Mostrando entradas con la etiqueta Robert E. Howard. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Robert E. Howard. Mostrar todas las entradas

jueves, septiembre 25, 2014

El libro de Lovecraft (1985), de Richard A. Lupoff



Nos hemos acostumbrado tanto a imaginar al maestro de la literatura de terror Howard Phillips Lovecraft (1890-1937) como una persona marginal y solitaria, rara, llena de complejos y miedos, que cuesta pensar que en realidad no era un tipo tan distinto a lo que somos los habituales lectores de este género: retraídos, algo ariscos, melancólicos y con una fuerte tendencia a detestar el contacto humano normal, eso que llaman socializar. Es más, si le preguntáis a cualquiera cómo se describiría no sería difícil comprobar, con las habituales excepciones que conforman ese grupo que hace que nos reafirmemos más en que no hay nada como la soledad, que casi todo el mundo se define así, bien sea verdad o tan sólo un deseo más o menos exteriorizado. Lovecraft se ha convertido en un personaje casi tan grande como su obra, por lo que no es sorprendente encontrárnoslo protagonizando novelas y cómics, casi siempre alimentando ese mito de individuo extrañísimo, pareciendo casi siempre más una especie de psicópata reprimido que un sencillo escritor de cuentos de miedo. Con rarezas notables, eso sí, pero vamos, estoy seguro que no muchas más o no muy diferentes de otras que padecemos (o disfrutamos) el resto de la humanidad. De hecho creo que hasta era más normal que la mayoría de sus lectores: ¡él tenía pareja!


Howard Philips Lovecraft y su esposa Sonia Green, 
arriba en plan formal y debajo casi desatados. 


Justo una de las cosas que más me ha gustado de la novela de Richard A. Lupoff El libro de Lovecraft (Lovecraft’s Book, 1985) ha sido que se aleja de esta visión estereotipada del bueno de Howard, presentándonos un tipo que sí, que algo rarito es, pero que ni se convierte en hombre pez cada noche ni tiene su hogar en una calle de la perdida R’lyeh. Lupoff construye una historia muy divertida, sobre todo porque parte de los habituales topicazos con que solemos imaginar a Lovecraft para jugar con ellos y acabar mostrándonos un personaje cercano al que es difícil no tomar cariño. Entremezclando ficción y realidad haciendo posible lo que nunca ocurrió pero que, vete a saber, bien pudo ser que sí, no podemos sino disfrutar con ese Lovecraft que se ve en el brete de escribir un remedo para el público norteamericano del nefando libro de Adolf Hitler Mi lucha (Mein kampf, 1925): New America and the Coming World Order. Todo un título. Aunque es bien conocida la ceguera ideológica de Lovecraft, Lupoff nos acerca a lo que probablemente, en este caso sí, hubiera podido ser su posición al respecto. La acción se desarrolla partiendo de la biografía del escritor para revivir encuentros que fueron, imaginar los que no y construir sobre todo esto una trama de hálito aventurero y corazón pulp.


No es un grupo post punk: son Donald Wandrei, H. P. Lovecraft y Frank Belknap Long.

Nos encontramos pues con la oportunidad de asistir en la ficción a uno de los encuentros que tuvo Lovecraft con el gran Frank Belknap Long, y contar además con las apariciones estelares de otros grandes escritores de la época como fueron Vincent Starrett, Robert E. Howard y Clark Ashton Smith. En todos estos casos, Lupoff sabe mostrarlos tan divertidos como entrañables, consiguiendo que sintamos no sin emoción que se nos ha dado una oportunidad única de estar cerca de estos autores que amamos. Sin embargo, el desarrollo de la historia, si bien muy entretenido, obliga a que el protagonismo de Lovecraft decaiga a partir de cierto momento para que pase a manos de Hardeen el Misterioso, escapista hermano del mítico Houdini y no menos genial que éste, y de la esposa de aquél, Sonia Greene. Si los apuntes biográficos, la realidad, ofrecen un buen punto de partida para elaborar una trama delirante, también es cierto que acaban por encorsetar su desarrollo pues debe mantenerse en ese punto en el que lo imaginado no acabe resultando increíble y destruya el puzzle. Una historia con espías nazis y mafiosos de por medio, que requiere de alguna que otra proeza casi inhumana, obliga a que Lovecraft quede aparcado para dar paso a un personaje bajo cuyo rostro sí que nos sea más sencillo imaginarlas. Así, si es divertida e imaginativa la forma en que Lupoff entrelaza a una gran cantidad de personajes en un alocado entramado totalmente basado en acontecimientos históricos, para que la acción tome forma y llegue a alguna parte tiene que elegir bien qué personajes prevalecerán. Al final, si ese bonito diálogo entre Lovecraft y Belknap Long es uno de los capítulos que más me ha emocionado del libro, junto a la aventura en solitario de Ashton Smith, no acaba de ser un desvío ocasional del todo prescindible si nos atenemos a la historia que se nos cuenta. Pero nos alegramos infinito de que esté ahí, claro.


Frank Belknap Long y Howard Philips Lovecraft. 

Según iba avanzando en la lectura iba perdiendo algo de interés, más que nada porque me estaba gustando mucho y el ver cómo Lovecraft debía ir quedándose al margen poco a poco, después de que Lupoff lograra una tan excelente recreación, me pareció una lástima. La novela se iba haciendo más trepidante, claro que sí, pero me habían cautivado tanto las partes que no lo eran que el estallido de ficción histórica pulp final no me apasionó de igual forma que lo acontecido con anterioridad. Así, si El libro de Lovecraft me ha parecido muy entretenida pero quizá algo falta de intensidad, el retrato que realiza Lupoff de Lovecraft y su entorno se me ha antojado soberbio, rebosante de vida y contagioso en su poderosa capacidad de revivir lo que, a partir de ahora, sólo podremos tener en mente poniendo siempre un ojo en la forma en que Lupoff nos los ha devuelto.       


LUPOFF, Richard A. El libro de Lovecraft. Ilustración de portada de Peter Goodfellow; traducción de Elías Sarhan. Madrid: Valdemar, 1992. 237 p. Avatares; 2. ISBN 84-7702-056-6.

viernes, agosto 01, 2014

Barsoom: la revista del pulp y la literatura popular, número 11 (primavera 2010)


Es sencillamente fantástico que este número de Barsoom dé inicio nada más y nada menos que con nuestro admirado Harry Stephen Keeler. Javier Jiménez Barco escribe una perfecta introducción tanto al escritor como a su obra, que en su caso lo primero también es importante: Estrambótico y sorprendente Harry Stephen Keeler. Un paseo quizá algo breve (de lo que nos gusta siempre queremos más, vaya, qué os voy a decir), pero desde luego suficiente para un primer acercamiento al que sin duda es uno de los escritores más raros del mundo. Y para redondear la satisfacción, a continuación se incluyen dos cuentos del maestro. Los servicios de un experto (The Services of an Expert, publicada en la revista 10 Story Book, de la cual Keeler fue editor de 1919 a 1940, en septiembre de 1914) es un buen relato, llevado con brío e interés y con un final sorpresa tan encantador como divertido. Una muestra perfecta, en pequeñito, del mejor Keeler. Del mismo también haría una versión en forma de minúscula pieza teatral que se publicaría en el año 1920 en la página editorial del semanario Chicago Ledger. El segundo relato, El expreso del valle pasa a su hora (Valley Express on Time, publicado por primera vez en el Ohio Farmer en 1913, después en la revista 10 Story Book en febrero de 1923), aunque escrito un año antes que el anterior es un buen ejemplo del Keeler más rebuscado y artificial. Si en el primero sorprendía la naturalidad con la que nos introducía en el engaño, aquí sucede lo contrario: todo es forzado y se nota la mano del autor empujando a sus personajes para que todo encaje en la sorpresa final. Pero no importa: Keeler también es así. Y ambas caras nos gustan.


