miércoles, marzo 07, 2012

Jumbee y otros relatos de terror y vudú (1925-1932), de Henry S. Whitehead


De todos los escritores de habla inglesa que en las primeras décadas del siglo pasado cambiaron el panorama de la literatura fantástica, y más en concreto el de la literatura de terror, instalándola en la actualidad y resultando definitivamente materialista y con más pretensión de veracidad que la de sus antepasados góticos y victorianos, quizá Henry S. Whitehead (1882-1932) sea uno de los de estilo más elegante y al tiempo uno de los más olvidados. Y si no olvidados, sí desde luego uno de los menos recordados. A mi gusto, es un autor a la altura de Arthur Machen o de un Algernon Blackwood inspirado. En la realidad, publicó toda su obra en revistas pulp de la época, sobre todo en Weird Tales, y esta consiste en relatos en su mayoría ambientados en las Islas Vírgenes y con temática vudú. Su falta de ambición, su afán de escribir casi nada más que acerca de su entorno (más bien, del que fue su entorno durante ocho años: la isla de St. Croix en las Islas Vírgenes, donde ejerció de diácono) y de manera especial centrándose en las creencias de los nativos de las islas quizá le hayan cerrado las puertas a una consideración posterior. En cualquier caso nos da igual: nos quedan sus magníficos relatos, de los mejor escritos del género y de los más terroríficos. En el año 1944 Arkham House, la editorial de August Derleth, publicó este libro recopilando sus mejores cuentos.

Whitehead creó un personaje, un claro alter ego, que protagonizó gran parte de sus relatos, 15 de ellos para ser exactos, uno escrito en colaboración con su buen amigo H. P. Lovecraft: Gerald Canevin. Canevin vendría a ser un investigador de lo oculto, solo que sin serlo realmente. No me he vuelto loco, que ahora intento explicarme. No se trata de que Canevin abra su consulta y acepte casos para resolver, no lo hace como profesión, pero es que tampoco como entretenimiento. Si investiga, es por su afán de conocer la verdad y su interés sincero por aprender las costumbres y tradiciones de las islas (las Islas Vírgenes, antes Pequeñas Antillas, llamadas así desde que los Estados Unidos se las compraron a Dinamarca), sin importarle hollar terrenos que por su condición de hombre blanco debería ignorar y considerar supersticiones de negros. Él conoce, analiza e intenta comprender una cultura ajena a la suya pero que respeta en grado máximo. Whitehead es la prueba de que no era condición indispensable del pulp el ser racista, aunque me temo que quizá sea la excepción que confirma la regla.

A Canevin lo suelen acompañar Stephen Penn, su criado, y el doctor Pelletier, un hombre de ciencia que a causa de llevar muchos años ejerciendo en las islas ha visto de todo y cree de manera absoluta en la magia que practican los nativos. Y en sus efectos. Por lo general, Canevin sacia su curiosidad, porque a veces se trata de eso más que de investigaciones tal y como estamos acostumbrados a leer en otras historias, porque se encuentra de frente con un hecho extraño y no puede evitar investigarlo hasta desentrañar la verdad. En otras ocasiones, será una historia que le cuentan y él ejerce solo de comprensivo oyente o bien indaga sobre algún hecho del pasado y del cual apenas quedan vestigios. Alguna vez le piden de manera directa ayuda para resolver algún suceso misterioso, pero serán las menos. Lo que sí tienen en común todas sus aventuras es que resultan apasionantes, fascinantes en la creación de una atmósfera irreal y fantástica, sorprendentes en sus tramas y la mayoría de las veces verdaderamente terroríficas. Nada, que sí, que se me nota que admiro de manera profunda a Whitehead. Para mí, uno de los grandes escritores del género. Pero veamos ahora los cuentos incluidos en este libro uno por uno.

