Mostrando entradas con la etiqueta Súper Terror. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Súper Terror. Mostrar todas las entradas

lunes, noviembre 23, 2015

¿Pero qué diablos era eso del “terror actual”? Por ejemplo: Las mejores historias de terror, volumen III (1979)



Cuando era niño y me iniciaba en la lectura de cuentos fantásticos, tiempos en los que las adscripciones genéricas no eran tan determinantes como ahora, allá entonces cuando todas las etiquetas eran absorbidas por el siempre más elegante y aglutinador de “literatura fantástica”, aquellos libros que prometían historias de “terror actual” me daban un repelús fuera de lo normal. ¿Cómo que terror actual? Pero si lo que molaba eran las catacumbas, las iglesias abandonadas, las ruinas, los fantasmas ensabanados y los esqueletos retozones. Cuanto más antiguo, todo era mejor. No dejaba de resultar chocante que por mucha modernidad que prometieran en sus coloridas portadas sus protagonistas eran los de siempre: vampiros, hombres lobo, brujas, zombies, practicantes de vudú y artes mágicas y arcanas, Cthulhus de todos los colores… En fin, lo que variaba era que salían pisos modernos y coches, televisores y demás aparatajes y decorados que cambiaban el telón pero muy poco de la obra. También empezaron a salir psicópatas asesinos, que dentro de la gama terrorífica para elegir siempre me han parecido los más aburridos porque rozan más la sociología que lo netamente sobrenatural. La editorial Martínez Roca con sus dos colecciones Súper Terror y Gran Súper Terror era el paladín de esta nueva forma de enfrentarse al género a la hora de venderlo, porque en su corazón anidaba lo de siempre vestido con ropajes de gran centro comercial. No me importa confesarlo y confío en que mis palabras sean leídas sin rechazo y sin rencor: era un niño y detestaba todas estas cosas nuevas.


De adolescente la cosa fue a peor, claro, que para algo se pasa por esa edad: para oponerse a todo y refugiarse en lo que nadie quiere, porque uno se ve a sí mismo como alguien a quien nadie quiere. Pero el tiempo ha pasado y ahora que soy un medio anciano con poco camino por recorrer como siga fumando estas cosas antaño “nuevas” pues resulta que son viejas también. Y no puedo evitar mirarlas con un cariño infinito. Esto me ha llevado a que poco a poco vaya leyendo los treinta libros que compusieron la colección Súper Terror de la mentada editorial Martínez Roca. Ya escribí reseñas de un par de ellos: Fiebre de sangre de Shelley Hyde y Miss Finney mata de vez en cuando de Al Dempsey. No lo hice de la mediocre y aburridísima Nómadas (Nomads, 1984) de Chelsea Quinn Yarbro ni de la anodina El susurro de la medianoche (The Sound of Midnight, 1978) de Charles L. Grant porque apenas se me ocurrió nada que decir salvo mantener un denso silencio tras su lectura. También porque me cansa escribir sobre cosas que no me gustan: es mucho más gratificante y divertido hacerlo sobre aquello que nos apasiona. Esto trajo consigo que mi idea original de comentar todos los libros de la colección en el blog se fuera al garete. Pero sí intentaré reseñar todos aquellos en los que encuentre algo que me guste (y de los que tengo, que todavía me faltan bastantes para completar la colección). Así ha sucedido con este Las mejores historias de terror III, una selección de relatos de la antología Nightmares de 1979, una compilación realizada por el mencionado escritor Charles L. Grant. Es un libro irregular, claro está, como no suele ser extraño en este tipo de obras, pero incluye un relato sensacional y un par de ellos muy buenos, por lo que ya tenemos golosinas para comenzar.


