miércoles, agosto 05, 2009

Weird Tales (1933-1942)

Segundo volumen dedicado a la mítica revista pulp norteamericana, esta vez recogiendo relatos pertenecientes a su segunda década de vida.

En la entrada anterior no dije nada de sus magníficos ilustradores. Me fascinan, pero como no soy un experto mencionaré sólo a los dos que más me gustan: Margaret Brundage y Virgil Finlay. La primera, que es de la que he tomado las portadas para ilustrar tanto este comentario como el anterior, salvo las propias de los libros antologados por Francisco Arellano, permitidme que sea un simplón: ¡me encanta! Esas ilustraciones de erotismo tan naíf, tan inocentemente macabras, que transmiten una perversión como de juguete, tan encantadoras, en fin, me cautivan. Confieso también, por si alguien que medio siga este blog lo ignoraba, que soy un fanático de las películas de los años treinta: creedme, veo todo lo que cae en mis manos de esta década maravillosa del cine, en especial su primer lustro, tan gamberro y avanzado a su época. Películas que incluso a ojos de hoy resultan poderosas: no se trata de gusto retro ni demás memeces. Y claro, ver los dibujos de la Brundage con esas chicas tan años treinta... ¡Ay! Confieso que es una debilidad. Sí, otra, qué le vamos a hacer. Virgil Finlay es más terrorífico, la verdad. De él es la portada que se reproduce en la de este segundo tomo antológico de Weird Tales. Su representación gráfica del mundo lovecraftiano es modélica, un ejemplo de cómo dar vida y lograr hacer más grande cualquier relato. Ilustraciones que ennoblecen lo que tocan.

Y tras este derrame infecto de babas, paso a comentar los cuentos de esta antología, la cual confieso que me ha gustado aún más que la anterior. Y, por descontado, alabar la excelente y entregada labor de los editores de La Biblioteca del Laberinto, Amparo Nieto y Francisco Arellano, que a pequeños pero importantes pasos nos van regalando ediciones de autores que no creo que les hagan millonarios. Estos libros se editan por amor al género. Y, por si acaso alguien piensa mal, ni los conozco, ni son mis amigos, ni me regalan libros. Sólo admiro su trabajo.

La antología se abre con un estupendo relato de humor negro: El juez supremo (1933), de J. Paul Suter. Su fuerza estriba en ser una crítica feroz y muy divertida de un personaje ridículo pero que goza de mucho poder y lo ejerce sobre los demás con ira y maldad. Como todos los que tienen poder, vale decir. Pero hasta el sapo más tranquilo sobre su piedra en la pestilente charca de su vida debe rendir cuentas.

Gran y cuidada progresión en el desarrollo del relato y brillante construcción de personajes. Un autor del cual sería magnífico tener la oportunidad de leer más cosas.

El siguiente es un relato de espada y brujería, La diosa de zafiro (1934), de un autor cuyo solo nombre ya evoca estos mundos fantasticotes: Nictzin Dyalhis. No, tranquilos, que no os estoy insultando en cimmeriano: es que el tipo se llamaba así de verdad, o eso parece. Un relato de imaginación desbordada, tan exagerado y delirante como ingenuo. Resulta algo precipitado, y es una lástima que Dyalhis no repose ni dé tiempo a algunos momentos de verdad brillantes de su historia. Todo se desarrolla por acumulación, y esta velocidad, este atropellarse, hacen que la fantasía exultante de la que hace gala el autor no destelle como debiera, si bien tampoco la apaga del todo.

Como curiosidad, indicar que el relato se inicia en la época actual (actual para el autor, se entiende), y el protagonista, un tipo hastiado de la vida gris y vulgar que debe llevar en nuestro mundo, se ve arrastrado (es un decir: lo está deseando el cabroncete) a otro de fantasía a través de una puerta que se abre en su habitación y un pasillo de lo más normalote que es lo que le separa de un mundo en el que es, nada más y nada menos, rey. Un punto de partida que, con diversas variaciones, era habitual en los relatos pulp más entroncados en la fantasía, como bien sabrán los lectores de Robert E. Howard y Edgar Rice Burroughs.

