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lunes, mayo 05, 2014

Barsoom: la revista del pulp y la literatura popular, número 10 (navidades 2009)



Pues aquí estamos con el número 10 de la revista Barsoom dedicado en esta ocasión a los iconos del pulp, por cuestiones de espacio solo a algunos de los más representativos, esos héroes y villanos fascinantes que forman parte ya del acervo cultural y viven en nuestros sueños. Y cómo no, se inicia con un sensacional artículo centrado en uno de los malvados más emblemáticos de la literatura de evasión: Fu-Manchú.

Aunque en la actualidad su poder se ha difuminado un tanto y parece solo pervivir en las películas que se le dedicaron, Javier Jiménez Barco, en El insidioso Doctor Fu-Manchú y otros villanos orientales, ofrece un fantástico repaso a las novelas protagonizadas por el maléfico Doctor de Sax Rohmer, origen y epítome de la amenaza amarilla, todo un lugar común de la literatura pulp. La maldad refinada, los planes más enrevesados, rebuscadas torturas y sabiduría ancestral que en sus imitadores alcanzarían cotas de racismo que el mismo Rohmer jamás llegaría a mostrar de manera evidente. Nunca dejó de traslucir su fascinación por la cultura a la que pertenece el Doctor, un poco a la manera en que otro autor nos mostraría este mundo oriental de novela de misterio y crimen, Harry Stephen Keeler, el cual siempre supo compensar maldad y sapiencia en sus personajes, sin dejar de lado mostrar caracteres nobles dentro de la raza malvada por antonomasia, en la época, a ojos occidentales. Edgar Wallace, Jack Williamson o Robert E. Howard fueron autores que también recurrieron al tópico, y personajes míticos como The Spider o The Shadow tuvieron a su vez que vérselas con villanos de ascendencia tal. Y esto cuando no se trataba de “plagio descarado y premeditado”, según Jiménez Barco, como sucedió con The Mysterious Wu Fang, un Fu-Manchú al parecer bastante más truculento que el original. En fin, un aperitivo suculento que viene acompañado por un relato de Sax Rohmer (Arthur Henry Sarsfield Ward, su nombre real), claro está.


Cuarenta y cinco años después de su creación, Rohmer aún escribió alguna historia protagonizada por su icónico personaje. Así Los ojos de Fu-Manchú (The Eyes of Fu Manchu), publicada en dos partes el 6 y el 13 de octubre de 1957 en la revista This Week. Y todo seguía igual: damas en apuros, héroes aguerridos y peligros mil que se suceden de manera mecánica y con relativo interés. Hasta que hace acto de presencia Fu-Manchú in person y la emoción y la tensión se disparan. Lástima que todo lo que le rodea palidezca tanto ante su presencia.

The Shadow visto por Jim Steranko.

Quiero decirlo ya: a mi gusto, la gran joya de este número de Barsoom es La bahía del chantaje (Blackmail Bay), de Walter B. Gibson (alias Maxwell Grant). Una de las dos historias en formato breve de La Sombra, The Shadow, uno de mis personajes favoritos de toda esta pléyade de héroes increíbles. Este cuento resulta sensacional en su dosificación del misterio, en su cuidada, bien definida y bien descrita localización (una isla) y en las formidables apariciones de La Sombra, absolutamente electrizantes y medidas en su prodigiosa efectividad. Un excelente relato que entiendo que a quienes las aventuras de esta fascinante creación no les interesen lo más mínimo puedan pensar que exagero en mi apreciación, pero creo que podría pasar sin problemas la prueba de mi ceguera ante este personaje. Es un buen relato de intriga criminal, y su oscuro héroe solo lo hace brillar más aún con su grandeza.  

Seguimos adelante comentando las fantásticas ilustraciones de Virgil Finlay mostrando a Tarzán cuchillo en ristre, para en la página siguiente adentrarnos en el primer capítulo de Tarzán: la aventura perdida, la novela de Edgar Rice Burroughs que Barsoom a partir de este número nos irá ofreciendo por entregas. Un “fragmento largo” de El Borak de Robert E. Howard que hará las delicias de los completistas del autor texano y un extenso artículo, Los archivos secretos de Doc Savage, formado por extractos del ensayo Doc Savage: His Apocalyptic Life de Philip José Farmer, cubren el apartado de la revista dedicado a la aventura.


No podía faltar un relato del rey de la publicación pulp Weird Tales, Seabury Quinn, protagonizado por su héroe más popular, Jules de Grandin. De La capilla del horror místico (The Chapel of Mystic Horror), publicado en el número de diciembre de 1928 de la citada revista con una magnífica portada de Hugh Rankin, valdría decir lo mismo que ya dije AQUÍ acerca de Los señores del reino de los muertos. El artículo Las sobrenaturales aventuras de Jules de Grandin de Javier Jiménez Barco es otro fascinante repaso a un héroe pulp como sin duda lo fue el investigador de lo oculto Jules de Grandin. Su origen, su desarrollo y su final incluyendo una indispensable relación de todos los relatos por él protagonizados e indicando cuáles de ellos están traducidos a nuestro idioma. Y una selección de ilustraciones de Stephen Fabian con Conan de protagonista sirve como antesala a un relato del salvaje cimmerio. Aunque el dúo revisionista formado por Lin Carter y L. Sprague de Camp no muestra demasiada imaginación en el desarrollo de la trama de Luna de sangre (Moon of Blood), en realidad los prolegómenos de una batalla y la batalla en sí, pocas complicaciones se traen entre manos, la verdad es que mentiría si no dijera que pese a esto resulta enormemente entretenido. Suplen la posible falla comentada con buenas dosis de acción creíble y una gran ambientación y cuidado en los caracteres de los personajes, con lo cual consiguen trasladarnos de lleno a su mundo y que el relato fluya, si bien sin sorpresas, con efectividad.


El fragmento La senda blanca de Abraham Merritt ya lo comenté AQUÍ. El poema El puerto de H. P. Lovecraft y una breve selección de ilustraciones que nos presentan al héroe Northwest Smith de Catherine L. Moore nos conducen a otro excelente artículo: Acerca de la Legión del Espacio, de Javier Jiménez Barco. Un recorrido por las seis aventuras literarias de la mentada Legión, esos adorables héroes creados por Jack Williamson y que reciben aquí el merecido trato de amor y erudición que merecen. Y nada mejor para acompañarlo que incluir La suerte de la Legión (The Luck of the Legion), el último relato que escribiera Williamson protagonizado por ellos, si bien es la cuarta aventura de seis atendiendo a su cronología interna. Un cuento sencillo y emocionante donde quizá lo más bonito sea ver a nuestros héroes ya mayores pero igual de jóvenes en espíritu que siempre en acción. Fue publicado en el número 19, verano/otoño de 2002, de la revista Absolute Magnitude / Aboriginal Science Fiction.  


El horror de Magallanes (The Horror from the Magellanic) de Edmond Hamilton fue publicado en la revista Amazing Stories en su número de mayo de 1969. Tengo una lectura demasiado lejana de Los reyes de las estrellas (The Star Kings, 1949) como para que me haya resultado fácil ponerme y adentrarme de nuevo en el mundo de esta saga, en la cual esplende de manera especial el villano Shorr Kan, aquí ya aliado de “los buenos”, con toda su socarronería y picaresca, sus frases ingeniosas y divertidas, otro antecedente más de ese Han Solo que nos encanta de Star Wars. Space opera pura y dura, con acción a raudales y batallas sin fin. Un entretenimiento ingenuo tal vez, pero siempre honesto y sin fisuras. Relato nacido casi a contra corriente en pleno apogeo de la renovación del género con la New Wave o New Thing, ese grupo de escritores que llevaron la ciencia ficción un paso más allá, tan lejos que hoy día no se está logrando alcanzar ni por asomo, lo cual hace que podamos admirar a pioneros como Hamilton con más crédito. Ellos al menos dieron paso a sus continuadores, cosa que los que ahora reniegan de ellos parecen no entender. Toda evolución requiere sus pasos, y si estos se dejan a un lado y se olvidan, el género se muere porque se queda sin historia. Y así llegamos al final de este apasionante, como todos, número 10 de Barsoom con una entrega del Capitán Rido y su Legión del Espacio, la versión hispánica de esa variante del género que muchos dan por finiquitado pero que, no hay más que fijarse un poco dándose una vuelta por internet, sigue levantando revuelo a cada noticia relativa a la nueva película de las sagas de Star Wars o Star Trek. Buenos y malos sin zonas grises, como en los relatos de nuestros héroes favoritos. 



