martes, diciembre 29, 2015

El sanguinario Barón Rojo (1996), de Kim Newman



¿Pero cómo es posible? ¿El conde Drácula dueño y señor de Inglaterra con una reina Victoria siendo su esclava en los albores del siglo XIX? Menos mal que nuestros héroes la vampira Geneviève Dieudonné y el agente del Club Diógenes Charles Beauregard estarán allí para poner un poco de orden y cordura en ese sinsentido de reinado de horror que ostenta sin tapujos el avieso noble de los Cárpatos. Y eso que Jack el Destripador anda haciendo de las suyas y contribuye no poco al espectral panorama. Esto era a grandes rasgos el motor de la novela de Kim Newman La era de Drácula (Anno Dracula, 1992). El sanguinario Barón Rojo (The Bloody Red Baron, 1996) es la continuación del relato del siglo de terror al que Drácula, según la pluma del autor inglés, sometió a toda Europa. O así lo imaginamos pues de la saga en la que se narran estos hechos solo tenemos traducidas a nuestro idioma las dos primeras novelas de la serie. Ya escribí sobre la primera de ellas y conté un poco sobre esta serie de libros y el uso que hace Newman de nombres ficticios y reales del mundo de la literatura y del cine para construir sus personajes AQUÍ, por lo que no me repetiré en este sentido: os invito a visitar la entrada donde escribí sobre esto. En el libro que nos ocupa Newman vuelve a utilizar una inabarcable lista de caracteres nacidos en otros lugares pero que confluyen en esta siniestra y arrolladora aventura con la fuerza de quien está creando desde el mismo barro primordial. Su fuerza estriba en que no usa estos nombres para evitar esfuerzos a la hora crear sus personajes, sino que se apoya en su aura mítica para potenciarlos hacia la leyenda con visos de realidad alternativa.


En el primer capítulo Newman nos presenta el nuevo escenario en el cual el imperecedero conde Drácula anda liado implantando su negro imperio. Y este no es otro que el de la espectral Primera Guerra Mundial. La Escuadrilla Cóndor está formada por un grupo de ases aliados de la aviación que se enfrenta noche tras noche a las huestes de los alemanes liderados por el Barón del título. Han sobrevivido a todo, por algo todos ellos salvo su líder son vampiros, pero al lado de los siniestros alemanes parecen unas hermanitas de la caridad. Newman luce genial en sus descripciones de las misiones nocturnas de los aviadores y en la creación de ese ambiente infernal de una guerra que parecía interminable y en la que se estaba desatando un horror de magnitud inimaginable. El entorno fantástico no hace sino acrecentar el tono de pesadilla vívida del relato, en especial cuando este se traslada al castillo de Malinbois y allí encontramos a un grupo de científicos alemanes que ya desde la sola lectura de sus nombres dan pavor (Rotwang, el doctor Orloff, Caligari…) y a Manfred von Richthofen, el Barón Rojo, un vampiro terrorífico de verdad y sus secuaces aviadores, todos ellos vampiros evolucionados gracias al trabajo de estos mentados locuelos de la aguja y la experimentación. El primer enfrentamiento en el cielo nocturno entre los dos escuadrones, el alemán y el aliado, en el que los pilotos de la Cóndor se enfrentan espantados a estas extrañas criaturas resulta mareante en su prodigiosa capacidad de mostrarnos el mismo infierno en los aires. Páginas que dan vértigo por su impresionante capacidad de trasladarnos a las mismas cabinas de los desprotegidos aviadores luchando contra algo que son más que aviones enemigos… Lo desconocido surgiendo de lo más oscuro de la noche para desgarrar el corazón de los aliados pero también el del lector, que asiste estremecido a un combate alucinante.

Junto a personajes de la novela anterior como el gran Beauregard o la periodista Kate Reed (aquí con mayor protagonismo, una creación enorme de Newman) hay, claro está, muchos otros nuevos. Pero quizá los que más me han conmovido hayan sido Hanns Heinz Ewers y Edgar Allan Poe, con una trama maravillosa en la que el primero recluta al segundo para que escriba la autobiografía del Barón Rojo, un trabajo de escritor fantasma que Poe abrazará con fervor, un poco al estilo del Lovecraft de esa otra gran novela que es El libro de Lovecraft de Richard A. Lupoff. Su encuentro con Franz Kafka de testigo es uno de los mejores capítulos de la novela, y tiene muchos, creedme, pero este es especial. La posibilidad de que cualquiera puede ser un vampiro permite a Newman juntar y jugar tanto con los personajes de ficción como con los reales a su antojo, haciendo verosímiles coincidencias cronológicamente imposibles. Pero su mérito no reside solo en esto, sino en hacerlas creíbles y emocionantes, llenas de vida aunque estén protagonizadas por muertos.


Con la ambientación trabajada hasta el más mínimo detalle de la Primera Guerra Mundial, su tono desaforadamente fantástico y su cuidada elección de nombres evocadores que, como ya he comentado, no se queda en una mera lista (y eso que confecciona una más que importante) Newman consigue con El sanguinario Barón Rojo una obra a mi gusto aún mejor que La era de Drácula, mucho más original y sorprendente pues no está encorsetada como esta a las conocidas andanzas de Jack el Destripador. Trincheras, catacumbas, castillos repletos de científicos locos dedicados a crear vampiros mutantes, batallas de biplanos en cielos en los que ruge el color rojo, una trama que sabe desarrollarse con su debido y necesario tempo hasta llegar a su explosivo desenlace y el elegante estilo de su autor convierten la lectura de esta novela en un placer absoluto. Si pensáis que la temática vampírica está quemada, sabed que no es por ella misma, sino porque en demasiadas ocasiones está en manos de pazguatos. No lo dudéis ni un momento: si os adentráis en el mundo de Kim Newman descubriréis que un buen escritor hace nuevo todo lo que toca, por más que sus ideas beban en los más admirados de vuestros clásicos.


NEWMAN, Kim. El sanguinario Barón Rojo. Traducción de Hernán Sabaté. Barcelona: Timun Mas, 1997. 366 p. (Fantasía Terror). ISBN 84-480-4202-6. 

lunes, noviembre 30, 2015

EAM # 58-61: Doctor Who



Todos los Doctores y todos los Amos (Masters).


Jessica Rayne es la productora Verity Lambert en
An Adventure in Space and Time.

Ya sabéis, y si no es así os lo cuento ahora mismo, que Doctor Who es mi serie favorita. Ya sé que no es la mejor, pero eso no me puede importar menos. Esta serie que se emite en horario infantil, algo que sus detractores suelen olvidar con facilidad, es la que más amo, con esa pasión que solo los fans pueden sentir, esto es, por encima del bien y del mal. De hecho es la única de la que me considero fan en el sentido tradicional, pues ni lo soy de Star Wars, ni de Star Trek ni de otras que sí generan estas adhesiones tremebundas. Todo no es sino cuestión de, como escribió Goethe, afinidades electivas, dónde se instala el corazón de cada cual, y el mío está claro dónde vive en lo que a gustos catódicos se refiere. Para la página web de cine El antepenúltimo mohicano escribí una serie de artículos que ahora rescato aquí por si hay alguien a quien le apetezca leerlos. No tuvieron demasiada aceptación, la verdad, pero eso es algo habitual con mis artículos en general para EAM. Esto no hace sino que les tenga más cariño aún y me sienta profundamente orgulloso de ellos, algo que tampoco suele ser lo habitual. 


John Hurt es el más misterioso de los Doctores.

En noviembre de 2013 se cumplió el 50 aniversario de nuestra serie, fecha que dio lugar a multitud de eventos y celebraciones. Dimos cuenta de dos de ellas: de An Adventure in Space and Time (Terry McDonough, 2013), una película para televisión contando la génesis de este serial incombustible (AQUÍ), y de un episodio especial para la ocasión, el magnífico The Day of the Doctor (Nick Hurran, 2013) protagonizado por un espectacular John Hurt (AQUÍ).  


Carey Mulligan es Sally Sparrow en Blink,
ciencia ficción gótica en Doctor Who.


También me animé a realizar una selección de los mejores episodios de la serie en su nueva etapa (esto es, contando desde su renacimiento en el año 2005), y viendo la lista hoy me alegra comprobar que no cambiaría ni uno de ellos por cualquier otro. Hay muchos que me gustan igual que estos, pero ninguno más que estos. AQUÍ.  


