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lunes, junio 13, 2011

Amazing Stories (1926-1935)

Selección de ocho relatos de la primera década (bueno, casi) de existencia de la mítica revista pulp dedicada a la ciencia ficción Amazing Stories que supone un recorrido apasionante por estos primeros tiempos del género, los que abrieron camino continuando los pasos de los pioneros y, que si bien a día de hoy andan algo olvidados, su conocimiento se presta necesario y revelador: muchos grandes nombres de la ciencia ficción publicaron sus relatos en esta revista o en otras como esta, y los que no, crecieron leyéndola. Su influjo es evidente, y aunque en muchos casos superados por los que vinieron después, nunca deja de resultar emocionante leer estos relatos que, mejor o peor escritos, sembraron de ideas un género que desde entonces no haría sino crecer hasta el día de hoy. Con sus altibajos, por supuesto, pero eso es lo que conlleva el no estar estancado.

La colección se abre con La llegada del hielo (1926) de G. Peyton Wertenbaker, un relato que falla en hacer creíble cómo el protagonista logra, gracias a un descubrimiento “científico”, la vida eterna, pero la sensación de soledad infinita en un mundo en el cual la raza humana ha perecido tiene su punto de fuerza. El último superviviente de lo que podría haber sido un paso hacia delante de toda la humanidad y no es sino al final un símbolo del fracaso del hombre ante su destino es una idea de una gran ironía y fuerza dramática. Wertenbaker no la aprovecha del todo, pero ahí queda este apunte de un relato más interesante por proponer esta idea que por su forma de desarrollarla.

Los huevos del lago Tanganica (1926) es un relato de cuando el conocido (entre los seguidores del cine de serie b fantástico) guionista y director Curt Siodmak tenía apenas 24 años. Es bastante malo, pero no deja de tener su gracia esta historia de… ¡moscas gigantes! Pero lo dicho: se me antoja muy malo, narrado de una manera muy torpe, como si estuviera escrito a trompicones.

La cosa se pone bastante mejor con el tercer relato: El hombre-máquina de Ardathia (1927), de Francis Flagg (seudónimo bajo el que se ocultaba el escritor George Henry Weiss). No deja de resultar curiosa esta historia de un visitante del futuro, un ser con un enorme cerebro (léase cabezón) y cuerpo diminuto y atrofiado metido en un cilindro transparente. Me encanta que a la mínima que al autor le surge alguna dificultad en el desarrollo de la trama de cómo es ese mundo futuro del que proviene el “hombre-máquina” lo resuelve con una alusión al “limitado vocabulario” del hombre del presente: por eso no se puede explicar con claridad y detalle. ¡Vaya argucia! Sin embargo, es atractivo comprobar cómo en estos primeros relatos pulp de ciencia ficción no todo eran space-operas, que es lo que los seguidores de Star Wars aducen para desacreditarla (ya sabéis, los que proclaman una defensa de la ciencia ficción basada solo en los autores serios y reconocidos, pero que después coleccionan todos los muñequitos de la saga galáctica más aburrida de todos los tiempos, se enorgullecen de conocer todos los entresijos de Star Trek o se obnubilan con Fringe, la serie más pulp que he podido ver en años), sino que también abundaban los intentos de mostrar mundos futuros, la evolución del hombre, en fin, historias más reflexivas, influencia de H. G. Wells, sí, pero con un marcado carácter teórico. Vale, vale, todo es tan raquíticamente literario que la cosa no va lejos, pero el intento se agradece. Y el sentido de la maravilla, de transitar lo desconocido, se acaricia en algún aislado momento.

Esta sensación se multiplica en el otro relato incluido en la antología de Francis Flagg: Las ciudades de Ardathia (1932). Un relato oscuro en el cual se nos presenta un futuro que en verdad a ninguno nos gustaría vivir. Heredero de Metrópolis, la película de Fritz Lang del año 1927, de la novela de Thea von Harbou (más en su ambientación que en su ideología confusa) y de las obras del anteriormente mentado H. G. Wells, su denuncia de los regímenes totalitarios de cualquier signo es radical pese a sus ropajes absolutamente pulps. Hombres ricos que viven en las alturas, entre el lujo y la comodidad extremos, y trabajadores explotados, una clase proletaria condenada a vivir en las cloacas, entre la suciedad, la miseria y la renuncia a cualquier atisbo de felicidad. El marco tenebroso en el que se desarrolla la acción, unos revolucionarios Igualadores raptando a Thora, la hija de uno de los corruptos líderes, la historia de amor entre esta y su raptor, el levantamiento armado llamado al fracaso… Todo suma para lograr sorprender al final con su mensaje amargo, con los líderes revolucionarios sentados al lado de los que los subyugaron compartiendo el poder. Resta, claro, el estilo tan “sin estilo” propio de los pulps, en el cual lo importante es que sucedan cosas sin parar. Pero el resultado es satisfactorio. Para nada una obra maestra, pero sí un relato bien curioso. Y en su parte final, más cruel aún y sorprendente de manera muy positiva, alejándose de los convencionalismos del final feliz propios de este tipo de relatos. Ese heredero de los antiguos revolucionarios que retorna del desierto montado en un burro cual Jesucristo entrando en Jerusalén, trayendo un mensaje de esperanza que le costará una muerte brutal, presentado sin ambivalencias como un Jesús del futuro, da el broche de excelencia a este relato absorbente. ¡Ah! Y nada que ver pese a su título con el otro cuento de Flagg incluido en la antología.