BARSOOM: la revista del pulp y la literatura popular. Número 10. Navidades 2009. La Hermandad del Enmascarado. 128 p.

lunes, abril 28, 2014

Relatos de horror, selección 1 (1977)



No todo es lo que parece, no digo nada nuevo afirmando esto, pero es que no se me ocurre otra cosa contemplando la en verdad espantosa portada de este libro y su por el contrario excelente contenido: cinco relatos muy atractivos de los cuales al menos uno de ellos podemos considerarlo una obra maestra sin discusión. La recopilación está asignada al austriaco Kurt Singer, un escritor que además se dedicó a preparar bastantes compilaciones de relatos casi todas ellas dedicadas al género de terror. No he logrado encontrar nada referente al libro original, así que dejo como año el de la edición en español. En uno de los breves textos de presentación de cada cuento se hace una referencia a “nuestra anterior selección”, lo cual siendo esta la número uno nos deja algo confundidos. En fin, imaginamos que habrán tomado de aquí y de allá y hala, palante. No se indica nombre alguno aclarando quién o quiénes pudieran haber realizado las traducciones. Y para rematar, el libro se abre con una “Presentación” firmada por Carlo Frabetti que parece realizada con el piloto automático puesto, breve y escrita, da esa sensación, en menos tiempo del que cuesta leerla. Y es muy poco. Sin embargo, como ya he dicho, es una buena colección de narraciones fantásticas, lo de horror tampoco se ajusta con precisión a la realidad, y encima este libro fue un regalo. Así que le tengo cariño. Una de esas poquitas cosas buenas, que valen por muchas, que me ha dejado este solitario blog, pues gracias a él me obsequiaron con presente tal. Así que, estimada Pato, gracias por este (y otros) que llegaron hasta mí por ti.   


Venga, sequémonos las lágrimas y vayamos al lío. La antología se abre con El crepúsculo de los dioses (Twilight of the Gods), publicado en la revista Weird Tales en julio de 1948 y escrito por Edmond Hamilton (1904-1977) con ese estilo sencillo y conciso pero lleno de fuerza y expresividad tan propio de los mejores pioneros de la ciencia ficción forjados en las publicaciones pulp. Este es un relato muy bonito y emocionante que toma como base la mitología nórdica (Thor, Odín, Tyr, Surtr, Hela, Loki, el Puente del Arco Iris, Asgard…) para construir una historia que bien podría ser el origen de los famosos Relatos de Asgard, los cómics protagonizados por el Thor de Stan Lee y Jack Kirby desarrollados por este último, pura fantasía épica en ambos casos que nos gana sin remedio gracias a su compulsión fabuladora. Si el Thor de dichos cómics contaba con un alter ego en la Tierra, el doctor Don Blake, el Thor del relato de Hamilton tendrá el suyo propio, el oficinista Eric Wolverson, aunque no será del todo consciente de ello, un poco al estilo de tantos personajes pulp tipo los de Edgar Rice Burroughs o Robert E. Howard, que ocultan sin saberlo en su interior una personalidad casi mítica, un héroe o incluso, por qué no, un dios. La obra de Hamilton mantiene su fuerza intacta leída hoy, o al menos yo lo siento así. Quizá no sea el estilista más cuidadoso ni el narrador más fino, pero sabe cómo dejarnos sentados en la silla leyendo sin permitir interrupciones hasta que él decide que hemos llegado al final.


Los señores del reino de los muertos (Lords of the Ghostlands) es una aventura de Jules de Grandin y el doctor Trowbridge, los personajes creados por Seabury Quinn (1889-1969), publicada en el número de marzo de 1945 de Weird Tales. Es sabido que Quinn fue uno de los autores más populares de la revista y Grandin su creación más conocida. Aunque me suelen gustar sus relatos, aquí ya llevaba más de dos décadas escribiendo historias del detective francés de lo oculto y muestra todos los tópicos forjados en una investigación tras otra: bella joven en peligro que en algún momento aparece ligera de ropa, Grandin diciéndole al doctor que no lo acompañe que en esta ocasión (otra vez) habrá demasiado peligro, el doctor contestando de nuevo que le da igual e irá con él hasta el final reafirmando su amistad de colegas en la lucha contra el mal, esos indefinidos despertares en los que siempre uno está al lado del otro en la misma habitación… Y, cómo no, Grandin poniendo fin al problema con sus expeditivos modos. La trama en sí también discurre por caminos trillados: momia egipcia cuyo espíritu posee a una joven (esa bella que en algún momento habremos de ver medio desnuda) de hoy, parte de la narración contando los hechos del pasado en plan seudohistórico, venganzas de ultratumba… No brilla en demasía, aunque resulta agradable de leer, entretenida pero poco memorable.


Si Seabury Quinn era uno de los escritores estrella de Weird Tales, Maria Moravsky (1889-1947) supone todo lo contrario. Nació en Varsovia y emigró a Estados Unidos en 1917. Fue sobre todo poeta, e imprimía sus propios libros (esto de la autoedición no es una cosa de ahora) en una pequeña imprenta que tenía en su casa de Miami a la cual bautizó con el nombre de Fiction Farm. Fue una artista polifacética y su actividad se dividió entre diversas artes y entretenimientos que iban desde sus pretensiones literarias hasta el cultivo de café, vainilla y aloe vera pasando por la cría de patos. Sus incursiones en la prosa fantástica solo fueron una afición creativa más de las muchas que llamaron su atención y a la que se dedicó con pasión pero al tiempo sin exclusividad. Todo esto y más podéis leerlo en la entrada dedicada a ella en el fantástico blog Tellers of Weird Tales (AQUÍ). Su relato La ocupación de los hermanos verdes (Green Brothers Take Over) se publicó en el número de enero de 1948 de manera póstuma. Sus labores en la jardinería y el probado amor a las plantas de la autora resultan más que evidentes en este simpático relato en el cual “los hermanos verdes” se alzan en rebelión contra los humanos, como ya hicieran de igual manera los animales en la novela El terror (The Terror, 1917) de Arthur Machen. Quizá lo más curioso de esta historia sea el punto de vista adoptado, que no es otro que el de la anciana protagonista, algo que no es que sea el colmo de la originalidad pero que desde luego no suele ser lo habitual en un cuento de terror.


Allison V. Harding (1919-2004) tampoco es de las autoras más recordadas de Weird Tales. Sin embargo fue bastante prolífica y habitual en la revista desde 1943 hasta 1951, año este en el que deja de publicar. Su nombre real, aunque permanecen dudas, era Jean Milligan. Creó un personaje que llegó a protagonizar tres relatos: The Dump Man (el Pordiosero). Después de medianoche (The House Beyond Midnight) fue publicado en la revista en el mes de enero de 1947. Es un cuento simpático en el que una joven pareja que acaba de sufrir un accidente es víctima de una macabra equivocación. El sesgo fantástico de la misma nos lleva hasta una extraña casa habitada por los inquilinos más peculiares que cupiera imaginar. Harding mantiene el factor sorpresa acerca de quiénes son estos huéspedes y qué es lo que ha ocurrido en verdad con los recién casados protagonistas durante muy pocas páginas, tampoco es que se pudiera sostener mucho más pues se adivina enseguida, y la autora cambia el registro de intriga y misterio por una alocada y fúnebre persecución. No es nada del otro mundo, valga la mala broma, se echa en falta una atmósfera de ensoñación surreal más potente, algo que la historia parece reclamar y con lo que hubiera ganado en consistencia y en impresión fantástica, pero la opción de hacerlo todo más directo y físico tampoco desagrada.