William Hartnell, el Primer Doctor.
Ilustración de Fermín Solís.

Por último, un cuarto artículo dedicado a la histórica primera temporada de la serie que se emitió en directo entre los años 1963 y 1964. Puedes leerlo AQUÍ. Y esto sería todo. Aunque este último se suponía que iba a ser la primera de una serie de entregas que... Bueno, quizás vaya llegando ya el momento de retomar esta idea. Veremos qué nos permite hacer el Tiempo. 

lunes, noviembre 23, 2015

¿Pero qué diablos era eso del “terror actual”? Por ejemplo: Las mejores historias de terror, volumen III (1979)



Cuando era niño y me iniciaba en la lectura de cuentos fantásticos, tiempos en los que las adscripciones genéricas no eran tan determinantes como ahora, allá entonces cuando todas las etiquetas eran absorbidas por el siempre más elegante y aglutinador de “literatura fantástica”, aquellos libros que prometían historias de “terror actual” me daban un repelús fuera de lo normal. ¿Cómo que terror actual? Pero si lo que molaba eran las catacumbas, las iglesias abandonadas, las ruinas, los fantasmas ensabanados y los esqueletos retozones. Cuanto más antiguo, todo era mejor. No dejaba de resultar chocante que por mucha modernidad que prometieran en sus coloridas portadas sus protagonistas eran los de siempre: vampiros, hombres lobo, brujas, zombies, practicantes de vudú y artes mágicas y arcanas, Cthulhus de todos los colores… En fin, lo que variaba era que salían pisos modernos y coches, televisores y demás aparatajes y decorados que cambiaban el telón pero muy poco de la obra. También empezaron a salir psicópatas asesinos, que dentro de la gama terrorífica para elegir siempre me han parecido los más aburridos porque rozan más la sociología que lo netamente sobrenatural. La editorial Martínez Roca con sus dos colecciones Súper Terror y Gran Súper Terror era el paladín de esta nueva forma de enfrentarse al género a la hora de venderlo, porque en su corazón anidaba lo de siempre vestido con ropajes de gran centro comercial. No me importa confesarlo y confío en que mis palabras sean leídas sin rechazo y sin rencor: era un niño y detestaba todas estas cosas nuevas.


De adolescente la cosa fue a peor, claro, que para algo se pasa por esa edad: para oponerse a todo y refugiarse en lo que nadie quiere, porque uno se ve a sí mismo como alguien a quien nadie quiere. Pero el tiempo ha pasado y ahora que soy un medio anciano con poco camino por recorrer como siga fumando estas cosas antaño “nuevas” pues resulta que son viejas también. Y no puedo evitar mirarlas con un cariño infinito. Esto me ha llevado a que poco a poco vaya leyendo los treinta libros que compusieron la colección Súper Terror de la mentada editorial Martínez Roca. Ya escribí reseñas de un par de ellos: Fiebre de sangre de Shelley Hyde y Miss Finney mata de vez en cuando de Al Dempsey. No lo hice de la mediocre y aburridísima Nómadas (Nomads, 1984) de Chelsea Quinn Yarbro ni de la anodina El susurro de la medianoche (The Sound of Midnight, 1978) de Charles L. Grant porque apenas se me ocurrió nada que decir salvo mantener un denso silencio tras su lectura. También porque me cansa escribir sobre cosas que no me gustan: es mucho más gratificante y divertido hacerlo sobre aquello que nos apasiona. Esto trajo consigo que mi idea original de comentar todos los libros de la colección en el blog se fuera al garete. Pero sí intentaré reseñar todos aquellos en los que encuentre algo que me guste (y de los que tengo, que todavía me faltan bastantes para completar la colección). Así ha sucedido con este Las mejores historias de terror III, una selección de relatos de la antología Nightmares de 1979, una compilación realizada por el mencionado escritor Charles L. Grant. Es un libro irregular, claro está, como no suele ser extraño en este tipo de obras, pero incluye un relato sensacional y un par de ellos muy buenos, por lo que ya tenemos golosinas para comenzar.


Aunque habrá que esperar, pues el libro se abre con un par de relatos que justifican con creces los peores temores. Impulsos desconocidos (Unknown Drives) está escrito por el hijo del gran Richard Matheson, Richard Christian Matheson, y al menos en esta ocasión demuestra estar a años luz de su padre. Una historia de horror en la carretera previsible y facilona que ni la supuesta sorpresa divertida y macabra del final ayuda a hacerla mínimamente simpática. Igual de desatinados se muestran J. C. Green y Geo W. Proctor en La noche de los piasa (The Night of the Piasa), que buscan en sus propias raíces, en su tierra natal, una trama no solo original sino que dé valor a su propuesta y la justifique. Ya sabéis: tirar del terruño para que parezca algo necesario. Pero en este caso y en cualquier otro, es la mano del escritor la que nos guía y construye y la que nos hace creer, no la temática escogida. Estos dos autores texanos beben de las raíces nativas de los indios americanos, de sus posibles ancestros, pero esto ni da profundidad ni credibilidad a una insustancial historia de teriomorfos. Aburrimiento a mansalva en estos acercamientos al “terror actual” que devienen más viejos que el más recóndito relato gótico. Pero no todo va a ser mala suerte, y el tercero ya es otra cosa. Ray Russell, el autor de los excelentes Sardonicus (1960) y Sanguinarius (1962), nos traslada en Los amantes fugitivos (The Runaway Lovers, 1967) a un pasado cruel donde reyes, nobles, reinas y trovadores no tienen nada que envidiar de los protagonistas de la celebérrima Juego de tronos (Game of Thrones, tanto da la novela que la serie de televisión), solo que con sentido del humor. Despiadado e irónico, sin que tampoco uno quede impactado por su lectura introduce al menos un poco de diversión a la tremenda en un libro que se había iniciado en un mortecino tono gris.     


Como si el relato de Russell fuera una premonición o supusiera una introducción suculenta, justo a continuación nos encontramos con los dos cuentos más brillantes, sin duda mis favoritos, de esta antología. El tronco del pescador (Fisherman’s Log) de Peter D. Pautz es una historia de densa y ominosa atmósfera donde una tranquila tarde de pesca ve rota su paz por lo extraño y lo inconcebible. Los dos niños protagonistas verán alterada su felicidad casi idílica por la irrupción de un ser de pesadilla que nos hará pensar en esos monstruos que pueblan nuestros peores sueños: la infancia invadida por el terror ancestral que acecha siempre alerta y dispuesto a turbar nuestra paz. Pautz nos traslada a la perfección a un mundo donde los temores infantiles se adueñan de la realidad y les da vida en un entorno luminoso y alegre como es la ribera de un río en un día estival, pero que también es la niñez de los protagonistas despedazada con brutalidad. Pautz hace explícito que los ritos de madurez implican la muerte de la inocencia. No puedo dejar de decir adiós (I Can’t Help Saying Goodbye, publicado originalmente en la revista Ellery’s Queen Mystery Magazine en su número de mayo de 1978) de Ann Mackenzie va aún más lejos en su reflejo de una infancia atravesada por el horror, o quizá mejor sería decir cómo la infancia es consustancial a él y lo lleva consigo. El entrecortado e inocente relato en primera persona de una niña de nueve años es sin duda el más estremecedor de esta recopilación. Mackenzie pone voz con maestría a esta niña que sin pretenderlo, apenas sin ser consciente de ello, lleva la muerte allá donde va. O quizá sea tan solo que puede anticiparla… En cualquiera de los dos casos, un cuento cuya mirada cargada de candidez multiplica la extrañeza con la que la autora nos obliga a mirar y a escuchar a esta sorprendente niña prodigio que nunca te llevarías a tu casa aunque sí al trabajo, claro, que allí sí que nos vendría bien. Todo en él es tan encantador como terrible, y como he indicado a mi gusto supone la pequeña joya de esta antología.    


