miércoles, abril 03, 2013

Planet Stories (1939-1955) [primera parte]




Ya de entrada diré que he disfrutado este libro como un poseso. Me he reído, me he emocionado, he sufrido cuando tocaba… En fin, una delicia de lectura que me ha sorprendido de manera muy grata. No porque no esperara que me gustara, sino porque no esperaba que me gustara tanto. Planet Stories es la revista pulp que peor fama arrastra de todas las que se dedicaron a la ciencia ficción, y si bien quizá eso pueda seguir siendo cierto, lo que está claro es que esta antología nos hace dudar de ello.

En la introducción, Planet Stories, la épica del espacio, Francisco Arellano nos explica qué significó la revista dentro de las publicaciones pulp de la época en general y dentro del género de la ciencia ficción en particular. Su primer número se editó en 1939, correspondiendo el último al año 1955. Aunque, como he dicho, está considerada una de las más infames (y si no lo creéis así, recordad la divertida anécdota que contaba Philip K. Dick AQUÍ), su tono aventurero y fantasioso la hacía destacar de las demás por su carácter poco serio y de entretenimiento por encima de otras consideraciones tanto estilísticas como artísticas. Y algunas buenas firmas publicaron en ella: James Blish, Jack Vance, A. E. Van Voght, Margaret St. Clair, Ray Bradbury o el mismo Philip K. Dick. Arellano repasa la historia de la revista, el contexto histórico, su filosofía (marcada por su subtítulo: “Extrañas aventuras en otros mundos – El universo de los siglos futuros”), sus magníficos ilustradores, lo que la crítica, poco benevolente, pensaba de ella… En fin, nada mejor que empezar con la lección bien aprendida.

La antología rezuma un sano sentido del humor, un poco, más bien nada, tomarse en serio que a ojos de hoy resulta de lo más simpático. Me atrevería a decir que casi enternecedor. Son relatos de otra época, cuando el sueño de la conquista del espacio y el descubrimiento de otros mundos no nos había sido arrebatado, cuando la fantasía estaba siempre a un paso de tornarse realidad. Fantasía desbocada en un tiempo en el cual soñar con ella era más propio de visionarios que de perdedores. Hoy, soñadores fantásticos que perdieron todas las batallas. ¿Acaso se puede concebir un concepto más entrañable? Pues muchos de estos autores, en una selección de los mejores de sus relatos delirantes y maravillosos, son los que encontraremos aquí.

Ilustración: Norman Saunders.

El primer cuento está fechado en 1942, y responde a la perfección a lo que uno esperaba encontrar: fantasía y diversión a partes iguales. Derrelicto cósmico, de John Broome, muestra un humor que eleva a verdaderamente antológico un entorno de ciencia ficción que debe tanto a la fascinación por los prodigios del universo como al terror ancestral que este puede provocar. En realidad, no deja de ser nunca un cuento en el que si sustituyéramos la nave espacial por un barco y el espacio profundo por un mar tenebroso y lejano no pasaría casi nada. Pero esto a mí hace que me guste infinitamente más. Como en las tripulaciones de los navíos, las supersticiones de la marinería deciden el devenir de todos. La eterna lucha entre ciencia y religión, aquí entendida, como he dicho, como superstición, está tratada de manera tan jocosa como profundamente entretenida. Si esto hubiera sido un episodio de alguna de las series de la franquicia de Star Trek o de la magnífica e insuperable Doctor Who, estaríamos ante uno de los de más grato recuerdo. Es fácil imaginarlo protagonizado por los miembros de la Enterprise o por un Doctor Who aterrizando con su TARDIS en una nave con serios problemas enfrentados de la más divertida de las maneras. Todo un sabroso caramelo para empezar. Un relato que marca el tono de lo que está por venir a continuación. Uno abre la caja de sorpresas y se encuentra con una que supera todas las expectativas.

Ilustración: H. L. Parkhurst.

Adoro a Henry Kuttner, así que siempre es un placer leer un relato suyo. ¿Qué me posee? (1946) no es uno de los mejores que he leído de él, pero sabe atrapar con su historia de héroe que afronta mil peligros y los vence, encuentro con chica espectacular incluido, que mezcla todos los tópicos de la fantasía heroica con las aventuras siderales más dislocadas. Dioses antiguos y malvados enfrentados a otros igual de viejos pero buenos (sí, con todo el maniqueísmo del mundo) con héroe terrestre a lo Conan capaz de machacarlo todo pensando lo justo. Los breves toques de ese erotismo naif tan propio de los pulps consiguen hacerlo más simpático aún.   

Ilustración: Chester Martin.

En Tepóndicon (1946) de Carl Jacobi tenemos más héroes supraterrenos y más aventuras con ecos de la fantasía heroica. Lo más bonito de este relato son esas ciudades del espacio que en él aparecen, que pese a estar infectadas por una enfermedad medieval resultan sugerentes y alocadas, de una belleza subyugante. Y con el habitual héroe predestinado de protagonista, aunque quizá no a hacer el bien como indicaban todas las señales.

Ilustración: Allen Anderson.

Kenneth Putnam es el seudónimo de Philip Klass, autor también conocido en el mundo de la ciencia ficción como William Tenn. Con este lío de nombres, algo no demasiado extraño en el entorno de este tipo de publicaciones, casi resulta una broma el título de su relato: La nave de la confusión (1948). Aunque esto ya nos prepara para lo que vamos a encontrar: diversión y aventura por encima de todo, bien servidas y con un emocionante desarrollo. Dosis medidas de tensión en un motín en una nave espacial y, de nuevo, su adscripción a las aventuras marítimas más clásicas lo inflaman de encanto, esta vez partiendo de la misógina creencia de que una mujer entre la tripulación trae mala suerte, por lo que están prohibidas a bordo. No debería obviarse su decidido desenlace feminista, que muestra la inteligencia de una mujer eliminando los escollos y solucionando los problemas de la tripulación masculina de una nave que pasa por graves apuros.

Ilustración: Allen Anderson.

