martes, enero 19, 2010

Las vigilias de Bonaventura (1805)


Esta novelita aparecida de forma anónima en el año 1805 ha sido atribuida a Brentano, a Schelling e incluso al gran E. T. A. Hoffmann. Pero nada, parece ser que finalmente el gordo fue a parar a manos de August Klingemann (1777-1831), nombre menos llamativo para cualquier posible exégesis. No tengo capacidad ni conocimientos para decir mucho acerca de los dos primeros, pero desde luego sí que costaría relacionar el estilo y las maneras de este librito con la prosa rica, brillante y efusiva de Ernest Theodor Amadeus (ya sabéis, tercer nombre en homenaje a su adorado Mozart), más oscuro cuando se trata de oscuridad, más limpio y divertido cuando se trata de reír, y más agudo y elegante cuando se trata de ironizar sobre la vida. Y creo que ya se me va notando un pelín que mucho, lo que se dice mucho, estas vigilias del quejica Bonaventura no me han apasionado que digamos.

Considerada una joya algo desconocida del Romanticismo alemán, reconozco estar de acuerdo con lo segundo, pero para nada con lo primero. Desarrollada a lo largo de dieciséis capítulos, correspondientes cada uno de ellos a una noche de vigilia del protagonista, un vigilante nocturno (lo que aquí llamaríamos un sereno) se dedica a desgranar su visión de lo divino y de lo humano por medio de pequeñas historias, pensamientos y desgarradas peroratas sobre lo podrido que andaba el mundo ya por entonces. Vamos, que lo de quejarse de lo triste de una época no lo hemos inventado nosotros, aunque presumamos de ello.

La primera vigilia pone en escena la muerte del zapatero, teósofo y místico Jakob Böhme, el librepensador, de manera tan hermosa como lúgubre. El sacerdote presente en la escena asemeja la encarnación del mismo diablo: ya desde estas primeras se entiende que el autor optara por el anonimato. La crítica a la iglesia es acerada, pero ya conocéis el dicho, ¿no?: extremos opuestos, acaban tocándose. Pues esta soberana chorrada resulta que aquí es tan cierta como tópica. Ya veremos.

La segunda vigilia consiste en la visita del verdadero demonio al velatorio entre nubes de tormenta, truenos ensordecedores y rayos que rompen la oscuridad con su luz. Un tono poético macabro y desesperanzado domina la escena, pero sin renunciar a cierto sentido del humor. Este tono será el que marque toda la obra, la voz de un poeta descreído del mundo y sus habitantes. El lamento por la época prosaica y mundanal en la que le ha tocado vivir y que le ha llevado a trabajar de vigilante nocturno, para así evitar en lo posible el contacto con otros seres humanos, es continuo. Y no carece de momentos conseguidos. Así también el encuentro de Bonaventura con el Judío Errante en una catedral gótica, en la cual le cuenta a nuestro protagonista su vida como si de un teatro de marionetas se tratase. ¿Pero cómo demonios no me ha podido gustar? Macabro, divertido, con semejante ambientación y personajes, yo también me lo preguntaría si todo no fuera tan sencillo. Y es que todo lo fantástico, lúgubre de la narración es dejado de lado por el discurso moral: lo efímero del hombre, su gusto por hacer de cada acto una tragedia (una crítica incongruente con la propia obra) cuando no da ni para una mala comedia y cómo se aferra a lo terrenal incluso cuando afirma hablar de lo divino. Este discurso moralista no es de tono religioso eclesiástico en lo que se refiere al respeto por la jerarquía de la iglesia, pues sus representantes se llevan una considerable cantidad de palos, sino la del eremita que se ha apartado del mundo y lo juzga por su vacuidad. Su empeño por convertir cada capítulo en un discurso aleccionador es lo que impide que de verdad la obra alce el vuelo. Critica lo mundano, pero sus palabras se embarrancan allí.

Sólo cuando en algún aislado momento abandona lo discursivo sentimos la fuerza del porqué de su aislamiento y su oscurecerse ante el mundo. Lástima que se empeñe a cada línea por explicar lo que corresponde quizá más al corazón que al intelecto. Hay momentos en que uno parece estar escuchando a uno de esos vejetes que se sientan en los parques a criticar el mundo y sus obras.