Jumbee (1926) es el que abre y da título al libro. Es un magnífico relato de aparecidos, mujeres lobo y avisos de ultratumba. El estilo elegante de Whitehead convierte una velada tranquila en un porche al anochecer en algo mágico y especial, transmite de manera poderosa el encanto de las Islas Vírgenes, de ese lugar salvaje pero agradable si se comprende. Uno quisiera, como los protagonistas, estar allí sentado narrando hechos espeluznantes e incomprensibles a la caída de la tarde, cuando la noche y la oscuridad se adueñan del mundo. Como es habitual en Whitehead, comprobamos ya desde el principio la aceptación y comprensión de las costumbres y maneras de los nativos desde su condición de igual y nunca con la prepotencia del hombre blanco típica de la época. Y como relato de terror es poderoso, con en verdad estremecedoras apariciones espectrales.

Pero esto de jumbee, ¿qué demonios es? Pues justo casi eso. En El negro Tancredo (1929) se nos explica muy bien: “Un jumbee es, por supuesto, un fantasma de las Pequeñas Antillas. En las islas francesas la palabra es “zombi”. Los jumbees tienen varias características, que no me detendré ahora a enumerar, pero una de ellas es que un jumbee siempre es negro. Aparentemente, los blancos no “caminan” después de muertos. ¡Aunque yo personalmente he conocido a tres caballeros blancos, plantadores, de los que se decía que eran hombres lobo! ¡Entre la población negra de las Pequeñas Antillas echa raíz toda creencia, toda práctica imaginable de lo oculto, (…)! (…) Jumbee es una palabra genérica. Prácticamente, hace referencia a cualquier tipo de fantasma, aparición o espanto.” (pp. 59-60) El negro Tancredo buscará venganza aunque esté muerto y desmembrado. Este relato bien podría considerarse la versión antillana del excelente La mano (1883) de Guy de Maupassant.

Conviene destacar, otra vez, que como hombre religioso de verdad, el diácono Whitehead respeta y conoce a fondo las creencias y costumbres de los negros de las islas. Veremos cómo en su prosa los caballeros no tienen color, y un caballero solo puede ser tal si respeta esto.

Jumbee es uno de los cinco relatos aquí incluidos que no está protagonizado por Canevin. Aclaro desde el principio que aunque no los protagonice, todos salvo uno bien podrían estar narrados por él. Alguno de ellos incluso lo protagonizan personajes o familiares de personajes de otros relatos en los que sí aparece Canevin. Whitehead crea así un entramado fabuloso en el cual según leemos nos vamos adentrando en él, y la sensación de que cada vez sabemos más de las islas se multiplica no solo por conocer sus misterios, sino todas las personas que las habitan y los secretos y aventuras de sus ancestros. Así ocurre con el magnífico relato Dulce hierba (1931), una historia de venganza vudú que no puede ser más sencilla y a la vez estar desarrollada con una fuerza más arrebatadora. El embrujo sexual de la noche en una isla del Caribe, con todo lo típico que esto suene, en manos de Whitehead adquiere un hálito casi fantasmal. Las mujeres son las protagonistas absolutas de esta historia, plenas de poder, de capacidad de decisión, de inteligencia, ante el papel pasivo y algo despistado de los hombres.

Cassius (1931) es una historia tremebunda que la clase de Whitehead lleva adelante con mano maestra. Los toques más gore y desagradables nunca buscan provocar al lector: son necesarios en el desarrollo de la trama, son propios del lugar donde viven los personajes. Esto consigue que sean más fuertes de lo que quizá serían si hubiera habido una intencionalidad de epatar: veríamos el armazón y esto siempre tranquiliza. Whitehead nunca pretende esto, nunca recurre al truco fácil: si nos describe al detalle una rata destrozada, es porque es fundamental cómo ha sido destripada para sembrar inquietud en el relato y darnos pistas acerca de su posible resolución. El horror se une a lo chocante y a lo increíble, pero las maneras de contar del autor lo convierten en posible y eso hace que el espanto aflore con una naturalidad que definiríamos como… ¡sobrenatural!