Aunque habrá que esperar, pues el libro se abre con un par de relatos que justifican con creces los peores temores. Impulsos desconocidos (Unknown Drives) está escrito por el hijo del gran Richard Matheson, Richard Christian Matheson, y al menos en esta ocasión demuestra estar a años luz de su padre. Una historia de horror en la carretera previsible y facilona que ni la supuesta sorpresa divertida y macabra del final ayuda a hacerla mínimamente simpática. Igual de desatinados se muestran J. C. Green y Geo W. Proctor en La noche de los piasa (The Night of the Piasa), que buscan en sus propias raíces, en su tierra natal, una trama no solo original sino que dé valor a su propuesta y la justifique. Ya sabéis: tirar del terruño para que parezca algo necesario. Pero en este caso y en cualquier otro, es la mano del escritor la que nos guía y construye y la que nos hace creer, no la temática escogida. Estos dos autores texanos beben de las raíces nativas de los indios americanos, de sus posibles ancestros, pero esto ni da profundidad ni credibilidad a una insustancial historia de teriomorfos. Aburrimiento a mansalva en estos acercamientos al “terror actual” que devienen más viejos que el más recóndito relato gótico. Pero no todo va a ser mala suerte, y el tercero ya es otra cosa. Ray Russell, el autor de los excelentes Sardonicus (1960) y Sanguinarius (1962), nos traslada en Los amantes fugitivos (The Runaway Lovers, 1967) a un pasado cruel donde reyes, nobles, reinas y trovadores no tienen nada que envidiar de los protagonistas de la celebérrima Juego de tronos (Game of Thrones, tanto da la novela que la serie de televisión), solo que con sentido del humor. Despiadado e irónico, sin que tampoco uno quede impactado por su lectura introduce al menos un poco de diversión a la tremenda en un libro que se había iniciado en un mortecino tono gris.     


Como si el relato de Russell fuera una premonición o supusiera una introducción suculenta, justo a continuación nos encontramos con los dos cuentos más brillantes, sin duda mis favoritos, de esta antología. El tronco del pescador (Fisherman’s Log) de Peter D. Pautz es una narración de densa y ominosa atmósfera donde una tranquila tarde de pesca ve rota su paz por lo extraño y lo inconcebible. Los dos niños protagonistas verán alterada su felicidad casi idílica por la irrupción de un ser de pesadilla que nos hará pensar en esos monstruos que pueblan nuestros peores sueños: la infancia invadida por el terror ancestral que acecha siempre alerta y dispuesto a turbar nuestra paz. Pautz nos traslada a la perfección a un mundo donde los temores infantiles se adueñan de la realidad y les da vida en un entorno luminoso y alegre como es la ribera de un río en un día estival, pero que también es la niñez de los protagonistas despedazada con brutalidad. Pautz hace explícito que los ritos de madurez implican la muerte de la inocencia. No puedo dejar de decir adiós (I Can’t Help Saying Goodbye, publicado originalmente en la revista Ellery’s Queen Mystery Magazine en su número de mayo de 1978) de Ann Mackenzie va aún más lejos en su reflejo de una infancia atravesada por el horror, o quizá mejor sería decir cómo la infancia es consustancial a él y lo lleva consigo. El entrecortado e inocente relato en primera persona de una niña de nueve años es sin duda el más estremecedor de esta recopilación. Mackenzie pone voz con maestría a esta niña que sin pretenderlo, apenas sin ser consciente de ello, lleva la muerte allá donde va. O quizá sea tan solo que puede anticiparla… En cualquiera de los dos casos, un cuento cuya mirada cargada de candidez multiplica la extrañeza con la que la autora nos obliga a mirar y a escuchar a esta sorprendente niña prodigio que nunca te llevarías a tu casa aunque sí al trabajo, claro, que allí sí que nos vendría bien. Todo en él es tan encantador como terrible, y como he indicado a mi gusto supone la pequeña joya de esta antología.    


Ramsey Campbell es un autor consagrado en esto del terror actual, pero por más que lo intento no hay manera de que me guste algún relato suyo. El vagabundo de medianoche (Midnight Hobo) es de una apatía tal que es imposible evitar que se contagie a su lectura y que aburra hasta lo indecible pese a su brevedad. No interesa la trama, una criatura que se oculta en un túnel a la espera de sus víctimas, ni su protagonista, un locutor de radio un tanto plasta, ni el estilo mortecino y pretencioso de Campbell. Cómo la cercanía de esta tontuela criatura que no produce el más mínimo espanto al lector afecta al protagonista, al que parece que sí atemoriza con su presencia, en su trabajo podría haber logrado funcionar en otras manos, quien sabe, si se le hubiera prestado un tono más angustioso. Pero esas peleas laborales en las que un trepa recién llegado hace la competencia al prota, el empleado de toda la vida amenazado por el nuevo como lugar común retrillado por Campbell, deviene una historia descafeinada contada sin el más mínimo espíritu, sin alma. Solo queremos terminar cuanto antes y pasar a cualquier otra cosa. Hasta me lo leí dos veces por ver si acaso era culpa mía no poder entrar en la narración. Sí, así puedo llegar a ser de ingenuo. Serpientes y tortugas (Snakes and Snails) de Jack Hadelman II va de vampiros en los pantanos sureños de los Estados Unidos. Así puede que hasta os suene bien, pero se queda a medio camino de todo. Otra lástima. Peor todavía me resultó Nápoles (Naples, publicado por primera vez en la antología Shadows en 1978) de Avram Davidson, del que lo único que se me ocurre decir es que en el libro su nombre aparece como Avran. Lo olvidé casi antes de haber terminado de leerlo. De nuevo lo actual estaba más muerto que una piedra. Menos mal que el final me reservaba si no ninguna sorpresa especial sí al menos un poco de diversión. Al viejo estilo, eso sí.


