miércoles, noviembre 03, 2010

La décima víctima en la radio # 24: H. G. Wells (2ª parte: Moreau en el fin de los tiempos)





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Inasequibles al desaliento, más que nada porque los muertos no tenemos deso, seguimos adelante con otra entrega más, la número 24 (emitida el 26 de octubre de 2010), de la sección dedicada a la literatura de género en el programa de Canal Extremadura Radio Los dos de la tarde. Con esos dos Moreaus de la vida que son Carlos y Kanuto, nos libramos por un estornudo de una invasión extraterrestre, viajamos al fin de los tiempos (¡y volvemos!) y nos perdemos en una isla desierta y despertamos convertidos en gorilas de la mano del único, inimitable, colosal H. G. WELLS.









Segunda y última entrega dedicada a uno de los maestros de la ciencia ficción (entre otras cosas, pero si está aquí es justo por ésta). Y de nuevo contamos para iluminar esta entrada con las ilustraciones del gran ENRIQUE FLORES. Por este orden, seis dibujos por cada uno de estos libros: La guerra de los mundos, La máquina del tiempo y La isla del doctor Moreau.






Os pongo enlaces a las fichas en IMDb de las películas que recomendamos, con guiones propios de Wells o basados en obras suyas. Allá va la lista. ¡Hay que verlas todas!





Robinson Crusoe on Mars (1964) (ésta sólo de manera tangencial tiene que ver con Wells, pero da igual, ¡a verla!)

La vida futura (1936)


Seré un horror hablando, pero no podréis decir jamás que no os recomiendo cosas buenas...




miércoles, octubre 20, 2010

La décima víctima en la radio # 23: H. G. Wells (1ª parte: el universo es múltiple, pero el hombre invisible está solo)



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Tras el descanso de la semana pasada, seguimos adelante con otra entrega más, la número 23, de la sección dedicada a la literatura de género en el programa de Canal Extremadura Radio Los dos de la tarde. Con esos dos tuertos en el país de los ciegos que son Carlos y Kanuto, nos desplazamos por el tiempo y el espacio curvos hasta instalarnos en el salón de la casa del gigantesco H. G. WELLS.






Nos centramos en su absoluta obra maestra El hombre invisible, si bien, para no variar, divagamos por otras creaciones suyas, por lo divino en forma de ángel y por lo humano en forma de reyes invidentes. Las ilustraciones que engrandecen esta entrada son de ENRIQUE FLORES. Están reproducidas con su permiso, que para algo es un gran amigo, y fueron originalmente publicadas en la edición de Anaya Tus Libros Selección de esta novela.




Nos pusimos en plan intelectual y dejamos fluir nuestros inmensos conocimientos de física cuántica. Conocimiento fruto de ver la serie del Doctor Who y de la lectura de este absorbente libro de Michio Kaku. Con eso ya vale, ¿no?




Hablamos de la película que James Whale dirigió en el año 1933 en la cual adaptó esta arrolladora novela. Inevitable. Hay otras versiones, pero para qué después de ver ésta. Su fuerza icónica y su belleza plástica son irrepetibles.



El programa se emitió el 19 de octubre de 2010. Al salir de la radio, recoloqué mis gafas sobre mi falsa nariz, subí el cuello de mi gabán, me cubrí con cuidado con mi bufanda y, lanzando una mirada enloquecida al pasado, salí corriendo hacia la nieve para perderme en la noche.


martes, octubre 05, 2010

La décima víctima en la radio # 22: Doctor Who Forever!





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Bueno, pues otra entrega más de la sección dedicada a la literatura fantástica en el programa de Canal Extremadura Radio Los dos de la tardis, digooo, de la tarde. En esta ocasión dejamos atrás los libros y nos atrevimos a viajar en el espacio y el tiempo con la TARDIS. Porque el 5 de octubre de 2010, amigos, nos lanzamos a la aventura con el más fantástico de los compañeros: el DOCTOR WHO.






Doctor Who es una de las series más longevas de la televisión. La BBC inglesa comenzó a emitirla en el año 1963. Su reactivación en el año 2005 ha resucitado a todo un fenómeno de culto. Con la ciencia ficción como bandera y el terror como compañero, no dudéis de que esta serie lleva el concepto de aventura más lejos de lo que podáis imaginar. Nunca el sentido de la maravilla tuvo más genial aliado.






