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martes, mayo 19, 2015

Los mejores relatos de ciencia ficción: la era de los clásicos 1946-1955, compilación de Michael Ashley (1976)



El británico Michael Ashley continúa con su historia de las revistas de ciencia ficción en este segundo tomo (tercero en realidad, pues como vimos en la reseña del anterior, AQUÍ, la editorial Martínez Roca no publicó el primero de ellos). En el prólogo, Introducción: de la bomba atómica al boom, Ashley da un magnífico repaso a toda una época pletórica de publicaciones periódicas con el género de la ciencia ficción alcanzando uno de sus momentos más brillantes. Cuando todo, o al menos casi todo, era descubrimiento y abrir caminos futuros. En Los mejores relatos de ciencia ficción: la era de los clásicos (1946-1955) también veremos iluminado este fascinante recorrido histórico con una selección de diez relatos, uno por cada año, hasta completar esta década de prodigios y maravillas. De nuevo el nivel de los cuentos es abrumador, y aunque hay algunos que me han resultado más deslumbrantes que otros, en conjunto son una delicia tanto si suponen una relectura como si uno se enfrenta a ellos por primera vez.


Astounding Science Fiction, abril 1946.
Portada: William Timmins.
(Todas las portadas de las revistas de ciencia ficción están extraídas de la magnífica web 
The Internet Speculative Fiction Database, ISFDB, AQUÍ)

Monumento conmemorativo (Memorial, publicado en la revista Astounding Science Fiction en abril de 1946) de Theodore Sturgeon es el que abre esta selección. Producto y reflejo modélico de la época, con el fin de la Segunda Guerra Mundial y con el horror de la bomba atómica presente y real en cada hogar norteamericano, el género se llena de historias de advertencia ante el monstruo que se acaba de desencadenar. El espanto nuclear alarga sus tentáculos hacia el futuro, cebándose en las generaciones por venir, y Sturgeon construye su relato con la firmeza narrativa y la fuerza admonitoria precisas para que su mensaje sea efectivo y estremecedor.


Fantasy, agosto 1947.

En Los fuegos internos (The Fires Within, en Fantasy, agosto de 1947), Arthur C. Clarke narra el descubrimiento de una civilización que vive bajo la corteza terrestre. Tratándose de Clarke, no iba a quedarse en el habitual relato de tribus viviendo en cuevas y corriendo a lo loco por túneles subterráneos como los protagonizados por Tumithak, por ejemplo, en las simpáticas aventuras escritas por Charles R. Tanner. Son criaturas adaptadas a las condiciones internas de la Tierra, donde se mueven a través de la roca como los peces en el agua. Guarda un sorprendente giro final, un cambio de perspectiva que enriquece el conjunto con el trasfondo del descubrimiento del otro, de percibir e intentar desentrañar y comprender aquello que nos es ajeno.


Starling Stories, marzo 1948.
Portada: Earle Bergey.

No mire ahora (Don’t Look Now, en Starling Stories, marzo de 1948) de Henry Kuttner es pura conspiranoia: marcianos que no podemos ver nos controlan. Cada acto, cada decisión, cada movimiento de los humanos es vigilado de manera personalizada por ellos. Y si por casualidad o accidente descubres a uno (su tercer ojo que se abre en la frente quizá sea en exceso revelador y difícil de ocultar) serás eliminado. Un concepto muy similar al utilizado en la serie Doctor Who con las criaturas del Silencio, con su ciencia ficción cuántica llevada a su más prístina extensión: si no los ves, no existen.


Thrilling Wonder Stories, octubre 1949. 

Calidoscopio (Kaleidoscope, en Thrilling Wonder Stories, octubre de 1949) es un hermoso y fascinante relato de Ray Bradbury en el cual los tripulantes de una nave espacial que ha reventado por todas partes lanza al espacio a toda su tripulación. Con imágenes tan poderosas como la de los humanos saliendo despedidos del navío sideral asemejando la estela de un barco en el mar, las chispas de un cohete de feria o los restos de un cometa, o esa otra en verdad imborrable de uno de los hombres quedando atrapado con su traje espacial en el camino de unos asteroides errantes que harán que su cuerpo los acompañe por siempre en su viaje eterno de ida y vuelta en órbita de la Tierra a Marte. Los supervivientes se comunican entre sí por la radio de sus trajes hasta que, cada vez más lejos unos de otros por la inercia del accidente que los ha lanzado al espacio, sólo les quede el silencio. En estos momentos finales lo mejor y lo peor de la humanidad saldrá a la luz, estrellas fugaces cargadas de historias de amor y odio que destellarán en su momento final. El maravilloso y sencillo tono poético de Bradbury confiere una inconmensurable belleza a este relato sobre qué es morir en un universo tan enorme que no puede sino ignorarnos.


Galaxy Science Fiction, noviembre 1950.
Portada: Don Sibley. 

También hay espacio para el humor desopilante y macabro, en un tono que poco después las revistas de cómics de la EC harían inmortal, con El hombre: cómo servirlo (To Serve Man, en Galaxy Science Fiction, noviembre de 1950) de Damon Knight. Los Kanamit, una raza de cerdos antropomorfos del espacio exterior, llegan a la Tierra en son de paz a traernos increíbles adelantos técnicos y científicos, alucinantes regalos que reportarán una edad de oro a la humanidad, o cuando menos la oportunidad de iniciar una. El aspecto ridículo y chistoso, pese a su inteligencia superior, de los Kanamit hará que acaben siendo aceptados tras unas balbuceantes muestras de rechazo iniciales. ¡Son tan adorables! Y es cierto: han venido aquí para servir al hombre… Este relato, con guion de Rod Serling, sería adaptado para la mítica serie The Twilight Zone: es el episodio 24 de la tercera temporada, To Serve Man, una entrega magnífica donde el cambio de aspecto de los alienígenas no altera para nada el efecto demoledor de la historia.


Super Science Stories, junio 1951.
Portada: Van Dongen.

Un extraterrestre que ha llegado a la Tierra casi casi como lo hiciera Superman, y que tiene casi casi dos corazones como el Doctor Who, se encuentra varado en nuestro planeta. Este es el punto de partida de ¡Cuidado, terrestre! (Earthman, Beware!, en Super Science Stories, junio de 1951) de Poul Anderson. Debido a su increíble inteligencia (me encanta cómo en estos relatos clásicos los extraterrestres son casi siempre superiores en todos los sentidos a los humanos, un arma magnífica para sacar a relucir nuestros defectos y miserias como especie), este visitante a la fuerza se convierte en un científico único y prodigioso, pero condenado a la soledad precisamente por esto mismo. La desesperada búsqueda de los suyos guía sus pasos finales sin saber que quizá encontrarlos sea tan terrible como permanecer en la Tierra: sin un lugar propio donde permanecer, aislado en territorio hostil, conocer la verdad le hará conocedor de una fatal ironía. Anderson confiere de manera magistral a su relato una atmósfera crepuscular de tristeza y melancolía que resulta emotiva hasta el temblor, perfecta para su amargo desenlace.


Amazing Stories, junio 1952.
Portada: Walter Popp.


Amazing Stories, abril-mayo 1953.
Portada: Barye Phillips. 

