“–¡Espera! –dijo Caleb. –¿Sabes tú hacer
novelas, Ezra?
–¡Nada de eso Caleb! ¡Ni siquiera vivirlas!”
(p. 34)
Pocos escritores encontraréis tan extraños y
fuera de lo común como Harry Stephen Keeler (1890-1967). Y no por su devenir
cotidiano, un hombre de vida tranquila, amante de su esposa y de sus gatos y de
costumbres tan normales como pueden serlo las tuyas o las mías. Lo extravagante
y lo original, con lo que esto puede tener de bueno pero también de negativo,
se circunscribe a su obra, plagada de historias chocantes donde la casualidad
es el motor fundamental de sus tramas. O al menos la resolución de las mismas.
Su método de trabajo, explicado con detalle por él mismo en la que sin duda es
su novela más popular, Noches de Sing Sing
(Sing Sing Nights, 1927), consistía
en lo que bautizó como webwork plot,
una multitud de tramas disparadas conformando una tela de araña las cuales se
unían y resolvían al final coincidiendo en una serie de casualidades imposibles
y carambolas fortuitas que igual provocan admiración y asombro que sonrisas por
lo disparatadas que en ocasiones pueden resultar. Él lo explicaba de manera
mucho más compleja, por descontado, y leyendo cualquiera de sus novelas veréis
que así era, pero como resumen orientativo y primer acercamiento a la locura
absoluta que dominaba en sus novelas pues más o menos pueden valer mis torpes
palabras. En busca de X-Y-Z (The Search for X-Y-Z, 1943), también
publicada en EE.UU. en 1945 bajo el título The
Case of the Ivory Arrow, pertenece a lo que podríamos definir como la
segunda época de su obra, justo cuando deja de publicar en la editorial Dutton:
su etapa de esplendor tocaba a su final y sus novelas devienen más desquiciadas
que nunca. Las últimas solo encontrarían salida en la editorial española Instituto
Editorial Reus, especializada en textos jurídicos, de auto ayuda y semejantes
(hasta llegó a editar dos “pobres” tebeos en el año 1947, como nos indican en
Tebeosfera, AQUÍ). Así, Keeler tiene
novelas publicadas solo en nuestro idioma, aunque por desgracia no todas las
que publicó en el suyo están traducidas al español.
En
busca de X-Y-Z
se abre con los habituales nombres estrambóticos que Keeler utilizaba para sus
personajes, siendo el mentado X-Y-Z no un apodo o un sobrenombre, sino el
nombre real del hermano del protagonista, Ezra Jenkins, un hermano desaparecido
que el bueno de Ezra deberá localizar en cinco días pues si no lo consigue dará
con sus huesos en la cárcel. Otro punto de partida habitual en las novelas de
Keeler, donde por lo general sus héroes deben actuar a contra reloj. No
llevamos ni cinco páginas cuando ya se ha desatado la locura: X-Y-Z ha dejado
de dar señales de vida al irse a vivir a la ciudad de Wiscon City, quizá
disgustado por un lío de tierras que ambos hermanos poseen en propiedad y en la
cual crece, atención, la Ascorbia-B, un tipo de hierba “cuyo alcaloide derivado
posee, entre otras muchas cualidades, la de hacer ver a los pilotos aviadores
de ojos azules, más que de ordinario en la oscuridad” (p. 10). Solo los dos
hermanos tienen los conocimientos necesarios para llevar adelante “su difícil
cultivo.” Esto que en principio nos puede parecer un detalle de la mayor relevancia
pues… En fin, Keeler despliega todo un arsenal de detalles y subtramas que van
formando una red tupida en la que, creedme, uno no logra adivinar hacia dónde
va aparte de que Ezra debe encontrar a X-Y-Z. Ezra parte pues hacia Wiscon para
buscarlo allí. Su viaje en tren está lleno de encuentros con distintos
personajes que, como siempre en Keeler, entablan delirantes conversaciones que
no hacen sino liar la trama hasta puntos increíbles pero al tiempo
apasionantes: uno no puede parar de leer sorprendido y de continuo desbordado
por la apabullante imaginación de nuestro autor, quizá su punto fuerte y su
gran valor como novelista.
Permitidme ahora un inciso al más puro estilo
Keeler. Su relato The Search of Xeno
fue publicado en 1922 en la revista 10 Story Book, de la que Keeler era editor, bajo el epígrafe A Mistery Story by York T. Sibby, nuestro autor usando un seudónimo
para publicar en su revista. Casi cuarenta años después Keeler la reescribiría
y la titularía Adventure in Milwaukee.