Así, las aventuras de nuestro oscuro y llorica vigilante muestran casi siempre situaciones atrayentes, tanto cómicas como dramáticas, pero siempre empañadas por prestar más atención a su quejosa visión del mundo que a mostrárnoslo con sus ojos y hacérnoslo comprender. Deviene tristona y algo cansina pese a la brillantez de algunos párrafos y la belleza de alguna de sus imágenes. Lo dicho: aunque se nos presente como “una joya curiosa y obra maestra del Romanticismo alemán”, es más curiosa que joya. Exagerar su valor juega definitivamente en contra. Su gusto por lo macabro asemeja más al del sacerdote hablándonos del infierno que al del poeta desgarrado por visiones terribles: justo lo contrario de lo que el anónimo narrador se propone, o eso nos dice, que vete a saber. Hasta se nos presenta como justiciero en un caso de adulterio (más que justificado, se debe aclarar) castigando sin piedad a los malvados pecadores de crimen tal. No dejan de lloverle palos ni al marido, que es quien más los merece, pero aun así la pareja pecaminosa no son sino ejemplo de los males del mundo. Por suerte, lo mejor del Romanticismo, y en particular el visionario y enloquecido Romanticismo alemán, Hoffmann a la cabeza, no era tan pacato. Leed, leed de éste último su maravilloso libro, éste sí una obra maestra absoluta, impertérrita al paso del tiempo, Opiniones del gato Murr (1819) y contadme luego.

Aquí, en estas vigilias que llaman más bien al sueño, el autor no se cansa de invocar a la Poesía, nuestra salvación en un mundo vulgar y caduco. Pero, ¡ay!, a pesar de que no hay página en que no la llame a gritos, ésta no aparece ni para darse una vueltecilla por allí.

Tan del gusto del romanticismo los escenarios italianos y españoles, no faltan en esta ocasión un par de aventurillas ambientadas en los mismos. La aventura española está protagonizada por don Juan y doña Inés, nada menos, y de nuevo el carácter moral de la enseñanza del relato se sobrepone a la anécdota de éste. Y catedrales góticas, cementerios, conventos, manicomios: se suceden los escenarios más clásicos, pero resultan irrelevantes. Una tramoya en la cual el objetivo del autor es hacernos ver a nosotros, ciegos, lo que la necia ciencia (ya entonces una mala de cuidado, la pobre) nos impide: que detrás de todo está la todopoderosa mano de Dios. Una mano que arrea a la mínima, hay que añadir. En defensa del autor cabe decir que no toda la culpa es de esa cosa maligna y maquiavélica llamada ciencia, sino que también la iglesia y sus jerarcas gustan de cegarnos para medrar en lo terreno. En verdad, al final es que todo nos impide ver la verdad salvo las palabras del propio autor. Según él, se entiende. Cómo no. Modestillo nos salió el vigilante.

Una danza macabra que, como es normal en ellas, arremete con su fiero ritmo contra lo más detestable del ser humano, pero que termina, exacerbado su discurso, borracho de sus propias palabras, por arremeter contra todo aquello que es, simplemente, humano. La visión del mundo como un lugar donde penar, un valle de lágrimas, tan medieval, es un sitio en el cual, mal que le pese al autor, navegarían felices todos los sacerdotes de esas iglesias a las que critica. La muerte nos igualará a todos, reyes y mendigos, poetas y cocineros, filósofos y zapateros. Al final al autor le da por reír con risa de loco y la función se anima un tanto, pero el telón corre presto a caer y, por mucho que a última hora algo quiera salvar, ya es tarde.

LAS VIGILIAS de Bonaventura. Traducción de Marisa Siguan y Eduardo Aznar. Barcelona: Acantilado, 2001. 172 p. El Acantilado; 39. ISBN 84-95359-31-6.

2 comentarios:

padawan dijo...

ETA Hoffmann es una de mis asignaturas pendientes. Tendré que ponerle remedio lo antes posible.

Llosef dijo...

Pues el gato Murr es perfecto para ello. O si prefieres no empezar tan a lo bestia, jeje, Valdemar tiene publicado una colección de cuentos: "El hombre de la arena y otras historias siniestras". Alianza Editorial, en su colección El Libro de Bolsillo, publicó un par de volúmenes de relatos, también. Los "Nocturnos" los acaba de publicar Alba en una edición tan bonita como cara.