Mostrando entradas con la etiqueta Walter B. Gibson. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Walter B. Gibson. Mostrar todas las entradas

lunes, mayo 05, 2014

Barsoom: la revista del pulp y la literatura popular, número 10 (navidades 2009)



Pues aquí estamos con el número 10 de la revista Barsoom dedicado en esta ocasión a los iconos del pulp, por cuestiones de espacio solo a algunos de los más representativos, esos héroes y villanos fascinantes que forman parte ya del acervo cultural y viven en nuestros sueños. Y cómo no, se inicia con un sensacional artículo centrado en uno de los malvados más emblemáticos de la literatura de evasión: Fu-Manchú.

Aunque en la actualidad su poder se ha difuminado un tanto y parece solo pervivir en las películas que se le dedicaron, Javier Jiménez Barco, en El insidioso Doctor Fu-Manchú y otros villanos orientales, ofrece un fantástico repaso a las novelas protagonizadas por el maléfico Doctor de Sax Rohmer, origen y epítome de la amenaza amarilla, todo un lugar común de la literatura pulp. La maldad refinada, los planes más enrevesados, rebuscadas torturas y sabiduría ancestral que en sus imitadores alcanzarían cotas de racismo que el mismo Rohmer jamás llegaría a mostrar de manera evidente. Nunca dejó de traslucir su fascinación por la cultura a la que pertenece el Doctor, un poco a la manera en que otro autor nos mostraría este mundo oriental de novela de misterio y crimen, Harry Stephen Keeler, el cual siempre supo compensar maldad y sapiencia en sus personajes, sin dejar de lado mostrar caracteres nobles dentro de la raza malvada por antonomasia, en la época, a ojos occidentales. Edgar Wallace, Jack Williamson o Robert E. Howard fueron autores que también recurrieron al tópico, y personajes míticos como The Spider o The Shadow tuvieron a su vez que vérselas con villanos de ascendencia tal. Y esto cuando no se trataba de “plagio descarado y premeditado”, según Jiménez Barco, como sucedió con The Mysterious Wu Fang, un Fu-Manchú al parecer bastante más truculento que el original. En fin, un aperitivo suculento que viene acompañado por un relato de Sax Rohmer (Arthur Henry Sarsfield Ward, su nombre real), claro está.


Cuarenta y cinco años después de su creación, Rohmer aún escribió alguna historia protagonizada por su icónico personaje. Así Los ojos de Fu-Manchú (The Eyes of Fu Manchu), publicada en dos partes el 6 y el 13 de octubre de 1957 en la revista This Week. Y todo seguía igual: damas en apuros, héroes aguerridos y peligros mil que se suceden de manera mecánica y con relativo interés. Hasta que hace acto de presencia Fu-Manchú in person y la emoción y la tensión se disparan. Lástima que todo lo que le rodea palidezca tanto ante su presencia.

The Shadow visto por Jim Steranko.

Quiero decirlo ya: a mi gusto, la gran joya de este número de Barsoom es La bahía del chantaje (Blackmail Bay), de Walter B. Gibson (alias Maxwell Grant). Una de las dos historias en formato breve de La Sombra, The Shadow, uno de mis personajes favoritos de toda esta pléyade de héroes increíbles. Este cuento resulta sensacional en su dosificación del misterio, en su cuidada, bien definida y bien descrita localización (una isla) y en las formidables apariciones de La Sombra, absolutamente electrizantes y medidas en su prodigiosa efectividad. Un excelente relato que entiendo que a quienes las aventuras de esta fascinante creación no les interesen lo más mínimo puedan pensar que exagero en mi apreciación, pero creo que podría pasar sin problemas la prueba de mi ceguera ante este personaje. Es un buen relato de intriga criminal, y su oscuro héroe solo lo hace brillar más aún con su grandeza.  