Por supuesto, no hubo tiempo para hablar tanto como hubiéramos deseado de ella, pero sirva este pequeño intento para animaros a entrar en el universo del Doctor. Ya sabéis, es más grande por dentro. ¿Que no? Leed este fantástico artículo de Thursnext en Al final de la escapada que comentamos en el programa.







Todas estas imágenes pertenecen a los episodios del Doctor correspondientes a esta nueva etapa iniciada en 2005. Las de más abajo, a uno de los mejores: Blink, quizá el más terrorífico. Escrito, cómo no, por Steven Moffat. Basado en su relato What I Did on My Christmas Holiday's By Sally Sparrow, publicado en el Doctor Who Annual de 2006. Allons-y!






La semana que viene, ahora sí, no habrá programa. Volveremos el 19 de octubre. Para entonces, espero que hayáis visitado Gallifrey, Skaro y el Pozo de Satán, que os hayáis emocionado con Rose en la playa de Lobo Malo, que todos tengáis a mano vuestro destornillador sónico, que hayáis estado calladitos en la biblioteca y que los ángeles llorones os hayan hecho estremecer de miedo. Si no, que el niño vacío acompañe vuestros sueños y los daleks os absorban con su temible desatascador. Porque los daleks, sabedlo desde hoy y para siempre, LOS DALEKS SON SUPREMOS. 



    

sábado, octubre 02, 2010

La décima víctima en la radio # 21: Karel Čapek





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Seguimos adelante con la sección de La décima víctima en la radio en el programa Los dos de la tarde de Canal Extremadura Radio. Kanuto y Carlos, los dos robots deshumanizados que dirigen y presentan el programa, demuestran tener bien engrasadas las tuercas pues hablamos del maestro de la ciencia ficción checoslovaco KAREL ČAPEK. "Papá, papá", gritaban enardecidos.



El autor de las imprescindibles RUR y La guerra de las salamandras nos ayudará con el cambio de horario del programa (a partir del lunes, 4 de octubre, pasará a emitirse de 17:05 a 19:05 horas) y al vacío provocado por la ausencia de la sección la semana que viene debido a que el martes día 5 es fiesta. Algunos lo celebraréis, pero no hagáis grandes fiestas porque la DVR (toma siglas que me he marcao) volverá el martes 12. Vaya lío de fechas.

Nota: si ya decía yo que era lío... A ver, el próximo martes 5 hay programa. El día de fiesta es el 12... Vamos, lo que había escrito, pero justo al revés. (Esto es una aclaración patrocinada por Amnesín, tus píldoras para la memoria).



Si se os hace una eternidad, siguiendo este enlace podréis acceder a las anteriores 20 entregas. ¡Para quedar jartos!

viernes, octubre 01, 2010

Donde se comentan cuatro bolsilibros de terror de Clark Carrados. Y también, de paso, una recomendación: el estudio sobre la novela popular de Salvador Vázquez de Parga

Aunque la anterior novela que leí de Clark Carrados (Luis García Lecha), la cual comenté aquí, no fue de lo mejorcito con lo que me he alimentado (o castigado) el cerebro últimamente, sí que dejé anotado que pese a su resultado fallido y su falta de consistencia a la hora de transmitir sensaciones atemorizantes, ésas que tanto nos gustan, sí que es verdad que al menos mantenía cierto cuidado a la hora de la ambientación, que ésta aportara algo de atmósfera macabra al conjunto. En el mundo de los bolsilibros esto no es lo habitual, así que al menos se agradece el intento de no llenar las 95 páginas de rigor con apresurados diálogos de una línea cada uno.

Antes de entrar a comentar el lote siniestro de hoy, voy a reproducir una definición del término bolsilibro que me parece muy atinada. El autor de la misma, Salvador Vázquez de Parga, un sabio de todo aquello relacionado con la cultura popular, nos la legó en su libro Héroes y enamoradas: la novela popular española, editado por la editorial Glénat en su colección Parapapel. En este ensayo apasionado y absorbente Vázquez de Parga ofrece una estupenda introducción a este tipo de literatura, abarcando prácticamente todo el siglo XX y dejándonos la sensación de que aún queda mucho por contar. Y es que se trata de una tarea ingente. Normal que en algunos casos se eche en falta más extensión en los diversos temas tratados (los bolsilibros de terror reciben en verdad muy poca atención), pero en conjunto el autor nos transmite su amor por estos libros, su erudición al respecto es un regalo, y las listas de autores con sus respectivos seudónimos son una fuente de información que no tiene precio. Una recomendación absoluta que os hago desde aquí.