El jardín del mal (1949) de Margaret St. Clair es pura fantasía desbocada liberada en un planeta hostil, una jungla devoradora y traicionera en la que el humano protagonista encontrará la inesperada ayuda de una, cómo no, hermosa nativa. Civilizaciones escondidas, ciudades de belleza prodigiosa, la naturaleza agresiva pero de fascinante apariencia… La mano de St. Clair se impone a las limitaciones temáticas y crea un relato absorbente, de extraña atmósfera y tan cautivador como los paisajes que nos describe. Y con un desenlace que sorprende no por su giro “inesperado”, sino por su oscuridad, algo en verdad inhabitual en los relatos pulp de carácter más aventurero.

Ilustración: Allen Anderson.

Y Margaret St. Clair, siempre tan siniestra, de nuevo nos fascina con Mim (1950). Aunque inferior al precedente, se devora con auténtico placer. St. Clair sabe cómo narrar y mantenernos pegados al libro. Ágil, entretenida, provocando angustia y expectación a su antojo, nos rompe otra vez por la mitad en el desenlace de su relato. Sus dos cuentos están entre lo mejor de la antología.

Ilustración: Allen Anderson (?).

La espada de fuego (1949) de Emmett McDowell es pura space opera. Más héroes salvando mundos salvajes y extraños. Pero es que todo es tan divertido… No porque provoque risas, sino porque su carácter aventurero y vital es contagioso. Se notan las ganas del autor de pasarlo bien contándonos su historia, sabe ser emocionante sin complicar la trama ni un ápice. Y se percibe casi en cada párrafo lo poco en serio que se toma a sí mismo y a su obra, algo que se da en casi la totalidad de cuentos de esta antología, al tiempo que no por ello se burla del lector. Al contrario, las sonrisas son cómplices. Por eso, como dije, resultan contagiosas. Lo demás, ya lo sabéis: peleas, carreras, mundos hostiles, una raza tras otra todas enfrentadas entre sí, caracoles gigantes con patas de araña que dominan a los humanos con el poder de la hipnosis para tenerlos como esclavos, orgías incluidas… En fin, si no disfrutáis con esto, no os acerquéis por aquí. Y, cómo no, si hasta tenemos al típico héroe predestinado que salvará al planeta de todos los males. Por mucho que a este le ayuden mucho la casualidad y la buena suerte. 

Ilustración: Allen Anderson.

Permitidme que continúe con una banalidad: A. E. Van Vogt es uno de mis nombres favoritos de la ciencia ficción. No lo he leído todo lo que me gustaría, pero de siempre me ha atraído este nombre tan a lo nobleza europea de entreguerras, tan a lo Josef von Stenberg o Thea von Harbou. Si me apuráis, hasta tan Vincent van Gogh. Literariamente la atracción viene dada porque Philip K. Dick lo consideraba un maestro del género, un autor que le dio pie con algunas de sus obras más reconocidas a lanzarse a sus mundos repletos de falsas realidades y psicologías ajenas a lo común. En el relato de A. E. Van Vogt aquí incluido, El santo de las estrellas (1951), no encontraremos a un Van Vogt espectacular e innovador, pero sí a un buen narrador con una historia que nos presenta a unos alienígenas no tan lejanos a algunos que os serán bien conocidos si habéis leído a Stanislaw Lem. Tenemos pues a un súper hombre de las estrellas que en manos de Vogt nos lleva a pensar en teorías siniestras sobre selección darwiniana, más aún con su final que se balancea entre lo luminoso y cierto halo de oscuridad gracias a lo apuntado. Pero al adoptar el punto de vista del humano protagonista todo adquiere un brillo irónico que no hubiera sido el mismo si la narración hubiera corrido a cargo de este santo tan fascinante para las mujeres como detestable para los hombres.

Ilustración: Allen Anderson.

Y de mi nombre favorito a mi título preferido de esta antología: La tentadora del planeta Delicia (1953). ¡No me digáis que no resulta genial! Aunque este relato de Betsy Curtis (Elizabeth M. Curtis) tarda un tanto en arrancar, al final me ganó por su desparpajo, su sentido del humor y por su forma de tomar un puñado de tópicos de la space opera más tradicional para dejarlos casi todos ellos en off: planeta bajo el yugo de un sistema de gobierno asfixiante, criaturas extrañas y fascinantes que conviven con los humanos, estos divididos en una clase dominante y otra formada por desahuciados, la rebelión de estos y su toma de poder y cambio subsiguiente del orden establecido para mejor… Si bien la trama principal no depara sorpresas, atrapa por lo arrebatador que resultan tanto la “tentadora” del título (tampoco es que lo sea demasiado) como aquellos que forman su especie, las notas tan picantes como inocentes que aparecen de vez en cuando animando el relato y la condición de antihéroe del protagonista, que dota de un distanciamiento a la narración que juega totalmente a su favor consiguiendo mantener un excelente equilibrio entre seriedad (un planeta regido por un sistema kafkiano) y diversión (los problemas del protagonista para conseguir las cosas más sencillas y su atracción por una criatura etérea, casi fantasmal).


(Continuará…)

lunes, abril 01, 2013

Atajos, de Martí (2013)


Hubo un tiempo en el cual los quioscos hervían de revistas de historietas. La terrorífica Creepy, con sus autores españoles que venían de la Warren; Zona 84 y Totem, serias y con mucha ciencia ficción, que a mis ojos de niño se me hacían tan fascinantes como pesadotas de leer pues los dibujos rara vez me gustaban, sumado esto a que siempre las leía en casa de mis primos de más edad y me veía impelido a hacerlo a toda prisa antes de que mis padres dieran por finalizada la visita de rigor; Cimoc, plagada de historias de fantasía y ciencia ficción; el incombustible El Jueves; Cairo, que era mi favorita, y a la que me suscribí a partir del número 8 o 9, no recuerdo, el adalid de la línea clara y de las aventuras más escapistas, trufada de dibujantes que me encantaban y que me descubrió a Rivière, a Floc’h, a Goffin, al Daniel Torres de Tritón, a Micharmut, a Mique Beltrán, Cifré, al Pere Joan de entonces y, sobre todo, a Edgar P. Jacobs; había muchas, tampoco es mi afán ser exhaustivo, sino más bien destacar solo una pocas del verdadero y maravilloso aluvión entre el que era más o menos difícil decidirse. Y entre estas también estaba El Víbora, el comix para supervivientes, mi favorita tras Cairo, aunque cuando en su interior coincidían Robert Crumb, Gilbert Shelton y Charles Burns resultaba imbatible. El Víbora representaba a la línea chunga, autores underground y temáticas más realistas siempre desde el punto de vista más subversivo. Me encantaba cuando algún miembro de la redacción del Cairo lanzaba una elegante ironía a costa de El Víbora, o cuando estos soltaban un sonoro insulto contra los primeros. Se notaba un aire de fraternidad en ese supuesto enfrentamiento. ¡Si hasta jugaban partidos de fútbol los unos contra los otros!      

