "estaba muerto, completamente muerto" que parte el alma.

Hasta aquí me dirás: "pero... ¿a ti te gusta Machen?"

Pues sí. Pero ya dije que era pasión, y en mi caso las pasiones no son ciegas. Si no, no serían pasiones.

¿Qué me gusta entonces de Machen, o por qué? Pues Machen tiene esa fuerza, esa capacidad de hacerme creer todo lo que cuenta como si fuera estrictamente cierto. Vale, termino la lectura de El pueblo blanco y mi arraizada incredulidad me lleva a no creer, pero mientras lo leo, lo más normal del mundo me parece que es ponerse a pasear por el campo y perderse en otro mundo, o como en otros relatos de Machen (N es paradigmático al respecto), uno puede pasear por las calles de su ciudad y de pronto verse envuelto en el aroma, la arquitectura de épocas pretéritas. Tiene la capacidad de trasladarme a ciegas allá a donde se proponga. Y ésta es para mí su grandeza.

Dije que en lo realista resulta increíble, pero lo maravilloso es que cuando se adentra en lo de verdad increíble... ¡pocos escritores pueden resultar más verídicos!

¿Que no es el mejor estilista del mundo? Pues no. Hay escritores dentro del género que a mi gusto lo superan en la forma con creces: Leo Perutz, Alexander Lernet-Holenia, Dino Buzzati o Henry S. Whitehead (éste apenas tenido en cuenta por nadie, pero un escritor de una elegancia y un gusto admirables; que le pregunten a Bioy Casares de dónde le vino la inspiración de determinado cuento...), por citar algunos sin pensar mucho. Pero en capacidad de maravilla, de fascinar al lector (no a todos, ya), de arrastrarlo por los caminos que él desea, iguala al más pintado.

Con un amigo estuve hablando recientemente sobre la calidad o no de los relatos de Sherlock Holmes escritos por Arthur Conan Doyle. Él opinaba que Doyle era un escritor mediocre. Mi respuesta era que dónde está la mediocridad cuando se ha sido capaz de crear un personaje de alcance universal, que permanece y vive en la memoria de todos. ¿No es ésa la grandeza de escribir? ¿Que tus personajes sobrevivan en el tiempo? No la única, vaya, pero es grandeza. Haber creado algo único, un mundo propio. Y Machen también lo hizo.

Usando un referente que sé te es más cercano, pensemos en Philip K. Dick. Siempre escuchando y leyendo opiniones acerca de lo mal que escribe, que qué horror literariamente hablando, pero si esa capacidad de crear un universo tan inmenso, tan personal, tan atrayente y tan fascinante no es literatura pura, ¿qué es entonces la literatura?

Y para mí eso es lo que posee Machen, la capacidad de hacerme temblar cada vez que abro un libro suyo porque sé que me espera el más increíble y fantástico viaje.

Esto es todo, estimado t-bone. Sólo espero que el fracaso de esta recomendación no te lleve a pensar que otras posibles te resulten igual de tediosas.

Un abrazo: Llosef.

martes, abril 08, 2008

El canto de la tripulación, de Pierre Mac Orlan (1920)


No pude comenzar con más ganas la lectura de esta novela de Pierre Mac Orlan: resulta tan difícil encontrar obras suyas traducidas al español que dar con una ya es toda una alegría. ¡Inocente de mí! Las risas de la más desaforada alegría pronto se tornaron lágrimas de decepción. Aunque al final no tanto. Después de todo, Mac Orlan nunca decepciona. Otra cosa es que el muy maldito se haga esperar.

Aunque se trata de una novela de aventuras, la mitad del libro Mac Orlan se lo pasa presentando personajes y describiendo después los preparativos del loco viaje que emprenderán sus protagonistas. Todo resulta tan ingenioso como superficial. El estilo de Mac Orlan es muy brillante, muy visual, pero por eso mismo cae con extremada facilidad en lo vacuo. La forma intenta hacernos olvidar que sus personajes no son sino meras marionetas. El bueno de Mac Orlan pone más interés en que todos resulten pintorescos, curiosos o incluso extravagantes al lector antes que vivos.