Tres relatos (dos aquí, uno en la anterior) del mismo escritor en un par de volúmenes de antologías de Weird Tales es excesivo, cuando supuestamente hay tanto material inédito en español donde elegir. Tampoco es que nos parezca mal: hay las suficientes diferencias entre los tres cuentos para poder hacernos una idea de la amplitud temática e imaginativa de Edmond Hamilton, pues no es otro el afortunado, pero esto hubiera sido mejor comprobarlo en una antología dedicada por completo a él. En El vengador de la Atlántida (1935) el motor que hace avanzar la trama no puede ser más convencional, pero resulta evidente que el desarrollo de la misma no cabe imaginarlo más delirante. Los protagonistas cambian de cuerpo como si de camisetas se tratara, y avanzan por el tiempo como otros por el camino de su trabajo a casa. ¡Ríete de Tim Powers! Una aventura fantástica de desarrollo torpe pero de imaginación e inventiva brillantes. En fin, Hamilton en ebullición. En Las semillas del espacio (1937) es imposible (bueno, vale, difícil, no imposible) pedir más en cuatro páginas: la caída de un meteorito, extraterrestres en un jardín, una historia de amor entre un humano y una mujer-planta, un crimen pasional... Invasión a escala minúscula en un cuento no tan pequeño como parece.

Quizá sea August Derleth el escritor del círculo de Lovecraft menos estimado por los lovecraftianos. Uno se pregunta por qué, pues gracias a él se debe en gran medida que el Maestro y su legado no cayeran en el olvido. Sin llegar a ser un gran autor, sí que en algunos de sus relatos muestra genio, y en todos oficio. Como en el que aquí nos ocupa, El regreso de Sarah Purcell (1936), un relato de fantasmas de lo más tradicional, tan poco original como, sin embargo, absorbente. Y es que esto es en realidad Derleth: nunca rompe, pero tampoco resulta aburrido u ofrece un mal cuento.

Sin duda uno de los cuentos más gamberros y más abiertamente pulp de la antología (aunque mentiría si afirmara que se encuentra solo en este podio) es La tigresa (1937), de David H. Keller. Está plagado de sadismo, misoginia, horror y, en fin, diversión. Me temo que esto último no por pretensión del autor, pero es que es un relato tan inocente, tan naíf (sí, éste también), que su supuesta anécdota morbosa, su perversión de telenovela y su ambiente macabro son de lo más simpático, y hasta entrañable si me apuran. Además, qué quieren que les diga, a mí esta malvadísima mujer fatal con ojos de tigresa me da un poquito de pena. Sí, estoy con ella: que les den a esos caballeretes entrometidos, majaderos y salidos. Tienen lo que se merecen, claro que sí.

Lo más curioso de La casa del éxtasis (1938), de Ralph Milne Farley (nombre real: Roger Sherman Hoar), es que el protagonista es... ¡el lector! El tiempo ha hecho que el evidente acento picantón y guarrindongui (muy propio de los pulps de la época) de este simpático relato quede muy anticuado, muy inocentón. Pero también puede que éste sea su valor: su encanto camp.

Esclavo de las llamas (1938) es un excelente relato del primer Robert Bloch, cuando la televisión no había hecho estragos en su estilo literario. Esta historia de pirómanos que perviven a lo largo del tiempo o se reencarnan en otros, porque de todo hay, es una de las mejores y más conseguidas de la presente antología. Las descripciones del fuego y la destrucción que éste provoca y su equiparación con un monstruo de múltiples bocas y brazos que todo lo devoran resultan tan terribles como hermosas, pues así lo ve Abe, el protagonista, el pirómano desquiciado tras cuyos ojos Bloch nos obliga a mirar y admirar. Y ése es el verdadero horror. Todo un logro, un magnífico cuento. Y coprotagonizado, puro guest starring, por Nerón. Toma ya.

Es una verdadera lástima que haya tan pocos relatos traducidos al español de Mary Elizabeth Counselman. No se trata de una escritora revolucionaria y original, pero sí elegante y efectiva. Una de esas autoras que dan grandeza al género desde su posición modesta. Mami (1939), el cuento aquí incluido, narra una sencilla historia de fantasmas de forma hermosa y eficaz.

