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jueves, octubre 23, 2014

Las mejores historias diabólicas (1975), antología de Albert van Hageland (primera parte)



La editorial Bruguera editó allá a mediados de los años 70 varias antologías de cuentos fantásticos seleccionados por Albert van Hageland, todas con una pinta estupenda y de las cuales sólo ahora he podido leer una de ellas: Las mejores historias diabólicas (1975). A pesar de este llamativo título, su contenido no se ciñe de manera estricta a la temática prometida. Hageland opta por considerar el Mal una derivación de la misma, o bien el término que resume la acción y el deseo de las criaturas diabólicas en su conjunto, por lo cual podemos afirmar que éste sería el nexo de unión real de los diversos relatos que componen el libro. En cualquier caso, lo ecléctico de la selección y la misma declaración de principios de Hageland en el prólogo, en el que anuncia que su única pretensión es ofrecer unas cuantas horas de buena lectura, hacen que importe poco que el tema elegido los englobe de mejor o más difusa forma. En Introducción: la huella demoniaca, el escritor belga realiza un diáfano, entretenido y no falto de humor recorrido por la concepción, la existencia y el sentido del demonio. Desde las civilizaciones y culturas antiguas, donde carecía de acepción peyorativa o maligna, hasta las diversas religiones que lo han adoptado y reinterpretado a su gusto, pasando también por la cultura popular, sobre todo la de tradición oral, la literatura y el cine. Y aclara, además de lo expuesto antes, que no pretende crear un corpus o una relación cronológica de relatos diabólicos, sino tan sólo reunir un buen puñado de historias con el demonio de protagonista estelar o bien de invitado especial, una “guest starring” de lujo. ¡Más que suficiente para este morador de las tinieblas!


La antología se abre, cómo no, con una Carta sobre demonología y brujería, en realidad un fragmento editado de la primera carta incluida en Letters on Demonology and Witchcraft (1830) de Walter Scott, un ensayo dedicado a las apariciones espectrales de todo tipo y no, como haría pensar su título, sólo a demonios y brujas, un poco como el mismo Hageland estaba haciendo aquí. El gran Scott no duda en considerar a estos entes y sus visitas como habituales en aquellos lugares donde triunfa la superstición, o bien que no son sino fruto de ella. Pero va más allá en su empeño en verdad cientificista y racional por explicar tales fenómenos: no le tiembla el pulso al afirmar que se deben a enfermedades, alteraciones de la consciencia y la imaginación cuando no del sentido de la visión, de algún desarreglo de los órganos oculares. Scott, para dar fuerza a sus opiniones, sazona su texto con múltiples historias de apariciones consideradas reales a las cuales da una explicación racional, bien por sí mismo o bien citando a reconocidos médicos o eruditos filósofos, y cuando no es así, sin dejar por un instante de plantear que el hecho de que un fenómeno espectral carezca de explicación no lo convierte en verídico, sino que estamos ante un caso de desconocimiento de sus causas, un desarreglo mental o físico. El no creer en el origen sobrenatural de las apariciones (no las niega: las explica ofreciendo una razón naturalista de origen fisiológico) no impidió a Walter Scott escribir algunos excelentes relatos de terror, distinguiendo a la perfección gusto y emoción de pedestre credulidad y superstición. Se incluye además de su autoría El demonio tranquilo (The Fortunes of Martin Walbeck), un cuento moral en el que un joven carbonero de los bosques de Hartz, en Alemania, ve ascender su fortuna con la misma facilidad y rapidez con la que caerá después. Sus tratos con un demonio local con forma de gigante no podían terminar de otra manera. Un funesto designio para quien se ha dejado tentar por el mal.   


