martes, febrero 13, 2007

El superviviente, de James Herbert (1976)

Una ración del salvaje Herbert, que si bien aquí parece más comedido que en otras ocasiones, no deja de sembrar su relato de momentos “fuertes”. Es un poco lo de siempre, la verdad: locura colectiva que lleva a la gente a cometer crímenes atroces, alternando la trama principal con capítulos dedicados a las explosiones de violencia, siempre exacerbada y visceral, buscando el efecto más desagradable e impactante en el lector (y consiguiéndolo a veces). Una estructura nada original y que Herbert utiliza hasta lo cansino, pero tampoco se le puede negar su pulso narrativo. Aunque no se muestra tan inspirado como en Hechizo o La oscuridad, desde luego no cae en el aburrido y mortecino deambular de Los fantasmas de Sleath (tristona continuación de Hechizo).

Resulta curioso que pese a que se nota demasiado su forma de hacer, el esqueleto de su manera de construir una novela, y que algunas situaciones idénticas resultan más efectivas e intensas en Hechizo (me refiero en concreto a la sesión espiritista y las diversas posesiones), el libro no se hace pesado y entretiene. Podría dar más de sí, pero tampoco está mal lo que ofrece.

Y, además, me gusta esta frase: “(...), la vida se apartó de él como harta de su compañía.” (p. 189)

Hay que añadir que ensambla un buen final. No es nuevo ni remitiéndonos a su obra, pero funciona.

HERBERT, James. El superviviente. Traducción de César Armando Gómez. Barcelona: Planeta, 1979. 239p. Fábula; 41. ISBN 84-320-4140-8.

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