Vuelan muy alto (They Flight so High, en Amazing Stories, junio de 1952) es otro excelente relato de esta compilación sencillamente mareante por su calidad. Dos hombres quedan atrapados en la opresiva atmósfera de Júpiter, aislados con sus trajes espaciales frente al gigante imposible, hablando de libertad a las puertas de la muerte, descubriéndola en el lugar más inhóspito imaginable. Las descripciones del planeta son un prodigio, y el diálogo enfrentado de sus dos protagonistas es absorbente y conmovedor. Algo muy parecido sucede también al terminar la lectura del apocalíptico El último día (The Last Day, en Amazing Stories, abril-mayo de 1953) de Richard Matheson. Quizá lo único que uno desee hacer cuando llegue el final de todas las cosas sea el acto más sencillo y hermoso de todos. Cuando la locura y el descontrol se hayan adueñado del planeta ver un rostro amado y reconciliarse con él tal vez sea nuestra única esperanza de redención.


Galaxy Science Fiction, abril 1954.
Portada: Ed Emshwiller.

Si hasta aquí esta antología se me estaba antojando sensacional, todavía me quedaban alegrías infinitas por disfrutar. Porque así y no de otra manera puedo describir lo que sentí al leer el fantástico ¡No tocar! (Hands Off!, en Galaxy Science Fiction, abril de 1954) de Robert Sheckley. Un relato que nos habla, casi como si no fuera acerca de eso, sobre la incapacidad de aceptar y comprender al otro, a aquel que es totalmente ajeno y distinto a nosotros. Un encuentro en un planeta perdido entre un grupo de tres humanos y un extraterrestre imposible, Kalen, presentados y descritos con el grandioso sentido del humor habitual de su autor, pero también con una profundidad y una capacidad apabullantes de detallar mundos y formas de vida alienígenas. Más maravilloso si cabe es cómo Sheckley va cambiando el punto de vista de la narración de manera constante de los humanos al bueno de Kalen, haciéndonos mirar y ver cómo mientras este no desea ningún mal a aquellos, los despìadados humanos sólo pretenden robar y matar a Kalen. No sólo la incomprensión y el rechazo de lo desconocido los lleva al mal: también la falta de respeto, el deseo de hacer daño y de destruir antes que parlamentar o conocer al otro, al extraño. Kalen demuestra tener más humanidad y estar más civilizado que los estúpidos y brutales humanos. La ironía sensacional de Sheckley es la de enseñarnos que el mal sólo genera desgracias para quien lo practica. La vida real nos convence a palos de que el bien jamás tiene recompensa, pero el gran Sheckley lanza su mensaje arrollador y lo creemos y defendemos a ciegas. Una lección de ética genial. Si además resulta muy divertida y absorbente en su desarrollo, lo que Sheckley nos ofrece es un regalo tan valioso que jamás podremos devolvérselo. Sólo nos queda aceptarlo encantados con una sonrisa que no seremos capaces de borrar de nuestros rostros.


Science Fantasy, noviembre 1955.
Portada: Gerard Quinn.

Y llegamos con profunda pena a las últimas páginas del libro con La apuesta (The Wager, en Science Fantasy, noviembre de 1955) de E. C. (Edwin Charles) Tubb, una historia que bien podría haber servido de inspiración argumental a la película Depredador (Predator, John McTiernan, 1987) y a su vez haber tomado su premisa inicial de la soberbia El malvado Zaroff (The Most Dangerous Game, Irving Pichel y Ernest B. Schoedsack, 1932). De maneras sencillas y elegantes, Tubb desgrana su relato sin prisas, entremezclando el punto de vista de un detective humano, Tom Mason, encargado de investigar el caso de un terrible asesino que va dejando cadáveres sin cabeza por toda la ciudad, la perspectiva del mismo desde los ojos de un extraterrestre de vacaciones en la Tierra que se ve implicado en la trama criminal, Gort Holden, y además el de los asesinos, pues son varios y no un cazador en solitario, unos alienígenas que han venido a practicar la caza deportiva en nuestro planeta. Un colofón divertido al tiempo que angustioso y con un punto salvaje que lo hace encantador. Un desenlace perfecto para este viaje que bajo el mando de Michael Ashley ha resultado del todo alucinante.
  

ASHLEY, Michael (comp.). Los mejores relatos de ciencia ficción: la era de los clásicos (1946-1955). Introducción y compilación de Michael Ashley; traducción de César Terrón. Barcelona: Martínez Roca, 1979. 319 p. Súper-Ficción; 50. ISBN 84-270-0547-4. 

miércoles, abril 03, 2013

Planet Stories (1939-1955) [primera parte]




Ya de entrada diré que he disfrutado este libro como un poseso. Me he reído, me he emocionado, he sufrido cuando tocaba… En fin, una delicia de lectura que me ha sorprendido de manera muy grata. No porque no esperara que me gustara, sino porque no esperaba que me gustara tanto. Planet Stories es la revista pulp que peor fama arrastra de todas las que se dedicaron a la ciencia ficción, y si bien quizá eso pueda seguir siendo cierto, lo que está claro es que esta antología nos hace dudar de ello.

En la introducción, Planet Stories, la épica del espacio, Francisco Arellano nos explica qué significó la revista dentro de las publicaciones pulp de la época en general y dentro del género de la ciencia ficción en particular. Su primer número se editó en 1939, correspondiendo el último al año 1955. Aunque, como he dicho, está considerada una de las más infames (y si no lo creéis así, recordad la divertida anécdota que contaba Philip K. Dick AQUÍ), su tono aventurero y fantasioso la hacía destacar de las demás por su carácter poco serio y de entretenimiento por encima de otras consideraciones tanto estilísticas como artísticas. Y algunas buenas firmas publicaron en ella: James Blish, Jack Vance, A. E. Van Voght, Margaret St. Clair, Ray Bradbury o el mismo Philip K. Dick. Arellano repasa la historia de la revista, el contexto histórico, su filosofía (marcada por su subtítulo: “Extrañas aventuras en otros mundos – El universo de los siglos futuros”), sus magníficos ilustradores, lo que la crítica, poco benevolente, pensaba de ella… En fin, nada mejor que empezar con la lección bien aprendida.

La antología rezuma un sano sentido del humor, un poco, más bien nada, tomarse en serio que a ojos de hoy resulta de lo más simpático. Me atrevería a decir que casi enternecedor. Son relatos de otra época, cuando el sueño de la conquista del espacio y el descubrimiento de otros mundos no nos había sido arrebatado, cuando la fantasía estaba siempre a un paso de tornarse realidad. Fantasía desbocada en un tiempo en el cual soñar con ella era más propio de visionarios que de perdedores. Hoy, soñadores fantásticos que perdieron todas las batallas. ¿Acaso se puede concebir un concepto más entrañable? Pues muchos de estos autores, en una selección de los mejores de sus relatos delirantes y maravillosos, son los que encontraremos aquí.

Ilustración: Norman Saunders.

El primer cuento está fechado en 1942, y responde a la perfección a lo que uno esperaba encontrar: fantasía y diversión a partes iguales. Derrelicto cósmico, de John Broome, muestra un humor que eleva a verdaderamente antológico un entorno de ciencia ficción que debe tanto a la fascinación por los prodigios del universo como al terror ancestral que este puede provocar. En realidad, no deja de ser nunca un cuento en el que si sustituyéramos la nave espacial por un barco y el espacio profundo por un mar tenebroso y lejano no pasaría casi nada. Pero esto a mí hace que me guste infinitamente más. Como en las tripulaciones de los navíos, las supersticiones de la marinería deciden el devenir de todos. La eterna lucha entre ciencia y religión, aquí entendida, como he dicho, como superstición, está tratada de manera tan jocosa como profundamente entretenida. Si esto hubiera sido un episodio de alguna de las series de la franquicia de Star Trek o de la magnífica e insuperable Doctor Who, estaríamos ante uno de los de más grato recuerdo. Es fácil imaginarlo protagonizado por los miembros de la Enterprise o por un Doctor Who aterrizando con su TARDIS en una nave con serios problemas enfrentados de la más divertida de las maneras. Todo un sabroso caramelo para empezar. Un relato que marca el tono de lo que está por venir a continuación. Uno abre la caja de sorpresas y se encuentra con una que supera todas las expectativas.