Cuando se detiene en las tabernas, en especial en el tabuco infecto del capitán Heresa, Mac Orlan muestra sus mejores páginas, aquellas en las que describe los barrios bajos canallas con sus vividores, hombres y mujeres capaces de las mayores felonías, de los más grandes sacrificios. Tal que en su obra maestra El muelle de las brumas.

La aventura en sí no da comienzo hasta la mitad del libro, pero la historia no gana en interés. Sí narra una tormenta al modo del Joseph Conrad de Tifón o el Poe de Un descenso al Maelström, por poner los primeros ejemplos que se me vienen a la cabeza (siempre acuden a mi cabeza los mismos: por algo será), de una forma vívida, pero a años luz de los mencionados.

Y cuando todo parece ya perdido, cuando nos acercamos al final convencidos de la mediocridad que nos ha endilgado en esta ocasión nuestro admirado autor, éste nos sorprende de manera genial. Sus últimas páginas resultan apabullantes, abrumadoras: estallan en un desenlace brutal. La historia deviene un cuento tan cruel como delirante. Casi tan despiadado como Una avanzada del progreso del gran Conrad. Como si hubiera estado guardando el tipo durante mucho tiempo, empeñado en demostrarnos ser un escritor elegante y ocurrente, algo canallesco pero bonachón en el fondo, Mac Orlan se deja de florituras y saca de sí todo lo que uno esperaba (o al menos yo esperaba) de él: una historia sorprendente, con giros imposibles pero nunca cuestionables desde el momento en que Mac Orlan nos sumerge en ellos, de personajes ahora sí rebosantes de vida y pasiones, de deseos y desesperación. Y la maldad, esa maldad inocente, pura y desarmante de aquellos que hacen el mal porque en su vida no han conocido otra cosa.



La edición cuenta con una traducción arcaica de Julio Gómez de la Serna, que a pesar de indicarnos en los créditos del libro que ha sido sometida a una revisión, de seguro que ésta ha sido algo perezosa (por ejemplo, se mantienen las tildes en dio). En su descargo, diremos que cuenta con un cuadernillo central con magníficas ilustraciones a cargo de Antonia Santolaya, Enrique Flores y Felipe Hernández Cava. Si a esto añadimos un prólogo del excelente Raymond Queneau y unas palabras finales a cargo de Ramón Gómez de la Serna, como siempre escribiendo sobre el autor utilizando greguerías, como siempre oscilando entre lo genial y lo idiota, pues mucho mejor.

MAC ORLAN, Pierre. El canto de la tripulación. Prólogo de Raymond Queneau; epílogo de Ramón Gómez de la Serna; ilustraciones de Antonia Santolaya, Enrique Flores y Felipe Hernández Cava; traducción de Julio Gómez de la Serna. Vitoria-Gasteiz: Ikusager, 2003. 192 p. Correría; 17. ISBN 84-85631-93-5.

miércoles, marzo 26, 2008

Dominique, de Eugène Fromentin (1862)


“El primer espejo en el que me vi me devolvió la imagen extrañamente descompuesta de un fantasma que se me parecía, y al que me costó trabajo reconocer.” (p. 241)

Dieciocho años han pasado desde que leyera por primera vez esta maravillosa novela. Una de las más tristes que haya leído jamás, debo decir. Su lectura sume en una melancolía profunda que me temo no sea lo más apropiado para determinados espíritus. Pero resulta imposible sustraerse a tal sentimiento, más si alguna vez se ha compartido el mismo fuego que quemó el alma del protagonista de esta historia, Dominique.

Asocio en mis recuerdos de juventud este libro a otros dos que marcaron, no sé decir si para bien o para mal, con una intensidad enfermiza aquellos años de mi vida. Hubo más antes, y hubo otros después. Pero recuerdo estos tres como un todo imborrable. Me refiero, además de a Dominique, a El gran Meaulnes de Alain Fournier y a Adolphe de Benjamin Constant (siento la tentación, quizá la obligación, de incluir también El corazón es un cazador solitario de Carson McCullers, pero temo que su lectura fue posterior; el sentimiento que la une a las anteriores es el mismo, en cualquier caso). Se considera la de Constant un precedente de Dominique en lo que atañe al “análisis psicológico sobre la pasión amorosa” (del texto de contraportada), si bien creo que la del primero muestra un tono diferente: igualmente romántica, pero inflamada de una ironía y una mordacidad únicas que, en un juicio precipitado, nos harían pensar que Adolphe juega en contra.

