martes, octubre 15, 2013

La hija del veterinario (1959), de Barbara Comyns


Barbara Comyns (1909-1992) es una escritora de raigambre realista a la que suelen comparar con Charles Dickens. Más que nada por un rasgo temático común en sus novelas: las vidas desgarradas y llenas de pobreza y miseria de sus protagonistas. Un aspecto mínimo teniendo en cuenta que el estilo de Comyns es lo opuesto al de Dickens. En ella no encontraremos grandes descripciones ni personajes definidos al detalle ni novelas de gran extensión repletas de meandros y desvíos. En fin, lo que todos sabéis que es Dickens. Sí que, como él, también incluye ocasionalmente algún detalle sobrenatural, pero Comyns escribe con frases breves y sencillas relatos inspirados en su propia vida, con un tipo de narración lineal y directa que en nada se asemeja al del autor de la genial Casa desolada (por citar una de mis favoritas de las que de él he leído). En La hija del veterinario (1959) la autora realiza una extraña mezcla de realismo sucio a la inglesa, mirada inocente a la hora de narrar los hechos y fulgurantes e intensos ramalazos de relato fantástico. La sensación final es que algo no termina de funcionar bien del todo: hay demasiada descompensación en los elementos que la forman. Pero su lectura resulta muy ágil y entretenida. Eso sí, sin despertar ningún otro tipo de pasión.

Entre lo que más me ha gustado está la subtrama fantástica, por descontado, que Comyns describe de forma tan breve como eficaz haciendo creíble un hecho que podría haber resultado ridículo, sobre todo en el contexto realista, y además tan vivencial, de esta novela. Lástima que la introduzca muy tarde y que además parezca que su única función sea la de añadir más tristeza y sordidez a la historia, un pretexto para mostrarnos más desvalida aún a su desgraciada protagonista. Hay descompensación no solo entre los diversos elementos que conforman la novela, sino también en el mismo interior de los elementos en sí. Son estos momentos en los que lo fantástico irrumpe arrollador y extraño los más brillantes de la novela. Salvo en su desenlace, en el cual Comyns fuerza tanto la máquina de la desgracia que quizá caiga un poquito en el ridículo.

Me ha encantado a su vez el tono del relato, esa mirada infantil, inocente, que no conoce nada de la vida y se enfrenta a todo con los ojos abiertos y ávidos de conocimiento, pero también ciegos a lo que les resulta ajeno. Es el lector el único que en verdad parece en condiciones de apreciar la penosa vida de la joven protagonista. Ella ha llevado una existencia miserable, así que piensa que eso es lo normal. Su candor es casi suicida. Comyns transmite a la perfección las sensaciones de miedo e indefensión de quien vive en un entorno brutal, pero también cada breve alegría y esos instantes de efímera belleza tan valiosos para quien solo conoce el horror. 

Al final, nos queda la sensación de que La hija del veterinario es una curiosidad de lectura agradable que si bien no termina de florecer tampoco nos fuerza a abandonar. Te la puedes leer en un rato perdido cualquier tarde. No dejará mella en tu recuerdo, me temo, pero siempre puedes pensar en que no lo hará para mal.


(Esta portada de la edición de Heinemann me encanta)




COMYNS, Barbara. La hija del veterinario. Traducción de Catalina Martínez Muñoz. Barcelona: Alba, 2013. 195 p. Rara avis; 6. ISBN 978-84-8428-825-1.