viernes, enero 02, 2015

Sherlock Holmes y la sabiduría de los muertos (1996), de Rodolfo Martínez



Tenía muchas ganas de empezar a leer los cuatro libros que escribiera Rodolfo Martínez protagonizados por Sherlock Holmes, y el primero de ellos, Sherlock Holmes y la sabiduría de los muertos (1996), me ha gustado mucho, desde luego lo bastante como para querer seguir adelante con los otros tres. Me ha encantado de manera especial la fantástica ambientación de la época, sumado a que la recreación de nuestros héroes Holmes y Watson es en verdad excelente. El autor, según propia confesión, se inspiró en la imagen que de él se nos daba en la estupenda película dirigida por Bob Clark en 1979 Asesinato por decreto (Murder by Decree), con un Holmes amable y hasta cariñoso con el buenazo de Watson. Una opción que no es mi preferida pero que tanto en la película como en la novela de Martínez funciona muy bien. Partiendo de tres de los casos no contados por Watson pero citados en el canon (el corpus holmesiano obra de Arthur Conan Doyle), el del gusano desconocido para la ciencia, la desaparición de James Phillimore y el del desaparecido barco Alicia, Rodolfo Martínez recrea una aventura que los une dándoles una solución.

Entre medias, la trama también se alimenta de la secta del Amanecer Dorado (Hermetic Order of the Golden Dawn, la chiripitifláutica orden hermética y ocultista de la que saliera escaldado el mismo Arthur Machen cansado de lo que él consideraba falta de seriedad, vamos, que aquello era un santo cachondeo por mucho que haya quien se empeñe en presentárnosla, exagerando sin medida, como algo esotérico y creíble; no me refiero a su uso literario, claro, que para eso está), la cual aparece por allí en medio aunque más como invitada de piedra que otra cosa: el misterio que deben resolver Holmes y Watson proviene del robo del mítico Necronomicón lovecraftiano que obra en poder de la mentada secta y que ha sustraído nada más y nada menos que el padre del solitario de Providence. Lovecraft y Doyle así unidos para placer de los que gustamos de la obra de estos dos autores ya míticos. El propio Conan Doyle aparece como personaje junto a otros tomados tanto de la realidad como de la ficción, pero el creador del famoso detective consultor no termina de funcionar en la novela debido quizá a un exceso de celo y contención. Su temor y desconfianza ante el Holmes que nos encontramos aquí es sin duda un divertido guiño al lector conocedor de la tirria que Doyle acabó tomándole a su personaje, pero a la larga acaba jugando un poquito en contra, debido tanto a que la idea se repite en exceso como a que Doyle asemeja un pelele sin personalidad que está ahí plantado el pobre sólo para hacer avanzar la historia cuando así es preciso. Martínez también cede un pelín ante esa manía de de contar en una sola página todo lo que sabemos de Holmes, pero no llega nunca a ahogarlo. Consigue que su Holmes y su Watson tengan vida propia y se desenvuelvan con perfecta credibilidad y fuerza de sobras como para barrer cualquier lugar común.

En conjunto, Sherlock Holmes y la sabiduría de los muertos me ha parecido magnífica en la recreación de la atmósfera que poseen las aventuras originales, entretenida a rabiar en el desarrollo de la historia gracias también a su estilo depurado y elegante, aunque en el intríngulis planteado desvelado al final se nos antoje un tanto menos conseguida. Logra que efectuemos una inmersión perfecta en las aguas holmesianas, si bien a la hora de nadar acabemos sin llegar muy lejos tal vez por ese intento de dar solución a los tres misterios en una sola jugada. Pero sólo por lograr combinar un argumento de marcado carácter fantástico con nuestro detective favorito ya goza de todo nuestro fervor.

El libro se complementa con dos relatos fechados en el mismo año de 1996. Desde la tierra más allá del bosque alterna la narración en primera persona de Watson con páginas del diario de John Seward. Sí, el del Drácula (Dracula, 1897) de Bram Stoker, porque Rodolfo Martínez cruza en esta ocasión los caminos de Holmes y el celebérrimo vampiro en una aventura de lectura voraz aunque en exceso previsible. La aventura del asesino fingido es a mi gusto el más conseguido, también el que más se ajusta al canon. No hay trama fantástica en esta ocasión, aunque sí una breve referencia a que Holmes investigó el caso de Jack el Destripador. Es muy bonita esa relación epistolar (cartas y telegramas) que recrea Martínez entre Holmes y Watson, el primero se ha negado a instalar un teléfono en su lugar de retiro en Sussex con sus abejas por lo que no tienen la posibilidad de comunicarse de otro modo, y el vago tono otoñal del relato me resultó muy emotivo y envolvente, a lo que se suma el acierto de mostrarnos a un Lestrade, que por lo general el pobre siempre sirve de sparring, abiertamente admirador del detective, incluso añorándolo, unos sentimientos que se trasladan al lector con suma facilidad. Fruto del buen hacer del autor, estos detalles le dan una inusitada profundidad al personaje. Un ocasional retorno de un Holmes ya retirado que en manos de Martínez fluye con absoluta precisión, sencillez y emoción.


MARTÍNEZ, Rodolfo. Sherlock Holmes y la sabiduría de los muertos. Madrid: Bibliópolis, 2004. 222 p. Bibliópolis Fantástica; 13. ISBN 84-96173-09-7.  

2 comentarios:

Ramón Ros dijo...

Yo empecé a leerme "Las huellas del poeta" y francamente no pude con él, me resultaba muy forzado el continuo desfilar de personajes procedentes de otros ámbitos. Pero me ha gustado tu comentario de éste otro y me lo apunto para la lista de futuribles.

Llosef dijo...

¡Hola Ramón! Te aviso que aquí también hay un poco de eso que comentas. A mí no me importa demasiado, más que nada porque no se excede, aunque es cierto que la novela hubiera ganado sin estas distracciones que tampoco aportan nada. Por ejemplo: aparece Aleister Crowley sólo para... bueno, pues aparecer por allí. ¡Un saludo y gracias por comentar!