El último hombre (1929) de Wallace West nos presenta a unos Adán y Eva del futuro en un mundo dominado por mujeres andróginas. Sin duda, el de carácter más aventurero de la selección. A fin de cuentas, una historia que tanto la literatura como el cine han tratado en numerosas ocasiones con diversas variaciones (todas son mujeres, todos son jóvenes, todos son simios, etc.). Entretenido y poco más, por momentos me recuerda a esa película de Michael Anderson, La fuga de Logan (1976). Para lo bueno tanto como para lo malo…

Sin ser ninguna maravilla, La guerra contra la hiedra (1930) de David H. Keller ofrece buenos momentos de acoso y caos destructivo. La historia versa sobre una invasión de un tipo de hiedra con características animales, hasta casi vampíricas en su necesidad de alimentarse de carne humana, que asola la Tierra. O al menos lo intenta. Muestra buenas ideas (por mucho que uno despedace la hiedra en trozos, estos mantienen relación entre sí, como diversas partes que comparten un cerebro común que les da vida) desarrolladas de esa manera tan simple y directa de la literatura pulp. Pocas florituras y mucha acción. Entretenida pues cuando el relato es tomado por la invasión vegetal, torpe y primitivo cuando intenta desarrollar a los personajes (bueno, no desarrollar, no hay ni esta intención: digamos mejor presentar). Tampoco hay interés reflexivo o pretensión de hacernos pensar lo más mínimo. En fin, literatura de evasión en su esencia más pura. Y destacable como un curioso antecedente de la sí magnífica y estremecedora El día de los trífidos de John Wyndham.

El planeta del sol doble (1932) de Neil R. Jones es el segundo relato de la saga “Historias del profesor Jameson”. Los guionistas de la película Pitch Black (David Twohy, 2000) le deben unas cuantas rondas de cerveza y unas vacaciones pagadas en Urano al bueno de Jones. Porque le masacraron la brillante idea que da origen a este relato en dicha peli. Y no es una coincidencia, una casualidad o aquello menos grave de “se parecen”: “es casi un plagio completo de la misma”, como indica Francisco Arellano, el antólogo, traductor y editor de este volumen en la nota sobre el autor. Poco que añadir si conocéis esta película. Varían los protagonistas, claro, porque cinematográficamente unos cerebros dentro de cajas de metal con patas y que tienen como nombres una serie de números y letras sería el colmo, y hay valor para copiar pero no para adaptar con honestidad.

El cuento de Jones es apasionante en su sencillez. Es capaz de hacernos sentir cada mente escondida en cada una de estas dichosas cajas fuertes como otros escritores no consiguen escribiendo sobre humanos. Misterio, el sentimiento entre maravilloso y aterrador de hollar un mundo nuevo y desconocido, cómo poco a poco este mundo fascinante se va desvelando una trampa infernal, la idea de universos paralelos en colisión… Todo suma de manera positiva en este cuento de pulso firme y una emoción tan intensa como naif. El mejor, a mi gusto, de la antología.

La selección se cierra con Una visión de Venus (1933), de Otis Aldebert Kline. Se trata de un típico relato de aventuras venusinas (igual podría ser cualquier otro sitio), con esa idea tan explotada, pero que nació en cuentos como este, de que podemos seguirlas a través de los ojos de un terrestre “conectado” al venusino protagonista. La tecnología tomando el lugar de las drogas alucinógenas en este viaje.

Y este viaje en ocho paradas termina aquí. Un viaje que os recomendamos realizar sin dudar.

AMAZING Stories (1926-1935). Selección, introducción, traducción y notas de Francisco Arellano. Madrid: La Biblioteca del Laberinto, 2006. 213 p. Delirio, Ciencia-Ficción; 1. ISBN 978-84-934166-1-4.

jueves, diciembre 23, 2010

Cazadoras solitarias y otros cuentos de terror y ciencia, de David H. Keller (1928-1942)

¡Quién podría pensarlo! Pero nada, es real. Aquí está: una recopilación de cuentos del autor pulp David Henry Keller. Y como era de esperar no todos los relatos son joyas ocultas del fantástico, pues claro que no, pero hay en este grupo unos cuantos que merecen la pena no solo para ser leídos por cualquier aficionado que se precie, sino por todos aquellos que dejen de lado cuestionamientos estéticos demasiado envarados y estén dispuestos a dejarse vapulear por el tremebundo D. H. Porque amigos, esta vez sí: aquí se da lo que se promete. Así pues, solo queda felicitar a La biblioteca del laberinto por haberse lanzado a editar este libro que quizá venda poco, pero nos hará más fieles si cabe a los que ya seguíamos su trabajo.

En mi colaboración semanal para la radio ya hablé de él (AQUÍ), pero no quería dejar pasar la oportunidad de comentar con más detalle estos cuentos tan apasionantes como desbocados. Y de calidad tal vez irregular, pero creedme que cuando Keller acierta, da de lleno.