Seguimos adelante comentando las fantásticas ilustraciones de Virgil Finlay mostrando a Tarzán cuchillo en ristre, para en la página siguiente adentrarnos en el primer capítulo de Tarzán: la aventura perdida, la novela de Edgar Rice Burroughs que Barsoom a partir de este número nos irá ofreciendo por entregas. Un “fragmento largo” de El Borak de Robert E. Howard que hará las delicias de los completistas del autor texano y un extenso artículo, Los archivos secretos de Doc Savage, formado por extractos del ensayo Doc Savage: His Apocalyptic Life de Philip José Farmer, cubren el apartado de la revista dedicado a la aventura.


No podía faltar un relato del rey de la publicación pulp Weird Tales, Seabury Quinn, protagonizado por su héroe más popular, Jules de Grandin. De La capilla del horror místico (The Chapel of Mystic Horror), publicado en el número de diciembre de 1928 de la citada revista con una magnífica portada de Hugh Rankin, valdría decir lo mismo que ya dije AQUÍ acerca de Los señores del reino de los muertos. El artículo Las sobrenaturales aventuras de Jules de Grandin de Javier Jiménez Barco es otro fascinante repaso a un héroe pulp como sin duda lo fue el investigador de lo oculto Jules de Grandin. Su origen, su desarrollo y su final incluyendo una indispensable relación de todos los relatos por él protagonizados e indicando cuáles de ellos están traducidos a nuestro idioma. Y una selección de ilustraciones de Stephen Fabian con Conan de protagonista sirve como antesala a un relato del salvaje cimmerio. Aunque el dúo revisionista formado por Lin Carter y L. Sprague de Camp no muestra demasiada imaginación en el desarrollo de la trama de Luna de sangre (Moon of Blood), en realidad los prolegómenos de una batalla y la batalla en sí, pocas complicaciones se traen entre manos, la verdad es que mentiría si no dijera que pese a esto resulta enormemente entretenido. Suplen la posible falla comentada con buenas dosis de acción creíble y una gran ambientación y cuidado en los caracteres de los personajes, con lo cual consiguen trasladarnos de lleno a su mundo y que el relato fluya, si bien sin sorpresas, con efectividad.


El fragmento La senda blanca de Abraham Merritt ya lo comenté AQUÍ. El poema El puerto de H. P. Lovecraft y una breve selección de ilustraciones que nos presentan al héroe Northwest Smith de Catherine L. Moore nos conducen a otro excelente artículo: Acerca de la Legión del Espacio, de Javier Jiménez Barco. Un recorrido por las seis aventuras literarias de la mentada Legión, esos adorables héroes creados por Jack Williamson y que reciben aquí el merecido trato de amor y erudición que merecen. Y nada mejor para acompañarlo que incluir La suerte de la Legión (The Luck of the Legion), el último relato que escribiera Williamson protagonizado por ellos, si bien es la cuarta aventura de seis atendiendo a su cronología interna. Un cuento sencillo y emocionante donde quizá lo más bonito sea ver a nuestros héroes ya mayores pero igual de jóvenes en espíritu que siempre en acción. Fue publicado en el número 19, verano/otoño de 2002, de la revista Absolute Magnitude / Aboriginal Science Fiction.  


