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domingo, febrero 20, 2011

E. E. Gardner contra A. A. Fair: “El caso del ojo de cristal" (1935) contra “Doble o sencillo” (1941)

Ya he comentado en más de una ocasión mi preferencia por las novelas de Erle Stanley Gardner (1889-1970) firmadas bajo su seudónimo de A. A. Fair sobre aquellas que en su momento aparecieron con su nombre en la portada. Esto es, las disparatadas aventuras de Bertha Cool y Donald Lam (bueno, y la secretaria de Bertha en su agencia de detectives, Elsie Brand) frente a las más “normales” de Perry Mason, abogado criminalista, y su secretaria Della Street (bueno, y el tercero en discordia, que aquí también hay uno, el detective privado Paul Drake). Teniendo siempre en cuenta que son los personajes que más me gustan de Gardner y que el segundo le ha dado fama imperecedera. Y por favor, que todo el mundo olvide esa espantosa serie que comenzó a mediados de los 80 y se mantuvo hasta bien entrados los 90 y que de vez en cuando pasan por televisión, que es una absoluta traición al autor y a los personajes que creó.

Pero, ya sabéis cómo es la vida, ¿no? Uno afirma una cosa tras meditarlo bien y, justo cuando hace pública su opinión, pues lo siguiente que lee contradice por completo lo que acaba de lanzar al aire. En resumen: que la siguiente vez que me leo un par de novelas de Gardner, una de Mason y otra de Lam, pues resulta que nuestro audaz abogado ridiculiza por completo al gélido e indiferente detective.

Y es que El caso del ojo de cristal (1935) resulta una francamente divertida y emocionante aventura de nuestro abogado defensor favorito, Perry Mason, secundado por los siempre incombustibles Della Street y Paul Drake. Los diálogos se suceden afilados y brillantes y la trepidante trama ayuda a que este libro, de manera literal, se devore. ¡Demonios! Si hasta la explicación final me resultó interesante, cuando lo normal es que al llegar ese momento me ponga a pensar en otras cosas mientras leo. Esta novela es la prueba de que, sí, de acuerdo, en ocasiones Gardner pone el piloto automático y resulta algo monótono, pero cuando escribe con ganas lo trillado parece nuevo. También es de agradecer que en esta ocasión la historia tenga ese agradable tono delirante debido al endemoniado lío ocasionado por los dichosos ojos de cristal que coprotagonizan el relato.

La relación entre Della y Perry, uno de los puntos fuertes de la serie a mi entender, aquí es chispeante: aunque nunca se haga explícito, se nota que algo hierve entre ellos dos. Los guiños entre ambos, la complicidad, sus diálogos cargados de dobles sentidos y siempre divertidos y muy locos convierten la lectura de este libro en algo de verdad maravilloso. Y el detective a sueldo de Perry, Paul Drake, por lo general un personaje que está ahí para hacer lo que Mason no puede, esta vez tiene la oportunidad de brillar de manera especial. El capítulo IX ofrece una de las mejores argucias del dúo en pos de conseguir entrevistar a un testigo y una persecución desternillante en un hotel que convierten de forma automática esta novela en una de las mejores, o si preferís una de mis favoritas, de cuantas he leído de Perry Mason. Y desde luego, la más divertida y enloquecida, con esa trama de los ojos de cristal que por lo enrevesada en unos momentos y lo morosa que resulta cuando se detiene en explicarnos al detalle cómo se fabrican, recuerda a otro maestro del misterio más extraño y original: Harry Stephen Keeler.

Claro, lo habitual es que la parte divertida y más locuela de Gardner salga a la luz cuando con su seudónimo de A. A. Fair escribe para contarnos las aventuras de Cool y Lam. Pero no ha sido así esta vez.