El volumen se abre con el que sin duda es para mí el mejor de todos (bueno, casi), Cazadoras solitarias (1934). ¡Pero qué título tan maravilloso! Si es que ya sabe uno que va a resultar difícil no disfrutar con su lectura. Y vaya viaje. Keller nos agarra por las orejas y nos lanza de un lado a otro sin tiempo para respirar. Es un relato fantástico, con momentos escalofriantes y en verdad tremendos.

Se inicia con una intriga detectivesca de lo más común, sin que esto signifique aburrida, si bien a cada instante se van dejando caer detalles sobre algunos acontecimientos que apuntan a algo increíble, breves notas que nos hacen pensar en que todo derivará hacia una historia tan fantástica como desaforada. Y así será.

Keller domina los instantes de impacto y consigue que la lectura de este cuento resulte emocionante y terrorífica. Muy anclada en las formas pulp, claro, con su estilo directo buscando un efecto contundente en el lector. Los hechos se suceden sin descanso. Y la sorpresa que nos espera hacia la mitad de la historia en la que acompañamos al entomólogo protagonista impacta por su efectividad. Pura carnaza para la serie b más delirante, Keller imprime tal ritmo y fuerza a su narración que consigue que este viaje a los infiernos cumpla con, lo dije al principio, lo que promete.

Médico especializado en neuropsiquiatría, a Keller le gustaba dotar de un elevado grado de locura a sus malvadas protagonistas. En sus relatos las mujeres serán las portadoras del mal, seres salvajes consumidos por el odio cuyo delirio las llevará a cometer las mayores atrocidades. Esto ha servido para que muchos vean en sus cuentos trazas de una enfermiza misoginia. Tópicos folletinescos llevados hasta el extremo, más bien, pero que si se pintan de manera que el pobre Keller dé la impresión de cuando menos ser un medio asesino de mujeres en potencia, pues parece que da más juego. Pero en mi opinión, esto no son más que chorradas. No creo que Sax Rohmer soñara con matar chinos. En todo caso a uno. Pero uno no son todos. A ver, algún matemático que ponga orden aquí y explique esto de la unidad y el todo. Porque igual resulta que son lo mismo y tengo que corregirme.

¿Pero de qué demonios estoy hablando? ¡Ah! Keller. Vuelvo.

Bueno, en la parte final de este gran relato las diversas sorpresas mantienen el ritmo, pero todo se desenvuelve de manera más convencional. Tras el frenético viaje por la montaña rusa al que nos ha sometido, tal vez el desenlace resulte algo anticlimático. Pero nos da igual: este viaje es de los que no se olvidan.

Creación imperdonable (1930) es un curioso relato en el que Keller nos presenta una quizá bonita metáfora sobre el arte de escribir, de crear un mundo y dar vida a unos personajes, pero chocan sus intenciones con el desarrollo final. Interesante, en cualquier caso, en especial porque en ciertos rasgos del protagonista, su afán y su pasión por escribir, nos hace pensar de manera inevitable en el propio Keller.

La diosa de Sión (1941) nos presenta una historia de civilizaciones perdidas y ritos ocultos de los cuales persisten restos en nuestro presente. Diosas de blancura perfecta reinando sobre tribus primitivas y amores que perduran a través de los siglos. Un héroe entregado a su destino capaz de sacrificar su propia vida con tal de volver a estar junto a su amada, su diosa deseada. En fin, un ejemplo del pulp más clásico deudor de las novelas emblemáticas de Henry Rider Haggard, pero sin su fuerza poética. ¡No siempre el bueno de Keller iba a acertar, qué demonios! Pero tampoco le sale un disparo errado en exceso.

En La brida (1942) de nuevo el autor nos da lo mejor de sí mismo, que se dice. Un estupendo relato en el que Keller aplica sus recuerdos (fue médico rural en los inicios de su carrera) de joven médico principiante instalado en un pueblo de mala muerte. Los habitantes, basura blanca en el más tradicional gótico americano: familias pobres hasta lo miserable, estupidizadas, supersticiosas y deformes, carcomidas por el aislamiento y el incesto. En este entorno Keller introduce de manera brillante una historia de brujas, nada menos. Mujeres terribles e indomables, toda una estirpe creada por su mano, a la cual pertenece la protagonista de su historia, una verdadera fiera que nuestro joven doctor tratará de domar a toda costa. El estar narrado de manera febril, como una alucinación mórbida, es lo que da fuerza y credibilidad a esta historia de amor desesperado. Un amor que flirtea con la más salvaje zoofilia. ¡Cómo no nos va a gustar siendo tan delirante!

Se acabó la fricción (1939) bien pudiera tratarse de un relato menor de H. G. Wells, una “ficción científica” en la que el inventor de turno tiene una idea tan disparatada como genial. En este caso, una cajita con imanes que eliminan la fricción. Su invento es revolucionario, pues hará innecesario, por ejemplo, el uso de combustible para cualquier tipo de vehículo. Pero su invento caerá en manos de un desalmado empresario (¡qué de Karel Čapek es esto!) que le engañará y lo utilizará en su provecho. La locura vengativa del inventor se resolverá con un estrambote, una solución humorística a tono con lo intrascendente del relato.

