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lunes, marzo 31, 2014

Barsoom: la revista del pulp y la literatura popular, número 20 (primavera 2013)



No me extenderé en explicaros el tipo de literatura y las temáticas que abarca la revista Barsoom porque ya veis que sus editores lo dejan bien claro en la portada. Tomando su nombre del planeta Marte de Edgar Rice Burroughs en su saga marciana, Barsoom es hoy día una de mis publicaciones favoritas, tanto por sus apasionantes contenidos como por su apabullante apartado visual: maravillosas portadas de revistas pulp y gran cantidad de ilustraciones acompañando la selección de relatos y los artículos. De los primeros, pues ya sabéis, casi siempre títulos fascinantes que esconden relatos que no siempre lo son tanto, pero al tratarse de pequeñas antologías selectas el nivel se mantiene alto, o cuando menos no falla que en cada número uno se lleve como mínimo varias fantásticas sorpresas. Los artículos ofrecen un nivel excelente, informativos y rebosantes de amor por el género, contagiosos en su pasión. Una delicia enfrentarse a cada número, esa es la verdad, y al presentarse en cada entrega centrados en una materia suponen una clase magistral concentrada. En este número 20 serán los pulps spicy los protagonistas. Las publicaciones baratas que salpicaron sus páginas habituales de crímenes, horrores, fantasía, aventuras y viajes siderales con notas de un sexo naif e inocentón en ocasiones, pero siempre divertido y, para qué negarlo, hasta entrañable. Confieso que este número de Barsoom se me ha antojado de los mejores que he leído hasta la fecha, y eso que no hay entrega que no disfrute como un bellaco. Vamos con él.





Un fantástico número pues de la revista Barsoom dedicado a los spicy pulps, la sección más picantona de las publicaciones pulp norteamericanas, donde el erotismo naif es el rey. Chicas ligeras de ropa y hombres vestidos tal que si estuvieran en el polo, que así mandaban y lo ordenaban los editores. Y siempre sugerir, nunca mostrar. En definitiva, guarrindonguis pero sin pasarse… Las huestes de Barsoom nos presentan una entrega apasionante, muy divertida y loca donde nada más empezar ya encontramos la primera joya: el relato Trapos sucios (1934) del gran Robert Leslie Bellem, protagonizado por su personaje Dan Turner, el detective de Hollywood, toda una estrella él mismo de estas publicaciones, sin duda el más popular. Ya comentamos una recopilación de sus aventuras editada por Valdemar AQUÍ. En esta ocasión, Turner acaba envuelto en un caso de chantaje en el que una actriz ve enturbiado su brillante presente debido a una peliculita subida de tono en la cual participó antes de saltar a la fama. Turner, con su habitual desparpajo, se pondrá a resolver la papeleta. Diversión, como siempre cuando él está al mando de la acción, de manos de un Bellem que había acertado en su creación con ese tono justo entre cachondeo desaforado y novela negra al uso que le funcionaba a la perfección. Y justo a continuación, como era de prever, la redacción de Barsoom nos regala un estupendo artículo, Dan Turner y otros detectives picantes, que reúne en sus páginas a toda una nutrida troupe de detectives duros, despiadados y de eficacia a prueba de bombas que se desenvuelven sin problemas entre villanos malencarados y chicas en ropa interior venga o no a cuento. Acompañado de ilustraciones fabulosas, incluye también una página del único personaje que llegaría a hacerle sombra al mismo Turner, esta vez en forma de cómic: Sally the Sleuth, Sally la Sabuesa, dibujada con verdadero acierto por Adolphe Barreaux, que en lo que a mí respecta ha supuesto todo un divertidísimo descubrimiento. Escritores como Catherine L. Moore, Hugh B. Cave y E. Hoffmann Price entre otros estarían implicados en este caso alucinante de detectives clónicos del gran Dan Turner.