El Víbora contaba a su vez con su propia pléyade de autores autóctonos: Nazario y su Anarcoma, Pons, Carratalá, Max, Gallardo… Y también estaba Martí: el más extraño, el más salvaje, el más inclasificable. Su Taxista es uno de los mejores cómics que ha dado nuestro país, pese lo que le pese a los modernos de hace dos días que desconocen qué es ser eterno. La editorial La Cúpula ha editado un álbum, Atajos, que recopila muchas de sus historietas breves publicadas en El Víbora. Como defecto, la falta de alguna nota o texto indicando la fecha y los datos referentes a la publicación original. Y para de contar, porque en este volumen podemos leer algunas de las mejores historietas breves de Martí, esto es, de las mejores historietas del cómic español de todos los tiempos.   

La primera impresión al terminar de leer el álbum es que, quién lo diría, las historietas que conocía es como si no hubiera pasado el tiempo por ellas. Esa influencia tan marcada, sobre todo en las más antiguas, de Chester Gould, su línea limpia y sus humanos monstruosos, del trazo sin sombras a lo Burns o de la película Cabeza borradora (Eraserhead, 1977) de David Lynch. Así la historieta que abre el álbum, El mundo de Óscar, con sus paisajes industriales y desolados, reflejo del mundo enfermo en el que vive su protagonista, en el que el sexo y su represión buscan la salida más retorcida, uno de los ejes temáticos en los que se mueve la obra de Martí. Sin dejar de lado el sentido del humor, siempre negro y macabro, bañado en una oscuridad que lo aleja totalmente de cualquier zona de seguridad para el lector. Aquí si entras y lees es bajo tu responsabilidad. Este terreno está a años luz de lo políticamente correcto, de lo aceptado como normal, más que nada porque en muchos casos la aberración nace de la imposición de esta normalidad y sus valores embarrados en la religión, en ese concepto tan hispánico de la patria que consiste en mentarla a voces mientras se la viola en silencio y en el patio de cotillas y correveidiles que es nuestro país. Porque Martí bebe visualmente de fuentes externas, pero su corazón nace en este terruño nuestro que retrata de manera tan despiadada como certera. Estás pisando camino minado, pero minado de verdades que laceran como puños. Martí quizá resulte un autor incómodo para muchos, cuando no directamente aberrante, pero eso es porque sus historietas llegan a lo más profundo de nuestras entrañas, no nos dejan dormir y nos hacen pensar una y otra vez en horrores y pesadillas espetadas con la sonrisa del descreído, del que los ha sufrido y nos cuenta con voz firme qué es lo que sus ojos han visto. Y no todos podrán soportarlo.



Las páginas se suceden entre el humor macabro de Romeo y Julieta 1981 y el más amable, aunque no exento de mala baba, de Sospecha letal. No llevamos ni 20 páginas y entonces toca enfrentarse a Repulsión, una de las mejores del álbum y terrible gracias a su narración en tercera persona, fría y descriptiva, hasta la imaginamos monocorde detallando el horror. Una historia que permite varias lecturas: desde la más salvaje, la del horror por el horror, hasta la más simbólica, la de ese hombre incapaz de darse muerte y al que todos miran en mitad de la calle como una atracción de feria. ¿Culpable? traza de manera firme una historia de lo que quizá sea un falso, eso mismo, culpable, un tema que aparece de forma intermitente en su obra, utilizando la perspectiva, habitual en el autor, de mostrar los hechos y dejar al lector que saque sus propias conclusiones. Aunque mentiríamos si no dijéramos que Martí sí deja clara su posición. Lo real es una curiosa e interesante reflexión sobre el propio trabajo de historietista del autor, no sin su dosis de cachondeo. Y Calma chicha es otra obra maestra de la concisión y la aparente sencillez. Tres páginas en las que no pasa nada pero nos describen un mundo y una forma de verlo. Pocos como Martí han sabido reflejar el lumpen, los barrios de chabolas y el extrarradio, mezclar la crónica negra más castiza con referentes extranjeros sin que nada chirríe. Quizá Luis Buñuel pudiera haberle enseñado algún paso, pero nadie más que él.

Uno de los momentos álgidos del libro llega con la adaptación que Martí realizó del relato de Juan Rulfo No oyes ladrar los perros. Llegamos a masticar el polvo y el dolor de sus protagonistas. Y de ahí al final se recoge su obra con tintes más políticos o de descarada y gamberra, con desvíos a lo macabro en su vertiente más asilvestrada (Babykiller), burla social. El volumen se cierra con Monstruos modernos, una de las más antiguas. Se adivina por el trazo y la composición de las viñetas en la página. Y también, ejem, porque es de las primeras que recuerdo haber leído de él. Una historieta donde demuestra que nadie, pero absolutamente nadie en este país, ha llegado a donde ha llegado Martí. Hay un terreno solitario y baldío, oscuro y terrible donde crecen obras magníficas y únicas. Es una zona crepuscular y obsesiva. Pocos se atreven a mirar, o hay quien mira y adopta la pose del que piensa que bueno, tampoco es para tanto. Es comprensible, hay que defenderse. Pero también es una zona donde habita la verdad sin cortapisas, el subconsciente desatado, salvaje y libre. Da miedo mirar, pero Martí consigue que no apartemos la vista sin dejar de reflexionar.