La antología se cierra con un relato de Henry Kuttner, Hydra (1939), otro escritor del que se pueden encontrar contados cuentos suyos traducidos a nuestro idioma. Un pena que sean tan pocos (una inmensa suerte que haya algunos), pues indefectiblemente son excelentes. Y éste que aquí nos atrapa, afirmo con total sentido y conciencia de lo que escribo que es genial. Una absoluta pieza maestra del horror. Enclavado en lo que podríamos llamar “serie” o “saga” de los Mitos de Cthulhu, en mi opinión, desde el mismo momento en que terminé de leerlo, lo considero una de sus cimas literarias. Y lo tiene todo, amigos: portales al más allá, presencias horribles que buscan alimentarse de nosotros, experiencias lisérgicas, escenas sanguinolentas, viajes astrales fruto de la más horrísona de las pesadillas... En fin, nada nuevo, es verdad, para todo buen lovecraftiano, ni tan siquiera su estilo: redactado a modo de informe, frío, clínico, valiéndose de cartas, noticias de periódicos, fragmentos de cartas... ¡Joder! Si hasta tenemos la típica muerte mientras el protagonista escribe sus últimas palabras en un diario y ve acercarse a él el más horrendo demonio de los espacios encarnado (Dagón como prueba máster). Pero Kuttner logra en serio evocar el más terrorífico horror cósmico con sus palabras. Sus visiones parecen extraídas de otra realidad habitada por demonios reales, que a fin de cuentas de eso va el cuento, pero no como si se lo imaginara, sino como si describiera algo que ha visto con sus propios ojos, tan terrible que uno duda pueda ser fruto de una mente humana. Y las muertes son tan terroríficas, crueles y horribles como se nos adelanta al principio del relato. Un broche magistral.

WEIRD Tales (1933-1942). Selección, introducción, traducción y notas de Francisco Arellano. Madrid: La Biblioteca del Laberinto, 2008. 160 p. Delirio, ciencia-ficción; 17. ISBN 978-84-92492-03-9.

5 comentarios:

Blasphegor dijo...

Excelente artículo, amigo Llosef. He leído con interés sus reseñas de esta selección de Weird Tales y, al menos en lo referido a los autores que conozco, como Henry Kuttner, coincido con usted en que es una pena que sea tan difícil encontrar algo de ellos en castellano. Mi punto de vista sobre el pulp, por otra parte, es que, al tratarse de un género de producción tan masiva, es lógico que buena parte de ella fuera de ínfima calidad, lo que no quita que entre estos autores hubiera muchos injustamente infravalorados y olvidados por el mero hecho de escribir para comer, que es a lo que se reducía la cuestión.

Por otra parte, nuestro estimado amigo común Mofarme insiste en que le diga que es una verdadera lástima que no se digne usted a redactar, como creo que ya le han solicitado en otras ocasiones, una reseña semejante de la inmensa y excelente saga vampírica "Crepúsculo". Es indudablemente un artículo de consumo muy demandado por el público adolescente, pero creo que no desmerece, tanto en sus aspectos literarios como argumentales, de las obras de otros clásicos del subgénero, como Anne Rice. Espero impaciente su confirmación a este extremo tan extremado.

PAYMON dijo...

¡No se te puede dejar solo! un par de días sin leerte y ¡Ala! un par más de libros pa'la lista...
En cuanto acabe de sufrir Vellum de Hal Duncan (que en la página 150 todavía no sé si me gusta, pero, ojo, no puedo dejar de leer) y devore (porque por las referencias sé que así será...) La estación de la calle Perdido de China Miéville, voy a necesitar fijo, fijo, una buena tunda de pulps de los buenos para volver a mis raices...

Llosef dijo...

Amigo Blasphegor, creo que lo más indicado para escribir un artículo sobre "Crepúsculo" y sus no dudo que excelentes para algunos continuaciones debería escribirlo pues ese mismo amigo común: Mofarme. De seguro él le daría un toque en verdad terrorífico. ¡A mí me falla el valor!

Y mientras este virus se extiende, Kuttner, como bien dices, en el congelador. La vida es así.

Amigo Paymon: nada mejor tras el tocho de Miéville, que no he leído pero del que casi todo el mundo escribe maravillas, que desengrasar con estas dos excelentes antologías de Weird Tales. Un auténtico gozo macabro.

Pesanervios dijo...

Qué maravilla de portadas. Sólo por ellas yo hubiese sido de los que se las compraba todos los meses...

Ahora ando leyendo, poco a poco y haciendo pausas, la antología de relatos pulps de Valdemar: Los hombres topo... Por ahora, y mal que me pese, me reafirmo en mi opinión sobre los pulps... y en las decepciones que suelo sentir leyéndolos. Eso sí, lo terminaré para tener una visión más global y no ser eminentemente subjetivo.

Ays...

Saludotes!

Llosef dijo...

Si no te gustan ni el de William Irish ni el de Hugh B. Cave, prometo no ser más pesado al respecto.

Pero este segundo volumen de Weird Tales es superior al volumen de Valdemar...