Harry Stephen Keeler. Gran cantidad de fotografías en la página de Mark Allen dedicada a nuestro héroe, AQUÍ.

No puedo decir lo mismo de Sax Rohmer, un escritor que me suele aburrir bastante. Cierto que sus malévolos personajes orientales tienen su encanto, como es el caso de la protagonista de La llave del templo del cielo (The Key of the Temple of Heaven, publicado en The Story Teller en 1916), pero también este relato es una prueba un pelín dolorosa de sus limitaciones: trama de una simpleza soporífera, personajes adocenados, predecible hasta la extenuación y de una pobreza y una incapacidad notables a la hora de atraparnos en un ambiente de aventura o misterio. Siguen las secciones habituales de la revista: la reseña (más bien un resumen sin aparato crítico) del número 3, Buitres del mar, de la serie de libros Pabellón Negro obra de Arnaldo Visconti (Pedro Víctor Debrigode) de la mano de Alfredo Jiménez Cruz; y la segunda entrega de Tarzán: la aventura perdida de Edgar Rice Burroughs (acompañada de algunas ilustraciones de Tom Yeats). El artículo Mike Palabras: un héroe inclasificable, de José Ignacio Martínez Ruiz, dedicado a este más que atípico personaje dentro de la novela popular española es excelente en cualquier sentido: toda la información deseable sobre los diversos autores de la serie y comentarios a sus obras. Modélico en su combinación de pasión y documentación sin ceder a una fácil exageración reivindicativa.

Dos contra Tiro (Two Against Tyre) de Robert E. Howard es la dosis habitual en Barsoom del autor texano que hará las delicias de sus fans y que al resto de los mortales, qué demonios, nos resulta entretenido de verdad. La ambientación histórica no es más que un cambio de escenario para la ración esperada de leñazos que Howard sabía contar tan bien. Las páginas siguientes están dedicadas al gran H. P. Lovecraft (cada cual con su altar particular, es cierto). Tanto Fantasmagorías de linterna mágica de Óscar Mariscal, A propósito de los denominados “fenómenos paranormales” de Lovecraft, como Las casas de duendes de Providence, de nuevo de Mariscal, ya los habíamos leído en el libro El fantasma de la mansión Guir (The Ghost of Guir House, 1897) de Charles Willing Beale, en el cual se incluían complementándola. Nunca está mal volverlos a leer. 

Ya he comentado alguna vez (AQUÍ) que Lin Carter y Lyon Sprague de Camp no es que sean el colmo de la originalidad en sus historias adaptando e inventando nuevas aventuras para  Conan, el personaje de Robert E. Howard. Pero resultan efectivos y entretenidos y en La joya en la torre (The Gem in the Tower) una vez más consiguen ambas cosas con una aparente facilidad que no hace sino hablar muy bien de su trabajo. No es que el murciélago humano oculto en la torre de un mago y su secreto nos parezcan algo interesante. Ni siquiera con Conan de por medio. De ahí el mérito de los autores de este relato: consiguen atraparnos pese a nuestro desinterés inicial y nos conducen, con moderada emoción pero creciente atención, a través de una trama poco original pero con la magia que mantiene lo ya sabido cuando es narrado con clase y estilo. 


Strange Tales, octubre de 1932, cubierta de H. W. Wesso.

Y llegamos a una estupenda sección, para mí una total debilidad: Investigadores de lo oculto, centrada en esos personajes que se dedican a labores detectivescas relacionadas siempre con asuntos fantásticos y extraños. Esta vez el protagonista es Philip Hastane, creado por el magnífico Clark Ashton Smith. Hastane no es que sea el consabido detective de misterios, sino un artista, trasunto del propio Smith, que se ve envuelto en aventuras sobrenaturales. Javier Jiménez Barco de nuevo se encarga de escribir una excelente introducción al personaje incluyendo un repaso por todos los relatos protagonizados por él. Y como colofón al mismo se incluye Los cazadores del más allá (The Hunters from Beyond, publicado en Strange Tales en 1932). No es el Ashton Smith más evocador, capaz de esas evanescentes ensoñaciones terroríficas que nos apasionan, el que encontramos en esta ocasión, pero su capacidad para llevarnos en un solo párrafo a las puertas del horror se presenta poderosa hasta en este sencillo cuento. Y además se acompaña con ilustraciones de Virgil Finlay, así que no podemos pedir más. Complementa este apartado dedicado a Hastane un fragmento de una aventura protagonizada por él que Ashton Smith dejara inconclusa: La música de los muertos (The Music of the Dead).


Ilustración de Frank R. Paul.

Un breve y efectivo relato de terror de Carlos Saiz Cidoncha, La cueva del lobo muerto, escrita a la manera de “un suceso real” (o al menos así se me ha antojado), pone fin a la Zona Weird de la revista, la dedicada a la fantasía y el horror. La Zona Antares, la de ciencia ficción, se abre con una breve reseña dedicada a la utopía Montañas, mares y gigantes (Berge, Meere und Giganten, 1924) de Alfred Döblin: La fuerza de los volcanes islandeses en una novela oscura, barroca y salvajemente exuberante, de Augusto Uribe. Un espectacular portafolio de ilustraciones de Frank R. Paul ocupan las páginas siguientes. Son las que realizara para la novela de Hugo Gernsback Ralph 124c 41+: A Romance of the Year 2660 (1911), que por desgracia no he tenido la oportunidad de leer.


Startling Stories, otoño de 1954, cubierta de Alex Schomburg.

El manual de matrimonio (The Marriage Manual, publicado en Startling Stories en 1954) es un fantástico relato de una autora que siempre logra sorprenderme: Margaret St. Clair. La Ursula K. Le Guin de los pulps nos regala esta vez una historia desconcertante que mezcla sociología y xenobiología con cambios de sexo y ese afán locuelo de conocimientos que tan bien conocemos gracias a esos científicos dispuestos a todo que en número incontable nos ha ofrecido el género, también con su pizca de avaricia impenitente en su deseo de enriquecerse con ellos como sucede aquí, con unas formas sencillas pero de alcance profundo. Adoro a esta escritora, así que quizá me ciegue la pasión. Bienvenida sea.


Future Combined with Science Fiction Stories, mayo de 1951, cubierta de Leo Morey.