El horror de Magallanes (The Horror from the Magellanic) de Edmond Hamilton fue publicado en la revista Amazing Stories en su número de mayo de 1969. Tengo una lectura demasiado lejana de Los reyes de las estrellas (The Star Kings, 1949) como para que me haya resultado fácil ponerme y adentrarme de nuevo en el mundo de esta saga, en la cual esplende de manera especial el villano Shorr Kan, aquí ya aliado de “los buenos”, con toda su socarronería y picaresca, sus frases ingeniosas y divertidas, otro antecedente más de ese Han Solo que nos encanta de Star Wars. Space opera pura y dura, con acción a raudales y batallas sin fin. Un entretenimiento ingenuo tal vez, pero siempre honesto y sin fisuras. Relato nacido casi a contra corriente en pleno apogeo de la renovación del género con la New Wave o New Thing, ese grupo de escritores que llevaron la ciencia ficción un paso más allá, tan lejos que hoy día no se está logrando alcanzar ni por asomo, lo cual hace que podamos admirar a pioneros como Hamilton con más crédito. Ellos al menos dieron paso a sus continuadores, cosa que los que ahora reniegan de ellos parecen no entender. Toda evolución requiere sus pasos, y si estos se dejan a un lado y se olvidan, el género se muere porque se queda sin historia. Y así llegamos al final de este apasionante, como todos, número 10 de Barsoom con una entrega del Capitán Rido y su Legión del Espacio, la versión hispánica de esa variante del género que muchos dan por finiquitado pero que, no hay más que fijarse un poco dándose una vuelta por internet, sigue levantando revuelo a cada noticia relativa a la nueva película de las sagas de Star Wars o Star Trek. Buenos y malos sin zonas grises, como en los relatos de nuestros héroes favoritos. 



BARSOOM: la revista del pulp y la literatura popular. Número 10. Navidades 2009. La Hermandad del Enmascarado. 128 p.

lunes, junio 17, 2013

La Sombra ríe (1931), de Maxwell Grant


La Sombra ríe (The Shadow Laughs, 1931) es la tercera aventura del mítico héroe pulp creado por Walter B. Gibson bajo su seudónimo de Maxwell Grant. Aunque siempre emocionante y entretenida, a mi gusto resulta inferior tanto a la trepidante Los ojos de La Sombra como a la fundacional La sombra viviente, y eso que aquí al fin el protagonismo de La Sombra es absoluto, quedando su ayudante Harry Vincent ejerciendo el papel de comparsa en apuros a falta de la damisela de rigor. Y es que el pobre Harry lo pasa en esta ocasión bastante mal, llegando incluso a estar a punto de perecer ahogado en un tenebroso pozo. Nuestro oscuro protagonista da salida a todo su arsenal de apariciones increíbles surgiendo de entre las sombras o bien ocultándose en ellas de manera por completo sobrenatural dejando escapar su carcajada siniestra marca de la casa. Sin duda La Sombra se lo pasa pipa porque se tira toda la novela desternillándose de la risa. Cada vez que en el relato una sombra parece más espesa de lo común o se alarga sobre el suelo más de lo normal ya sabemos que se trata de él, pero aunque sus entradas en escena están narradas con brío algunas se nos antojan algo repetitivas.

Tenemos a todo el plantel de colaboradores de La Sombra que poco a poco vamos conociendo más: Harry Vincent aparte, aquí están de nuevo el eficiente agente de seguros Claudio Arma, el mayordomo Richards y el radiotelegrafista Burbank. En el apartado de los malos de la función, repiten el asesino Steve Cronin, con una breve pero mortífera aparición, y el malvado Isaac Coffran, que no sé cómo le quedan aún ganas de delinquir si el pobre está ya más viejo que Matusalén. Todo esto regado con el plantel habitual de rateros, extorsionadores, asesinos fríos y despiadados y tramposos de poca monta que conforman esos bajos fondos en los que La Sombra se desenvuelve como en su propia casa. Son estas descripciones de personajes secundarios y de locales infectos donde el hampa se oculta y vive su realidad paralela a la del hombre de a pie donde Grant da lo mejor de sí mismo, al menos en esta aventura en la cual el escenario final no acaba de ser tan fascinante como en las ocasiones anteriores. Y es que una cueva con un pozo mortífero no es que sea algo desdeñable, pero desde luego carece de la atmósfera macabra tan intensa y conseguida por Grant al ambientar la anterior en un cementerio.

