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lunes, marzo 11, 2013

EAM # 38: Los hijos de los malditos, de Anton M. Leader (1963)




Nueva entrega para la página de cine El antepenúltimo mohicano dedicada en esta ocasión a la película Los hijos de los malditos (Children of the Damned), dirigida por Anton M. Leader en el año 1963. Aunque siempre es presentada como una continuación de El pueblo de los malditos (Village of the Damned, Wolf Rilla, 1960), no hay más que verla para descubrir que no es así. Partiendo del éxito de esta última y de algunas ideas planteadas en la novela de John Wyndham Los cuclillos de Midwich (1957), estos hijos superdotados de una raza que a su lado resulta inferior se desenvuelven en una historia que se aleja del punto de partida original para dar forma a una película que, si bien bebe de sus antecesores fílmico y novelístico, pudiendo ser considerada complementaria de ambos, al tiempo es totalmente independiente. Así escrito parece un trabalenguas, pero no. Puedes descubrir por qué leyendo el comentario






Ian Hendry y Alan Badel están fantásticos interpretando a los dos científicos que estudiarán el extraño caso de los niños de inteligencia prodigiosa. Sus descubrimientos los llevarán a tomar diferentes caminos en su posición frente a qué demonios hacer con ellos. 


Aunque en conjunto no resulta una película tan extraordinaria como El pueblo de los malditos, sí que la podemos considerar un ejemplo brillante de ese cine fantástico inglés que parece siempre desarrollarse en voz baja. El drama irá creciendo hasta explotar en un desenlace de una ironía demoledora.


Con tres válvulas viejas de radio, un trozo de cristal roto de una vidriera y unos cables mal enrollados los niños se marcan un arma sónica mortal que hace que a los líderes de las potencias mundiales les hagan los ojos chiribitas. O crean esas fabulosas armas para ellos o mejor muertos. El enfrentamiento a vida o muerte es inevitable. 





Película de nada fácil sencillez formal, de gran belleza en algunos tramos y emocionante en todo su desarrollo, Los hijos de los malditos es un clásico algo escondido que merece la misma atención que su compañera El pueblo de los malditos. Montar una doble sesión privada para ver ambas películas es un placer impagable que os recomendamos encarecidamente, que se dice, desde La décima víctima. Nosotros lo hacemos al menos tres veces al año. Crecen a cada nueva sesión. Sin duda, dos favoritas de este solitario blog.  





lunes, febrero 25, 2013

EAM # 37: El pueblo de los malditos, de Wolf Rilla (1960)




Nueva entrada para la página de cine El antepenúltimo mohicano. En esta ocasión, una película por la que siento absoluta pasión: El pueblo de los malditos (Village of the Damned, Wolf Rilla, 1960). Casi obsesión, me atrevería a decir, por una poderosa razón personal. Pero baste decir que la cabecera de este blog, desde su primer día, estuvo presidida por una imagen de sus niños alienígenas protagonistas. Puedes leer el comentario



Si atacas a uno, los atacas a todos:






Son inmunes al dolor y al sufrimiento:



Los humanos no pueden luchar contra su poder de controlar las mentes:




Gordon Zellaby les da clase,
pero apenas lo necesitan:






Procura que no te miren mal:




Todo tranquilo en Midwich:






AQUÍ

 mi opinión sobre la fantástica novela en la que se basa la película: 
Los cuclillos de Midwich (1957), de John Wyndham.

lunes, noviembre 26, 2012

Los cuclillos de Midwich, de John Wyndham (1957)



 Al escritor inglés John Wyndham (1903-1969) le gustaba escribir sobre invasiones alienígenas, qué duda cabe. Habitantes de otros planetas que se introducen en el nuestro con afán de conquista, violentando nuestras existencias cotidianas en las que se instala lo extraño cuando no lo imposible. Al menos en sus novelas más conocidas. Si en El día de los trífidos (1951) son unas despiadadas plantas del espacio las que se adueñan del planeta, más por cuestión de supervivencia que por maldad, las pobres, en esta Los cuclillos de Midwich (1957) adoptarán la forma de niños, los hijos de los habitantes de un pueblo inglés tranquilo y olvidado por la historia que se verá impelido a entrar en ella de una manera brutal. No siempre las visitas eran con afán de conquista, como en Chocky (1968), donde el alien solo desea hacer amistad con un niño terrestre. Pero sí planteaba en todas sus novelas argumentos e ideas originales y, por qué no, hasta subversivas.