Aunque Asesinato en el Lago Iroqués (1934) no deja de ser un relato algo tontuelo e insípido perpetrado por un ilustrador habitual de estos pulps, Charles Maxwell Plaisted, nos da una idea bien diáfana de cómo las gastaban los autores del sector más verderón de la literatura popular de los 30. Le preferimos como ilustrador, eso sí. Como también preferimos disfrutar de otra fantástica aventura de Sally la Sabuesa, esta vez a toda página, lo cual nos permite apreciar en todo su valor este quizá algo tosco cómic, pero sin duda divertido y, si me lo permitís, hasta encantador. Y como no podía faltar el terror amarillo a la hora de navegar estas aguas, pues aquí tenemos a Guy Russell con Hoja de loto (1937) ofreciendo un cóctel delirante de detective súper duro con chicas en ropa interior, eso cuando visten algo, y chinos malvados que deviene tan simpático como olvidable. Lo exagerado de su trama es lo que nos ayuda a llegar al final con una sonrisa.





Más que especiados… ¡picantes! es otro sensacional artículo que recorre la historia de los Spicy Pulps. Una auténtica maravilla, repleta de documentación y datos bien expuestos, un acercamiento imprescindible para conocer y comprender el origen, desarrollo y muerte de estas publicaciones. Otra joya en este número de Barsoom en el que estos pequeños ensayos analizando este tipo específico de pulps suponen un verdadero regalo para el amante de las mismas. Sigue la novela inédita La aventura perdida de Tarzán de Edgar Rice Burroughs que se viene publicando por entregas, aquí la novena. Y en el afán completista de presentar obras de Robert E. Howard también inéditas en español, se incluye una historia del personaje por él creado John Gorman. Partiendo de un fragmento y una sinopsis, Mark Cesarini y Charles Hoffman dieron forma, por decir algo, en los años 80 a Las gatas de Samarkanda (1984), un relato que se me ha antojado insoportable, con referencias mal llevadas (no se da vida a un personaje por la simple mención de su nombre, como sucede al recurrir a otro héroe de Howard, Steve Corcoran) y una narración apresurada carente de la más mínima atmósfera y encanto. Lo peor con diferencia de este número, una cacafuti que poco honor hace al legado de Howard, pero que pese a su impotencia narrativa y su soporífera trama no ensombrece el resto de contenidos.




En los habituales portafolios dedicados a ilustradores pulp que suele incluir Barsoom en sus páginas, esta vez es el turno del excelente portadista H. J. Ward y del ilustrador (del que poco antes hemos podido leer una de sus pocas incursiones literarias) Charles Maxwell Plaisted. Cabe destacar el impresionante trabajo de Ward, el N. C. Wyeth de las publicaciones pulp, sin duda. Negro asesinato (1935), firmado por Carl Moore (no está probado que sea un seudónimo de la escritora Catherine L. Moore), es un exagerado y desarmante relato que aúna vudú haitiano, chicas semidesnudas en trance hipnótico, sacerdotes y sacerdotisas malvados y el héroe salvador de turno. Morbosillo y oscuro, su ingenuidad no juega a su favor (por una vez) y acaba resultando una curiosidad simpática pero intrascendente. Ya, ya sabemos que no se trata de otra cosa, pero con las mismas intenciones nació el siguiente que comentaremos y sin embargo sí que es un cuento de esos que se recuerdan.



Murciélago humano (1936), de Lew Merril (sobrenombre del gran Victor Rousseau), es un completo dislate en el que, aquí sí, su ingenuidad lo ayuda de manera notable. La idea central del relato es sencillamente imposible: un hombre que se cree un murciélago y, vete a saber por qué, necesita alimentarse de la sangre de jóvenes desnudas. Lo más bonito de este delirante y decididamente loco cuento es que adopta el punto de vista del protagonista, esto es, está narrado en primera persona por el murciélago humano del título. Acaba resultando tan divertido como macabro, y a mi gusto es uno de los mejores incluidos en esta en verdad excelente entrega de Barsoom. En El botín del Kurdistán (1935), escrito por otro grande de los pulps, E. Hoffman Price, un fornido héroe repartiendo ñoños sin compasión y una joven con una preocupante facilidad para perder la ropa son los protagonistas. Un relato de aventuras que, en fin, no deja de contarnos lo de siempre con un Price que no se muestra tan inspirado como en otras ocasiones. Por supuesto lo leemos con placer, aunque confieso que ha pasado ya un tiempo desde que lo leyera y soy incapaz de escribir una línea acerca de su trama. ¡La he olvidado por completo, ay! No así Con “M” de misterio, otro sensacional artículo firmado por la Redacción de Barsoom. Los Spicy o relatos picantones acabarían invadiendo de una forma u otra todos los géneros que habitaban felices en los pulps. Las publicaciones de Weird Menace, las más cercanas al género negro, caerían pronto en la red. Nace así en 1935 Spicy Mystery. Se nos ofrece aquí todo un documentado repaso a esta publicación acompañado de una selección de impactantes y magníficas portadas de Hugh Ward.



