jueves, diciembre 10, 2009

Hablando de la muerte con el matrimonio Lockridge

Un tanto a la manera de Nick y Nora Charles, el matrimonio protagonista de El hombre delgado inmortalizados por Dashiell Hammett, y representados de forma magistral por William Powell y Myrna Loy para el cine, el matrimonio Lockridge, Frances (1896-1963) y Richard (1898-1982), dio vida a su pareja de detectives particular: Mr. Y Mrs. North, Pam y Gerald (Jerry) para los amigos, también para los lectores. Si los primeros contaban como comparsa con la simpática presencia del perro Asta, los segundos no son menos y gozan de la compañía de, nada más y nada menos, tres gatos: Martini, Ginebra y Jerez. Todo un acierto los nombres, hay que reconocerlo. Lástima que no pasen de ser un mero adorno, pues la verdad es que si no aparecieran nada se notaría, al menos en las dos novelas que he leído protagonizadas por sus amos y que son las que aquí voy a comentar.

La muerte cita al bufón (1953) ha sido mi toma de contacto con ellos, y debo decir que el encuentro ha resultado un tanto gélido. El matrimonio North es de un soso que tira de espaldas. El pobre Jerry, de hecho, no pasa de ser un mero monigote que parece estar ahí para que la metomentodo de Pam no aparezca como una solterona aburrida. Tal y como está, no deja de ser una casada aburrida, vale, que es lo mismo, pero es que los buenos de los Lockridge, pese a algún apunte entretenido que nos los muestra en la intimidad, son incapaces de darles la más mínima apariencia de vida más allá de servir de resorte para iniciar la trama de misterio y hacerla avanzar como pueden. El protagonismo real pasa así a los que se supone son los comparsas habituales de la función, el Capitán de la policía William (Bill) Weigand y su ayudante el Sargento Aloysius Mullins. Según Pam, policías de los que no dan palizas. Ya lo dije: algún apunte gracioso no deja de tener la novela.

Con la pareja de policías la cosa discurre con más interés, aunque tampoco son personajes bien dibujados. Todos mantienen un perfil casi inexistente, dejando a la trama toda la posible fuerza de la historia, y en este caso ni la trama interesa demasiado. Porque es que ni los malos, ni los sospechosos ni los que por casualidad asoman por allí terminan de tener interés ni, lo dicho, personalidad. El bufón del título no deja de resultar un tipo curioso, pero por lo que hace. Uno no llega a conocerlo de verdad, a saber qué demonios pasa realmente por su histriónica cabeza. Ni por la suya ni por la del resto de los personajes. O eso, o es que por sus cabezas pasan muy pocas cosas. En fin, un espectáculo de marionetas pero sin su gracia.

Sí debemos reconocer el oficio a los Lockridge, que a pesar de no levantar el vuelo en casi ningún momento, tampoco dejan que la historia se nos muera en las manos, y eso que hasta yo adivino el pastel antes del final, con lo obtuso que soy para estos misterios: me lo creo todo, así que se me engaña a poco que uno se lo proponga.

Lo más chocante no es que la acción se desarrolle en un limitado espacio de tiempo, sino que los Lockridge dedican cada capítulo a un número determinado de horas, siendo lo mejor los títulos o epígrafes con que dan comienzo cada uno de ellos: “Miércoles, 1 de abril, de las 8.45 a las 11.46 de la noche” o “Jueves, de las 3.55 a las 5.15 de la tarde”. Y hay que reconocerles que saben encajar perfectamente a sus personajes en las horas establecidas sin que uno piense nunca en cuándo duermen, descansan o comen, defecto habitual cuando se plantean tramas que utilizan este recurso.

Así, pese a haberme resultado algo fría su lectura, reconozco que se llega al final sin demasiado sufrimiento. Se lee tan rápido como se olvida, lo cual borra lo malo y logra que el sentimiento de haber estado entretenido un par de horas persista sobre lo negativo.

Por eso me lancé a leer la siguiente novela de la extensa serie del matrimonio North: La muerte habla en voz baja, publicada originalmente el mismo año de 1953.

Y me alegro de haber sido un cabezota y no haberme rendido a la primera, porque en esta ocasión la trama que presentan Frances y Richard Lockridge es mucho más interesante. La pobre Pam lo pasa fatal y no pinta mal como heroína de acción, el bueno de Jerry, pese a seguir siendo poco menos que un espantapájaros, al menos se conmueve algo, y los policías Weigand y Mullins dan el color necesario. También porque el grupo de sospechosos habitual, sin ser nada excepcional, sí que tienen un poquito más de interés: un puñado de poetas, escritores y artistas de lo más repelente. Bueno, no sé si es así exactamente como querían pintarlos los autores, pero no parecen otra cosa. Cenas en el Algonquin, reuniones literarias, humos de artista, aires de poeta… En fin, cosas todas que resultan muy divertidas cuando en el fondo todos ellos tienen la mente al nivel del basural más miserable. Y aunque la profundidad psicológica brilla por su ausencia, cuando aun nos conformaríamos con que ni fuera profunda, al mostrarnos una trama con más emoción y desde luego muy bien medida en su desarrollo (aquí, los capítulos con el día y las horas resultan indicativos angustiosos pues realmente asemejan una cuenta atrás camino a la muerte), esta novela de los Lockridge nos lleva a tenerlos en mejor consideración.

No es que uno vaya a comprarles una tarta y festejarlo, pero al menos no queda el deseo de estampársela en la cara.

LOCKRIDGE, Frances y Richard. La muerte cita al bufón. Traducción de Anna Muria. México, D. F.: Editorial Cumbre, 1956. 150 p. Laberinto.

LOCKRIDGE, Frances y Richard. La muerte habla en voz baja. Traducción de Luisa Mª Álvarez. México, D. F.: Editorial Cumbre, 1955. 181 p. Laberinto.

lunes, noviembre 23, 2009

La bestia debe morir, de Nicholas Blake (1938)

Nicholas Blake (1904-1972) es el seudónimo bajo el cual el poeta Cecil Day-Lewis publicaba sus novelas policiacas. Nigel Strangeways fue el detective que creó para protagonizar casi todas ellas. La bestia debe morir es la más conocida, y con razón. Un escupitajo en la cara del lector más descuidado, esta novela es el perfecto ejemplo para que aquellos que piensan que la novela negra es la dura y la detectivesca la burguesa deban ir rápidamente a que se lo hagan mirar.

En su primer tramo, la novela toma la forma de diario. Un relato convulso, enfermo, venenoso. El hijo pequeño de Frank Cairnes es atropellado y el coche se da a la fuga. En su atormentado diario, el bueno de Frank comenzará a escupir su dolor y su veneno hacia el asesino, mostrando una enfermiza obsesión por asesinar a la bestia que mató al niño, convirtiendo este deseo de matarlo en el eje de su existencia. La ira, el tono desesperado del narrador, su odio, se dejan sentir en cada frase. Todo es hiriente. El sufrimiento que siente nos llega a través de sus retorcidas y malvadas opiniones, de sus comentarios dañinos fruto de la desesperación de aquel a quien le ha sido arrebatado lo único que llenaba su vida, de aquello que daba sentido a su existencia. Pero siempre resultan ingeniosos, tocados por la clarividencia de quien habla sabiendo que ya nada importa.

El protagonista, el mencionado Frank Cairnes, es escritor de novelas policiacas que firma con el seudónimo de Felix Lane. De continuo lanza bromas en el texto, su diario, sobre las frases o convenciones que se usan en tales novelas y que él no puede evitar utilizar. Esto añade, más si cabe, fuerza a la narración. Un solo paso de la ironía al sarcasmo, y lo da con frecuencia. Para deleite del lector, claro: el sarcasmo inteligente no tiene nada que envidiar a la ironía brillante.

Como he comentado, en su primera parte la novela desgrana el atormentado diario de Frank Cairnes, apabullante y demoledor en su mala baba. Tras esta tremenda entrada, sigue un paseo en barco por un río que ahoga el aliento. La narración abandona ya la primera persona para instalarse, desde aquí hasta el final, en la tercera. Y tras cortarnos la respiración, Nicholas Blake nos da un respiro presentándonos, hacia la mitad del libro, a su detective Nigel Strangeways y a su esposa Georgia en una deliciosa escena costumbrista. Breve, pues enseguida Nigel es reclamado para resolver un nuevo caso: aquél que afecta de manera directa a nuestro enloquecido por el dolor señor Cairnes. El enredo es mayúsculo, y el autor nos ha llevado hasta aquí de un soplo de forma magistral.