Ramsey Campbell es un autor consagrado en esto del terror actual, pero por más que lo intento no hay manera de que me guste algún relato suyo. El vagabundo de medianoche (Midnight Hobo) es de una apatía tal que es imposible evitar que se contagie a su lectura y que aburra hasta lo indecible pese a su brevedad. No interesa la trama, una criatura que se oculta en un túnel a la espera de sus víctimas, ni su protagonista, un locutor de radio un tanto plasta, ni el estilo mortecino y pretencioso de Campbell. Cómo la cercanía de esta tontuela criatura que no produce el más mínimo espanto al lector afecta al protagonista, al que parece que sí atemoriza con su presencia, en su trabajo podría haber logrado funcionar en otras manos, quien sabe, si se le hubiera prestado un tono más angustioso. Pero esas peleas laborales en las que un trepa recién llegado hace la competencia al prota, el empleado de toda la vida amenazado por el nuevo como lugar común retrillado por Campbell, deviene una historia descafeinada contada sin el más mínimo espíritu, sin alma. Solo queremos terminar cuanto antes y pasar a cualquier otra cosa. Hasta me lo leí dos veces por ver si acaso era culpa mía no poder entrar en la narración. Sí, así puedo llegar a ser de ingenuo. Serpientes y tortugas (Snakes and Snails) de Jack Hadelman II va de vampiros en los pantanos sureños de los Estados Unidos. Así puede que hasta os suene bien, pero se queda a medio camino de todo. Otra lástima. Peor todavía me resultó Nápoles (Naples, publicado por primera vez en la antología Shadows en 1978) de Avram Davidson, del que lo único que se me ocurre decir es que en el libro su nombre aparece como Avran. Lo olvidé casi antes de haber terminado de leerlo. De nuevo lo actual estaba más muerto que una piedra. Menos mal que el final me reservaba si no ninguna sorpresa especial sí al menos un poco de diversión. Al viejo estilo, eso sí.


Portada: Ronald Walotsky. 

Lo mató con un palo (He Kilt It with a Stick, publicado por primera vez en The Magazine of Fantasy and Science Fiction en febrero de 1968) de William F. Nolan es un relato divertido protagonizado por un obsesivo y enfermo asesino compulsivo de gatos. Y en la postrera venganza de estos. No es ninguna maravilla, vale, pero es que con un título así solo podía recibir de nosotros nuestra mayor simpatía. Nolan es también el autor de La fuga de Logan (Logan’s Run, 1976) junto a George Clayton Johnson y de las dos continuaciones de esta en solitario. Y llegamos al fin con La criatura (The Ghouls, 1975) de R. Chetwynd-Hayes, otro relato en tono medio de broma sobre zombies modernos utilizados como mano de obra barata en nuestro mundo “actual”. Podría haber resultado una incendiaria salva contra el sistema capitalista que nos explota y nos exprime, pero no va más allá de la anécdota macabra. No pasa nada porque así sea, pero su carencia absoluta de la más mínima densidad y fuerza no ayudan a hacerlo perdurable en nuestra memoria. Charles L. Grant., el antologuista de este libro, nos prometía en su introducción que aquí íbamos a encontrar a los maestros de este terror actual que huye de lo viejo. Y lo cierto es que solo hemos encontrado cosas viejas vestidas con ropajes modernos: pocas cosas hay que den más penilla. Pero nos quedamos con esos relatos que sí nos han gustado y que si bien no marcan ningún camino nuevo ni abren nuevas vías al relato de horror sí que nos han estremecido y apasionado hasta conmovernos. Al final no importa el tiempo: importan las sensaciones que perdurarán en él.


GRANT, Charles L. (comp.). Las mejores historias de terror III. Selección e introducción de Charles L. Grant; traducción de Hernán Sabaté; ilustración de cubierta de Salinas Blanch. Barcelona: Martínez Roca, 1984. 159 p. Súper Terror; 7. ISBN 84-270-0847-3.   

lunes, noviembre 16, 2015

El legado de Lovecraft (1990)



El legado de Lovecraft (Lovecraft’s Legacy, 1990) es un libro que nació bajo la excusa de que se cumplía el centenario del nacimiento del escritor Howard Phillips Lovecraft. Tan buena o tan feble como cualquier otra, pero que a nosotros nos vale y nos sobra. Más aun teniendo en cuenta la excelente calidad de los cuentos que lo forman, que si bien en muchos casos se alejan de lo que sería una influencia directa o evidente del homenajeado, es cierto que en todo momento se explica que este “legado” consiste sobre todo en una forma moderna de ver el relato de terror más que en meter a Cthulhu a piñón en los textos, más en una actitud a la hora de afrontar las historias y buscando un realismo y una verosimilitud donde enmarcar lo fantástico alejándose de los viejos (no por ello menos amados) goticismos. Deudores de su revolucionaria adscripción al género más que de sus temáticas, por más que de maneras subrepticias por algún lado se atreven a mostrar sus tentáculos primigenios. En fin, pocas alusiones directas a los famosos dioses míticos creados por Lovecraft encontraremos aquí, lo cual se agradece pues en ocasiones resulta cansino el leer historias que copian su temática pero que se ven impotentes de hacernos sentir el más mínimo escalofrío o esa agobiante y desesperante sensación de perdición y malignidad suprema que emana de sus mejores relatos. Y es que Lovecraft no se aparece solo porque escribamos Cthulhu ni por mucho que repitamos el nombre del mayor de los antiguos tres veces ante un espejo. Los cuentos de Lovecraft poseen una atmósfera única, enfermiza y surreal, y por eso es tan difícil recrear su esencia. Varios de los escritores aquí reunidos lo han conseguido. Solo podemos celebrarlo. 

El libro se abre con unas bonitas y sentidas palabras de Robert Bloch, Introducción: una carta abierta a H. P. Lovecraft, que de forma epistolar rememora la última carta que escribiera al que entonces era su maestro en marzo de 1937, poco antes de la muerte de este. El homenaje de Bloch nos recuerda las facetas más conocidas de Lovecraft, tanto en lo concerniente a su escritura como a su vida: sus solitarios paseos nocturnos, la convivencia con sus tías rota de manera breve por su estancia en New York con su esposa, su poco éxito mientras publicó en la revista pulp Weird Tales que sin embargo supuso el germen de lo que con el tiempo sería todo un culto, su labor de escritor fantasma… Y una conclusión más que certera: sabemos mucho de Lovecraft por sus cartas y artículos, pero a la vez en gran medida su existencia nos sigue pareciendo un misterio. Es increíble que con tanto material sobre él y escrito por él su vida esté llena de lagunas y secretos que no seremos capaces de desvelar del todo. En realidad, su leyenda no sería tan fuerte si todo estuviera iluminado por una potente luz.

Bloch no parece tener gran cariño ni por alguna obra de Otis Adelbert Kline ni por las de otros autores coetáneos a HPL que triunfaban en Weird Tales mientras que este seguía sumido en las sombras. Tampoco resultan de su agrado las portadas que la maravillosa ilustradora Margaret Brundage realizaba para la revista. Y aunque estas opiniones no podamos compartirlas del todo, sí desde luego su colofón: el éxito que se le negaba a Lovecraft sonreía a escritores que eran inferiores a él. La importancia de Cthulhu y los mitos a él ligados en la literatura fantástica, toda la obra de Lovecraft, son incuestionables hoy. Bloch así nos lo recuerda en esta carta escrita a su mentor con la esperanza de que, esté donde esté, si acaso estuviera en algún lugar, pudiera leerla y saber qué ha sido de su legado y de cómo este sigue vivo y con más fuerza que nunca.

«Bien, señor Lovecraft, vas a empezar tu segundo siglo como maestro indiscutido de la literatura fantástica…, y puede que en sí mismo eso sea una fantasía que jamás llegaste a imaginar.

Pero es una realidad más que merecida.» (Bloch, p. 13)

Pero pasemos ya a los relatos. El primero de ellos, Un secreto del corazón (A Secret of the Heart) de Mort Castle, en estilo más pareciera rendir vasallaje a Edgar Allan Poe que a Lovecraft. En cualquier caso el primero fue siempre reconocida influencia del segundo. Castle nos trae a esta antología un gran cuento que lo es principalmente por su urgente y angustiosa atmósfera, donde el mal y los dioses que lo reparten resultan más atisbados que vistos de verdad. La inmortalidad tiene un precio y al narrador por el momento le ha salido barata. Siempre que no cometa un error, claro. Estremecedoras son las páginas en las que el protagonista, niño aún, pierde la fe en Dios ante las clarividentes palabras de su padre o cuando asiste a la aterradora consunción de su prima, también apenas una niña, atrapada por oscuros efluvios del más allá. Como relato lovecraftiano resulta un buen homenaje, pues más que recurrir a los habituales lugares comunes utiliza tan solo algunos de ellos, en especial los concernientes a libros antiquísimos que esconden saberes ancestrales y prohibidos entre sus páginas, para ofrecernos algo distinto. No es una fotocopia enmohecida: es una historia con sabor puro a Lovecraft sin necesidad de revolcarse en su legado. Esto es, respetándolo.