En El día de los trífidos, los humanos se verán arrastrados a cometer barbaridades en su afán por sobrevivir, olvidando su razón de ser: la humanidad. En Chocky se plantea el rechazo a todo lo que se desconoce solo por esto mismo, por ser ajeno. Aunque no versa sobre una invasión ni una visita amistosa por parte de los extraterrestres, sí que en su novela Las crisálidas (1955) arremete contra el fundamentalismo religioso de una forma feroz. De nuevo el rechazo a todo lo que es diferente a nosotros, la incapacidad de comprender al otro hasta el punto de no dudar en matar a los propios hijos si estos no son considerados “de los nuestros”. Y esto mismo pero justo al revés es lo que Wyndham plantea en Los cuclillos de Midwich: los extraterrestres serán tus propios hijos. ¿Los matarías por la supervivencia de tu especie? Porque no hay opciones de convivencia. En Las crisálidas Wyndham tomaba y nos hacía tomar partido por los niños evolucionados que suponían un avance de la especie. Pero en Midwich los niños son invasores del espacio, y su exterminio se hace obligatorio si se quiere sobrevivir. De nuevo la temática de la supervivencia a cualquier precio, de nuevo la evolución de la especie que nos lleva a tomar medidas drásticas tanto si se quiere eliminar como si se desea seguir: no hay término medio en sus novelas. Uno debe elegir, se ve forzado a pensar, a dialogar con lo que lee. Y lo maravilloso de Wyndham es que llega a hacernos pensar sin dejar de ser nunca entretenido hasta la pasión.

En Los cuclillos de Midwich el planteamiento es de una fuerza y una originalidad que desarma al poco de comenzar la lectura. Todo un pueblo queda atrapado en una cúpula que deja sumido en un extraño sueño tanto a los que están en su interior como a aquellos que se aventuran a entrar. Un día de aislamiento tras el cual todo vuelve a la normalidad. O eso parece. En las cercanías se ha divisado un extraño objeto con forma de platillo volante que ha estado detenido junto al pueblo todo el tiempo que ha durado su aislamiento. Y a los pocos meses, todas las mujeres del pueblo están embarazadas. El horror de no saber qué se está gestando en su interior junto a la lucha contra las convenciones sociales (entre ellas hay mujeres solteras y chicas muy jóvenes) se funden en un relato llevado con mano maestra. Porque no solo se trata del horror, sino también del amor que una madre no puede dejar de sentir por su hijo pese a desconocer el mismo por qué de su embarazo. Una temática difícil que Wyndham nos narra con una elegancia magnífica, sin eludir nunca lo más escabroso y sin caer jamás en lo sensacionalista. Porque en definitiva, si en Las crisálidas lo que se cuestionaba era si por la evolución deberíamos matar a nuestros padres, aquí es si por evitarla debemos matar a nuestros hijos.

Quizá el único problema de esta novela que se lee en un suspiro, que te envuelve y te atrapa de manera que no hay quién abandone hasta terminarla, es que los niños extraterrestres aparecen demasiado tarde y solo toman presencia casi al final de la misma. Para cuando podemos “oírlos” hablar por primera vez, sus actos ya nos han hecho tomar partido y la decisión de acabar con ellos no resulta tan dolorosa. Y eso que nunca dejan de ser niños asustados que solo desean sobrevivir. A cualquier precio, claro, pero es que todo es como la vida en la naturaleza salvaje: devorar o ser devorado. Los niños son más fuertes, pero son inferiores en número. Su fría lógica y su superior inteligencia los hará invencibles en cuanto crezcan un poco más y desarrollen todo su poder. Hay que exterminarlos cuando aún son adolescentes. Resulta curioso, quizá paradójico, que el único humano, Gordon Zellaby, que tendrá claro que es una cuestión de matar o morir, sea el más inteligente, el que más amistad o cercanía ha logrado con los niños, el único que los conoce bien y en el que ellos confían. En realidad, es un padre que deberá tomar la decisión de asesinar a sus hijos para salvaguardar su propia especie. Un tema casi bíblico, Abraham sacrificando a Isaac, solo que aquí no se trata de una petición ciega de un dios cruel, sino de la supervivencia exigiendo un sacrificio inhumano.