Resulta curioso que esta antología formada por cuentos publicados en la revista Weird Tales durante el segundo lustro de los años 40 se cierre con una pequeña joya de principios del siglo XX: “Ellos” (‘They’) un relato de Rudyard Kipling (1865-1936) que apareció en la revista Scribner’s en agosto de 1904 e incluido con posterioridad en el libro Traffics and Discoveries del mismo año. En este volumen se incluía también el poema The Return of the Children (AQUÍ podéis leerlo en su idioma original), publicado justo antes del relato y de lectura imprescindible para entender qué pretendía contarnos Kipling en él. En este poema la Virgen María intercedía por los niños muertos para que pudieran ir adonde quisieran y no quedaran retenidos en el Cielo si ese no era su deseo, ante lo que Dios accede pues considera que ya han sufrido bastante como para Él retenerlos contra su voluntad. Con este poético prefacio, no incluido en este libro, nos queda más claro el simbolismo del relato de Kipling, más diáfano su significado. Josephine, la hija pequeña de Kipling, murió de una enfermedad en el año 1899. En “Ellos” queda reflejado todo este proceso de dolorosísima pérdida desde el desconcierto inicial y la ira y la rabia posteriores hasta la aceptación final, el adiós definitivo de su hija con ese beso furtivo que uno de los espectrales niños le da al protagonista en la palma de la mano a modo de despedida. Este ya nunca volverá allí, al hogar de los niños perdidos, una vez ha superado el trauma de la pérdida. No es un relato de terror pese a estar habitado por fantasmas. Todo lo contrario: es un viaje desde el dolor por la muerte de una hija aún niña hasta la resignación y la comprensión de que ahora está en un lugar mejor. Un simbolismo quizá fúnebre en algún momento, es inevitable teniendo en cuenta el luctuoso hecho y los sentimientos que Kipling trata de reflejar, pero que no deja de ser luminoso en su tristeza. Una manera insuperable de cerrar este libro que aquí nos deja sobrecogidos.

P. S.: nuestra gran amiga Couteau Bibliophile, el espíritu genial detrás del blog EN LA LISTA NEGRA, nos ha facilitado la procedencia de cada uno de los relatos que componen esta antología, todos ellos incluidos en recopilaciones orquestadas por Kurt Singer. ¡Mil gracias!

- Weird Tales of the Supernatural (1966): Twilight of the Gods, Green Brothers Take Over.
- Kurt Singer’s Ghost Omnibus (1967): The House Beyond Midnight.
- Kurt Singer’s Second Ghost Omnibus (1967): Lords of the Ghostlands.
- Gothic Horror Book (1974): They.


RELATOS de horror, selección 1. Recopilación de Kurt Singer; presentación de Carlo Frabetti. Barcelona: Bruguera, 1977. 188 p. Libro ameno; 1. ISBN 84-02-05122-7.

miércoles, marzo 07, 2012

Jumbee y otros relatos de terror y vudú (1925-1932), de Henry S. Whitehead


De todos los escritores de habla inglesa que en las primeras décadas del siglo pasado cambiaron el panorama de la literatura fantástica, y más en concreto el de la literatura de terror, instalándola en la actualidad y resultando definitivamente materialista y con más pretensión de veracidad que la de sus antepasados góticos y victorianos, quizá Henry S. Whitehead (1882-1932) sea uno de los de estilo más elegante y al tiempo uno de los más olvidados. Y si no olvidados, sí desde luego uno de los menos recordados. A mi gusto, es un autor a la altura de Arthur Machen o de un Algernon Blackwood inspirado. En la realidad, publicó toda su obra en revistas pulp de la época, sobre todo en Weird Tales, y esta consiste en relatos en su mayoría ambientados en las Islas Vírgenes y con temática vudú. Su falta de ambición, su afán de escribir casi nada más que acerca de su entorno (más bien, del que fue su entorno durante ocho años: la isla de St. Croix en las Islas Vírgenes, donde ejerció de diácono) y de manera especial centrándose en las creencias de los nativos de las islas quizá le hayan cerrado las puertas a una consideración posterior. En cualquier caso nos da igual: nos quedan sus magníficos relatos, de los mejor escritos del género y de los más terroríficos. En el año 1944 Arkham House, la editorial de August Derleth, publicó este libro recopilando sus mejores cuentos.

Whitehead creó un personaje, un claro alter ego, que protagonizó gran parte de sus relatos, 15 de ellos para ser exactos, uno escrito en colaboración con su buen amigo H. P. Lovecraft: Gerald Canevin. Canevin vendría a ser un investigador de lo oculto, solo que sin serlo realmente. No me he vuelto loco, que ahora intento explicarme. No se trata de que Canevin abra su consulta y acepte casos para resolver, no lo hace como profesión, pero es que tampoco como entretenimiento. Si investiga, es por su afán de conocer la verdad y su interés sincero por aprender las costumbres y tradiciones de las islas (las Islas Vírgenes, antes Pequeñas Antillas, llamadas así desde que los Estados Unidos se las compraron a Dinamarca), sin importarle hollar terrenos que por su condición de hombre blanco debería ignorar y considerar supersticiones de negros. Él conoce, analiza e intenta comprender una cultura ajena a la suya pero que respeta en grado máximo. Whitehead es la prueba de que no era condición indispensable del pulp el ser racista, aunque me temo que quizá sea la excepción que confirma la regla.

A Canevin lo suelen acompañar Stephen Penn, su criado, y el doctor Pelletier, un hombre de ciencia que a causa de llevar muchos años ejerciendo en las islas ha visto de todo y cree de manera absoluta en la magia que practican los nativos. Y en sus efectos. Por lo general, Canevin sacia su curiosidad, porque a veces se trata de eso más que de investigaciones tal y como estamos acostumbrados a leer en otras historias, porque se encuentra de frente con un hecho extraño y no puede evitar investigarlo hasta desentrañar la verdad. En otras ocasiones, será una historia que le cuentan y él ejerce solo de comprensivo oyente o bien indaga sobre algún hecho del pasado y del cual apenas quedan vestigios. Alguna vez le piden de manera directa ayuda para resolver algún suceso misterioso, pero serán las menos. Lo que sí tienen en común todas sus aventuras es que resultan apasionantes, fascinantes en la creación de una atmósfera irreal y fantástica, sorprendentes en sus tramas y la mayoría de las veces verdaderamente terroríficas. Nada, que sí, que se me nota que admiro de manera profunda a Whitehead. Para mí, uno de los grandes escritores del género. Pero veamos ahora los cuentos incluidos en este libro uno por uno.

Jumbee (1926) es el que abre y da título al libro. Es un magnífico relato de aparecidos, mujeres lobo y avisos de ultratumba. El estilo elegante de Whitehead convierte una velada tranquila en un porche al anochecer en algo mágico y especial, transmite de manera poderosa el encanto de las Islas Vírgenes, de ese lugar salvaje pero agradable si se comprende. Uno quisiera, como los protagonistas, estar allí sentado narrando hechos espeluznantes e incomprensibles a la caída de la tarde, cuando la noche y la oscuridad se adueñan del mundo. Como es habitual en Whitehead, comprobamos ya desde el principio la aceptación y comprensión de las costumbres y maneras de los nativos desde su condición de igual y nunca con la prepotencia del hombre blanco típica de la época. Y como relato de terror es poderoso, con en verdad estremecedoras apariciones espectrales.