Ilustración: H. L. Parkhurst.

Adoro a Henry Kuttner, así que siempre es un placer leer un relato suyo. ¿Qué me posee? (1946) no es uno de los mejores que he leído de él, pero sabe atrapar con su historia de héroe que afronta mil peligros y los vence, encuentro con chica espectacular incluido, que mezcla todos los tópicos de la fantasía heroica con las aventuras siderales más dislocadas. Dioses antiguos y malvados enfrentados a otros igual de viejos pero buenos (sí, con todo el maniqueísmo del mundo) con héroe terrestre a lo Conan capaz de machacarlo todo pensando lo justo. Los breves toques de ese erotismo naif tan propio de los pulps consiguen hacerlo más simpático aún.   

Ilustración: Chester Martin.

En Tepóndicon (1946) de Carl Jacobi tenemos más héroes supraterrenos y más aventuras con ecos de la fantasía heroica. Lo más bonito de este relato son esas ciudades del espacio que en él aparecen, que pese a estar infectadas por una enfermedad medieval resultan sugerentes y alocadas, de una belleza subyugante. Y con el habitual héroe predestinado de protagonista, aunque quizá no a hacer el bien como indicaban todas las señales.

Ilustración: Allen Anderson.

Kenneth Putnam es el seudónimo de Philip Klass, autor también conocido en el mundo de la ciencia ficción como William Tenn. Con este lío de nombres, algo no demasiado extraño en el entorno de este tipo de publicaciones, casi resulta una broma el título de su relato: La nave de la confusión (1948). Aunque esto ya nos prepara para lo que vamos a encontrar: diversión y aventura por encima de todo, bien servidas y con un emocionante desarrollo. Dosis medidas de tensión en un motín en una nave espacial y, de nuevo, su adscripción a las aventuras marítimas más clásicas lo inflaman de encanto, esta vez partiendo de la misógina creencia de que una mujer entre la tripulación trae mala suerte, por lo que están prohibidas a bordo. No debería obviarse su decidido desenlace feminista, que muestra la inteligencia de una mujer eliminando los escollos y solucionando los problemas de la tripulación masculina de una nave que pasa por graves apuros.

Ilustración: Allen Anderson.

El jardín del mal (1949) de Margaret St. Clair es pura fantasía desbocada liberada en un planeta hostil, una jungla devoradora y traicionera en la que el humano protagonista encontrará la inesperada ayuda de una, cómo no, hermosa nativa. Civilizaciones escondidas, ciudades de belleza prodigiosa, la naturaleza agresiva pero de fascinante apariencia… La mano de St. Clair se impone a las limitaciones temáticas y crea un relato absorbente, de extraña atmósfera y tan cautivador como los paisajes que nos describe. Y con un desenlace que sorprende no por su giro “inesperado”, sino por su oscuridad, algo en verdad inhabitual en los relatos pulp de carácter más aventurero.

Ilustración: Allen Anderson.

Y Margaret St. Clair, siempre tan siniestra, de nuevo nos fascina con Mim (1950). Aunque inferior al precedente, se devora con auténtico placer. St. Clair sabe cómo narrar y mantenernos pegados al libro. Ágil, entretenida, provocando angustia y expectación a su antojo, nos rompe otra vez por la mitad en el desenlace de su relato. Sus dos cuentos están entre lo mejor de la antología.

Ilustración: Allen Anderson (?).

La espada de fuego (1949) de Emmett McDowell es pura space opera. Más héroes salvando mundos salvajes y extraños. Pero es que todo es tan divertido… No porque provoque risas, sino porque su carácter aventurero y vital es contagioso. Se notan las ganas del autor de pasarlo bien contándonos su historia, sabe ser emocionante sin complicar la trama ni un ápice. Y se percibe casi en cada párrafo lo poco en serio que se toma a sí mismo y a su obra, algo que se da en casi la totalidad de cuentos de esta antología, al tiempo que no por ello se burla del lector. Al contrario, las sonrisas son cómplices. Por eso, como dije, resultan contagiosas. Lo demás, ya lo sabéis: peleas, carreras, mundos hostiles, una raza tras otra todas enfrentadas entre sí, caracoles gigantes con patas de araña que dominan a los humanos con el poder de la hipnosis para tenerlos como esclavos, orgías incluidas… En fin, si no disfrutáis con esto, no os acerquéis por aquí. Y, cómo no, si hasta tenemos al típico héroe predestinado que salvará al planeta de todos los males. Por mucho que a este le ayuden mucho la casualidad y la buena suerte. 

Ilustración: Allen Anderson.

Permitidme que continúe con una banalidad: A. E. Van Vogt es uno de mis nombres favoritos de la ciencia ficción. No lo he leído todo lo que me gustaría, pero de siempre me ha atraído este nombre tan a lo nobleza europea de entreguerras, tan a lo Josef von Stenberg o Thea von Harbou. Si me apuráis, hasta tan Vincent van Gogh. Literariamente la atracción viene dada porque Philip K. Dick lo consideraba un maestro del género, un autor que le dio pie con algunas de sus obras más reconocidas a lanzarse a sus mundos repletos de falsas realidades y psicologías ajenas a lo común. En el relato de A. E. Van Vogt aquí incluido, El santo de las estrellas (1951), no encontraremos a un Van Vogt espectacular e innovador, pero sí a un buen narrador con una historia que nos presenta a unos alienígenas no tan lejanos a algunos que os serán bien conocidos si habéis leído a Stanislaw Lem. Tenemos pues a un súper hombre de las estrellas que en manos de Vogt nos lleva a pensar en teorías siniestras sobre selección darwiniana, más aún con su final que se balancea entre lo luminoso y cierto halo de oscuridad gracias a lo apuntado. Pero al adoptar el punto de vista del humano protagonista todo adquiere un brillo irónico que no hubiera sido el mismo si la narración hubiera corrido a cargo de este santo tan fascinante para las mujeres como detestable para los hombres.

Ilustración: Allen Anderson.

Y de mi nombre favorito a mi título preferido de esta antología: La tentadora del planeta Delicia (1953). ¡No me digáis que no resulta genial! Aunque este relato de Betsy Curtis (Elizabeth M. Curtis) tarda un tanto en arrancar, al final me ganó por su desparpajo, su sentido del humor y por su forma de tomar un puñado de tópicos de la space opera más tradicional para dejarlos casi todos ellos en off: planeta bajo el yugo de un sistema de gobierno asfixiante, criaturas extrañas y fascinantes que conviven con los humanos, estos divididos en una clase dominante y otra formada por desahuciados, la rebelión de estos y su toma de poder y cambio subsiguiente del orden establecido para mejor… Si bien la trama principal no depara sorpresas, atrapa por lo arrebatador que resultan tanto la “tentadora” del título (tampoco es que lo sea demasiado) como aquellos que forman su especie, las notas tan picantes como inocentes que aparecen de vez en cuando animando el relato y la condición de antihéroe del protagonista, que dota de un distanciamiento a la narración que juega totalmente a su favor consiguiendo mantener un excelente equilibrio entre seriedad (un planeta regido por un sistema kafkiano) y diversión (los problemas del protagonista para conseguir las cosas más sencillas y su atracción por una criatura etérea, casi fantasmal).