Esta edición de la editorial Gaviota presenta la traducción que se repite de una edición a otra de las pocas que ha tenido esta novela en España. Una traducción nefanda que llega a resultar incomprensible en algunos párrafos por su mala redacción. Si sumamos este uso “particular” de la gramática a la mareante cantidad de errores tipográficos y faltas ortográficas que contaminan el texto casi a cada línea, no queda sino llegar a la conclusión de que esto es lo más extraterrestre del libro. Hay momentos en los que se lee casi por abstracción: formando las frases en tu cabeza. Un espanto, en fin.  

En el año 1960 se realizó una adaptación cinematográfica, El pueblo de los malditos (Village of the Damned) que a mi gusto supera a la novela, pues permanecen en esencia todos sus planteamientos y los niños tienen una presencia más constante y poderosa. La decisión de Zellaby, al tiempo que más dolorosa, también está mejor llevada. Sus dudas y certezas se entienden mejor y alcanzan más profundidad precisamente por el hecho de haber sido simplificadas en su versión para el cine, obra de la soberbia adaptación de Stirling Silliphant, Ronald Kinnoch y Wolf Rilla, este último también como director. No entraré en detalles de qué supuso para mí la primera vez que vi esta película. Por muy importante que me resulte, a vosotros os aburrirá sin remedio. Baste saber que una fotografía de los niños de esta película es la imagen que preside este blog.   

WYNDHAM, John. Los cuclillos de Midwich. (Traducción de Barbara McShane y Patrick Alfaya McShane); (ilustración de portada: Enrich). Barcelona: Gaviota, 1986. 302 p. Infinitum, ciencia ficción; 4. ISBN 84-7693-026-7.





miércoles, abril 25, 2012

Chocky, de John Wyndham (1968)



El último libro que escribió John Wyndham (1903-1969), Chocky, fue publicado un año antes de su muerte. Tras narrarnos invasiones alienígenas tremebundas, otras soterradas y secretas, amenazas sin cuento y desastres atómicos que dejaban la Tierra convertida en un estercolero postnuclear, Wyndham optó en esta ocasión por una aventura menor, casi íntima, que apenas abandonaba el entorno de una familia formada por los padres y sus dos hijos, un niño y una niña más pequeña. Pocos personajes y ningún tipo de amenaza mundial, nada que pusiera en peligro la existencia de todo el globo. Solo un niño, Matthew, y su extraña amiga Chocky. Que en un principio también podría ser una amenaza, pero solo y únicamente para ese niño que es el único que puede oírla.

Si Wyndham hubiera adoptado el punto de vista del niño y no el de su padre, quizá estuviéramos hablando de un clásico absoluto de la literatura juvenil. Sin embargo, aunque el autor muestra su tono más amable en esta novela, no por ello se decanta por lo fácil y narra la historia desde el punto de vista del padre, que si bien cree en su hijo desde el primer momento y es sencillo empatizar con él, elimina de un plumazo la identificación que cualquier joven pudiera tener con Matthew, al menos de manera directa. David, el padre, impone como narrador unos supuestos que lo sitúan de parte de su hijo, pero a un lector joven le resultarán ajenos sus problemas con su esposa, Mary, para tener hijos (Matthew es adoptado por ellos), sus elucubraciones sobre las fallidas relaciones con la familia de ella y sus dudas sobre si lo que le sucede a Matthew es real, y si de serlo esto puede resultar peligroso para él. La sensación es que Wyndham ha querido contarnos un cuento de niños para adultos. A través de su protagonista nos obliga a adoptar la actitud de un niño y a mirar con sus ojos. Pero solo así podremos comprender a Matthew y saber que nos dice la verdad. Porque algo habla a Matthew en su cabeza, pero ni está loco ni se ha inventado un amigo invisible como hiciera en el pasado su hermana pequeña Polly. Chocky es real.

