miércoles, febrero 20, 2008

Las Encantadas, de Herman Melville (1854)


Oscura, triste y lóbrega, cual tumba insatisfecha
que demanda carroña y osamentas;
allí se posa el búho espeluznante,
que grita su agria nota y ahuyenta para siempre
al pájaro risueño de su nido,
mientras en derredor aúllan los espectros.

Edmund Spenser, The Faerie Queene (1590)

Siniestros versos del poeta Spenser utiliza Melville para abrir su obra dedicada a las Islas Galápagos (Las Encantadas). Pero sus propias palabras resultan aún más oscuras; uno esperaría, ante el comienzo que cito a continuación, enfrentarse a la más terrible historia de horror postnuclear:

“Pensad en veinticinco montones de ceniza diseminados, aquí y allá, por un solar de las afueras de la ciudad; imaginad que algunos son tan grandes como montañas y que el descampado es el mar, y tendréis una idea exacta de la apariencia general de Las Encantadas. Éstas son más bien un grupo de volcanes extintos que de islas, y su aspecto es muy parecido al que tendría el mundo tras haber soportado el castigo de una gran conflagración.” (p. 31)

Pero si así pinta el panorama nada más comenzar, en su primer párrafo, en el siguiente nos sumerge de lleno en lo que, de no estar avisados, imaginaríamos la más melancólica de las historias de terror:

“No cabe duda de que ningún lugar en el mundo puede compararse, por su desolación, con este archipiélago. Sus islas son como antiguos cementerios abandonados, como viejas ciudades que poco a poco se transforman en ruinas y que resultan absolutamente melancólicas; sin embargo, como todo lo que alguna vez estuvo asociado a la humanidad, siguen evocándonos ciertas imágenes, por tristes que sean.” (p. 31)

¡Uf! Pero lo increíble es que no descansa aquí: a continuación, Melville nos regala un auténtico ensayo, en forma de descripción, sobre la soledad y la desolación: una visión del mismo infierno. Y todo esto sin salir del primer capítulo. A pesar de tratarse de una obra de encargo, Melville parece aún inmerso en la persecución de la diabólica ballena blanca, en la redacción de la inconmensurable pieza maestra que, sin saberlo, legó a la posteridad: Moby Dick.

Como se indica en el estupendo prólogo del libro (Las Galápagos: viaje a la leyenda, de Francisco León; indispensable su lectura para situarnos históricamente a la perfección y para discernir qué en esta obra responde a los recuerdos de Melville en su visita a las islas, a las cuales arribó sobre el año 1843, y qué es fruto de sus lecturas y su viva imaginación), Las Encantadas fue publicada por entregas en la Putnam’s Monthly Magazine en el año 1854, “bajo el sorprendente nombre de Salvador R. Tarnmoor” (p. 15). Diez capítulos, que Melville denomina cuadros, la integrarán.

En los dos primeros cuadros realiza, en primer lugar, una descripción de las islas, que como ya he dicho equipara con un paisaje infernal, para después introducir algo de luz gracias al retrato de las tortugas milenarias, monstruosas y mágicas. Y me gustaría remarcar que afirmo que tan sólo aplica “algo” de luz.

La prosa es potente, vívida, feroz, riquísima en imágenes y sentido. El carácter dramático ante la vida de Melville lo tiñe todo de oscuridad, pero sus frases brillan como fanales salvadores en una noche tormentosa y demente.

Los cuadros tercero y cuarto los dedica a la ascensión y descripción de la atalaya solitaria, la torre que emerge del mar y que en la distancia los marineros toman siempre por un barco de níveo velamen, de Roque Rodondo, y a la visión de conjunto del archipiélago que se tiene desde su cima.

Relato de viaje, en todo momento Melville juega con la idea de encantamiento, de que tal vez sean en verdad unas islas embrujadas, así aparecen a los sentidos, y el lector se desplaza por sus aguas como por el más fascinante de los relatos fantásticos.

Melville abre cada cuadro con unos versos de diversos poetas (Edmund Spenser, Francis Beaumont y John Fletcher, Thomas Chatterton y Williams Collins, siendo el primero el más citado de todos ellos con notable diferencia) a través de los cuales antecede el tema que va a tratar a continuación.

Según avanza la lectura, sin abandonar nunca los tintes siniestros, algo más se abre paso: porque incontrolable nos domina, página a página, la fascinación del descubrimiento, de asistir como público, ahora sí en verdad embrujado gracias a la poderosa magia del autor, a la aventura de contemplar tierras inhóspitas, territorios ignotos y salvajes que parecen extenderse ante los ojos de los hombres por primera vez. De paladear, aunque sea de una forma bastarda, en qué consiste la aventura del mar. Y resulta embriagador.