Como curiosidad, se empiezan a lanzar pistas de que el millonario Lamont Cranston, que suponíamos era La Sombra de paisano, quizás no sea sino otra máscara tras la que se oculta el oscuro héroe. El extrañísimo capítulo VII, Lamont Cranston habla consigo mismo, es esclarecedor al respecto: el rico playboy se enfrenta a su doble que desde el pie de su cama le insta a que desaparezca por un tiempo para que él pueda ocupar su lugar. ¡Vaya lío! Uno no termina de entender para qué diablos La Sombra adopta la personalidad de Cranston: cada vez que lo hace, debe mandar al millonario a recorrer mundo para ocupar él su lugar. Vale, así queda oculta su verdadera identidad, pero en fin, quizá bastaba con que Lamont Cranston fuera un personaje inventado desde el principio… Pero estamos en el terreno pulp más desaforado, y cuantos más misterios y tramas liosas se acumulen, mejor. Buscar algo de lógica en algunas acciones o en determinados desvíos o soluciones de la trama quizá sea no solo excesivo, sino jugar en un campo ajeno a la locura propia de estas historias donde prima siempre antes la sorpresa que la lógica narrativa. No debe uno cuestionarse ningún por qué, sino solo dejarse llevar sin hacer demasiadas preguntas. Aunque también hacérselas y darle vueltas a las posibles respuestas tiene su gracia, no lo vamos a negar.

Por lo demás, la trama de falsificadores de billetes a los que La Sombra acosa sin piedad ni descanso atraviesa sótanos siniestros, garitos de mala muerte, fumaderos de opio llenos de pasadizos con trampas y la mencionada cueva donde tendrá fin la aventura. Pero pesa su carácter de novela de transición: hay demasiadas referencias a Los ojos de la Sombra, se abre la duda sobre quién es en verdad La Sombra, los malvados repiten aunque Coffran esta vez carece de la fuerza que sí tenía en la entrega anterior y el conjunto acaba por lucir más apagado pues los escenarios elegidos no terminan de rezumar toda esa atmósfera de peligro que sin duda requerían. Aun así, no deja de resultar fascinante cómo Grant consigue engancharnos con algunas de las apariciones de este héroe sobrenatural: cuando sus entradas en escena funcionan, son sensacionales. Siempre hay un punto entre las sombras donde la oscuridad es más profunda, siempre se extiende sobre el suelo una forma imposible que salta embozada en una capa oscura como las alas de un cuervo y un sombrero enorme que semi oculta un rostro del que solo podemos percibir una nariz ganchuda como la de un águila. Y es entonces cuando las aventuras del más oscuro de los héroes brillan con más fulgor. 

GRANT, Maxwell. La Sombra ríe. Barcelona: Molino. Hombres audaces, La Sombra; 3.      


martes, agosto 09, 2011

Los ojos de La Sombra, de Maxwell Grant (1931)

La segunda aventura de La Sombra, uno de los héroes de la literatura pulp más grandes e influyentes de cuantos han existido, es esta Los ojos de La Sombra, que Walter B. Gibson, bajo su alias de Maxwell Grant, publicó al poco de salir la primera. Es mejor que la anterior, con una trama de misterio más elaborada y con las intervenciones de La Sombra mucho más eficaces y emocionantes. Al fin le vemos con su capa, con su sombrero de ala ancha y su voz gutural prevenir a los bandidos antes de atacarlos o “invitándolos” a que abandonen la carrera criminal si no quieren vérselas con él.

También le vemos vulnerable pese a sus poderes sobrehumanos: encerrado en una habitación con un montón de malhechores, logra escapar con vida en uno de los momentos más trepidantes de la novela. Con vida, sí, pero con poca vida. Aunque su huida es espectacular, el hecho de que no salga ileso del terrible encuentro lo humaniza de algún modo y, sobre todo, infunde en el lector la idea, que ayuda a generar tensión, de que La Sombra también puede morir en su lucha contra el mal. O cuando menos ser detenido.

Y aquí también descubrimos quién se oculta tras tan extraña figura: La Sombra no es otro que el joven millonario Lamont Cranston. Más humanidad para un personaje que hasta este instante era… Pues eso: una sombra.