Las manos de la estenógrafa (1928) se desenvuelve en la misma línea que Se acabó la fricción en lo que se refiere a inventos revolucionarios que cambiarán nuestra idea de la sociedad. Keller plantea aquí una parábola futurista que, en sintonía con su concepto negativo de los avances científicos, convertirá a todo un grupo de trabajadores, los estenógrafos, en máquinas humanas de trabajar. Un futuro oscuro y terrible en el que el hombre será privado de su humanidad con el fin de rendir al máximo en su trabajo: el capital aplastando la individualidad, o la igualdad convertida en uniformidad. El capitalismo deshumanizado o el comunismo llevado a su límite más atroz. Resulta curioso a día de hoy que en un futuro que ya no se concibe sin los ordenadores, a finales de los años 20 del siglo pasado esto ni se tenía en mente: son las tradicionales máquinas de escribir las que perviven y el hombre el que evoluciona artificialmente adaptándose a ellas.

En cualquier caso, ideas aparte, Keller plantea un futuro siniestro en el cual las grandes corporaciones llegan a cometer verdaderos crímenes contra la humanidad con tal de elevar sus beneficios. Si en lo tecnológico es un relato anticuado, no lo es en su forma terrible de mostrar una evolución humana modificada genéticamente, la creación de individuos que serán puras máquinas de trabajar.

En su relato La guerra contra la hiedra Keller ya planteaba una invasión de plantas que intentaban asolar la humanidad. Escrito tres años después, en El terror arbóreo (1933) será la especulación capitalista, de nuevo, el origen del desastre y no una invasión alienígena. El trust de la celulosa crea un nuevo tipo de árbol que proveerá de la misma a todo el planeta. Pero el invento degenera y el nuevo árbol se expandirá sofocando al hombre en una selva infernal. La solución, como es habitual en Keller y como no es extraña a la literatura pulp en general, devendrá en una vuelta de la sociedad a costumbres y formas de vida más tradicionales, entendiendo lo tradicional como lo más humano.

La ciencia como germen de todos los males es algo habitual en los pulps y en el cine de serie b, por lo que quizá, más que una manía personal del autor, tal vez debiéramos ver un tópico genérico que le permite jugar con la idea del fin del mundo y el hombre enfrentado al mismo. Vamos, algo que hasta los escritores considerados serios hacen (véase Cormac McCarthy y su celebrada La carretera) y no por ello les llueven calificaciones de reaccionarios y enemigos de la ciencia.

En La niñera automática (1928) seguimos con inventos, con avances tecnológicos que suponen la deshumanización del hombre. En esta ocasión, la maternidad suplantada por una máquina. Quizá cuentos como este contribuyeran a la fama de misógino de Keller, pues la solución al problema es que las mujeres permanezcan donde deben estar: en su casa, cuidando del hogar y los niños, y no haciéndose las modernas trabajando. Porque para Keller, faltaría más, la paternidad no peligra, sino que se refuerza ante el abandono de la mujer de su posición tradicional de sumisas muñecas obedientes.

A pesar de lo molesto de su moraleja, hay que reconocer que este relato supera con creces a El terror arbóreo, por ejemplo. La escena final con la tormenta que barre la ciudad tiene la fuerza de todos esos escritores primitivos que admiramos: lo físico, la acción nos plantea una cuestión ética. No estamos de acuerdo con Keller, claro, pero obliga a pensar a la contra.

Confieso que empezaba a estar cansado de tanta parábola anti científica cuando le llegó el turno a El gusano (1929). La impresión fue doble. Aquí Keller se deja de monsergas y se lanza de cabeza a un relato cuyo único objetivo es el horror puro y duro. ¡Y diablos si da en el blanco! Narración angustiosa y visceral, de final negro como el agujero inmundo por el que asciende el repulsivo gusano gigante que protagoniza el cuento, enfrentado a un hombre y su perro que, al contrario que los de Harlan Ellison, solo tendrán como opción la más absoluta oscuridad.

Brutal y directo, ya hubiera querido algo así Bram Stoker para su decepcionante La guarida del gusano blanco (1911). Tampoco es que alcance la maestría de Arthur Machen cuando este se refiere al “gran gusano blanco”, si bien no debe sentir excesiva envidia de esa otra gran novela con protagonista tan peculiar que es El agujero del infierno de Adrian Ross. A los que os guste pescar usando gusanos como cebo: ¡¡¡recomendado!!!

El volumen se cierra con otro relato de terror de Keller, género en el que, a mi gusto, se maneja mejor que en el de la ciencia ficción.

El pintor de lunas (1941) es un relato de vampiros que sorprende por su originalidad. Una prueba maravillosa de que no se quema un mito: los quemados son los autores que se acercan a él solo pensando en su éxito inmediato. El afán de celebridad es de las pocas cosas que se me antojan estúpidas en un escritor. Por dinero siempre me parece honesto, porque todos trabajamos y nos pagan por ello y... Bueeeeeeeeno, venga, que ya termino. Pues eso, un relato extraño, en verdad raro, que quizá no alcanza la cota de genial porque tampoco Keller estaba para esto, pero cuentos así son los que hacen que uno admire a un escritor por encima de sus posibles insuficiencias.

