lunes, octubre 21, 2013

La krakatita. Una fantasía nuclear (1924), de Karel Čapek


El autor checoslovaco Karel Čapek (1890-1938) es uno de mis escritores favoritos. Su novela La guerra de las salamandras (1936) me parece uno de los grandes clásicos de la ciencia ficción, una obra tan divertida como demoledora donde la condición humana es derruida en una sátira genial. Es sin duda su libro más conocido, pero ir descubriendo poco a poco el resto de su producción literaria es un auténtico placer. La krakatita. Una fantasía nuclear (1924) quizá no sea lo más brillante de su legado, pero sí contiene algunas de las páginas más poderosas de lo que hasta ahora de él he leído. De hecho, las cuarenta primeras son un puro prodigio. Prokop, el científico desquiciado que protagoniza esta novela extraña y excesiva, vaga enfermo y delirante tras sobrevivir a una explosión de la nueva sustancia que ha descubierto, la krakatita, un explosivo con una capacidad destructiva sin parangón. Mutilado y enfebrecido, la narración se desarrolla en estos capítulos iniciales a través de los breves atisbos que su nublada mente nos permite discernir de la realidad. Lo vemos todo por sus ojos ciegos a la verdad de lo que le rodea, abismados como están en la alucinación y el delirio. Construimos los sucesos interpretando el relato de una persona que no es capaz de reconocer lo que le sucede porque a la pérdida de la noción de lo real se une el hecho de que ha perdido la memoria. Toda una locura que Čapek narra con una perfección admirable en su dificultad: las visiones de pesadilla de Prokop conforman un cuadro poliédrico e incoherente sobre el que el lector debe reconstruir lo que ha pasado. Čapek construye su historia en nuestras cabezas haciéndonos creer que la estamos adivinando. Nos arrastra tan alucinados como al propio Prokop en busca de la verdad.

Comenzamos así un relato desesperado en el cual Prokop, y con él el lector, va conociendo retazos de la realidad intentando reconstruir no solo el accidente, el por qué de su estado actual, sino su vida pues no recuerda nada. Las heridas causadas por la explosión lo mantienen como un zombi desorientado que pierde la consciencia a cada momento. Un amigo, o alguien que se presenta como tal, Jiří Tomeš, es el primero en recogerlo y asistirlo tras el accidente, pero enseguida intuimos que su verdadera intención es sonsacar al febril Prokop el secreto de su invento aprovechándose de su estado de debilidad. Prokop ni se entera, el pobre, y parece que poco a poco va confiándole la fórmula de ese invento infernal que le ha explotado en las manos y le ha reventado los dedos. Nunca podemos tener absoluta certeza de lo que ocurre porque, como dijimos, la narración adopta el punto de vista de Prokop y el lector, como él, solo tiene acceso a un puzzle inconexo que va tomando forma muy lentamente. Tras veinte días de sueño Prokop vuelve en sí en la casa del padre de Jiří, un doctor rural, donde ha llegado casi en estado de sonambulismo. Su mente ha quedado colapsada y no recuerda nada, pero enseguida su naturaleza sale a flote a pesar de esto: en cuanto puede, experimenta en la botica del doctor y fabrica… ¡un nuevo explosivo! Un niño travieso en el cuerpo de un científico excepcional que no puede eludir su genio destructivo. La compulsión por hacer explotar todo, la capacidad de con solo tocar cualquier objeto saber su fuerza explosiva, el poder de la materia revelado, la fiebre de la destrucción: la capacidad sorprendente de Prokop es también su ruina.

En la casa del doctor Prokop vivirá unos extraños días de paz, un remanso acunado por la belleza de la hija de aquel. Una bonita, delicada y sensual historia de amor marcada por el funesto designio autodestructivo de nuestro enloquecido protagonista. Porque Prokop comienza a recordar y huye de allí como alma que lleva el diablo. Se suceden entonces los acontecimientos con la velocidad y la compulsión del martillear de una ametralladora: un plan loquísimo de los anarquistas para dominar el mundo, empresarios capitalistas luchando por adueñarse del invento alucinante de Prokop, agentes extranjeros que también quieren hacerse con la krakatita… El delirio parece ya no un resultado del accidente que ha sufrido Prokop, sino el estado latente de una Europa en período de entreguerras que Čapek refleja con una maestría soberbia. A nadie parece importarle el resultado de sus actos, sino tan solo hacer prevalecer sus intereses a cualquier precio. No importa que esto desemboque en una guerra apocalíptica. En este sentido, La krakatita es un retrato tan despiadado de la naturaleza humana como su novela La fábrica de Absoluto (1922), donde la lucha por obtener el poder y el control mundial sin importar las consecuencias es una límpida metáfora de quienes ostentaban, y aún ostentan, el destino de todos en sus avaras manos.