(Continuará…)

miércoles, julio 11, 2012

Delirio: ciencia ficción y fantasía, número 9 (marzo 2012)


Nueve números ya de la revista Delirio, qué bien. Sí, así de lacónico pero también así de feliz. Porque es una gozada que una publicación semejante se mantenga con vida, en especial ahora que vivimos tiempos en los que todo parece morir. Fijaos que digo parece, que ya sabemos que los malos ganan siempre porque son más listos que nosotros, pero a los buenos nos quedan nuestros refugios y estos por el momento se muestran irreductibles. Y hasta tal punto Delirio está viva que da la sensación de que el último número es siempre mejor que el anterior. No hay nada más grande que podamos decir de una publicación periódica.

Y es que fijaos qué comienzo: El mensajero del rey (1907), de Francis Marion Crawford, un relato inédito en español que estaba incluido en las últimas ediciones de su volumen recopilatorio de cuentos fantásticos Wandering Ghosts (1911). Ya solo por esto merecería la pena este número de Delirio. Se trata de un relato elegante, magistral en sus formas, que elude la sorpresa en su trama y opta por una atmósfera onírica e irreal perfecta para contarnos este encuentro ante una mesa repleta de comida con un fascinante y extraño mensajero. Belleza y sobriedad propias del autor clásico que es Crawford dentro del fantástico pese a sus breves incursiones en el género.

A continuación podemos leer un relato ambientado en la Primera Guerra Mundial, que esto de las aventuras de guerra también era dominio pulp: La escuadrilla de los hombres perdidos (1942), del autor conocido sobre todo por sus novelas de género negro David Goodis. Es una fantástica muestra de esos relatos ambientados en estremecedoras batallas aéreas, todo un subgénero dentro de la literatura popular, de los cuales confieso no haber leído ni uno hasta este incluido aquí. Y si bien la historia es de un convencional que tira de espaldas, Goodis narra los combates de las máquinas de guerra en el cielo con una fuerza y una emoción más que notables. Todo un placer.

Recordado por su trabajo como guionista cinematográfico, Charles Beaumont no dejó un gran legado como escritor debido a su pronta muerte. El excelente relato de ciencia ficción Gente guapa (1952) nos muestra un futuro tan bello como deshumanizado y frío. Resulta una estupenda parábola sobre la aniquilación de la personalidad, de la amputación de lo que es diferente, de todo aquello que se separa de la masa dominante. De plena actualidad, al fin.

Umbral (1940) es un buen relato del siempre interesante, y en muchas ocasiones magnífico, escritor Henry Kuttner. Quizás penséis que exagero, pero en serio que siento gran admiración por él. En Umbral nos cuenta la historia de un hombre que cree que usando su inteligencia podrá pactar con el Diablo (más bien con un demonio: Baal) y burlar el cumplimiento del acuerdo infernal por su parte. Es un cuento tan diabólico como irónico y divertido, en el cual Kuttner juega con la idea establecida en el género de que los pactos infernales siempre acaban mal para los humanos.

Este número también reserva una sorpresa para todos los amantes de los bolsilibros: la publicación íntegra de la novela Sombras del caos, originalmente editada por Bruguera Bolsilibros como el número 213 de su colección Futuro, Héroes del Espacio, en octubre de 1984. No había leído nada de Lem Ryan (Francisco Javier Miguel Gómez), pero encontrarme con que seleccionaban una novela suya para esta recuperación ya daba una buena impresión. Y tras leerlo la impresión positiva se ha confirmado: es un fantástico relato que aúna ciencia ficción y mitología cthulhiana, algo en realidad ya implícito en los Mitos creados por Lovecraft pero no siempre tenido tan en cuenta como sería de prever. Ryan la escribió a la edad de 19 años, pero no es este su único mérito. A mi gusto lo mejor es su excelente atmósfera opresiva, lo cual denota que la influencia de Lovecraft no es solo temática, que sería lo fácil: la soledad, el aislamiento, la incapacidad absoluta del hombre para relacionarse con su entorno y entre sí suponen la base de la angustia existencial presente en todos los relatos del Maestro de Providence (jaja, me encanta ponerme rimbombante con Lovecraft, ¡se lo merece por genio, esto y más!).

Ryan sabe homenajear a Lovecraft no solo en lo superficial. Hay una conseguida visión de belleza siniestra que lo acerca a él más allá del recurso fácil de mentar a sus monstruos. Hace tangible el Horror Cósmico: “Pero ya nadie bailaba entre las estrellas, ya no se oían melodías demoníacas en el eterno vacío del espacio, ya los malignos seres de leyenda, todopoderosos y terribles, no esparcían su ciega locura por el universo que los había rechazado. Se habían ido, arrastrando su abismal estupidez consigo, para aullar eternamente en negros fosos de horror, durmiendo con sueños de desastre total, y ya nunca volverían.” (p. 76)

En definitiva, un relato excelente, angustioso y oscuro. Se le achaca que quizá el final resulta algo precipitado, y tal vez sea verdad, pero la resolución rompe con lo que era habitual en los bolsilibros. Aquí la única boda final es la que los supervivientes forjarán con la oscuridad y la muerte.

Juegos peligrosos (1980) de Marta Randall es un extenso relato perteneciente a la serie de la saga de la familia Kennerin. Es de ese tipo de ciencia ficción que no me va mucho: mucha tecnología, mucha palabreja rara haciendo alusión a cosas del futuro evitando explicarlas, héroes de una pieza y, dentro de todo este futuro inconcebible, pues resulta que los habitantes de planetas a años luz pertenecientes a una raza alienígena se sientan a una mesa a tomar el té de las cinco o se comen un bocadillo de mortadela. En fin, la space opera más tradicional pero sin el aire retro e inocente de sus primeras manifestaciones. Sin embargo, su lectura me resultó al final más que entretenida quizá a su evidente falta de pretensiones más allá de entretener, y de entretener sin que uno se sienta medio idiota. Y eso que la ilustración a doble página que lo acompaña, reproducción de la portada de su edición original, destripa todo el supuesto misterio de la trama…

La revista se cierra con el magistral poema La ciudad en el mar de Edgar Allan Poe acompañado de unas ilustraciones del no menos genial Frank Frazetta. Un curioso artículo, Realismo y utopía en la literatura española (1962), en el cual su autor, Mariano Baquero Goyanes, nos cuenta cómo el carácter arbitrista (“individuo utópico a corto plazo”, p. 185, esto es, el tipo que lo soluciona todo típico del bar, ahora también en facebook y twitter) del español lo imposibilita para obras de gran calado imaginativo. El mismo Baquero Goyanes afirma que generalizar es un dislate, pero sin olvidar esto el artículo no deja de tener su punto certero. Y un segundo artículo, El juego de los contrarios en E. A. Poe (2010), de Javier Martín Lalanda, que para variar teniendo en cuenta quién lo firma nos ha resultado un poco intrascendente: no pasa de mera curiosidad su incursión en el mundo de Poe.