Firmado por Redacción de Barsoom, de nuevo tenemos ahora otra fantástica presentación de una serie de novelas que no puede resultar más prometedora: Dominic Flandry: espía intergaláctico. Confieso que no tenía ni idea de este personaje creado por Poul Anderson, pero sólo ya con el repaso breve a sus aventuras he disfrutado. Y como siempre en Barsoom, nada mejor para ilustrar un buen artículo que incluir un relato protagonizado por el héroe reivindicado. En Enemigos honorables (Honorable Enemies, publicado en Future Combined with Science Fiction Stories en mayo de 1951) es la primera vez que Flandry se enfrenta a su némesis, el agente mersiano Aycharaych de Chereion, y me ha parecido un cuento extraordinario. Primero, por presentar personajes tan apasionantes y con un “malvado” tan sensacional como el mentado agente mersiano. Y segundo, por ofrecer una de esas maravillosas historias donde la ciencia ficción va de la mano de una desbordante imaginación y una magnífica capacidad de mostrarnos otros mundos y lograr trasladarnos a ellos con una facilidad mareante. Un cierre genial que se certifica con la nueva entrega del Capitán Rido, de J. Hill y Julio Ribera, El rey de las montañas. Otra vez más Barsoom ha conseguido apasionarnos.


BARSOOM: la revista del pulp y la literatura popular. Número 11. Primavera 2010. La Hermandad del Enmascarado. 90 p.

viernes, noviembre 29, 2013

La mujer zorro y otras piezas breves (1917-1948), de Abraham Merritt



Segundo libro del gran Abraham Merritt que nos ofrece la editorial Barsoom en su loable labor de recuperación y difusión de todos esos autores de género que tanto admiramos. Ya comentamos la excelente Los habitantes del espejismo (1932) AQUÍ. En esta ocasión, La mujer zorro y otras piezas breves recoge relatos, artículos, poemas, fragmentos de novelas inconclusas… En fin, como su título indica, toda su obra breve literaria, algunos de cuyos títulos aparecieron de manera póstuma (de ahí la fecha indicada sabiendo que Merritt falleció en el año 1943). Un volumen que por su misma condición completista acaba resultando un tanto irregular, pero que sin ninguna duda preferimos así antes que dejar fuera algún texto, cosa que tal vez hubiera ayudado a conseguir un libro más equilibrado pero desde luego menos riguroso. En definitiva, un punto, otro más, positivo para Barsoom por ofrecernos lo que todo lector desea. Esto es: de los autores que nos gustan lo queremos todo, hasta lo malo. Aunque con Merritt lo único malo es que no pudo terminar algunos de sus proyectos.

El mejor ejemplo de esto es la fantástica historia inconclusa La mujer zorro (1946), de la cual el ilustrador Hannes Bok escribiría una continuación y el desenlace, como nos explica Javier Jiménez Barco en su detallado artículo introductorio (un antecedente perfecto), en la que se percibe el conocimiento y el gran respeto que Merritt sentía por la civilización china. Entremezclado con el gusto tan propio del pulp de buscar ambientes y lugares exóticos para localizar sus narraciones, siendo oriente todo un cajón de sastre tanto del que tomar como inventar cosas, Merritt no deja de mostrarse cuidadoso con una cultura que en repetidas ocasiones describe no solo como ancestral, sino como sabia y superior a la nuestra. Hasta cuando aparece algún maléfico gángster chino este demuestra tener más clase, elegancia y sabiduría que sus homólogos de otras nacionalidades, norteamericanos incluidos. El factor exótico funciona a la perfección: el Templo de los Zorros, perdido entre las montañas, desprende todo el misterio y el hechizo de un lugar mágico y prohibido. La leyenda de las mujeres zorro cobra así una fuerza en verdad sobrenatural. Aunque es de lamentar que nos deje con la miel en los labios (si no os gusta le miel, pues pensad en algo que os guste) al no poder Merritt terminarla, supone una entretenida lectura con grandes apuntes fantásticos. Puede que incluso por encima de su muy bien conseguida atmósfera sobrenatural, yo preferiría o me quedaría con ese tenso y escalofriante diálogo que mantienen los dos hampones, uno chino y el otro norteamericano, en el Hogar de las Revelaciones Celestiales, curioso nombre para lo que no es otra cosa que el centro neurálgico del hampa de Pekín. Todo un ejemplo de cómo crear tensión y hacer bullir el interés solo con un juego de miradas, gestos y frases disparadas al ritmo y con la fuerza de un arma de fuego.


El zángano (1934) es otro relato, como el anterior, sobre humanos con capacidad de transformarse en animales… ¡y viceversa! Cuatro amigos mantienen una animada conversación sobre este apasionante y verídico (para ellos) tema intercambiando conocimientos y experiencias. Hasta que uno de ellos relata la más directa: su encuentro con un hombre que podía convertirse en el insecto del título. La increíble capacidad para dotar de dramatismo y tensión a transmutación tal con una sencillez desarmante lo dice todo de Abraham Merritt como excelente escritor de literatura fantástica.

Portales dimensionales y la magia de una civilización ancestral, la china, cómo no, es lo que podemos encontrar en A través del Cristal del Dragón (1917). Se percibe de nuevo el amor y la fascinación de Merritt por su cultura, aunque su prosa es valiosa cuando se impone la aventura y la acción. En este caso, los pasajes descriptivos a lo Lord Dunsany no son tan brillantes. El afán completista del volumen comentado al principio lleva a incluir La senda blanca (1946), un fragmento de un relato ubicado en el mismo universo que el anterior, más o menos. Aquí apenas se describe el acceso por una puerta dimensional interna (una rendija que parece estar “en algún lugar entre el cerebro y los ojos, en su propio cerebro”, p. 97) a un misterioso camino blanco, el cual también ofrece su reverso oscuro. En el cuento precedente el portal de marras estaba alojado en el corazón de una joya valiosísima y extraña robada de la Ciudad Prohibida, Pekín. Lo importante es que estén siempre en sitios raros. Incluso que ni haya sitio concreto y se trate de un estado mental, como sucede en Tres líneas de francés antiguo (1919). Enmarcado en la típica reunión de amigos (uno de ellos el propio Merritt) en la que se cuentan historias increíbles hasta que al final el que ha estado más callado toma la palabra y los deja a todos de piedra con su narración verídica de algo imposible, aquí el autor narra con firmeza y emoción la visión que lleva a un soldado de la Primera Guerra Mundial a vivir una realidad alternativa. Entre el horror de las trincheras podrá acceder a otro mundo donde la belleza y el amor están al alcance de la mano. Merritt insiste en sus historias de accesos y portales a universos paralelos, unas veces plagados de peligros y otras, como en esta ocasión, paradisíacos. A mi gusto, Merritt está más acertado en la descripción del espanto y la atrocidad de la guerra que en el mundo fantástico al que escapa por unos breves instantes el atribulado soldado protagonista. El exceso de almíbar no le sienta del todo bien.


Y con esto nos encontramos ya en la mitad del libro. Justo el sitio donde nos espera el que sin duda es uno de los mejores relatos de esta antología, no por nada era uno de los favoritos del autor: La mujer del bosque (1926). Un magnífico cuento en el que Merritt deja de lado sus visiones y sus puertecitas a mundos exóticos para centrarse en una historia de densa y conseguida atmósfera. Las criaturas feéricas que pueblan el bosque, esos árboles que adoptan formas humanas si tus ojos pueden percibirlas, anhelantes de venganza y justicia, funden en sí a la perfección la fantasía con el horror, la belleza con los sentimientos más básicos forjados en el odio y en una batalla contra el hombre que hunde sus raíces, nunca mejor dicho, en el alba de los tiempos. Terrible y dominado por la oscuridad, pero también bañado por una luz donde brilla el fantástico en su más destilada pureza, La mujer del bosque es un relato tan salvaje como poético. Es la naturaleza desatada condensada en un puñado de páginas.


