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lunes, junio 24, 2013

Preludio trágico (1939), de Ngaio Marsh


Preludio trágico (Overture to Death, 1939) es la octava aventura del Inspector Alleyn de las 32 que protagonizó de la mano de la escritora neozelandesa Ngaio Marsh, una de las grandes damas de la novela de misterio junto a Agatha Christie o Dorothy L. Sayers, bien conocidas de manera popular como las “Reinas del crimen”. Nunca había leído una obra suya y me apetecía mucho. El resultado ha sido algo decepcionante, aunque con algunos momentos excelentes que me han dejado con la duda de si intentarlo con otra novela o dejarlo estar. Si alguien me recomienda de manera especial una, sí que me animaría. Dejo pues hecha la invitación por si me queréis ayudar con Ngaio Marsh.

Preludio trágico, pese a su título, no puede comenzar de manera más brillante. Hay una excelente presentación de personajes y una gran exposición de la vida en un pequeño pueblo inglés. La asfixia provocada por una sociedad encerrada en sí misma y consumida por las apariencias y las buenas maneras superficiales que ocultan desaforados fuegos interiores están descritas con verdadero genio. La forma de mostrar la presión de las opiniones sobre los propios actos, los sentimientos exacerbados comprimidos hasta estallar en forma de crimen y el poder de la convención y las formalidades de la vida social no tiene nada que envidiar a esa novela negra que presume de ser un reflejo crítico o en negativo de la sociedad y que, en verdad, no va más lejos de lo que en esta novela de Ngaio Marsh se consigue llegar. Resulta demoledora, incluso un poco deprimente: rezuma oscuridad y mala baba, escarbando hasta lo más profundo de la psicología de sus personajes. Marsh no se detiene ante nada y el desarrollo de la enferma trama hasta la mitad de la novela es subyugante.

Pero entonces acontece el asesinato. Este es sorprendente, chocante, llama la atención de manera poderosa y nos deja descolocados. Y, sin embargo, a partir de aquí la historia se hunde en la habitual sima de interrogatorios, el baile de preguntas y respuestas ya consabidas, esas que si me las hicieran a mí no podría responder ni a una porque yo qué sé dónde estaba y qué demonios estaba haciendo el pasado martes a las 21 horas y 13 minutos: qué hizo usted a esta hora, dónde estuvo, con quién, se fijó si esa brizna de hierba estaba torcida… Bien que este maelström especulativo nació en las obras de Marsh y sus compañeras de viaje, pero eso no impide que resulte un auténtico rollazo, un bajón en la novela justo cuando habíamos entrado en ella a ciegas y estábamos por completo inmersos en ese rincón pequeño y perdido que puede ser cualquier rincón del mundo.  Está fantástico comprobar cómo la autora arma su complicado puzzle, pero la identidad del criminal importa un rábano y se deja de lado lo que hasta entonces suponía el punto de mayor interés: ese retrato despiadado de una comunidad aislada. A su favor, diremos que en el tramo final Marsh ofrece una pista potente para que no todo sea una sorpresa en el desenlace, recuperando en parte la trama más psicológica y enfermiza. Pero ya es algo tarde y lo mejor se ha quedado en el camino. Lo dicho, si me recomendáis una novela de Marsh que os haya encantado, lo intentaré de nuevo. Si no es así, no sé si volveré a ella. Y algo me dice que más de una de esas 32 novelas merece la pena. El intríngulis radica en saber cuál.


Lo que no se puede negar es que Ngaio Marsh se trataba de una señora elegante de verdad, ¿no?

MARSH, Ngaio. Preludio trágico. Traducción de Agnes Pierce de Zamora. México, D.F.: Editorial Cumbre S. A., 1954. 238 p. Laberinto.