A pesar de las diferencias de tono y atmósfera, Wyndham insiste con una de sus temáticas predilectas: lo nuevo, lo diferente, lo que es superior a nosotros nos produce rechazo y debemos destruirlo. El hombre como animal que castiga y destierra la diferencia, incapaz de comprender y asimilar al otro, al distinto, a todo aquello que no puede comprender. 

Con una trama minúscula, deteniéndose con delectación en la relación que se impone entre ese padre que, al contrario que el resto de los adultos, sí lucha por comprender, y su hijo, que habla con una entidad superior en el interior de su cabeza. La delicadeza, el cuidado, la manera magistral en que nos muestra la psicología y el carácter de ese niño al que todos creen poseído, loco, enfermo o simplemente atravesando una fase típica de su edad y hacernos creíble su imposible situación son propias de un maestro. Y no solo en lo referente a Matthew. Aunque se detiene de manera muy breve en su hermana Polly, cuando Wyndham nos relata los días que la pequeña introduce en la familia a su amiga invisible Piff demuestran su impresionante capacidad para entender a los niños y, en especial, para hacernos entender a nosotros, adultos, qué piensan y sienten ellos.

De una apabullante sencillez, Chocky es una novela que se lee con agrado y emoción. Un final en voz baja cuyo susurro perdurará en nuestra cabeza por mucho tiempo.

Chocky tuvo una adaptación televisiva: una serie de tres temporadas (1984-1986) producida por la Thames Televisión inglesa y escrita en su totalidad por Anthony Read (que escribió, entre otras cosas, episodios para la formidable serie Dr. Who y para la mítica Sherlock Holmes protagonizada por Peter Cushing). No he visto ninguno. Vamos, que ni tan siquiera tengo el vago recuerdo de haber visto algún episodio en mi adolescencia, así que poco os puedo decir. Eso sí, goza de un pequeño pero potente culto en determinados foros de internet. También denotan esos mismos foros que ese culto se debe al recuerdo, no nace de haber visto los episodios de forma reciente. En fin, ojos que mitifican como los del mismo Matthew. La Chocky televisiva ejerciendo el mismo poder fascinador que la del libro, las dos etéreas e inaprensibles.

WYNDHAM, John. Chocky. Traducción de José Real Gutiérrez. Barcelona: Minotauro, 2010. 189 p. Clásicos Minotauro. ISBN 978-84-450-7767-2. 

miércoles, abril 18, 2012

Las crisálidas, de John Wyndham (1955)


“Me asombraba descubrir cuánta gente parecía poseer información positiva, si bien conflictiva, acerca de las opiniones de Dios.” (p. 191)

Las crisálidas (The Chrysalids, 1955) es la tercera novela que escribió John Wyndham (1903-1969) después de la Segunda Guerra Mundial. Antes había escrito para revistas de ciencia ficción historias consideradas menores por la crítica oficial. Hasta que no las lea todas esto no me lo creo del todo, aunque también es verdad que la calidad de estas seis novelas con las que dio fin a su carrera literaria parecen ser el culmen de su obra. De las cuatro que he leído afirmo con total pasión que son cuatro obras maestras de la ciencia ficción, esto es, como decimos siempre, cuatro obras maestras de la literatura mundial. Si no lo sintiera así, no lo escribiría. A día de hoy, El día de los trífidos (The Day of the Triffids, 1951) me sigue pareciendo una novela infinitamente superior, más dura y de más alcance filosófico, aparte de más emocionante, que el Ensayo sobre la ceguera (1995) de José Saramago, novela con la que la comparo porque parte de una premisa idéntica. También porque me da la gana, para qué os voy a engañar.