Y nos adentramos ya en la sección dedicada a la ciencia ficción. El tramo final de la revista se centra en este género pero en su versión erótica, nacida ante el auge del éxito de los otros pulps spicy. Aunque permanecen dudas, parece que tras el nombre de Lew Merril se ocultaba el fantástico escritor Victor Rousseau, que hace doblete en este número con El despertar de los robots (1940), un cuento entretenido sobre la tópica revolución frente a la tiranía y demás, con la curiosidad de que quienes se sublevan son robots que empiezan a sentir, padecer y amar como los humanos. Y también a desear ya sabéis qué, aunque en la ciencia ficción lo picantón siempre fue menos evidente que en el resto de los géneros. O así al menos nos lo explican en otro fantástico artículo, La ciencia ficción picante, en lo que sin duda compone el punto fuerte de este número 20 de Barsoom, los artículos. De nuevo nos ofrecen una absoluta maravilla que nos lleva a la época en un parpadeo y nos retrata el mundo de este tipo de publicaciones de forma diáfana y apasionante. Con el relato Shawn de las estrellas (1940), de Hugh Speer, se cierra la revista. Una opereta espacial breve y predecible desde su primera línea hasta la última. Tampoco destaca de manera especial por los tontuelos escarceos seudo eróticos que ofrece. No importa demasiado: hemos llegado felices, que nadie malinterprete esto, al final. Y esperamos ansiosos nuevas entregas de Barsoom.  


BARSOOM: la revista del pulp y la literatura popular. Número 20. Primavera 2013. La Hermandad del Enmascarado. 100 p.

miércoles, enero 22, 2014

La maldición de la momia: relatos de horror sobre el antiguo Egipto (1878-2006)



Lo digo desde el principio para que no haya equívocos ni confusiones: el antiguo Egipto no me importa un soberano pepino. Bueno, a lo mejor estoy exagerando, ¿a quién no le fascina la visión de esas tumbas semienterradas en la arena ocultando maravillosos secretos y tesoros? Si me aparto de la lista de las dinastías y todo comienza a entenebrecerse con un vendaje enmohecido que hiede a ácido fénico, una figura que avanza robóticamente envuelta en él con los brazos hacia delante y el rostro para siempre ya de Boris Karloff adivinándose bajo la sucia tela, entonces todo es distinto. En fin, para qué adornarlo: lo que me gusta, lo único que me gusta del antiguo Egipto son las cosas que dan miedo. Por eso al abrir este voluminoso libro que no me terminaba de convencer del todo y leer la introducción, No despertéis a los muertos: el mito de la momia, obra de su compilador Antonio José Navarro, quedé atrapado al instante. Su repaso por las raíces antropológicas, históricas, míticas, literarias, cinematográficas y seguro que algo más que me dejo por el camino acerca de la tumbífera criatura es fantástico. Desde el uso medicinal al que fueron sometidas en algunos momentos hasta su abuso en fiestas victorianas cuyo punto álgido era el desvendaje de una de ellas, hecho este que da pie a uno de los mejores relatos aquí incluidos, y realizando un completo resumen de cómo se hacían en el antiguo Egipto y a qué demonios se debe eso de la maldición que las envuelve de forma más prieta que las propias vendas. Macabro historial que incluye hasta el hundimiento del Titanic como uno de sus más sonados logros. Un aperitivo perfecto que sabe abrir el apetito y que nos lancemos ávidos a la lectura del libro. Y sí, pido perdón por el manido símil entre leer y comer. En fin, que no se concibe mejor objetivo para una introducción, y Navarro lo borda: erudición y diversión en su justa medida.

