Los vampiros están de moda, ¿no os parece? Vampiros buenos que
buscan la redención y se comportan mejor que los humanos, vampiros de corazón
de oro que antes que morder a un humano están dispuestos a morir, vampiros tipo
modelo de pasarela que sufren mucho y gracias a ello acaban encamados con la
guapa de turno y demás paparruchas. Sí, a mí también me encanta la serie Ángel (Angel,
1999-2004, ¡con esa inolvidable, brutal y deprimente tercera temporada!), pero
reconozcamos que su legado comienza a resultar cargante. Y justo ahora se
publica en España esta novela, otra novela de vampiros, Déjame entrar (Låt den rätte
komma in, 2004) de un desconocido autor sueco, a rebufo de la buena acogida
que está teniendo su adaptación cinematográfica. Adaptación que ha guionizado
el propio autor y que, confieso, es de lo que más me ha gustado en lo referente
a películas recientes.
Los amantes del género fantástico, y dentro de este, del
subgénero del terror (y quien entienda subgénero como algo peyorativo que deje
de leer, por favor) nos quejamos, aparte de porque nos encanta lloriquear, de
que en estos momentos no hay autores que suplan a los grandes clásicos que
devotamente admiramos. En realidad, siempre he pensado que el problema no está
en que no haya obras o autores interesantes, sino en que no los publican en
nuestro idioma, y si no se conocen varios idiomas el acceso a ellos resulta
imposible. Y qué mejor ejemplo que esta en verdad admirable novela, una diáfana
muestra de que mientras no se agote la imaginación, nuestro género estará vivo.
Como un vampiro, vivirá siempre que sepa nutrirse de sangre fresca. Y perdonad la
patética metáfora. El año nuevo no me hizo más inteligente.
John Ajvide Lindqvist nos muestra en su novela otra
historia de amor entre un vampiro, una niña de trece años (bueno, no hace falta
decir que muchos más, pero en lo físico ahí se quedó) llamada Eli, y un humano,
un jovencito de la misma edad llamado Oskar. Una vampira con su corazoncito,
claro está. Pero ojo: no deja de ser una repugnante alimaña. Caza de manera
salvaje, es un auténtico monstruo y su moral es "algo" distinta de la
nuestra. En fin, un vampiro de verdad. ¡Gracias, señor Ajvide!
Este primer acierto resulta de agradecer, pero no es el
único. Ajvide sitúa la acción en el año 1981, en un pequeño pueblo de nueva
construcción, sin pasado, sin historia, sin criptas ni cementerios
antiquísimos. ¡Demonios! Si hasta la iglesia es uno de esos edificios horrendos
edificados sin el menor gusto con un Cristo de diseño en su altar. El entorno
es gris, pero el ambiente en el que se desarrolla la vida del bueno de Oskar es
un infierno. ¿Alguien pensó que los abusos entre niños en los colegios es algo
de ahora? ¿Es que nadie recuerda su infancia? Quizá es que entonces no se
grababa en los móviles. Pero esa violencia sorda, ese pánico de asistir a clase
porque sabes que lo que espera allí es horrible por desgracia no es algo nuevo.
Ajvide retrata ese ambiente escolar de manera excelente,
tan aterrador como inevitable: un mal que está ahí y ante el cual uno no puede
esconderse. Encontrar una amiga tan extraña y desclasada como tú es, quién lo
duda, una tabla de salvación. Así, cuando nace la historia de amor entre los
dos niños, el autor nos ha llevado de la mano no tan solo a que la creamos,
sino a que la deseemos. Consigue que lo fantástico penetre en lo real como una
necesidad de escapar de una cotidianeidad aborrecible. Al desearlo, se ha roto
por completo cualquier prejuicio ante lo increíble.
La trama muestra giros sorprendentes, y es tan morbosa y
extraña como fascinante. El estilo es deudor en algunos momentos del mejor
Stephen King (los pensamientos de los diversos personajes integrados en la
narración, la minuciosidad en la presentación de lo real), de James Herbert (en
la forma de mostrar la violencia, aunque en esto el autor inglés resulta mucho
más salvaje) o del mismo Cormac McCarthy (en algunos diálogos secos, cortantes,
en los que todo se dice por detrás de las palabras). Pero hay algo inasible que
lo hace único. Ajvide afirma que "todo lo que cuenta el libro es cierto,
aunque ocurriera de otra manera." Creo de verdad que se trata de esto
mismo.
No todo son aciertos, que quede claro. Es una lástima, por
ejemplo, el desarrollo de uno de los personajes. Tras hacer lo difícil,
presentarnos con rasgos de humanidad a un ser detestable, este sufre un cambio
que, en fin, aquí sí que nos lo tenemos que creer porque sí, si bien no importa
demasiado porque nos trae los momentos más brutales de la novela, aunque mis
favoritos sean los menos sanguinolentos (el tipo saliendo de una madriguera, su
permanencia en el hospital). O el final, topicazo de salvamento en el último
minuto, pero llevado de tal manera que, a pesar de que el truco es demasiado
evidente, nos hace permanecer en tensión y, aún mejor, desearlo.
Incidiendo en cómo Ajvide entremezcla lo real y lo
fantástico, es admirable la transformación vampírica de uno de los personajes. Pocas
veces me he enfrentado a un libro que relate esto con tal capacidad de
convertirlo en algo posible. Tal que una enfermedad, salvo que esta tiene unos
curiosos síntomas...
He tratado en todo momento de desvelar lo menos posible de
la historia, pero no puedo dejar de destacar el que ha sido sin lugar a dudas
el mejor momento de esta novela, la imagen que ha quedado grabada en mi cerebro
y que espero no olvidar: Eli en su bañera. Y no digo más: solo que para
aquellos que afirman que todo está dicho ya en lo que al terror se refiere, que
recuerden ese momento. Y que lean esta novela.
AJVIDE LINDQVIST, John. Déjame entrar. Traducción de Gema
Pecharromán. Madrid: Espasa Calpe, 2008. 455 p. Espasa narrativa. ISBN
978-84-670-2665-8.