En Las crisálidas Wyndham nos muestra una Tierra que ha sufrido una hecatombe nuclear, la así llamada por todos Tribulación. El planeta es ahora un pudridero radioactivo en el que los humanos intentan sobrevivir. Las mutaciones provocadas por el radio afectan tanto a las plantas como a los humanos. El niño David crece en una comunidad agraria en una zona que, aunque sufre las mutaciones, parece del todo descontaminada. Está situada en la antigua provincia de Labrador, Canadá. Quizá el único lugar del mundo que conserve el aspecto y la esencia del Viejo Pueblo, los humanos tal y como eran antes de la guerra nuclear. Y para mantener esa pureza se aplica un estricto código en el cual toda mutación será exterminada.

Vemos así crecer a David en un entorno que recuerda sobremanera al de los primeros colonos anglosajones de los Estados Unidos, comunidades aisladas y unidas por un férreo concepto de la religión que ahoga y castiga con la muerte la diferencia. Cualquier atisbo de mutación es eliminado sin contemplaciones, pues todo lo que se aleja de la imagen de Dios no es humano ni es puro, por lo que el exterminio no es sino una forma de alabar a Dios. En tal ambiente, David la verdad es que las pasa canutas sabiendo que a la vista de todos es normal, pero madre mía que resulta que es un telépata de los demonios. ¡Y no está solo! La angustia, el miedo, el crecer en un ambiente hostil en el que cada vez que se nombra a Dios y su palabra es para hacer sufrir, torturar o matar a alguien conforman un entorno de pesadilla que Wyndham nos describe de manera prodigiosa. Porque nunca deja de hacernos ver todo a través de los ojos de ese niño, David, y en ese mundo de terror un niño nunca deja de contemplar todo lo que le rodea con ojos curiosos y anhelantes de conocer el verdadero sentido de aquello que conforma su realidad. En su aparente soledad pronto encontrará refugio en los pocos que son como él y en su tío Axel, el único adulto, la única persona no mutante que lo ayudará.

Toda la primera mitad del libro transcurre en esta comunidad formada por granjas colindantes tan temerosa de Dios como de las mutaciones que puedan sufrir sus hijos y sus cosechas. El día a día de David, la ocultación continua de su condición, el descubrimiento de otros niños, pocos, con su misma cualidad, la vida asfixiante en una comunidad donde la religión ahoga la existencia en un mar de miedo y delación deviene un relato apasionante, entre la angustia y el retrato descarnado de una comunidad fundamentalista, enemiga de lo diferente y de lo nuevo, que resulta casi hiriente por su actualidad. En realidad eterno, pues refleja al hombre tal y como es, con todo lo bueno y con toda su obsesiva y destructora maldad.

Wyndham nos describe con emoción y tensión prodigiosas estos años de crecimiento y conocimiento, cómo David descubre con dolor qué significa ser diferente, el terror constante a ser descubierto y la solidaridad natural entre aquellos que son como él. Hasta que Petra, su hermana pequeña, da muestras de poseer el mismo poder pero con una intensidad desconocida e incontrolable. Esto provocará más adelante un giro en la vida de todos los personajes que llevará la novela por otros derroteros, igual de apasionantes pero quizá no ya, a mi gusto, tan apabullantes. La segunda mitad del libro se lee igualmente con emoción, la intensidad no decae, pero la aventura resulta menos poderosa que la descripción de una comunidad enferma en su corazón.

Justo en su novela posterior, Los cuclillos de Midwich (The Midwich Cuckoos, 1957), Wyndham nos volvería a mostrar un pequeño grupo de niños acosados hasta ser destruidos por una sociedad que ni los comprende ni los acepta. En ambos casos seres superiores que reciben el rechazo y el odio de quienes se niegan a aceptar que la evolución sigue su curso y deja atrás sus restos. Y estas formas superiores adoptan la forma de sus propios hijos, a quienes no dudan en exterminar. Los cuclillos de Midwich sería llevada al cine en el año 1960 bajo el título de El pueblo de los malditos (Village of the Damned) dirigida por Wolf Rilla, una película genial por la que siento una adoración que no logro entender. Bueno, un poco sí, pero como me ponga a intentar explicarlo esta entrada será interminable. Baste con decir que a ella pertenece la fotografía que encabeza este blog. En el año 1995 John Carpenter haría un remake que, tal y como se las están gastando en Hollywood rehaciendo viejas películas, con el tiempo hasta habrá que darle las gracias por al menos, sin ser una buena película, haberle puesto cariño.  
   