Tras un breve extracto a modo de frontispicio del Libro de los muertos, De las reminiscencias del demonio, justo el fragmento que dio pie a todas las historias de maldiciones con las que serían castigados los profanadores de tumbas, nos encontramos con Mi noche de año nuevo entre las momias (1878), de Grant Allen. Nada mejor para abrir la antología que un maravilloso y divertido relato en el cual el protagonista se cuela en una pirámide y asiste a la resurrección, por una noche, de aquellos que fueron allí enterrados. Un privilegiado, pues el acontecimiento se da una vez cada mil años. Un banquete espectral que no puede estar narrado de manera más brillante. El humor de Allen es contagioso y estimulante, se burla de todas las convenciones imaginables, entre ellas la de los europeos como faro del mundo que predominaba en ese momento histórico, dándole tiempo hasta de jugar con lo erótico al enamorarse el protagonista de una princesa egipcia nada mojigata. Genial.


El siguiente de la lista es el gran Arthur Conan Doyle. El anillo de Thot (1890) se trata de un modélico relato en el que ya se encuentran casi en su totalidad todos los elementos típicos de las historias de momias: el museo de antigüedades egipcias como marco haciendo las veces de castillo espectral gótico y mansión siniestra victoriana al tiempo, el sacerdote egipcio enamorado que ve pasar ante sí los eones esperando la oportunidad de despertar a su princesa momificada, el protagonista occidental que asiste a la escena entre atónito y curioso y descomposiciones corporales y abrazos de ultratumba en la más pura escuela del romanticismo macabro. Y todo narrado con la fuerza arrebatadora del mejor Doyle. De él se incluye también El pectoral del pontífice judío (1922), en el cual aunque el escenario es el habitual museo, no hay momia, y la historia propone más un enigma criminal que un relato fantástico. Como se indica en la presentación de Antonio José Navarro, bien podría tratarse de un relato de Sherlock Holmes sin el genial detective. Bueno, podría ser, pero si así fuera no estaríamos ante uno de sus mejores casos. Inferior al anterior, no cabe duda sin embargo de que estamos ante un buen cuento, escrito con la clase y la elegancia a las que su autor nos ha acostumbrado. 

Tras asistir sin pena ni gloria a la ceremonia fúnebre de un faraón de la mano de Willa Cather con Un cuento de la pirámide blanca (1892), pasamos a Un profesor de egiptología (1894), de Guy Boothby, en el que más que la parte fantástica, la regresión de una joven a su pasado egipcio y la solicitud de perdón de un espíritu atormentado, lo mejor se encuentra en sus primeras excelentes páginas: la presentación de un hotel de El Cairo con su conseguido aire cosmopolita. Representantes de todas las razas y culturas demostrando que, siendo tan distintos, son iguales ante el oropel y la apariencia. Así pasamos veloces hasta detenernos en Estudio del destino (1898), del conde Louis Hamon (Cheiro), una historia de atmósfera densa y funesta, muy conseguida en su intención de provocar desasosiego e incertidumbre, un buen relato que sufre alternativas recaídas cada vez que el discurso se torna “filosófico”, o más bien patafísico, la verdad. El razonamiento algo pedestre del autor, cargado de palabras altisonantes pero de mensaje y contenidos de una simpleza abrumadora, enturbia en parte el resultado. Sin embargo, la fuerza de la maldición que lo nutre se hace sentir con fiereza, sobre todo en su tramo final, cuando la melancolía da paso a la revelación. Aunque no está conseguido (a la vana palabrería, propia del adivino que era este conde Hamon, “profesión” de la que vivía, hay que sumar una historia de amor que recurre al lugar común palabra tras palabra), la ambientación egipcia primero, hindú después, resultan creíbles y dan consistencia a lo narrado. Si bien lo mejor está en sus primeras páginas, aquellas en las que nos describe ese Egipto fúnebre y terrible del Valle de los Reyes donde el esplendor del pasado se consume entre la arena del desierto y en el cual una joven pasea su dolor irreparable a la luz de una luna ancestral.