Portada: Ronald Walotsky. 

Lo mató con un palo (He Kilt It with a Stick, publicado por primera vez en The Magazine of Fantasy and Science Fiction en febrero de 1968) de William F. Nolan es un relato divertido protagonizado por un obsesivo y enfermo asesino compulsivo de gatos. Y en la postrera venganza de estos. No es ninguna maravilla, vale, pero es que con un título así solo podía recibir de nosotros nuestra mayor simpatía. Nolan es también el autor de La fuga de Logan (Logan’s Run, 1976) junto a George Clayton Johnson y de las dos continuaciones de esta en solitario. Y llegamos al fin con La criatura (The Ghouls, 1975) de R. Chetwynd-Hayes, otro relato en tono medio de broma sobre zombies modernos utilizados como mano de obra barata en nuestro mundo “actual”. Podría haber resultado una incendiaria salva contra el sistema capitalista que nos explota y nos exprime, pero no va más allá de la anécdota macabra. No pasa nada porque así sea, pero su carencia absoluta de la más mínima densidad y fuerza no ayudan a hacerlo perdurable en nuestra memoria. Charles L. Grant., el antologuista de este libro, nos prometía en su introducción que aquí íbamos a encontrar a los maestros de este terror actual que huye de lo viejo. Y lo cierto es que solo hemos encontrado historias viejas vestidas con ropajes modernos: pocas cosas hay que den más penilla. Pero nos quedamos con esos relatos que sí nos han gustado y que si bien no marcan ningún camino nuevo ni abren nuevas vías al relato de horror sí que nos han estremecido y apasionado hasta conmovernos. Al final no importa el tiempo: importan las sensaciones que perdurarán en él.


GRANT, Charles L. (comp.). Las mejores historias de terror III. Selección e introducción de Charles L. Grant; traducción de Hernán Sabaté; ilustración de cubierta de Salinas Blanch. Barcelona: Martínez Roca, 1984. 159 p. Súper Terror; 7. ISBN 84-270-0847-3.   

lunes, marzo 02, 2009

Fiebre de sangre (1982), de Shelley Hyde



¡Un salvaje terror!, exclama la portada de Fiebre de sangre (Blood Fever, 1982) de Shelley Hyde. En fin, ya será menos. Me encantan estas frases exageradas, casi alucinógenas en su exacerbación del contenido del libro. Alucinógenas porque por desgracia rara vez coinciden con lo que de verdad hay en el interior. En esta ocasión ni el dibujo atina: las víctimas de esta fiebre tan curiosa no atacan con cuchillos, sino con uñas y dientes, literalmente. ¿Parece salvaje? En la portada también así se nos indica. Pero de eso nada. Esto es terror para aquellos que después desean dormir sin pesadillas. Bueno, yo también quiero eso, entendedme, pero no en un libro.

En un pueblecito norteamericano, uno de esos que tan bien conocemos gracias a todas esas purulentas películas de terror (o no) que nos hemos tragado a lo largo de los años, se desata un virus que contagia solo a las mujeres y las transforma en seres inhumanos ávidos de sangre. Pero ojo: sangre de machote humano, nada de hembras. Las mujeres unidas entre sí y convertidas en el martillo aniquilador de su pareja sexista.

No hubiera estado mal que la buena de Shelley Hyde (seudónimo bajo el que se oculta la escritora Kit Reed) desatara su ira contra el macho arrogante de la especie con una dosis de desaforada mala leche. Pero de nuevo no. Y mira que la cosa no empieza mal, mostrando a un grupo de hombres con comportamientos, por decirlo así a lo suave, machistas machacando psicológicamente a sus parejas como quien hace lo contrario: esto es, en el nombre del amor se cometen abusos inconcebibles en otros ámbitos. Y con la suficiente inteligencia en su discurso como para no mostrar a todos los hombres de la misma forma, lo cual da credibilidad y fuerza a su relato: al no ser todos los hombres despreciables, la furia desatada dolerá porque no hace distinciones.