Ambientado en un sanatorio mental, lugares que Keller conocía bien por trabajar en ellos y que tanto estrés le causaban (escribía para liberarse, parece ser), El pintor de lunas es un relato de una querencia por lo sobrenatural tan desesperada que resulta casi surreal. Embebido por un excelente tono crepuscular, de duermevela, una visión real que acontece en un entorno de ensueño. El horror anida no solo en lo terrible de lo narrado, sino en cómo se desarrolla el acontecimiento fantástico. Un bonito regalo de un escritor que bien merece no permanecer en un olvido tan hiriente.

Como curiosidad, comentar que la edición de este libro de David H. Keller reproduce en su portada el cartel de la película Sobrenatural (1933) de Victor Halperin. Una Carole Lombard esplendorosa y un joven Randolph Scott, inolvidable en sus películas bajo la dirección de Budd Boeticher, son los protagonistas de este film sencillo y entrañable, de guion un tanto olvidable pero con una atmósfera en algunos momentos muy conseguida, tenebrosa y alucinatoria.

KELLER, David H. Cazadoras solitarias y otros cuentos de terror y ciencia. Introducción de Régis Messac; ilustraciones de Alex Kotzky, Ed Lemsh, Leo Morey y Germaine Delatouche; selección y prólogo de Francisco Arellano. Madrid: La biblioteca del laberinto, 2009. 184 p. Delirio, ciencia ficción y fantasía; 28. ISBN 978-84-92492-25-1.

lunes, noviembre 22, 2010

La décima víctima en la radio # 26: David H. Keller




DESCARGAR (pulsar botón derecho y guardar como) Duración: 17' 15''





Entrega número 26 (emitida el 9 de noviembre de 2010), de la sección dedicada a la literatura extraña en el programa de Canal Extremadura Radio Los dos de la tarde. En esta ocasión, Kanuto se enfrenta en solitario al horrísono poder del maléfico transmisor de ondas cerebrales imantadas de uno de los reyes ocultos de la literatura pulp: DAVID HENRY KELLER.


Avispas gigantes mutadas, brujas que hacen uso de su magia para domeñar a los hombres, gusanos gigantescos buscando presas humanas, mujeres fatales dispuestas a aplastar a los machos humanos bajo sus implacables botas, vampiros translúcidos que toman cuerpo en las paredes pintadas de un sanatorio mental y descubrimientos científicos que prometen eones de felicidad para el hombre y solo traen su destrucción. Lo raro es lo normal en el mundo de Keller. Y su mundo es el nuestro.


Las anteriores entregas de esta épica búsqueda de lo extraño puedes encontrarlas AQUÍ.



Como curiosidad, Cazadoras solitarias, título de uno de los mejores relatos de Keller, da también nombre a uno de los tremebundos temas de ese grupo que de seguro ya odias: Día X menos 60. Algún día lo escucharás y desearás volver al fango del que surgiste. 

miércoles, octubre 21, 2009

Los hombres topo quieren tus ojos y otros relatos sangrientos de la Era Dorada del Pulp (1933-1940)

Divertida y descaradamente locuela recopilación de relatos orquestada por Jesús Palacios, que se abre con una obertura explicativa tan fascinante como esclarecedora sobre las publicaciones pulp norteamericanas de las décadas 30 y 40 del siglo XX dedicadas al terror. Orígenes, desarrollo, edad dorada y muerte. Y su influencia posterior, desde luego.

Relatos de horror gráfico y directo, físico, con sus gotas de erotismo, en ocasiones algo naif visto a ojos de hoy, pero en otras verdaderamente guarrete. Y pese a entroncarse en temas fantásticos, siempre o casi siempre con su explicación racional final, no vaya a ser que el lector se altere demasiado. De ahí que Jesús Palacios encuentre un nexo fuerte con la literatura gótica más clásica y tradicional, el grueso de la misma básicamente con las mismas propuestas e idénticos niveles de calidad literaria. Y con igual reacción tanto de placer morboso por parte del público como de rechazo por parte de la crítica. Y sí, el relato gótico dio a la historia obras asombrosas de autores que amamos (Ann Radcliffe, Charles Robert Maturin, Horace Walpole, Matthew G. Lewis). Pero es que lo mismo sucede con la literatura pulp (H. P. Lovecraft, William Hope Hodgson, Seabury Quinn, Henry S. Whitehead). Y en ambos casos bien sabéis que cuesta trabajo limitar la lista a cuatro nombres…

Estos relatos se denominaron Shudder Pulps (pulps escalofriantes), y al género en sí Weird Menace (amenaza extraña), como nos explica Palacios. Revistas como Dime Mystery Magazine, Terror Tales, Horror Stories, Sinister Stories, Thrilling Mystery o la propia Weird Tales en ocasiones son algunas de las muchas que invadieron el mercado con estas historias entre macabras y excitantes. O excitantes por macabras, vete a saber. Pero lo mejor para conocer con detalle esta isla ignota perdida en el mapamundi de las letras es leerse de un tirón este estupendo prólogo de Palacios que nos aclara, explica y enseña todo acerca de este extraño momento de la historia de la literatura, el aperitivo perfecto para lanzarse a leer los trece relatos antologados teniendo bien clarito donde se mete uno. En fin, un prólogo que es una clase maestra y que cumple lo que yo creo que todo buen prólogo debe cumplir: iluminarnos y ayudarnos a comprender lo que vamos a leer. Y abriendo la puerta para que conozcamos a ilustradores tan maravillosos como John Newton Howitt y Norman Saunders.