Katherine y Hesketh Prichard, madre e hijo respectivamente, firmaban sus historias con el sobrenombre E. & H. Heron. Aquí se incluye su cuento Historia de la casa Baelbrow (1899), todo un relato pulp… ¡antes de la existencia misma de la literatura pulp! Flaxman Low es el protagonista de esta historia, un investigador de lo oculto que vivió en trece aventuras. Esta en concreto lo tiene casi todo: casa embrujada, fantasma rancio, momia y vampiro. La explicación final es una chorradilla como un camión, pero la atmósfera tenebrosa de la casa está más que conseguida, y la noche de tormenta en la que todo el misterio sale a la luz resulta más terrorífica que el propio espectro que la protagoniza. Los Prichard quiebran en algunos momentos las logradas escenas de acción para pasar a otras más tranquilas y explicativas de manera algo brusca y carente de lógica, pero se lee con agrado y el ataque en el desenlace del ser de ultratumba sorprende por su violencia.

La condena de Al Zameri (1901), de Henry Iliowizi, es un magnífico relato sobre la figura del Judío Errante. De prosa poética hasta el arrebato, resulta casi mágico en su descripción de una tierra ancestral y desconocida, terrorífica y misteriosa a nuestros ojos. La historia de Al Zameri nos es narrada con toda la fuerza de su desesperanza y su soledad. Un cuento poderoso, tan bello como desolador.

La momia misteriosa (1903) es el primer relato que le publicaron a Arthur Henry Sarsfield Ward, que dicho así os pasará como a mí: ¿pero este señor quién es? Pues nada más y nada menos que el verdadero nombre de Sax Rohmer, el creador de Fu Manchú, el chino mandarín (o no) malvado por antonomasia, el culmen y el epítome del peligro amarillo. Apenas veinte años tenía Rohmer cuando vio impresa al fin su primera historia. Y hasta aquí llega el interés que pudiera tener este relato en el que lo fantástico cede ante lo detectivesco, bastante torpón en su desarrollo, de una mediocridad notable y carente de la más mínima tensión. De Rohmer también se incluye El Señor de los Chacales (1918), un buen cuento de terror que, lástima, desperdicia muchas de sus páginas en contarnos las maravillas de ser joven y el descubrimiento del amor en un tono torpe hasta el sonrojo. Por el contrario, las apariciones del Señor de los Chacales en forma de anciano esquelético resultan siempre extrañas y sobrecogedoras, y cuando al fin lo vemos dando muestras de su poder todo respira misterio y terror, fantástico elaborado y de gran dosis poética en su sencillez.     


El ocultista, escritor y teósofo Charles Webster Leadbeater nos deja en El templo abandonado (1911) un relato muy en la línea de sus creencias y ocupaciones: esto es, más cercano a la parapsicología que al género que nos apasiona. Aquí, el fenómeno raruno del que se nos quiere convencer de que es real es un sueño compartido entre el protagonista y uno de sus alumnos. Juntos viajan en trance al antiguo Egipto. Cuerpos astrales de un lado a otro, alteración de la percepción y un jovencito en la cama del profesor que nos hace pensar más en las palabras de Antonio José Navarro sobre el autor que en la historia en sí. En fin, estas cosas tan modernas y propias de la New Age.

En realidad más un artículo que un relato en sí, Reyes muertos (1914) de Rudyard Kipling refleja de una manera feroz pero no exenta de una divertida ironía el “mercado de antigüedades” en el que ya por aquellas fechas se había convertido Egipto. Robos y saqueos de tumbas, profanaciones, expediciones enfrentadas entre sí, científicos y aventureros en el mismo lote… Y los turistas, cientos de turistas recorriendo el mismo camino faraónico una y otra vez. Pero todos ellos sintiendo en mayor o menor medida el peso de las ruinas, el influjo de esas pirámides milenarias que nos recuerdan de continuo la futilidad de nuestras existencias y el poder igualador que tiene el tiempo sobre todas las cosas. De los grandes reyes muertos solo quedan ya el polvo y las joyas que ladrones impíos roban sin conmiseración.