MARTÍ. Atajos. 1ª ed. Barcelona: La Cúpula, 2013. 100 p. ISBN 978-84-15724-14-8.

viernes, marzo 29, 2013

EAM # 40: El demonio de las armas, de Joseph H. Lewis (1949)



Nueva colaboración para la página de cine El antepenúltimo mohicano comentando el clásico que Joseph H. Lewis dirigiera en el año 1949 El demonio de las armas (Gun Crazy). Una película de serie B que ha trascendido el tiempo y que hoy en día está considerada una obra maestra absoluta. La desesperada historia de Laurie y Bart nos arrastra en su trepidante desarrollo y nos conmueve y convulsiona hasta lo más profundo. Puedes leer lo que escribí sobre esta fascinante película












jueves, marzo 21, 2013

Los 39 escalones (1915), de John Buchan




“- Perdone- dijo-, esta noche estoy un poco nervioso. Verá, da la casualidad de que en este momento estoy muerto.” (p. 10)

Puedes leer el comentario a este libro en la página de cine El antepenúltimo mohicano, bajo el título Espías en el páramo, AQUÍ








BUCHAN, John. Los 39 escalones. Barcelona: Planeta, 1985. 1ª ed. 155 p. Best-Sellers Serie Negra; 29. ISBN 84-320-8639-8.

jueves, marzo 14, 2013

Los mares grises sueñan con mi muerte, de William Hope Hodgson (segunda parte, 1905-1973)





Continuamos con el repaso a los relatos que conforman este magnífico volumen, sin duda uno de los más esperados por mí desde el momento en que la editorial Valdemar dio noticias de su publicación.

Entramos en la sección que Nebreda ha titulado “Cuentos de terror en el mar”, esto es, nos sumergimos de cabeza y a pulmón abierto, con lo castigados que están los míos, en la zona troncal del libro. Hay que prepararse, porque a partir de aquí navegaremos por el mar más oscuro que mente humana haya podido imaginar. Con permiso de Melville y Poe, por descontado.

En Un horror tropical (1905) Hodgson nos introduce sin dilación en el ataque de una informe criatura, aquí al fin de connotaciones más fantásticas que en los cuentos anteriores pues asemeja ser una gigantesca serpiente con tentáculos, pinzas, lengua viscosa terminada en dientes y boca infestada de colmillos… En fin, nada más y nada menos que el Transformer tenebroso de los mares. El ataque es implacable desde la página uno y la angustia resulta claustrofóbica apenas llevamos un puñado de frases. Hodgson se aplica a lo que mejor sabe hacer, y como si fuera del todo consciente de ello ni se detiene a presentarnos a los diferentes personajes. Para qué, si total para lo que les queda de vida…

En Más allá de la tormenta (1909) de nuevo Hodgson no pierde demasiado tiempo en lanzarnos de lleno al corazón de la pesadilla. Aquí el monstruo es el mar mismo, presentado como una voraz y despiadada criatura en el delirio que precede al horror y la muerte. El hecho de que la narración sea el mensaje final enviado por telégrafo desde un barco que se hunde crea una desasosegante sensación de urgencia. Asistimos a los últimos instantes de vida de una tripulación condenada.

El misterio del barco inundado (1911) es un relato con un planteamiento y una progresión fascinantes. El misterio propuesto desde su inicio es extraño y cautivador, del todo terrorífico no solo por su aparente inexplicable naturaleza sino por lo increíble de los sucesos que nos hacen avanzar temerosos por la senda del fantástico más desatado. Lástima que en la explicación final se torne una vulgar historia de piratas, pero fijaos qué trama de misterio nos estaba mostrando Hodgson para que una historia de piratas no se nos antoje la mejor solución… A pesar de este final, el relato es una maravilla y mientras se mantiene en las aguas de lo imposible podemos considerarnos felices navegando por las mejores páginas del autor, aquellas en las que lo extraño nos atrapa por el cuello y no nos permite ni respirar ni cerrar los ojos ante el horror. Porque estamos aterrorizados, pero por nada del mundo apartaríamos la mirada.

Nos tomamos un pequeño respiro con El encantamiento del Lady Shannon (1919), un relato sobre capitanes y oficiales que maltratan a la marinería y reciben su castigo por ello, un tema que se repite ocasionalmente en la obra de Hodgson debido a que él lo sufrió en sus años de marinero. El castigo que reciben los oficiales es por descontado ultraterreno y fantasmal, o al menos así lo parece hasta que la maldita realidad nos pone los pies en el suelo y se evapora todo lo espectral. Pero hasta entonces es un buen relato al que gustosos, como siempre en Hodgson, le perdonamos las explicaciones realistas.


Y dije “pequeño descanso” porque nos enfrentamos ahora a uno de los mejores cuentos de Hodgson, uno de aquellos cuya lectura nos resultará inolvidable, terrorífica, al que volveremos siempre con el corazón en un puño porque además es de los más tristes y melancólicos que jamás escribiera: Una voz en la noche (1907). Su perfecto comienzo nos introduce en el misterio de manera sobrecogedora y sin duda es uno de los más extraños y poderosos que he leído nunca en un relato de terror. Podéis quitar este “de terror” final y seguiré firmando la frase. Un barco varado en calma chicha, el estado habitual de los barcos en los relatos de Hodgson, marcando la angustia de verse anclado en un lugar en el que lo más antinatural es la falta de movimiento, recibe una en principio imposible visita en lo más profundo de la noche de un hombre en una barca que solicita ayuda a la tripulación. Pide alimentos para él y para su ausente esposa, pero bajo ningún concepto consiente en que los marineros del barco acerquen alguna luz. Desea permanecer a oscuras. Su comportamiento es extraño, pero su agradecimiento es sincero y emotivo al recibir las vituallas que los ayudarán a sobrevivir. Por esto contará su desgraciada historia a la tripulación, por deferencia al favor recibido pero también como aviso, como advertencia ante el horror que él y su compañera están viviendo. Y entonces leeremos el relato de su experiencia atroz, una de las más angustiosas y terroríficas pero al tiempo más desoladora que se pueda imaginar. Este es sin duda uno de los más estremecedores cuentos de Hodgson. Uno de nuestros favoritos.