En El otro hombre (The Other Man), Ray Garton nos narra una trampa centrada en los viajes astrales con la aparición de una criatura demoniaca que ni de lejos nos provoca el intenso terror que nos hacían sentir las de Lovecraft. Deviene un chiste macabro sin chispa alguna que no deja de ser curioso por el morro que le echa el autor pero que no funciona lo más mínimo. Y tras dos autores norteamericanos le toca el turno a un inglés, Graham Masterton. Su Will es un magnífico relato. Las excavaciones que están sacando a la luz el mítico Teatro del Globo de Londres desentierran también a un Antiguo que dormitaba por allí atrapado en el pasado por un escritor, quizá el más reconocido de todos los tiempos, cuya fama se debe a un trato infernal con esta criatura. ¡Toma ya! Me encanta. Libros, cartas y viejos manuscritos van revelando la verdad de unos hechos increíbles que vencen a nuestra incredulidad con progresiva convicción. El órdago de Masterton llega hasta el punto de apoyarse en textos del propio Shakespeare para probar esta alianza maligna que llegó demasiado lejos. Este delirante planteamiento está guiado con tanta seriedad y mano firme que funciona sin provocarnos demasiadas dudas en su desarrollo, y eso que estira la cuerda al límite. La habilidad de Masterton para en apenas unas líneas meternos de lleno en la trama y mantenernos en ella sin opción a huir es sobresaliente.

El Gran «C» (Big «C») es obra de otro autor británico, Brian Lumley. Inspirado en El color que surgió del espacio (The Color Out of Space, 1927) de Lovecraft, no he podido dejar de pensar, en atractiva conexión, durante su lectura en la novela de Dino Buzzati El gran retrato (Il grande ritratto, 1959) por más que hay diferencias evidentes. Es bonito dejarse llevar por la idea de que exista cierta concomitancia imaginativa en dos escritores tan distintos, ¿no os parece?, si bien el referente claro de Lumley es Lovecraft. El gran «C» resulta un relato brutal y absorbente, un híbrido fantástico de ciencia ficción y terror que desemboca en una pesadilla vívida propia de una alucinación lovecraftiana. Este viaje al corazón del horror, y tal es así de manera literal, nos ha encantado y atemorizado por igual: se siente su poder cósmico, se respira su maldad, se comparte su desesperanza.

Vamos ahora con un pequeño bloque de cuentos que a mi gusto suponen lo más flojo del libro junto al de Garton ya comentado. Feo (Ugly) de Gary Brandner no deja de ser simpático pero se olvida nada más terminar. La historia de Murray y su lagarto conservado en un molde de plástico, ambos idénticos en su fealdad, ambos liberándose de sus cadenas para comenzar a vivir, no nos lleva muy lejos. Más pobres aún nos han resultado El guardián del alma (Soul Keeper) de Joseph A. Citro y Los papeles de Helmut Hecker (From the Papers of Helmut Hecker) de Chet Williamson. El primero se centra en un arrebato de locura mística que te deja más helado que un balde lleno de los cubitos con los que se arropaba en su bañera el protagonista del relato de Lovecraft Aire frío (Cool Air, 1926). Una tontuna narrada sin intensidad y sin convicción. En el segundo se agradece un poco el toque de humor, con Lovecraft reencarnado en un gato, animal al que adoraba: ¡nada pues más apropiado! Pero todo resulta burdo y demasiado forzado en este relato precipitado y poco elegante.


Entre medias de estos pudimos disfrutar de La hoja y la zarpa (The Blade and the Claw) de Hugh B. Cave, un escritor británico coetáneo de Lovecraft que publicó sin descanso en las más oscuras (por ende, atractivas) publicaciones pulp de la época. Estamos aquí ante un intenso relato de vudú, maldiciones y venganzas bien justificadas. Cave acierta sobre todo en su ambientación y tratamiento veraz del vudú (veraz en el sentido en que lo sentimos así al leerlo, que es lo que importa). Mezclar en el mismo saco a los despiadados Tonton Macoutes con unos simpáticos gatitos puede resultar chocante, pero Cave no pierde el rumbo y deja fluir su experiencia en atemorizar y sorprender al personal. Merifilia (Meryphillia) de Brian McNaughton es un cuento en el que destaca de manera brillante el hermoso contraste, muy bien narrado, entre el romántico espíritu de la joven Merifilia y su condición de espeluznante gul. Puede desgarrar carne de cadáver para alimentarse sin perder por ello un ápice de su romántica tristeza. El punto de vista adoptado por el autor, el de Merifilia, hará que nos identifiquemos con ella, más aún para quienes como ella hemos sufrido sus mismas tristezas, melancolías y soledades resignadas. Añadido esto siempre a ese rechazo que nos hace sentir como si fuéramos monstruos a ojos de nuestro ser amado y, al final, también a los nuestros al asimilar el dolor provocado como algo natural y justificado. Divertido, macabro y algo gamberro, su combinación con un hálito romántico soñador y oscuro engrandece este relato que parece pequeño, como su protagonista, pero que oculta una sensibilidad tan profunda como la que alberga su corazón antropófago. El tono socarrón también potencia esta veta romántica pues lo acerca a nuestra sensibilidad actual partiendo de unos hechos ambientados en el pasado en una tierra de nombres fantásticos. Como si todo este fruto de la imaginación no tuviera otro camino que el de la verdad y la sinceridad de los locos, evanescentes y algo tontorrones idilios adolescentes, pero a la vez toda su inocencia y su desgarradora pasión.

El Señor de la Tierra (The Lord of the Land) de Gene Wolfe es quizá uno de los más marcadamente lovecraftianos del libro en cuanto a temática y ambientación, aunque tratándose de nuestro siempre admirado Wolfe no puede faltar su toque raruno y dislocado, ese que tanto amamos. Los Estados Unidos más rurales y recónditos representados por una extraña familia de granjeros compondrán el escenario y los actores de este drama terrorífico, pero pasando por el filtro contagioso del legendario y misterioso pasado egipcio con sus deidades malignas. H. P. L. de Gahan Wilson nos presenta al mismo Howard Phillips Lovecraft protagonizando una historia que es un homenaje sincero y muy divertido a nuestro autor. Longevidad extrema, una biblioteca de ensueño y la visita de los primigenios se funden en un cóctel de lo más agradable de leer, y que cuenta además con el coprotagonismo de un excelso Clark Ashton Smith haciendo de valet de Lovecraft. Wilson realiza un retrato fantástico y entrañable de los dos escritores ante el cual es imposible no sentir cariño. Con El orden de las cosas desconocidas (The Order of Things Unknown) de Ed Gorman el nivel vuelve a descender aunque sin causar daños graves. Este relato de un asesino en serie poseído por podéis adivinar fácilmente quién no es de lo mejor de la recopilación, ya está dicho, pero aun así es entretenido y casi supone un descanso dentro de un conjunto de cuentos de un nivel excelente. ¡Alguno debía fallar! En la cuenta final, cuatro de trece es un más que magnífico resultado. Este rollo de psicópatas con descripciones de asesinatos de chicas en el que nos envuelve Gorman no es que sea algo que me guste demasiado, pero el obligado toque lovecraftiano le confiere cierta gracia. Y para terminar un relato que ya había leído en otra recopilación (Cthulhu 2000, donde también se incluía H. P. L.) y que confieso que me encanta: Los páramos (The Barrens) de F. Paul Wilson. Me gusta de manera especial su inicio, con esa forma tan medida y clásica de irnos introduciendo en lo desconocido, aquí los desolados bosques de los Pinares de los Páramos de Jersey. Su cumbre, a mi sensibilidad, se encuentra en el tramo central, en el momento aterrador en el que la pareja protagonista se enfrenta con las “luces” de los Pinares, un capítulo que Wilson ha ido anticipando y preparando de manera magistral. Unas páginas de una intensidad terrorífica tan potente que a partir de ahí, si bien mantiene el ritmo y la tensión, y sobre todo el interés, su fuerza no vuelve a ser igualada. Es un relato que resulta mucho más efectivo cuando aún no sabemos qué demonios está pasando que cuando llega la hora de que lo sepamos. El misterio y la intriga potencian el horror: nuestra imaginación se dispara y la resolución acaba defraudando un poco. Pero dejando aparte su desenlace, que tampoco está mal, su desarrollo atrapa de forma tan arrebatadora que esto termina por darnos igual. Un excelente cuento al que quizá la falta de “nombre” de su autor mantiene en la sombra, pero que sin duda podemos contarlo entre lo mejor de este El legado de Lovecraft.    