A continuación la antología incluye tres relatos y un poema que conforman uno de los bloques que más me apasionó del libro. La maldición de Amen-Ra (1932) de Victor Rousseau atesora un buen puñado de tópicos del tipo de literatura al que pertenece con orgullo, un pulp en toda regla, refrendados además por cientos de maravillosas películas de serie B: una isla tenebrosa, un manicomio, un profesor loco, una mansión misteriosa… Pero todo ello envuelto en una muy conseguida atmósfera macabra, con una lluvia que parece escapar de las páginas del libro y empaparnos el rostro con su gélida furia y un mar embravecido cuyos atronadores ecos resuenan hasta pasado un buen rato después de terminada la lectura. Una ambientación perfecta y un ritmo que mantiene una efervescente tensión en todo momento. Maldiciones egipcias, momias redivivas, un viaje al pasado con una historia de amor y traición entre las pirámides engarzada con precisión y un final trepidante. Rousseau consigue con su narración que, sin dejar en ningún instante de mostrar las raíces en las cuales bebe, dejar bien claro que la literatura pulp en sus mejores logros es sinónimo de fuerza y buen hacer, directo como un uppercut y emocionante como suelen serlo las mejores joyas del género. Tras esta maravillosa salvajada, un bonito y evocador poema de Clark Ashton Smith, La momia (1937). La reseña biográfica de Antonio José Navarro es excelente, aunque en esta ocasión queda en una proporción de cinco páginas suyas por una del autor comentado… Aprovecho y añado que Navarro, en este libro como en otras antologías orquestadas por él, es verdaderamente brillante aunque tenga tendencia a destripar los relatos. De Smith realiza un dibujo preciso y emocionante al tiempo.

Tan breve como brutal, Escarabajos (1938) es un impactante relato de Robert Bloch (publicado en su origen bajo el seudónimo de Tarleton Fiske) acerca de los peligrosos regalos que en ocasiones acompañan a nuestras amigas las momias. Atmosférico y envenenado, es un cuento soberbio que no resulta esclavo de su sorprendente, o quizá no tanto, final. Casi las mismas palabras podríamos utilizar para el intenso Huesos (1941), de Donald A. Wollheim, una filigrana de concisión macabra. Dos relatos que, vale, no es que vayan a hacer historia dentro del género, pero sí que dejan claro que son obras así las que lo hacen grande y que por eso lo amemos.


Si páginas atrás tuvimos a Flaxman Low, El hombre de la calle Crescent Terrace (1946) de Seabury Quinn nos trae al detective de lo oculto Jules de Grandin y su “ayudante” el doctor Trowbridge. Me suelen gustar los relatos protagonizados por De Grandin, aunque en esta ocasión resulta más brillante en los momentos pausados que en los que predomina la acción. La trama que nos plantea no es que resulte muy refinada que digamos, y los métodos expeditivos de nuestro investigador no nos lo hacen muy simpático, pero cuando se encierra en una habitación a contarle sus sospechas y conclusiones del caso a sus compañeros nos desarma. No es este pues uno de sus más interesantes problemas que resolver, pero siempre es agradable y divertido volver a él de vez en cuando.

La maldición de la tumba de la momia (1966) de John Burke es una novelización de la película inglesa producida por la Hammer The Curse of the Mummy’s Tomb, dirigida por Michael Carreras en 1964. Por lo que recuerdo de ella, Burke sigue con bastante fidelidad esta cinta irregular, de ocasionales logros pero decepcionante en su conjunto. Carreras como director estaba a años luz no solo de Terence Fisher, lo cual es algo inevitable, sino de todos los directores que alguna vez trabajaron para él en la productora británica. Precisamente los mejores momentos del filme, las apariciones de la momia, son los más flojos de este relato largo. Resultan carentes de nervio y tensión, tan mecánicos como los movimientos de la criatura que lo coprotagoniza. Sin embargo, Burke es un narrador eficaz y muy entretenido al desarrollar la trama, una historia con no mucho interés pero que su buen hacer mantiene en pie con soltura y consigue que la leamos con moderado placer.