Como complemento, recomiendo con fervor la lectura de Páginas negras. Film noir y literatura: el punto de vista pulp, también de Jesús Palacios, un ensayo incluido en el libro Gun Crazy: serie negra se escribe con B y al que el propio autor se refiere en el prólogo del libro que estamos comentando. En éste otro, Palacios hace lo propio con los pulps dedicados al género policíaco rompiendo un buen puñado de tópicos al respecto. Y con otro magnífico montón de ilustradores por descubrir, al menos para quien esto escribe (Rafael de Soto, George Rozen o John Drew, como ejemplo y sólo por citar algunos).

El volumen se abre con el relato perfecto para ilustrar el género. Y perfecto para contar a mis seis sobrinos, como así hice en una de las sesiones nocturnas que les dedico a contarles cuentos de miedo. Se corta un poquito por aquí y se delira un tanto por allá, y voilá: noche de terror asegurada para ellos. Y es que Los hombres topo quieren tus ojos, de Frederick C. Davis, es lo que ofrece: horror a espuertas sin demasiadas complicaciones. Algo parecido sucede con otros de esta antología: El barco del demonio dorado, de Lazar Levi, de los más tontuelos y prescindibles del volumen; Terror en el rancho de vacaciones, de Richard Tooker, en el cual una secta satánica y sus diabólicos ritos son el eje central, con un resultado tan malo como disfrutable; Locura rubia, de Arthur Humbolt; La cosa que cenaba muerte, de John M. Knox, un poquito más gore; Sangre para el vampiro muerto, de Robert Leslie Bellem; Tigresa, de David H. Keller, que leí hace muy poco en la antología Weird Tales (1933-1942) y que aguanta bien la relectura; y Cuando la bestia negra se sació, de Hal K. Wells. Todos ellos con títulos maravillosos que sugieren siempre bastante más de lo que terminan por ofrecer.

Pero hay otros relatos que, en mi opinión, sí sacian de verdad nuestra hambre de horror.

Así, El señor de los muertos, de Robert E. Howard, con la dosis habitual de testosterona a la que Howard nos tiene acostumbrados. Mamporros a mansalva en un relato que no es lo mejor de su autor, pero que pese a esto, pues ya sabéis: cuando los protagonistas se lían a golpes, los puñetazos parecen salir del libro para estamparse en la jeta del lector.

Tumbas para los vivos, de William Irish, seudónimo del magistral Cornell Woolrich, es un relato que ya había leído y es el primero de los tres que de verdad me han gustado de esta antología. En la línea angustiosa y desesperada de sus mejores cuentos, oscurecido aún más por la poetiana situación que plantea. Otra secta lo protagoniza, pero ésta parece más bien formada por ejecutivos de un banco que por adoradores del Mal. Y dan más miedo.

La profecía, de Hugh B. Cave, es el favorito de Jesús Palacios de los incluidos en esta antología. Y el mío también. Cave nos sumerge con mano firme hasta ahogarnos en una extraña ceremonia sobrenatural en la cual la sensación de realismo, de verosimilitud, es brutal. Fatalista y oscuro, no cumple con todos los tópicos del género. Y es la prueba mágica de que hasta en el subgénero más desprestigiado pueden surgir relatos magníficos. La joya del volumen, no se puede dudar.

Momias a la carta, de E. Hoffmann Price, supera la media aunque sin brillar en exceso. Amiguete de Lovecraft y Howard, fue la versión extrovertida y aventurera de estos misántropos solitarios. Ni momias ni nada parecido, claro, pero entretenido.

Y para el final Palacios ha dejado el relato que da en su totalidad lo que desde un principio se nos ha prometido pero nunca llega a cumplirse del todo: horror a lo bestia. Y es que Novias frescas para la hija del diablo, de Bruno Fisher, seudónimo de Russell Gray, es el más morboso, gore, salvaje y desaforado cuento de la antología. Y el tercero de los tres que de verdad me han gustado por encima de los demás. Hay momentos en que en él todo es tan exagerado que hay que hacer algún esfuerzo por reprimir la sonrisa y olvidarse de la lógica realista. Esto es pura carnaza para degustadores de lo macabro. Y da, como he dicho, lo que promete. En toda la boca. Vamos, que no entiendo cómo James Herbert no ha dado su versión contemporánea del tema central de este relato: la caza humana. Bueno, igual lo ha hecho y lo desconozco, porque en su línea está. En fin, el relato más bruto del lote goza de nuestra total simpatía, y supone el toque maestro para terminar el libro con una sonrisa de satisfacción en los labios. Esa sonrisa que por nada del mundo querríamos que nos descubriera nuestra madre.