Las sombras (1927) nos presenta una sensacional progresión de una aparición espectral. También magistral es cómo nos es presentado el ambiente de la isla, con todos los habitantes creyendo en lo imposible pero sin atreverse a hablar abiertamente de ello. Whitehead, hombre de elevada cultura y gran erudición, pero además un conocedor y verdadero degustador del género de terror, nombra aquí a Algernon Blackwood y a William Hope Hodgson (más adelante, en otro relato, el elegido será Arthur Machen). Con total admiración, sin ser consciente de que eran sus iguales.

Uno de los relatos más oscuros y gore del libro es La bestia negra (1931). Entramos de lleno en uno de los ritos más delirantes del vudú, del obeah, del culto a la Serpiente, y Whitehead no se detiene ante nada. Sin jamás buscar el impacto o la sorpresa, consigue ambas cosas midiendo de manera prodigiosa la progresión de su historia, sin dejar de lado la trama que nos está desvelando para derivar en trucos fáciles, valiéndose de la narración en primera persona para mostrarnos sin filtros y sin juzgar el brutal comportamiento de los blancos de la isla, el cual ni se cuestiona, y cómo estos son incapaces de comprender el entorno en el que viven. Si no se conoce al otro, resultará imposible comprenderlo. Menos mal que ahí está Canevin, un héroe que utiliza como armas la comprensión, la inteligencia y el observar lo que le rodea con ojos curiosos y llenos de humanidad.

Bueno, estoy llegando a la mitad del libro y al mismísimo acabose mundial, porque qué me diríais de un relato que mezcla… ¡piratas y vudú! Pues este es: Siete vueltas en la soga del ahorcado (1932). Una mezcla que Whitehead sabe agitar con mano maestra ofreciéndonos un cuento en el que encontraremos a los más salvajes piratas y la historia de venganza vudú más apasionada que podáis imaginar. El amor y el odio incendian las páginas de este relato deslumbrante y magnífico, brutal y hermoso a partes iguales. Y Canevin desenterrando el pasado, observando, comprendiendo. Esta es otra muestra de la grandeza de Whitehead: que convierte al lector en el mismo Canevin y, como a él, lo que vamos descubriendo nos sobrecoge el corazón.

El hombre árbol (1931) es otra perla magnífica. Aquí Whitehead muestra de nuevo su profundo conocimiento y respeto de la cultura y tradiciones de la población negra de las islas, lo cual contrasta brutalmente con la actitud de aquellos que en el relato están representados por Hans Grumbach, un blanco mestizo que quizá debió mostrar respeto donde solo dejó fluir miedo y rechazo al otro. Como ya he afirmado con anterioridad, la capacidad de Whitehead para hacernos ver a través de los ojos de Canevin, que siempre intentan comprender a todos los que le rodean sin resultar infalible ni un santurrón, es un prodigio y un placer.

Muerte de un dios (1931) es una rareza narrada por el doctor Pelletier a Gerald Canevin. ¡Cómo no va a dar crédito Pelletier a las supuestas supersticiones de las islas con las cosas que llega a ver en el ejercicio de su profesión! Como curiosidad, comentan entre sí el libro de William Seabrook La isla mágica (1929), el clásico del vudú que supuso un éxito gigantesco para su autor. Hasta el mismo Canevin reconoce, hablando por Whitehead, que se trata de un libro documentado en el cual se cuentan cosas a las que ni él mismo ha podido tener acceso. Si Whitehead afirma que es un libro de fiar, yo lo creo.