Pero no todo está a tan excelente altura. Prokop es confinado en una jaula de oro, la fábrica de Belttin, donde puede continuar sus experimentos contando con todos los medios para ello pero prisionero en una fortaleza de la que no podrá huir. ¡Y mira que lo intenta! Aparece la figura de una bella princesa y de repente el relato deviene en otra locura distinta: la locura del amor. La princesa Wille (Wilhelmina Adelhaida Maud etc., etc.) se convierte en el objetivo del deseo compulsivo y destructivo de Prokop y la historia pierde ritmo sin remisión. Sus encuentros y desencuentros resultan al final algo cansinos, así que uno no puede sino alegrarse cuando a Prokop, más loco que nunca, le da por ir de un lado a otro de la fábrica, recorriendo todas sus instalaciones, sus inmediaciones y el palacio de la princesa cargado de explosivos de su creación, una bomba humana que recuerda a ese tremebundo anarquista de la novela de Joseph Conrad El agente secreto (1909). Čapek se demora en exceso en este tramo, de un dramatismo pseudo romántico un poco agotador. Pero bueno, su tono delirante no termina de romper por la mitad la novela y mantiene cierta alucinatoria continuidad. En la parte final, la acción vuelve de nuevo a ser compulsiva y las líneas abiertas al principio se van cerrando en un círculo brumoso. La ironía más desesperada se adueña del relato y los hermosos capítulos finales, pura ensoñación y delirio, dan sentido a la palabra fantasía del título. Prokop solo puede recibir ayuda ya de lo divino, y lo divino le dará la mano.

En definitiva, una novela excitante, excelente en su tramo inicial en el cual la huida de Prokop de la explosión que él mismo ha provocado por accidente no puede resultar más angustiosa. Errática en algunos momentos, no deja de ser en su conjunto una locura tan grande como la que vive el mismo Prokop. Un relato extraño que fascinará, como a mí, a los amantes de lo extravagante y lo raro. Quien busque anclajes más realistas quizá deba pensarse con cuidado si emprender el camino de su lectura. Quien se aventure en ella sufrirá grandes tempestades, pero al final hallará el silencio y la belleza. Dicen que tras la tormenta nuclear, cuando ya no permanezca nada de nosotros, solo quedará eso.




ČAPEK, Karel. La krakatita: una fantasía nuclear. Prólogo, traducción y notas de Patricia Gonzalo de Jesús. Córdoba: El Olivo Azul, 2010. 334 p. Narrativas; 21. ISBN 978-84-92698-05-9.    

4 comentarios:

Richard P dijo...

¡Suena muy interesante!

De las obras de Capek sólo conozco R.U.R.

Llosef dijo...

¡Oh, sí, Richard, lo es! Te recomiendo encarecidamente "La guerra de las salamandras", su demoledora (¡y muy divertida!) obra maestra. ¡Abrazos!

Ramón Ros Sanjuán dijo...

Hace poco que leí La Guerra de las Salamandras y no podría estar más de acuerdo. Menos mal, porque lo primero que leí de Capek fue "Apócrifos" y no me quedaron muchas ganas de seguir con él... En fin, más que nada escribía porque llevo mucho tiempo leyendo y disfrutando con tu blog y siempre es agradable cuando uno escribe saber que alguien le lee. Que sepas que me tomo todas tus recomendaiones de lectura muy, muy en serio. Gracias y sigue así :-)

Llosef dijo...

¡Hola Ramón! Bueno, yo tuve suerte y leí antes "La guerra de las salamandras". Así "Apócrifos", que en verdad no es ninguna maravilla que digamos, sí que me resultó simpática, ¡cómo no! Čapek ya me había ganado y, bueno, no pasaba nada si ese libro no era tan especial. Total, si a la semana ya se había olvidado (aunque confieso que lo mío es casi delictivo: ¡he leído "Apócrifos" dos veces!).

Y muchas gracias por tus palabras finales. ¡Claro que es agradable, y al menos a mí me hace mucha ilusión! ¡Un abrazo!