LOS HOMBRES topo quieren tus ojos y otros relatos sangrientos de la Era Dorada del Pulp. Edición de Jesús Palacios; traducción de Marta Lila Murillo. Madrid: Valdemar, 2009. 558 p. Gótica; 74. ISBN 978-84-7702-649-5.

miércoles, agosto 05, 2009

Weird Tales (1933-1942)



Segundo volumen dedicado a la mítica revista pulp norteamericana Weird Tales publicado por La Biblioteca del Laberinto, esta vez recogiendo relatos pertenecientes a su segunda década de vida. En la entrada anterior (AQUÍ) no dije nada de sus magníficos ilustradores. Me fascinan, pero como no soy un experto mencionaré solo a los dos que más me gustan: Margaret Brundage y Virgil Finlay. La primera, que es de la que he tomado las portadas para ilustrar este comentario, salvo las propias de los libros antologados por Francisco Arellano, permitidme que sea un simplón: ¡me encanta! Esas ilustraciones de erotismo tan naíf, tan inocentemente macabras, que transmiten una perversión como de juguete, tan encantadoras, me cautivan. Confieso también, por si alguien que medio siga este blog lo ignoraba, que soy un fanático de las películas de los años treinta: veo todo lo que cae en mis manos de esta década maravillosa del cine, en especial su primer lustro, tan gamberro y avanzado a su tiempo. Películas que incluso a ojos de hoy resultan poderosas. No se trata de gusto retro ni demás: son los días del pre-code, la época más salvaje que el séptimo arte viera jamás. Virgil Finlay es más terrorífico, la verdad. De él es la portada que se reproduce en la de este segundo tomo antológico de Weird Tales. Su representación gráfica del mundo lovecraftiano es modélica, un ejemplo de cómo dar vida y lograr hacer más grande cualquier relato. Ilustraciones que ennoblecen lo que tocan.

Y tras este derrame infecto de babas, paso a comentar los cuentos de esta antología, la cual confieso que me ha gustado aún más que la anterior. Y, por descontado, alabar la excelente y entregada labor de los editores de La Biblioteca del Laberinto, Amparo Nieto y Francisco Arellano, que a pequeños pero importantes pasos nos van regalando ediciones de autores que no creo que les hagan millonarios. Estos libros se editan por amor al género. Y, por si acaso alguien piensa mal, ni los conozco, ni son mis amigos, ni me regalan libros. Solo admiro su trabajo.

Weird Tales, noviembre 1933. Portada de Margaret Brundage.


La antología se abre con un estupendo relato de humor negro: El juez supremo (The Superior Judge, 1933), de J. Paul Suter. Su fuerza estriba en ser una crítica feroz y muy divertida de un personaje ridículo pero que goza de mucho poder y lo ejerce sobre los demás con ira y maldad. Como todos los que tienen poder, vale decir. Pero hasta el sapo más tranquilo sobre su piedra en la pestilente charca de su vida debe rendir cuentas. Gran y cuidada progresión en el desarrollo del relato y brillante construcción de personajes. Un autor del cual sería magnífico tener la oportunidad de leer más cosas.

El siguiente es un relato de espada y brujería, La diosa de zafiro (The Sapphire Siren, 1934), de un autor cuyo solo nombre ya evoca estos mundos fantasticotes: Nictzin Dyalhis. No, tranquilos, que no os estoy insultando en cimmeriano: es que el tipo se llamaba así de verdad, o eso parece. Un relato de imaginación desbordada, tan exagerado y delirante como ingenuo. Resulta algo precipitado, y es una lástima que Dyalhis no repose ni dé tiempo a algunos momentos de verdad brillantes de su historia. Todo se desarrolla por acumulación, y esta velocidad, este atropellarse, hacen que la fantasía exultante de la que hace gala el autor no destelle como debiera, si bien tampoco la apaga del todo. Como curiosidad, indicar que el relato se inicia en la época actual (actual para el autor, se entiende), y el protagonista, un tipo hastiado de la vida gris y vulgar que debe llevar en nuestro mundo, se ve arrastrado (es un decir: lo está deseando el cabroncete) a otro de fantasía a través de una puerta que se abre en su habitación y un pasillo de lo más normalote que es lo que le separa de un mundo en el que es, nada más y nada menos, rey. Un punto de partida que, con diversas variaciones, era habitual en los relatos pulp más entroncados en la fantasía, como bien sabrán los lectores de Robert E. Howard y Edgar Rice Burroughs.

Weird Tales, julio 1935. Portada de Margaret Brundage.


Tres relatos (dos aquí, uno en la anterior) del mismo escritor en un par de volúmenes de antologías de Weird Tales es excesivo, cuando supuestamente hay tanto material inédito en español donde elegir. Tampoco es que nos parezca mal: hay las suficientes diferencias entre los tres cuentos para poder hacernos una idea de la amplitud temática e imaginativa de Edmond Hamilton, pues no es otro el afortunado, pero esto hubiera sido mejor comprobarlo en una antología dedicada por completo a él. En El vengador de la Atlántida (The Avenger from Atlantis, 1935) el motor que hace avanzar la trama no puede ser más convencional, pero resulta evidente que el desarrollo de la misma no cabe imaginarlo más delirante. Los protagonistas cambian de cuerpo como si de camisetas se tratara y avanzan por el tiempo como otros por el camino de su trabajo a casa. ¡Ríete de Tim Powers! Una aventura fantástica de desarrollo torpe pero de imaginación e inventiva brillantes. En fin, Hamilton en ebullición. En Las semillas del espacio (The Seeds from Outside, 1937) es imposible (bueno, vale, difícil, no imposible) pedir más en cuatro páginas: la caída de un meteorito, extraterrestres en un jardín, una historia de amor entre un humano y una mujer-planta, un crimen pasional... Invasión a escala minúscula en un cuento no tan pequeño como parece.