Imagino que nos pasa a todos los que amamos la literatura: si nos pidieran hacer una lista de los mejores libros que hemos leído, nos veríamos en un aprieto. Empezarían a surgir títulos, uno tras otro, y elegiríamos tantos que al final igual sería no haberla hecho. Pero si esta lista nos obligara a señalar tan sólo aquellos que de alguna manera nos han marcado, nos han dejado una huella profunda en nuestro carácter, los que de una manera u otra nos han formado, nos han alimentado y convertido en lo que somos, quizá sí podríamos restringir los títulos. Porque aquí ya no se trataría de nuestros libros favoritos, los que más nos han gustado o los que consideramos verdaderas joyas. Se trataría de aquellos que nos han cambiado, aquellos que tras su lectura nos han hecho renunciar, no siempre de forma consciente (en ocasiones, sólo el tiempo nos dará la verdadera perspectiva de este hecho), a la persona que éramos. Así, en mi lista, de seguro que habría libros que considero mejores que éste de Eugène Fromentin. Pero en mi corazón guarda un lugar único. Ese lugar reservado a esas obras que nos hacen temblar no sólo de manera emocional, sino física ante el simple acto de enfrentarnos a abrir sus páginas de nuevo. Como si además de volver a leer un libro que amamos nos preparáramos a dejar al descubierto algo que permanece dentro de nosotros que deseamos que nadie toque, que jamás se adivine. Un fragmento de nuestras vidas que se confunde con las hojas amarillentas de ese libro. Un hecho del pasado tan ligado a esa lectura que volver a ella supone retornar a nuestro yo de entonces. Y descubrir que sigue vivo y que aún duele, porque hemos repetido, sin saberlo, la misma historia como en una espiral ilógica. Pero la belleza de las palabras, hoy como entonces, lo hace soportable. Porque ellas nos devuelven a su vez los breves estallidos de felicidad que acompañaron a los momentos más tristes.

Tampoco es mi deseo hacer pensar al hipotético lector de estas líneas que los hechos a los que me pudiera referir tienen algún carácter especial. Al contrario. En realidad, cualquier persona con un mínimo de sensibilidad ha vivido algo así al menos una vez en su vida. Y aclarado esto, prometo solemnemente dejar a un lado mi horrible yo en lo que resta del comentario a este mágico (dar sentido a este adjetivo era mi modesta pretensión en estas primeras líneas) libro.

Eugène Fromentin (1820-1876) fue, ante todo, pintor (“un estimable paisajista”) y crítico de arte (se considera su ensayo Los maestros de antaño, dedicado a los pintores flamencos y holandeses, todo un clásico). Nos dejó a su vez algunos volúmenes de recuerdos y viajes. Dominique fue su única novela, su solitaria incursión en el mundo de la ficción. Bien se puede afirmar que tras escribir un libro como éste se puede abandonar con orgullo: es, sin lugar a dudas, una absoluta obra maestra, una novela que como pocas refleja de manera sublime (¡también despiadada, sin conmiseraciones baratas!) qué supone la absoluta contención de los sentimientos y la renuncia a todo lo que uno ama. Transcribo de la contraportada: “En este estudio, en parte autobiográfico, Dominique cuenta su amor de juventud por Madeleine d’Orsel y su posterior renuncia a ella y a la carrera literaria, cuando siente que carece de fuerza para llegar, para ser lo que soñó en su juventud ambiciosa.” Mis encendidas palabras resultan confusas y banales al lado de esta precisa, perfecta descripción de qué es esta novela. Como nos enseña el propio Fromentin, la sencillez puede ser en ocasiones la única manera digna de dar salida a nuestras pasiones.