Pero esto de jumbee, ¿qué demonios es? Pues justo casi eso. En El negro Tancredo (1929) se nos explica muy bien: “Un jumbee es, por supuesto, un fantasma de las Pequeñas Antillas. En las islas francesas la palabra es “zombi”. Los jumbees tienen varias características, que no me detendré ahora a enumerar, pero una de ellas es que un jumbee siempre es negro. Aparentemente, los blancos no “caminan” después de muertos. ¡Aunque yo personalmente he conocido a tres caballeros blancos, plantadores, de los que se decía que eran hombres lobo! ¡Entre la población negra de las Pequeñas Antillas echa raíz toda creencia, toda práctica imaginable de lo oculto, (…)! (…) Jumbee es una palabra genérica. Prácticamente, hace referencia a cualquier tipo de fantasma, aparición o espanto.” (pp. 59-60) El negro Tancredo buscará venganza aunque esté muerto y desmembrado. Este relato bien podría considerarse la versión antillana del excelente La mano (1883) de Guy de Maupassant.

Conviene destacar, otra vez, que como hombre religioso de verdad, el diácono Whitehead respeta y conoce a fondo las creencias y costumbres de los negros de las islas. Veremos cómo en su prosa los caballeros no tienen color, y un caballero solo puede ser tal si respeta esto.

Jumbee es uno de los cinco relatos aquí incluidos que no está protagonizado por Canevin. Aclaro desde el principio que aunque no los protagonice, todos salvo uno bien podrían estar narrados por él. Alguno de ellos incluso lo protagonizan personajes o familiares de personajes de otros relatos en los que sí aparece Canevin. Whitehead crea así un entramado fabuloso en el cual según leemos nos vamos adentrando en él, y la sensación de que cada vez sabemos más de las islas se multiplica no solo por conocer sus misterios, sino todas las personas que las habitan y los secretos y aventuras de sus ancestros. Así ocurre con el magnífico relato Dulce hierba (1931), una historia de venganza vudú que no puede ser más sencilla y a la vez estar desarrollada con una fuerza más arrebatadora. El embrujo sexual de la noche en una isla del Caribe, con todo lo típico que esto suene, en manos de Whitehead adquiere un hálito casi fantasmal. Las mujeres son las protagonistas absolutas de esta historia, plenas de poder, de capacidad de decisión, de inteligencia, ante el papel pasivo y algo despistado de los hombres.

Cassius (1931) es una historia tremebunda que la clase de Whitehead lleva adelante con mano maestra. Los toques más gore y desagradables nunca buscan provocar al lector: son necesarios en el desarrollo de la trama, son propios del lugar donde viven los personajes. Esto consigue que sean más fuertes de lo que quizá serían si hubiera habido una intencionalidad de epatar: veríamos el armazón y esto siempre tranquiliza. Whitehead nunca pretende esto, nunca recurre al truco fácil: si nos describe al detalle una rata destrozada, es porque es fundamental cómo ha sido destripada para sembrar inquietud en el relato y darnos pistas acerca de su posible resolución. El horror se une a lo chocante y a lo increíble, pero las maneras de contar del autor lo convierten en posible y eso hace que el espanto aflore con una naturalidad que definiríamos como… ¡sobrenatural!

Las sombras (1927) nos presenta una sensacional progresión de una aparición espectral. También magistral es cómo nos es presentado el ambiente de la isla, con todos los habitantes creyendo en lo imposible pero sin atreverse a hablar abiertamente de ello. Whitehead, hombre de elevada cultura y gran erudición, pero además un conocedor y verdadero degustador del género de terror, nombra aquí a Algernon Blackwood y a William Hope Hodgson (más adelante, en otro relato, el elegido será Arthur Machen). Con total admiración, sin ser consciente de que eran sus iguales.

Uno de los relatos más oscuros y gore del libro es La bestia negra (1931). Entramos de lleno en uno de los ritos más delirantes del vudú, del obeah, del culto a la Serpiente, y Whitehead no se detiene ante nada. Sin jamás buscar el impacto o la sorpresa, consigue ambas cosas midiendo de manera prodigiosa la progresión de su historia, sin dejar de lado la trama que nos está desvelando para derivar en trucos fáciles, valiéndose de la narración en primera persona para mostrarnos sin filtros y sin juzgar el brutal comportamiento de los blancos de la isla, el cual ni se cuestiona, y cómo estos son incapaces de comprender el entorno en el que viven. Si no se conoce al otro, resultará imposible comprenderlo. Menos mal que ahí está Canevin, un héroe que utiliza como armas la comprensión, la inteligencia y el observar lo que le rodea con ojos curiosos y llenos de humanidad.

Bueno, estoy llegando a la mitad del libro y al mismísimo acabose mundial, porque qué me diríais de un relato que mezcla… ¡piratas y vudú! Pues este es: Siete vueltas en la soga del ahorcado (1932). Una mezcla que Whitehead sabe agitar con mano maestra ofreciéndonos un cuento en el que encontraremos a los más salvajes piratas y la historia de venganza vudú más apasionada que podáis imaginar. El amor y el odio incendian las páginas de este relato deslumbrante y magnífico, brutal y hermoso a partes iguales. Y Canevin desenterrando el pasado, observando, comprendiendo. Esta es otra muestra de la grandeza de Whitehead: que convierte al lector en el mismo Canevin y, como a él, lo que vamos descubriendo nos sobrecoge el corazón.

El hombre árbol (1931) es otra perla magnífica. Aquí Whitehead muestra de nuevo su profundo conocimiento y respeto de la cultura y tradiciones de la población negra de las islas, lo cual contrasta brutalmente con la actitud de aquellos que en el relato están representados por Hans Grumbach, un blanco mestizo que quizá debió mostrar respeto donde solo dejó fluir miedo y rechazo al otro. Como ya he afirmado con anterioridad, la capacidad de Whitehead para hacernos ver a través de los ojos de Canevin, que siempre intentan comprender a todos los que le rodean sin resultar infalible ni un santurrón, es un prodigio y un placer.

Muerte de un dios (1931) es una rareza narrada por el doctor Pelletier a Gerald Canevin. ¡Cómo no va a dar crédito Pelletier a las supuestas supersticiones de las islas con las cosas que llega a ver en el ejercicio de su profesión! Como curiosidad, comentan entre sí el libro de William Seabrook La isla mágica (1929), el clásico del vudú que supuso un éxito gigantesco para su autor. Hasta el mismo Canevin reconoce, hablando por Whitehead, que se trata de un libro documentado en el cual se cuentan cosas a las que ni él mismo ha podido tener acceso. Si Whitehead afirma que es un libro de fiar, yo lo creo.

Como ya he dicho antes, lo que define a Canevin es su incansable deseo de saber, su curiosidad incombustible, su necesidad de conocer la verdad. Ningún prejuicio lo detendrá o entorpecerá su camino. Podríamos considerarlo un auténtico detective de lo oculto y lo extraño, pero impulsado por estas razones nacidas de su carácter y no por tratarse de su profesión o afición. En sus investigaciones lo fundamental es esclarecer los hechos, no buscar culpables para entregarlos a la justicia. Por todo esto el caso de La señora Lorriquer (1932) le interesa y le fascina. Y es que el caso de la señora Lorriquer es bien raro: mujer de exquisita educación, se transforma en una arpía desalmada cuando juega a las cartas e insulta susurrando en francés si bien desconoce esa lengua. Más que buscar un efecto aterrador, Whitehead narra lo espectral con un tono documental, nos informa de los hechos. Lo increíble es lo natural y lo fantástico es lo normal en su mundo.

De los cuatro últimos relatos del libro, tres de ellos no están ya protagonizados por Canevin, aunque como adelanté dos de los mismos bien podrían estar narrados por él. Los tambores de la colina (1931) está basado en un hecho real. Tratándose de Whitehead, no vamos a asistir a una de esas historias lacrimógenas y pacatas que bajo este lema nos endosa la televisión, sino ante una historia estremecedora y terrible. En las Islas Vírgenes, lo acabo de decir, lo fantástico es lo real. En La chimenea (1925), el más antiguo de los relatos aquí recogidos, la acción se desarrolla en el sur de los Estados Unidos, en un viejo hotel en Mississippi. Una historia de espectro vengador bien narrado y efectivo en la tradición de los cuentos de fantasmas victorianos, aunque con connotaciones de horror moderno en sus detalles más sanguinolentos y macabros. El único cuento en el cual Canevin no podría aparecer de ninguna de las maneras.