Quizá sea August Derleth el escritor del círculo de Lovecraft menos estimado por los lovecraftianos. Uno se pregunta por qué, pues gracias a él se debe en gran medida que el Maestro y su legado no cayeran en el olvido. Sin llegar a ser un gran autor, sí que en algunos de sus relatos muestra genio, y en todos oficio. Como en el que aquí nos ocupa, El regreso de Sarah Purcell (The Return of Sarah Purcell, 1936), un relato de fantasmas de lo más tradicional, tan poco original como, sin embargo, absorbente. Y es que esto es en realidad Derleth: nunca rompe, pero tampoco resulta aburrido u ofrece un mal cuento.

Weird Tales, octubre 1937. Portada de Margaret Brundage.


Sin duda uno de los cuentos más gamberros y más abiertamente pulp de la antología (aunque mentiría si afirmara que se encuentra solo en este podio) es La tigresa (Tiger Cat, 1937), de David H. Keller. Está plagado de sadismo, misoginia, horror y, en fin, diversión. Me temo que esto último no por pretensión del autor, pero es que es un relato tan inocente, tan naíf (sí, este también), que su supuesta anécdota morbosa, su perversión de telenovela y su ambiente macabro son de lo más simpático, y hasta entrañable si me apuran. Además, qué quieren que les diga, a mí esta malvadísima mujer fatal con ojos de tigresa me inspira un poquito de ternura. Sí, estoy con ella: que les den a esos caballeretes entrometidos, majaderos y salidos. Tienen lo que se merecen, por descontado que sí.

Lo más curioso de La casa del éxtasis (The House of Ecstasy, 1938), de Ralph Milne Farley (nombre real: Roger Sherman Hoar), es que el protagonista es... ¡el lector! El tiempo ha hecho que el evidente acento picantón y guarrindongui (muy propio de los pulps de la época) de este simpático relato quede muy anticuado, muy inocentón. Pero también puede que este sea su valor: su encanto camp.

Esclavo de las llamas (Slave of the Flames, 1938) es un excelente relato del primer Robert Bloch, cuando la televisión no había hecho estragos en su estilo literario. Esta historia de pirómanos que perviven a lo largo del tiempo o se reencarnan en otros, porque de todo hay, es una de las mejores y más conseguidas de la presente antología. Las descripciones del fuego y la destrucción que este provoca y su equiparación con un monstruo de múltiples bocas y brazos que todo lo devoran resultan tan terribles como hermosas, pues así lo ve Abe, el protagonista, el pirómano desquiciado tras cuyos ojos Bloch nos obliga a mirar y admirar. Y ese es el verdadero horror. Todo un logro, un magnífico cuento. Y coprotagonizado, puro guest starring, por Nerón. Toma ya.

Weird Tales, julio 1936. Portada de Margaret Brundage.

Es una verdadera lástima que haya tan pocos relatos traducidos al español de Mary Elizabeth Counselman. No se trata de una escritora revolucionaria y original, pero sí elegante y efectiva. Una de esas autoras que dan grandeza al género desde su posición modesta. Mami (Mommy, 1939), el cuento aquí incluido, narra una sencilla historia de fantasmas de forma hermosa y eficaz.

La antología se cierra con un relato de Henry Kuttner, Hydra (1939), otro escritor del que se pueden encontrar contados cuentos suyos traducidos a nuestro idioma. Un pena que sean tan pocos (una inmensa suerte que haya algunos), pues indefectiblemente son excelentes. Y este que aquí nos atrapa afirmo con total sentido y conciencia de lo que escribo que es genial. Una absoluta pieza maestra del horror. Enclavado en lo que podríamos llamar “serie” o “saga” de los Mitos de Cthulhu, en mi opinión, desde el mismo momento en que terminé de leerlo, lo considero una de sus cimas literarias. Y lo tiene todo: portales al más allá, presencias horribles que buscan alimentarse de nosotros, experiencias lisérgicas, escenas sanguinolentas, viajes astrales fruto de la más horrísona de las pesadillas... En fin, nada nuevo, es verdad, para todo buen lovecraftiano, ni tan siquiera su estilo: redactado a modo de informe, frío, clínico, valiéndose de cartas, noticias de periódicos, fragmentos de cartas... Si hasta tenemos la típica muerte mientras el protagonista escribe sus últimas palabras en un diario y ve acercarse a él el más horrendo demonio de los espacios encarnado (Dagón como prueba máster). Pero Kuttner logra en serio evocar el más terrorífico horror cósmico con sus palabras. Sus visiones parecen extraídas de otra realidad habitada por demonios reales, que a fin de cuentas de eso va el cuento, pero no como si se lo imaginara, sino como si describiera algo que ha visto con sus propios ojos, tan terrible que uno duda pueda ser fruto de una mente humana. Y las muertes son tan terroríficas, crueles y horribles como se nos adelanta al principio del relato. Un broche magistral.

Weird Tales, octubre 1933. Portada de Margaret Brundage.


WEIRD Tales (1933-1942). Selección, introducción, traducción y notas de Francisco Arellano. Madrid: La Biblioteca del Laberinto, 2008. 160 p. Delirio, ciencia-ficción; 17. ISBN 978-84-92492-03-9.