En resumen, un número excelente este nueve de Delirio que nos hace esperar el siguiente con más ansias de lo habitual. No es el único, pero sí desde luego es un bastión imprescindible para los amantes de la literatura fantástica. No diré de los amantes más audaces, pero nadie podrá evitar que lo piense.

P. S.: Tiempo después de haber publicado este comentario, tuve la oportunidad de mantener una breve charla virtual con el autor de Sombras del caos, Lem Ryan. En ella me prevenía de que la edición original en bolsilibro tenía otro desenlace, uno acorde con la política de la editorial la cual imponía un final feliz. He podido cotejar ambas versiones pues conseguí hacerme con un ejemplar de su obra editada por Bruguera. Hay ligeros cambios de una versión a otra: algunas líneas y expresiones que en nada afectan a la trama, un pequeño fragmento en el cual el protagonista mantiene un fugaz encuentro romántico con la chica de la astronave, Liz, y el final. En la edición en bolsilibro, Ryan daba una imposible resolución a la novela, ya hemos dicho que por imposición de la editorial. Sin embargo, pese a estar impostado y romper un tanto con la oscuridad que se había apoderado de todo el relato, resulta de agradecer que el autor asumiera su falta de lógica y optara por darle un toque onírico que ayuda a que no desentone en exceso del conjunto. ¡Hasta forzado por las circunstancias lo solucionó bien!


RYAN, Lem. Sombras del caos. Ilustración de portada: Almazán. Barcelona: Bruguera, 1984. 93 p. Bolsilibros Bruguera, Futuro, Héroes del espacio; 213. ISBN 84-02-09281-0.

DELIRIO: ciencia ficción y fantasía. Número 9. Marzo 2012. Traducciones de Francisco Arellano; presentaciones de Francisco Arellano y Óscar Mariscal; ilustraciones de Hannes Bok, Frank R. Paul, Wilf Hardy, Aubrey Beardsley, Martin Key, Louis Breton, William Draven, Alex Schonburg y Frank Frazetta. La Biblioteca del Laberinto. 198 p. ISSN 1888-5896.

martes, julio 26, 2011

Legados macabros: una recopilación de cuentos publicados en la mítica revista Weird Tales realizada por Mike Ashley

Me hice con este libro porque me interesaba leer algunos de los relatos incluidos en él. Pero claro, ya puestos, pues uno se lo lee entero, ¿no? Sería como hacer un feo a los demás. Un par de ellos suponían una relectura, pero nada mejor que releer un buen cuento.

La distorsión que vino del espacio (1934), de Francis Flagg (George Henry Weiss), era uno de los que me interesaba. Quería leerlo para tener más material que comentar en el programa dedicado a él en mis colaboraciones en la radio (AQUÍ). Y desde luego fue toda una magnífica sorpresa. En parte, se trata de un relato que sigue el camino que otros perfeccionarían o que ya a esas alturas habían desarrollado de manera magistral. Podría incluirse en el segundo grupo sin temor, pues aquí Flagg muestra auténtico genio en una historia tan breve como impactante, un perfecto ejemplo de “horror cósmico”, el terror provocado por una visión de la inmensidad del espacio y las estrellas lejanas, de los seres que lo habitan y su, para nosotros, incomprensible mundo. En fin, un hijo inteligente de H. P. Lovecraft.

Un meteorito cae en una desolada región de los Estados Unidos. Un fragmento destroza el tejado de un rancho y va a parar a una habitación. Allí, el tiempo y el espacio se distorsionan dando una imagen de la inmensidad del universo, una grandeza sobrecogedora y brutal a nuestros humanos ojos. Ante el terror de ver, de tener ante sí la vastedad del vacío estelar, se sobrepone la comprensión por el ser solitario y perdido que lo ha provocado: el meteorito transportaba un ser de otro mundo, y lo que asemeja un ataque no es sino un sistema de defensa. La ironía está servida, pues el intento de comunicación de este ser con los humanos resultará una tarea fútil: Stanislaw Lem, años después, nos haría sentir esto con la misma fuerza. Francis Flagg nos ofrece así una visión pesimista de la existencia humana: nuestra incapacidad para comprender lo que es distinto a nosotros supone una barrera infranqueable.

Relato nacido también de la teoría de la relatividad de Einstein cuyo descubrimiento había asombrado al mundo, esto no es sino una inteligente excusa para mostrarnos lo más lejano por medio de algo que bien podría ser un agujero de gusano primitivo. Impresionante el paseo “espacial” del protagonista en un lugar en el que nuestras leyes físicas han desaparecido, pues sucede dentro de un cuarto de una perdida casa en el campo. Es difícil transmitir una idea tan acertada de lo ajeno, de lo extraño, y Flagg acierta de lleno.

En resumen, un magnífico relato que guarda ciertas concomitancias con El color que cayó del espacio (1927) del mentado Lovecraft, pero no por esto hay que considerarlo menor.

Los tres centavos marcados (1934) de Mary Elizabeth Counselman era el otro relato que más me interesaba a priori de esta antología, pues también a ella le quería dedicar un programa en la radio (AQUÍ) y, siendo este cuento el más conocido de los suyos, pues no me venía nada mal poder leerlo al fin.

Counselman nos cuenta el devenir de un extraño concurso protagonizado por tres centavos marcados respectivamente con un círculo, una cruz y un cuadrado. Uno significará la obtención de un premio de 100.000 dólares, otro un viaje alrededor del mundo y el tercero la muerte. Las monedas son repartidas de manera anónima y van circulando por la ciudad, de tal manera que quien las encuentra puede decidir si quedarse con una y arriesgarse con el premio o bien pasarla a otra persona en cualquier transacción comercial. ¿Quién se arriesgaría a quedarse con una de ellas sin saber qué significan los signos? La tentación es fuerte por los premios positivos, pero morir por quedarse con la moneda equivocada provoca un pavor más fuerte que la tentación que supone tener buena suerte. Aunque la gran ironía es que tal vez todas las monedas serán igual de nefastas para los ganadores. Y la explicación de los signos, claro, todo un ejercicio de interpretación retorcida.

Excelente relato escrito como si se narrara una crónica de sucesos, lo cual acrecienta y hace más terrible su oscuro significado al no incidir dramáticamente sobre el mismo.

Calaveras en las estrellas (1929) es una aventura del héroe puritano Solomon Kane de Robert E. Howard. Ojo, que lo de puritano es de Howard, no mío, jajaja. Ambientación terrorífica, espíritu aventurero y pulp para un relato en el cual Kane se enfrenta a un fantasma infernal capaz de asesinar pese a su inconsistencia física. El páramo, el pantano, la ciénaga y la luna bañando todo con su irreal luz el enfrentamiento con la extraña criatura componen el escenario perfecto para esta historia de horror. Pero lo más interesante a mi parecer es cómo el héroe, que representa el bien, al tener que recurrir a la violencia y a la muerte para extirpar el mal no siente la bendición y la tranquilidad de haber hecho algo bueno. Por el contrario, la triste verdad es que al mal solo es posible derrotarlo con sus propias armas, una visión oscura de la existencia y de cómo Howard no justifica los actos de su héroe. También es verdad que tampoco es que los condene, pero es todo un acierto plantear la cuestión en un relato cuyo espíritu es, en esencia, contarnos una aventura macabra. Howard trabaja así con Kane, su héroe taciturno y silencioso, entregado a su tarea tal que una misión religiosa en la cual no hay compensación ni alegría. Un héroe oscuro y fatalista más acorde con nuestros días que con los de la era dorada del pulp. De ahí su modernidad.