Todos los relatos incluyen un “Posfacio” donde los diferentes autores escriben sobre su herencia lovecraftiana, su experiencia como lectores de Lovecraft o un agradecimiento por su obra. De forma independiente de que su estilo pueda verse marcado por el homenajeado, el escribir cuentos de terror se lo deben casi todos a él. Solo podemos añadir que esta compilación dirigida por Robert E. Weinberg y Martin H. Greenberg nos ha encantado y os animamos a que no dejéis de buscarla entre los montones de libros de saldo o de segunda mano. Como le corresponde, no es un mal lugar para él alojarse entre las mugrientas estanterías de una librería de viejo o entre las pilas olvidadas de cualquier mercadillo. Buscarlo y encontrarlo allí donde nadie se detendría a hacerlo es un placer añadido.



WEINBERG, Robert E.; GREENBERG, Martin H (sel.). El legado de Lovecraft. Traducción de Albert Solé; introducción de Robert Bloch. Barcelona: Martínez Roca, 1991. 333 p. Gran Súper Terror. ISBN 84-270-1557-7. 

miércoles, octubre 28, 2015

El misterio del carruaje (1886), de Fergus Hume



No resulta difícil imaginarnos a un joven Fergusson Wright Hume (1859-1932) intentando colocar algunas de sus obras teatrales a los productores y empresarios de espectáculos en la Australia de finales del siglo XIX. Él mismo nos narra cómo era rechazado una y otra vez, más por su falta de nombre en el mundillo literario, lo cual nos demuestra que hay cosas que no van a cambiar, como cantaban Los Nikis, “por mucho tiempo que pase”, que por su falta de calidad. Bueno, ¿qué hacer ante semejante panorama? Pues está claro: ¡hacerse un dichoso nombre! Y presto se pone a pensar en qué género está de moda entre los lectores y en el que podría despuntar si consiguiera escribir una novela. Ya habrá tiempo cuando alcance el éxito de retornar a su ambición original: ser autor teatral. Resulta que el policíaco es un género novelístico casi recién nacido y que goza del favor de la masa lectora, así que, como tampoco es que tenga mucha idea de qué demonios es eso, se compra un buen montón de libros del autor más exitoso del momento en tal materia, Émile Gaboriau, las lee del tirón y allá que empieza a escribir un relato de crímenes y misterios mil que ambienta en la misma Australia, que es el lugar donde vive y que conoce bien aunque naciera en Inglaterra. Y hete aquí que, casi sin querer, partiendo de una edición amateur, su novela El misterio del carruaje (The Mistery of a Hansom Cab, 1886) obtiene un éxito descomunal. Se edita una vez tras otra y en su Inglaterra natal hasta hay quien afirma haberla escrito tras el seudónimo con el que dan por supuesto está firmada. La novela se convierte en todo un best-seller. Estos hechos marcaron la carrera posterior de Fergus, que abandona Australia para instalarse definitivamente en Inglaterra, consigue que crean que él es el autor verdadero de la novela, escribe otras 140 novelas más y se olvida de su deseo de triunfar tras las bambalinas. Ante tantas historias tristes de escritores desgraciados es una pequeña alegría comprobar que nuestro héroe alcanzó la gloria y la fama, cosas no muy importantes después de muerto pero que seguro que en vida disfrutó de lo lindo, y además la inmortalidad literaria pues hasta en la España del siglo XXI podemos disfrutar de la lectura de esta novela gracias a la edición de lujo, toda elegancia y clase, de la editorial dÉpoca. Su lectura nos ha supuesto todo un placer. ¿Por qué? Pues vamos a intentar explicarlo, aunque lo que de verdad importa, como siempre afirmamos aquí en este vuestro solitario y oscuro blog, lo valioso no es lo que podamos escribir mejor o peor sobre ella, sino que ni os lo penséis un segundo y os pongáis a leerla.   


El misterio del carruaje, lo decimos ya desde el principio, es una excelente novela en la que los ingredientes detectivescos y criminales se entremezclan con los más clásicos del folletín de misterio: secretos del pasado que marcan y deciden el presente de los protagonistas, por lo que quizá no sea descabellado en este sentido señalar su vinculación, ubicación australiana aparte, con Estudio en escarlata (A Study in Scarlet, 1887), la primera aventura y novela del mítico Sherlock Holmes, obra de nuestro admirado sin fin Arthur Conan Doyle; personajes de los bajos fondos descritos bajo la influencia evidente de Charles Dickens, tanto en la forma de hablar de los mismos como en las descripciones de los diferentes ambientes y localizaciones donde viven, en especial el caso de la tan horrible como divertida Abuela Raterilla (es ella quien protagoniza uno de los momentos más crueles y terribles de la novela, el cual me hizo recordar la impresionante película de Erich von Stroheim Avaricia, Greed, 1924); damas sufrientes y enamorados dolientes; resoluciones de algunos acontecimientos algo confiadas a la “suerte”… En fin, nada que podamos considerar negativo pues amamos este tipo de literatura.


Hume brilla en la construcción de personajes, todos creíbles y con la fuerza suficiente para mantener el interés del lector en ellos y su devenir. Y la trama detectivesca es apasionante en bastantes tramos sin decaer jamás el deseo de conocer la solución, por más que en su desenlace no sea complicado adivinarla. No nos importa, pues llegados a este punto son las vidas de los personajes las que nos tendrán atrapados y ya no tanto la sucesión algo folletinesca del desvelamiento de la historia. La ambientación australiana le da un encanto y un toque especiales que el autor sabe transmitir con sumo cuidado y detalle. Y aunque se echa en falta quizá más protagonismo de los dos detectives que se enfrentan al caso, esto acaba importando poco arrastrados por la emoción que transmiten el resto de protagonistas. Prueba del éxito de la novela es que ya en la época muda se llegaron a hacer tres adaptaciones al cine de la misma. La primera en 1911 en Australia dirigida por W. J. Lincoln, la segunda en 1915 en Inglaterra de la mano de Harold Weston y una tercera de un solo rollo, un cortometraje de animación en realidad, en 1917, El gran misterio del cabriolé (The Great Hansom Cab Mistery), dirigida por el genial Gregory La Cava y producida por el magnate William Randolph Hearst, propietario del periódico en el cual se publicaba la tira de cómic original de Georges McManus Bringing Up Father, dentro de cuya serie se hizo una versión de la novela de Hume. La Cava por entonces se dedicaba al cine de animación realizando versiones de cómics de éxito como Krazy Kat, The Katzenjammer Kids, Happy Holligan o Jerry on the Job entre otros. Qué añadir aparte de que nos encantaría poder ver estas tres películas, pero mucho nos tememos que estén perdidas. Si no fuera así, amable lector, y tú supieras de alguna de ellas, sabes que agradeceríamos hasta el infinito que nos proporcionaras información y manera de poder verlas. Mientras, nos conformamos con la lectura de esta fantástica novela en una edición, como ya hemos comentado, exquisita de parte de una editorial, dÉpoca, que seguiremos con atención y devoción.


