jueves, abril 09, 2009

El fiscal rompe un huevo (1949), de Erle Stanley Gardner




Protagonizada por Douglas Selby, fiscal del distrito de Madison County, acompañado en sus pesquisas por el sheriff Rex Brandon y la periodista Sylvia Martin, esta novela pertenece a la serie que Gardner creó como réplica o contrapartida a la de su mucho más popular abogado defensor Perry Mason. El fiscal rompe un huevo (The D. A. Breaks an Egg, 1949) sería la novena entrega, también la última, de esta saga, y la primera que leo inaugurando un caótico orden. Si en las novelas de Mason los malotes eran casi siempre el teniente Tragg y el fiscal de turno, junto a los criminales de rigor, por supuesto, en las de Selby sucede justo lo contrario: el trabajo del fiscal se verá entorpecido por las intromisiones de un jefe de policía, Otto Larkin, ofuscado por el deseo de protagonismo y por la ambición de llevarse todos los méritos de la resolución de los casos, y un abogado marrullero y liante, A. B. Carr, tan inteligente como despiadado.

Da la sensación de que Gardner, abogado de profesión, quisiera con esta serie mostrar la cara positiva de los fiscales, redimirlos de los ataques sufridos en sus novelas de Mason. Incluso se suceden las bromas a costa del habeas corpus que pueden solicitar los sospechosos, siendo este procedimiento la piedra de toque del proceder de Perry Mason. Y al igual que este se las pasaba flirteando con su secretaria Della Street, el bueno de Selby hace lo propio con la periodista Sylvia Martin, aunque a todas luces su flirteo resulta mucho menos velado. Selby es más aburrido y soso que Mason, pero desde luego sabe llevar mejor a las mujeres que el impulsivo abogado defensor. 

La novela es puro entretenimiento de calidad, solo que en este caso Gardner nos ofrece su creación menos interesante, a mi gusto muy por debajo de las aventuras de Mason y en especial de las delirantes peripecias de Bertha Cool y Donald Lam, mis favoritos, no lo puedo ocultar. Sobre ellos ya comenté en otras entradas dedicadas a Gardner. Aquí toda la trama resulta en exceso esclava del embrollo habitual en este tipo de relatos criminales, y si bien el dibujo de personajes es excelente como siempre en Gardner, se acaba echando de menos que se detenga más en ellos, en su personalidad y en por qué hacen lo que acaban haciendo, preocupándose más de a qué endiablada hora lo estaban haciendo.


El sheriff Brandon se nos presenta como un hombre de acción que pierde la paciencia con suma facilidad ante las triquiñuelas legales. Un bonachón con carácter irritable y gruñón que, pese a los esfuerzos de Gardner por hacerlo simpático al lector, resulta profundamente desagradable: uno lo imagina capaz de cometer algún delito peor que los de los criminales perseguidos por él en aras de la justicia. Está claro que es el compañero perfecto para el tranquilo y racional fiscal Selby, es lo típico y ya copiado hasta la saciedad de dos compañeros unidos hasta las últimas consecuencias por una causa común con personalidades opuestas, buscándose en él la identificación del lector de a pie, que tendría más complicada la empatía con el en ocasiones gélido Selby, siempre racional y cumplidor de la ley a rajatabla, siempre tranquilizando al sheriff y permaneciendo en un discreto segundo plano. Para mi gusto, Brandon no pasa de ser un bruto en apariencia bienintencionado, pero demasiado dispuesto a saltarse la ley y resolverlo todo a puñetazo limpio. Lo típico para quienes pensar no pasa de ser un doloroso esfuerzo evitable.

Aun así, quiero dejar claro que esta es una impresión en exceso subjetiva, y que en cualquier caso me parece genial que una novela cuyo objetivo sea tan solo entretener pueda dar lugar a un debate que otras más sesudas no logran ni a palos. En fin, nos lleva a pensar y plantearnos cosas. Otros escritores hacen de esto su bandera y no pasan de escribir panfletos de manual.

Lo más interesante de la historia, volviendo a la novela en sí, acaba siendo el malo. Ya sabéis: qué sería de los héroes si sus némesis no estuvieran a la altura. Este malvado, el abogado fullero y de maneras exquisitas A. B. Carr, borra del mapa a todos los personajes en cuanto aparece. De una inteligencia sorprendente y vivaz que logra la admiración del propio Selby, es un claro ejemplo de la mano maestra de Gardner a la hora de crear personajes de fuste. Y de su mismo inteligente proceder: la mejor manera de mostrar la valía de sus protagonistas positivos es que los negativos estén a la altura. ¿Qué mérito tendría derrotar a un puñado de tontos? Lástima que al final, exigencias del guion, también acabe perdiendo un tanto los papeles.