Del excelente escritor francés Claude Seignolle se incluyen también dos relatos. El milésimo cirio (Le millième cierge, 1965) se publicó en su libro Histoires maléfiques. Partiendo de la historia ya típica de un enamorado arruinado, humillado y despechado por una tan hermosa como despiadada mujer, el autor da un bonito giro hacia la mitad del cuento embarcando a su más que desafortunado protagonista en un encuentro con el Maligno y sus funestas consecuencias. No se trata del consabido pacto entre un humano ambicioso y el diablo, sino de una casualidad desastrosa que convertirá a nuestro héroe en su esclavo, o al menos en esclavo de una acción que deberá repetir de continuo si no quiere morir: encender una vela tras otra para que así no se apague nunca la llama, la cual no sólo lo mantendrá con vida sino que le impedirá envejecer. Tiene tan mala suerte este hombre que esto le sucede a mediana edad, no es ningún joven, y con su espíritu ya derrotado por la vida. Su única ambición es ver cómo llega la desgracia en su senectud a la joven que lo engañó. Un buen relato en el que la tristeza y una mórbida melancolía se imponen a cualquier otro sentimiento. La posada del Larzac (L’auberge de Larzac, 1967) fue incluido originalmente en la compilación Les chevaux de la nuit et autres: récits cruels. Una espiral de crímenes espectrales se suceden, y los criminales gozan de una base de operaciones en una abandonada posada en una comarca vencida por la desolación. El fatalismo suele ser el denominador común en las historias protagonizadas por el demonio o que cuentan con apariciones de su satánica majestad. Aunque no se trata en esta ocasión de estrictamente eso, sucede como si tal fuera. Y es que tanto da que se nos aparezca el demonio como que de repente nos encontremos viviendo una existencia de ultratumba en el mismo infierno: Seignolle puede con ello.


Aparte de la introducción, Hageland escribe breves presentaciones de cada uno de los cuentos y sus autores. De El diablo Leeds (Cuento popular americano) (The Jersey Devil, 1903), nos explica que está “tomado de la obra de Charles M. Skinner American Myths and Legends (Mitos y leyendas norteamericanos)” (p. 63). Justo al contrario que la carta de Walter Scott, éste es un ejemplo del poder de la superstición. Se toma nota de la existencia de este terrible monstruo nacido de una comadre y que durante años se dedica a aterrorizar la comarca. Pareciera una noticia periodística en su breve exposición de los hechos, dando como verdaderos todos los rumores e historias contadas de padres a hijos, o bien un informe para conocer a este diablo cuya descripción da origen a todo un puzzle de lo extraño: “(…) teniendo la forma de un dragón, con cuerpo de serpiente, cabeza de caballo, pies de cerdo y alas de murciélago.” (p. 63) Algo así como el Padre Transformer de los demonios.

Un buen salto en el tiempo y nos encontramos con el escritor belga Michaël Grayn en Como un olor de azufre (Comme une odeur de soufre, 1967), dejando claro que el infierno es ese lugar donde las cosas que más te pueden gustar se tornan detestables. Entre burlón y terrible, Grayn construye una buena broma macabra. Otro cuento suyo cierra la antología, La hija del diablo (L’enfant du diable, 1967), del que resulta muy chocante que se hagan referencias a la profesión de psicólogo en una historia que se desarrolla en el año 1532… Aunque su estilo es algo precipitado, incluye una descripción de un aquelarre de brujas y demonios presidido por el mismo Diablo de verdad excelente, infernal, consiguiendo un gran efecto de extrañeza y desazón totalmente… sí, diabólicas.

“El relato que sigue forma parte de sus recuerdos sobre el París antiguo, Contes et facéties (Cuentos y fantasías)” (p.73), presenta Hageland El castillo del diablo (Le monstre vertLe diable vert, légende parisienne, 1849) de Gérard de Nerval. Éste nos introduce con gran intensidad en las catacumbas de la ciudad luz para ofrecernos una visión espectral cómica y terrible a la vez: ¡el baile de las botellas!


El ojo implacable (The Hungry Eye, publicado por primera vez en la revista Fantastic en mayo de 1959) de Robert Bloch nos narra la increíble aventura de un hombre que trabaja de humorista en un club (curiosa profesión para un relato de terror) al que va a parar a sus manos un extraño meteorito. Un meteorito asesino, nada menos, un ojo venido del espacio ávido de sensaciones fuertes, aquéllas que sólo el crimen puede proporcionar. Los humanos serán tanto víctimas como ejecutores a su servicio dando forma a sus anhelos de violencia. Al parecer ha habido muchos de estos ejecutores desde el inicio de los tiempos: ¡así explica Bloch por qué a Jack el Destripador le dio por matar a golpe de bisturí! En fin, ya veis que la cosa es delirante un rato. Llama la atención, si ya parecía poco, la furibunda andanada que de paso lanza Bloch contra los beatniks, la moda tontorrona del momento, y el alto contenido gore del relato. Este horror ultra físico no termina de encajar bien del todo con la trama de horror cósmico que lo envuelve, pero sin resultar un gran cuento sí que, desde luego, es muy entretenido. Quizá incluso debido a la incongruente mezcolanza de cosas tan distintas.