A partir de entonces la novela se convierte, eso sí, en un relato más o menos normal dentro de lo que es el género detectivesco: los sospechosos habituales encerrados en una casa y todos ellos con sus buenas razones para deshacerse de la maldita bestia ahora cadáver. Eso sí, su desarrollo descreído y su final amargo lo alejan de lo convencional.

Toda su primera parte resulta pues brutal y despiadada, negrísima. Cuando termina, comenzamos a navegar por aguas más seguras, reconocibles. Pero conservando aún en el rostro el espanto por el que acabamos de pasar, la tormenta infernal por la que Blake nos ha hecho zozobrar de continuo.

Excelente novela del papá de Daniel Day-Lewis, el famoso actor. Yo prefiero, de largo, al padre, claro.

BLAKE, Nicholas. La bestia debe morir. Traducción de J. R. Wilcock. Madrid: El País, 2004. 222 p. Serie negra; 31. ISBN 84-96246-92-2.

viernes, noviembre 13, 2009

Harry Stephen Keeler adaptado al cómic

Bueno, pues eso mismo es lo que hemos hecho mi buen amigo Fermín Solís y yo con una de las más conocidas, si es que tal término se le puede aplicar hoy día, historias de nuestro admirado y genial escritor de novelas de enrevesada intriga Harry Stephen Keeler. Se trata de La extraña historia del dólar de John Jones, asombroso relato incluido en su novela La cara del hombre de Saturno.

Si bien no hemos sido rigurosos con la letra, sí hemos intentado serlo con el espíritu de Keeler. Así, estamos convencidos de que los amantes de la obra de este autor único sabrán perdonarnos los cambios teniendo en cuenta que el resultado respira como un Keeler puro. Eso esperamos, al menos.

Podéis leer esta historieta en el número 14 de la revista Barsowia. Si sabéis gallego, claro, jeje.

miércoles, octubre 21, 2009

Los hombres topo quieren tus ojos y otros relatos sangrientos de la Era Dorada del Pulp (1933-1940)

Divertida y descaradamente locuela recopilación de relatos orquestada por Jesús Palacios, que se abre con una obertura explicativa tan fascinante como esclarecedora sobre las publicaciones pulp norteamericanas de las décadas 30 y 40 del siglo XX dedicadas al terror. Orígenes, desarrollo, edad dorada y muerte. Y su influencia posterior, desde luego.

Relatos de horror gráfico y directo, físico, con sus gotas de erotismo, en ocasiones algo naif visto a ojos de hoy, pero en otras verdaderamente guarrete. Y pese a entroncarse en temas fantásticos, siempre o casi siempre con su explicación racional final, no vaya a ser que el lector se altere demasiado. De ahí que Jesús Palacios encuentre un nexo fuerte con la literatura gótica más clásica y tradicional, el grueso de la misma básicamente con las mismas propuestas e idénticos niveles de calidad literaria. Y con igual reacción tanto de placer morboso por parte del público como de rechazo por parte de la crítica. Y sí, el relato gótico dio a la historia obras asombrosas de autores que amamos (Ann Radcliffe, Charles Robert Maturin, Horace Walpole, Matthew G. Lewis). Pero es que lo mismo sucede con la literatura pulp (H. P. Lovecraft, William Hope Hodgson, Seabury Quinn, Henry S. Whitehead). Y en ambos casos bien sabéis que cuesta trabajo limitar la lista a cuatro nombres…

Estos relatos se denominaron Shudder Pulps (pulps escalofriantes), y al género en sí Weird Menace (amenaza extraña), como nos explica Palacios. Revistas como Dime Mystery Magazine, Terror Tales, Horror Stories, Sinister Stories, Thrilling Mystery o la propia Weird Tales en ocasiones son algunas de las muchas que invadieron el mercado con estas historias entre macabras y excitantes. O excitantes por macabras, vete a saber. Pero lo mejor para conocer con detalle esta isla ignota perdida en el mapamundi de las letras es leerse de un tirón este estupendo prólogo de Palacios que nos aclara, explica y enseña todo acerca de este extraño momento de la historia de la literatura, el aperitivo perfecto para lanzarse a leer los trece relatos antologados teniendo bien clarito donde se mete uno. En fin, un prólogo que es una clase maestra y que cumple lo que yo creo que todo buen prólogo debe cumplir: iluminarnos y ayudarnos a comprender lo que vamos a leer. Y abriendo la puerta para que conozcamos a ilustradores tan maravillosos como John Newton Howitt y Norman Saunders.

Como complemento, recomiendo con fervor la lectura de Páginas negras. Film noir y literatura: el punto de vista pulp, también de Jesús Palacios, un ensayo incluido en el libro Gun Crazy: serie negra se escribe con B y al que el propio autor se refiere en el prólogo del libro que estamos comentando. En éste otro, Palacios hace lo propio con los pulps dedicados al género policíaco rompiendo un buen puñado de tópicos al respecto. Y con otro magnífico montón de ilustradores por descubrir, al menos para quien esto escribe (Rafael de Soto, George Rozen o John Drew, como ejemplo y sólo por citar algunos).

El volumen se abre con el relato perfecto para ilustrar el género. Y perfecto para contar a mis seis sobrinos, como así hice en una de las sesiones nocturnas que les dedico a contarles cuentos de miedo. Se corta un poquito por aquí y se delira un tanto por allá, y voilá: noche de terror asegurada para ellos. Y es que Los hombres topo quieren tus ojos, de Frederick C. Davis, es lo que ofrece: horror a espuertas sin demasiadas complicaciones. Algo parecido sucede con otros de esta antología: El barco del demonio dorado, de Lazar Levi, de los más tontuelos y prescindibles del volumen; Terror en el rancho de vacaciones, de Richard Tooker, en el cual una secta satánica y sus diabólicos ritos son el eje central, con un resultado tan malo como disfrutable; Locura rubia, de Arthur Humbolt; La cosa que cenaba muerte, de John M. Knox, un poquito más gore; Sangre para el vampiro muerto, de Robert Leslie Bellem; Tigresa, de David H. Keller, que leí hace muy poco en la antología Weird Tales (1933-1942) y que aguanta bien la relectura; y Cuando la bestia negra se sació, de Hal K. Wells. Todos ellos con títulos maravillosos que sugieren siempre bastante más de lo que terminan por ofrecer.

Pero hay otros relatos que, en mi opinión, sí sacian de verdad nuestra hambre de horror.

Así, El señor de los muertos, de Robert E. Howard, con la dosis habitual de testosterona a la que Howard nos tiene acostumbrados. Mamporros a mansalva en un relato que no es lo mejor de su autor, pero que pese a esto, pues ya sabéis: cuando los protagonistas se lían a golpes, los puñetazos parecen salir del libro para estamparse en la jeta del lector.

Tumbas para los vivos, de William Irish, seudónimo del magistral Cornell Woolrich, es un relato que ya había leído y es el primero de los tres que de verdad me han gustado de esta antología. En la línea angustiosa y desesperada de sus mejores cuentos, oscurecido aún más por la poetiana situación que plantea. Otra secta lo protagoniza, pero ésta parece más bien formada por ejecutivos de un banco que por adoradores del Mal. Y dan más miedo.

La profecía, de Hugh B. Cave, es el favorito de Jesús Palacios de los incluidos en esta antología. Y el mío también. Cave nos sumerge con mano firme hasta ahogarnos en una extraña ceremonia sobrenatural en la cual la sensación de realismo, de verosimilitud, es brutal. Fatalista y oscuro, no cumple con todos los tópicos del género. Y es la prueba mágica de que hasta en el subgénero más desprestigiado pueden surgir relatos magníficos. La joya del volumen, no se puede dudar.

Momias a la carta, de E. Hoffmann Price, supera la media aunque sin brillar en exceso. Amiguete de Lovecraft y Howard, fue la versión extrovertida y aventurera de estos misántropos solitarios. Ni momias ni nada parecido, claro, pero entretenido.