Sin embargo, Hyde apunta esto pero pronto lo olvida, bien porque no le interesa, bien porque hay que reconocer que como escritora pues no da para mucho, la verdad. Por una parte se pierde una historia que podría haber resultado, cuando menos, salvaje en serio. Pero por otra, hay que reconocer que precisamente por asumir su corto alcance creativo Shelley Hyde acaba por darnos un relato cuando menos entretenido. Al menos a ratos.


Hay que dejar clara una cosa: que huyan como de la peste todos aquellos que esperen encontrar algo de literatura aquí. El estilo de Hyde alcanza cotas de poesía equiparables a las de la guía telefónica. Pero sabe cómo engarzar su relato y mostrarlo interesante. Al menos si uno hace como que no ha leído los artículos de periódico (la acción avanza en ocasiones con la técnica de incluir supuestas noticias de periódico que resuelven, o eso se intenta, los problemas cuando la acción se estanca) que la autora redacta dando muestras de una aguda artritis cerebral. Si la intención era hacer burla del estilo periodístico, no está mal. Si la intención era imitarlo, consigue empeorar el modelo, que ya son ganas. La novela avanza al ritmo justo para no aburrir y, consciente de sus limitaciones, sin detenerse en alardes psicológicos. Sus personajes son simples estereotipos que hablan como se suponen que deben hablar a quienes representan. Y representan poco, creedme. Total, importa poco si lo que queremos es la dichosa fiebre de sangre descrita con detalle, ¿no?

Y la narración comienza con unas páginas que prometen: una pelea animal entre un matrimonio, ella ya contagiada. Venga, para qué empezar con otra cosa si esto es lo que hay. Y por eso es de agradecer la actitud de la autora: en esto no hay engaño. Los problemas vienen cuando, ¡ay!, ni aquí es capaz de llegar muy lejos. Las páginas más brutas acaban resultando un poquito como de gacetilla dominical de la iglesia de la esquina. Todo acaba resultando contenido en exceso, la fiebre es más bien constipado y la sangre corre, sí, pero esterilizada. Si no hay creación de atmósfera, ni tensión, ni deseo de mostrar el horror en su verdadera amplitud, sino tan solo hilvanar un relato gore sin muchas complicaciones, el resultado no puede ser tan aséptico. Más aún cuando, en su tramo final, a Hyde se le notan las prisas por terminar y lo cierra todo de cualquier manera.

Vale, tampoco es que hubiera gran cosa por cerrar, pero si su único mérito estribaba en cierta capacidad de medir la progresión de la historia, ni en esto acaba por conseguir el aprobado al arribar a su final con tanta urgencia. 


HYDE, Shelley. Fiebre de sangre. Traducción de Domingo Santos; ilustración de cubierta de Jordi Vallhonesta y Salinas Blanch. Barcelona: Martínez Roca, 1983. 155 p. Súper terror; 1. ISBN 84-270-0812-0.

lunes, noviembre 05, 2007

Miss Finney mata de vez en cuando (1982), de Al Dempsey




Sí, lo confieso abiertamente: me encantan las portadas macabras de algunos libros, con sus esqueletos de barraca de feria, sus cuchillos ensangrentados y sus hachas recortándose a la luz de la luna. Si ya se ve alguna cabeza volando gracias al tajo certero del asesino de turno, ni os cuento la sensación que me embarga. No insisto porque no quiero que algún programa espía de internet me detecte como posible autor de crímenes turbulentos.

La portada (obra de Jordi Vallhonesta y Salinas Blanch) de este mediocre a rabiar libro de Al Dempsey, Miss Finney mata de vez en cuando (Miss Finney Kills Now and Then, 1982), reúne algunos de los elementos que hacen que me detenga a contemplarlo extasiado y a desear leerlo, pese a tener la convicción plena de que no sacaré nada bueno de ello. Es como cuando uno ve cómo se van formando en el televisor, gracias a ese invento maléfico llamado dvd, las dos palabras mágicas: Bela Lugosi (como ejemplo paradigmático). Y a uno le empieza a temblar todo el cuerpo, se relame de gusto y se prepara para pasar una hora enfrentado al terror puro. Aunque sabe de sobra que ese terror no llegará ni por asomo. Pero nos alimentamos de esa esperanza vana. Total, la vida nos depara decepciones infinitamente peores que la peor de las películas de Bela Lugosi.