Doble o sencillo (1941) es la quinta entrega de la serie protagonizada por los dos curiosos detectives, sin duda una de las parejas más raras que ha dado la literatura detectivesca. Y si en esta ocasión la cosa no termina de funcionar quizá se deba a que Gardner se centra sobre todo en Donald Lam y olvida un tanto a Bertha. Lam es un detective al que nada parece importar, pero no porque sea el habitual tipo duro aburrido, pesado y llorón que vemos casi siempre. Al contrario. Lam recuerda más bien al clásico dandy a lo Oscar Wilde cansado de todo, aburrido de todo, que ve las cosas siempre desde una descreída distancia y que pasea por el mundo sin mostrar el más mínimo interés por nada. Pero, eso sí, sus observaciones y comentarios sobre lo que ve no tienen desperdicio y su suerte ante todo lo que le sucede debería convertirlo en el hombre más feliz de la tierra. Pero en ese contraste estriba toda su gracia. Pero es un personaje que para funcionar como es debido, teniendo en cuenta que Gardner, ni hace falta decirlo, no es Wilde, necesita de un personaje espejo sobre el que lanzar toda su mordacidad e ironía, toda su actitud desapasionada ante la vida. Y eso precisamente es lo que ofrece la apasionada Bertha Cool: un personaje arrollador y no solo por su tamaño. Su carácter encendido sirve de eje sobre el que pivotar todo el sentido cínico del humor del gran Lam.

Pero en Doble o sencillo la buena de Bertha apenas hace un par de apariciones, y Lam por sí solo, bajo la pluma de Gardner, no tiene fuerza suficiente. Su desapasionamiento ante todo se contagia al lector, que no puede evitar leer esta novela con tanta indiferencia como la que el bueno de Lam muestra por la vida. Todos los diálogos locos, las situaciones ridículas y comprometidas, toda esa vida en la que siempre parece que lo único importante es el minuto siguiente brilla por su ausencia en esta aventura de Cool y Lam. Y esto mismo es lo que, cuando funciona, las hace tan maravillosas. No siempre la varita provoca la magia. Y, por esta vez, Mason y Street derrotan sin piedad a la pareja de detectives.

GARDNER, Erle Stanley. El caso del ojo de cristal. Traducción de Guillermo López Hipkiss. Barcelona: Vergara, Círculo de Lectores, 1962. 251 p.

GARDNER, Erle Stanley. Doble o sencillo. Traducción de José Mallorquí Figuerola; ilustración de cubierta de Noquet. Barcelona: Molino, 1963. 221 p. Selecciones de Biblioteca Oro; 193.

miércoles, junio 02, 2010

La décima víctima en la radio # 11: Erle Stanley Gardner





AQUÍ (pulsar botón derecho y guardar como) Duración: 15' 33''



podéis haceros con la undécima entrega, emitida el 1 de junio de 2010, de la sección dedicada a la literatura criminal La décima víctima en Canal Extremadura Radio. Tendréis la oportunidad de convertiros en los defensores más abnegados de la ley y el orden gracias al incombustible Erle Stanley Gardner. Un paseo por el lado legal de la vida, siempre plagado de misterios si vamos de la mano del gran Perry Mason y el envarado Doug Selby. También la diversión más pulp y gamberra si decidimos dar nuestra caminata con el gélido Donald Lam y la tremebunda Bertha Cool, los detectives privados más insólitos y peleones de la novela negra.



jueves, abril 09, 2009

El fiscal rompe un huevo (1949), de Erle Stanley Gardner




Protagonizada por Douglas Selby, fiscal del distrito de Madison County, acompañado en sus pesquisas por el sheriff Rex Brandon y la periodista Sylvia Martin, esta novela pertenece a la serie que Gardner creó como réplica o contrapartida a la de su mucho más popular abogado defensor Perry Mason. El fiscal rompe un huevo (The D. A. Breaks an Egg, 1949) sería la novena entrega, también la última, de esta saga, y la primera que leo inaugurando un caótico orden. Si en las novelas de Mason los malotes eran casi siempre el teniente Tragg y el fiscal de turno, junto a los criminales de rigor, por supuesto, en las de Selby sucede justo lo contrario: el trabajo del fiscal se verá entorpecido por las intromisiones de un jefe de policía, Otto Larkin, ofuscado por el deseo de protagonismo y por la ambición de llevarse todos los méritos de la resolución de los casos, y un abogado marrullero y liante, A. B. Carr, tan inteligente como despiadado.

Da la sensación de que Gardner, abogado de profesión, quisiera con esta serie mostrar la cara positiva de los fiscales, redimirlos de los ataques sufridos en sus novelas de Mason. Incluso se suceden las bromas a costa del habeas corpus que pueden solicitar los sospechosos, siendo este procedimiento la piedra de toque del proceder de Perry Mason. Y al igual que este se las pasaba flirteando con su secretaria Della Street, el bueno de Selby hace lo propio con la periodista Sylvia Martin, aunque a todas luces su flirteo resulta mucho menos velado. Selby es más aburrido y soso que Mason, pero desde luego sabe llevar mejor a las mujeres que el impulsivo abogado defensor. 