Y para el final Palacios ha dejado el relato que da en su totalidad lo que desde un principio se nos ha prometido pero nunca llega a cumplirse del todo: horror a lo bestia. Y es que Novias frescas para la hija del diablo, de Bruno Fisher, seudónimo de Russell Gray, es el más morboso, gore, salvaje y desaforado cuento de la antología. Y el tercero de los tres que de verdad me han gustado por encima de los demás. Hay momentos en que en él todo es tan exagerado que hay que hacer algún esfuerzo por reprimir la sonrisa y olvidarse de la lógica realista. Esto es pura carnaza para degustadores de lo macabro. Y da, como he dicho, lo que promete. En toda la boca. Vamos, que no entiendo cómo James Herbert no ha dado su versión contemporánea del tema central de este relato: la caza humana. Bueno, igual lo ha hecho y lo desconozco, porque en su línea está. En fin, el relato más bruto del lote goza de nuestra total simpatía, y supone el toque maestro para terminar el libro con una sonrisa de satisfacción en los labios. Esa sonrisa que por nada del mundo querríamos que nos descubriera nuestra madre.

LOS HOMBRES topo quieren tus ojos y otros relatos sangrientos de la Era Dorada del Pulp. Edición de Jesús Palacios; traducción de Marta Lila Murillo. Madrid: Valdemar, 2009. 558 p. Gótica; 74. ISBN 978-84-7702-649-5.

jueves, octubre 01, 2009

Las misteriosas exploraciones geográficas de Jasper Morello, de Anthony Lucas (2004)


Debo a mi buen amigo Blasphegor la maravillosa oportunidad de haber visto este fascinante cortometraje de animación de Anthony Lucas. Unos gloriosos 26 minutos hermosos y conmovedores, de una belleza siniestra, por momentos macabra, pero siempre de hálito arrebatador.

En grandes ciudades de hierro, aeronaves surcan el cielo como poderosos barcos de acero y madera. En esta atmósfera steampunk, el navegador Jasper Morello arrastra en su vida una acción equivocada del pasado que constriñe su presente. Aun así, recibe el encargo de realizar un nuevo viaje, la oportunidad esperada de redimirse ante sí mismo y ante los demás.


Realizado con siluetas, al modo de la fabulosa y pionera Las aventuras del Príncipe Achmed, las peripecias de Jasper Morello tienen el sabor de la aventura más clásica, incluso pulp (esa isla cuyo referente directo sería la del rey Kong), adornada con una historia que bebe del terror más clásico y del romanticismo, veta alemana, más exacerbado. Ir al pasado para conseguir dar un paso adelante: realizar una obra maestra a partir de lo que uno ama, y no de aquello que imponen las modas. O lo clásico, muchas veces se ha dicho ya aunque no parecen bastantes, es lo más moderno.



Descubrimientos geográficos en cielos aterradores, accidentes, espectrales aeronaves abandonadas, monstruos de aspecto imposible (quizá algo lovecraftianos), una aventura abocada al horror con un final de una belleza sobrecogedora, emocionante hasta las lágrimas. Puro arrebato romántico, casi suicida, tan desolador y funesto como esperanzador y anhelante. Pero esta decisión, como en toda creación inolvidable, debe tomarla el espectador.


The Mysterious Geographic Explorations of Jasper Morello. 2004. Australia. Director: Anthony Lucas. Guión: Mark Shirrefs, según un argumento de Anthony Lucas y Mark Shirrefs. Montaje y composición: David Tait. Música: Bruce Rowland. Supervisor de efectos especiales: David Tait. Diseño de producción: Anthony Lucas. Intérpretes (voces): Joel Edgerton, Helmut Bakaitis, Tommy Disart, Jude Beaumont, Richard Moss, Lewis Fiander.

miércoles, septiembre 16, 2009

Aquí hay veneno (1936), de Georgette Heyer


Aunque desconocida en nuestro país, la autora Georgette Heyer (1902-1974) gozó del éxito literario desde la publicación de su primer libro. Estos se siguen publicando, sin desfallecer ante las reediciones. Si bien destacó en el género de la novela romántica, la novela que voy a comentar, Aquí hay veneno, es una de las protagonizadas por el comisario Hannasyde, de Scotland Yard, enmarcable en ese género que tanto se puede conocer como de misterio, intriga o detectivesco. A mí me importa un soberano pepino, pero vale para hacerse una idea. Porque lo que destaca sobre todo lo demás en esta novela son sus diálogos, muy ingeniosos, afilados, divertidos y cargados de invectivas despiadadas.

Ante la muerte de un desagradable y poco querido cabeza de familia, al que todos soportan a duras penas pues dependen de su dinero para vivir, las reacciones y los comentarios de sus allegados muestran más interés y preocupación por la ropa que hay que ponerse en el funeral y por la comida que por el propio deceso. Así, la hermana del fallecido no duda en exclamar: “¡Oh, Dios mío, qué confuso es esto! Si hubiera podido imaginar que todo resultaría tan difícil y desagradable, habría sido la última persona en el mundo que habría deseado la muerte de Gregory” (p. 20).

Georgette Heyer presenta un retrato familiar de una dureza tremenda, asimilable tan sólo por el maravilloso sentido del humor del que hace gala en todo momento. La familia vista como un auténtico nido de víboras, y ni un solo personaje por el cual el lector pueda sentir la más mínima empatía. Sin asideros. A pesar de que Hannasyde llevará algo de cordura a la historia, su gris personalidad tampoco servirá de ayuda al desamparado lector.

Leyéndola pensaba en la diatriba tan popular entre la novela detectivesca o de misterio y la novela negra. Ya sabéis, la primera burguesa y adocenada, la segunda social y comprometida. En fin, Agatha Christie y Arthur Conan Doyle contra Dashiell Hammett y Mickey Spillane. Ni me detendré en comentar sobre la segunda, porque el machismo, la brutalidad y el presentar a criminales de las clases más bajas de la sociedad de los que hacen gala muchas obras del género hace inútil esta consideración tan extendida. Quien prefiera no pensar mucho y aceptar el tópico, pues que lo haga. Pero considerar a la primera una literatura burguesa cuyo interés se agota con saber quién es el asesino es sólo una cuestión de pereza mental. ¿Acaso es acomodaticio y burgués presentar a las clases altas como algo execrable? Porque la Heyer no muestra piedad: los ricos, en su mayor parte, son hipócritas y despreciables.

Así, bajo las trilladas tierras del whodunit o ¿quién lo hizo? subyace en este caso (tampoco es que sea así siempre, ¿eh?; no vamos a desechar un convencionalismo para abrazar desesperados otro igual) una demoledora crítica a las convenciones sociales, a la diferencia de clases y al estamento familiar como urdimbre de un tejido social roto. La familia, amigos, vista como un auténtico cáncer social.

Esto sin salirse de los tópicos habituales en este tipo de novelas, aclaro: grupo de sospechosos en el cual ni uno solo de sus componentes no tendrá motivos para cometer el crimen (en realidad, incluso lo desean), reunidos en un mismo lugar y sometidos a los consabidos interrogatorios. Nadie siente afecto real por el difunto, como he comentado, pero la trama se complicará más aún cuando en su testamento se descubra que sólo saldrá beneficiado el miembro de la familia que se hallaba ausente durante la muerte y que, además, es el más desagradable y odioso de todos. Y el nivel está alto, creedme.

Este personaje, el primo Randall, es el más detestable, amanerado, repelente y crispante que se pueda conocer. Pero a la vez el más inteligente y fascinante. Pronto será él motor del relato. Y gracias a él la lectura se sigue con más que grato interés. Hannasyde permanecerá siempre en un discreto segundo plano.

Confieso que en este tipo de novelas, paradójicamente, descubrir al asesino suele no importarme lo más mínimo. Ésta ha sido la excepción: la leí de un tirón arrastrado por el deseo de saber. Vale, también por su humor corrosivo y destructor, pero sin olvidar lo primero.

Una novela inteligente. Y de regalo, una magnífica referencia a El doctor Jekyll y Mr. Hyde de Robert Louis Stevenson en su trama. A por la siguiente, pues.

HEYER, Georgette. Aquí hay veneno. Traducción de Gemma Moral Bartolomé. Barcelona: Salamandra, 2008. 284 p. ISBN 978-84-9838-154-2.

miércoles, septiembre 09, 2009

Marie la Loba (1949), de Claude Seignolle


Gran estudioso del folclore francés, de sus mitos, tradiciones y leyendas, arqueólogo y etnógrafo, la obra de Claude Seignolle goza de gran prestigio en este campo. Pero no por ser un gran folclorista es por lo que ha recibido palabras de admiración de parte de escritores tan importantes como Lawrence Durrell, autor además de la Introducción que abre Marie la Loba (Marie la Louve, 1949), Blaise Cendrars o PierreMac Orlan. Su obra de ficción está marcada de manera profunda por su trabajo, por descontado. Así, para este relato que aquí comentamos se basó en la narración que le hizo una anciana de un suceso de juventud. De aquellos años en que todos la conocían como Marie la Loba.