A continuación, la antología nos regala un relato del magnífico Joseph Sheridan Le Fanu: Ultor de Lacy (Ultor de Lacy: A Legend of Cappercullen, publicado en su origen por la Dublin University Magazine en diciembre de 1861). Le Fanu nos presenta en forma literaria lo que él mismo había oído narrar en su juventud en noches tormentosas junto a un acogedor fuego de leña. Espectros y tradiciones irlandesas que se desarrollan en un semi abandonado castillo donde las dos jóvenes hijas del señor venido a menos Ultor de Lacy serán acosadas por fantasmas vengativos del pasado, siendo el más terrible el que traerá la desgracia a la menor de ellas. Fatalismo no exento de un regusto romántico y lúgubre, que si bien no trasciende por completo su origen gótico sí que da muestras de cierto distanciamiento, eje de la obra de Le Fanu, de este estilo literario gracias a las notas de humor que puntean la primera parte del relato. El resto es desolación, y una maldición que se ceba sin piedad en la más inocente de las criaturas. 


miércoles, septiembre 09, 2009

Marie la Loba (1949), de Claude Seignolle


Gran estudioso del folclore francés, de sus mitos, tradiciones y leyendas, arqueólogo y etnógrafo, la obra de Claude Seignolle goza de gran prestigio en este campo. Pero no por ser un gran folclorista es por lo que ha recibido palabras de admiración de parte de escritores tan importantes como Lawrence Durrell, autor además de la Introducción que abre Marie la Loba (Marie la Louve, 1949), Blaise Cendrars o PierreMac Orlan. Su obra de ficción está marcada de manera profunda por su trabajo, por descontado. Así, para este relato que aquí comentamos se basó en la narración que le hizo una anciana de un suceso de juventud. De aquellos años en que todos la conocían como Marie la Loba.

 

Seignolle, tan riguroso en sus estudios, daba sin embargo total credibilidad a la parte fantástica de los mismos. Y esto es trasladado a sus relatos de manera magistral. De esta forma, cuando escribe acerca de una bruja, en ningún momento se dará cabida a la menor duda: las brujas gozan de poder, y este poder es transmitido gracias a su pacto con el demonio. Brujas, poseídos y leyendas sobre la maldad de los lobos se apoderan del relato, pero todo está tratado con un realismo desarmante, un verismo meticuloso que no elude un elevado tono poético que convierte en hermosa una historia de deprimentes supersticiones pueblerinas. Como he dicho, para Seignolle lo fantástico no es tal. La historia en sí de la buena de Marie no encierra demasiadas sorpresas, esa es la verdad. Lo maravilloso no se encuentra en lo que Seignolle nos cuenta. Su grandeza está en cómo nos la cuenta. Siempre partiendo del estilo popular de los cuentos clásicos, su prosa está plagada de imágenes llenas de fuerza, de belleza, pero también de oscuridad y dolor cuando es preciso. Hay momentos en que lo fantástico se puede tocar con los dedos.

 

Al poco de comenzar el relato se nos narra cómo la casa de los Ribaud (donde vive Marie con sus padres y sus dos hermanos) recibe la visita del mayoral de los lobos, personaje mítico que es el que dotará de un don especial a Marie, la capacidad de entenderse con los lobos y curar las heridas que estos pudieran provocar en un humano. Esta visita es quizá el ejemplo más evidente de la fuerza narrativa de Seignolle. Con una maestría admirable consigue transmitir todo el misterio del momento, la magia siniestra del terrible encuentro y la maldición que acarreará. Una maldición que no es entregada como tal, pues el mayoral actuará por agradecimiento, pero el mal no entiende de moralidad al regalar sus dones. Lo fantástico es tratado como algo real, tangible, pero tan poderoso y único que la imagen evocada adquiere tintes de leyenda sin apartarse un ápice de lo terrenal.

 

Relato de intenso tono lírico y de gran fuerza evocadora, lo recomendamos con tanta pasión como prudencia. Si buscas un relato de originalidad rompedora en su trama, olvídate. Si te llena una historia cuya lectura suponga un puro placer y que tiene el valor de estar escrita de forma maravillosa, no la dejes de lado. Por mi parte, espero tener más oportunidades de leer a Claude Seignolle.

 

 

SEIGNOLLE, Claude. Marie la Loba. Introducción de Lawrence Durrell; traducción de Manuel Serrat Crespo. Palma de Mallorca: José J. de Olañeta, Editor, 2000. 136 p. Torre de Viento; 5. ISBN 84-7651-820-X.