Fromentin abre su novela presentándonos el carácter de Dominique. En unas pocas líneas lo conocemos. Más adelante llegaremos a entender el por qué de todos sus actos, de sus decisiones, pero en un principio tan sólo se nos adelanta el final de la historia. Porque aquí no hay sorpresas argumentales ni giros bruscos en la trama: todo se desliza de forma aparentemente tranquila hacia un precipicio de resignación sólo soportable si se comprende en su totalidad. Como si la destrucción sólo pudiera asumirse con palabras suaves. “A los que hablaban de su juventud y le recordaban los destellos bastante intensos que en otro tiempo lanzó, él respondía que aquello fue, sin duda, una ilusión que se hicieron los demás y él mismo, también, que no era nadie, en realidad, y que la prueba estaba en que hoy se parecía a todo el mundo, resultado equitativo del que se congratulaba, como si fuera una restitución legítima hecha a la opinión.” (p. 8)

El grueso de la novela está formado por la narración que hace Dominique de su vida al narrador inicial: éste desaparece en el capítulo tercero y no volverá hasta el final, cerrando de manera admirable las confidencias de su amigo enmarcándolas en un retrato de su vida actual. Conoceremos primero quién es y qué ha llegado a ser. Poco a poco iremos descubriendo por qué.

Afín a su espíritu, Fromentin aplica en su obra un estilo pausado y contenido, en el cual la naturaleza, el clima y los paisajes acompañan siempre al estado emocional de los protagonistas. Si como pintor de paisajes los expertos lo califican de estimable, debo decir que sus descripciones son sencillamente extraordinarias, lo que pinta con sus palabras se clava en el espíritu (describe, valga un solo ejemplo, una visita a un faro abandonado con tal intensidad que tras su lectura uno se siente mareado, arrastrado por el mismo vértigo que los protagonistas). Claramente romántica, no resulta sin embargo pacata o remilgada. La pasión de Dominique por Madeleine es también física, cómo no, y Fromentin la refleja en ocasiones con una sensualidad desbordante. Es la imposibilidad de que ese amor se consume lo que obligará a Dominique a reprimir sus sentimientos cuanto le es posible, a aplicar la fría razón a aquello a lo que la razón es ajeno. Mantiene siempre una increíble lucidez en el análisis de los sentimientos, incluso en mitad de la más arrolladora tormenta pasional: “Es bueno que toda humillación aproveche y ésta me abrió los ojos sobre muchas verdades; me hubiera recordado, de haberlo podido yo olvidar, que aquel amor exaltado, contrariado, desdichado, ligeramente envarado y muy próximo al orgullo no se elevaba muy por encima del nivel de las pasiones comunes, que no era ni peor, ni mejor, y que la única particularidad que lo hacía parecer diferente era el ser más irrealizable que muchos otros. La facilidad le hubiera hecho apearse infaliblemente de su ambicioso pedestal y, como tantas cosas de este mundo, cuya única superioridad procede de un defecto de lógica o de plenitud, ¿quién sabe en qué se habría convertido, de haber sido más razonable o más dichoso?” (p. 162) Esto es lo que eleva la novela de Fromentin por encima de la moda romántica de la época: su obra es vida, no pose.

El luctuoso hecho que provoca la confesión de Dominique, el relato en el que los recuerdos se sucederán formando un doloroso trayecto, es el intento de suicidio de un antiguo amigo cuyo resultado ha sido quedar aún con vida, con la misma amargura, pero con el rostro completamente desfigurado, una cara destrozada que es el mismo espejo de un espíritu arrasado. Un inicio brutal, más aún teniendo en cuenta que Fromentin siempre hace estilo del fondo en su forma de narrar: todo es contenido aquí, todo parece susurrarse. Hasta cuando los personajes gritan de dolor parecen encerrados en una sala insonorizada que ahogara cualquier voz.

Personajes rotos, destrozados, pero presentados de forma tranquila, como si la resignación a llevar una vida gris fuera la salida más noble y digna, la única que nos hiciera posible sobrevivir. Pero algo les quema por dentro: las ilusiones de juventud han muerto, y las presentes son débiles sustitutos. A la mínima crisis, el dolor volverá. Fromentin nos habla de vidas truncadas, de muertos en vida que se arrastran en un simulacro de felicidad (un simulacro que en ocasiones, a fuerza de autoconvicción o porque la vida misma no es un sendero lineal por mucho que uno luche por ello, no es tal, sino que se trata de la realidad, asaltada momentáneamente por un destello feliz al que aferrarse por largo tiempo) con una tranquilidad de espíritu, una calma, una aceptación del destino adverso tan grandes que resulta sobrecogedor. Se leen sus palabras con el corazón en suspenso, con un temor reverencial, y en todo momento no parece sino hablarnos tan sólo de lo maravillosa que es una vida de retiro en el campo, lejos del mundo, aislado y ajeno a los afanes de la sociedad. Nunca la felicidad resultó tan fúnebre.