También es un buen relato El estanque del dios de piedra (1923), a ojos de hoy diríamos que lovecraftiano, aunque no hace falta dilucidar quién influyó a quién. Un enorme y antiquísimo dios de piedra que oculta un espanto imposible, unos náufragos que para su desgracia lo encuentran, un estanque cuyas aguas heladas reflejan la luz de la luna y las cabañas vacías y muertas de una tribu perdida conforman sus sólidos muros. Y todo esto en una isla desierta, por supuesto. Apenas cinco páginas para retratar de manera perfecta el horror.

En el entretenido pero previsible Los habitantes del abismo (1918) podemos encontrar condensados todos los temas habituales de Merritt: civilizaciones perdidas ocultas tras un muro de niebla, construcciones ancestrales más allá de toda comprensión, exploradores y científicos que dan con hallazgos tan fascinantes como peligrosos, fantasía descriptiva detallada… Y cuando nuestro autor deja el peso de la sorpresa a dicha descripción, pierde fuerza. Aquí, la ciudad de los habitantes de ese abismo del título y los habitantes mismos, unas babosas luminosas que, en honor a la verdad, no resultan muy de temer. Contiene un par de ideas excelentes: el descenso al abismo por una escalera vertiginosa que parece llegar al corazón del infierno y el narrador del relato que ha dejado sus extremidades destrozadas en su desesperada y enloquecida huida. Lástima que la velocidad a la que nos son narrados los hechos dificulten la creación de la atmósfera opresiva y terrorífica que la historia pide a gritos. Es entretenido, eso siempre, pero si Merritt hubiera conseguido que ese abismal descenso hubiera sido tan terrible y desasosegante como pretendía, sin duda estaríamos ante un relato magnífico. Tampoco seducen las pocas páginas que llegó a escribir de la continuación de su novela The Face in the Abyss (1923), Cuando despiertan los dioses antiguos (1948): apenas dejan entrever el rostro de un dios antiguo como está mandado y una pelea de enamorados narrada de manera bastante torpe. Es el precio del carácter completista del libro: se rompe la continuidad de excelencia del mismo, pero ya dijimos que lo preferimos así.


El desafío del más allá (1934) consiste en una historia “round-robbin”, esto es, escrita por varios autores en sucesión, cada uno un capítulo o parte, hasta completarla. Confieso que desconocía que se denominaran así. En esta ocasión son cinco autores completando la narración entre los que aciertan, y con diferencia, precisamente los menos conocidos o los que cuentan con menos adeptos convencidos. La escritora Catherine L. Moore abriendo el relato y Frank Belknap Long cerrándolo saben estar a la altura del reto. La primera, dando inicio a la historia de forma sencilla pero atrayente dejando campo abierto y posibilidades de lucirse a su continuador, una generosidad que los tres siguientes no mostrarán en ningún momento. También magnífico Belknap Long cerrando el desastre egotista que habían edificado sus antecesores con una efectiva narración en paralelo donde consigue dar consistencia a toda la trama de forma inteligente, con una carga de mala leche dirigida hacia los humanos y a favor de los extraterrestres (aunque uno de los primeros se salve, no sin ironía), con el que además parodia el fragmento de Robert E. Howard donde, en su más típico musculoso estilo, muestra la primacía física del hombre ante cualquier civilización del espacio exterior o no que se tercie. Howard es el autor del cuarto fragmento, donde de un plumazo se deshace del delirante argumento siniestro y terrorífico de H. P. Lovecraft, en el que su visión oscura y deprimente del destino del protagonista en manos de Howard se convierte en un combate de boxeo interestelar. Con el Hombre como cúspide de TODA la creación, claro. Del profundo pesimismo del maestro de Providence al optimismo sin paliativos del creador de Conan. Atrás queda pues el delirio cósmico terrorífico de Lovecraft, continuación de la habitual en Merritt, autor del segundo fragmento, historia del explorador que encuentra, a ver quién lo adivina, un portal a otro mundo. Y este es el problema: Merritt, Lovecraft y Howard luchan por llevar el relato a su terreno, una lucha de egos descomunal que hacen del conjunto un dislate muy divertido pero al tiempo pesado de leer. Interesa más por jugar a identificar las maneras y los temas propios de cada autor en su parte correspondiente que por la historia en sí, que acaba por no atrapar en absoluto. Si hubieran dado muestras de algo más de humildad, de saberse plegar al bien del conjunto antes que a una demostración y prueba de estilo, estaríamos comentando un relato mejor. Pero esto es lo que hay: nuestros admirados héroes, estos escritores que amamos, también eran humanos y padecían, ay, de sus debilidades. Aunque a veces nos cueste y nos duela reconocerlo. Por esta vez, los más modestos Moore y Belknap Long los derrotaron sin piedad.

La música de las esferas (1934) es otro fragmento que forma parte de la historia colectiva o “round-robbin” Cosmos. Entretenido y sin sorpresas, sirve para llevarnos a la parte final del libro, donde se recogen diversos artículos y poemas de Merritt. Cómo encontramos a Circe (1942) no es sino un cómo se hizo de un artículo arqueológico teñido de magia al tratarse quizá de la base real, el encuentro de unos restos, que confirmaría la existencia de Circe, la hechicera de la Odisea de Homero. Acerca de la brujería moderna (1932) narra la historia de una niña embrujada que es curada gracias al baño de sangre de un corderito recién nacido abierto en canal y atado a ella. Basado en hechos reales, nada más y nada menos. Una muy divertida reseña autobiográfica y dos poemas dan fin a este libro irregular pero imprescindible para completar la obra de Merritt en español. El viaje ha sido accidentado, pero algunas de sus paradas nos han llevado al más maravilloso de los mundos. Por eso siempre valdrá la pena su lectura.


MERRITT, Abraham. La mujer zorro y otras piezas breves. Introducción y traducción de Javier Jiménez Barco; ilustraciones de Virgil Finlay, Hannes Bok y Neal Austin. Bilbao, Madrid: La Hermandad del Enmascarado, 2013. 238 p. Los Libros de Barsoom, Zona Weird; 6. 

martes, julio 26, 2011

Legados macabros: una recopilación de cuentos publicados en la mítica revista Weird Tales realizada por Mike Ashley

Me hice con este libro porque me interesaba leer algunos de los relatos incluidos en él. Pero claro, ya puestos, pues uno se lo lee entero, ¿no? Sería como hacer un feo a los demás. Un par de ellos suponían una relectura, pero nada mejor que releer un buen cuento.

La distorsión que vino del espacio (1934), de Francis Flagg (George Henry Weiss), era uno de los que me interesaba. Quería leerlo para tener más material que comentar en el programa dedicado a él en mis colaboraciones en la radio (AQUÍ). Y desde luego fue toda una magnífica sorpresa. En parte, se trata de un relato que sigue el camino que otros perfeccionarían o que ya a esas alturas habían desarrollado de manera magistral. Podría incluirse en el segundo grupo sin temor, pues aquí Flagg muestra auténtico genio en una historia tan breve como impactante, un perfecto ejemplo de “horror cósmico”, el terror provocado por una visión de la inmensidad del espacio y las estrellas lejanas, de los seres que lo habitan y su, para nosotros, incomprensible mundo. En fin, un hijo inteligente de H. P. Lovecraft.