En fin, de lo más flojito que he leído de Gardner, demasiado X estuvo aquí a tal hora y B hizo esto otro, más Z se encaminaba hacia aquí y de repente aparece un Y que lo lía todo más para que entonces llegue C y le dé sentido a todo. Pero se lee en dos ratos, no cansa jamás y nunca promete más de lo que da. Esto último, creedme, lo valoro en lo que verdaderamente vale: leer a Gardner es todo un baño de aprender a cómo saber escribir con oficio y honestidad.

GARDNER, Erle Stanley. El fiscal rompe un huevo. Traducción de Carmelo Saavedra Arce. México D. F.: Editorial Cumbre, 1957. 168 p. Laberinto.


martes, marzo 31, 2009

La cámara ardiente / El Tribunal del Fuego (1937), de John Dickson Carr



El considerado maestro del enigma de la habitación cerrada, imagino que con permiso del gran Gaston Leroux y su Joseph Joséphin Rouletabille, John Dickson Carr (1906-1977) tiene en La cámara ardiente / El Tribunal del Fuego (The Burning Court, 1937) no solo una de sus obras más representativas, sino una de las más logradas, enrevesadas y macabras.

El misterio del crimen, pues ya me diréis qué novela de misterio sería esta sin su rosario de cadáveres, se centra no en una sino en dos habitaciones cerradas, resultando además una de ellas una cripta nada menos. El ambiente terrorífico propio de una historia de fantasmas y aparecidos se apodera de la obra pese a su estructura y desarrollo netamente detectivescos: todos los implicados reunidos en el mismo escenario, diálogos entre los diversos protagonistas cargados de explicaciones sobre qué han hecho y qué han dejado de hacer y gran quedada final con todos los sospechosos en la misma habitación, repaso a todo lo sucedido con revelaciones sorprendentes y desenmascaramiento del criminal. Es la atmósfera fantasmal con trasfondo de brujería pues lo que le da un tono especial al relato, sobre todo en lo que se refiere al desenlace, tan sorprendente como rompedor con el género detectivesco.


En la novela se juega en todo momento con lo racional y lo fantástico, llevando el enredo criminal a poder ser explicado, al menos de forma aparente, con dos soluciones. Pero estamos muy lejos aquí de la sugerencia elegante y sutil de Henry James y su Otra vuelta de tuerca (The Turn of the Screw, 1898) o de la fascinante película, dirigida en 1957 por Jacques Tourneur, La noche del demonio (Night of the Demon), ambientada también en el proceloso mundo de las sectas satánicas e inspirada en el genial relato de M. R. James La maldición de las runas (Casting the Runes, 1911). Dickson Carr resulta mucho más tosco en su estilo, en el desarrollo de la trama y en la ambientación. Por mucho que parezca ofrecer dos explicaciones, si uno cree que lo escrito no es mentira (esto es, si Carr no incluye un capítulo cuyo sentido único es engañar al lector), explicación solo hay una, aunque no es la que casi todos en la novela creen. Sí hay que reconocer que este último capítulo brilla por su capacidad de hacernos tangible lo fantasmal, creíble lo que está más allá de la lógica. Hasta por un momento parece elevarse a las magistrales formas de los dos James citados. Pero solo por un momento.

Si la temática sobrenatural con explicaciones racionales conforman el corazón de la novela gótica, en esta Dickson Carr (también firmaría muchas de sus obras como Carter Dickson) nos ofrece justo lo contrario.


Las ediciones de Planeta y Valdemar recogen la misma traducción. Solo varía su título, siendo más correcto el de la segunda y no solo por la fidelidad al original, pues El Tribunal del Fuego es el nombre del “Tribunal especial de París donde se juzgaban los casos de hechicería” tan relacionado con esta novela. La edición de Valdemar incluye además una breve introducción sobre el autor.

CARR, John Dickson. La cámara ardiente. Traducción de Juan José Mira. Barcelona: Planeta, 1953. 221 p. Una selección de “Crime Club”, Colección “El Búho”; 14.

CARR, John Dickson. El Tribunal del Fuego. Traducción de Juan José Mira. Madrid: Valdemar, 1991. Tiempo Cero; 29. ISBN 84-7702-037-X.

miércoles, marzo 18, 2009

Los cuentos en verdad extraños (aunque a veces no tanto) de May Sinclair



“Era como si un muerto enterrase a otro muerto.” (p. 153)

Cuando uno lee acerca de un escritor de éxito que, pasado un tiempo, será olvidado y nadie lo leerá, pienso en todos aquellos grandes escritores que precisamente yacen en el olvido y son magníficos. El olvido no iguala el talento: solo iguala el destino. Este destino, al menos momentáneamente, ha sido dejado a un lado con la edición de esta sorprendente colección de relatos de la escritora inglesa May Sinclair (Mary Amelia St. Clair, 1863-1946). Coetánea y amiga de, nada más y nada menos, Thomas Hardy, Henry James y T. S. Eliot entre otros, escribió también poesía, ejerció la crítica literaria y fue una reconocida sufragista. Tras leer estos cuentos a veces extraños, nuestra autora no tiene nada que envidiar a estos que no han caído en ese olvido que algunos enarbolan como argumento de peso para celebrar la excelencia de un autor. Como si el olvido o la muerte restaran o añadieran valor y emoción a un libro.