Pues bien, así nos explica Vázquez de Parga en qué consiste esto de los bolsilibros, los cuales empiezan a ser tratados hacia la mitad del ensayo, en su quinta parte titulada La era de los bolsilibros:

“Y con la segunda mitad del siglo se abre la era de los bolsilibros. “Bolsilibros” es un término acuñado por la editorial Bruguera para designar sus novelas populares de bolsillo de un modo menos prosaico que el consabido de “novelas de a duro”. En realidad nadie se preocupó demasiado por la denominación que pudiera darse a las novelas populares, pero lo cierto es que alrededor de 1960, cuando la editorial Bruguera unificó el diseño de sus colecciones, les aplicó también un nombre común, el de Bolsilibros Bruguera que plasmó en un logotipo, también común a todas las colecciones, en el que figuraban dos letras “B”, la segunda de ellas cambiada de lado. El término bolsilibro, que, como toda palabra útil pero no importada, no figura en el diccionario oficial, fue adoptada después por otras editoriales como Rollán o Toray.

En realidad, el bolsilibro no es simplemente un libro de bolsillo, ni siquiera una novela popular de bolsillo. El término parece más específico y debe aplicarse sólo a aquellas novelas populares de bolsillo, de tamaño 15x10,5 centímetros, que cuentan una historia de carácter unitario. (…) La innumerable cantidad de colecciones de bolsilibros que aparecieron entre 1950 y 2000 no tuvieron en ningún momento directrices concretas que las individualizaran. El género era lo único que vinculaba a los distintos ejemplares de una colección. El oeste, el policiaco y la novela rosa fueron, desde luego, los más abundantes, (…) aunque las modas de cada momento hacían surgir o resurgir nuevas series dedicadas a modalidades aventureras diversas (…)”. (pp. 189-190)

En fin, diversión y entretenimiento sin más. Algo que aplicado al cine o a la televisión todo el mundo parece respetar (las películas de serie b, las grandes franquicias tipo Star Wars, Star Trek o ahora Stargate, entre lo más popular y aceptado), pero que a la hora de aplicarlo a la literatura parece que nos cuesta más trabajo. Nos sale la vena finolis.

Como hoy mi lado elitista y elegante se ha quedado debajo de la losa tomándose un respiro, doy salida a mis más bajos instintos y, ahora sí, paso a comentar cuatro bolsilibros de terror de Clark Carrados.

El final del miedo (1980), a pesar de las explicaciones con las que se resuelve la trama, en las cuales todo lo fantástico deviene trucos de salón, el desarrollo resulta entretenido y consigue momentos de verdadera tensión. La soledad y el aislamiento del pueblo en el que se desarrolla la acción, Dylock’s Bay, están reflejados con fuerza, y el acoso por parte de los malvados que sufren los protagonistas depara algún buen momento de angustia. Lástima, como he dicho, que la aparición en la bahía, cerrada por escarpados acantilados, de un monstruo en la más tradicional escuela Lago Ness sea otra de las premisas fantásticas que Carrados tira a la basura del interesante puñado que plantea. Pero ojo, el conjunto no es desechable en absoluto.

Como estaba que me salía de intelectual subido y repelente, me lancé con otras tres novelas de Carrados. La segunda que leí fue Los muertos que no morían (1982). A ver, explicadme: ¿cómo voy a resistirme a semejante título? Tontería intentarlo. Así que adelante. Allons-y!