Un meteorito cae en una desolada región de los Estados Unidos. Un fragmento destroza el tejado de un rancho y va a parar a una habitación. Allí, el tiempo y el espacio se distorsionan dando una imagen de la inmensidad del universo, una grandeza sobrecogedora y brutal a nuestros humanos ojos. Ante el terror de ver, de tener ante sí la vastedad del vacío estelar, se sobrepone la comprensión por el ser solitario y perdido que lo ha provocado: el meteorito transportaba un ser de otro mundo, y lo que asemeja un ataque no es sino un sistema de defensa. La ironía está servida, pues el intento de comunicación de este ser con los humanos resultará una tarea fútil: Stanislaw Lem, años después, nos haría sentir esto con la misma fuerza. Francis Flagg nos ofrece así una visión pesimista de la existencia humana: nuestra incapacidad para comprender lo que es distinto a nosotros supone una barrera infranqueable.

Relato nacido también de la teoría de la relatividad de Einstein cuyo descubrimiento había asombrado al mundo, esto no es sino una inteligente excusa para mostrarnos lo más lejano por medio de algo que bien podría ser un agujero de gusano primitivo. Impresionante el paseo “espacial” del protagonista en un lugar en el que nuestras leyes físicas han desaparecido, pues sucede dentro de un cuarto de una perdida casa en el campo. Es difícil transmitir una idea tan acertada de lo ajeno, de lo extraño, y Flagg acierta de lleno.

En resumen, un magnífico relato que guarda ciertas concomitancias con El color que cayó del espacio (1927) del mentado Lovecraft, pero no por esto hay que considerarlo menor.

Los tres centavos marcados (1934) de Mary Elizabeth Counselman era el otro relato que más me interesaba a priori de esta antología, pues también a ella le quería dedicar un programa en la radio (AQUÍ) y, siendo este cuento el más conocido de los suyos, pues no me venía nada mal poder leerlo al fin.

Counselman nos cuenta el devenir de un extraño concurso protagonizado por tres centavos marcados respectivamente con un círculo, una cruz y un cuadrado. Uno significará la obtención de un premio de 100.000 dólares, otro un viaje alrededor del mundo y el tercero la muerte. Las monedas son repartidas de manera anónima y van circulando por la ciudad, de tal manera que quien las encuentra puede decidir si quedarse con una y arriesgarse con el premio o bien pasarla a otra persona en cualquier transacción comercial. ¿Quién se arriesgaría a quedarse con una de ellas sin saber qué significan los signos? La tentación es fuerte por los premios positivos, pero morir por quedarse con la moneda equivocada provoca un pavor más fuerte que la tentación que supone tener buena suerte. Aunque la gran ironía es que tal vez todas las monedas serán igual de nefastas para los ganadores. Y la explicación de los signos, claro, todo un ejercicio de interpretación retorcida.

Excelente relato escrito como si se narrara una crónica de sucesos, lo cual acrecienta y hace más terrible su oscuro significado al no incidir dramáticamente sobre el mismo.

Calaveras en las estrellas (1929) es una aventura del héroe puritano Solomon Kane de Robert E. Howard. Ojo, que lo de puritano es de Howard, no mío, jajaja. Ambientación terrorífica, espíritu aventurero y pulp para un relato en el cual Kane se enfrenta a un fantasma infernal capaz de asesinar pese a su inconsistencia física. El páramo, el pantano, la ciénaga y la luna bañando todo con su irreal luz el enfrentamiento con la extraña criatura componen el escenario perfecto para esta historia de horror. Pero lo más interesante a mi parecer es cómo el héroe, que representa el bien, al tener que recurrir a la violencia y a la muerte para extirpar el mal no siente la bendición y la tranquilidad de haber hecho algo bueno. Por el contrario, la triste verdad es que al mal solo es posible derrotarlo con sus propias armas, una visión oscura de la existencia y de cómo Howard no justifica los actos de su héroe. También es verdad que tampoco es que los condene, pero es todo un acierto plantear la cuestión en un relato cuyo espíritu es, en esencia, contarnos una aventura macabra. Howard trabaja así con Kane, su héroe taciturno y silencioso, entregado a su tarea tal que una misión religiosa en la cual no hay compensación ni alegría. Un héroe oscuro y fatalista más acorde con nuestros días que con los de la era dorada del pulp. De ahí su modernidad.

En El que tenía alas (1938) Edmond Hamilton nos cuenta la historia de David Rand, una extrañeza, un mutante, un niño que ha nacido con dos anormales gibas en su espalda. Protuberancias que darán paso a unas alas que lo convertirán en el primer humano con la capacidad de volar. Pese a que la razón por la que la mutación ha tenido lugar no deja de ser un lugar común del más trillado relato pulp, Hamilton, como su héroe, pronto alza el vuelo y consigue dar vida y fuerza a una historia sobre lo que es ser diferente, la renuncia a esa diferencia para ser un hombre normal y la llamada continua de su yo interior que se rebela a su nueva condición de normalidad.

Hamilton logra momentos en verdad hermosos cuando nos transmite la alegría exultante y la libertad sin parangón de ese hombre capaz de batirse en vuelo con los halcones más veloces, de oler y escuchar el viento, de sentir con una fuerza irresistible la llamada del sur. Vendrán el amor y su lucha por convertirse en un hombre como los demás, pero ahogar la diferencia con una máscara solo puede dar una felicidad pasajera.

Gran relato de Hamilton que aúna de manera brillante momentos de una belleza contenida y sencilla con una tristeza tan inevitable como, en el fondo, enaltecedora. Imposible leerlo sin recordar en algunos momentos al gran film de Tod Browning Garras humanas (1927), aunque la tristeza de Hamilton no nace del desgarro y del dolor, sino de la aceptación de lo que uno es siendo distinto a todo lo que los demás son.

La suprema abominación es un relato del ciclo de Hiperbórea que Clark Ashton Smith dejó incompleto y que terminó el “especialista” en recosidos Lin Carter en el año 1973. Como es habitual en Ashton Smith, y Carter no le desmerece aquí, estamos ante un relato con gran capacidad de sugerencia y una inusual intensidad. Esta historia sobre invocaciones de olvidados dioses de criaturas-serpiente condensa horror, fascinación y una enorme capacidad de llevarnos en pocas páginas al corazón de lo desconocido. Un relato sin sorpresas pero perfecto en su atmósfera.

Retransmisión eterna (1973) de Eric Frank Russell es un extraño relato que nos lleva de viaje por la muerte con dos criaturas bien distintas: un humano y un ser del planeta Delta. Desde la plena conciencia del ser a la unión con el todo infinitamente grande, infinitesimalmente pequeño. Todo en la creación tiene un mismo origen y un mismo final. Parece cosa como de científicos, pero no. La deriva es teológica.

El que esquivaba las balas (1943) de Ray Bradbury resulta efectivo y curioso, pero adolece de ese tono blandito y algo beato del Bradbury que menos me gusta, al que se le nota que quiere trascender y resultar poético. ¡Si no lo necesita! Recuerdos de infancia, la inocencia de ser niño, un ser divino que protege esta inocencia… Todo muy película de la Amblin cuando no les sale bien. Bueno, claro, tenéis razón: al revés, que Bradbury llegó primero.

