jueves, abril 09, 2009

El fiscal rompe un huevo, de Erle Stanley Gardner (1949)


Protagonizada por Douglas Selby, fiscal del distrito de Madison County, acompañado en sus pesquisas por el sheriff Rex Brandon y la periodista Sylvia Martin, esta novela pertenece a la serie que Gardner creó como réplica o contrapartida a su mucho más popular abogado defensor Perry Mason. Si en las novelas de Mason los malotes eran casi siempre el teniente Tragg y el fiscal de turno, junto a los criminales de rigor, por supuesto, en las de Selby sucede justo lo contrario: el trabajo del fiscal se verá entorpecido por las intromisiones de un jefe de policía, Otto Larkin, ofuscado por el deseo de protagonismo y por la ambición de llevarse todos los méritos de la resolución de los casos, y un abogado marrullero y liante, A. B. Carr, tan inteligente como despiadado.

Da la sensación de que Gardner, abogado de profesión, quisiera con esta serie mostrar la cara positiva de los fiscales, tan atacados en sus novelas de Mason. Incluso se suceden las bromas a costa del habeas corpus que pueden solicitar los sospechosos, siendo este procedimiento la piedra de toque del proceder de Perry Mason. Y al igual que éste se las pasaba flirteando con su secretaria Della Street, el bueno de Selby hace lo propio con la periodista Sylvia Martin, aunque a todas luces su flirteo resulta mucho menos velado. Selby es más aburrido y soso que Mason, pero desde luego sabe llevar mejor a las mujeres que el impulsivo Mason.

La novela es puro entretenimiento de calidad, sólo que en este caso creo que Gardner nos ofrece su creación menos interesante, a mi gusto muy por debajo de las aventuras de Mason y en especial de las delirantes peripecias de Bertha Cool y Donald Lam, mis favoritos, no lo puedo ocultar. Sobre ellos ya comenté en las otras entradas dedicadas a Gardner.

Aquí, toda la trama resulta en exceso esclava del embrollo habitual en este tipo de novelas criminales, y si bien el dibujo de personajes es excelente como siempre en Gardner, se acaba echando de menos que se detenga más en ellos, en su personalidad y por qué hacen lo que acaban haciendo, preocupándose más de a qué endiablada hora lo estaban haciendo.

El sheriff Brandon se nos presenta como un hombre de acción que pierde la paciencia con suma facilidad ante las triquiñuelas legales. Un bonachón con carácter irritable y gruñón que, pese a los esfuerzos de Gardner por hacerlo simpático al lector, resulta profundamente desagradable: uno lo imagina capaz de cometer algún delito peor que los de los criminales perseguidos por él en aras de la justicia. Está claro que es el compañero perfecto para el tranquilo y racional fiscal Selby, es lo típico y ya copiado hasta la saciedad de dos compañeros unidos hasta las últimas consecuencias por una causa común con personalidades opuestas que tanto juego dan, buscándose en él la identificación del lector de a pie, que tendría más complicada la empatía con el en ocasiones gélido Selby, siempre racional y cumplidor de la ley a rajatabla, siempre tranquilizando al sheriff y permaneciendo en un discreto segundo plano. Para mi gusto, Brandon no pasa de ser un bruto en apariencia bienintencionado, pero demasiado dispuesto a saltarse la ley y resolverlo todo a puñetazo limpio. Lo típico para quienes pensar no pasa de ser un doloroso esfuerzo evitable.

Aun así, quiero dejar claro que ésta es una impresión en exceso subjetiva, y que en cualquier caso me parece genial que una novela cuyo objetivo sea tan sólo entretener pueda dar lugar a un debate que otras más sesudas no logran ni a palos. En fin, nos lleva a pensar y plantearnos cosas. Otros escritores hacen de esto su bandera y no pasan de escribir panfletos de manual.