Lo que encontramos aquí es una más que curiosa historia de zombis, en la cual Carrados, sin dejar de lado la tradición haitiana y la más moderna instaurada por las películas de Romero, opta por seguir un tanto el camino solitario que marcó Muertos y enterrados, la fascinante película que en el año 1981 dirigiera Gary A. Sherman. Salvando las distancias, claro, pero aquí también tenemos un científico loco que se dedica a resucitar cadáveres por un módico precio en un pueblo perdido. Antes de resucitarlos es él mismo el que da muerte a sus víctimas, las cuales se dejan matar a cambio de la promesa de la vida eterna. Ni dudéis que el retorno traerá graves inconvenientes…

El principal, que la cosa parece no durar mucho. Y en segundo lugar (bueno, igual más importante que el anterior, aquí depende de vuestras prioridades) la desaparición del deseo sexual. Vamos, que volver vuelven, pero para esto mejor quedarse tranquilito en la caja.

Con los condicionantes habituales de los bolsilibros, obligada boda final de los protagonistas incluida, hay que reconocer que el relato resulta de lo más entretenido. La necesidad (o el gusto, adivina) de incluir algún momento erótico da lugar a algunas situaciones de lo más ridículas que podáis pensar, pero en conjunto la historia no se resiente por ello y mantiene un buen nivel macabro.

Desde luego, Lobos contra lobos (1984) no es una novelita fantástica. Ni tan siquiera de terror, la verdad. Pero da igual: está claro que ésta no era la intención del autor. Clark Carrados se lanza a narrarnos un relato de crímenes con un tremendo sentido del humor. Una comedia criminal, diría, no para enmarcarla en un género determinado, sino más bien para que os hagáis una idea de por dónde van los tiros (que en esta historia no hay muchos, la cosa se resuelve con un simpático punzón).

Un millonario lega una formidable herencia a ocho supuestos herederos. Extraño si tenemos en cuenta que eran enemigos declarados del difunto. Normal si prestamos atención a la cláusula principal del testamento: el dinero se lo quedará aquel que elimine a los otro siete. Pero no sólo basta con matarlos, sino que hay que hacer entrega de una macabra prueba a la viuda del millonario: el dedo índice de la mano derecha de cada uno de los cadáveres. Todo esto lo deja el millonario de marras grabado en una cinta de cassette, por si la policía pregunta quién fue el instigador de la bárbara sangría. Menos mal que la policía ni aparece… Pues bien, al principio, los ocho herederos siniestros se plantean cortarse sus respectivos deditos y hala, a repartir el botín. Pero la suma de dinero es importante y el hombre, que es un lobo para el hombre por si no lo sabíais, deja aflorar sus instintos y aquello se convierte en una carnicería que ríete del pamplinas de Tarantino.

Carrados mantiene en todo momento un conseguido tono de comedia macabra. Pero además, en los momentos en que no hay muertos de por medio, lo mantiene. El protagonista, Jammy Long, ha dejado a su prometida justo el día de su boda esperándolo frente al altar. Ella, Audrey Hatterly, una guapísima heredera, se lanza en su amorosa persecución y junto a él se verá metida, ambos sin preverlo, en el lío criminal. Los diálogos entre los dos son en verdad chispeantes, y confieso que en más de una ocasión lancé una buena carcajada.

Una agradable sorpresa. Intrascendente, sí, pero diáfana y correcta en sus intenciones.

Venga, ánimo, que vamos a por la última.

Lo más destacable de La firma de la bruja (1984) es el evidente cuidado de Carrados, como ya casi me atrevería a decir una marca de estilo si esto no fuera quizá excesivo, por la ambientación. De nuevo encontramos en este relato, como en El final del miedo, un aislado y hostil pueblo pesquero inglés. Los acantilados en los que rompe el mar, la llanura de hierba sobre los mismos en la que se alza una ominosa torre, las ruinas de lo que antaño fuera la orgullosa “Torre de la bruja”, el pasadizo excavado en la roca bajo ella… Todo ayuda a crear un decorado de lo más siniestro y conseguido para desarrollar la acción. Otro cantar es que ésta sea del todo satisfactoria.

Carrados mezcla demasiadas cosas. Algunas le funcionan. Otras, pues no. La historia arranca con un misterioso crimen cuya víctima es hallada con una E marcada al rojo en la frente. Es la marca de la bruja, Evinia McIntock, quemada en la hoguera siglos atrás. Mientras el fuego la consumía, lanzó la consabida maldición a los descendientes de quienes la estaban asesinando. Por qué no actuó sobre ellos en el momento y por qué la maldición tarda tanto en hacerse efectiva no debe importarnos. Si no crees en tales cosas, no pidas lógica.