Hermosa, terrible, emocionante, esta novela convulsiona hasta provocar las lágrimas. Una lectura tan apasionada, tan apasionante ahora como lo fuera la primera vez.

“El tono suavemente otoñal del relato, retenido hasta en la efusión, la felicidad de las páginas geórgicas, el ingenuo fervor romántico, dominado, mesurado, de una compostura casi clásica, son algunos de los rasgos más destacados de este clásico siempre un poco al margen, en la sombra, aunque vivo y original.” Esto es, esto mismo.

FROMENTIN, Eugène. Dominique. Traducción de Emma Calatayud. Barcelona: Bruguera, 1984. 252 p. Libro amigo; 1512/1057. ISBN 84-02-10266-2.

miércoles, febrero 20, 2008

Las Encantadas, de Herman Melville (1854)


Oscura, triste y lóbrega, cual tumba insatisfecha
que demanda carroña y osamentas;
allí se posa el búho espeluznante,
que grita su agria nota y ahuyenta para siempre
al pájaro risueño de su nido,
mientras en derredor aúllan los espectros.

Edmund Spenser, The Faerie Queene (1590)

Siniestros versos del poeta Spenser utiliza Melville para abrir su obra dedicada a las Islas Galápagos (Las Encantadas). Pero sus propias palabras resultan aún más oscuras; uno esperaría, ante el comienzo que cito a continuación, enfrentarse a la más terrible historia de horror postnuclear:

“Pensad en veinticinco montones de ceniza diseminados, aquí y allá, por un solar de las afueras de la ciudad; imaginad que algunos son tan grandes como montañas y que el descampado es el mar, y tendréis una idea exacta de la apariencia general de Las Encantadas. Éstas son más bien un grupo de volcanes extintos que de islas, y su aspecto es muy parecido al que tendría el mundo tras haber soportado el castigo de una gran conflagración.” (p. 31)

Pero si así pinta el panorama nada más comenzar, en su primer párrafo, en el siguiente nos sumerge de lleno en lo que, de no estar avisados, imaginaríamos la más melancólica de las historias de terror:

“No cabe duda de que ningún lugar en el mundo puede compararse, por su desolación, con este archipiélago. Sus islas son como antiguos cementerios abandonados, como viejas ciudades que poco a poco se transforman en ruinas y que resultan absolutamente melancólicas; sin embargo, como todo lo que alguna vez estuvo asociado a la humanidad, siguen evocándonos ciertas imágenes, por tristes que sean.” (p. 31)

¡Uf! Pero lo increíble es que no descansa aquí: a continuación, Melville nos regala un auténtico ensayo, en forma de descripción, sobre la soledad y la desolación: una visión del mismo infierno. Y todo esto sin salir del primer capítulo. A pesar de tratarse de una obra de encargo, Melville parece aún inmerso en la persecución de la diabólica ballena blanca, en la redacción de la inconmensurable pieza maestra que, sin saberlo, legó a la posteridad: Moby Dick.

Como se indica en el estupendo prólogo del libro (Las Galápagos: viaje a la leyenda, de Francisco León; indispensable su lectura para situarnos históricamente a la perfección y para discernir qué en esta obra responde a los recuerdos de Melville en su visita a las islas, a las cuales arribó sobre el año 1843, y qué es fruto de sus lecturas y su viva imaginación), Las Encantadas fue publicada por entregas en la Putnam’s Monthly Magazine en el año 1854, “bajo el sorprendente nombre de Salvador R. Tarnmoor” (p. 15). Diez capítulos, que Melville denomina cuadros, la integrarán.

En los dos primeros cuadros realiza, en primer lugar, una descripción de las islas, que como ya he dicho equipara con un paisaje infernal, para después introducir algo de luz gracias al retrato de las tortugas milenarias, monstruosas y mágicas. Y me gustaría remarcar que afirmo que tan sólo aplica “algo” de luz.