Robert Bloch y Henry Kuttner rinden homenaje a H. P. Lovecraft en El beso siniestro (1937), un relato de seres abominables que realizan sus siniestras llamadas desde el mar. Un joven pintor, una herencia (genética, cómo no) corrupta, sueños que se confunden con la realidad, el mar como lugar que oculta monstruosas criaturas ancestrales… Solo falta la ciudad oculta de R’lyeh. Buscando las fuentes más en los mitos clásicos (en concreto, la figura de las sirenas y sus cantos hipnóticos, aquí de marcado carácter deforme y animal) que en los mitos creados por Lovecraft, sí mantiene en lo formal (estilo y estructura del relato, personajes recurrentes, situaciones semejantes) y lo argumental las maneras del maestro. Si bien sin alcanzar en ningún momento las cotas de horror de aquel en quien se inspiran. Se cita a Arthur Machen en esa búsqueda de una mítica más centrada u original de las leyendas, pero en espíritu es a Lovecraft a quien se invoca.

Como curiosidad, bien podrían haberse currado un poco más el nombre de esa española procedente de Granada, la ancestro del protagonista: Morella Godolfo. Ni Poe ni Granada.

El superviviente (1954) de Howard Phillips Lovecraft y August Derleth es uno de mis favoritos de los recuperados y reescritos por Derleth del maestro de Providence. Las ciudades, los libros malditos mencionados, la longevidad insana, extraños y antiguos cultos dedicados a dioses infames… Y los Profundos, los hombres peces, los hombres saurios, los reptiles al servicio de estos dioses antiguos (¿os suenan Cthulhu y Dagon?). En fin, puro Lovecraft. Pero lo que engrandece el relato es que Derleth ha sabido mantener el tono intenso, la atmósfera malsana y maldita, el aire de perdición y el sentimiento de hollar aquello que no debe ni ser mirado con una fuerza magistral. Nada nuevo más allá de Lovecraft, pero es mucho teniendo en cuenta el año de publicación. Como ejemplo, esa casa embrujada donde se desarrolla la acción, heredera directa de las casas encantadas más clásicas del género de terror, pero aquí a la vez tan distinta. El maestro y el heredero en ebullición creativa.

Salvo la portada del libro, el resto de ilustraciones son de la maravillosa Margaret Brundage. Hay una estupenda selección de sus dibujos en el gran blog Jungle Frolics.

ASHLEY, Mike (sel.). Legados macabros. Traducción de Héctor Raúl Pessina. Buenos Aires: Lidiun, 1981. 175 p.

miércoles, octubre 21, 2009

Los hombres topo quieren tus ojos y otros relatos sangrientos de la Era Dorada del Pulp (1933-1940)

Divertida y descaradamente locuela recopilación de relatos orquestada por Jesús Palacios, que se abre con una obertura explicativa tan fascinante como esclarecedora sobre las publicaciones pulp norteamericanas de las décadas 30 y 40 del siglo XX dedicadas al terror. Orígenes, desarrollo, edad dorada y muerte. Y su influencia posterior, desde luego.

Relatos de horror gráfico y directo, físico, con sus gotas de erotismo, en ocasiones algo naif visto a ojos de hoy, pero en otras verdaderamente guarrete. Y pese a entroncarse en temas fantásticos, siempre o casi siempre con su explicación racional final, no vaya a ser que el lector se altere demasiado. De ahí que Jesús Palacios encuentre un nexo fuerte con la literatura gótica más clásica y tradicional, el grueso de la misma básicamente con las mismas propuestas e idénticos niveles de calidad literaria. Y con igual reacción tanto de placer morboso por parte del público como de rechazo por parte de la crítica. Y sí, el relato gótico dio a la historia obras asombrosas de autores que amamos (Ann Radcliffe, Charles Robert Maturin, Horace Walpole, Matthew G. Lewis). Pero es que lo mismo sucede con la literatura pulp (H. P. Lovecraft, William Hope Hodgson, Seabury Quinn, Henry S. Whitehead). Y en ambos casos bien sabéis que cuesta trabajo limitar la lista a cuatro nombres…

Estos relatos se denominaron Shudder Pulps (pulps escalofriantes), y al género en sí Weird Menace (amenaza extraña), como nos explica Palacios. Revistas como Dime Mystery Magazine, Terror Tales, Horror Stories, Sinister Stories, Thrilling Mystery o la propia Weird Tales en ocasiones son algunas de las muchas que invadieron el mercado con estas historias entre macabras y excitantes. O excitantes por macabras, vete a saber. Pero lo mejor para conocer con detalle esta isla ignota perdida en el mapamundi de las letras es leerse de un tirón este estupendo prólogo de Palacios que nos aclara, explica y enseña todo acerca de este extraño momento de la historia de la literatura, el aperitivo perfecto para lanzarse a leer los trece relatos antologados teniendo bien clarito donde se mete uno. En fin, un prólogo que es una clase maestra y que cumple lo que yo creo que todo buen prólogo debe cumplir: iluminarnos y ayudarnos a comprender lo que vamos a leer. Y abriendo la puerta para que conozcamos a ilustradores tan maravillosos como John Newton Howitt y Norman Saunders.

Como complemento, recomiendo con fervor la lectura de Páginas negras. Film noir y literatura: el punto de vista pulp, también de Jesús Palacios, un ensayo incluido en el libro Gun Crazy: serie negra se escribe con B y al que el propio autor se refiere en el prólogo del libro que estamos comentando. En éste otro, Palacios hace lo propio con los pulps dedicados al género policíaco rompiendo un buen puñado de tópicos al respecto. Y con otro magnífico montón de ilustradores por descubrir, al menos para quien esto escribe (Rafael de Soto, George Rozen o John Drew, como ejemplo y sólo por citar algunos).

El volumen se abre con el relato perfecto para ilustrar el género. Y perfecto para contar a mis seis sobrinos, como así hice en una de las sesiones nocturnas que les dedico a contarles cuentos de miedo. Se corta un poquito por aquí y se delira un tanto por allá, y voilá: noche de terror asegurada para ellos. Y es que Los hombres topo quieren tus ojos, de Frederick C. Davis, es lo que ofrece: horror a espuertas sin demasiadas complicaciones. Algo parecido sucede con otros de esta antología: El barco del demonio dorado, de Lazar Levi, de los más tontuelos y prescindibles del volumen; Terror en el rancho de vacaciones, de Richard Tooker, en el cual una secta satánica y sus diabólicos ritos son el eje central, con un resultado tan malo como disfrutable; Locura rubia, de Arthur Humbolt; La cosa que cenaba muerte, de John M. Knox, un poquito más gore; Sangre para el vampiro muerto, de Robert Leslie Bellem; Tigresa, de David H. Keller, que leí hace muy poco en la antología Weird Tales (1933-1942) y que aguanta bien la relectura; y Cuando la bestia negra se sació, de Hal K. Wells. Todos ellos con títulos maravillosos que sugieren siempre bastante más de lo que terminan por ofrecer.

Pero hay otros relatos que, en mi opinión, sí sacian de verdad nuestra hambre de horror.