En cualquier caso, Carrados opta por una batería de explicaciones racionales que alejan la novela del fantástico (¡otra vez!) y la acercan a la criminal. Tampoco hay mayor problema con esto, pero Carrados deja para el final un detalle que alegrará el día a todos los que necesiten de esta nota fantástica genuina. Yo se lo agradecería, desde luego, si no fuera tan tosca, tan cutre.

La trama se torna tan delirante en algunos momentos que no puedo evitar sentir cierta simpatía por ella: hay un hilo que sigue la búsqueda del oro oculto en una cueva de los acantilados, llevado allí por unos espías alemanes en un submarino durante la Segunda Guerra Mundial. Lo normal, vamos. El pueblo, Merton Bay, es pequeño, pero entre la leyenda de la maldición brujeril y la del oro de los nazis, a uno le cuesta creer que la gente se aburra tanto allí como se afirma de continuo en la novela. En fin.

Aunque todo deviene en un desenlace de lo más convencional (sí, sí, acaba con boda, y si consideras esto un spoiler de esos es que no has leído un bolsilibro en tu vida), la historia tiene sus buenos momentos. Los sustos a costa de los esqueletos todavía no sé si me gustaron por su desarmante ingenuidad o no me gustaron precisamente por eso.

En resumen, cuatro bolsilibros que se leen con algo más que agrado. Y si los comparo con uno de relatos de Antonio Gala que me leí hace años, esto es la mismísima gloria.

CARRADOS, Clark. El final del miedo. Ilustración de cubierta de Antonio Bernal. Barcelona: Bruguera, 1980. 95 p. Selección Terror; 393. ISBN 84-02-02506-4.

CARRADOS, Clark. Los muertos que no morían. Ilustración de cubierta de Desilo. Barcelona: Bruguera, 1982. 190 p. Selección Terror extra; 6. ISBN 84-02-08799-X.

CARRADOS, Clark. Lobos contra lobos. Ilustración de cubierta de Alberto Pujolar. Barcelona: Bruguera, 1984. 95 p. Selección Terror; 571. ISBN 84-02-02506-4.

CARRADOS, Clark. La firma de la bruja. Ilustración de cubierta de Alberto Pujolar. Barcelona: Bruguera, 1984. 93 p. Selección Terror; 590. ISBN 84-02-02506-4.

VÁZQUEZ DE PARGA, Salvador. Héroes y enamoradas: la novela popular española. Barcelona: Glénat, 2000. 370 p.; il. Parapapel; 3. ISBN 84-8449-072-6.

viernes, septiembre 24, 2010

Tres piezas góticas: el abuelo Walpole (1764), el tío Lewis (1796) y el zascandil de Shelley (1810)



¡Uuuuuuhhhhhh! Tres, nada más y nada menos que tres piezas de lo que todos conocéis como literatura gótica. ¿Y eso qué es? Ay, ay, rufián. Si no lo sabes ya estás tirando pa la wikipedia a enterarte bien. Vaaaaaale, que hoy estás sufriendo algo de perritis con gandulitis: no importa. Aquí está el venerable anciano Llosef para darte una pista rápida, la vía más superficial y tontuela para alcanzar el conocimiento universal, la verdad absoluta de todas aquellas cosas que, bien lo sabemos, poco importan al ciudadano de a pie. Ése que detestamos con cariño.

Érase una vez a finales del siglo XVIII que un escritor algo diletante, pelín disoluto, vividor de pro gracias a diversas sinecuras proporcionadas por su padre, éste afamado político de la época (y os quejáis de ésta, cuando el pasado era igual de bueno), cotilla universal y excelente escritor, de forma absoluta adelantado a su tiempo, le dio por escribir una novelita de terror, inspirada por una tremebunda pesadilla en la cual contemplaba con pavor cómo un guantelete gigantesco se posaba en lo alto de un pasamanos. Tituló a la misma El castillo de Otranto, y en el año de 1764 la publicó. La obra le costó dos meses de dedicación, bastante tiempo habida cuenta de su carácter algo veleidoso.