Con la aparición ocasional de Steve Cronin, un criminal de baja estofa que ya tuviera una pequeña intervención en La sombra viviente, y con el coprotagonismo de una nueva galería de villanos entre los que destacaría al viejo avaro, tramposo y maquinador, la consabida mente maestra tras todo crimen bien pergeñado, de nombre Isaac Coffran. Bueno, y al siniestro Jupe, del cual todavía no sé si es un simio o un humano con aspecto de gorila…

La trama de misterio se desarrolla tras un curioso robo que desencadena toda una serie de asesinatos, citas misteriosas, torturas refinadas, aparatos de radio y televisión, el colmo del aparataje técnico de vanguardia en aquellos tiempos, utilizados para tareas de espionaje y comunicación, ruinas siniestras, enterramientos en vida y la persecución desesperada de las joyas que suponen la herencia de un militar zarista. ¡Cómo no nos iba a gustar! Por momentos asemeja una película de terror de la Universal, que ese mismo año de 1931 había estrenado el Drácula de Bela Lugosi bajo la dirección de Tod Browning (y sí, vale, al parecer también de Karl Freund) y estaba a punto de hacer lo mismo, si no lo había hecho ya, con el Frankenstein de James Whale y Boris Karloff.

Estas influencias expresionistas y góticas, herederas de las novelas de terror decimonónicas, del folletín europeo y de la propia literatura gótica de siglos atrás, tienen su claro reflejo en Los ojos de La Sombra no solo en la aparición de las ruinas como telón de fondo de la acción, de cementerios, de tumbas, de pasadizos secretos y mazmorras, todo al final tan pulp, sino en la tremebunda mansión del malvado Coffran. Una mansión en pleno New York que en su interior más asemeja el castillo medieval siniestro de cualquier novelón de nuestra admirada Ann Radcliffe: pasadizos, trampas mortales, trampillas que se abren repentinamente en el suelo, paredes y techos que se desplazan para aplastar a quien haya quedado atrapado por ellos, habitaciones que se inundan de mortíferos gases, pasillos oscuros e interminables y voces siniestras y risas macabras para completar la función. Todo un festival gótico y macabro con vendajes aventureros y pulp. Todo un festín para los amantes de las novelas de misterio.

Todavía La Sombra como personaje estaba por desarrollar (más), pero aquí su siniestra silueta iba tomando ya la forma que la convertiría en inmortal.

GRANT, Maxwell. Los ojos de La Sombra. Traducción de Esteban Macragh. Barcelona: Molino, 1936. 104 p. Hombres Audaces, La Sombra; 2.

martes, agosto 02, 2011

La sombra viviente, de Maxwell Grant (1931)

Walter B. Gibson, el auténtico nombre oculto bajo el seudónimo de Maxwell Grant, fue el creador del personaje de La Sombra en el año 1930. Personaje mítico de los pulps norteamericanos de la época, no solo paseó su siempre misteriosa figura por el papel, sino que lo hizo también desde las ondas de radio, su lugar de origen. Aventuras sin fin, enigmas sin cuento y acción a raudales que sobrecogieron y fascinaron al público de la época, la década de los años 30, y que extendió su sombra, nunca mejor la expresión, durante las décadas siguientes.

En esta primera aventura de La Sombra, La sombra viviente (1931), será su ayudante Harry Vincent quien acaparará el protagonismo del relato, aunque el peso de nuestro héroe es extraordinario, cómo no, en el desarrollo de la trama. En este primer encuentro de La Sombra con los malos de turno el lector sabrá tan poco de tan misterioso héroe como todos los que con él se encuentran en el relato. Su risa sardónica, su capacidad sobrenatural de permanecer invisible en espacios reducidos (solo en novelas posteriores se nos explicará que La Sombra posee, entre otras, la capacidad de la umbrakinesis, “una habilidad psíquica que le permite manipular las sombras”, wikipedia dixit), de colarse por cualquier rendija, de disfrazarse a niveles que dejan al mismo Mortadelo como un aprendiz…