Resulta curioso que poco después fuera el mundo del cómic de superhéroes el que retomara muchas de las ideas aquí expuestas, en concreto la editorial Marvel y su Patrulla X (X-Men), en la cual, a través de sus aventuras, se mostraban el concepto de mutante y el sentido de diferencia y aislamiento que esto conllevaba de forma idéntica que en la novela de Wyndham, si bien en un contexto bien distinto.

Hay grandes momentos en Las crisálidas, pero quizá uno de los más impactantes y conseguidos sea cuando el tío Axel, la única persona en esa comunidad cerrada en sí misma e ignorante del exterior que piensa que el centro de la existencia está en el salón de sus casas que sí ha recorrido el mundo y por eso está abierto a comprender lo diferente, le cuenta a David acerca de sus viajes. Cómo en tiempos él vivió en una ciudad junto al mar y en uno de sus viajes como marinero llegó más allá de las Malas Tierras, dejando atrás las Tierras Agrestes y los Bordes hasta llegar a las terribles y desoladas Costas Negras. El lector va por delante de los personajes, que hablan de esto sin en realidad tener conciencia real de lo que ha ocurrido en el pasado, una devastadora guerra nuclear, y dan sentido casi místico a la pesadilla en la que se ha convertido el planeta. La prosa de Wyndham brilla de manera especial en esas páginas en las que nos sumerge en la sombra de una Tierra devastada y desconocida descrita a través de unos ojos que ven pero no logran comprender. Sin embargo, ojos abiertos lo suficiente para aceptar la incomprensión, para saber que el conocimiento que poseen no basta para desentrañar la verdad. Esta actitud socrática será la que los mantenga libres y alerta, capaces de comprender lo desconocido y aceptarlo cuando al fin decida desvelarse ante sus ojos.

WYNDHAM, John. Las crisálidas. Prólogo de Christopher Priest; traducción de Ángel García Fluixá. Barcelona: Duomo, 2011. 245 p. New York Review Books. ISBN 978-84-92723-33-1.    

miércoles, octubre 20, 2010

La décima víctima en la radio # 23: H. G. Wells (1ª parte: el universo es múltiple, pero el hombre invisible está solo)



DESCARGAR (pulsar botón derecho y guardar como) Duración: 13' 57''






Tras el descanso de la semana pasada, seguimos adelante con otra entrega más, la número 23, de la sección dedicada a la literatura de género en el programa de Canal Extremadura Radio Los dos de la tarde. Con esos dos tuertos en el país de los ciegos que son Carlos y Kanuto, nos desplazamos por el tiempo y el espacio curvos hasta instalarnos en el salón de la casa del gigantesco H. G. WELLS.






Nos centramos en su absoluta obra maestra El hombre invisible, si bien, para no variar, divagamos por otras creaciones suyas, por lo divino en forma de ángel y por lo humano en forma de reyes invidentes. Las ilustraciones que engrandecen esta entrada son de ENRIQUE FLORES. Están reproducidas con su permiso, que para algo es un gran amigo, y fueron originalmente publicadas en la edición de Anaya Tus Libros Selección de esta novela.




Nos pusimos en plan intelectual y dejamos fluir nuestros inmensos conocimientos de física cuántica. Conocimiento fruto de ver la serie del Doctor Who y de la lectura de este absorbente libro de Michio Kaku. Con eso ya vale, ¿no?




Hablamos de la película que James Whale dirigió en el año 1933 en la cual adaptó esta arrolladora novela. Inevitable. Hay otras versiones, pero para qué después de ver ésta. Su fuerza icónica y su belleza plástica son irrepetibles.



El programa se emitió el 19 de octubre de 2010. Al salir de la radio, recoloqué mis gafas sobre mi falsa nariz, subí el cuello de mi gabán, me cubrí con cuidado con mi bufanda y, lanzando una mirada enloquecida al pasado, salí corriendo hacia la nieve para perderme en la noche.