Horace Walpole (1717-1797), que así se llamaba nuestro admirado autor, firmó su obra tal que una traducción de un original italiano, temeroso ante las posibles reacciones que pudiera provocar su novela. Claro, en una época en la cual el ideal en todas las artes provenía del modelo grecolatino, que alguien lanzara al público una obra de evidente inspiración medieval era probable que provocara las iras de los cráneos previlegiados del momento. La pasión exacerbada, los sentimientos como guía de conducta primordial, maldiciones que pesan sobre el presente debido a oscuras usurpaciones y pecados del pasado, jóvenes caballeros de corazón puro entregados a cuestiones de honor, virginales damiselas expuestas a los mayores peligros y villanos de nefanda catadura moral como principales motivos del entramado argumental. Vamos, una novela que molestará igual a los moderniquis de hoy como molestó a los viejunos popes de la cultura en el siglo XVIII. Seguimos igual, mis queridos cuatro lectores.

Si a este gusto por lo medieval sumamos que Walpole inundó su novela de aparecidos, de armaduras tamaño Mazinger Z, de criptas siniestras, de corredores tenebrosos, de mazmorras más oscuras que la misma oscuridad, en fin, de todo lo más macabro que se le pasó por la cabeza, y que a día de hoy continúan siendo lugares comunes de toda obra de terror que se precie, normal que el señoritingo de Walpole optara por no dar a conocer su nombre así de primeras. Vamos, lo que hoy cualquier mindundi juntaletras se afana por hacer antes que escribir de verdad, el bueno de Walpole lo evitó de corazón. Claro que, como suele pasar, lo que surge a la contra, lo que en un principio resulta extraño y novedoso, al poco se convierte en moda. ¡Pero qué moda, amigos! Una así quisiera yo para nuestros mortecinos tiempos.

El castillo de Otranto tuvo un éxito inmediato, y ya en la segunda edición Walpole firmó con su nombre. Me da por pensar que más porque le pareció divertido ser el centro de atención durante un rato que por verdadero afán de convertirse en el escritor del momento, pues Walpole jamás se tomó muy en serio como escritor. Pero bueno, imagino que debe ser algo maravilloso para el ego de cualquiera que algo que has escrito de manera compulsiva inicie un género nuevo en la literatura y un porrón de escritores se pongan a imitarlo sin pudor. Algunos vendrían después que superarían su novela, no lo negaremos, dentro del mismo género, pero El castillo de Otranto es hoy no sólo la primera de muchas, sino que en verdad guarda en su seno algunos momentos memorables.

Cierto, sí, tenéis razón, quizá las apariciones espectrales resulten a ojos de hoy algo anticuadas, un pelín ingenuas, pero las imágenes que logra evocar en nuestras mentes con su armadura de proporciones colosales son de una gran fuerza, imaginativas y muy originales. No es de extrañar que se lo relacionara con posterioridad, no sólo por su Otranto, sino por otras obras suyas (los Cuentos jeroglíficos, por ejemplo), con los surrealistas, aunque más que con estos, que vale que dan mucho postín, yo prefiero estar de acuerdo con aquellos que lo emparentan con el nonsense que el genial e irrepetible Edward Lear llevaría a sus cotas más altas (Lewis Carroll aparte, se entiende, porque Carroll vale por sí mismo lo que varios movimientos literarios vanguardistas juntos).

En fin, si queréis conocer un poquito más de Walpole y su obra, podéis recurrir a los minutos que le dediqué en la radio en mi sección dedicada a la literatura. Si queréis profundizar de verdad, leed sus libros.

Este volumen publicado por la editorial Valdemar en su colección, claro, Gótica, continúa con una obra de otro maestro de la literatura gót… Vaya, qué asquerosamente redundante soy.



Matthew Gregory Lewis (1775-1818) legaría a la posteridad, que se dice así en plan grandilocuente, una novela prodigiosa y apasionante: El monje (1796, fecha de publicación). Con 19 años la escribió el tío. Una obra provocadora que le valió a Lewis que durante el resto de su vida se le conociera con el apodo de, premio, Monk, en curioso homenaje al autor. Curioso digo porque tal protagonista es un monje depravado y rijoso que casaba poco con el carácter de Lewis, un buenazo del catorce que adoraba a su madre y que, al heredar de su padre unas plantaciones en Jamaica, luchó contra el esclavismo que practicaban sus compañeros latifundistas.