Todo en La Sombra es fascinante, todos sus actos llenos de misterio. Cartas cifradas, claves imposibles, sistemas de comunicación alambicados, mensajes que se borran al poco de ser leídos… En fin, todo vale para preservar el anonimato del héroe, aunque en ocasiones pierden más tiempo en elaborar este sistema de comunicación entre La Sombra y sus ayudantes que en detener a los criminales. O eso suponemos, claro, porque en realidad todo resulta sencillo en los pulps. Lo complicado es lo natural, y por eso nos encantan.

Con el tópico del terror amarillo de fondo hasta el punto de que Gibson se encontró con esta portada del chino entre asustado y amenazador hecha antes de que se pusiera a escribir la historia, La Sombra aquí todavía es un personaje por desarrollar, pero esa misma indefinición le presta una fuerza increíble. Y cierto: los héroes pulp son un antecedente absoluto de los superhéroes. Por el pánico que provoca en el mundo del hampa, por su oscuro y siniestro disfraz, por su connivencia con la noche y su aire tétrico (y eso que le gusta reír, pero con una risa macabra) La Sombra bien podría ser el antecesor de Batman, como ya se ha dicho en numerosas ocasiones. También por su manera de gastarla con los criminales, que no deja de ser la habitual en los relatos de acción de entonces (no había coartadas ni comportamientos políticamente correctos en las novelas de entretenimiento porque eran eso, entretenimiento y no ensayos sobre cómo debemos comportarnos en público): no hay piedad ni compasión para ellos. Ni falta que hace si la acción es trepidante y cada página se lee con emoción, cada capítulo pletórico de tensión.

Vemos nacer en estas primeras páginas de las muchas que conformarán la historia de La Sombra a su ayudante Harry Vincent, el personaje con el cual el lector se identifica, un pobre desgraciado a punto de tirarse de un puente (la situación económica desesperada de la época se reflejaba en todos los ámbitos, también en los pulps, pero no para soltarnos el rollaco social, sino porque de verdad reflejaban la realidad de la época: la diaria y real, con tipos que nunca tienen un duro en el bolsillo y están dispuestos a todo para tenerlo, y la soñada, la de los héroes que nos ayudarían a acabar no solo con los malos, sino con nuestro aburrimiento y con nuestro entorno gris haciéndonos soñar con fantásticos mundos de peligro y aventuras; pues como hoy, qué pensabais) al que La Sombra salva en el último momento y le ofrece trabajar a su servicio. También al afable y tranquilo agente de seguros Claudio Arma, otro de los agentes de La Sombra, un eslabón en ese entramado que el héroe teje a su alrededor para poder luchar y vencer a los villanos.

En conjunto, una aventura que se lee en un suspiro, que resulta emocionante porque en ella está todo lo que hemos visto y se ha repetido hasta la saciedad sobre los héroes con cualidades sobrehumanas, en la que el misterio y la intriga son genuinos, en la que fascinan por igual los malvados capaces de todo por llevar sus maquiavélicos planes adelante y unos buenos de la función que son presentados con tintes positivos pero cuya máxima figura no puede resultar más oscura. Hoy no sería un héroe: sería tildado de criminal y reaccionario por su forma de abatir el crimen. Vamos, que la ley lo perseguiría más a él que a los propios criminales. Pero igualmente seguiría siendo nuestro héroe: el que nos regala una hora de entretenimiento tras nuestro agotador quehacer cotidiano, el que nos asombra con una hora de literatura de evasión pura y honesta.

GRANT, Maxwell. La sombra viviente. Traducción de José Mallorquí Figuerola. Barcelona: Molino, 1941. (2ª ed.). 72 p. Hombres audaces, La Sombra; 1.