 

Seignolle, tan riguroso en sus estudios, daba sin embargo total credibilidad a la parte fantástica de los mismos. Y esto es trasladado a sus relatos de manera magistral. De esta forma, cuando escribe acerca de una bruja, en ningún momento se dará cabida a la menor duda: las brujas gozan de poder, y este poder es transmitido gracias a su pacto con el demonio. Brujas, poseídos y leyendas sobre la maldad de los lobos se apoderan del relato, pero todo está tratado con un realismo desarmante, un verismo meticuloso que no elude un elevado tono poético que convierte en hermosa una historia de deprimentes supersticiones pueblerinas. Como he dicho, para Seignolle lo fantástico no es tal. La historia en sí de la buena de Marie no encierra demasiadas sorpresas, esa es la verdad. Lo maravilloso no se encuentra en lo que Seignolle nos cuenta. Su grandeza está en cómo nos la cuenta. Siempre partiendo del estilo popular de los cuentos clásicos, su prosa está plagada de imágenes llenas de fuerza, de belleza, pero también de oscuridad y dolor cuando es preciso. Hay momentos en que lo fantástico se puede tocar con los dedos.

 

Al poco de comenzar el relato se nos narra cómo la casa de los Ribaud (donde vive Marie con sus padres y sus dos hermanos) recibe la visita del mayoral de los lobos, personaje mítico que es el que dotará de un don especial a Marie, la capacidad de entenderse con los lobos y curar las heridas que estos pudieran provocar en un humano. Esta visita es quizá el ejemplo más evidente de la fuerza narrativa de Seignolle. Con una maestría admirable consigue transmitir todo el misterio del momento, la magia siniestra del terrible encuentro y la maldición que acarreará. Una maldición que no es entregada como tal, pues el mayoral actuará por agradecimiento, pero el mal no entiende de moralidad al regalar sus dones. Lo fantástico es tratado como algo real, tangible, pero tan poderoso y único que la imagen evocada adquiere tintes de leyenda sin apartarse un ápice de lo terrenal.

 

Relato de intenso tono lírico y de gran fuerza evocadora, lo recomendamos con tanta pasión como prudencia. Si buscas un relato de originalidad rompedora en su trama, olvídate. Si te llena una historia cuya lectura suponga un puro placer y que tiene el valor de estar escrita de forma maravillosa, no la dejes de lado. Por mi parte, espero tener más oportunidades de leer a Claude Seignolle.

 

 

SEIGNOLLE, Claude. Marie la Loba. Introducción de Lawrence Durrell; traducción de Manuel Serrat Crespo. Palma de Mallorca: José J. de Olañeta, Editor, 2000. 136 p. Torre de Viento; 5. ISBN 84-7651-820-X.


viernes, agosto 28, 2009

La casa de campo mágica (1986), de James Herbert


No tan salvaje como en otras novelas suyas, la contención que James Herbert aplica a esta historia de enfrentamientos mágicos entre el bien y el mal le funciona a la perfección. Temáticamente, un poco al modo de la May Sinclair de la extraña y alucinógena La grieta en el cristal (The Flaw in the Crystal, 1912) y al Bram Stoker de la espantosa (no en el sentido que el autor hubiera deseado) La guarida del gusano blanco (Lair of the White Worm, 1911).

Comencé a leer a Herbert gracias a un comentario que leí hace mucho tiempo referente a que él bien podría representar el ejemplo más conseguido de novelista pulp en nuestra época: gore, brutal, de tramas algo delirantes (invasiones de ratas, sectas que luchan por controlar tanto este como el otro mundo, realidades alternativas, casas encantadas), personajes psicológicamente poco complicados, gotas de erotismo picantón… Vamos, nada que envidiar si no tanto a los autores que escribieron para la mítica Weird Tales, sí algo más a los que pululaban por otras publicaciones más específicas en lo que a terror físico y sexo latente se refiere. El mejor ejemplo de esto último lo tenemos en el recién editado libro de la editorial Valdemar en su colección Gótica Los hombres topo quieren tus ojos y otros relatos sanguinolentos de la Era Dorada del Pulp, sabrosamente preparado por Jesús Palacios. Justo he leído esta novela de Herbert entre relato y relato de esta antología y, la verdad, apenas notaba el cambio de un libro a otro.

Como he dicho, aquí encontramos al autor inglés más contenido, pero la narración gana así en misterio y sugerencia, aunque tampoco sea mucho pues todo el devenir de sus protagonistas deambula un poco por lugares comunes. Pero el mismo Herbert nos desarma nada más comenzar la lectura: “Habéis visto la película, habéis leído el libro. Sabéis de qué va ―ha habido tantas y tantos―: la joven pareja encuentra la casa de sus sueños, la esposa está exaltada, el marido se encuentra contento pero se controla más; se mudan, los hijos ―por lo general un niño y una niña― corretean por las habitaciones vacías. Pero sabemos que hay algo siniestro en el lugar, porque hemos leído las carteleras y pagado las entradas. Lentamente, comienzan a suceder COSAS. Hay algo sombrío en el cuarto cerrado que está sobre las viejas escaleras; o algo está al acecho en el sótano, algo que podría ser la Puerta al Infierno. Conocéis la historia. Al principio, papá se muestra indiferente a su familia, que se está volviendo loca a su alrededor; él no cree en lo sobrenatural o en las cosas que se mueven en la noche, para él no existen cosas como los vampiros. Hasta que algo le ocurre, claro. Entonces se desata el infierno. Lo sabéis como si lo hubierais escrito vosotros mismos” (p. 11).

Y de esto mismo se trata, pero sin hijos. Y Herbert nos lo advierte. Pero también nos avisa de que habrá algo más. Y lo hay. Entre otras cosas, una secta que de verdad logra dar mal rollo y un duelo final entre magos lanzándose conjuros que es la repanocha, sí, pero efectivo. Y es que este es el gran logro de Herbert: que sabe crear situaciones horribles y terroríficas y hacerlas creíbles. Con pocos medios, sin el más mínimo alarde estilístico, pero sin que uno tampoco lo eche de menos. Un buen ejemplo de ello es cómo presenta y desarrolla la aparición de la secta en la trama, cómo un grupo de jipis enrollados de guay a tope y unos tipos con pintas de surferos californianos acaban dando un pavor importante (más pavor, digo, de lo que ya de por sí dan al natural). Y su gurú, un individuo regordete sin ningún detalle oscuro en su descripción, afable y educado, se convertirá en un malvado que, vale, no es antológico, pero sí que está en esa magnífica tradición de buenos malosos, ya me entendéis.

Herbert no renuncia a un par de detalles sanguinolentos. No le basta con contarnos que un cuerpo se descompone ante los ojos del protagonista: debe llenar sus buenas dos páginas describiendo al detalle todo el purulento proceso. Y, por primera vez, o al menos en lo que he leído de él, sobra. Como si el carácter más suave de la novela le hiciera resultar torpón allí donde nunca falla: ser el más salvaje de la banda. Pero tampoco llega a molestar. Total, no hace sino darnos lo que esperamos al abrir un libro suyo. Sin trampa ni cartón, que se dice. La horrenda portada de esta edición corresponde al cartel español de la ignota película australiana El piso número 13 (The 13th Floor), dirigida por Chris Roache en 1988. Yo no la he visto, pero podéis leer un excelente comentario de la misma en Casi todos los colores de la oscuridad, la imprescindible página del antiguo compañero cyberdarkiano Tyla dedicada al cine de terror. En definitiva, un James Herbert algo atípico, pero igual de recomendable.