Si El castillo de Otranto está considerada como la primera novela gótica, El espectro del castillo (1796), obra de Lewis, es la primera obra de teatro gótica de la historia.

Ya comenté en otro lugar que no confío ya en tener nunca la oportunidad de ver un montaje en los escenarios de RUR, la obra de Karel Čapek. Imaginad las esperanzas que puedo tener con esta obra de teatro de Lewis. Las mismas que tendré con una de José Luis Alonso de Santos, jaja. Aunque, horror de los de verdad, de éste ya sufrí una, ahora que recuerdo…

En cuanto a El espectro del castillo en sí, es fácil imaginar cómo en su momento las apariciones espectrales que se suceden en la obra causaran una gran impresión entre los espectadores. Debo reconocer que a mí se me han antojado mecánicas y poco atmosféricas. Son los personajes graciosos, como también los había en Otranto, a la manera de Shakespeare, los que se adueñan de la función y consiguen que esta obra se lea con auténtico placer. Y de igual manera encontramos aquí un castillo usurpado por un terrible villano que pagará con sangre su felonía. Con las pocas oportunidades de poder encontrar obras de Lewis traducidas al español, esto es un verdadero regalo para los amantes del género.



El tercero del siniestro lote es el gran Percy Bysshe Shelley (1792-1822). Pero contra todo pronóstico, es la obra del poeta la peor del volumen con diferencia. Zastrozzi (1810) es una obra de juventud tan supuestamente apasionada como defectuosa. Sus personajes se hallan arrastrados por las pasiones más fuertes, pero al lector, al menos a éste, le parecen más bien impostadas, falsas, como si el bueno de Shelley tomara la pasión como un sinónimo de ir pegando voces por los pasillos y gritar de manera histérica a la luna. La convención de qué es estar enamorado (el gótico es un movimiento netamente prerromántico) vence al poeta, que se supone debería ir buscando la verdad de los sentimientos más que su representación. Descompensada y mal contada, Zastrozzi se lee luchando contra la propia novela. Es que si no el final nunca se alcanzaría porque acabaríamos lanzándolo al fuego (no son palabras vanas, metafóricas: yo realmente tendría la oportunidad física de hacerlo en la imponente chimenea de mi siniestra mansión).

Zastrozzi, el personaje que da título a la novela, apenas si podemos considerarlo un secundario importante. Malvado en mayor parte por sus pensamientos antes que por sus actos (vamos, como tú y como yo), se pasa todo el tiempo pensando en matar. Y eso mismo: pensándoselo, porque el pobre mira que tarda en dar al final el ya tan anunciado golpe...

El verdadero protagonista, el joven enamorado Verezzi, se desmaya una vez por página. Y creedme cuando os digo que igual me estoy quedando corto. Para el joven Shelley, esto y poner los ojos en blanco son sinónimos de sentir un profundísimo amor. Al final comprobaremos que ni amor hay. Porque nuestro amigo Verezzi mucho desmayarse y muchas posturitas de amante atormentado, pero, ay, en cuanto la malota de la novela se le aparece ligerita de ropas… Ay, resiste una, dos, puede que hasta tres veces, pero ya conocéis el dicho tan famoso de las tetas y las carretas, ¿no? Pues ahí estamos.

La malvada Matilda, enamorada del pazguato de Verezzi (que parece más un héroe romántico de los de ahora por lo que os estoy contando, y así es) sin ser correspondida, es otro de los personajes importantes de la historia (el cuarto, la bella e inocente Julia, sólo está ahí para desencadenar los sucesivos dramas). Junto a Zastrozzi en el bando de los malos, podría haber resultado un carácter interesante si Shelley se hubiera preocupado más del alma y menos de los gritos y los continuos desfallecimientos.

En fin, como ya he dicho, la más floja del libro. Aunque tampoco pasará nada si os la leéis. ¡Es Shelley, bellacos!

WALPOLE, Horace; LEWIS, Matthew G.; SHELLEY, Percy B. Tres piezas góticas: El castillo de Otranto; El espectro del castillo; Zastrozzi. Traducciones de Marcelo Covián, Francisco Torres Oliver y Rafael Lasaleta. Madrid: Valdemar, 1993. 241 p. Gótica; 10. ISBN 84-7702-078-7.