El volumen llega a su final presentando tres relatos de autores en lengua española contemporáneos, dos españoles y un argentino, como muestra de que el género posee grandes valedores en nuestro idioma. El resultado no puede ser más gratificante, pues al menos uno de ellos es una perfecta obra maestra, otro casi casi y un tercero no desentona con lo mejor de la compilación. Así José María Latorre nos trae un relato, La sonrisa púrpura (2006), de evidente tradición gótica, con sus mazmorras, sus pasadizos y sus, más o menos, damas en apuros, con su habitual capacidad para crear logrados ambientes macabros en los que el mismo olor de las páginas transpira putrefacción. Atmósfera malsana y tenebrosa muy conseguida, aunque también con su sempiterna manía de contarnos lo que va pensando y haciendo su protagonista a cada segundo y gesto, lo cual hace perder algo de brío a la narración.

Partiendo de la conocida costumbre social finisecular de realizar fiestas sociales (organizadas por la nobleza y las altas clases sociales más chic), en El relicario de Lady Inzúa (2006) Norberto Luis Romero lleva la anécdota a su terreno, un Buenos Aires recién liberado del dominio de la corona española para caer en el yugo de la nobleza criolla, la cual da muestras de su afectado europeísmo copiando las costumbres más absurdas del viejo continente. Aquí, la de desenvolver una momia como punto culminante de una de estas fiestas de sociedad. Romero funde diversión, esas jovencitas bien preparando el evento, con el horror más descarnado, lo que acontece en la fiesta y sus terribles consecuencias, en un cóctel en verdad genial. Nos mantiene con una sonrisa en los labios hasta que nos la retuerce en su impactante y horrísono desenlace, todo un festival macabro y espeluznante llevado con mano firme y un temple admirables. Una verdadera joya del terror más desbocado narrado con una perfección y un gusto por el detalle bien cuidado sencillamente magistrales. En esta ocasión la momia egipcia es sustituida por una indígena en un giro de guion soberbio. Salvaje y delirante, pero a la vez siempre elegante y preciso, Romero consigue que su relato sea uno de los mejores del libro. Una ambientación perfecta que nos lleva a un final que es toda una bomba de relojería activada por unas niñas malcriadas casi por accidente. Sus descerebrados actos harán las más terribles pesadillas realidad. Y esta locura magnífica de relato se cierra además con una frase final antológica. ¡No podemos pedir más!

Y casi a la misma altura brilla el relato de Pilar Pedraza, Carne de ángel (2006), narrado con esa sencillez pasmosa de la que solo los grandes narradores son capaces. El tono casi confesional hace que hasta podamos tomar por verdadera esta historia de una obsesión enfermiza por las momias beatificadas (Pedraza también se aleja, como Romero, del Egipto faraónico). Ambientado en la época actual, este relato de niñas momificadas espectrales deviene el broche perfecto para cerrar un libro cuya lectura nos ha parecido asombrosa casi en su totalidad.

Una antología excelente, pues, que solo incluye un relato que creo insustancial, de la que da absolutamente igual que de entrada no os interesen lo más mínimo ni las momias, ni el Egipto ancestral, ni el desierto, ni tan siquiera la literatura fantástica. ¡Esto no vale como excusa para no leerlo! Lo bonito de este libro, y esto en gran parte es mérito de Antonio José Navarro por su introducción y la magnífica selección de cuentos, es que nos envuelve en su atmósfera de misterio y extrañeza y acaba resultando una lectura apasionante. 



LA MALDICIÓN de la momia: relatos de horror sobre el Antiguo Egipto. Selección, prólogo y notas introductorias de Antonio José Navarro; traducción de José Luis Moreno-Ruiz, J. L. Velázquez, Amando Lázaro Ros y Miguel Ángel Ávila. Madrid: Valdemar, 2006. 652 p. Gótica; 65. ISBN 84-7702-546-0.