La prosa es potente, vívida, feroz, riquísima en imágenes y sentido. El carácter dramático ante la vida de Melville lo tiñe todo de oscuridad, pero sus frases brillan como fanales salvadores en una noche tormentosa y demente.

Los cuadros tercero y cuarto los dedica a la ascensión y descripción de la atalaya solitaria, la torre que emerge del mar y que en la distancia los marineros toman siempre por un barco de níveo velamen, de Roque Rodondo, y a la visión de conjunto del archipiélago que se tiene desde su cima.

Relato de viaje, en todo momento Melville juega con la idea de encantamiento, de que tal vez sean en verdad unas islas embrujadas, así aparecen a los sentidos, y el lector se desplaza por sus aguas como por el más fascinante de los relatos fantásticos.

Melville abre cada cuadro con unos versos de diversos poetas (Edmund Spenser, Francis Beaumont y John Fletcher, Thomas Chatterton y Williams Collins, siendo el primero el más citado de todos ellos con notable diferencia) a través de los cuales antecede el tema que va a tratar a continuación.

Según avanza la lectura, sin abandonar nunca los tintes siniestros, algo más se abre paso: porque incontrolable nos domina, página a página, la fascinación del descubrimiento, de asistir como público, ahora sí en verdad embrujado gracias a la poderosa magia del autor, a la aventura de contemplar tierras inhóspitas, territorios ignotos y salvajes que parecen extenderse ante los ojos de los hombres por primera vez. De paladear, aunque sea de una forma bastarda, en qué consiste la aventura del mar. Y resulta embriagador.

En el cuadro quinto se nos narra el encuentro de la fragata Essex, al mando del capitán Porter, con un buque fantasma en 1813. Y en el sexto, un retrato de Las Encantadas como refugio de bucaneros, asaltantes de los barcos españoles cargados de oro. En especial de la isla de Barrington (Isla de Santa Fe), la más hospitalaria de todas. Sus características, tan alejadas de las de sus compañeras, ofrecían al marinero agua dulce, hierba (para usar en los camastros y dormir, que nadie interprete lo que no es), leña, alimento y hasta bellos parajes y un buen fondeadero. Un hogar entre la desolación. Es la única isla que Melville no describe como un páramo conquistado por el puro horror, y quizá por eso mismo no se extiende demasiado. Sí se demora un poco más en ofrecer una perspectiva de los piratas en parte afín a la realidad, una horda de asesinos y ladrones sin escrúpulos, pero a su vez no deja de plegarse a la visión que de los mismos tenemos gracias a tantas maravillosas novelas de aventuras, a poemas de encendidas gestas y odas a la libertad (a mi gusto, las de más temer por sus obviedades panfletarias de parvulario) y a las películas de Hollywood.

En el cuadro séptimo asistimos al nacimiento del extraño reinado del Rey de los Perros en la isla de Charles (Isla Floreana): su ascenso, su crueldad, su caída, el destierro y la subsiguiente instauración de una república anárquica de forajidos. El octavo lo protagoniza la dramática historia de la viuda chola Hunilla, abandonada en la isla de Norfolk (Isla de Santa Cruz). Y del noveno se enseñorea el salvaje y demoníaco ermitaño Oberlus, abandonado en la isla de Hood.

Según el autor de la introducción, es en estos capítulos donde se despliega el mejor Melville. De la historia de la viuda india llega a decir: “Su relato resulta estremecedor, siendo tal vez, de todos, en el que el escritor irradia con mayor detenimiento, vigor y finura su estilo trágico” (p. 18). No soy de la misma opinión. Desde luego es más fácil, quizá, reconocer el estilo de Melville en ellos, pero para nada se expresa mejor. A mi gusto resultan algo melodramáticos, pintorescos en demasía. Creo que son los capítulos descriptivos en los cuales Melville muestra mejor su capacidad de abstracción. Eso sí, disfrazada por el código estilístico propio del relato de viajes del siglo XIX. Pero en todo momento estallan sus visiones más profundas y oscuras, conmovedoras, del Hombre abatido por fuerzas superiores a él, minúsculo en su entorno, presa de una Naturaleza ante la que la rebelión es una ilusión vana. En los capítulos con forma de relato (igualmente muy disfrutables, jamás afirmaré lo contrario), Melville muestra al individuo derrotado por un destino terrible. En los descriptivos, es la raza humana impotente ante el vacío mismo de la existencia lo que Melville nos obliga a contemplar. En todo su horror, en toda su belleza: en su plena y mareante vastedad.