El albatros (1911) es la historia de un sencillo pero a la vez fabuloso salvamento. También la historia de una lucha de resistencia ante la muerte y el horror digna de admiración. Con muy buenos momentos de terror de lo más repugnante, El albatros acaba siendo, absoluta paradoja, uno de los relatos más luminosos del volumen por su carácter aventurero, por su ritmo trepidante, por su tensión creada por el recurso de “salvamento en el último minuto” y por su feliz desenlace, algo no muy habitual en Hodgson pero que en esta ocasión resulta la mejor elección posible. Un excelente relato.

El altísimo nivel se mantiene con el espectacular cuento La nave abandonada (1912). Hay que decirlo de nuevo, y una y mil veces si fuera preciso: pocos escritores como Hodgson son capaces de transmitir la angustia desesperada de ser acosado a muerte por criaturas terribles, por el terror tomando la más horrible de las formas. Aquí, una extraña masa informe que vive en las inmediaciones de un barco abandonado, un derrelicto cubierto de una fungosidad viva y anhelante de alimento que pondrá en un aprieto infernal a los tripulantes de la falúa que se acercan a inspeccionarlo. Se lee sin aliento, del todo absorbido el lector por el terror ante lo desconocido y el espanto de un ataque surgido del mismo infierno.

Viejo Golly (1919) es otra historia de marinero fantasmal que exige venganza ante un capitán maltratador. Aunque se ofrece una explicación racional, lo bonito de este relato es que deja en el aire que quizá esta no basta para dar solución a todos los hechos.


Demonios del mar (1923) es un auténtico clásico y uno de los mejores exponentes del estilo y las temáticas de Hodgson: un barco en la soledad del océano acosado por criaturas terribles surgidas del peor de los infiernos. La angustia provocada por la tensión de un peligro innominado que cuando tome forma mostrará todo su horror es sencillamente difícil de igualar. La soledad que sentimos en nuestras peores pesadillas parece que fue el alimento del genio de Hodgson.  

Y seguimos con otro impresionante y fantástico relato, Los habitantes de la isleta Middle (primera publicación: 1962), en el cual Hodgson ambienta con perfección magistral tanto la atmósfera de misterio como el escenario, una ensenada flanqueada por elevadas montañas en la que se oculta un barco perdido, aunando maravilla y terror a partes iguales. Es un cuento de fantasmas, algo no muy común en nuestro autor cuando nos narra una de sus visitas al infierno en el mar, en el que lo terrorífico acaba por vencer a esa trama que consiste en la búsqueda desesperada de un amor desaparecido entre las aguas. Siempre el horror derrotando a la redención. Desasosegante al máximo, cuando creemos ver una pequeña luz para la esperanza pronto nos es retirada del horizonte para dar paso a la más cruda oscuridad. Espectros condenados a habitar un pecio abandonado, un lugar de ensueño convertido en el nido donde perviven las almas condenadas de los que allí perecieron: una historia subyugante y estremecedora que devora el corazón.

Cuesta trabajo seguir leyendo esperando que el nivel de estos últimos relatos se mantenga, pero el festival macabro no decae. Si fantástico e increíble es el mar cuando nos lo describe Hodgson, también hay ocasiones en que su visión es decididamente alucinatoria. Así acontece en este excepcional relato, La nave de piedra (1914), en el cual el océano jamás estuvo tan cerca de convertirse en el escenario de una pesadilla psicodélica. Misteriosos e imposibles sonidos rompen el silencio de la noche en alta mar anunciando presagios funestos y adelantando la monstruosidad que se desatará en su final. Un cuento de aventuras de construcción clásica que poco a poco va derivando hacia la locura con el descubrimiento de un barco abandonado que alberga la esencia de todo lo extraño y es atravesado por un circuito eléctrico de imágenes que harían las delicias de los más furibundos surrealistas.

El buque embrujado Pampero (1918) nos narra la historia del barco maldito que hará cierta la leyenda de su maldición. Pese a las explicaciones finales dando sentido a un origen lógico de un suceso en apariencia fantástico, no hay duda acerca de cuál es la opción de Hodgson. La lógica parece ser la única salida para no enloquecer ante el horror. Pensar que lo acontecido carece en realidad de componente extraterrenal es una componenda que, paradójicamente, nadie en su sano juicio podrá creer.

Justo como en el relato anterior, en La noche partida (primera publicación: 1973) el acoso procederá también de criaturas espirituales, fantasmas que en manos de Hodgson serán todo menos lo que conocemos o les atribuimos. Al menos por la forma en que la atemorizada tripulación del barco dará con ellos, un festín visual y delirante que hace recordar de manera poderosa a su magistral novela La casa en el confín de la Tierra (1908). El mar se inunda de colores alucinógenos y abismos enfebrecidos para dar a luz lo espectral. Es curioso que en uno de sus relatos más psicodélicos Hodgson se incluya como protagonista…


Y en el siguiente cuento, de nuevo encontramos espectros furiosos que surgen de las aguas para convertir el mar en la tumba silenciosa de un navío. Como testigos impotentes, los marineros de otro barco contemplarán toda la escena estremecidos de terror. Con sus ojos observaremos la siniestra escena en El navío silencioso (primera publicación: 1973), compartiremos su angustia y descubriremos que el barco atacado no es otro que el Mortzestus, el mismo que sufría un infernal asedio en la magistral novela Los piratas fantasmas (1909). Quizá Hodgson reservó tan terrible final para esta historia dejando que en la novela escaparan con vida. Ya veis que de poco les iba a servir, pues salieron de las garras de los piratas para caer en las de los monstruos surgidos de la bruma. Ni el mar ni nuestro admirado autor perdonan.