HUME, Fergus. El misterio del carruaje. Traducción de Rosa Sahuquillo Moreno y Eva María González Pardo; introducción de Susanna González; ilustraciones de C. Sedano. Morcía, Asturias: Editorial dÉpoca, 2015. 345 p. Misterios de Época. ISBN 978-84-943634-0-5.  

lunes, octubre 19, 2015

E-19 (2015), de Mayte Alvarado



Quizás sea la soledad el estado natural del hombre. Respirar en la calma y la tranquilidad que acompañan el aislamiento y la distancia de otros seres humanos es un placer que saben valorar quienes temen las multitudes y su ruido cargado de furia y distorsión. Pero un breve detalle, un destello lívido nos puede hacer pensar que nos equivocamos. Contemplar dos pájaros en una rama que juegan y alzan el vuelo juntos hacia un amanecer lejano tal vez nos haga añorar el deseo de compañía. Y esto es lo que le sucede al campesino protagonista de E-19 al principio de este estremecedor y maravilloso cómic de Mayte Alvarado. La costumbre, el rito idéntico de vivir un día y después otro igual a este no son suficientes para colmar nuestro deseo. Porque cuando todo acontece en la misma secuencia repetida de actos y vivencias mínimas la necesidad del otro se hace imperiosa si hay algo que rompe ese estado de monótona placidez. El curso propio de todas las cosas se resquebraja y queremos aquello que creemos nos pertenece, que otros disfrutan y comparten y que a nosotros nos parece negado. La soledad se inunda de dolor al recordar aquella vez que fuimos felices con la persona amada. Y ansiamos que vuelvan esas sensaciones, incluso cuando sabemos que el objeto de nuestro anhelo imposible ya no retornará. El campesino verá así invadido su monótono discurrir por la necesidad de una compañera. Y en su aislamiento y deseo de recuperar lo que una vez tuvo o creyó tener construirá una mujer artificial, un robot, que le proporcione esa compañía deseada. Piensa así que con una metáfora suplirá la realidad. Pero las metáforas también tienen vida propia: sueñan, viven, crecen y desean a su vez. Quizás al final la soledad no sea nuestro estado natural, sino la proyección de saber que solo en ella seremos felices. Anhelando siempre, porque conseguir lo que se desea no da fin al dolor. 

Historias de amores y querencias insólitas, de melancolía pausada y silencios de desesperada resignación, de encuentros extraños entre personas solitarias llenan las páginas de la hermosa obra de Mayte Alvarado. Eso es lo que podíamos ver en Miss Marjorie (2013) y Livianas (2012), dos de sus libros anteriores, y que también encontraremos en E-19. Dominado por dos colores antagónicos, azul para el campesino y naranja para la robot, la vida alzándose más real entre los engranajes mecánicos que de la sangre y la carne humanas. Mayte impone su ritmo en la narración y esta nos invade y nos insta a adoptar su cadencia: un día que pasa con el sol desplazándose en lo alto, un instante nocturno en el que un hombre le habla de las estrellas a su compañera, un ser mecánico que abre los ojos a la vida. Nos describe estos breves momentos con una perfección expositiva de tal fuerza que nos olvidamos de que no hay palabras que acompañen a sus dibujos. Escuchamos su voz tras ellos y oímos respirar a sus personajes. Una página lleva a la siguiente y el relato se desarrolla con una fluidez exquisita, con una poesía que en su delicadeza no olvida lo horrible, la oscuridad que anida y acecha en el corazón humano. Una mariposa, una flor, un soldador tienen tanta importancia como los protagonistas. Detalles pequeños que al hacernos la autora fijar la vista en ellos nos hacen comprender lo grande. Una historia de apariencia sencilla que resume todos los sueños y decepciones, toda la belleza y el horror de los innumerables corazones perdidos en esta tierra impasible.




ALVARADO, Mayte. E-19. Badajoz: El Verano del Cohete, 2015. (72 p.). ISBN 978-84-942610-3-9.

viernes, octubre 02, 2015

Challenger (2015), de Guillem López



Ya sabéis que no soy muy dado a seguir la literatura actual. En La Décima Víctima vivimos anclados en los siempre acogedores brazos de fantasmas del pasado y eludimos las luces modernas que con sus neones nos deslumbran demasiado, nosotros tan acostumbrados a vivir en la oscuridad. Pero no pudimos resistir la encendida recomendación de leer esta novela y, creedme, el viaje al presente ha merecido la pena. La novela Challenger (2015) de Guillem López está formada por 73 pequeñas historias que se van cruzando unas con otras y que acontecen al mismo tiempo que el desastre del Challenger, el transbordador espacial que explotó en los cielos a los 73 segundos de su despegue dejando un reguero de metal y fuego y las ilusiones del sueño del viaje espacial hechas añicos en apenas unos instantes. El evento estaba siendo retransmitido en directo por la televisión y millares de espectadores contemplaron estupefactos el terrible accidente. Guillem López parte de aquí para ofrecernos un mosaico de vidas a las que este hecho afecta o no, pero que se desarrollan en ese momento, como si se abriera una extraña puerta temporal que nos permitiera atisbar en esos 73 segundos 73 de esas existencias y su extraña ligazón, como si en realidad formáramos parte de un todo que se expandiera sin fin y que no pudiéramos controlar. Como el accidente, hechos impredecibles que nos superan y que nos marcan.

Este conjunto de pequeños relatos en apariencia cotidianos resultan apasionantes en algunas ocasiones e intrascendentes en otras, como no deja de ser así la vida al final. Un gran libro que te arrastra de una viñeta a la siguiente con los ojos, casi siempre, embebidos por la emoción y el asombro. Una visión oscura y negativa del ser humano y su acontecer: la mayoría de sus protagonistas sufren bien por su propia culpa, por decisiones erróneas, situaciones desesperantes o vicios inconfesables que tendrán de manera indefectible un mal desenlace, o bien por culpa de los demás, de cuya influencia perniciosa en ocasiones nos es imposible escapar. Sin embargo estas muestras de, diríamos, realismo sucio están atravesadas por el hálito de lo fantástico, por hechos extraños e inexplicables que abren multitud de ventanas que llevan a lo increíble, a otros mundos paralelos a este o a realidades que no podemos ver pero que están aquí con nosotros. Un mundo donde los hombres conviven con sus fantasmas, pero estos tienen vida espectral y los acompañan sin permitirles dejarlos atrás. O donde espeluznantes monstruos marinos cobran vida en el laboratorio sumergido en las profundidades de un científico loco cuyo fugado doppelgänger se pasea por las calles de una lejana ciudad. Portales a otras dimensiones que se abren sin que seamos capaces de atisbar hacia dónde nos llevarán e infinidad de sucesos paranormales que son descritos con la misma dolorosa frialdad que la realidad más común. Pero una frialdad jamás lejana a un sentir veraz en su emoción de la condición humana. Quizá en algún momento pensemos que López nos muestra solo la oscuridad del hombre, pero tal vez todo no sea sino que vivimos inmersos en esa oscuridad.

Nos la recomendaron y ahora os la recomendamos totalmente a su vez. Esta mezcla efervescente de realismo y fantasía desatada nos ha ganado. Felicitamos a la editorial Aristas Martínez no solo su insistencia en que no dejáramos de leerla, si no su valentía al atreverse a publicar esta obra que quizá no está recibiendo la respuesta que merece, pero que pensamos que poco a poco irá calando en los lectores. O así debería ser.


LÓPEZ, Guillem. Challenger. Badajoz: Aristas Martínez Ediciones, 2015. 505 p. Pulpas, narrativa; 15. ISBN 978-84-943794-1-3.  

miércoles, agosto 12, 2015

El futuro ya está aquí (Ciencia ficción, selección 19, 1975)


Allá por los años 70 la editorial Bruguera dedicó en su colección Libro amigo una buena cantidad de volúmenes a compilaciones de relatos de ciencia ficción seleccionados de la revista norteamericana The Magazine of Fantasy and Science Fiction, los cuales se publicaron bajo el escueto pero esclarecedor título del género al que estaban dedicados seguido de ese “selección” que los unificaba y del número que formaban en la lista. Gozan de muy buena fama entre los aficionados, y con razón. Nos detendremos hoy a repasar este volumen que supone el 19 y que, en toda su magnífica simplicidad, se acoge al nombre de Ciencia ficción, selección 19. Todos ellos buscaban una temática que justificara la mentada selección de cada número y la de este en concreto, como nos adelanta Carlo Frabetti en su Presentación: tradición y vanguardia en la SF, está dedicado a la New Thing (Nueva cosa, en español, traslación que suena bastante feota en nuestro idioma), también conocida como New Wave (Nueva ola, que suena bastante mejor, más futurista y moderna, ¿no?), el movimiento literario fundamentalmente británico que dentro de la CF buscó renovar el género viajando más hacia el interior del hombre, lo humano, que hacia el espacio exterior, aunque también. Se intentó introducir un nuevo estilo narrativo, más arriesgado y cercano a la vanguardia, aparte de nuevas temáticas y novedosos enfoques a antiguas cuestiones. Escritores que le insuflaron un aspecto innovador y revolucionario junto a otros que dentro de la tradición supieron hacerse eco de estos cambios. El género evolucionaba sin dejar de ser fascinante.