En El que tenía alas (1938) Edmond Hamilton nos cuenta la historia de David Rand, una extrañeza, un mutante, un niño que ha nacido con dos anormales gibas en su espalda. Protuberancias que darán paso a unas alas que lo convertirán en el primer humano con la capacidad de volar. Pese a que la razón por la que la mutación ha tenido lugar no deja de ser un lugar común del más trillado relato pulp, Hamilton, como su héroe, pronto alza el vuelo y consigue dar vida y fuerza a una historia sobre lo que es ser diferente, la renuncia a esa diferencia para ser un hombre normal y la llamada continua de su yo interior que se rebela a su nueva condición de normalidad.

Hamilton logra momentos en verdad hermosos cuando nos transmite la alegría exultante y la libertad sin parangón de ese hombre capaz de batirse en vuelo con los halcones más veloces, de oler y escuchar el viento, de sentir con una fuerza irresistible la llamada del sur. Vendrán el amor y su lucha por convertirse en un hombre como los demás, pero ahogar la diferencia con una máscara solo puede dar una felicidad pasajera.

Gran relato de Hamilton que aúna de manera brillante momentos de una belleza contenida y sencilla con una tristeza tan inevitable como, en el fondo, enaltecedora. Imposible leerlo sin recordar en algunos momentos al gran film de Tod Browning Garras humanas (1927), aunque la tristeza de Hamilton no nace del desgarro y del dolor, sino de la aceptación de lo que uno es siendo distinto a todo lo que los demás son.

La suprema abominación es un relato del ciclo de Hiperbórea que Clark Ashton Smith dejó incompleto y que terminó el “especialista” en recosidos Lin Carter en el año 1973. Como es habitual en Ashton Smith, y Carter no le desmerece aquí, estamos ante un relato con gran capacidad de sugerencia y una inusual intensidad. Esta historia sobre invocaciones de olvidados dioses de criaturas-serpiente condensa horror, fascinación y una enorme capacidad de llevarnos en pocas páginas al corazón de lo desconocido. Un relato sin sorpresas pero perfecto en su atmósfera.

Retransmisión eterna (1973) de Eric Frank Russell es un extraño relato que nos lleva de viaje por la muerte con dos criaturas bien distintas: un humano y un ser del planeta Delta. Desde la plena conciencia del ser a la unión con el todo infinitamente grande, infinitesimalmente pequeño. Todo en la creación tiene un mismo origen y un mismo final. Parece cosa como de científicos, pero no. La deriva es teológica.

El que esquivaba las balas (1943) de Ray Bradbury resulta efectivo y curioso, pero adolece de ese tono blandito y algo beato del Bradbury que menos me gusta, al que se le nota que quiere trascender y resultar poético. ¡Si no lo necesita! Recuerdos de infancia, la inocencia de ser niño, un ser divino que protege esta inocencia… Todo muy película de la Amblin cuando no les sale bien. Bueno, claro, tenéis razón: al revés, que Bradbury llegó primero.

Robert Bloch y Henry Kuttner rinden homenaje a H. P. Lovecraft en El beso siniestro (1937), un relato de seres abominables que realizan sus siniestras llamadas desde el mar. Un joven pintor, una herencia (genética, cómo no) corrupta, sueños que se confunden con la realidad, el mar como lugar que oculta monstruosas criaturas ancestrales… Solo falta la ciudad oculta de R’lyeh. Buscando las fuentes más en los mitos clásicos (en concreto, la figura de las sirenas y sus cantos hipnóticos, aquí de marcado carácter deforme y animal) que en los mitos creados por Lovecraft, sí mantiene en lo formal (estilo y estructura del relato, personajes recurrentes, situaciones semejantes) y lo argumental las maneras del maestro. Si bien sin alcanzar en ningún momento las cotas de horror de aquel en quien se inspiran. Se cita a Arthur Machen en esa búsqueda de una mítica más centrada u original de las leyendas, pero en espíritu es a Lovecraft a quien se invoca.

Como curiosidad, bien podrían haberse currado un poco más el nombre de esa española procedente de Granada, la ancestro del protagonista: Morella Godolfo. Ni Poe ni Granada.

El superviviente (1954) de Howard Phillips Lovecraft y August Derleth es uno de mis favoritos de los recuperados y reescritos por Derleth del maestro de Providence. Las ciudades, los libros malditos mencionados, la longevidad insana, extraños y antiguos cultos dedicados a dioses infames… Y los Profundos, los hombres peces, los hombres saurios, los reptiles al servicio de estos dioses antiguos (¿os suenan Cthulhu y Dagon?). En fin, puro Lovecraft. Pero lo que engrandece el relato es que Derleth ha sabido mantener el tono intenso, la atmósfera malsana y maldita, el aire de perdición y el sentimiento de hollar aquello que no debe ni ser mirado con una fuerza magistral. Nada nuevo más allá de Lovecraft, pero es mucho teniendo en cuenta el año de publicación. Como ejemplo, esa casa embrujada donde se desarrolla la acción, heredera directa de las casas encantadas más clásicas del género de terror, pero aquí a la vez tan distinta. El maestro y el heredero en ebullición creativa.

Salvo la portada del libro, el resto de ilustraciones son de la maravillosa Margaret Brundage. Hay una estupenda selección de sus dibujos en el gran blog Jungle Frolics.

ASHLEY, Mike (sel.). Legados macabros. Traducción de Héctor Raúl Pessina. Buenos Aires: Lidiun, 1981. 175 p.

viernes, junio 17, 2011

Mutante, de Henry Kuttner (1953)

He leído muy poco a Henry Kuttner, aunque ese poco me ha encantado. Encontré de saldo esta novela, Mutante, y allá que me lancé eufórico a leerla. Y, como pasa a veces, ha resultado un tanto decepcionante. No diré que es una mala novela, pero desde luego tampoco lanza uno cohetes al cielo al terminar su lectura. Diría que su planteamiento es interesante, pero en conjunto resulta algo fría y aburrida. Se lee con demasiada distancia.

En fin, digo novela y en realidad se trata de cinco relatos (cuatro de ellos publicados en la revista Astounding en 1945) enlazados por una historia que importa más bien poco. La excusa se queda en eso: en una manera de darle continuidad a los cuentos cuando no era necesario. Tampoco molesta, ¿eh? Esta forma de construir una novela a costa de “pegar” varios relatos se denomina en el mundo anglosajón fix-up.

Kuttner nos narra la evolución de una sociedad en la cual, tras una hecatombe nuclear, la población se ha visto disminuida de manera drástica. Pero no solo eso: la radiación ha provocado que una serie de individuos evolucione a un estado superior. Este estado consiste en poseer un sentido nuevo, una nueva capacidad: la telepatía. Desde sus titubeantes comienzos, cuando ser telépata es una mezcla de saberse superior con la vergüenza que provoca el saberse diferente siendo minoría, hasta la consabida supremacía final. Cada relato nos cuenta un estado más avanzado, un momento crucial, de esta evolución: las generaciones se suceden y a través de ellas contemplamos el futuro lejano de una humanidad distinta a la nuestra.

Mezcla de historia post nuclear con cómic de superhéroes y mucha reflexión social, en todos los aspectos se queda algo corta. Y es que Kuttner dedica demasiadas páginas a explicarnos en qué consiste esta telepatía y cómo funciona en sociedad. Da la impresión de que cuanto más se explica, más dudas surgen y más tiene que explicar, y llega un momento en que al lector, o al menos a mí, ya le importa un rábano cómo funciona exactamente el dichoso invento. Jopé, si te lo estás inventando y nos lo vamos a creer, no la líes… Porque al final uno piensa que de existir telépatas, desde luego así no funcionaría la cosa.

