miércoles, junio 07, 2006

La puerta abierta, de Margaret Oliphant (1882)


Uno de los relatos de fantasmas más estremecedores que he leído nunca. Como todo buen cuento, gana cuantas más veces se lee: siempre se descubre algo nuevo. Margaret Oliphant (1828-1897) consiguió que el mismo M. R. James se rindiera ante la fuerza espectral de esta obra maestra, a la cual el maestro de la ghost story jamás dejó de dedicar los más encendidos elogios.

Aunque aún aparecen las ruinas como epicentro de la acción, escenario heredado de la tradición gótica, “La puerta abierta” resulta plenamente moderno por varios aspectos. El primero de ellos, la forma en que ese escenario gótico es presentado: nos encontramos no ante los restos de una antigua iglesia o mansión señorial, sino los tristes muros semiderruidos de una casa moderna, en concreto el muro y la puerta de acceso del personal de servicio. En principio, nada más prosaico. En segundo lugar, aunque la interpretación fantasmal es la que domina el relato, no se dejan de lado otras posibles interpretaciones, tanto realistas como una de calado fantástico pero alejada por completo de la idea del alma en pena acosada por un hecho trágico de su vida (si bien ésta es la que empapa el relato y lo domina). Otro aspecto más podría ser la misma actitud del protagonista, casi un cazafantasmas o descubridor de misterios, sólo que aquí obligado por circunstancias personales que lo llevan a actuar de tal forma y no por dedicación.

Un relato extraordinario y difícil de olvidar, imposible también de leer sin sentir de continuo ese familiar estremecimiento que nos indica que el miedo está haciendo acto de presencia.

¡Y la próxima vez, por Cristo, que alguien lo deje entrar!

OLIPHANT, Margaret. La puerta abierta. Traducción de Rafael Díaz Santander. Madrid: Valdemar, 1987. 127 p. ISBN 84-7702-002-7.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Es un relato de terror conmovedor, que más allá de la presencia del fantasma, nos llega al corazón a traves del dolor de todos los personajes: el chico que quiere salvar al alma en pena, el padre que le da un giro a sus creencias sólo por salvar al hijo, el médico que, como típico científico de la época, no quiere claudicar ante su formación positiva y el sacerdote que pone fin a tanto sufrimiento por su fe y sus conocimientos del caso.
Con un marco romántico, la noche, las ruinas recientes, las sombras, todo esto perfectamente descripto, componen un cuento perfecto.