El último cuadro está dedicado a los fugitivos, náufragos y ermitaños varios que en algún momento pusieron pie en tan desabrida tierra, y a las lápidas que dejaron en su árido suelo. Cierra el libro Melville, a tono con su inicio, con un magnífico epitafio (¡no puedo evitar reproducirlo!) hallado en una tumba encontrada “en un desolado barranco de la isla de Chatham:

Oh hermano Jack, que pasando vas,
también yo he estado como tú ahora estás.
Igual que tú de audaz y de jovial
pero, ay, ya no me pagan ni el jornal.
Ya no puedo espiar con estos ojos,
¡aquí me quedaré entre estos despojos!
” (p.133)

Antes de Las Encantadas, Melville emprendió, como ya he comentado, la tarea de escribir Moby Dick, una obra maestra de lectura inolvidable que sólo le traería dolor por el rechazo al que fue sometida tras su publicación. No dejo de pensar que Melville quizá aplicó toda su magistral ironía a su persona al recordar este genial epitafio.

MELVILLE, Herman. Las Encantadas o Islas Encantadas. Prólogo de Francisco León; traducción de Ana Lima. Santa Cruz de Tenerife: Artemisa ediciones, 2006. 133 p. Clásica; 6. ISBN 978-84-96374-27-0.

viernes, enero 25, 2008

Una anécdota y cuatro fragmentos de Philip K. Dick


Una anécdota de Philip K. Dick, narrada por él mismo, acerca de su primer relato de ciencia ficción publicado en julio de 1952, Aquí yace el wub (Beyond Lies the Wub):

"Mi primera historia publicada, en la más deleznable de las revistas baratas que se vendían en aquel tiempo, Planet Stories. Cuando llevé cuatro ejemplares a la tienda de discos en la que trabajaba, un cliente me miró y, con ciertos reparos, me preguntó: "Phil, ¿tú lees esta clase de basura?". Tuve que admitir que no sólo la leía, sino que también la escribía."

Algunos fragmentos de su novela Tiempo desarticulado (Time Out of Joint, 1959):

"-Es cierto- dijo Jack-. Ya no hay principios en el mundo. Recuerda los tiempos de antes de la segunda guerra mundial y compáralos con los de ahora. Qué diferencia. No había la falta de honradez, la delincuencia, la inmoralidad y las drogas que ahora nos invaden por todas partes. Muchachos que estrellan coches, esas autopistas y las bombas de hidrógeno... y los precios que suben sin parar, como el del café. Es terrible. ¿Quién se queda con el botín?

Discutieron el asunto. La tarde transcurrió, lenta, aburrida, sin que apenas sucediera nada."

El protagonista, Ragle Gumm, acerca de Bill Black, otro personaje:

"(...) llegaría a alguna parte, se daba cuenta de ello. Lo extraño en este mundo es que un tipo aplicado, sin la menor idea original, que copia a los que tienen autoridad sobre él hasta el nudo de la corbata o una arruga de la barbilla, siempre logra llamar la atención. Es elegido. Asciende. En los bancos, en las compañías de seguros, en las grandes compañías eléctricas, en las empresas que fabrican misiles, en las universidades. Él los había visto como profesores adjuntos enseñando alguna asignatura recóndita- las sectas heréticas del siglo quinto- y, al mismo tiempo, concentrados en su carrera de ascenso a más no poder. Dispuestos a todo, salvo a enviar a sus esposas al edificio de la administración como carnaza."

"Mejor tener una fuente externa de reproches que sentir las profundas mordeduras internas de la duda y la autoacusación."

"Qué tranquilo estaba todo.

Una pasmosa desolación lo invadió. Qué desperdicio había sido toda su vida. Aquí estaba, a los cuarenta y seis años, jugando en el salón con un concurso de periódico. Sin ningún empleo remunerado legítimo. Sin hijos. Sin mujer. Sin casa propia. Haciendo tonterías con la esposa de un vecino.

Una vida sin valor."