Esta sociedad en la que los telépatas forman una minoría y viven temerosos de que los humanos normales se cansen de ellos y decidan exterminarlos muestra unos síntomas bastante decadentes, por lo que de entrada uno está de parte de los telépatas. También porque los humanos normales apenas tienen personalidad: parecen una masa ciega que se mueve cual hoja que el viento arrastrara de una alcantarilla a otra. Dentro del grupo de telépatas que se quiere ocultar entre esta masa, hay una célula infectada: se trata de los paranoides, unos telépatas desquiciados que solo desean acabar con los estúpidos e inferiores humanos y dominar el mundo. Vamos, que estos serían los de Magneto.

Por supuesto, pese a que Kuttner no lo quiere así, a mí los que me caen bien son los paranoides, claro. Cada vez que entran en escena la acción se pone interesante y las reflexiones alcanzan una altura que es de agradecer debido a la confrontación de ideas distintas. Defienden la limpieza étnica, por lo tanto serían los malos, pero los “buenos”, los humanos normales, son los que inician dicha limpieza (vale, impulsados por los paranoides, que desean la guerra, pero la semilla del odio estaba más que germinada en ellos), y la solución pacífica que imponen los telépatas guays es de ponerse a hacer acampadas sin parar en sus cochinas puertas. No es la pretensión de Kuttner, repito, pero es lo que he sentido yo al leer la novela. Pasa igual con los tebeos de los mutantes de la Patrulla X, de los que sería un curioso antecedente (más que de la excelente novela de Robert Silverberg Muero por dentro, que es la que se cita siempre por el tema de la telepatía): al final, Magneto siempre cae mejor que el sosainas del profesor Xavier. Y es que el mal tiene su atractivo, qué demonios, que esto es ficción. Y como he dicho, el bando que hace lo correcto aquí es de temer de verdad: es como oír a un grupo de banqueros hablando de cómo ellos solucionarían los problemas económicos del mundo. Y que lo pusieran en práctica. Lo dicho, para acampar.

Se me olvidaba lo mejor, justo lo que en los momentos más aburridillos del libro me impulsaba a continuar porque me resultaba simpático: los telépatas tienen una cualidad física que los distingue de los humanos normales, y esta es… jajaja… ¡que son calvos! Sí, así los llaman: Calvos. Y para no llamar la atención y no parecer lo que en realidad piensan que son se ponen pelucas. ¡Ay! Si yo viviera en esta sociedad futura seguro que no tendría la suerte de ser un telépata (bueno, tal y como la pintan, en esta sociedad lo que me gustaría es estar muerto), pero sería un Calvo (que es lo que soy ahora): amigo entre mis enemigos y enemigo entre mis amigos, como rezaba aquella película de Mikhalkov. Vamos, como la vida misma.

KUTTNER, Henry. Mutante. Traducción de Horacio Vázquez Rial y José Manuel Pomares. Barcelona: Bruguera, 1983. 284 p. Colección Naranja, Ciencia Ficción; 14. ISBN 84-02-09389-2.

martes, abril 13, 2010

La décima víctima en la radio # 03: el círculo de Lovecraft


Degustamos el horror caído de lo más oscuro y profundo de los cielos en la tercera entrega de mis colaboraciones semanales en el programa de Canal Extremadura Radio Los dos de la tarde, dirigido y presentado por esas criaturas abisales que son Carlos Macías y Kanuto.


AQUÍ (pulsar botón derecho del ratón y guardar como) Duración: 15' 39''


podréis escuchar el tercer capítulo de esta saga macabra, emitido el 6 de abril de 2010, dedicado al círculo de escritores relacionados con H. P. Lovecraft tanto por la idea de horror cósmico como por los mitos de Cthulhu. Sus predecesores, los coetáneos y sus continuadores. Todo un compendio de terror ictiológico en boca de tres criaturas realmente aberrantes: el delirio de Lovecraft hecho carne. Perdón: pescado.

miércoles, agosto 05, 2009

Weird Tales (1933-1942)



Segundo volumen dedicado a la mítica revista pulp norteamericana Weird Tales publicado por La Biblioteca del Laberinto, esta vez recogiendo relatos pertenecientes a su segunda década de vida. En la entrada anterior (AQUÍ) no dije nada de sus magníficos ilustradores. Me fascinan, pero como no soy un experto mencionaré solo a los dos que más me gustan: Margaret Brundage y Virgil Finlay. La primera, que es de la que he tomado las portadas para ilustrar este comentario, salvo las propias de los libros antologados por Francisco Arellano, permitidme que sea un simplón: ¡me encanta! Esas ilustraciones de erotismo tan naíf, tan inocentemente macabras, que transmiten una perversión como de juguete, tan encantadoras, me cautivan. Confieso también, por si alguien que medio siga este blog lo ignoraba, que soy un fanático de las películas de los años treinta: veo todo lo que cae en mis manos de esta década maravillosa del cine, en especial su primer lustro, tan gamberro y avanzado a su tiempo. Películas que incluso a ojos de hoy resultan poderosas. No se trata de gusto retro ni demás: son los días del pre-code, la época más salvaje que el séptimo arte viera jamás. Virgil Finlay es más terrorífico, la verdad. De él es la portada que se reproduce en la de este segundo tomo antológico de Weird Tales. Su representación gráfica del mundo lovecraftiano es modélica, un ejemplo de cómo dar vida y lograr hacer más grande cualquier relato. Ilustraciones que ennoblecen lo que tocan.

Y tras este derrame infecto de babas, paso a comentar los cuentos de esta antología, la cual confieso que me ha gustado aún más que la anterior. Y, por descontado, alabar la excelente y entregada labor de los editores de La Biblioteca del Laberinto, Amparo Nieto y Francisco Arellano, que a pequeños pero importantes pasos nos van regalando ediciones de autores que no creo que les hagan millonarios. Estos libros se editan por amor al género. Y, por si acaso alguien piensa mal, ni los conozco, ni son mis amigos, ni me regalan libros. Solo admiro su trabajo.

Weird Tales, noviembre 1933. Portada de Margaret Brundage.


La antología se abre con un estupendo relato de humor negro: El juez supremo (The Superior Judge, 1933), de J. Paul Suter. Su fuerza estriba en ser una crítica feroz y muy divertida de un personaje ridículo pero que goza de mucho poder y lo ejerce sobre los demás con ira y maldad. Como todos los que tienen poder, vale decir. Pero hasta el sapo más tranquilo sobre su piedra en la pestilente charca de su vida debe rendir cuentas. Gran y cuidada progresión en el desarrollo del relato y brillante construcción de personajes. Un autor del cual sería magnífico tener la oportunidad de leer más cosas.