En el cuadro quinto se nos narra el encuentro de la fragata Essex, al mando del capitán Porter, con un buque fantasma en 1813. Y en el sexto, un retrato de Las Encantadas como refugio de bucaneros, asaltantes de los barcos españoles cargados de oro. En especial de la isla de Barrington (Isla de Santa Fe), la más hospitalaria de todas. Sus características, tan alejadas de las de sus compañeras, ofrecían al marinero agua dulce, hierba (para usar en los camastros y dormir, que nadie interprete lo que no es), leña, alimento y hasta bellos parajes y un buen fondeadero. Un hogar entre la desolación. Es la única isla que Melville no describe como un páramo conquistado por el puro horror, y quizá por eso mismo no se extiende demasiado. Sí se demora un poco más en ofrecer una perspectiva de los piratas en parte afín a la realidad, una horda de asesinos y ladrones sin escrúpulos, pero a su vez no deja de plegarse a la visión que de los mismos tenemos gracias a tantas maravillosas novelas de aventuras, a poemas de encendidas gestas y odas a la libertad (a mi gusto, las de más temer por sus obviedades panfletarias de parvulario) y a las películas de Hollywood.

En el cuadro séptimo asistimos al nacimiento del extraño reinado del Rey de los Perros en la isla de Charles (Isla Floreana): su ascenso, su crueldad, su caída, el destierro y la subsiguiente instauración de una república anárquica de forajidos. El octavo lo protagoniza la dramática historia de la viuda chola Hunilla, abandonada en la isla de Norfolk (Isla de Santa Cruz). Y del noveno se enseñorea el salvaje y demoníaco ermitaño Oberlus, abandonado en la isla de Hood.

Según el autor de la introducción, es en estos capítulos donde se despliega el mejor Melville. De la historia de la viuda india llega a decir: “Su relato resulta estremecedor, siendo tal vez, de todos, en el que el escritor irradia con mayor detenimiento, vigor y finura su estilo trágico” (p. 18). No soy de la misma opinión. Desde luego es más fácil, quizá, reconocer el estilo de Melville en ellos, pero para nada se expresa mejor. A mi gusto resultan algo melodramáticos, pintorescos en demasía. Creo que son los capítulos descriptivos en los cuales Melville muestra mejor su capacidad de abstracción. Eso sí, disfrazada por el código estilístico propio del relato de viajes del siglo XIX. Pero en todo momento estallan sus visiones más profundas y oscuras, conmovedoras, del Hombre abatido por fuerzas superiores a él, minúsculo en su entorno, presa de una Naturaleza ante la que la rebelión es una ilusión vana. En los capítulos con forma de relato (igualmente muy disfrutables, jamás afirmaré lo contrario), Melville muestra al individuo derrotado por un destino terrible. En los descriptivos, es la raza humana impotente ante el vacío mismo de la existencia lo que Melville nos obliga a contemplar. En todo su horror, en toda su belleza: en su plena y mareante vastedad.

El último cuadro está dedicado a los fugitivos, náufragos y ermitaños varios que en algún momento pusieron pie en tan desabrida tierra, y a las lápidas que dejaron en su árido suelo. Cierra el libro Melville, a tono con su inicio, con un magnífico epitafio (¡no puedo evitar reproducirlo!) hallado en una tumba encontrada “en un desolado barranco de la isla de Chatham:

Oh hermano Jack, que pasando vas,
también yo he estado como tú ahora estás.
Igual que tú de audaz y de jovial
pero, ay, ya no me pagan ni el jornal.
Ya no puedo espiar con estos ojos,
¡aquí me quedaré entre estos despojos!
” (p.133)

Antes de Las Encantadas, Melville emprendió, como ya he comentado, la tarea de escribir Moby Dick, una obra maestra de lectura inolvidable que sólo le traería dolor por el rechazo al que fue sometida tras su publicación. No dejo de pensar que Melville quizá aplicó toda su magistral ironía a su persona al recordar este genial epitafio.

MELVILLE, Herman. Las Encantadas o Islas Encantadas. Prólogo de Francisco León; traducción de Ana Lima. Santa Cruz de Tenerife: Artemisa ediciones, 2006. 133 p. Clásica; 6. ISBN 978-84-96374-27-0.