El encantamiento del Jarvee (1929). Volver a leer un relato protagonizado por el gran Carnacki, el investigador de lo oculto creado por Hope Hodgson, resulta estremecedor y reconfortante. Lo primero porque es imposible no temblar al volver a una atmósfera, unos personajes y unas aventuras que tanto nos han hecho disfrutar. Lo segundo, porque uno tiene la sensación de reencontrarse con viejos amigos, de ser uno más de los cuatro invitados a los que Carnacki ofrece una de sus cenas y la velada posterior. Y por esto he disfrutado tanto de esta relectura, porque es maravilloso volver a contemplar a Carnacki enarbolando todos sus aparatos eléctricos en busca de fantasmas y hechos extraordinarios, en esta ocasión a bordo de un buque. Ni de lejos está entre los mejores de este libro que comentamos, pero me ha emocionado sinceramente retornar a él. Y un placer añadido es poder comprobar cómo Hodgson supo trasladar los temas fetiche de sus relatos ambientados en el mar a uno de los cuentos protagonizados por el gran Carnacki: sombras que acosan y se ciernen sobre el barco, la bruma impenetrable, la oscuridad de la noche como un manto o un nicho, la calma chicha que atrapa al navío en un mar tranquilo y muerto como un espejo, las repentinas y brutales tormentas… En definitiva, lo espectral tomando forma real entre sus manos.
  

(Continuará…)

miércoles, marzo 13, 2013

EAM # 39: Alice Guy, pionera del cinematógrafo



ALICE GUY, ilustración de Fermín Solís

En esta ocasión, entregué para la página de cine El antepenúltimo mohicano un artículo sobre la pionera del cinematógrafo Alice Guy. Mi amigo Fermín hizo un magnífico dibujo para ayudar a que pareciera mejor el texto. Puedes leerlo siguiendo el enlace




lunes, marzo 11, 2013

EAM # 38: Los hijos de los malditos, de Anton M. Leader (1963)




Nueva entrega para la página de cine El antepenúltimo mohicano dedicada en esta ocasión a la película Los hijos de los malditos (Children of the Damned), dirigida por Anton M. Leader en el año 1963. Aunque siempre es presentada como una continuación de El pueblo de los malditos (Village of the Damned, Wolf Rilla, 1960), no hay más que verla para descubrir que no es así. Partiendo del éxito de esta última y de algunas ideas planteadas en la novela de John Wyndham Los cuclillos de Midwich (1957), estos hijos superdotados de una raza que a su lado resulta inferior se desenvuelven en una historia que se aleja del punto de partida original para dar forma a una película que, si bien bebe de sus antecesores fílmico y novelístico, pudiendo ser considerada complementaria de ambos, al tiempo es totalmente independiente. Así escrito parece un trabalenguas, pero no. Puedes descubrir por qué leyendo el comentario






Ian Hendry y Alan Badel están fantásticos interpretando a los dos científicos que estudiarán el extraño caso de los niños de inteligencia prodigiosa. Sus descubrimientos los llevarán a tomar diferentes caminos en su posición frente a qué demonios hacer con ellos. 


Aunque en conjunto no resulta una película tan extraordinaria como El pueblo de los malditos, sí que la podemos considerar un ejemplo brillante de ese cine fantástico inglés que parece siempre desarrollarse en voz baja. El drama irá creciendo hasta explotar en un desenlace de una ironía demoledora.


Con tres válvulas viejas de radio, un trozo de cristal roto de una vidriera y unos cables mal enrollados los niños se marcan un arma sónica mortal que hace que a los líderes de las potencias mundiales les hagan los ojos chiribitas. O crean esas fabulosas armas para ellos o mejor muertos. El enfrentamiento a vida o muerte es inevitable. 





Película de nada fácil sencillez formal, de gran belleza en algunos tramos y emocionante en todo su desarrollo, Los hijos de los malditos es un clásico algo escondido que merece la misma atención que su compañera El pueblo de los malditos. Montar una doble sesión privada para ver ambas películas es un placer impagable que os recomendamos encarecidamente, que se dice, desde La décima víctima. Nosotros lo hacemos al menos tres veces al año. Crecen a cada nueva sesión. Sin duda, dos favoritas de este solitario blog.  





miércoles, febrero 27, 2013

Los mares grises sueñan con mi muerte, de William Hope Hodgson (primera parte, 1898-1920)



A veces uno tiene hermosos sueños, y a veces se hacen realidad. Muy pocos y en contadas ocasiones, por desgracia, pero hoy toca hablar de uno que sí se ha cumplido: ver publicados en un solo volumen todos los cuentos de terror en el mar de William Hope Hodgson (1877-1918), uno de los escritores de literatura fantástica más admirados en este blog. Maestro absoluto del relato de horror, Hodgson anticipa en parte toda esa nueva vertiente del moderno cuento de terror que florece de manera macabra con el gran H. P. Lovecraft como epicentro. Adentrarse en las oscuras aguas de este libro supone un placer que me temo no lograré expresar como merece en las siguientes líneas, pero no dejaré de intentarlo.

Este magnífico volumen se abre con un par de artículos introductorios de su antólogo, José María Nebreda. El primero de ellos es una excelente presentación que nos deja unas notas sobre el estilo y la manera de hacer de Hodgson, una categorización de sus relatos, la cual será la que vertebre la presentación de los aquí seleccionados, y cuáles y por qué han sido elegidos para esta antología. En el segundo, unas palabras acerca de las dificultades de la traducción, sobre el extenso y complicado lenguaje marítimo, lo específico de la terminología marinera y la ayuda en la labor de trasladar de manera correcta determinadas palabras y expresiones que el mismo Nebreda ha recibido en forma de cartas de marinos. Esto último supone una maravillosa manera de acercarnos a ese trabajo de traducción, a sus problemas pero también a sus logros, sin el cual muchos de nosotros jamás tendríamos acceso a estos autores que amamos. Nebreda, además, confecciona un glosario de términos y frases marítimos para hacernos la tarea más sencilla si cabe. Ante tal cuidado por acercarnos de la manera más correcta posible a la obra original solo podemos estar agradecidos. Que traductores como él trabajen nuestro género predilecto es un regalo que deberíamos ponderar de continuo.