La novela es puro entretenimiento de calidad, solo que en este caso Gardner nos ofrece su creación menos interesante, a mi gusto muy por debajo de las aventuras de Mason y en especial de las delirantes peripecias de Bertha Cool y Donald Lam, mis favoritos, no lo puedo ocultar. Sobre ellos ya comenté en otras entradas dedicadas a Gardner. Aquí toda la trama resulta en exceso esclava del embrollo habitual en este tipo de relatos criminales, y si bien el dibujo de personajes es excelente como siempre en Gardner, se acaba echando de menos que se detenga más en ellos, en su personalidad y en por qué hacen lo que acaban haciendo, preocupándose más de a qué endiablada hora lo estaban haciendo.


El sheriff Brandon se nos presenta como un hombre de acción que pierde la paciencia con suma facilidad ante las triquiñuelas legales. Un bonachón con carácter irritable y gruñón que, pese a los esfuerzos de Gardner por hacerlo simpático al lector, resulta profundamente desagradable: uno lo imagina capaz de cometer algún delito peor que los de los criminales perseguidos por él en aras de la justicia. Está claro que es el compañero perfecto para el tranquilo y racional fiscal Selby, es lo típico y ya copiado hasta la saciedad de dos compañeros unidos hasta las últimas consecuencias por una causa común con personalidades opuestas, buscándose en él la identificación del lector de a pie, que tendría más complicada la empatía con el en ocasiones gélido Selby, siempre racional y cumplidor de la ley a rajatabla, siempre tranquilizando al sheriff y permaneciendo en un discreto segundo plano. Para mi gusto, Brandon no pasa de ser un bruto en apariencia bienintencionado, pero demasiado dispuesto a saltarse la ley y resolverlo todo a puñetazo limpio. Lo típico para quienes pensar no pasa de ser un doloroso esfuerzo evitable.

Aun así, quiero dejar claro que esta es una impresión en exceso subjetiva, y que en cualquier caso me parece genial que una novela cuyo objetivo sea tan solo entretener pueda dar lugar a un debate que otras más sesudas no logran ni a palos. En fin, nos lleva a pensar y plantearnos cosas. Otros escritores hacen de esto su bandera y no pasan de escribir panfletos de manual.

Lo más interesante de la historia, volviendo a la novela en sí, acaba siendo el malo. Ya sabéis: qué sería de los héroes si sus némesis no estuvieran a la altura. Este malvado, el abogado fullero y de maneras exquisitas A. B. Carr, borra del mapa a todos los personajes en cuanto aparece. De una inteligencia sorprendente y vivaz que logra la admiración del propio Selby, es un claro ejemplo de la mano maestra de Gardner a la hora de crear personajes de fuste. Y de su mismo inteligente proceder: la mejor manera de mostrar la valía de sus protagonistas positivos es que los negativos estén a la altura. ¿Qué mérito tendría derrotar a un puñado de tontos? Lástima que al final, exigencias del guion, también acabe perdiendo un tanto los papeles.

En fin, de lo más flojito que he leído de Gardner, demasiado X estuvo aquí a tal hora y B hizo esto otro, más Z se encaminaba hacia aquí y de repente aparece un Y que lo lía todo más para que entonces llegue C y le dé sentido a todo. Pero se lee en dos ratos, no cansa jamás y nunca promete más de lo que da. Esto último, creedme, lo valoro en lo que verdaderamente vale: leer a Gardner es todo un baño de aprender a cómo saber escribir con oficio y honestidad.

