martes, mayo 13, 2014

El año del jardinero (1929), de Karel Čapek



“Hay personas, los críticos en particular, y también los oradores públicos, a quienes les gusta mucho hablar de raíces; proclamar, por ejemplo, que debemos regresar a nuestras raíces, o que tal o cual mal debe ser completamente desarraigado, o bien que necesitamos penetrar hasta las raíces del problema. Pues bien, me gustaría verlos si tuvieran que desarraigar, digamos, un membrillo de tres años.” (pp. 125-126)

Es más que curioso y de todo punto una maravilla ver a dos de los padres de la ciencia ficción europea, los creadores del término hoy universal ROBOT, dedicados uno a escribir (Karel Čapek) y el otro a ilustrar (Josef Čapek) sobre esa pasión en apariencia sencilla y pequeña que es el cultivo y el mantenimiento de un jardín. Una ocupación antigua que ha dado otras muestras de fantásticas obras de plumas tan prestigiosas como la del mismo Horace Walpole (hablamos de ello AQUÍ). Y es que el jardín es ciencia, religión, matemáticas y poesía. Lo minúsculo y cerrado como metáfora de la misma vida, porque lo más pequeño incluye aquí dentro de sí lo más grande: “El jardín nunca está terminado. En este sentido, el jardín se parece al mundo y a todas las empresas humanas.” (p. 119) Y desde esta perspectiva Karel Čapek nos narra en El año del jardinero (Zahradníkův rok, 1929) la vida en ese período de tiempo de un amante de la jardinería, cómo se dividen sus horas, sus días, sus meses, las estaciones y en definitiva cada segundo de su existir en relación con su más absorbente amor: el que siente por su jardín.


El año del jardinero traspira una profunda adoración a la vida y a la tierra que la sustenta, a todo lo que crece pese a los inconvenientes de la propia naturaleza, de pasión por ese suelo apelmazado o poroso, pletórico de humus o arcilloso como una pesadilla que albergará y dará calor a las plantas y las flores. Es una carta arrebatada de deseo y satisfacción de un enamorado eterno no de las nubes y el sol, las estrellas y el cielo, sino de ese tesoro rico e inagotable que es el que rezuma de vida bajo nuestros pies. Uno no puede dejar de leer y querer convertirse en un jardinero a su vez, de tal forma contagian sus palabras, vivir solo para su jardín y toda la belleza fecunda que puede colmar su corazón solitario y feliz. 

Dentro de un estilo de narración coloquial y cercana, Čapek pareciera que se estuviera dirigiendo a nosotros en persona en una charla informal, pero no ajena a la exaltación poética, y practicando en todo momento un humor blanco, ayudado en esto de manera especial por los divertidos y entrañables dibujos de su hermano Josef, que no elude breves fogonazos de crítica certera y deflagrante de la sociedad y del hombre como animal que vive en ella, nuestro autor nos deja perlas brillantísimas y páginas que parecen restallar en su sencilla belleza. Tal así cuando, por ejemplo, nos habla de las lluvias del mes de mayo: la fisicidad exultante de las gotas de agua, el respirar de la tierra mojada, la sensualidad del jardín en ebullición… Lo efímero de la belleza que quizá por eso nos embarga hasta el arrobo mientras permanece: porque es muy breve y tenemos poco tiempo para saborearla y disfrutar de ella. Y sus ocasionales pero no por ello menos acertados disparos sin compasión, como decíamos, a la condición humana, algo tan habitual en su obra: “Así van las cosas: cuanto más nociva es una inmundicia, más vitalidad tiene” (p. 11); “La esencia del sectarismo no es hacer algo con pasión, sino creer en algo con pasión” (p. 101). Y voy a dejar de reproducir citas porque acabaré escribiendo aquí el libro entero.

Será indiferente que vuestro interés por los jardines, por tener uno propio y cultivarlo y mimarlo, sea inexistente: Čapek os hará nacer ese deseo. Tal vez terminéis este pequeño libro y a los pocos días este arrebato desconocido y nuevo sea enterrado y olvidado para jamás nunca volver a florecer, pero en su breve primavera será hermoso. Y aquí yace la grandeza de esta obra y su autor: que nos instará a amar, aunque sea de manera fugaz, la más efímera y al tiempo más eterna de las artes.


ČAPEK, Karel. El año del jardinero. Ilustraciones de Josef Čapek; traducción de Esteve Serra. Barcelona: José J. de Olañeta, Editor, 2009. 144 p. El Barquero; 94. ISBN 978-84-9716-587-7.