martes, diciembre 02, 2014

La última aventura de Sherlock Holmes (1978), de Michael Dibdin



Parece ser, sin temor a equivocarnos demasiado, que La última aventura de Sherlock Holmes (The Last Sherlock Holmes Story, 1978) de Michael Dibdin es uno de los pastiches más odiados por los fans del famoso detective consultor. Esto ya hace de entrada que nos resulte simpático. No puedo evitarlo: cuando todos odian (aunque hay excepciones: el gran Alberto López Aroca en su monumental Sherlock Holmes en España la reivindica un tanto) algo, no puedo evitar un sentimiento de calidez y reconocimiento. ¡A mí también me odia mucha gente! ¡Nadie nos comprende! (Etc.) Pero dejando a un lado este cariño entre hermanos, la verdad es que la novela de Dibdin no es ninguna maravilla. Se deja leer, ofrece una buena ambientación y una lograda atmósfera a ratos, pero nos entrega una historia que exige demasiada suspensión de la incredulidad, en especial en su tramo final, ése en el cual determinado personaje tiene a dos palmos frente a sí a otro y es incapaz no sólo de reconocerlo, sino que lo toma por un archiconocido villano. Esto resulta tan ridículo, por muchas páginas que mal que bien Dibdin haya dedicado a hacérnoslo creíble (valoramos su dedicación, y creedme que hay veces en que se siente el sudor provocado por el esfuerzo entre párrafo y párrafo), que consigue que la gamberra y desmitificadora idea central del libro no importe demasiado.

Dibdin cumple a rajatabla con el canon pastichero holmesiano: todos los objetos del 221 B de Baker Street, todas las manías de Holmes, las costumbres de sus protagonistas (¡esos desayunos!), los personajes… En fin, todo el listado habitual que Arthur Conan Doyle fue distribuyendo a su buen albur en sus relatos de Holmes recopilado sin piedad y lanzado al lector con la esperanza de que esto refuerce la idea de encontrarnos inmersos en una aventura de Holmes. Otro que gana la batalla de ese concurso de “a ver quién sabe más sobre Sherlock en esta sala” que, al menos a mí, me aburre a muerte cuando el guiño se convierte en golpe en la cabeza. A su favor, hay que alabar las muy conseguidas descripciones de los barrios de Whitechapel en la noche londinense, sus callejones como laberintos diseñados por el mismo demonio y la espesa y fría niebla que se arrastra con la misma fuerza del mal.

En conjunto, la novela muestra un tono serio y circunspecto que no casa bien con lo delirante de la propuesta. Dibdin avisa desde el principio que esto será así con la reproducción de la anécdota de Doyle cuando le contestó al actor William Gilette, ante le petición de éste de introducir una trama amorosa en su adaptación de Holmes a los escenarios, “haga con él lo que quiera”. Y justo eso es lo que nos trae aquí Dibdin: su forma de cumplir con creces el deseo de Doyle. Pero su descarada (y en principio divertida) anécdota casi seguro que hubiera funcionado mejor si en lugar de formalmente haber intentado ser tan fiel al canon holmesiano (el de las obras firmadas por Doyle) se hubiera lanzado sin red a contarnos lo que con los ojos como platos acabamos descubriendo. Como platos digo no por el secreto que se nos desvela, sino porque tenemos que creernos que Watson es capaz de quedarse dormido de pie durante dos horas en mitad del callejón más miserable y sórdido de Whitechapel en el momento más importante de la novela. Una vez más (como ya ocurriera en la inferior a ésta que nos ocupa Adiós,Sherlock Holmes), encontramos un exceso de contención en un pastiche que pide a gritos locura, delirio, desmadre y diversión.

Hay que reconocer, también, que juega un poco en contra el que haya momentos en los que nuestros héroes resultan irreconocibles. ¡No se trata solamente de tocar el violín, inyectarse cocaína, ser un antipático imposible y que guarde su tabaco en una babucha persa para tener ante nosotros a Sherlock! O un Watson tan desconfiado desde el principio de su eterno compañero. No hubiera pasado nada si el tono elegido por Dibdin hubiera sido otro, pero optando por la extrema seriedad todo esto nos chirría. Es en definitiva, pese a esto, una lectura muy entretenida, al menos hasta el tedioso, extenso y algo tontuelo desenlace en Reichenbach, en el cual la novela se viene abajo y se echa en falta el riesgo en su composición que Dibdin sí muestra en su desafiante argumento.

Y sí, sale Jack el Destripador, no es un error de la ilustración de portada, pero de este pobre sí que se burlan un rato…

DIBDIN, Michael. La última aventura de Sherlock Holmes. Traducción de Carlos Gardini. Madrid: Valdemar, 1993. 203 p. Los archivos de Baker Street; 12. ISBN 84-7702-082-5.

5 comentarios:

Alberto López Aroca dijo...

Ah, qué duros sois con el buen Dibdin...

Llosef dijo...

Jajaja, que no, si señalo muchas cosas buenas. Pero es verdad que el desenlace me remató...

Gerard Constans dijo...

Ahora me he quedado con a duda de si leerlo o no jaja

Llosef dijo...

No, Gerard, ¡leerlo siempre! La verdad es que se lee en una tarde y sólo por la ambientación de ese Londres victoriano, neblinoso y fantasmal ya merece la pena. Después la trama te gustará más o menos, te enganchará o no, pero si eres sherlockiano encontrarás cosas buenas. ¡Un saludo!

Gerard Constans dijo...

Esta bien jaja en ese caso me lo leere :D ¡Navidades Sherlokianas, halla vamos!