The Magazine of Fantasy and Science Fiction 
(MFSF), febrero 1972.
Portada: Bert Tanner.
(Todas las portadas de la revista están extraídas de la magnífica web 
The Internet Speculative Database, ISFDB, AQUÍ)

Se incluyen seis relatos de los que quizá de manera estricta tan solo dos puedan considerarse ejemplos de esta New Thing, y además uno de ellos de una autora norteamericana como ejemplo de que la cosa, nunca mejor dicho, no se circunscribió a las islas. En Los días del perro (Dog Days, publicado en The Magazine of Fantasy and Science Fiction, como el resto así que no especificaré en adelante este dato, en febrero de 1972) la autora Kit Reed (a la que ya conocíamos bajo el sobrenombre de Shelley Hyde de su anodina novela de terror Fiebre de sangre) nos trae una historia de un mundo arrasado y caído sumido en el caos y con graves problemas de superpoblación. Las calles son patrulladas por brigadas de exterminio de perros, si bien no se atreven a enfrentarse con los más salvajes que dominan las calles atoradas de coches varados como pecios abandonados por una humanidad en regresión. Un futuro en el que los atracos y los asesinatos son habituales, dándose la paradoja de que quien posee un perro puede tener un medio de defensa, más que nunca es el mejor amigo del hombre ante una agresión, pero como los libros en la magnífica novela de Ray Bradbury Fahrenheit 451 (1953) suponen un problema, solo que en el relato de Reed los perros deben ser eliminados debido a la falta de alimentos. Así, la protagonista se encuentra en la encrucijada de entregar a su amada mascota a las autoridades, pero esta supone su único medio de defensa en ese entorno hostil. Antes, vete a saber… ¡antes quizá entregaría al inútil de su marido! Un irónico y simpático relato quizá demasiado limitado al centrarse en su anécdota argumental. La aventura del cliente marciano (The Adventure of the Martian Client, diciembre de 1969), de Manly Wade Wellman y Manly Wade Wellman Jr. (padre e hijo, por si se alberga alguna duda), une a Sherlock Holmes, al doctor Watson y al profesor Challenger (todos ellos, como sabréis, personajes creados por Arthur Conan Doyle) para enfrentarlos a la invasión marciana pergeñada por H. G. Wells en La guerra de los mundos (The War of the Worlds, 1898). Es una lectura entretenida, si bien difícil de conservar en la memoria pues aparte de esta reunión magnífica ofrece poco más. Los autores escribieron otras seis aventuras protagonizadas por estos personajes míticos.


The Magazine of Fantasy and Science Fiction 
(MFSF), mayo 1969.
Portada: Jack Gaughan.

El británico M. John Harrison fue uno de los adalides de lo que se denominó, como hemos comentado al principio, New Thing, y el relato aquí recogido, Londres melancolía (London Melancholy, mayo de 1969; la ilustración de portada de Lozano Olivares corresponde al mismo) no solo es un magnífico ejemplo de esta manera distinta de narrar sino también, y lo más importante tal vez, un sensacional cuento. Desde un punto de vista oblicuo, escondido, donde lo narrado nos es expuesto a través de imágenes poderosas y muy descriptivas pero sin apenas dar explicaciones ni situándolo en contexto (la acción comienza in medias res), es el lector el que poco a poco va construyendo el mapa de lo que está no ya ocurriendo, que resulta diáfano, sino el mundo futuro y postapocalíptico en el que el autor nos sumerge. Y es subyugante ese proceso en el cual en nuestra mente se va conformando de manera paulatina y sin esfuerzo el marco en el que se desarrolla esta pequeña historia de un grupo de supervivientes en el momento final de una terrible invasión alienígena que agoniza. Ciudades derruidas ahogadas en una niebla tóxica, criaturas con la capacidad de volar (los supervivientes) y unos extraterrestres que tienen el aspecto de destructivas libélulas tamaño extra grande que anticipan al mismísimo Alien, el octavo pasajero (Alien, Ridley Scott, 1979). Es impresionante la manera en que Harrison nos hace compartir los desplazamientos por los aires, los acrobáticos y arriesgados vuelos de los protagonistas expuestos siempre al peligro de los vientos, de los aliens y de la niebla maldita que se arrastra allá abajo, pero más aún si cabe la mareante descripción de una gigantesca nave espacial invasora estrellándose contra el enfermo suelo, sobre el que se abre la nube contaminada para tragarse al gigante caído y derrotado por su misma grandeza. Las sensaciones de asombro, maravilla y vaga incomprensión inicial nos hace partícipes de los sentimientos y miradas de los personajes, creando y construyendo una historia de una belleza secreta y sobrenatural.


The Magazine of Fantasy and Science Fiction 
(MFSF), diciembre 1969.
Portada: Ed Emsh.

Más clásico en su construcción es el divertidísimo Fórmula para un bebé especial (Formula for a Special Baby, diciembre de 1969) de Julian F. Grow, que nos cuenta las desventuras de un extraterrestre que está de visita en nuestro planeta con una misión que cumplir. Grow resulta brillante en todo momento haciendo creíble la confusión del alienígena perdido en nuestro mundo y la naturalidad pueblerina del humano que decide ayudarle, más por pena que por otra cosa. Resolver el hecho de que no es necesario comprender al otro para aceptarlo como es, sin falsos posicionamientos, recurriendo a un humor que en más de una ocasión me hizo reír a carcajadas es un logro maravilloso. Un relato en las antípodas del estilo de Harrison pero igual de delicioso de disfrutar. Este es el quinto cuento que Grow escribió protagonizado por su personaje el Dr. Hiram Pertwee, el buen samaritano cuyo desternillante punto de vista da todo su color a esta gran historia, creado en 1961 y del que la presente supone su última aventura. Nada me gustaría más que poder leer las otras cuatro.

Por el amor de Grace (For the Love of Grace, mayo de 1969) de Suzette Haden Elgin es otro magnífico relato, y ya van tres en esta selección 19 que solo por estos ya nos resulta imprescindible. Con un fuerte mensaje feminista, Halden Elgin consigue emocionarnos con esta historia enmarcada en una sociedad patriarcal alienígena en la que los hombres jóvenes comienzan a sensibilizarse con el cambio necesario, una niña se enfrenta a sus mayores con orgullo y valentía y un hombre amante del orden social establecido debe aprender a que hay que empezar a mirarlo todo con ojos nuevos. Un cuento que no pierde jamás de vista la humanidad de sus protagonistas, o de cómo el mensaje llega con más fuerza si no se deja a un lado la emoción ni la perfecta construcción de personajes y se ignora el maniqueísmo. El hecho de que la autora tome como narradora la voz de uno de los creyentes y mayores defensores del régimen establecido que gobierna el planeta nos arrastrará en nuestro deseo de que él, a quien Elgin nos ha hecho apreciar pese a su ideología, abra su mente y comprenda que un nuevo mundo más hermoso y mejor está por llegar. Un mundo en el que la igualdad entre los sexos es una realidad.    

Es verdad que Enigma en Kort (Trouble on Kort, abril de 1969) de William M. Lee, que cierra el volumen, no está a la altura de los tres precedentes, pero es que el nivel de estos lo ponía difícil. Esta aventura policial con paisaje espacial es entretenida, una mini space-opera que se desenvuelve con los tópicos más recurrentes de la novela negra, pero después de lo grande quizá se nos hizo demasiado pequeño.


The Magazine of Fantasy and Science Fiction 
(MFSF), abril 1969.
Portada: Bert Tanner.

