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lunes, abril 04, 2016

La Reina Orquídea (2016), de Borja González



Los veranos interminables, cuando las vacaciones eran eternas y se llenaban los días leyendo cómics, paseando por la enorme casa de los abuelos, perdiéndonos en la ya entonces semi abandonada segunda planta, lugar idóneo para que los fantasmas acecharan detrás de cada raída cortina, de cada desvencijada puerta, para que se manifestaran a través de cada uno de los vanos que daban a un planeta diferente adonde huir. El sol pesado, la tarde silenciosa, podías revisar periódicos viejos buscando fotografías del pasado o también ponerles nombre a cada una de las flores que crecían en las siempre cuidadas macetas, lo único que parecía ser atendido en aquel sitio donde el tiempo se había detenido y el silencio era tan abrumador que el sonido de la respiración parecía retumbar en las paredes. Buscando un libro secreto entre los volúmenes abandonados de una estantería, encontrando una historia y quizá inventándola al contársela al oído a alguien, o tal vez poniéndole fin porque el original carece de él. Somos piratas, astronautas, detectives, bomberos y en ocasiones jóvenes que sin miedo nos atrevemos a cruzar el pasillo a solas, evitando echar a correr aunque por el rabillo del ojo veamos temblar el cortinaje. Duelos a espada y fieros tiroteos a muerte, y siempre volver a revisar ese libro ya leído mil veces o ese cómic con las hojas desprendidas de tanto pasar sus hojas. Porque había mil y un días en aquellos veranos, y eran vastos y apasionantes y aburridos. Y en uno de ellos viven Teresa y Matilde, las dos jóvenes que pasean por el jardín de un formidable castillo, uno de aquellos salidos de la mente delirante del rey loco Ludwig, una Baviera mítica donde el rey de las Hadas concede deseos, donde una reina puede florecer porque ya ha tomado forma en un sueño.


Teresa y Matilde en La Reina Orquídea hubieran sido nuestras compañeras perfectas para sobrevivir a otro de aquellos estíos si tal vez este cómic de Borja González hubiera existido entonces, aunque tal vez fuera así y solo ahora lo hemos encontrado. Así porque todo lo que se nos cuenta en él lo hemos vivido y al tiempo es nuevo, desconocido, un sueño que nos trae reminiscencias y en el que a la vez nos vemos incapacitados para reconocer nada. La fascinación es un envoltorio mágico y extraño que hace propio y familiar lo que otros han vivido trasladándolo a nuestro universo particular. Pareciera no que ha nacido en la mente de otra persona, alguien ajeno, sino que ese otro ha escuchado y atisbado y paseado por nuestras ensoñaciones para darles forma en dibujos sobre un papel. Somos nosotros pero también no, porque no dejamos de contemplar con los ojos asombrados ese mundo fruto de la imaginación prodigiosa de otro, de un demiurgo que por más que leamos su nombre una y otra vez sobre la tapa de ese libro de nuestra infancia no podemos creer que pueda sonar tan terrenal: Borja González. Puede que quizá hasta lo conozca en persona. Pero no puede ser. No así porque mientras pienso esto el libro se dobla sobre sí mismo, se flexiona y se retuerce y adopta la forma papirofléxica de un corcel que en su interior esconde un deseo. Tú también lo miras, Teresa, amiga mía, y es justo entonces cuando se mueve y se esconde desapareciendo entre la fronda del jardín.


La Reina Orquídea (2016) es un cómic maravilloso, mágico y extraño, escrito y dibujado por Borja González. Lo ha editado El Verano del Cohete. Ha sido una de las lecturas más absorbentes de las que he disfrutado en estos días tan lejanos a las vacaciones y tan poco amables para pensar y soñar otros universos. Ha disparado mi imaginación y el anhelo de pasear por un jardín solitario donde cada planta oculta un misterio, donde cada misterio posee un nombre inventado y donde cada nombre se resume en dos: Teresa y Matilde. Las conocí hace apenas un mes. Sin embargo han estado ahí, justo al lado, solo necesitábamos que alguien nos mostrara el camino y mirar para saber de su presencia. Por todo esto, pero no solo por todo ello sino también por lo que aún queda por descubrir, es y será un placer leer y releer esta obra que vive por encima de nuestro tiempo.





GONZÁLEZ, Borja. La Reina Orquídea. Badajoz: El Verano del Cohete, 2016. ISBN 978-84-942610-4-6. 




viernes, abril 01, 2011

La décima víctima en la radio # 42: Charles Burns



DESCARGAR (pulsar botón derecho y seleccionar guardar destino como) Duración: 13' 41''



Entrega 42 del culebrón fantástico que La décima víctima os ofrece en Canal Extremadura Radio todos los martes hacia las 18:30 horas.


El protagonista de la sección fue el autor de cómics CHARLES BURNS, todo un maestro del horror cotidiano, del miedo adolescente, del pánico al cambio y de la serie b de culto. En fin, de todas aquellas cosas con las que nos identificamos de manera absoluta y que tan felices nos hacen. Felices en el horror.  