GARDNER, Erle Stanley. El fiscal rompe un huevo. Traducción de Carmelo Saavedra Arce. México D. F.: Editorial Cumbre, 1957. 168 p. Laberinto.


jueves, octubre 02, 2008

Cuatro aventuras de Perry Mason por Erle Stanley Gardner: la justicia también es para los débiles

El tío Erle en su estudio en el Rancho Paisano, Temecula, California

Las aventuras de Perry Mason quizá sean hoy más conocidas por la televisión que por su original literario, obra de la rápida pero eficaz pluma de Erle Stanley Gardner. Y, desde luego, muchos identificarán al gran Perry Mason con ese estupendo actor con aspecto brutote que es Raymond Burr gracias a los nada más y nada menos que 271 episodios que protagonizó, de 1957 a 1966, posteriormente de 1985 a 1993, encarnando al genial abogado detective. A esto súmenle películas para la pequeña pantalla y otras 6 rodadas en el segundo lustro de la década de los años 30, en la mayoría de las cuales el personaje es interpretado por ese curioso actor (al menos a ojos de hoy: un galán estiraducho y con bigote fino de malote que pasaba por guapo, pero muy buen actor) llamado Warren William. Hasta hay una película con Ricardo Cortez de Mason, que imagino impagable. Para más detalles, podéis consultar la IMDb, lugar de donde he extraído esta información. Porque en mi cabeza el Perry Mason televisivo, menos aún el cinematográfico de los 30, no existe: no he visto jamás un solo episodio de esta interminable serie.

Me he leído cuatro novelas de este personaje una tras otra, como si de un volumen de relatos se tratase, y aunque no me han gustado tanto como la protagonizada por Bertha Cool y Donald Lam (vean, si se atreven, la entrada anterior), sí que puedo afirmar que el estilo de Gardner me gusta y sus historias me atrapan. Casi siempre, al menos.


El caso del gatito imprudente (The Case of the Careless Kitten, 1942). Número 21 de la serie.


Dar el primer paso en el mundo del abogado defensor Perry Mason con la que hace la novela número 21 de la serie no es para mí, tan maniático con esto del orden, lo que hubiera preferido. Pero esto es lo que hay. Nada grave pues no es que haya una clara continuidad entre ellas, pero sí que se nota una leve evolución de la relación entre Mason y su fantástica secretaria Della Street. Evolución amorosa, se entiende.

En este caso del gatito de marras, Gardner expone una trama complicada con una claridad admirable. En este tipo de novelas el final explicativo, la cháchara de turno en la cual se desenreda el embrollo, como ya he dicho en alguna ocasión, me suele resultar indiferente. Pero confieso que no aquí: uno desea realmente saber qué demonios ha pasado, qué hilo de razonamiento ha seguido Mason para resolver el caso. Y Gardner no hace trampas: como el mismo Mason afirma, tiene la misma información que el resto acerca de lo sucedido (un lío tremendo, creedme), solo que es él el único que ha sabido atar los cabos. Y nada más cierto, pues Gardner nos ha dado todas las claves, no nos ha ocultado nada, pero hasta que no leemos la explicación del sensacional abogado no hay manera de poner la casa en pie. Eso sí, como curiosidad destaco algo que desconocía y que me hacía estar en desventaja, una ley universal que yo, en mi ignorancia, no tuve en cuenta: a un reloj jamás se le da cuerda a las cuatro de la tarde; se le da por la mañana o por la noche, pero jamás a esa hora tan intempestiva.

Me gustaría destacar que, en plena Segunda Guerra Mundial, Gardner es capaz de dar la cara por un personaje oriental y poner en su sitio el fanatismo patriotero racista. Algo que se adecua a la leyenda del propio autor, abogado también, famoso por lo visto por su defensa de las condiciones de vida dignas para los inmigrantes que se refugiaban en su país.

Los personajes resultan apasionantes, todo lo que les pueda suceder nos afecta y preocupa, nos interesa, porque Gardner deviene genial en su dibujo. Mason no se enfrenta a una partida de tontos ante los que lucir su ingenio, sino ante tipos que hacen bien su trabajo. Así, su rival el teniente Tragg (siempre investigando a favor del fiscal), un policía despierto e inteligente cuyo continuo duelo con Mason por esclarecer el caso es de una intensidad apabullante: ante la genialidad de uno por sacar al entrometido abogado del caso, siempre surge otra de Mason para llevar al empecinado teniente por el camino que le interesa. El bueno de Perry debe estar siempre haciendo gala de su ingenio, siempre alerta, porque tanto la policía como los criminales a los que se enfrenta no son contrincantes fáciles, no en todas las ocasiones consigue engañarlos y veces hay en que el engañado resulta él. Solo su férrea convicción en sacar a la luz la verdad y defender al más débil cuando es inocente le alza moralmente frente a sus adversarios. En fin, si sois fanáticos seguidores de las historietas de Batman como el que aquí os aburre, creo que no tendré que insistir en que un buen malo es lo mejor para una historia. Para Mason, solo el ser más inteligente aún si cabe que sus rivales le dará la victoria. Bueno, y el contar en este caso con la desinteresada ayuda de un gatito algo temerario. No por nada es una de las más celebradas aventuras de Perry Mason.