CIENCIA ficción, selección 19. Traducción de M. Giménez Sales; introducción de Carlo Frabetti; ilustración de portada de Lozano Olivares. Barcelona: Bruguera, 1975. 189 p. Libro amigo (ciencia ficción); 342. ISBN 84-02-04517-0. 

miércoles, julio 29, 2015

Virginia Mori (2014)


Seguimos poniéndonos al día con nuestras colaboraciones para la página web El antepenúltimo mohicano, en esta ocasión con un hermoso libro editado con el cuidado y mimo habitual de nuestros admirados amigos de la editorial El verano del cohete, Virginia Mori, el cual recoge una selección de ilustraciones de esta autora italiana. Podéis leer la reseña, Las niñas terribles, AQUÍ


MORI, Virginia. Virginia Mori. Prólogo de Pilar Pedraza; textos de Sara Morante, Christiane Cegavske, Ana Sender y Alejandra Acosta. Badajoz: El Verano del Cohete, 2014. ISBN 978-84-942610-1-5.

martes, julio 28, 2015

Cine y jazz (2013), de Carlos Aguilar


Reseña del libro Cine y jazz (2013) de Carlos Aguilar en la página web El antepenúltimo mohicano. Puedes leerla AQUÍ bajo el título La locura del jazz

AGUILAR, Carlos. Cine y jazz. Madrid: Cátedra, 2014. 2ª ed. 383 p. Signo e imagen; 159. ISBN 978-84-376-3340-4.

jueves, julio 16, 2015

Cannon Films (2014)


Escribí hace tiempo una reseña de Cannon Films, el libro publicado por los apasionados editores que conforman AppleHead Team, bajo el título No son bestias, son algo peor: ¡son humanos!, para la página de cine El antepenúltimo mohicano.

Podéis leerla AQUÍ.  


Mi ejemplar.


CANNON Films. (Badajoz): AppleHead Team, 2014. 406 p. La generación del videoclub; 1. ISBN 978-84-697-1568-0.

lunes, mayo 25, 2015

Isabel de Egipto, o el primer amor de Carlos V (1819), de Ludwig Achim von Arnim



El escritor Ludwig Achim von Arnim (1781-1831) fue uno de los más importantes escritores del movimiento romántico alemán, a mi gusto el más apasionante y enloquecido de entre todos los países que vivieron esta ola que dejó tras de sí no sólo enfebrecidas historias de amores imposibles y eternos, sino de manera especial una colección de obras de género fantástico prodigiosas, en las que los elementos sobrenaturales, macabros y tenebrosos se aliaban con un sentido epicúreo de la vida, con la diversión más desenfrenada y en conjunto con una visión lúdica y siempre extraña y esquinada de la vida. Más allá del género gótico, el romanticismo llevó la literatura fantástica a límites que hoy se ven constreñidos a cercados terminológicos más pobres, más acotados, como si el fantástico en sí fuera demasiado difícil de catalogar y mejor fuera encerrarlo en pequeñas y tristonas parcelitas: terror, ciencia ficción, criminal, espada y brujería… Hubo un tiempo en que todo esto valía para una sola obra, en el que los márgenes los imponía la imaginación del autor, en el que la más tenebrosa de las novelas podía contener en su interior momentos para la burla despiadada o la más gratificante y optimista diversión. La tradición del fantástico de raíz europea goza de poco crédito en la actualidad, algo incomprensible comprobando la incombustible modernidad de autores contemporáneos a Arnim como son los gigantescos Joseph von Eichendorff o Ernest Theodor Amadeus Hoffmann, por citar dos de mis favoritos, cuyo irreverente y marginal trazo es posible rastrear en la literatura fantástica de raigambre europea más arriesgada hasta la época actual.

Su novela Isabel de Egipto, o el primer amor de Carlos V (Isabella von Ägypten, Kaiser Karl des Fünften erste Jugendliebe, 1819) funde todas las constantes del movimiento romántico en ella: novela histórica anclada en un pasado idealizado, notas grotescas y divertidas entreveradas en el relato de una gran pasión amorosa, y un arrollador tono fantástico en el que las brujas, los homúnculos y las criaturas más increíbles procedentes de la cultura popular adaptadas por un moderno sentir conviven con los personajes más realistas, incluso con los de carácter histórico, con la naturalidad más chocante y maravillosa que podamos imaginar. Un mundo en el que lo sobrenatural no parece serlo porque es lo cotidiano. De esta forma la novela arranca con la bella joven Isabel, cuyo padre ha sido ajusticiado, viviendo oculta en una villa abandonada haciéndose pasar por un fantasma para que nadie más la habite y así poder pasar sus días sin ser molestada en soledad. La vieja Braka, una gitana como Isabel, cuida de ella y la visita todos los días. Y por una casualidad impredecible el entonces aún príncipe Carlos, el futuro emperador, pasa por la quinta y decide pernoctar en ella retando a los espíritus que sabe habitan allí. Por supuesto los dos jóvenes se enamoran, si bien el joven Carlos en ese primer encuentro huye despavorido de la casa pensando que en verdad ha visto a un espectro, por más bello que sea su apariencia. Comienza así un relato de encuentros y desencuentros entre los amantes, de búsquedas y equívocos que bascularán del drama a, de forma más insistente, la comedia. El relato se inunda de criaturas fantásticas que conviven con las demás casi en cordial entendimiento, o cuando menos sin provocar demasiada extrañeza en el resto de comunes mortales: lo dicho, es normal pasear con un homúnculo de un brazo y un golem femenino del otro.


“Y el más extravagante grupo, formado por una vieja bruja, un difunto que tenía que hacerse pasar por un vivo, una hermosa muchacha de arcilla y un joven sacado de una raíz se sentó en solemne armonía, albergando grandes ideas sobre la felicidad de la vida que en aquel momento se disponían a empezar, sobre tesoros, heroicidades, y dinero para francachelas, (…).” (p. 113)

La novela adopta en ocasiones el tono cruel y despiadado de los cuentos antiguos, donde, como hemos dicho, lo fantástico coexiste con lo real y lo cotidiano con total naturalidad. Pero también, como podemos comprobar cuando nuestros héroes llegan a la feria de un pueblo por el que pasan en su camino, capaz de transformarse en un vodevil romántico y delirante, donde la aventura toma un carácter muy divertido, tanto que por momentos pareciera una comedia cinematográfica de los años 30, una screwball comedy arrolladora capaz de dejarte sin respiración por su desatada imaginación y su acción incontenible. El torpe acercamiento de los jóvenes enamorados, las tonterías y disparates sin igual del homúnculo, los tejemanejes de las brujas o la absolutamente genial Golem Isabel, la doble de barro de nuestra heroína, casada con el caprichoso homúnculo creyendo este que es la auténtica…En su estructura la obra ni tan siquiera olvida esa convención novelística de la época de incluir un relato dentro del relato general. Las sombras de Cervantes y de los relatos de Las mil y una noches, más que otras que pudieran citarse también, se cernían poderosas e influyentes sobre los románticos alemanes. Delirante y genial, cuento romántico y macabro, relato histórico y cuadro de costumbres, drama y diversión, como en los mejores autores románticos germánicos Arnim acaba proponiendo, pese al devenir no siempre amable con sus protagonistas, un canto a la vida, entendiendo esta no sólo como algo gozoso, sino como un claroscuro de alegrías y tristezas. Sus detalles fantásticos no nos alejan jamás de la profundidad de la naturaleza humana, cambiante y multiforme, que Arnim refleja en sus palabras. Toda una maravilla, esta es también una lectura feliz teñida de sombras y oscuridad: en su visionaria concepción del mundo hay más verdad que en la más realista y fotográfica de las novelas.


ARNIM, Ludwig Achim von. Isabel de Egipto, o el primer amor de Carlos V. Traducción de Alfonsina Janés. Barcelona: Bruguera, 1982. 191 p. Libro Amigo; 922. ISBN 84-02-08820-1.

ARNIM, Ludwig Achim von. Isabela de Egipto: un amor de juventud de Carlos V. Introducción y traducción de Ana Isabel Almendral. Madrid: Valdemar, 1999. 174 p. El Club Diógenes; 122. ISBN 84-7702-274-7.