Como ya he dicho antes, lo que define a Canevin es su incansable deseo de saber, su curiosidad incombustible, su necesidad de conocer la verdad. Ningún prejuicio lo detendrá o entorpecerá su camino. Podríamos considerarlo un auténtico detective de lo oculto y lo extraño, pero impulsado por estas razones nacidas de su carácter y no por tratarse de su profesión o afición. En sus investigaciones lo fundamental es esclarecer los hechos, no buscar culpables para entregarlos a la justicia. Por todo esto el caso de La señora Lorriquer (1932) le interesa y le fascina. Y es que el caso de la señora Lorriquer es bien raro: mujer de exquisita educación, se transforma en una arpía desalmada cuando juega a las cartas e insulta susurrando en francés si bien desconoce esa lengua. Más que buscar un efecto aterrador, Whitehead narra lo espectral con un tono documental, nos informa de los hechos. Lo increíble es lo natural y lo fantástico es lo normal en su mundo.

De los cuatro últimos relatos del libro, tres de ellos no están ya protagonizados por Canevin, aunque como adelanté dos de los mismos bien podrían estar narrados por él. Los tambores de la colina (1931) está basado en un hecho real. Tratándose de Whitehead, no vamos a asistir a una de esas historias lacrimógenas y pacatas que bajo este lema nos endosa la televisión, sino ante una historia estremecedora y terrible. En las Islas Vírgenes, lo acabo de decir, lo fantástico es lo real. En La chimenea (1925), el más antiguo de los relatos aquí recogidos, la acción se desarrolla en el sur de los Estados Unidos, en un viejo hotel en Mississippi. Una historia de espectro vengador bien narrado y efectivo en la tradición de los cuentos de fantasmas victorianos, aunque con connotaciones de horror moderno en sus detalles más sanguinolentos y macabros. El único cuento en el cual Canevin no podría aparecer de ninguna de las maneras.

Dejo para el final otras dos obras maestras incluidas aquí. Son muchas ya, pero constato un hecho. ¡No puedo hacer otra cosa! La proyección de Armand Dubois (1926) es un relato escalofriante. Canevin transcribe la terrorífica historia de Madame Minerva du Chaillu: una noche de acoso fantasmal, de acoso jumbee. Narrado con la misma sencillez que se presupone lo hizo la anciana dama a Canevin, el alcance espectral de este relato resulta demoledor. Y Los labios (1929), la historia macabra del barco esclavista Saul Taverner y la maldición que cae sobre su terrible capitán. Un relato cortante, duro, estremecedor, en el cual las cotas de horror alcanzadas resultan impactantes. Una pequeña joya de horror infernal, grotesque (que se dice), espeso como sangre manando de una herida infectada. ¿La Nueva Carne? ¿Cronenberg? ¿Clive Barker? Pastitas para el té en las manos del genial Henry S. Whitehead.

WHITEHEAD, Henry S. Jumbee y otros relatos de terror y vudú. Traducción de Óscar Palmer Yáñez. Madrid: Valdemar, 2001. 317 p. Gótica; 41. ISBN 84-7702-369-7.  

15 comentarios:

A princesa no xardín dijo...

Tengo que hacerme con este libro como sea, sospecho que me encantará!!! Aunque me temo que no será fácil encontrar una edición decente en inglés...

Llosef dijo...

Es verdad que parece que no hay mucho donde elegir en su lengua natal, pero ni lo dude, Princesa: le gustará de manera especial.

Pato dijo...

Oooohhh, aprendo más en este blog que en mi clase de textos administrativos. Deberías dar clase de textos guays :)

Llosef dijo...

Oh, Pato, si yo diera clases de cualquier cosa, créeme que añorarías tus clases de textos administrativos...

WOLFVILLE dijo...

Excelente analisis. ¡Ya echabamos de menos el desmenuce de un buen clásico del relato! Whitehead es un autor básico, así que Amen a todo.

Un saludo.

Llosef dijo...

¡Gracias Wolfville! La verdad es que yo también añoraba soltar uno de mis rollacos imposibles. Entre medias habrá entradas de estas que solo muestran que estoy dispersándome demasiado y debería centrarme, pero aviso que el siguiente será E. F. Benson. Tardo una eternidad porque pasar lo que escribo en mi cuaderno al ordenador me da una pereza terrible.

Anónimo dijo...