Junto a otros dos relatos la envió a su editor español Reus para ver si se
publicaban en un libro como Three Short
Novels, pero nunca se llegó a editar. Este relato citado al principio
ofrece un punto de partida muy semejante al de la novela que nos ocupa, pero el
mismo Keeler en una nota a su traductor (“esforzado” traductor) Fernando
Noriega Olea le indica que solo hay similitud en eso, en su arranque, pero en
nada más. Esto, con muchos más detalles y mejor, lo explica Francis M. Nevins
en su artículo On “Adventure on Milwaukee”,
publicado en el boletín Keeler News
nº 43 (editado por Richard Polt, podéis consultar el original AQUÍ), del cual lo que os acabo de
contar en este inciso no es sino un descolorido resumen.
Pero volvamos con Ezra Jenkins y su recién
iniciada búsqueda. No voy a entrar en detalles de la historia, pues no desearía
bajo ningún concepto destrozar las sorpresas de una novela que encierra muchas,
pero sí os contaré algunas que no importa en demasía conocer y que os pueden
servir para haceros una idea de qué tenemos entre manos. Keeler nos cuenta
tantas cosas que resulta imposible adivinar cuáles son importantes y cuáles
otras ni se volverán a mencionar en la historia. Esto hace que uno procure no
perder detalle con la constante sensación de “ay, ay, seguro que aquí se me
escapa algo.” Una tontería pensar de esta manera pues en las explicaciones
finales no hay apuro: Keeler lo une y lo explica todo. O casi, porque lo que
acaba ignorando queda ahí como regalo extra al lector, que queda fascinado por un
detalle que a la larga resultará insustancial pero que no deja de ser hermoso
quizá precisamente por ello. Un ejemplo perfecto de esto último es la
descripción de la plaza donde se encuentra el hotel donde se alojaba X-Y-Z
hasta el día de su desaparición: “La plaza de Leipsiger se componía en realidad
de una sola casa, reflejada en una serie de espejos invisibles que se
reflejaban mutuamente a su vez, de manera que se convertía en toda una línea de
casas exactamente iguales.” (p. 82) ¡No me digáis que no es extraordinario!
Esta idea me dejó fuera de combate durante un buen rato imaginándome calle tal.
Y lo más increíble es que esta idea queda ahí en el aire, sin solución, solo un
detalle loco más de ese mundo alucinante donde viven los personajes de Keeler,
en el cual se entrecruzan el realismo más detallista con la visión más
delirante del mismo. Otro ejemplo, pero este sí fundamental para el desarrollo
de la trama, es la imposible habitación de hotel en la que se aloja Ezra al
llegar a Wiscon, un cuartucho cuya ventana no tiene estores, ni cortina, ni
persianas… ¡ni cristales! Todo el mobiliario es de metal, y dispone de una
cuerda sujeta a una anilla para poder salir descolgándose por ella a través del
hueco de la ventana hacia la calle. Pero en esta ocasión sí que disponemos de
una precisa explicación de su por qué.
Keeler se detiene en todos los meandros
imaginables de la historia, dejándonos tan perplejos y confusos como atrapados
por la alucinante sucesión de hechos y personajes increíbles (y su obsesión por
tunearlos con los más extraños modelos de gafas que uno pueda concebir). Más
detalles: Ezra va a buscar a su hermano, sí, pero en su viaje en tren un
desconocido le ha entregado una figurita de piedra rosa que representa a un
elefante bicéfalo, el cual debe entregar en mano al yogui Ramshee, un místico
vidente que lee el pasado, el presente y el futuro en una bola de cristal y que
vive, cómo no, en Spirit Lane, una calle en la que solo habitan adivinadores,
echadores de cartas y espiritistas. No han pasado ni un par de páginas cuando
Ezra recibe una misteriosa nota, se la han dejado en el sombrero sin que él se
aperciba, que le advierte seriamente de que ni por asomo se le ocurra entregar
la dichosa figurita. En fin, la red de la trama se va formando y si en ocasiones
la aventura parece avanzar despacio, en realidad no hay descanso en lo que se
refiere a la ingente cantidad de información que Keeler va desplegando a cada
párrafo. No hay manera, como he dicho, de saber si servirá todo para algo o no,
pero este es el juego: si se acepta, hay que jugar. Y si se decide jugar,
creedme que la diversión está asegurada.