El caso de la heredera solitaria (The Case of the Lonely Heiress, 1948). Número 31 de la serie.


En esta novela, si bien todo se plantea en un tono más divertido y en apariencia menor que la anterior, pronto Gardner nos ha vapuleado tanto con los alucinantes giros de la trama que nos tiene agarrados por el cuello incapaces de abandonar la lectura. El propio Mason se toma el caso más a la ligera, y así le va al pobre. Una metedura de pata tras otra le lleva siempre a estar por detrás tanto del avispado teniente Tragg como de los criminales, que en esta historia asemejan una partida de idiotas, y nos engañan tanto como al poco concentrado Mason. Resulta sorprendente (¡y estimulante: contribuye a enrarecer la narración y enganchar al lector!) cómo, bien por no prestar la suficiente atención al caso nuestro abogado defensor, bien porque cuando su ingenio se enciende de manera brillante sus adversarios le dan un buen baño de humildad, los malvados no dejan de engañarlo y burlarse de él de manera continua. Perry Mason debe estar casi de capítulo en capítulo superándose para darse de cabeza contra las triquiñuelas de los malotes. De verdad que sentí deseos de saltar al cuello del detestable (¡pero muy inteligente!) matrimonio Caddo en un momento de la historia. ¡Vaya par de espectaculares fulleros! Y esto por no mencionar a los viejos y endiablados hermanos Endicott, una familia de odiosos crápulas más viejos que el mal que ostentan.


Gardner también nos describe un brutal interrogatorio de la policía, uno de esos que tantas veces hemos visto aplicado como correctivo a alguien en las películas clásicas (personaje enfocado con una potente luz recibiendo una andanada de preguntas buscando confundirlo y agotarlo, y otras artimañas de persuasión que no desvelaré pero que están lejos de lo que podríais entender como poesía romántica del siglo XIX). Aquí el teniente Tragg y los suyos hacen sufrir en serio a un personaje inocente, y la denuncia de Gardner resulta de lo más efectiva. Sin panfletos ni proclamas baratas nos hace compartir con su personaje, narrando de manera que la identificación con él sea absoluta, lo que es el terror ante la brutalidad y la violencia, la impotencia ante la injusticia (que al ser aplicada por la policía acrecienta la sensación de indefensión) y cómo el ciudadano de a pie puede ser presa fácil del engranaje ciego de la ley. Solo la entereza ante la adversidad y el afán por llegar a la verdad de los hechos de Perry Mason forman la pequeña esperanza de que la abyección no resulte triunfante.

Aun con esto, es la novela más divertida de las cuatro, en especial en su inicio: Gardner nos sumerge en el apasionante mundo de la escritura para revistas baratas de relatos rosas. Y vamos sin oxígeno.


El caso de la ninfa negligente (The Case of the Negligent Nymph, 1950). Número 35 de la serie.


A pesar del impactante inicio, una joven que aparece nadando desnuda en la playa privada del islote de un ricachón frente a los alucinados ojos de Perry Mason, esta aventura del sensacional abogado funciona solo a medias. La ninfa nadadora, más veleidosa e inconstante que negligente si buscamos la precisión, nunca termina de tener ni el interés ni el misterio que se le atribuyen, y el resto de personajes que se reparten la función menos aún. Es raro que a Gardner le falle precisamente esto, pero es superior la fuerza de la original situación a la que debe hacer frente Mason: su propia cliente, y su alocado proceder, será el mayor enemigo en este caso.