El siguiente es un relato de espada y brujería, La diosa de zafiro (The Sapphire Siren, 1934), de un autor cuyo solo nombre ya evoca estos mundos fantasticotes: Nictzin Dyalhis. No, tranquilos, que no os estoy insultando en cimmeriano: es que el tipo se llamaba así de verdad, o eso parece. Un relato de imaginación desbordada, tan exagerado y delirante como ingenuo. Resulta algo precipitado, y es una lástima que Dyalhis no repose ni dé tiempo a algunos momentos de verdad brillantes de su historia. Todo se desarrolla por acumulación, y esta velocidad, este atropellarse, hacen que la fantasía exultante de la que hace gala el autor no destelle como debiera, si bien tampoco la apaga del todo. Como curiosidad, indicar que el relato se inicia en la época actual (actual para el autor, se entiende), y el protagonista, un tipo hastiado de la vida gris y vulgar que debe llevar en nuestro mundo, se ve arrastrado (es un decir: lo está deseando el cabroncete) a otro de fantasía a través de una puerta que se abre en su habitación y un pasillo de lo más normalote que es lo que le separa de un mundo en el que es, nada más y nada menos, rey. Un punto de partida que, con diversas variaciones, era habitual en los relatos pulp más entroncados en la fantasía, como bien sabrán los lectores de Robert E. Howard y Edgar Rice Burroughs.

Weird Tales, julio 1935. Portada de Margaret Brundage.


Tres relatos (dos aquí, uno en la anterior) del mismo escritor en un par de volúmenes de antologías de Weird Tales es excesivo, cuando supuestamente hay tanto material inédito en español donde elegir. Tampoco es que nos parezca mal: hay las suficientes diferencias entre los tres cuentos para poder hacernos una idea de la amplitud temática e imaginativa de Edmond Hamilton, pues no es otro el afortunado, pero esto hubiera sido mejor comprobarlo en una antología dedicada por completo a él. En El vengador de la Atlántida (The Avenger from Atlantis, 1935) el motor que hace avanzar la trama no puede ser más convencional, pero resulta evidente que el desarrollo de la misma no cabe imaginarlo más delirante. Los protagonistas cambian de cuerpo como si de camisetas se tratara y avanzan por el tiempo como otros por el camino de su trabajo a casa. ¡Ríete de Tim Powers! Una aventura fantástica de desarrollo torpe pero de imaginación e inventiva brillantes. En fin, Hamilton en ebullición. En Las semillas del espacio (The Seeds from Outside, 1937) es imposible (bueno, vale, difícil, no imposible) pedir más en cuatro páginas: la caída de un meteorito, extraterrestres en un jardín, una historia de amor entre un humano y una mujer-planta, un crimen pasional... Invasión a escala minúscula en un cuento no tan pequeño como parece.

Quizá sea August Derleth el escritor del círculo de Lovecraft menos estimado por los lovecraftianos. Uno se pregunta por qué, pues gracias a él se debe en gran medida que el Maestro y su legado no cayeran en el olvido. Sin llegar a ser un gran autor, sí que en algunos de sus relatos muestra genio, y en todos oficio. Como en el que aquí nos ocupa, El regreso de Sarah Purcell (The Return of Sarah Purcell, 1936), un relato de fantasmas de lo más tradicional, tan poco original como, sin embargo, absorbente. Y es que esto es en realidad Derleth: nunca rompe, pero tampoco resulta aburrido u ofrece un mal cuento.

Weird Tales, octubre 1937. Portada de Margaret Brundage.


Sin duda uno de los cuentos más gamberros y más abiertamente pulp de la antología (aunque mentiría si afirmara que se encuentra solo en este podio) es La tigresa (Tiger Cat, 1937), de David H. Keller. Está plagado de sadismo, misoginia, horror y, en fin, diversión. Me temo que esto último no por pretensión del autor, pero es que es un relato tan inocente, tan naíf (sí, este también), que su supuesta anécdota morbosa, su perversión de telenovela y su ambiente macabro son de lo más simpático, y hasta entrañable si me apuran. Además, qué quieren que les diga, a mí esta malvadísima mujer fatal con ojos de tigresa me inspira un poquito de ternura. Sí, estoy con ella: que les den a esos caballeretes entrometidos, majaderos y salidos. Tienen lo que se merecen, por descontado que sí.

Lo más curioso de La casa del éxtasis (The House of Ecstasy, 1938), de Ralph Milne Farley (nombre real: Roger Sherman Hoar), es que el protagonista es... ¡el lector! El tiempo ha hecho que el evidente acento picantón y guarrindongui (muy propio de los pulps de la época) de este simpático relato quede muy anticuado, muy inocentón. Pero también puede que este sea su valor: su encanto camp.

Esclavo de las llamas (Slave of the Flames, 1938) es un excelente relato del primer Robert Bloch, cuando la televisión no había hecho estragos en su estilo literario. Esta historia de pirómanos que perviven a lo largo del tiempo o se reencarnan en otros, porque de todo hay, es una de las mejores y más conseguidas de la presente antología. Las descripciones del fuego y la destrucción que este provoca y su equiparación con un monstruo de múltiples bocas y brazos que todo lo devoran resultan tan terribles como hermosas, pues así lo ve Abe, el protagonista, el pirómano desquiciado tras cuyos ojos Bloch nos obliga a mirar y admirar. Y ese es el verdadero horror. Todo un logro, un magnífico cuento. Y coprotagonizado, puro guest starring, por Nerón. Toma ya.

Weird Tales, julio 1936. Portada de Margaret Brundage.

Es una verdadera lástima que haya tan pocos relatos traducidos al español de Mary Elizabeth Counselman. No se trata de una escritora revolucionaria y original, pero sí elegante y efectiva. Una de esas autoras que dan grandeza al género desde su posición modesta. Mami (Mommy, 1939), el cuento aquí incluido, narra una sencilla historia de fantasmas de forma hermosa y eficaz.

La antología se cierra con un relato de Henry Kuttner, Hydra (1939), otro escritor del que se pueden encontrar contados cuentos suyos traducidos a nuestro idioma. Un pena que sean tan pocos (una inmensa suerte que haya algunos), pues indefectiblemente son excelentes. Y este que aquí nos atrapa afirmo con total sentido y conciencia de lo que escribo que es genial. Una absoluta pieza maestra del horror. Enclavado en lo que podríamos llamar “serie” o “saga” de los Mitos de Cthulhu, en mi opinión, desde el mismo momento en que terminé de leerlo, lo considero una de sus cimas literarias. Y lo tiene todo: portales al más allá, presencias horribles que buscan alimentarse de nosotros, experiencias lisérgicas, escenas sanguinolentas, viajes astrales fruto de la más horrísona de las pesadillas... En fin, nada nuevo, es verdad, para todo buen lovecraftiano, ni tan siquiera su estilo: redactado a modo de informe, frío, clínico, valiéndose de cartas, noticias de periódicos, fragmentos de cartas... Si hasta tenemos la típica muerte mientras el protagonista escribe sus últimas palabras en un diario y ve acercarse a él el más horrendo demonio de los espacios encarnado (Dagón como prueba máster). Pero Kuttner logra en serio evocar el más terrorífico horror cósmico con sus palabras. Sus visiones parecen extraídas de otra realidad habitada por demonios reales, que a fin de cuentas de eso va el cuento, pero no como si se lo imaginara, sino como si describiera algo que ha visto con sus propios ojos, tan terrible que uno duda pueda ser fruto de una mente humana. Y las muertes son tan terroríficas, crueles y horribles como se nos adelanta al principio del relato. Un broche magistral.

Weird Tales, octubre 1933. Portada de Margaret Brundage.


WEIRD Tales (1933-1942). Selección, introducción, traducción y notas de Francisco Arellano. Madrid: La Biblioteca del Laberinto, 2008. 160 p. Delirio, ciencia-ficción; 17. ISBN 978-84-92492-03-9.