Así, El señor de los muertos, de Robert E. Howard, con la dosis habitual de testosterona a la que Howard nos tiene acostumbrados. Mamporros a mansalva en un relato que no es lo mejor de su autor, pero que pese a esto, pues ya sabéis: cuando los protagonistas se lían a golpes, los puñetazos parecen salir del libro para estamparse en la jeta del lector.

Tumbas para los vivos, de William Irish, seudónimo del magistral Cornell Woolrich, es un relato que ya había leído y es el primero de los tres que de verdad me han gustado de esta antología. En la línea angustiosa y desesperada de sus mejores cuentos, oscurecido aún más por la poetiana situación que plantea. Otra secta lo protagoniza, pero ésta parece más bien formada por ejecutivos de un banco que por adoradores del Mal. Y dan más miedo.

La profecía, de Hugh B. Cave, es el favorito de Jesús Palacios de los incluidos en esta antología. Y el mío también. Cave nos sumerge con mano firme hasta ahogarnos en una extraña ceremonia sobrenatural en la cual la sensación de realismo, de verosimilitud, es brutal. Fatalista y oscuro, no cumple con todos los tópicos del género. Y es la prueba mágica de que hasta en el subgénero más desprestigiado pueden surgir relatos magníficos. La joya del volumen, no se puede dudar.

Momias a la carta, de E. Hoffmann Price, supera la media aunque sin brillar en exceso. Amiguete de Lovecraft y Howard, fue la versión extrovertida y aventurera de estos misántropos solitarios. Ni momias ni nada parecido, claro, pero entretenido.

Y para el final Palacios ha dejado el relato que da en su totalidad lo que desde un principio se nos ha prometido pero nunca llega a cumplirse del todo: horror a lo bestia. Y es que Novias frescas para la hija del diablo, de Bruno Fisher, seudónimo de Russell Gray, es el más morboso, gore, salvaje y desaforado cuento de la antología. Y el tercero de los tres que de verdad me han gustado por encima de los demás. Hay momentos en que en él todo es tan exagerado que hay que hacer algún esfuerzo por reprimir la sonrisa y olvidarse de la lógica realista. Esto es pura carnaza para degustadores de lo macabro. Y da, como he dicho, lo que promete. En toda la boca. Vamos, que no entiendo cómo James Herbert no ha dado su versión contemporánea del tema central de este relato: la caza humana. Bueno, igual lo ha hecho y lo desconozco, porque en su línea está. En fin, el relato más bruto del lote goza de nuestra total simpatía, y supone el toque maestro para terminar el libro con una sonrisa de satisfacción en los labios. Esa sonrisa que por nada del mundo querríamos que nos descubriera nuestra madre.

LOS HOMBRES topo quieren tus ojos y otros relatos sangrientos de la Era Dorada del Pulp. Edición de Jesús Palacios; traducción de Marta Lila Murillo. Madrid: Valdemar, 2009. 558 p. Gótica; 74. ISBN 978-84-7702-649-5.

viernes, julio 24, 2009

Weird Tales (1923-1932)



Selección de relatos de la mítica revista Weird Tales dedicada al terror, la ciencia ficción y la fantasía que nació en 1923 y subsistió hasta el año 1954. En ella publicaron maestros hoy considerados como tales, no tanto como se debiera, bien es cierto, pero sí más que en su época: H. P. Lovecraft, Frank Belknap Long, Henry S. Whitehead, August Derleth, Clark Ashton Smith, Robert E. Howard, Seabury Quinn... Un plantel admirable que compartió páginas con otros autores definitivamente olvidados, no siempre menores, o cuando menos capaces en alguna ocasión de crear una historia que merece ser rescatada de la oscuridad. Y justo esto es lo que se propone Francisco Arellano, autor de la selección de relatos de este libro, en esta antología: recuperar alguna obra valiosa de algún escritor ignoto, o bien dar luz a joyas perdidas de autores que no han sido devorados por el tiempo.

No es el caso de Dagón (Dagon), el primer relato del volumen, escrito por H. P. Lovecraft en 1917, aunque publicado en Weird Tales en 1923. No podemos asignarle ninguna de las dos categorías comentadas, pero realmente no podía faltar el mítico Lovecraft en una antología de cuentos de la revista que lo vio nacer como autor. E igualmente nadie mejor para abrir la selección que el solitario escritor de Providence, en su momento solo tenido en cuenta por un puñado contado de admiradores. Dagón es un relato modelo para adentrarse en la obra de Lovecraft y entenderla. Con un desenlace imitado hasta la saciedad: todos los que amamos su obra más de una vez hemos hecho la broma o hemos dado fin a un relato siguiendo este recurso, el de una narración en primera persona que termina con la historia cercenada de manera repentina ante la llegada del horror, de la bestia cósmica de turno que no nos permitirá poner la palabra fin. Lovecraft es el maestro de la oscuridad. En sus relatos siempre hay frialdad, todo es fétido, la atmósfera es pútrida e irrespirable y los personajes se ahogan en la soledad y la desesperación. Hay algo superior al hombre, pero algo que solo desea o busca nuestra destrucción.

Dagón no es el mejor relato de Lovecraft ni de lejos: si bien la precipitación viene justificada por la narración (el supuesto narrador escribe sabiendo que va a morir de un momento a otro), la atmósfera tenebrosa no llega a pesar lo que uno desearía y la sensación de angustia no es opresiva como sí llega a serlo en otras narraciones suyas. Sin embargo, le tengo un especial cariño a este cuento. Fue el cuarto que leí de Lovecraft (tras, y por este orden, El extraño, Aire frío y El susurrador en la oscuridad: el primero, uno de mis favoritos y a mi gusto uno de los más poéticos del autor; el segundo consigue transmitir una sensación macabra muy poderosa; y el tercero, una de sus obras maestras absolutas, terrorífico y brutal). Recuerdo el miedo que pasé leyendo Dagón en mitad de una aburrida clase con el libro oculto entre las páginas de uno de texto.

Weird Tales, marzo 1928. Portada de Curtis C. Senf.


El cerebro en el frasco (The Brain in the Jar, 1924), de Richard F. Searight y Norman Elwood Hammerstrom, es un cuento de horror que basa su efecto en la detallada descripción del cerebro de marras en el dichoso frasco, a las sensaciones que lo embargan, ninguna agradable, al saberse sin cuerpo y de la venganza que está llevando a cabo con fría determinación sobre quienes le han reducido a semejante estado. No va más allá de esto, y está bien, pero la idea podría haberse aprovechado un poquito más. La trama se agota enseguida y deambula por los trillados caminos de lo predecible. La venganza carece de emoción, no es sino una mera excusa para contar lo que en verdad interesa: la descripción al detalle del cerebro en su prisión. Y como el estilo es de una pobreza sorprendente, todo queda en nada.

El regalo del rajá (The Rajah’s Gift, 1925), de E. Hoffmann Price, es un relato de ambientación oriental que basa en esto mismo su carácter fantástico: en lo exótico e imposible de su localización. El autor reproduce de manera brillante el estilo de los cuentos clásicos y su anécdota es bonita, también cruel, y supone una lección sobre cómo algunos deseos son más poderosos que la propia vida.