Da la sensación de que Gardner escribió esta aventura un poquito con el piloto automático. Mason aparece tan brillante como siempre, pero al no estar los oponentes a la altura (en esta ocasión ni tan siquiera cuenta con la oposición del teniente Tragg) sus destellos de ingenio brillan con menos fulgor. Della Street, su secretaria, no aporta nada nuevo en su papel de fiel compañera de aventuras aunque su sola presencia sea un regalo (ya, ya, esto último es odiosamente parcial por mi parte). Bueno, eso sí, se da un pasito más en ese continuo juego en que se mantiene al lector sobre si serán finalmente pareja o no, si bien a mí no me cabe la menor duda de que lo son aunque Gardner jamás lo haga explícito. Y el detective Paul Drake, colaborador habitual de Mason, pues eso: repitiendo los gestos, las posturitas y el papel de novelas anteriores. Es normal y de agradecer que en una serie de novelas con los mismos protagonistas se repitan esquemas narrativos: en el fondo es siempre lo mismo con variaciones. Los personajes ganan en credibilidad al tiempo que el lector se siente recompensado por el rápido reconocimiento de los mismos. Depende pues de la inspiración del momento o del desarrollo más o menos brillante que haga el autor que el resultado final sea satisfactorio o no. Aquí lo dejaremos en un regular, pues aunque Gardner no está a la altura de otras ocasiones, esta aventura de Mason se lee en un ratito, entretiene de manera honesta y, tampoco se puede negar, algún truquillo se guarda el autor en la manga para mantener en todo momento vivo el interés.

Interés que en este caso viene dado por, como he dicho, el impredecible proceder de la joven clienta de Mason que pondrá a este una vez y otra contra las cuerdas, más que sus poco inspirados antagonistas. Y por la astucia con la que Mason va salvando los obstáculos, por supuesto.


El caso de la chica vacilante (The Case of the Hesitant Hostess, 1953). Número 41 de la serie.


Los personajes están mejor definidos que en la anterior, lo cual deviene en que la aventura resulte más interesante. La trama es compleja, por lo que Gardner procura que, por medio de conversaciones, todos los pasos e hipótesis queden claros al lector. Esto provoca que en ocasiones estos diálogos sean un tanto repetitivos y artificiales: más que conversar, los protagonistas repasan en voz alta el caso. No molesta demasiado, pero en el caso del gato traviesillo Gardner supo ser claro y preciso sin que se le notaran tanto los trucos.

Gardner estructura la novela de forma distinta a las otras tres. Ya no se trata de la presentación de un suceso chocante o extraño, la primera exposición del caso, la aceptación del mismo por parte de Mason, la petición de habeas corpus para su cliente, la investigación, el juicio y la pertinente explicación final. Entramos de lleno a mitad del juicio de rigor y así vamos enterándonos de lo sucedido. La investigación se lleva a cabo en un receso del juicio, por lo que de nuevo Perry Mason y los suyos (Della Street y Paul Drake) actúan con poquísimo tiempo para resolver el misterio y los hechos se muestran, como es habitual, nefastos para su defendido.

Este planteamiento estructural juega a favor de la novela, pero también el ambiente en el cual se desarrolla gran parte de la historia: garitos ilegales de juego, antros de dudosa reputación, chicas misteriosas de comportamiento cuando menos equívoco y hombres de billetera gruesa y nula moral.

A la contra tenemos que el teniente Tragg ya no es tan hostil a Mason. Incluso este deja que Tragg propine una tremenda paliza a un malote: no solo consiente, sino que se vuelve para no mirar. Cierto es que tienen sus razones para actuar así, pero este Mason no parece el mismo, el defensor a ultranza de los derechos civiles sea uno culpable o no. Es él quien, por desgracia, se muestra vacilante ante la ley.



GARDNER, Erle Stanley. El caso del gatito imprudente. Traducción de Julio Vacarezza. Madrid: El País, 2004. 266 p. Serie negra; 26. ISBN 84-96246-87-6.

GARDNER, Erle Stanley. El caso de la heredera solitaria. Traducción de Carmelo Saavedra Arce. México, D. F.: Editorial Cumbre, 1957. 181 p. Laberinto.

GARDNER, Erle Stanley. El caso de la ninfa negligente. Traducción de Anna Muria. México, D. F.: Editorial Cumbre, 1956. 173 p. Laberinto.

GARDNER, Erle Stanley. El caso de la chica vacilante. Traducción de Ramón Margalef Llambrich. Madrid: El País, 2004. 267 p. Serie negra; 10. ISBN 84-96246-71-X.


martes, septiembre 02, 2008

Algunas mujeres no esperan (1953), de A. A. Fair (Erle Stanley Gardner)



Como queda bien claro en la portada, A. A. Fair es el sobrenombre bajo el cual Erle Stanley Gardner firmaba sus obras correspondientes a las aventuras de la pareja de investigadores privados Bertha Cool (B. Cool) y Donald Lam. Esta Algunas mujeres no esperan (Some Women Won't Wait, 1953) corresponde al número 14 de la serie.