Magnífica reseña: Aquí otro admirador de Whitehead ( y, dicho sea de paso, de tu blog y del de el Señor Wolfville). Suscribo, también, todo lo que dices ... un narrador equiparable a los más grandes, sobretodo por la engañosa naturalidad con que te empuja en medio del más profundo espasmo sobrenatural, por la suavidad con que te hace afrontar episodios de una crueldad extrema ( la escena de la tortura al sacerdote vudú, la historia del ahorcado eterno atrapado en un tapiz, las sombras que se materializan de manera progresiva para desembocar en un estallido de terror, el absolutamente inolvidable retrato de Mrs. Lorriquer, de su afición al bridge, y de sus días en un viejo y fantasmagórico casino de panama, y esa aterradora mano que se pasea en la habitación y pasillos de un hotel de las Antillas,...). Y lo mismo digo en relación con el sentimiento de que el elegante y sutil Canevian es un nuevo y misterioso dectective de lo oculto....En fin, lo dicho, gracias por tus maravillosas reseñas y por tu blog del que soy seguidor incansable. victorderqui.

Llosef dijo...

¡victorderqui, gracias a ti por comentar! Bueno, según iba leyendo los ejemplos que vas detallando iba reviviendo de nuevo los relatos y... ¡si es que lo de Whitehead es tremendo! Nada, nada, desde aquí propongo la creación de un frente de genuflexión mundial ante la figura de HSW. Me pido NO ser el secretario ni el tesorero.

Anónimo dijo...

Jajaja, pues conmigo tampoco contéis para esos cargos ...

De verdad, maestro enmáscarado, gran blog, gran libro y gran reseña.

Un abrazo, victorderqui.

Llosef dijo...

Bueno, a ver qué dicen los demás de estos pedazos de cargos. Son la bomba.

Y gracias de nuevo, victorderqui. Amables de más tus palabras, pero en serio que se agradecen.

Abrazos!

PAYMON dijo...

Me has dejado convencidísimo. Próxima lectura, en cuanto acabe "Una ciudad asediada" de la Oliphant y Valérie y la semana de los prodigios...

Llosef dijo...

A ese de la Oliphant le tengo ganas, jajaja. ¿Te está gustando?

Whitehead es un prodigio, ya lo verás.

PAYMON dijo...

¡Acabo de empezarlo! ya te diré...

Alberto López Aroca dijo...

¿Te has planteado hacer una pequeña (o no pequeña) biografía del señor Canevin?
Confieso que no lo conocía y me ha parecido harto interesante... (bastante más que, por ejemplo, el señor Jules de Grandin).

Llosef dijo...

¡Hola Alberto! Pues la verdad es que no me lo he planteado. Sería una tarea apasionante, pero la veo más bien perfecta para ti, enlazando su biografía con otros personajes, partiendo de que ya solo los mismos relatos de Canevin ofrecen de forma diáfana este juego de relacionar a los personajes que salen en ellos (algún secundario que de repente aparece en otro cuento o incluso los que protagonizan alguno... ¡sin Canevin!). Yo creo que no sería capaz de hacer algo así. Sí me planteé en su momento escribir un cuento con Canevin, jajaja, pero es un personaje que no se concibe fuera de las islas y eso me echó para atrás, aparte de que solo una vez he sido capaz de utilizar un personaje existente en uno de mis mediocres relatos (en concreto, a un descendiente del profesor Hesselius que vive en el año 3000 y pico, jajaja). Yo te animaría a que leyeras a Whitehead y realizaras esa biografía. Por descontado, si crees que algo de lo que comento en la entrada te puede ayudar, utilízalo sin más.

Para mí Canevin es uno de los mejores "investigadores de lo oculto", aunque lo sea de manera sui generis. Lástima que Whitehead escribiera tan poco. No estoy seguro, pero creo que en este volumen de Valdemar se recogen todos los relatos que protagonizó Canevin. Whitehead es un escritor culto y elegante, es una maravilla leerlo. Estoy convencido de que te va a fascinar. ¡Saludos!