Dejo para el final otras dos obras maestras incluidas aquí. Son muchas ya, pero constato un hecho. ¡No puedo hacer otra cosa! La proyección de Armand Dubois (1926) es un relato escalofriante. Canevin transcribe la terrorífica historia de Madame Minerva du Chaillu: una noche de acoso fantasmal, de acoso jumbee. Narrado con la misma sencillez que se presupone lo hizo la anciana dama a Canevin, el alcance espectral de este relato resulta demoledor. Y Los labios (1929), la historia macabra del barco esclavista Saul Taverner y la maldición que cae sobre su terrible capitán. Un relato cortante, duro, estremecedor, en el cual las cotas de horror alcanzadas resultan impactantes. Una pequeña joya de horror infernal, grotesque (que se dice), espeso como sangre manando de una herida infectada. ¿La Nueva Carne? ¿Cronenberg? ¿Clive Barker? Pastitas para el té en las manos del genial Henry S. Whitehead.

WHITEHEAD, Henry S. Jumbee y otros relatos de terror y vudú. Traducción de Óscar Palmer Yáñez. Madrid: Valdemar, 2001. 317 p. Gótica; 41. ISBN 84-7702-369-7.  

martes, julio 26, 2011

Legados macabros: una recopilación de cuentos publicados en la mítica revista Weird Tales realizada por Mike Ashley

Me hice con este libro porque me interesaba leer algunos de los relatos incluidos en él. Pero claro, ya puestos, pues uno se lo lee entero, ¿no? Sería como hacer un feo a los demás. Un par de ellos suponían una relectura, pero nada mejor que releer un buen cuento.

La distorsión que vino del espacio (1934), de Francis Flagg (George Henry Weiss), era uno de los que me interesaba. Quería leerlo para tener más material que comentar en el programa dedicado a él en mis colaboraciones en la radio (AQUÍ). Y desde luego fue toda una magnífica sorpresa. En parte, se trata de un relato que sigue el camino que otros perfeccionarían o que ya a esas alturas habían desarrollado de manera magistral. Podría incluirse en el segundo grupo sin temor, pues aquí Flagg muestra auténtico genio en una historia tan breve como impactante, un perfecto ejemplo de “horror cósmico”, el terror provocado por una visión de la inmensidad del espacio y las estrellas lejanas, de los seres que lo habitan y su, para nosotros, incomprensible mundo. En fin, un hijo inteligente de H. P. Lovecraft.

Un meteorito cae en una desolada región de los Estados Unidos. Un fragmento destroza el tejado de un rancho y va a parar a una habitación. Allí, el tiempo y el espacio se distorsionan dando una imagen de la inmensidad del universo, una grandeza sobrecogedora y brutal a nuestros humanos ojos. Ante el terror de ver, de tener ante sí la vastedad del vacío estelar, se sobrepone la comprensión por el ser solitario y perdido que lo ha provocado: el meteorito transportaba un ser de otro mundo, y lo que asemeja un ataque no es sino un sistema de defensa. La ironía está servida, pues el intento de comunicación de este ser con los humanos resultará una tarea fútil: Stanislaw Lem, años después, nos haría sentir esto con la misma fuerza. Francis Flagg nos ofrece así una visión pesimista de la existencia humana: nuestra incapacidad para comprender lo que es distinto a nosotros supone una barrera infranqueable.

Relato nacido también de la teoría de la relatividad de Einstein cuyo descubrimiento había asombrado al mundo, esto no es sino una inteligente excusa para mostrarnos lo más lejano por medio de algo que bien podría ser un agujero de gusano primitivo. Impresionante el paseo “espacial” del protagonista en un lugar en el que nuestras leyes físicas han desaparecido, pues sucede dentro de un cuarto de una perdida casa en el campo. Es difícil transmitir una idea tan acertada de lo ajeno, de lo extraño, y Flagg acierta de lleno.

En resumen, un magnífico relato que guarda ciertas concomitancias con El color que cayó del espacio (1927) del mentado Lovecraft, pero no por esto hay que considerarlo menor.

Los tres centavos marcados (1934) de Mary Elizabeth Counselman era el otro relato que más me interesaba a priori de esta antología, pues también a ella le quería dedicar un programa en la radio (AQUÍ) y, siendo este cuento el más conocido de los suyos, pues no me venía nada mal poder leerlo al fin.

Counselman nos cuenta el devenir de un extraño concurso protagonizado por tres centavos marcados respectivamente con un círculo, una cruz y un cuadrado. Uno significará la obtención de un premio de 100.000 dólares, otro un viaje alrededor del mundo y el tercero la muerte. Las monedas son repartidas de manera anónima y van circulando por la ciudad, de tal manera que quien las encuentra puede decidir si quedarse con una y arriesgarse con el premio o bien pasarla a otra persona en cualquier transacción comercial. ¿Quién se arriesgaría a quedarse con una de ellas sin saber qué significan los signos? La tentación es fuerte por los premios positivos, pero morir por quedarse con la moneda equivocada provoca un pavor más fuerte que la tentación que supone tener buena suerte. Aunque la gran ironía es que tal vez todas las monedas serán igual de nefastas para los ganadores. Y la explicación de los signos, claro, todo un ejercicio de interpretación retorcida.

Excelente relato escrito como si se narrara una crónica de sucesos, lo cual acrecienta y hace más terrible su oscuro significado al no incidir dramáticamente sobre el mismo.

Calaveras en las estrellas (1929) es una aventura del héroe puritano Solomon Kane de Robert E. Howard. Ojo, que lo de puritano es de Howard, no mío, jajaja. Ambientación terrorífica, espíritu aventurero y pulp para un relato en el cual Kane se enfrenta a un fantasma infernal capaz de asesinar pese a su inconsistencia física. El páramo, el pantano, la ciénaga y la luna bañando todo con su irreal luz el enfrentamiento con la extraña criatura componen el escenario perfecto para esta historia de horror. Pero lo más interesante a mi parecer es cómo el héroe, que representa el bien, al tener que recurrir a la violencia y a la muerte para extirpar el mal no siente la bendición y la tranquilidad de haber hecho algo bueno. Por el contrario, la triste verdad es que al mal solo es posible derrotarlo con sus propias armas, una visión oscura de la existencia y de cómo Howard no justifica los actos de su héroe. También es verdad que tampoco es que los condene, pero es todo un acierto plantear la cuestión en un relato cuyo espíritu es, en esencia, contarnos una aventura macabra. Howard trabaja así con Kane, su héroe taciturno y silencioso, entregado a su tarea tal que una misión religiosa en la cual no hay compensación ni alegría. Un héroe oscuro y fatalista más acorde con nuestros días que con los de la era dorada del pulp. De ahí su modernidad.

En El que tenía alas (1938) Edmond Hamilton nos cuenta la historia de David Rand, una extrañeza, un mutante, un niño que ha nacido con dos anormales gibas en su espalda. Protuberancias que darán paso a unas alas que lo convertirán en el primer humano con la capacidad de volar. Pese a que la razón por la que la mutación ha tenido lugar no deja de ser un lugar común del más trillado relato pulp, Hamilton, como su héroe, pronto alza el vuelo y consigue dar vida y fuerza a una historia sobre lo que es ser diferente, la renuncia a esa diferencia para ser un hombre normal y la llamada continua de su yo interior que se rebela a su nueva condición de normalidad.