Quiero detenerme un poco en comentar los dos personajes protagonistas, un verdadero acierto creativo de Gardner y el motor sobre el que sustenta esta chispeante novela.

Ella, Bertha Cool, es la terrible jefa, de carácter arrollador, tan decidida como impetuosa. Él, su joven socio, es un hombre tranquilo, de ademanes y espíritu pausados y prudentes en contraposición a su ágil mente. La suma de estas aptitudes forman un investigador excepcional. Eso sí, algo enamoradizo.

La buena de Bertha no es tan inteligente como el joven Lam, pero que no nos confundan su carácter desabrido y sus modales imposibles: no ser muy inteligente no te convierte automáticamente en un tonto. Al menos no en este caso. El problema está en que para Bertha lo más importante de un caso es cobrar el cheque y obtener los máximos beneficios económicos: pensar es tarea de su socio. He aquí un par de detalles que nos ayudarán a conocerla: “(...), una mujer de ochenta y dos kilos, ojos ambiciosos y ansiosa de dinero” (p. 6); “Bertha era dura como un rollo de alambre de púas...” (p. 7). Y aunque parezca difícil de creer, un encanto en el fondo.

El tono de la narración es muy divertido, tanto por las situaciones como por los personajes. La acción se desarrolla primero en un barco de lujo repleto de ricachones y ricachonas alrededor de los cuales pululan jovencitas y jovencitos ávidos de aventuras. Aventuras de esas que implican cama, champán y ríos de dinero, se entiende, con la posterior boda de rigor: una caza de la fortuna ejecutada sin cuartel. Posteriormente, la acción se traslada a la isla de Honolulú, un ambiente relajado y sensual donde no por esto deja de habitar el crimen.

La omnipresente diferencia de carácter entre los dos protagonistas, sus enfrentamientos y las jugarretas que se hacen el uno al otro resultan descacharrantes y encantadores. En veinte páginas ya adoras a estos personajes y deseas conocerlo todo de ellos. Pero no solo de los dos detectives: en diez líneas, la secretaria de ambos, Elsie Brand, ya es adorable; la joven viuda víctima de un supuesto chantaje Miriam Woodford (Mira) y su amiga Norma Radcliff nos fascinan con su alegre inconsciencia y su desatada sensualidad; y el vejete podrido de dinero Stephenson D. Bicknell se nos antoja maravillosamente detestable.

El embrollo criminal, un lío de narices como está mandado, engancha y se sigue con interés. La excitación que se apodera de los personajes en el barco, esa atmósfera tan de película de los años cuarenta de crucero atiborrado de ricos y tramposos compartiendo una especie de fiebre colectiva, resulta admirable en su descripción de manos de Gardner.

Y en la isla la locura se multiplica. Su ambiente relajado y sensual está reflejado de manera intensa. No solo se contagia del mismo la avariciosa y agria Bertha, que acaba bailando al ritmo de la música de la isla con una copa en la mano y muchas más en el cuerpo, sino también el lector. O al menos yo, qué os voy a decir.

Gardner, quizá escudado por el seudónimo, nos regala encendidas descripciones de los cuerpos bajo el calor, la playa y el desenfreno propio de quienes piensan poco en lo que derivará de sus locuras.

En conjunto, una novela ágil, muy divertida y entretenida al máximo. Gardner es conocido por ser el autor de las excelentes aventuras del abogado Perry Mason, pero creedme si os digo que son las de los magníficos Cool y Lam las que de verdad me han enganchado a él.



En esta ocasión, los dibujos de portada y contraportada, al contrario que en las dos novelas de la colección Laberinto comentadas justo antes de esta, sí tienen relación con el contenido, si bien la chica que aparece en la ilustración de la trasera viste un traje de baño que en la novela pues, la verdad, o no aparece por ningún lado (el traje, digo), o bien está compuesto por mucha, pero que mucha, menos tela...

FAIR, A. A. Algunas mujeres no esperan. Traducción de María Teresa Domínguez de Garza. México, D. F.: Editorial Cumbre, 1956. 199 p. Laberinto.