Lo más interesante de la historia, volviendo a la novela en sí, acaba siendo el malo. Ya sabéis: qué sería de los héroes si sus némesis no estuvieran a la altura. Este malote, el abogado fullero y de maneras exquisitas A. B. Carr, borra del mapa a todos los personajes en cuanto aparece. De una inteligencia sorprendente y vivaz que logra la admiración del propio Selby, es un claro ejemplo de la mano maestra de Gardner a la hora de crear personajes de fuste. Y de su mismo inteligente proceder: la mejor manera de mostrar la valía de sus protagonistas positivos, es que los negativos estén a la altura. ¿Qué mérito tendría derrotar a un puñado de tontos? Lástima que al final, exigencias del guión, también acabe perdiendo un tanto los papeles.

En fin, de lo más flojito que he leído de Gardner, demasiado X estuvo aquí a tal hora y B hizo esto otro, más Z se encaminaba hacia aquí y de repente aparece un Y que lo lía todo más, para que entonces llegue C y le dé sentido a todo. Pero se lee en dos ratos, no cansa jamás y nunca promete más de lo que da. Esto último, creedme, lo valoro en lo que verdaderamente vale: leer a Gardner es todo un baño de aprender a cómo saber escribir con oficio y honestidad.

GARDNER, Erle Stanley. El fiscal rompe un huevo. Traducción de Carmelo Saavedra Arce. México D. F.: Editorial Cumbre, 1957. 168 p. Laberinto.

7 comentarios:

Lore dijo...

He de reconocer que no suelen entusiasmarme las novelas que a simple vista son tan evidentes, pero creo que puede estar bien, como dices, para tomar un respiro entre libro y libro.

Para esos días en los que no te apetece nada denso.

Me lo anoto.

Beso!

Llosef dijo...

Bueno, yo probaría con otra de Gardner que no fuera ésta para empezar.

Es el típico autor que los supuestos críticos serios de la novela negra ponen como ejemplo de escritor burgués y adocenado, contraponiéndolo ante escritores del fuste de Jim Thompson, por ejemplo, como si tuvieran algo que ver. Me encanta Thompson, cómo no, con lo desesperado y bruto que es, pero no entiendo que le den caña al pobre Gardner para escribir sobre lo bueno que es Thompson...

Más aún cuando en casi todas las ediciones de libros de Thompson que he tenido en las manos se anuncian en contraportada con frases de elogio de ese gran escritor vanguardista y proustiano que es... ¡Stephen King!

Que se aclaren ya.

Y que nadie piense que porque King no me parezca ni vanguardista ni un estilista del copón no tiene libros que me encantan, jeje.

Besotes.

Lore dijo...

No puedo compararlos yo. Ni siquiera los he leido, pero si tú lo dices, iual hay que ponerle remedio...

El caso es que a mi King me gustó como algo ameno y sencillito, pero qué voy a hacerle si a mi el terror me da "miedito".
Si luego tengo pesadillas, si me cuesta subir las escaleras porque siempre me va a aparecer alguien al final, o me persigue desde el principio...

Snifffff

Y siempre obtengo la misma respuesta de aquellos que disfrutais del terror: ¡Qué suerte tienes!

Llosef dijo...

Es cierto que hay muchos que leen terror y no pasan miedo. ¿Qué lectores son esos? ¡Yo paso auténtico pánico! Y eso que soy escéptico, que si creyera en fantasmas...

Bueno, si creyera en aparecidos es que no leería terror, jajajaja.

Me moriría de miedo.

padawan dijo...

He leído alguna cosa de Perry Mason, pero no me gustó mucho. Demasiada paja para muy poco grano. Y además, el personaje no me resulta demasiado interesantes. Al final, los terminé casi por compromiso

Llosef dijo...

¡Ay, amigo padawan! Si es que el truco está en no buscar grano...

Anónimo dijo...

Sólo he leído un libro de la serie de "El Fiscal", se trata de "El fiscal traza un círculo" y me gustó bastante. Este lo tengo en espera.