Pero pasemos ya a la obra de Hodgson. El libro comienza con Diario de navegación (1898), que como indica su título es el diario que el autor llevó en su viaje en el barco Canterbury desde Nueva Zelanda a Inglaterra. Sencillez y concisión, sin literatura que embellezca los hechos: un diario real en el que Hodgson apunta las tareas cotidianas de manera esquemática. Esta misma falta de pretensiones es lo que nos hace sentir en primera persona y de manera verídica el viaje, con las múltiples ocupaciones habituales en su trabajo en el barco y sus breves distracciones y momentos de ocio. De estos destacan los dedicados a la lectura, a practicar deporte y a su afición a la fotografía. Afición que podemos admirar pues algunas de ellas acompañan el texto dotándolo de una vida que está más allá de las palabras. Quizá la anécdota más curiosa de las que nos narra sea cuando nos describe el fenómeno del rayo verde, un extraño efecto del sol al ocultarse sobre el horizonte que tiñe el mar durante unos segundos de un irreal tono verde, tal y como Jules Verne nos diera a conocer en su novela titulada así: El rayo verde (1882). Lo más chocante es que Hodgson ignora de qué se trata esa breve y fantástica visión. Solo tiene 21 años.

A través del vórtice de un huracán (1909) es una narración verídica de un viaje a un lugar del que muy pocos logran volver: el corazón de un huracán en alta mar. ¡Hodgson no solo estuvo allí, sino que además consiguió hacer fotografías! Magnífico “relato” que, como en el caso anterior, de forma sencilla y sin adornos, estremece solo por lo terrible y lo magnífico de los hechos narrados. Un viaje al horror real que tiene la fuerza de un relato oral, la historia increíble y alucinante que te contaría un viejo lobo de mar en una noche de tormenta. Con una descripción escalofriante del fenómeno del Mar Piramidal, un espectáculo que supone la antesala de la muerte porque solo los que están a punto de morir logran verlo. Bueno, casi todos, porque Hodgson sobrevivió. Estas imágenes que quitan de verdad el aliento las utilizaría más de una vez en sus relatos fantásticos. No es de extrañar, ya que por sí mismas conforman el horror en su estado más puro y espeluznante.

Con estos dos relatos verídicos se abre el volumen. Nebreda los ha agrupado bajo el epígrafe “En aguas profundas”, y no creo posible concebir palabras más adecuadas. Todo un paseo tenebroso por el lado más infernal y terrorífico del mar en su estado más violento y salvaje.


A continuación encontramos una selección de poemas de Hodgson, “Poemas del mar”. Mi favorito es, sin dudar, el que da título al libro, un grito desesperado dirigido a fuerzas que están muy por encima de todo lo humano.

Y ya desde aquí entramos de lleno en los cuentos de terror. Bajo el epígrafe “Cuentos del Mar de los Sargazos” asistiremos a un crucero maldito por estas aguas estancadas y mefíticas plagadas de criaturas abisales en las cuales el tiempo parece detenerse en un compás de horror. Porque para Hodgson, si os sorprende a estas alturas es que me estoy explicando realmente mal, las míticas aguas de los Sargazos suponen el mismo infierno. No deja de resultar una bonita paradoja que el infierno aquí en la tierra se desate en el mar.

En Desde el mar sin mareas. Primera parte (1906) Hodgson ya aprovecha su alucinante experiencia en el centro de un huracán, la que narrara en el artículo anterior, para contar cómo el Homebird es atrapado en el imposible fenómeno, la antesala de la muerte. El manuscrito que narra el viaje al corazón de la pesadilla del Homebird es hallado en el interior de una barrica abandonada en el mar, una idea que bebe del gran Edgar Allan Poe. Nadie como Hodgson para contarnos la soledad de unas aguas malditas, el aislamiento, el vacío de la existencia y el hálito final que lleva al hombre a resistir ante el mayor de los horrores… o a resignarse ante la muerte inevitable. Ya observamos en este relato otro de los grandes temas que recorren toda su obra: el grupo de humanos acosados por criaturas del abismo. Aquí, un gigantesco pulpo que poco a poco va haciendo desaparecer de la cubierta del barco a toda la tripulación. Cómo se levanta un parapeto alrededor del mismo, sobre las amuras, y cómo las embestidas del pulpo lo hacen temblar son momentos terribles narrados con una fuerza que marea por su crudeza y sensación de realidad. Los desgraciados supervivientes, los autores del manuscrito, se resignarán a vivir en el corazón de un infierno desolado en el que hasta, momentáneamente, les sobrevendrá algún breve destello de felicidad. Pero todo ello ahogado por la fatalidad de un destino que ha elegido para ellos un futuro despiadado de soledad y horror. Uno de los grandes cuentos de Hodgson, y uno de los que mejor nos muestran su estilo, sus temáticas y sus obsesiones.

Tan magistral cuento tuvo una continuación: Desde el mar sin mareas. Segunda parte (1907). No se complicó Hodgson con el título. Aquí se nos narra el contenido del quinto mensaje enviado por los supervivientes de la primera parte, que en esta ocasión han sufrido un ataque bestial por parte de unos cangrejos gigantes. El relato funciona a la perfección cuando aún ignoramos qué produce esos rítmicos y repetitivos golpes contra el casco del barco en las noches solitarias. La sensación de terror es poderosa mientras desconocemos su origen. Y pido perdón porque si leéis esto ya os lo he desvelado, ejem. Hodgson resulta angustioso y conmovedor, su tumba flotante (otro de los temas que se repiten de continuo en su obra, la del barco como gigantesca tumba, fruto quizá del odio que le tomó a la vida marinera) es infernal, pero allí hay tres personas que se aferran con desesperación a la vida. Los sostiene el amor, ese sentimiento que los lleva a no rendirse y luchar contra lo imposible sin desfallecer. En la más profunda oscuridad Hodgson no deja de mantener cierta luz de esperanza brillando entre la negrura, aunque en ocasiones es una esperanza que suena más bien a ironía.

Aunque no se haga explícito en ningún momento, la odisea del Homebird llega a su fin, o tendremos conocimiento del mismo, en el relato El misterio del buque abandonado (1907). Su triste desenlace y el de su mermada tripulación no serán los protagonistas directos, pero lo que le acontece al barco en el que se centra la acción nos ayudará a descubrir qué ocurrió con aquel. Aunque la explicación al horror no deja de ser racional al tratarse de criaturas reales, el tono es de absoluta pesadilla, tan alucinante en su devenir que no deja la historia en una posición muy lejana al fantástico más puro. Podríamos considerar así estos tres primeros relatos como un todo, una odisea infernal en la cual los hombres se ven abocados a sufrir la calma mortal de ese Mar de la Quietud que no deja de ser el de los Sargazos, toda una metáfora de la misma muerte que toma forma en las aguas infestadas del más inhóspito de los lugares que se puedan concebir. A la tripulación del Tarawak le será dada la horrible respuesta del misterio que encierra el caso del buque abandonado, y su atmósfera terrorífica se crece de manera magistral al acompañarla y sernos mostrada como si de una investigación criminal se tratase.