HERBERT, James. La casa de campo mágica. Traducción de Daniel Laks Adler. Barcelona: Plaza & Janés, 1992. 351 p. Los Jet de Plaza & Janés, Biblioteca de James Herbert; 197 / 4. ISBN 84-01-49354-4.

miércoles, agosto 05, 2009

Weird Tales (1933-1942)



Segundo volumen dedicado a la mítica revista pulp norteamericana Weird Tales publicado por La Biblioteca del Laberinto, esta vez recogiendo relatos pertenecientes a su segunda década de vida. En la entrada anterior (AQUÍ) no dije nada de sus magníficos ilustradores. Me fascinan, pero como no soy un experto mencionaré solo a los dos que más me gustan: Margaret Brundage y Virgil Finlay. La primera, que es de la que he tomado las portadas para ilustrar este comentario, salvo las propias de los libros antologados por Francisco Arellano, permitidme que sea un simplón: ¡me encanta! Esas ilustraciones de erotismo tan naíf, tan inocentemente macabras, que transmiten una perversión como de juguete, tan encantadoras, me cautivan. Confieso también, por si alguien que medio siga este blog lo ignoraba, que soy un fanático de las películas de los años treinta: veo todo lo que cae en mis manos de esta década maravillosa del cine, en especial su primer lustro, tan gamberro y avanzado a su tiempo. Películas que incluso a ojos de hoy resultan poderosas. No se trata de gusto retro ni demás: son los días del pre-code, la época más salvaje que el séptimo arte viera jamás. Virgil Finlay es más terrorífico, la verdad. De él es la portada que se reproduce en la de este segundo tomo antológico de Weird Tales. Su representación gráfica del mundo lovecraftiano es modélica, un ejemplo de cómo dar vida y lograr hacer más grande cualquier relato. Ilustraciones que ennoblecen lo que tocan.

Y tras este derrame infecto de babas, paso a comentar los cuentos de esta antología, la cual confieso que me ha gustado aún más que la anterior. Y, por descontado, alabar la excelente y entregada labor de los editores de La Biblioteca del Laberinto, Amparo Nieto y Francisco Arellano, que a pequeños pero importantes pasos nos van regalando ediciones de autores que no creo que les hagan millonarios. Estos libros se editan por amor al género. Y, por si acaso alguien piensa mal, ni los conozco, ni son mis amigos, ni me regalan libros. Solo admiro su trabajo.

Weird Tales, noviembre 1933. Portada de Margaret Brundage.


La antología se abre con un estupendo relato de humor negro: El juez supremo (The Superior Judge, 1933), de J. Paul Suter. Su fuerza estriba en ser una crítica feroz y muy divertida de un personaje ridículo pero que goza de mucho poder y lo ejerce sobre los demás con ira y maldad. Como todos los que tienen poder, vale decir. Pero hasta el sapo más tranquilo sobre su piedra en la pestilente charca de su vida debe rendir cuentas. Gran y cuidada progresión en el desarrollo del relato y brillante construcción de personajes. Un autor del cual sería magnífico tener la oportunidad de leer más cosas.

El siguiente es un relato de espada y brujería, La diosa de zafiro (The Sapphire Siren, 1934), de un autor cuyo solo nombre ya evoca estos mundos fantasticotes: Nictzin Dyalhis. No, tranquilos, que no os estoy insultando en cimmeriano: es que el tipo se llamaba así de verdad, o eso parece. Un relato de imaginación desbordada, tan exagerado y delirante como ingenuo. Resulta algo precipitado, y es una lástima que Dyalhis no repose ni dé tiempo a algunos momentos de verdad brillantes de su historia. Todo se desarrolla por acumulación, y esta velocidad, este atropellarse, hacen que la fantasía exultante de la que hace gala el autor no destelle como debiera, si bien tampoco la apaga del todo. Como curiosidad, indicar que el relato se inicia en la época actual (actual para el autor, se entiende), y el protagonista, un tipo hastiado de la vida gris y vulgar que debe llevar en nuestro mundo, se ve arrastrado (es un decir: lo está deseando el cabroncete) a otro de fantasía a través de una puerta que se abre en su habitación y un pasillo de lo más normalote que es lo que le separa de un mundo en el que es, nada más y nada menos, rey. Un punto de partida que, con diversas variaciones, era habitual en los relatos pulp más entroncados en la fantasía, como bien sabrán los lectores de Robert E. Howard y Edgar Rice Burroughs.

Weird Tales, julio 1935. Portada de Margaret Brundage.


Tres relatos (dos aquí, uno en la anterior) del mismo escritor en un par de volúmenes de antologías de Weird Tales es excesivo, cuando supuestamente hay tanto material inédito en español donde elegir. Tampoco es que nos parezca mal: hay las suficientes diferencias entre los tres cuentos para poder hacernos una idea de la amplitud temática e imaginativa de Edmond Hamilton, pues no es otro el afortunado, pero esto hubiera sido mejor comprobarlo en una antología dedicada por completo a él. En El vengador de la Atlántida (The Avenger from Atlantis, 1935) el motor que hace avanzar la trama no puede ser más convencional, pero resulta evidente que el desarrollo de la misma no cabe imaginarlo más delirante. Los protagonistas cambian de cuerpo como si de camisetas se tratara y avanzan por el tiempo como otros por el camino de su trabajo a casa. ¡Ríete de Tim Powers! Una aventura fantástica de desarrollo torpe pero de imaginación e inventiva brillantes. En fin, Hamilton en ebullición. En Las semillas del espacio (The Seeds from Outside, 1937) es imposible (bueno, vale, difícil, no imposible) pedir más en cuatro páginas: la caída de un meteorito, extraterrestres en un jardín, una historia de amor entre un humano y una mujer-planta, un crimen pasional... Invasión a escala minúscula en un cuento no tan pequeño como parece.

Quizá sea August Derleth el escritor del círculo de Lovecraft menos estimado por los lovecraftianos. Uno se pregunta por qué, pues gracias a él se debe en gran medida que el Maestro y su legado no cayeran en el olvido. Sin llegar a ser un gran autor, sí que en algunos de sus relatos muestra genio, y en todos oficio. Como en el que aquí nos ocupa, El regreso de Sarah Purcell (The Return of Sarah Purcell, 1936), un relato de fantasmas de lo más tradicional, tan poco original como, sin embargo, absorbente. Y es que esto es en realidad Derleth: nunca rompe, pero tampoco resulta aburrido u ofrece un mal cuento.

Weird Tales, octubre 1937. Portada de Margaret Brundage.


Sin duda uno de los cuentos más gamberros y más abiertamente pulp de la antología (aunque mentiría si afirmara que se encuentra solo en este podio) es La tigresa (Tiger Cat, 1937), de David H. Keller. Está plagado de sadismo, misoginia, horror y, en fin, diversión. Me temo que esto último no por pretensión del autor, pero es que es un relato tan inocente, tan naíf (sí, este también), que su supuesta anécdota morbosa, su perversión de telenovela y su ambiente macabro son de lo más simpático, y hasta entrañable si me apuran. Además, qué quieren que les diga, a mí esta malvadísima mujer fatal con ojos de tigresa me inspira un poquito de ternura. Sí, estoy con ella: que les den a esos caballeretes entrometidos, majaderos y salidos. Tienen lo que se merecen, por descontado que sí.

Lo más curioso de La casa del éxtasis (The House of Ecstasy, 1938), de Ralph Milne Farley (nombre real: Roger Sherman Hoar), es que el protagonista es... ¡el lector! El tiempo ha hecho que el evidente acento picantón y guarrindongui (muy propio de los pulps de la época) de este simpático relato quede muy anticuado, muy inocentón. Pero también puede que este sea su valor: su encanto camp.

Esclavo de las llamas (Slave of the Flames, 1938) es un excelente relato del primer Robert Bloch, cuando la televisión no había hecho estragos en su estilo literario. Esta historia de pirómanos que perviven a lo largo del tiempo o se reencarnan en otros, porque de todo hay, es una de las mejores y más conseguidas de la presente antología. Las descripciones del fuego y la destrucción que este provoca y su equiparación con un monstruo de múltiples bocas y brazos que todo lo devoran resultan tan terribles como hermosas, pues así lo ve Abe, el protagonista, el pirómano desquiciado tras cuyos ojos Bloch nos obliga a mirar y admirar. Y ese es el verdadero horror. Todo un logro, un magnífico cuento. Y coprotagonizado, puro guest starring, por Nerón. Toma ya.

Weird Tales, julio 1936. Portada de Margaret Brundage.