Su obra maestra Agujero negro es todo un compendio de sus temas y de su forma de contárnoslos. Pero no olvidemos que hay más, mucho más.


Emitida el 22 de marzo de 2011.




jueves, noviembre 06, 2008

Misterios de la carne (1980-1984), de Charles Burns


En los Laboratorios Deltoides se está llevando a cabo un experimento sobre los misterios de la carne (humana, se entiende). El estudio se encuentra aún en fase de recopilación de datos y casos. Se nos van a mostrar estos, claro, en forma de historieta gráfica. Y de esta manera Charles Burns introduce una serie de relatos aunados por el cemento común de la alteración de la carne, de la invasión de la misma por extraños parásitos, de la mutación, de científicos que hollan terreno que nunca debiera haber sido pisado, jóvenes inocentes y puros contaminados por inexplicables virus y jóvenes soñadores que ven sus matrimonios convertidos en fúnebres pesadillas debido a las conductas cuando menos sospechosas de sus, en un principio, honradas, honestas y perfectas parejas. Si todo esto lo enmarcamos en un universo de película de terror de serie B de los años 50 y primeros 60, amalgamado en su estructura con la más típica comedia de adolescentes y algún momento extraído del más convencional melodrama familiar, tendremos a Charles Burns en estado puro.

Burns recopila así (si es que lo ha hecho él, que igual no) varias historietas de diversas épocas y las une por medio de anécdotas de una página que sirven de vaporoso hilo conductor del relato. Aunque estilísticamente no guardan relación entre sí, argumentalmente comparten, además de lo dicho, un macabro gusto por el horror. Gusto que compartimos, sobra decirlo. Y pese a que en conjunto la impresión inevitable es de dispersión, también resulta evidente que siempre hay algo que las acerca entre sí pese a las múltiples diferencias: el mundo que nos muestra Burns, único pero multifacético.

La primera historieta larga del álbum es la titulada La voz de la carne que anda. En ella vemos a un Burns aún explorando con su estilo. Es el Burns de sus primeras obras: tramas que parecen desarrollarse al mismo ritmo que la realización del dibujo, de trazos finos y figuras rígidas. Algo así como un Johnny Craig embrionario. Pero igualmente fascinante. En esta historia Burns mezcla demasiadas cosas en pocas páginas. Así, un relato que comienza con el habitual joven científico, enseguida portador de un repulsivo parásito antropomorfo, se convierte a las pocas páginas en un remedo de la tan curiosa como decepcionante película El cerebro que no quería morir (The Brain That Wouldn’t Die, Joseph Green, 1962), para derivar en un final de tono tragicómico y absurdo.

Tras un interludio de una página narrando un supuesto nuevo caso de los denominados “misterios de la carne”, una exacerbación del tema tratado de manera magistral por Roger Corman, Robert Dillon y Ray Russell en la película El hombre con rayos x en los ojos (X, 1963), se da paso a la historia de Burns que me convirtió en seguidor apasionado de su obra. Cuando leí Mal criado siendo un atontolinado jovenzuelo confieso que me marcó. Aún hoy, a pesar de que es evidente que no es tan original en su argumento como pensé la primera vez, sí mantiene toda su fuerza dramática, toda la angustia existencial y su aroma macabro. De una progresión narrativa ejemplar, Burns se vale de un flash-back para contarnos el descenso a los infiernos de un joven científico, aquí biólogo, que es acosado por una criatura parasitaria. De trazo aún más primitivo que el mostrado en las páginas precedentes, de línea finísima y figuras más rígidas que nunca moviéndose por decorados esquemáticos, Burns hace de la posible deficiencia una virtud: la fragilidad quebradiza de sus personajes se amolda a la perfección a una historia que los mantiene en todo momento al borde del shock mental, de la locura definitiva. Brutal, de una insania subyugante, aquí los rasgos del cine de serie B no son una referencia sobre la que apoyarse, sino una influencia sobre la cual evolucionar y mostrar su verdadera personalidad creativa. Como he comentado, esta es la historia de Burns que me ganó a su causa para siempre, una de mis favoritas.

La siguiente historieta larga es Matrimonio infernal. Fechada en 1984 (Mal criado es de 1980), se nota la evolución gráfica de Burns: trazo más grueso, fondos más detallados y un retorcido sentido del humor. Todo esto, junto al diseño de página, lleva a pensar que bien podría haber estado protagonizada por su personaje El Borbah.

El álbum se completa con más casos de los que imaginamos figuran en los archivos de los Laboratorios Deltoides (y tal es así porque desde la primera viñeta no se los ha vuelto a mencionar): una excelente página final, una aventura de su personaje Dog Boy y otra pequeña obra maestra de cuatro páginas titulada Contagioso. Esta, de nuevo una comedia de adolescentes teñida con una historia de imposibles virus mutantes ligados al advenimiento de la pubertad y al descubrimiento del sexo: el proceso de crecer, hacerse adulto, como un paso hacia lo desconocido, en Burns siempre es terrible y atroz. Las inquietudes del adolescente medio transformadas en pesadilla física y existencial y mostradas en un dislocado hilo temporal que incrementa la sensación de extrañeza, que refuerza el efecto de sentirse ajeno en un mundo normal. Podéis leerla aquí mismo.