Con Despacho nocturno (The Night Wire, 1926), de H. F. Arnold, un relato excelente, llega la verdadera sorpresa de la antología. Desde el primer momento todo resulta genial: ya solo con la descripción de ese trabajo nocturno que consiste en registrar las noticias que llegan por telégrafo, cómo transmite el cansancio, la soledad, el silencio de esas horas durante las que el resto del mundo duerme, el sonido monótono de las máquinas de telégrafos resquebrajando ocasionalmente dicho silencio... El autor nos introduce de lleno en lo irreal sin habernos contado nada fantástico, pura y perfecta ambientación. Todo en este cuento ayuda a crear tensión, una atmósfera extraña en la que con facilidad se instala el horror. Para cuando este se despliegue en toda su intensidad y magnitud, nuestros sentidos estarán ya marcados por él. Y nada podrá protegernos. Un magnífico cuento de terror. No es de extrañar que fuera uno de los favoritos de Lovecraft de entre los publicados en la revista.

Si bien se trata de un relato bastante torpe, hay que reconocer que Bajo la tienda de Amundsen (In Amundsen’s Tend, 1928), de John Martin Leahy, mantiene cierta efectividad a pesar de esto. La inmensidad de los hielos, la soledad y el silencio eternos resultan un escenario fabuloso para una historia de terror. Así Lovecraft en su En las montañas de la locura: este de Leahy, como el anterior, también figuraba entre sus predilectos de los publicados en Weird Tales, según se nos indica en las notas sobre los autores antologados. Los diálogos resultan forzadísimos y artificiales, pero la narración sí llega a contagiar la angustia de un descubrimiento horrible en un lugar inhóspito, un acoso infernal en un escenario cuya vastedad y vacío hacen imposible la escapatoria, la salvación.

Una casa oculta en un bosque, ancestrales creencias y ritos que perviven hoy en día, una siniestra tradición... El octavo hombre verde (The Eight Green Man, 1928), de G. G. Pendarves (nombre real: Gladys Gordon Trenery), es un relato quizá no muy original, pero sí entretenido. Lo más interesante es sin duda su ambientación rural, que refuerza la idea de lo perdido y lo ancestral, la posibilidad de coexistencia entre lo idílico y el horror. Pero no es un cuento que brille de manera especial. Y tampoco es que resulte muy original La hiena (The Hyena, 1928), de Robert E. Howard, pero este hace lo que mejor sabe: dotar de una fuerza primitiva y arrolladora a su historia. Elemental, de emociones básicas, pero contagiosas y salvajes. Se lee con gozosa satisfacción.


Edmond Hamilton es uno de esos escritores que algunos seguidores de la ciencia ficción, en especial los españoles, se avergüenzan de leer, o al menos de reconocerlo. Ya sabéis: Stanislaw Lem, J. G. Ballard, Jonathan Lethem... Bueno, estos sí, pero cuando se trata de reconocer a sus ancestros hay lectores desagradecidos con los autores que abrieron el camino para que después llegaran estos genios. En fin, hasta tal punto llega la vergüenza que incluso afirman que en realidad se trata de un escritor de aventuras, con un escenario futurista, sí, pero de aventuras. Este género también les debe abochornar, me imagino, o cuando menos disgustar, pues lo que no les gusta lo lanzan para allá como una piedra a un charco. Lo triste es que son estos seguidores los que después andan llorando por ahí que su género no es reconocido ni por las universidades ni por la Real Academia de la Lengua Española, ¡ay, qué pena más grande!, por lo que se lo pasan intentando demostrar que vale, Hamilton es malo, pero Lem no. No entiendo esta necesidad de solicitar la aprobación de estas eminencias chorliteras para disfrutar de lo que a uno le gusta. Aunque sea malo. Y sí, también vale que el relato aquí incluido de Hamilton, Colisión de soles (Crashing Suns, 1928), es un space-opera de lo más rancio, pero es tan imaginativo, su concepto de la maravilla tan contagioso, su sentido de la aventura (porque también, como debe ser) tan fantástico, que los evidentes defectos no lastran el resultado. Cierto que tampoco lo elevan a cumbres proustianas: esos personajes de una pieza, esas amenazas universales que el héroe de turno apartará de un mamporro, esos extraterrestres tan malos y desagradables, tan poco lemtianos... Sin embargo, si en tu espíritu aún queda algo de la fascinación por leer sobre mundos maravillosos y viajes imposibles, disfrutarás como un loco de este relato.

Weird Tales, enero 1930. Portada de Curtis C. Senf.


La maldición de los Phipps (The Curse of the House of Phipps, 1930), de Seabury Quinn, es una aventura del magnífico Jules de Grandin, investigador de lo sobrenatural, y su ayudante el Dr. Trowbridge. Vale, la maldición de marras es un poco más de lo mismo, una cansera ya que pa qué, la subtrama criminal da un poquillo de risa y la solución y desenlace de la aventura se adivinan desde la primera línea. Pero Quinn, el autor más exitoso en su momento de Weird Tales, es un narrador seguro, nos mete en situación con una facilidad asombrosa, engancha al lector de manera a veces confieso que difícil de explicar y... bueno, lo diré, una aventura de Grandin es siempre un placer. Igual menor en este caso, pero placer.

Para terminar con la presente antología, Francisco Arellano ha seleccionado dos relatos de terror de dos autores muy relacionados con nuestro adorado H. P. Lovecraft. El primero es El horror de las colinas (The Horror from the Hills, 1931), un cuento del autor del genial Los perros de Tíndalos, Frank Belknap Long. Una lectura obligada, pues. Más aún si dicho cuento puede encuadrarse dentro del ciclo de los mitos de Cthulhu. Belknap Long pertenecía al círculo de amigos de Lovecraft, uno de los muchos con los que el maestro mantenía profusa correspondencia, otro de aquellos a los que ayudaba con sus consejos y correcciones y a los que incluso cedía ideas o páginas para sus relatos. Así en este El horror de las colinas encontramos que las páginas dedicadas a narrar el sueño de Roger Little, uno de los personajes, son originales de Lovecraft. Según nos cuenta Arellano, Lovecraft le escribió un par de cartas a Belknap Long a finales de 1927 y le propuso que las utilizara para este cuento. Un cuento, por otra parte, que presenta unos diálogos imposibles cargados de una cháchara pseudo-científica que provocan una espesa somnolencia hasta en el lector más entregado, pero que a pesar de ello le dejará ese agradable regustillo angustioso y horrible que acompaña a todos los relatos de horror cósmico de los que Lovecraft fuera, sobra decirlo, el maestro absoluto.

Clark Ashton Smith es sin duda uno de los escritores más elegantes y sutiles del círculo de Lovecraft, como bien demuestra La venus de Azombeii (The Venus of Azombeii, 1931), un relato cargado de sensualidad, exotismo, horror y belleza. Un ejemplo de cómo el estilo puede convertir en fascinante la lectura de una historia algo banal.

En definitiva, pese a la inevitable irregularidad de los cuentos antologados, el volumen resulta perfecto para acercarnos a lo que verdaderamente hubo de ser abrir las páginas de esta mítica revista y hundirse en sus fascinantes mundos.

WEIRD Tales (1923-1933). Selección, introducción, traducción y notas de Francisco Arellano. Madrid: La Biblioteca del Laberinto, 2006. 223 p. Delirio, ciencia-ficción; 9. ISBN 84-935407-0-6.