Es una verdadera lástima que haya tan pocos relatos traducidos al español de Mary Elizabeth Counselman. No se trata de una escritora revolucionaria y original, pero sí elegante y efectiva. Una de esas autoras que dan grandeza al género desde su posición modesta. Mami (Mommy, 1939), el cuento aquí incluido, narra una sencilla historia de fantasmas de forma hermosa y eficaz.

La antología se cierra con un relato de Henry Kuttner, Hydra (1939), otro escritor del que se pueden encontrar contados cuentos suyos traducidos a nuestro idioma. Un pena que sean tan pocos (una inmensa suerte que haya algunos), pues indefectiblemente son excelentes. Y este que aquí nos atrapa afirmo con total sentido y conciencia de lo que escribo que es genial. Una absoluta pieza maestra del horror. Enclavado en lo que podríamos llamar “serie” o “saga” de los Mitos de Cthulhu, en mi opinión, desde el mismo momento en que terminé de leerlo, lo considero una de sus cimas literarias. Y lo tiene todo: portales al más allá, presencias horribles que buscan alimentarse de nosotros, experiencias lisérgicas, escenas sanguinolentas, viajes astrales fruto de la más horrísona de las pesadillas... En fin, nada nuevo, es verdad, para todo buen lovecraftiano, ni tan siquiera su estilo: redactado a modo de informe, frío, clínico, valiéndose de cartas, noticias de periódicos, fragmentos de cartas... Si hasta tenemos la típica muerte mientras el protagonista escribe sus últimas palabras en un diario y ve acercarse a él el más horrendo demonio de los espacios encarnado (Dagón como prueba máster). Pero Kuttner logra en serio evocar el más terrorífico horror cósmico con sus palabras. Sus visiones parecen extraídas de otra realidad habitada por demonios reales, que a fin de cuentas de eso va el cuento, pero no como si se lo imaginara, sino como si describiera algo que ha visto con sus propios ojos, tan terrible que uno duda pueda ser fruto de una mente humana. Y las muertes son tan terroríficas, crueles y horribles como se nos adelanta al principio del relato. Un broche magistral.

Weird Tales, octubre 1933. Portada de Margaret Brundage.


WEIRD Tales (1933-1942). Selección, introducción, traducción y notas de Francisco Arellano. Madrid: La Biblioteca del Laberinto, 2008. 160 p. Delirio, ciencia-ficción; 17. ISBN 978-84-92492-03-9.

viernes, julio 24, 2009

Weird Tales (1923-1932)



Selección de relatos de la mítica revista Weird Tales dedicada al terror, la ciencia ficción y la fantasía que nació en 1923 y subsistió hasta el año 1954. En ella publicaron maestros hoy considerados como tales, no tanto como se debiera, bien es cierto, pero sí más que en su época: H. P. Lovecraft, Frank Belknap Long, Henry S. Whitehead, August Derleth, Clark Ashton Smith, Robert E. Howard, Seabury Quinn... Un plantel admirable que compartió páginas con otros autores definitivamente olvidados, no siempre menores, o cuando menos capaces en alguna ocasión de crear una historia que merece ser rescatada de la oscuridad. Y justo esto es lo que se propone Francisco Arellano, autor de la selección de relatos de este libro, en esta antología: recuperar alguna obra valiosa de algún escritor ignoto, o bien dar luz a joyas perdidas de autores que no han sido devorados por el tiempo.

No es el caso de Dagón (Dagon), el primer relato del volumen, escrito por H. P. Lovecraft en 1917, aunque publicado en Weird Tales en 1923. No podemos asignarle ninguna de las dos categorías comentadas, pero realmente no podía faltar el mítico Lovecraft en una antología de cuentos de la revista que lo vio nacer como autor. E igualmente nadie mejor para abrir la selección que el solitario escritor de Providence, en su momento solo tenido en cuenta por un puñado contado de admiradores. Dagón es un relato modelo para adentrarse en la obra de Lovecraft y entenderla. Con un desenlace imitado hasta la saciedad: todos los que amamos su obra más de una vez hemos hecho la broma o hemos dado fin a un relato siguiendo este recurso, el de una narración en primera persona que termina con la historia cercenada de manera repentina ante la llegada del horror, de la bestia cósmica de turno que no nos permitirá poner la palabra fin. Lovecraft es el maestro de la oscuridad. En sus relatos siempre hay frialdad, todo es fétido, la atmósfera es pútrida e irrespirable y los personajes se ahogan en la soledad y la desesperación. Hay algo superior al hombre, pero algo que solo desea o busca nuestra destrucción.

Dagón no es el mejor relato de Lovecraft ni de lejos: si bien la precipitación viene justificada por la narración (el supuesto narrador escribe sabiendo que va a morir de un momento a otro), la atmósfera tenebrosa no llega a pesar lo que uno desearía y la sensación de angustia no es opresiva como sí llega a serlo en otras narraciones suyas. Sin embargo, le tengo un especial cariño a este cuento. Fue el cuarto que leí de Lovecraft (tras, y por este orden, El extraño, Aire frío y El susurrador en la oscuridad: el primero, uno de mis favoritos y a mi gusto uno de los más poéticos del autor; el segundo consigue transmitir una sensación macabra muy poderosa; y el tercero, una de sus obras maestras absolutas, terrorífico y brutal). Recuerdo el miedo que pasé leyendo Dagón en mitad de una aburrida clase con el libro oculto entre las páginas de uno de texto.

Weird Tales, marzo 1928. Portada de Curtis C. Senf.


El cerebro en el frasco (The Brain in the Jar, 1924), de Richard F. Searight y Norman Elwood Hammerstrom, es un cuento de horror que basa su efecto en la detallada descripción del cerebro de marras en el dichoso frasco, a las sensaciones que lo embargan, ninguna agradable, al saberse sin cuerpo y de la venganza que está llevando a cabo con fría determinación sobre quienes le han reducido a semejante estado. No va más allá de esto, y está bien, pero la idea podría haberse aprovechado un poquito más. La trama se agota enseguida y deambula por los trillados caminos de lo predecible. La venganza carece de emoción, no es sino una mera excusa para contar lo que en verdad interesa: la descripción al detalle del cerebro en su prisión. Y como el estilo es de una pobreza sorprendente, todo queda en nada.

El regalo del rajá (The Rajah’s Gift, 1925), de E. Hoffmann Price, es un relato de ambientación oriental que basa en esto mismo su carácter fantástico: en lo exótico e imposible de su localización. El autor reproduce de manera brillante el estilo de los cuentos clásicos y su anécdota es bonita, también cruel, y supone una lección sobre cómo algunos deseos son más poderosos que la propia vida.

Con Despacho nocturno (The Night Wire, 1926), de H. F. Arnold, un relato excelente, llega la verdadera sorpresa de la antología. Desde el primer momento todo resulta genial: ya solo con la descripción de ese trabajo nocturno que consiste en registrar las noticias que llegan por telégrafo, cómo transmite el cansancio, la soledad, el silencio de esas horas durante las que el resto del mundo duerme, el sonido monótono de las máquinas de telégrafos resquebrajando ocasionalmente dicho silencio... El autor nos introduce de lleno en lo irreal sin habernos contado nada fantástico, pura y perfecta ambientación. Todo en este cuento ayuda a crear tensión, una atmósfera extraña en la que con facilidad se instala el horror. Para cuando este se despliegue en toda su intensidad y magnitud, nuestros sentidos estarán ya marcados por él. Y nada podrá protegernos. Un magnífico cuento de terror. No es de extrañar que fuera uno de los favoritos de Lovecraft de entre los publicados en la revista.

Si bien se trata de un relato bastante torpe, hay que reconocer que Bajo la tienda de Amundsen (In Amundsen’s Tend, 1928), de John Martin Leahy, mantiene cierta efectividad a pesar de esto. La inmensidad de los hielos, la soledad y el silencio eternos resultan un escenario fabuloso para una historia de terror. Así Lovecraft en su En las montañas de la locura: este de Leahy, como el anterior, también figuraba entre sus predilectos de los publicados en Weird Tales, según se nos indica en las notas sobre los autores antologados. Los diálogos resultan forzadísimos y artificiales, pero la narración sí llega a contagiar la angustia de un descubrimiento horrible en un lugar inhóspito, un acoso infernal en un escenario cuya vastedad y vacío hacen imposible la escapatoria, la salvación.