Ampliando las imágenes podrás leer la fascinante historieta Contagioso de Charles Burns incluida en este álbum.






Burns, Charles. Misterios de la carne. Barcelona: La Cúpula, 1990. 57 p. ISBN 84-7833-021-6.  

miércoles, junio 04, 2008

Insólitas ofertas



Si afirmo que soy un devoto de las publicaciones de la EC, confío en que a nadie le sorprenderá. En fin, qué os puedo decir de Tales from the Crypt, The Vault of Horror y The Haunt of Fear ahora que podemos disfrutar de todas ellas publicadas cronológicamente en español en esos maravillosos tomos de Planeta bajo el epígrafe Clásicos del terror. Hay historietas excelentes en esos tebeos, pero incluso cuando alguna baja el listón de calidad, lo que no se puede negar es que, leyendo varias seguidas, crean un ambiente mórbido, macabro y espeluznante que ningún aficionado al género debe desdeñar. Aficionado de los de verdad, no de los que leen cómics o ven películas de nuestro género solo para echarse unas risas.

Vale, vale, yo también me río con algunas, qué remedio.

También soy un modestísimo coleccionista de material de la Warren: Creepy, Eerie, Vampirella, Famous Monsters, Vampus... ¡Hay un montón! Pero en esos locuelos 70 había más, muchas más.

Conservo cuatro números de la extraña Hora T con excelentes aventuras de El hombre araña y La zarpa de acero.

Pero, y aquí comienzo ya a pisar terreno resbaladizo, sigo comprando (no compulsivamente, no soy coleccionista de verdad) cuando los encuentro, o voy releyendo los viejos si no doy con más, alguno de aquellos cuando menos curiosos cómics que proliferaron por esos años: Dossier negro, Delta, Infinitum 2000 y Escorpion (así, sin tilde). Ya, ya, hay más, pero procuro limitarme a estas por el momento porque mi presupuesto no da más de sí. Escorpion en concreto es ciertamente abisal. Pero le tengo cariño. Recientemente descubrí que la misma editorial había sacado otro puñado de títulos terroríficos. Pude echarles un vistazo en una reciente feria del libro en mi ciudad. Disculpad que no recuerde los nombres, pero si conocéis Escorpion, pues imaginad lo mismo tanto por dentro como por fuera salvo que con títulos del tipo Terror, Horror, etc. Así de directo, a saco a lo que importa y sin buscar metáforas en el nombre porque aquí no estamos para florituras. Ahora me da rabia no haber comprado alguno, pero creedme que dejé tan vacíos los cajones de los Creepy y los Dossier negro que solo uno más habría significado el desastre económico del año.

¡Pero ya está bien! ¿A qué demonios viene este rollo infumable, estos recuerdos ñoños cargados de retórica retro? 

Pues que leyendo el número extra de abril de 1973 de la revista Vampus, aparte de algunas buenas historietas, me he topado con esta excepcional página de publicidad, Insólitas ofertas, que no he podido reprimir mostraros aquí. Si pincháis sobre la imagen podréis contemplarla en tamaño grande, como corresponde admirar semejante joya. Y, atención, porque si admirable resulta lo que ofertan, mejores aún son los textos descriptivos.


De las "descomunales garras de monstruo" se afirma que son "terroríficamente nauseabundas y repugnantes". Eso sí, "permiten todos los movimientos de las manos consiguiendo el más espectacular y macabro efecto". Siendo así, me las pido.


De la "mano cortada", todo un clásico, me encanta la primera frase: "Tamaño natural, en repulsivo color cadáver". ¡Cómo resistirse! El texto da unas ideillas de cómo utilizarla en forma de magníficos bromazos.


De las "espeluznantes máscaras" destacaría que consiguen "un realismo pavoroso". Y, por descontado, los tres modelos: Satanás, Bestia de las cavernas y Espectro errante (en este último, el dibujo lo que muestra en realidad es una cara de bruja, pero hay que reconocer que no deja de ser "espeluznante").


La "estremecedora calavera" es un objeto que no necesita publicidad para querer uno comprarla, pero el deseo se hace mayor si se puede leer junto a su ilustración correspondiente cosas como "color hueso de varios siglos de antigüedad" (¡¡¡varios siglos!!!), que nos puede resultar útil hasta para "recitar a Hamlet" (aquí le doy un 10, un sobresaliente como un camión, al anónimo autor de estos textos por su excelente sentido del cachondeo macabro; lo digo en serio, ¿eh?) o, jeje, que se le "pueden colocar dos bombillitas en los ojos". No sé qué hago que no estoy rellenando el cupón de pedido ya.



Y, por último, el objeto que casi me atrevería a decir que es mi favorito en lo que a texto descriptivo se refiere. Por desgracia no lo acompaña un dibujo demostrativo. De este genial artículo no voy a decir nada. Mejor que vuestros ojos lo lean y vuestras mentes lo asimilen. Tranquilos, no daña el cerebro. Bueno, no daña al mío, jajajaja (risas macabras... ¡No! ESPELUZNANTES).