Hamilton logra momentos en verdad hermosos cuando nos transmite la alegría exultante y la libertad sin parangón de ese hombre capaz de batirse en vuelo con los halcones más veloces, de oler y escuchar el viento, de sentir con una fuerza irresistible la llamada del sur. Vendrán el amor y su lucha por convertirse en un hombre como los demás, pero ahogar la diferencia con una máscara solo puede dar una felicidad pasajera.

Gran relato de Hamilton que aúna de manera brillante momentos de una belleza contenida y sencilla con una tristeza tan inevitable como, en el fondo, enaltecedora. Imposible leerlo sin recordar en algunos momentos al gran film de Tod Browning Garras humanas (1927), aunque la tristeza de Hamilton no nace del desgarro y del dolor, sino de la aceptación de lo que uno es siendo distinto a todo lo que los demás son.

La suprema abominación es un relato del ciclo de Hiperbórea que Clark Ashton Smith dejó incompleto y que terminó el “especialista” en recosidos Lin Carter en el año 1973. Como es habitual en Ashton Smith, y Carter no le desmerece aquí, estamos ante un relato con gran capacidad de sugerencia y una inusual intensidad. Esta historia sobre invocaciones de olvidados dioses de criaturas-serpiente condensa horror, fascinación y una enorme capacidad de llevarnos en pocas páginas al corazón de lo desconocido. Un relato sin sorpresas pero perfecto en su atmósfera.

Retransmisión eterna (1973) de Eric Frank Russell es un extraño relato que nos lleva de viaje por la muerte con dos criaturas bien distintas: un humano y un ser del planeta Delta. Desde la plena conciencia del ser a la unión con el todo infinitamente grande, infinitesimalmente pequeño. Todo en la creación tiene un mismo origen y un mismo final. Parece cosa como de científicos, pero no. La deriva es teológica.

El que esquivaba las balas (1943) de Ray Bradbury resulta efectivo y curioso, pero adolece de ese tono blandito y algo beato del Bradbury que menos me gusta, al que se le nota que quiere trascender y resultar poético. ¡Si no lo necesita! Recuerdos de infancia, la inocencia de ser niño, un ser divino que protege esta inocencia… Todo muy película de la Amblin cuando no les sale bien. Bueno, claro, tenéis razón: al revés, que Bradbury llegó primero.

Robert Bloch y Henry Kuttner rinden homenaje a H. P. Lovecraft en El beso siniestro (1937), un relato de seres abominables que realizan sus siniestras llamadas desde el mar. Un joven pintor, una herencia (genética, cómo no) corrupta, sueños que se confunden con la realidad, el mar como lugar que oculta monstruosas criaturas ancestrales… Solo falta la ciudad oculta de R’lyeh. Buscando las fuentes más en los mitos clásicos (en concreto, la figura de las sirenas y sus cantos hipnóticos, aquí de marcado carácter deforme y animal) que en los mitos creados por Lovecraft, sí mantiene en lo formal (estilo y estructura del relato, personajes recurrentes, situaciones semejantes) y lo argumental las maneras del maestro. Si bien sin alcanzar en ningún momento las cotas de horror de aquel en quien se inspiran. Se cita a Arthur Machen en esa búsqueda de una mítica más centrada u original de las leyendas, pero en espíritu es a Lovecraft a quien se invoca.

Como curiosidad, bien podrían haberse currado un poco más el nombre de esa española procedente de Granada, la ancestro del protagonista: Morella Godolfo. Ni Poe ni Granada.

El superviviente (1954) de Howard Phillips Lovecraft y August Derleth es uno de mis favoritos de los recuperados y reescritos por Derleth del maestro de Providence. Las ciudades, los libros malditos mencionados, la longevidad insana, extraños y antiguos cultos dedicados a dioses infames… Y los Profundos, los hombres peces, los hombres saurios, los reptiles al servicio de estos dioses antiguos (¿os suenan Cthulhu y Dagon?). En fin, puro Lovecraft. Pero lo que engrandece el relato es que Derleth ha sabido mantener el tono intenso, la atmósfera malsana y maldita, el aire de perdición y el sentimiento de hollar aquello que no debe ni ser mirado con una fuerza magistral. Nada nuevo más allá de Lovecraft, pero es mucho teniendo en cuenta el año de publicación. Como ejemplo, esa casa embrujada donde se desarrolla la acción, heredera directa de las casas encantadas más clásicas del género de terror, pero aquí a la vez tan distinta. El maestro y el heredero en ebullición creativa.

Salvo la portada del libro, el resto de ilustraciones son de la maravillosa Margaret Brundage. Hay una estupenda selección de sus dibujos en el gran blog Jungle Frolics.

ASHLEY, Mike (sel.). Legados macabros. Traducción de Héctor Raúl Pessina. Buenos Aires: Lidiun, 1981. 175 p.

viernes, marzo 04, 2011

La décima víctima en la radio # 39: Mary Elizabeth Counselman



DESCARGAR (pulsar botón derecho y seleccionar guardar destino como) Duración: 15' 56''

Capítulo 39 de la fantasmal sección que La décima víctima os ofrece en Canal Extremadura Radio, en su programa Los dos de la tarde, los martes de cada semana y así hasta el fin de los días. De los días en que cuenten conmigo, quiero decir.


La olvidada MARY ELIZABETH COUNSELMAN fue la protagonista en esta ocasión. Solo por haber sido la autora del relato que más éxito obtuvo en la revista Weird Tales merece nuestra atención: Los tres centavos marcados es un cuento modélico por su sencillez, concisión, frialdad y profundo alcance irónico y metafórico.


Emitido el 1 de marzo de 2011, esta entrega deja constancia de que hay días en los que mi cabeza funciona no como debe, sino como puede. 

miércoles, octubre 21, 2009

Los hombres topo quieren tus ojos y otros relatos sangrientos de la Era Dorada del Pulp (1933-1940)

Divertida y descaradamente locuela recopilación de relatos orquestada por Jesús Palacios, que se abre con una obertura explicativa tan fascinante como esclarecedora sobre las publicaciones pulp norteamericanas de las décadas 30 y 40 del siglo XX dedicadas al terror. Orígenes, desarrollo, edad dorada y muerte. Y su influencia posterior, desde luego.

Relatos de horror gráfico y directo, físico, con sus gotas de erotismo, en ocasiones algo naif visto a ojos de hoy, pero en otras verdaderamente guarrete. Y pese a entroncarse en temas fantásticos, siempre o casi siempre con su explicación racional final, no vaya a ser que el lector se altere demasiado. De ahí que Jesús Palacios encuentre un nexo fuerte con la literatura gótica más clásica y tradicional, el grueso de la misma básicamente con las mismas propuestas e idénticos niveles de calidad literaria. Y con igual reacción tanto de placer morboso por parte del público como de rechazo por parte de la crítica. Y sí, el relato gótico dio a la historia obras asombrosas de autores que amamos (Ann Radcliffe, Charles Robert Maturin, Horace Walpole, Matthew G. Lewis). Pero es que lo mismo sucede con la literatura pulp (H. P. Lovecraft, William Hope Hodgson, Seabury Quinn, Henry S. Whitehead). Y en ambos casos bien sabéis que cuesta trabajo limitar la lista a cuatro nombres…

Estos relatos se denominaron Shudder Pulps (pulps escalofriantes), y al género en sí Weird Menace (amenaza extraña), como nos explica Palacios. Revistas como Dime Mystery Magazine, Terror Tales, Horror Stories, Sinister Stories, Thrilling Mystery o la propia Weird Tales en ocasiones son algunas de las muchas que invadieron el mercado con estas historias entre macabras y excitantes. O excitantes por macabras, vete a saber. Pero lo mejor para conocer con detalle esta isla ignota perdida en el mapamundi de las letras es leerse de un tirón este estupendo prólogo de Palacios que nos aclara, explica y enseña todo acerca de este extraño momento de la historia de la literatura, el aperitivo perfecto para lanzarse a leer los trece relatos antologados teniendo bien clarito donde se mete uno. En fin, un prólogo que es una clase maestra y que cumple lo que yo creo que todo buen prólogo debe cumplir: iluminarnos y ayudarnos a comprender lo que vamos a leer. Y abriendo la puerta para que conozcamos a ilustradores tan maravillosos como John Newton Howitt y Norman Saunders.