Una casa oculta en un bosque, ancestrales creencias y ritos que perviven hoy en día, una siniestra tradición... El octavo hombre verde (The Eight Green Man, 1928), de G. G. Pendarves (nombre real: Gladys Gordon Trenery), es un relato quizá no muy original, pero sí entretenido. Lo más interesante es sin duda su ambientación rural, que refuerza la idea de lo perdido y lo ancestral, la posibilidad de coexistencia entre lo idílico y el horror. Pero no es un cuento que brille de manera especial. Y tampoco es que resulte muy original La hiena (The Hyena, 1928), de Robert E. Howard, pero este hace lo que mejor sabe: dotar de una fuerza primitiva y arrolladora a su historia. Elemental, de emociones básicas, pero contagiosas y salvajes. Se lee con gozosa satisfacción.


Edmond Hamilton es uno de esos escritores que algunos seguidores de la ciencia ficción, en especial los españoles, se avergüenzan de leer, o al menos de reconocerlo. Ya sabéis: Stanislaw Lem, J. G. Ballard, Jonathan Lethem... Bueno, estos sí, pero cuando se trata de reconocer a sus ancestros hay lectores desagradecidos con los autores que abrieron el camino para que después llegaran estos genios. En fin, hasta tal punto llega la vergüenza que incluso afirman que en realidad se trata de un escritor de aventuras, con un escenario futurista, sí, pero de aventuras. Este género también les debe abochornar, me imagino, o cuando menos disgustar, pues lo que no les gusta lo lanzan para allá como una piedra a un charco. Lo triste es que son estos seguidores los que después andan llorando por ahí que su género no es reconocido ni por las universidades ni por la Real Academia de la Lengua Española, ¡ay, qué pena más grande!, por lo que se lo pasan intentando demostrar que vale, Hamilton es malo, pero Lem no. No entiendo esta necesidad de solicitar la aprobación de estas eminencias chorliteras para disfrutar de lo que a uno le gusta. Aunque sea malo. Y sí, también vale que el relato aquí incluido de Hamilton, Colisión de soles (Crashing Suns, 1928), es un space-opera de lo más rancio, pero es tan imaginativo, su concepto de la maravilla tan contagioso, su sentido de la aventura (porque también, como debe ser) tan fantástico, que los evidentes defectos no lastran el resultado. Cierto que tampoco lo elevan a cumbres proustianas: esos personajes de una pieza, esas amenazas universales que el héroe de turno apartará de un mamporro, esos extraterrestres tan malos y desagradables, tan poco lemtianos... Sin embargo, si en tu espíritu aún queda algo de la fascinación por leer sobre mundos maravillosos y viajes imposibles, disfrutarás como un loco de este relato.

Weird Tales, enero 1930. Portada de Curtis C. Senf.


La maldición de los Phipps (The Curse of the House of Phipps, 1930), de Seabury Quinn, es una aventura del magnífico Jules de Grandin, investigador de lo sobrenatural, y su ayudante el Dr. Trowbridge. Vale, la maldición de marras es un poco más de lo mismo, una cansera ya que pa qué, la subtrama criminal da un poquillo de risa y la solución y desenlace de la aventura se adivinan desde la primera línea. Pero Quinn, el autor más exitoso en su momento de Weird Tales, es un narrador seguro, nos mete en situación con una facilidad asombrosa, engancha al lector de manera a veces confieso que difícil de explicar y... bueno, lo diré, una aventura de Grandin es siempre un placer. Igual menor en este caso, pero placer.

Para terminar con la presente antología, Francisco Arellano ha seleccionado dos relatos de terror de dos autores muy relacionados con nuestro adorado H. P. Lovecraft. El primero es El horror de las colinas (The Horror from the Hills, 1931), un cuento del autor del genial Los perros de Tíndalos, Frank Belknap Long. Una lectura obligada, pues. Más aún si dicho cuento puede encuadrarse dentro del ciclo de los mitos de Cthulhu. Belknap Long pertenecía al círculo de amigos de Lovecraft, uno de los muchos con los que el maestro mantenía profusa correspondencia, otro de aquellos a los que ayudaba con sus consejos y correcciones y a los que incluso cedía ideas o páginas para sus relatos. Así en este El horror de las colinas encontramos que las páginas dedicadas a narrar el sueño de Roger Little, uno de los personajes, son originales de Lovecraft. Según nos cuenta Arellano, Lovecraft le escribió un par de cartas a Belknap Long a finales de 1927 y le propuso que las utilizara para este cuento. Un cuento, por otra parte, que presenta unos diálogos imposibles cargados de una cháchara pseudo-científica que provocan una espesa somnolencia hasta en el lector más entregado, pero que a pesar de ello le dejará ese agradable regustillo angustioso y horrible que acompaña a todos los relatos de horror cósmico de los que Lovecraft fuera, sobra decirlo, el maestro absoluto.

Clark Ashton Smith es sin duda uno de los escritores más elegantes y sutiles del círculo de Lovecraft, como bien demuestra La venus de Azombeii (The Venus of Azombeii, 1931), un relato cargado de sensualidad, exotismo, horror y belleza. Un ejemplo de cómo el estilo puede convertir en fascinante la lectura de una historia algo banal.

En definitiva, pese a la inevitable irregularidad de los cuentos antologados, el volumen resulta perfecto para acercarnos a lo que verdaderamente hubo de ser abrir las páginas de esta mítica revista y hundirse en sus fascinantes mundos.

WEIRD Tales (1923-1933). Selección, introducción, traducción y notas de Francisco Arellano. Madrid: La Biblioteca del Laberinto, 2006. 223 p. Delirio, ciencia-ficción; 9. ISBN 84-935407-0-6. 

lunes, mayo 18, 2009

Harry Dickson: las aventuras originales, volumen 2 (1907-1909)



Sigue la edición por parte de La biblioteca del laberinto de las novelas que dieron origen al Harry Dickson de Jean Ray. Estos relatos eran apócrifos protagonizados por Sherlock Holmes y un ayudante ideado para la ocasión que sustituía a Watson, Harry Taxon. Ray comienza a traducirlos para el mercado belga, pero cansado de lo que consideraba una tarea rutinaria y convencido de que él podía superar con facilidad a los originales, decide bien pronto pasar de traducirlas a reescribirlas. Para entonces ya este Sherlock de pacotilla era Harry Dickson y su ayudante había tomado el nombre de Tom Wills. Y ambos, de la mano de Ray, se dedicaron a investigar los casos más inverosímiles y fantásticos que cupiera imaginar. 

En mi comentario al volumen anterior no tenía claro que Tom Wills en ningún momento se presentara como un trasunto del doctor Watson, sino que se trata nada más y nada menos que de un ayudante, casi un aprendiz, de aquel al que siempre se dirige como maestro: Holmes/Dickson. Imposible imaginar en Holmes ese trato afectuoso, casi de padre a hijo, entre Dickson y Wills. Esta nota distintiva permanecerá en las versiones de Jean Ray, lo cual ayudará, junto a su derivación netamente fantástica, a diferenciarlo de su modelo. El genial escritor dio así el paso decisivo para crear uno de los más grandes detectives de lo sobrenatural gracias a sus “traducciones creativas” de estas en verdad desaforadas aventuras convirtiéndolas en definitivamente extravagantes y únicas.


Ya en estos cuentos poco queda del Holmes del canon, de hecho no está ni Watson, y de una aventura a otra, dependiendo de quien escribiera la historia correspondiente, el personaje varía de forma considerable, así tanto el estilo narrativo como el carácter de lo narrado, que puede unas veces ser más detectivesco y otras pura acción sin descanso. En ocasiones varía hasta en lo físico: en este mismo volumen, en una aventura es un tipo rubio, en otra moreno. En fin. Ray tenía materia con la cual jugar.

En esta edición se ha optado por seguir los títulos de la edición belga, de ahí que no siempre coincidan con los de la primitiva edición española. Las aventuras primera y última del volumen pertenecen a la colección Memorias íntimas de Sherlock Holmes, formando parte la segunda y la tercera de la colección Memorias íntimas del rey de los detectives, cambio de nombre debido a la actuación de los herederos de Conan Doyle que consiguieron eliminar ese Holmes de la portada, si bien en el interior el protagonista seguía siendo este. A pesar de ser estas aventuras las originales protagonizadas por el genial e irrepetible detective asesor, también en esta edición se ha preferido cambiar el nombre del protagonista por el que se harían popularmente más conocidas, Harry Dickson. 