Ya desde un primer momento me llaman la atención esas letras del título, como descolocadas, que incitan a pensar que algo demencial y atroz, perturbado, se oculta en su interior. Estamos en la antesala del horror. Solo un paso más y seremos absorbidos por la negrura. Pero lo verdaderamente espectacular es ese dibujo del esqueleto en silla de ruedas. Fijaos en ese gorro de colorines brutalmente kitsch y en ese gato que parece sacado de una carpeta de adolescente o del videojuego Hello Kitty (vale, vale, tal vez no tanto, pero por ahí; y sí, sí, lo he jugado con mis sobrinos). Lo siento: verlo y necesitar leerlo fue uno. Y eso que el anuncio bajo el título (“Ella necesita matar... Una novela de horror sobrenatural”) enfriaba bastante el encuentro.

Un encuentro que reconozco gélido, pero que tampoco me atrevo a considerar una experiencia desagradable.

Fue fácil imaginar este libro como una de esas películas inglesas de finales de los sesenta y principios de los setenta de la Hammer o la Amicus ambientadas en la época moderna, tales como El aniversario (The Anniversary, Roy Ward Baker, 1968) o A merced del odio (The Nanny, Seth Holt, 1965), o bien como ese clasicote de lo macabro que es ¿Qué fue de Baby Jane? (What Ever Happened to Baby Jane?, Robert Aldrich, 1962). Con toda seguridad debido a que estamos enfrentándonos a un ambiente familiar malsano, pero sobre todo porque no dejaba de imaginarme a esta terrible Miss Finney, la que necesita matar, con el rostro ajado pero inolvidable de Bette Davis en estas películas.


El que la trama se desenvuelva tal que una historieta de terror de un viejo cómic de la EC también ayuda a hacerla vagamente simpática. Vagamente, porque como obra literaria resulta nefanda. Para qué engañaros: no busquéis aquí ni bellas metáforas, ni imágenes sugerentes, una trama elaborada o ni tan siquiera personajes debidamente no ya delineados, sino ni tan siquiera esbozados, con profundidad sicológica (una de las protagonistas cambia de opinión de una página a otra aún me pregunto por qué, aparte de por un intento irrisorio de Dempsey por dotarlo de humanidad o algo así: aventuro demasiado de las intenciones del autor, que igual ni pretendía llegar a tanto, solo dar sustos o rellenar alguna paginilla más a costa de las dudas y remordimientos macbethianos, expresados de manera pésima, del personaje). Que no, que no estamos leyendo a Stendhal, pero es que ni tan siquiera el bueno de Dempsey nos regala una de esas orgías de sangre y destrucción tan típicas de James Herbert, por poner un ejemplo.

Pero, creedme, tiene su encanto. Encanto macabro, claro, huelga decir. Y es que si en todo naufraga, no así en mostrarnos momentos malsanos servidos por unos personajes abyectos a ratos. Como esas viejecitas de Arsénico por compasión (Arsenic and Old Lace, Frank Capra, 1944). Pero sin compasión.

Cuando Dempsey se lanza a un alarde poético poniendo voz a los recuerdos de la decrépita Miss Finney y el horror cede ante una historia de amor realista ambientada en la Primera Guerra Mundial, la cosa provoca un pavoroso sonrojo, tanto por su torpeza narrativa como por su descaro: fusila esa historia de Hemingway (que hemos visto en tantas películas, a mi gusto la mejor la maravillosa versión de Adiós a las armas / Farewell to Arms que dirigiera Frank Borzage en 1932) de la enfermera que busca a su amado en las trincheras del frente, una historia que el bueno de Hemingway pretendía pasar por verdadera (con él de protagonista y la Ava Gardner de Las nieves del Kilimanjaro -The Snows of Kilimanjaro, 1952- tal y como la interpretaron Henry King y su equipo, seguro).

Si finalmente queda algo de provecho es un desenlace de una amoralidad que, hay que decirlo, se echa en falta en más de una ocasión en el género. Un toque de sana mala leche que rehúye de lleno cualquier tipo de sermón ejemplarizante con los malos debidamente castigados por pecar. Leyendo otras obras, hay veces en que uno no sabe si está leyendo una novela de género fantástico o la gacetilla dominical de la iglesia del pueblo.

Así pues, una mala novela, una ficción barata que provoca emociones truculentas primarias. ¡Bienvenidas sean!

DEMPSEY, Al. Miss Finney mata de vez en cuando. Traducción de Jordi Fibla; ilustración de cubierta de Jordi Vallhonesta y Salinas Blanch. Barcelona: Martínez Roca, S. A., 1983. 187 p. Súper terror; 6. ISBN 84-270-0835-X.