Como complemento, recomiendo con fervor la lectura de Páginas negras. Film noir y literatura: el punto de vista pulp, también de Jesús Palacios, un ensayo incluido en el libro Gun Crazy: serie negra se escribe con B y al que el propio autor se refiere en el prólogo del libro que estamos comentando. En éste otro, Palacios hace lo propio con los pulps dedicados al género policíaco rompiendo un buen puñado de tópicos al respecto. Y con otro magnífico montón de ilustradores por descubrir, al menos para quien esto escribe (Rafael de Soto, George Rozen o John Drew, como ejemplo y sólo por citar algunos).

El volumen se abre con el relato perfecto para ilustrar el género. Y perfecto para contar a mis seis sobrinos, como así hice en una de las sesiones nocturnas que les dedico a contarles cuentos de miedo. Se corta un poquito por aquí y se delira un tanto por allá, y voilá: noche de terror asegurada para ellos. Y es que Los hombres topo quieren tus ojos, de Frederick C. Davis, es lo que ofrece: horror a espuertas sin demasiadas complicaciones. Algo parecido sucede con otros de esta antología: El barco del demonio dorado, de Lazar Levi, de los más tontuelos y prescindibles del volumen; Terror en el rancho de vacaciones, de Richard Tooker, en el cual una secta satánica y sus diabólicos ritos son el eje central, con un resultado tan malo como disfrutable; Locura rubia, de Arthur Humbolt; La cosa que cenaba muerte, de John M. Knox, un poquito más gore; Sangre para el vampiro muerto, de Robert Leslie Bellem; Tigresa, de David H. Keller, que leí hace muy poco en la antología Weird Tales (1933-1942) y que aguanta bien la relectura; y Cuando la bestia negra se sació, de Hal K. Wells. Todos ellos con títulos maravillosos que sugieren siempre bastante más de lo que terminan por ofrecer.

Pero hay otros relatos que, en mi opinión, sí sacian de verdad nuestra hambre de horror.

Así, El señor de los muertos, de Robert E. Howard, con la dosis habitual de testosterona a la que Howard nos tiene acostumbrados. Mamporros a mansalva en un relato que no es lo mejor de su autor, pero que pese a esto, pues ya sabéis: cuando los protagonistas se lían a golpes, los puñetazos parecen salir del libro para estamparse en la jeta del lector.

Tumbas para los vivos, de William Irish, seudónimo del magistral Cornell Woolrich, es un relato que ya había leído y es el primero de los tres que de verdad me han gustado de esta antología. En la línea angustiosa y desesperada de sus mejores cuentos, oscurecido aún más por la poetiana situación que plantea. Otra secta lo protagoniza, pero ésta parece más bien formada por ejecutivos de un banco que por adoradores del Mal. Y dan más miedo.

La profecía, de Hugh B. Cave, es el favorito de Jesús Palacios de los incluidos en esta antología. Y el mío también. Cave nos sumerge con mano firme hasta ahogarnos en una extraña ceremonia sobrenatural en la cual la sensación de realismo, de verosimilitud, es brutal. Fatalista y oscuro, no cumple con todos los tópicos del género. Y es la prueba mágica de que hasta en el subgénero más desprestigiado pueden surgir relatos magníficos. La joya del volumen, no se puede dudar.

Momias a la carta, de E. Hoffmann Price, supera la media aunque sin brillar en exceso. Amiguete de Lovecraft y Howard, fue la versión extrovertida y aventurera de estos misántropos solitarios. Ni momias ni nada parecido, claro, pero entretenido.

Y para el final Palacios ha dejado el relato que da en su totalidad lo que desde un principio se nos ha prometido pero nunca llega a cumplirse del todo: horror a lo bestia. Y es que Novias frescas para la hija del diablo, de Bruno Fisher, seudónimo de Russell Gray, es el más morboso, gore, salvaje y desaforado cuento de la antología. Y el tercero de los tres que de verdad me han gustado por encima de los demás. Hay momentos en que en él todo es tan exagerado que hay que hacer algún esfuerzo por reprimir la sonrisa y olvidarse de la lógica realista. Esto es pura carnaza para degustadores de lo macabro. Y da, como he dicho, lo que promete. En toda la boca. Vamos, que no entiendo cómo James Herbert no ha dado su versión contemporánea del tema central de este relato: la caza humana. Bueno, igual lo ha hecho y lo desconozco, porque en su línea está. En fin, el relato más bruto del lote goza de nuestra total simpatía, y supone el toque maestro para terminar el libro con una sonrisa de satisfacción en los labios. Esa sonrisa que por nada del mundo querríamos que nos descubriera nuestra madre.

LOS HOMBRES topo quieren tus ojos y otros relatos sangrientos de la Era Dorada del Pulp. Edición de Jesús Palacios; traducción de Marta Lila Murillo. Madrid: Valdemar, 2009. 558 p. Gótica; 74. ISBN 978-84-7702-649-5.

miércoles, agosto 05, 2009

Weird Tales (1933-1942)



Segundo volumen dedicado a la mítica revista pulp norteamericana Weird Tales publicado por La Biblioteca del Laberinto, esta vez recogiendo relatos pertenecientes a su segunda década de vida. En la entrada anterior (AQUÍ) no dije nada de sus magníficos ilustradores. Me fascinan, pero como no soy un experto mencionaré solo a los dos que más me gustan: Margaret Brundage y Virgil Finlay. La primera, que es de la que he tomado las portadas para ilustrar este comentario, salvo las propias de los libros antologados por Francisco Arellano, permitidme que sea un simplón: ¡me encanta! Esas ilustraciones de erotismo tan naíf, tan inocentemente macabras, que transmiten una perversión como de juguete, tan encantadoras, me cautivan. Confieso también, por si alguien que medio siga este blog lo ignoraba, que soy un fanático de las películas de los años treinta: veo todo lo que cae en mis manos de esta década maravillosa del cine, en especial su primer lustro, tan gamberro y avanzado a su tiempo. Películas que incluso a ojos de hoy resultan poderosas. No se trata de gusto retro ni demás: son los días del pre-code, la época más salvaje que el séptimo arte viera jamás. Virgil Finlay es más terrorífico, la verdad. De él es la portada que se reproduce en la de este segundo tomo antológico de Weird Tales. Su representación gráfica del mundo lovecraftiano es modélica, un ejemplo de cómo dar vida y lograr hacer más grande cualquier relato. Ilustraciones que ennoblecen lo que tocan.

Y tras este derrame infecto de babas, paso a comentar los cuentos de esta antología, la cual confieso que me ha gustado aún más que la anterior. Y, por descontado, alabar la excelente y entregada labor de los editores de La Biblioteca del Laberinto, Amparo Nieto y Francisco Arellano, que a pequeños pero importantes pasos nos van regalando ediciones de autores que no creo que les hagan millonarios. Estos libros se editan por amor al género. Y, por si acaso alguien piensa mal, ni los conozco, ni son mis amigos, ni me regalan libros. Solo admiro su trabajo.

Weird Tales, noviembre 1933. Portada de Margaret Brundage.


La antología se abre con un estupendo relato de humor negro: El juez supremo (The Superior Judge, 1933), de J. Paul Suter. Su fuerza estriba en ser una crítica feroz y muy divertida de un personaje ridículo pero que goza de mucho poder y lo ejerce sobre los demás con ira y maldad. Como todos los que tienen poder, vale decir. Pero hasta el sapo más tranquilo sobre su piedra en la pestilente charca de su vida debe rendir cuentas. Gran y cuidada progresión en el desarrollo del relato y brillante construcción de personajes. Un autor del cual sería magnífico tener la oportunidad de leer más cosas.