La timba de la calle Franklin (Die Verbrecher-Drogerie in der Franklinstreet, 1909) es un compendio de disparos, carreras y persecuciones de vértigo que tienen lugar en una urdimbre de pasillos, galerías subterráneas, habitaciones ocultas y paredes que se desplazan y esconden puertas a pasadizos secretos. Un relato que debe más al folletín y, a través de este, a la misma novela gótica (joven indefensa raptada y amenazada de muerte a la cual nuestros héroes deben salvar, junto a ese infierno de pasadizos escondidos tras las paredes y bajo el suelo de una mansión victoriana que más asemeja cualquiera de los siniestros castillos que poblaron las obras de Walpole y Radcliffe) que a los relatos del canon holmesiano, esto es, los escritos por Arthur Conan Doyle. Pura acción en una aventura que si bien no deja una huella digamos profunda, desde luego sí que resulta entretenida.


Miss Mercedes, la reina del aire (Oceana, die Königin der Luft, 1907) es un relato más detectivesco, con crímenes, robos inauditos y una clara visión negativa de los judíos. El punto de partida no deja de ser una divertida confusión que parece encaminar la historia hacia un enredo de faldas entre un lord snob y un engreído baronet, pero pronto todo deriva hacia una intriga principesca de nobles rusos acosados por malvados nihilistas, para llegar a la mitad, descubrir que se nos ha entretenido con una falacia y centrarse todo en un absurdo robo. No muy brillante debido a esta indefinición y baile argumental, pero por eso mismo no consigue aburrir. En su mayor defecto está también su minúscula virtud.


Es evidente que el anónimo autor de Alrededor de un trono (Um einen Thron, 1908) pretende elevar el vuelo estilístico de la colección. Otra cosa es que lo consiga, claro, porque dicho esfuerzo no da grandes frutos, la verdad. Sin embargo resulta muy curioso comprobar cómo ese esfuerzo literario va acompañado de una trama delirante, no tanto por los increíbles y desestructurados sucesos, que por momentos parecen seguir la única lógica de “lo primero que se me ocurra, pues eso vale”, como por lo exagerado de los mismos. El adjetivo “desaforado” parece aquí cuadrar mejor que nunca. No hay más que detenerse brevemente en uno de los dibujos, una de las ilustraciones que adornan el relato: un joven servio dormido en un banco mientras Harry Dickson abre un saco lleno de cabezas humanas ante la mirada vagamente horrorizada de Tom Wills. Si esto fuera una película de serie b, tendría una legión de seguidores irredentos proclamándola una joya de culto. En fin, una aventura algo salvaje, asilvestrada, con una trama que va del mar Jónico a Belgrado, pasando por un campamento gitano que está en otro país y un convento del que se efectúa una fuga de la que resulta difícil enterarse de cuánta gente en verdad han ido allí a salvar nuestros héroes pues no coincide con el número de salvados. Es que por no coincidir, no coincide ni el género: las hermanas del joven servio durmiente son hermanos al salir del convento, así porque sí, sin mediar palabra los pobres (a no ser que sea un descuido de la traducción). E incluye una forma de burlar un pelotón de fusilamiento que si llegáis a leerlo no olvidaréis jamás de puro desquicie, de pura tontería. Y todo regado, como he dicho, con las florituras literarias más ingenuas y desarmantes. En definitiva, un más que disfrutable folletín de la más baja estofa.


La intrigante desenmascarada (Dämon Weib, 1908) es la aventura que cierra este segundo volumen de las aventuras originales de Harry Dickson. Se trata de una aburrida trama de crímenes orquestados por una mujer malvada y su horda de secuaces dispuestos a todo a cambio de sexo.

La biblioteca del laberinto acaba de publicar dos nuevos volúmenes de esta colección incluyendo seis aventuras: aquellas en las que el magnífico detective se enfrenta al maléfico Profesor Flax. No podemos sino felicitar a esta editorial por esta labor de rescate única que nos está brindando la oportunidad de descubrir la verdad sobre el caso Harry Dickson. (Lástima que no continuaran con este fascinante proyecto – nota en octubre de 2019).


HARRY Dickson, el Sherlock Holmes americano; volumen 2: La timba de la calle Franklin y otras historias desaforadas del rey de los detectives. Ilustraciones de Alfred Roloff; introducción de Alfredo Lara; apéndice de Francisco Arellano. Madrid: La biblioteca del laberinto, 2007. 216 p. Delirio, ciencia-ficción; 11. ISBN 978-84-935407-2-2. 

miércoles, abril 22, 2009

La casa del páramo (1850), de Elizabeth Gaskell



¡Qué fantástico título para un relato de terror! Sin embargo, no es el caso de esta La casa del páramo (The Moorland Cottage, 1850). O al menos no es el caso si a género fantástico se refiere, pues en sentido estricto este maniqueo cuento de nuestra adorada Elizabeth Gaskell (Elizabeth Cleghorn Stevenson en su lozana soltería) consigue infundir pavor: no otra cosa se siente cuando leemos qué tipo de vida servil y gris hacen llevar a la protagonista de esta amarga historia, la joven Maggie, destino infame que comparte con tantas heroínas de la época, bien es verdad. Pero este sentimiento también es provocado por el insufrible y melifluo aroma a incienso clerical que infecta algunas de sus páginas. Elizabeth Gaskell era hija de un pastor de la Iglesia Unitaria inglesa, y la pobre además se casó con un ministro de la misma. Por algún lado debían salir tan malas influencias, qué remedio.

Elizabeth Gaskell escribió, sumado a lo anterior, esta novela corta con el objetivo de ser publicada como cuento para la Navidad de 1850. Quizá este destino la llevó a derramar un exceso de almíbar en muchos de sus párrafos. Los buenos de esta historia son de una pureza tal que uno llega a preguntarse cómo es posible que caminen en vez de levitar sobre los luminosos campos.

A día de hoy la bondad de la niña Maggie resulta algo cursi y beata, y la maldad de su hermano mayor Edward, al menos de niño, podría considerarse más bien la propia de un carácter desabrido. Pero donde la diferencia de encararse y afrontar la vida que los separa se mantiene inexpugnable es en la crueldad que en todo momento Edward muestra para con su hermana pequeña solo por el hecho de que él es un hombre, de pensar que el género es razón suficiente y justificada para ser un déspota. No todo puede estar mal si ha salido de la mano de la Gaskell.


Poco más ofrece este relato, por desgracia. Su desaforado final es un puro desastre en su intento de resultar patético (de pathos, digo) y emocionante, buscando con desesperación digna de otras causas hacer saltar las lágrimas al lector. Y un auténtico dislate argumental. Gaskell abandona su elegancia habitual, sus excelentes dotes de narradora, para encadenar una situación increíble tras otra, todo precipitado y amontonado en un barullo tal que da pena, a mí al menos, viniendo de quien viene.

Resulta muy curioso, eso sí, y muy interesante comprobar cómo el cine de desastres, en este caso el incendio y posterior hundimiento de un barco, sigue paso a paso lo que aquí nos cuenta nuestra idolatrada (no en esta ocasión, qué se le va a hacer) autora: hay cosas que ni siglo y medio han hecho cambiar. No digo que fuera un patrón que inventara la Gaskell: se trata de unas convenciones argumentales que se siguen utilizando de idéntica manera hoy en día. Vamos, que solo ha faltado lo de la orquesta tragada por las aguas sin dejar de tocar...

Pese a las elogiosas palabras que Charlotte Brontë escribiera sobre él, me veo obligado a confesar, por si alguien aún lo dudaba, con verdadera desazón que este relato no me ha gustado demasiado. Pero como al tiempo me siento inflamado por el espíritu santurrón que domeña sus palabras, con las que en tantas ocasiones se aclama a Dios, a nuestra capacidad para ser buenas personas y para ejercitar el don del perdón y del sacrificio, insto a todos aquellos que lo vayan a leer o que lo hayan leído, y me insto a mí mismo, a poner en práctica dichos rasgos de humanidad y bonhomía y propongo perdonemos así a la maravillosa Elizabeth este insignificante tropiezo. ¡Venga, que nadie diga de nosotros que somos una pandilla de rufianes! ¡Perdonadla, malandrines, u os las veréis conmigo!

GASKELL, Elizabeth. La casa del páramo. Traducción de Marta Salís. Barcelona: Alba Editorial, 2009. 189 p. Clásica; CIV. ISBN 978-84-8428-437-6