Keeler puede fascinar con los sorprendentes,
imaginativos y en ocasiones retorcidos trayectos que van conformando las tramas
de su historia, pero resulta algo inconsistente en la psicología de sus
personajes, quizá su gran punto flaco. Son siempre extraños y chocantes,
estrafalarios, pero de personalidades algo opacas, las cuales no logran
permanecer en nuestro recuerdo. Es fácil rememorar los giros increíbles y los
argumentos locos de sus novelas, pero sus protagonistas suelen desvanecerse en
la oscuridad. Este tal vez sea el detalle, no poco importante, que le separa de
una más consistente genialidad, si bien la demuestra con creces en otros
aspectos. Sus personajes terminan pareciendo sombras con disparatados nombres
arrastrados por la trama, aunque esto también tiene su encanto, no dudamos de
ello desde el momento en que siempre lo leemos con sumo placer, pero lamentar
un poco esta realidad nos dará una idea más acertada y real de su valor como
escritor y no llamaremos a engaños ni mistificaciones a aquellos que no lo
hayan leído nunca y deseen hacerlo. Dar una imagen desvirtuada de Keeler no
ayudará a que se le respete como autor. Hay que amarlo con sus bondades y
también con sus pequeñas pegas. Y dicho esto, ojo que debo reconocer que En busca de X-Y-Z alberga en su corazón
a dos de los personajes más bonitos, originales y de más probable persistencia
en el recuerdo de todos los que he conocido suyos. Uno es el Triple Enigma de
la Vida, el torso humano que se exhibe en el circo (sin brazos ni pies, con el
cuerpo osificado, ingiriendo veneno en cada función), un hombre de perspicaz
inteligencia, culto, formado y feliz con la vida que le ha tocado llevar en un
dibujo lleno de humanidad en el cual Keeler brilla hasta la emoción. Y el otro,
la asistente negra de este Triple Enigma, Madame Olivia Debrevois, no menos
culta que aquél, una poeta con obra publicada y de una sensibilidad y corazón
especiales.
Hay más, mucho más en esta novela de Keeler,
sin duda una de sus grandes obras, desde románticas asesinas que despedazan a
sus amantes con un hacha hasta criminales que se ocultan disfrazados con una
peluca en una habitación (con número fraccionado: 345 ½) de un hospital solo
para mujeres y allí son atendidos por un personal que muestra como rasgo común
el tener todos un tupido entrecejo… O la trama de la flecha, otra desquiciada
delicia. Guarda Keeler para el final algunas sorpresas que, vale, algunas son
sus típicas casualidades que nos hacen sonreír tal vez por resultar un poco
ingenuas, desde luego atrevidas porque ningún otro escritor se atrevería a
recurrir a ellas con el desparpajo que él lo hace, pero también otras que, lo
digo con total sinceridad, me hicieron reír de pura felicidad por su
imaginación, por cómo demonios resultaba tan genial con alguna de sus salidas,
y con su sencillamente brutal detalle metaliterario, todo un gigantesco colofón
que es un regalo para el lector. En conjunto, una maravilla de ingenio repleta
de explicaciones finales divertidas y satisfactorias que suponen un disfrute
absoluto y momentos que me dejaron, y esto no es una metáfora sino una
descripción fotográfica, con la boca abierta de puro y feliz asombro. Keeler es
un escritor único, ya lo dije al principio, tanto para lo bueno como para, a
veces, lo malo, pero que aquí nos deslumbra con todo lo que atesora de bueno. En busca de X-Y-Z es un magistral
Keeler.
Imagen tomada de la genial página Harry Stephen Keeler Society.
KEELER, Harry Stephen. En busca de X-Y-Z. Traducción de Fernando Noriega Olea. Madrid: Instituto Editorial Reus, 1946. 494 p.
3 comentarios:
Es una de mis favoritas con diferencia, de las que siempre recomiendo, maravillosa. Muy buen artículo.
¡Una de mis favoritas de HSK también!
He añadido tu versión de la cubierta a mi colección en la página de la Keeler Society, espero que no te moleste.
¡Gracias, anónimo!
Y por descontado, Richard, claro que puedes utilizar la cubierta de mi ejemplar para la Keeler Society, que es la que he subido aquí con el lomo. También he incluido la portada interior: me encanta cómo reproducen siempre algún tema o imagen de la cubierta.
¡Saludos!
Publicar un comentario