El siguiente es un relato de espada y brujería, La diosa de zafiro (The Sapphire Siren, 1934), de un autor cuyo solo nombre ya evoca estos mundos fantasticotes: Nictzin Dyalhis. No, tranquilos, que no os estoy insultando en cimmeriano: es que el tipo se llamaba así de verdad, o eso parece. Un relato de imaginación desbordada, tan exagerado y delirante como ingenuo. Resulta algo precipitado, y es una lástima que Dyalhis no repose ni dé tiempo a algunos momentos de verdad brillantes de su historia. Todo se desarrolla por acumulación, y esta velocidad, este atropellarse, hacen que la fantasía exultante de la que hace gala el autor no destelle como debiera, si bien tampoco la apaga del todo. Como curiosidad, indicar que el relato se inicia en la época actual (actual para el autor, se entiende), y el protagonista, un tipo hastiado de la vida gris y vulgar que debe llevar en nuestro mundo, se ve arrastrado (es un decir: lo está deseando el cabroncete) a otro de fantasía a través de una puerta que se abre en su habitación y un pasillo de lo más normalote que es lo que le separa de un mundo en el que es, nada más y nada menos, rey. Un punto de partida que, con diversas variaciones, era habitual en los relatos pulp más entroncados en la fantasía, como bien sabrán los lectores de Robert E. Howard y Edgar Rice Burroughs.

Weird Tales, julio 1935. Portada de Margaret Brundage.


Tres relatos (dos aquí, uno en la anterior) del mismo escritor en un par de volúmenes de antologías de Weird Tales es excesivo, cuando supuestamente hay tanto material inédito en español donde elegir. Tampoco es que nos parezca mal: hay las suficientes diferencias entre los tres cuentos para poder hacernos una idea de la amplitud temática e imaginativa de Edmond Hamilton, pues no es otro el afortunado, pero esto hubiera sido mejor comprobarlo en una antología dedicada por completo a él. En El vengador de la Atlántida (The Avenger from Atlantis, 1935) el motor que hace avanzar la trama no puede ser más convencional, pero resulta evidente que el desarrollo de la misma no cabe imaginarlo más delirante. Los protagonistas cambian de cuerpo como si de camisetas se tratara y avanzan por el tiempo como otros por el camino de su trabajo a casa. ¡Ríete de Tim Powers! Una aventura fantástica de desarrollo torpe pero de imaginación e inventiva brillantes. En fin, Hamilton en ebullición. En Las semillas del espacio (The Seeds from Outside, 1937) es imposible (bueno, vale, difícil, no imposible) pedir más en cuatro páginas: la caída de un meteorito, extraterrestres en un jardín, una historia de amor entre un humano y una mujer-planta, un crimen pasional... Invasión a escala minúscula en un cuento no tan pequeño como parece.

Quizá sea August Derleth el escritor del círculo de Lovecraft menos estimado por los lovecraftianos. Uno se pregunta por qué, pues gracias a él se debe en gran medida que el Maestro y su legado no cayeran en el olvido. Sin llegar a ser un gran autor, sí que en algunos de sus relatos muestra genio, y en todos oficio. Como en el que aquí nos ocupa, El regreso de Sarah Purcell (The Return of Sarah Purcell, 1936), un relato de fantasmas de lo más tradicional, tan poco original como, sin embargo, absorbente. Y es que esto es en realidad Derleth: nunca rompe, pero tampoco resulta aburrido u ofrece un mal cuento.

Weird Tales, octubre 1937. Portada de Margaret Brundage.


Sin duda uno de los cuentos más gamberros y más abiertamente pulp de la antología (aunque mentiría si afirmara que se encuentra solo en este podio) es La tigresa (Tiger Cat, 1937), de David H. Keller. Está plagado de sadismo, misoginia, horror y, en fin, diversión. Me temo que esto último no por pretensión del autor, pero es que es un relato tan inocente, tan naíf (sí, este también), que su supuesta anécdota morbosa, su perversión de telenovela y su ambiente macabro son de lo más simpático, y hasta entrañable si me apuran. Además, qué quieren que les diga, a mí esta malvadísima mujer fatal con ojos de tigresa me inspira un poquito de ternura. Sí, estoy con ella: que les den a esos caballeretes entrometidos, majaderos y salidos. Tienen lo que se merecen, por descontado que sí.

Lo más curioso de La casa del éxtasis (The House of Ecstasy, 1938), de Ralph Milne Farley (nombre real: Roger Sherman Hoar), es que el protagonista es... ¡el lector! El tiempo ha hecho que el evidente acento picantón y guarrindongui (muy propio de los pulps de la época) de este simpático relato quede muy anticuado, muy inocentón. Pero también puede que este sea su valor: su encanto camp.

Esclavo de las llamas (Slave of the Flames, 1938) es un excelente relato del primer Robert Bloch, cuando la televisión no había hecho estragos en su estilo literario. Esta historia de pirómanos que perviven a lo largo del tiempo o se reencarnan en otros, porque de todo hay, es una de las mejores y más conseguidas de la presente antología. Las descripciones del fuego y la destrucción que este provoca y su equiparación con un monstruo de múltiples bocas y brazos que todo lo devoran resultan tan terribles como hermosas, pues así lo ve Abe, el protagonista, el pirómano desquiciado tras cuyos ojos Bloch nos obliga a mirar y admirar. Y ese es el verdadero horror. Todo un logro, un magnífico cuento. Y coprotagonizado, puro guest starring, por Nerón. Toma ya.

Weird Tales, julio 1936. Portada de Margaret Brundage.

Es una verdadera lástima que haya tan pocos relatos traducidos al español de Mary Elizabeth Counselman. No se trata de una escritora revolucionaria y original, pero sí elegante y efectiva. Una de esas autoras que dan grandeza al género desde su posición modesta. Mami (Mommy, 1939), el cuento aquí incluido, narra una sencilla historia de fantasmas de forma hermosa y eficaz.

La antología se cierra con un relato de Henry Kuttner, Hydra (1939), otro escritor del que se pueden encontrar contados cuentos suyos traducidos a nuestro idioma. Un pena que sean tan pocos (una inmensa suerte que haya algunos), pues indefectiblemente son excelentes. Y este que aquí nos atrapa afirmo con total sentido y conciencia de lo que escribo que es genial. Una absoluta pieza maestra del horror. Enclavado en lo que podríamos llamar “serie” o “saga” de los Mitos de Cthulhu, en mi opinión, desde el mismo momento en que terminé de leerlo, lo considero una de sus cimas literarias. Y lo tiene todo: portales al más allá, presencias horribles que buscan alimentarse de nosotros, experiencias lisérgicas, escenas sanguinolentas, viajes astrales fruto de la más horrísona de las pesadillas... En fin, nada nuevo, es verdad, para todo buen lovecraftiano, ni tan siquiera su estilo: redactado a modo de informe, frío, clínico, valiéndose de cartas, noticias de periódicos, fragmentos de cartas... Si hasta tenemos la típica muerte mientras el protagonista escribe sus últimas palabras en un diario y ve acercarse a él el más horrendo demonio de los espacios encarnado (Dagón como prueba máster). Pero Kuttner logra en serio evocar el más terrorífico horror cósmico con sus palabras. Sus visiones parecen extraídas de otra realidad habitada por demonios reales, que a fin de cuentas de eso va el cuento, pero no como si se lo imaginara, sino como si describiera algo que ha visto con sus propios ojos, tan terrible que uno duda pueda ser fruto de una mente humana. Y las muertes son tan terroríficas, crueles y horribles como se nos adelanta al principio del relato. Un broche magistral.

Weird Tales, octubre 1933. Portada de Margaret Brundage.


WEIRD Tales (1933-1942). Selección, introducción, traducción y notas de Francisco Arellano. Madrid: La Biblioteca del Laberinto, 2008. 160 p. Delirio, ciencia-ficción; 17. ISBN 978-84-92492-03-9.