En La cosa en las algas (1912) tenemos de nuevo otro barco acosado por un gigantesco pulpo en el Mar de los Sargazos, el infierno particular de Hodgson. El hecho de que haya una tripulación bien dotada, que los hombres no estén solos, hace más soportable el horror pues este no está teñido de desolación, del abandono y de la insoportable sensación de vacío y soledad que sufren los otros protagonistas de los relatos leídos hasta ahora. El tono aventurero de El descubrimiento del Graiken (1913) no dejará de hacernos sentir toda la angustia claustrofóbica del encierro en aguas abiertas. De nuevo un barco que se defiende de infernales ataques de criaturas imposibles (más por su tamaño que por tratarse de verdad de criaturas del todo fantásticas) con una estructura defensiva semejante a la que construyeran los tripulantes del Homebird. Y atrapados, como este, en el mismo mar vegetal. El punto de vista es el de un narrador que nos cuenta los hechos desde su posición de prisionero en su propio camarote. Aunque por una vez el desenlace no es de un pesimismo demoledor, ya os podéis imaginar que leyéndolo a uno hasta le cuesta trabajo respirar de la angustia.

La llamada al amanecer (1920) es uno de los cuentos más extraños y oníricos del libro. De arrebatadora belleza en sus descripciones del amanecer en un mar abierto atravesado por un horror de esencia sobrenatural, de unas aguas sobre las que se escucha una voz humana que rompe el silencio en el cual se desvanecen las sombras. Un resto flotante del Mar de los Sargazos a la deriva tras una tormenta, una pequeña isla en sí, parece ser el lugar de origen de la voz. Los marineros rodean e investigan este islote desde una chalupa, pero solo encuentran un derrelicto sin vida humana. Sin embargo, al amanecer vuelven a escuchar la voz, sin sentido, sin explicación, el misterio del mar mostrando todo su poder. Y no hay solución ni explicación al suceso. Todo queda sumido en las sombras en este relato fascinante y estremecedor, hermoso como a veces solo lo inexplicable y lo desconocido pueden serlo.

El último de los relatos que se desarrollan en el Mar de los Sargazos es La balsa (1905). Hay cierta dosis de humor negro en él, algo que no suele ser habitual en Hodgson. Pese a narrar una situación angustiosa, esta no se hace sentir con la fuerza de la desesperación que nuestro autor sabe transmitir con tanta maestría. Nebreda habla de que en esta ocasión el autor quizá sea un imitador de Hodgson, pues fue publicado bajo las inidentificables iniciales C. L. Pero por las fechas en que fue editado tal vez se trate más bien de que en la época no era tan extraño utilizar el misterioso Mar de los Sargazos como telón de fondo en el cual desarrollar las historias de terrores marinos. No sería pues solo Hodgson quien escogiera tan misterioso entorno para desarrollar sus historias. Al final, lo que nos impacta de él es su capacidad única de transmitir la agonía de la desolación, la angustia de saberse perdido sin remedio en lugares donde solo puede habitar el horror. El hombre siempre se enfrentará en soledad a la pesadilla, y esta saldrá triunfante en casi todas las ocasiones.

A continuación, Nebreda selecciona dos relatos protagonizados por el capitán Jat y su ayudante el muchacho Pilby Tawles. En La isla del Ud (1912) es maravillosa la forma de dar inicio a la historia, con la descripción de la isla surgiendo a la vista del capitán y del joven como si emergiera de un sueño, como si estuviera tomando forma de la nada. Así nace el territorio de lo fantástico. Se trata de una aventura con puro sabor pulp, luminosa y trepidante sin estar exenta de los típicos terrores hodgsonianos: seres de pesadilla que se mueven en la oscuridad, un cangrejo de proporciones gigantescas, las sacerdotisas de un extraño culto que en lugar de brazos tienen pinzas de cangrejo… En fin, un cuento que sin renunciar a ciertos tópicos de este tipo de aventuras está dirigido con mano maestra llevándonos sin aliento hasta su desenlace.

Lo mismo podría valer para La aventura de la punta de tierra (1914). Por más que la trama en esta ocasión consiste en la búsqueda de un tesoro en una isla misteriosa, pronto Hodgson deriva el relato hacia una angustiosa persecución con Jat y Pilby corriendo a centímetros de las terribles fauces de unos perros carnívoros gigantes guiados por unos sacerdotes que corren como sus perros y que también como ellos tienen una especial predilección por la carne humana… En fin, pese a la relación llena de chascarrillos y se supone que divertida entre nuestros héroes, que demuestra que Hodgson no nació para el humor, la historia brilla en su parte macabra: esa inolvidable estampa de los humanos corriendo a la par que los terribles y enloquecidos sabuesos que los acosan y la angustia de la persecución a muerte a la que son sometidos.       

(Continuará…)

martes, febrero 26, 2013

Livianas, de Mayte Alvarado (2012)



Ay, se ha hecho esperar, pero ya tenemos una nueva obra de Mayte Alvarado. Livianas conforma la última entrega (por el momento) de esa colección de fanzines exquisitos, elegantes y cuidados que nos dan a degustar cada cierto tiempo nuestros amigos de Los Ninjas Polacos. Un relato sencillo y hermoso cuya metáfora no puede sino llenarnos de tristeza. Pero no temáis: toda su melancolía está entretejida de una poesía sutil en la cual las imágenes nos arrastran a otro mundo donde hay mujeres que pueden volar y hombres incapaces de comprenderlas. Otro mundo quizá no tan ajeno a este, pero gracias a Mayte desde luego más hermoso. 


Su trazo clásico nos encanta, para qué os vamos a engañar, y lo único que lamentamos es que no publique al menos uno al mes. 

Si quieres disfrutar con otras maravillosas ilustraciones de Mayte, no dejes de visitar su sitio tumblr (AQUÍ).