El volumen se abre con una novela corta que se publicó en el año 1922: Vida y muerte de Harriett Frean (Life and Death of Harriett Frean). En ella se desarrolla el relato gélido y despiadado de una dama decimonónica cuyo sentido extremo de la virtud la convierte en un cuerpo reseco vacío de sentimientos. Una patada a los valores victorianos que encorsetaban el espíritu y negaban la libertad personal. No solo en lo narrado es rompedora May Sinclair, sino también en su tratamiento. Acuñó el término corriente (o flujo) de conciencia referido a la literatura y en el momento final de su novela lo aplica a la perfección. Si bien lo que permanece de este relato no es su renovación técnica, vacua al fin y al cabo si no apoya lo que la autora desea contar, sino la feroz fuerza con que describe y narra la tan desgraciada como virtuosa vida de su protagonista. El desapego, la frialdad, la distancia con la que todo nos es contado resultan casi tan sobrecogedores como su mensaje. O más. 

A continuación se desgranan los relatos que en su momento formaron el volumen Cuentos extraños (Uncanny Stories), publicado en 1923. Este libro incluía algunos relatos que habían sido publicados con anterioridad. Se indica en el caso correspondiente la fecha de su primera aparición.

Donde el fuego no se apaga (Where Their Fire Is Not Quenched, 1922) parece ser la joya de la colección, más que nada por ser uno de los favoritos de Jorge Luis Borges. En él de nuevo se nos presenta el pecado de una dama presuntamente virtuosa a la que su falta perseguirá hasta la muerte. Independientemente del trasnochado y pacato sentido del pecado que muestra el relato, el hálito fantástico que lo impregna y da vida (justo al discurrir en la muerte) resulta excepcional. Con denodada crueldad la autora se ceba en su protagonista, pero este extraño viaje al más allá es fascinante. No solo por sus envolventes imágenes y su atmósfera enrarecida, sino por su, otra vez, estremecedora frialdad. Sé que no coincidir con Borges en cuál es el mejor relato de la Sinclair (de los aquí incluidos, se entiende) a alguno le parecerá lo de verdad extraño, pero qué le voy a hacer. Peor sería mentiros y afirmar que el elegido de Borges es el mío también. Porque mi favorito es la extraordinaria historia de fantasmas titulada El obsequio (The Token, 1922). Tras la experimentación, la Sinclair nos ofrece una ghost story profundamente clásica en su desarrollo, una historia hermosa y sentida que emociona con una facilidad pasmosa. Su magistral desenlace lo cierra de manera perfecta. Y magistral no porque constituya una sorpresa que te deja pegado al asiento, sino porque con tan solo una frase nos hace replantearnos todo el relato y siembra en nuestra mente una maravillosa duda.


El siguiente es un cuento raro, pero raro de narices: La grieta en el cristal (The Flaw in the Crystal, 1912). Escrito apenas dos años antes de que May Sinclair ingresara en la Society for Psychical Research, una institución dedicada a la descomunal tarea de investigar los sucesos paranormales aportando, o al menos intentándolo, pruebas de los mismos. Descomunal porque mira que se lleva años investigando esto y se sigue en el mismo punto: la más mera superstición. Los fantasmas dan miedo, vale. Pero nunca entenderé esa manía por demostrar o no si existen. Realmente, ¿qué más da? Si total, casi mejor ni saber qué demonios nos querrían contar de verdad. No sé si en fantasmas, pero en poderes sobrenaturales (de forma evidente decantada por sus valores positivos) desde luego la Sinclair debía de creer, porque la lucha tremenda y arrolladora que se narra en este relato solo se concibe desde esta perspectiva: es demasiado delirante para creer que la historia posea tanta fuerza surgiendo de la nada. Las descripciones son vívidas hasta un surreal detalle. No hay que dejar de lado la posibilidad del uso de drogas para su escritura: hay momentos en que todo asemeja un viaje alucinógeno. O puede que no. Puede que May Sinclair, sencillamente, se planteara un relato de luchas espirituales entre el bien y el mal, la luz y la oscuridad, la cordura y la locura y le salió tan redondo que es el lector el que alucina. Algo parecido a lo que Bram Stoker, apenas un año antes (1911), había contado de manera harto curiosa en la no menos extraña novela La guarida del gusano blanco (The Lair of the White Worm). Sin dejar de lado que se podría interpretar también como una historia en la que una joven toma conciencia de su poder, un poder curativo de raíces místicas, pero de ese tipo que los amantes de los tebeos de superhéroes conocemos tan bien (siendo el paradigma absoluto el fantástico e irrepetible Dr. Extraño de Steve Ditko, aunque en el universo mutante de la Marvel es el pan nuestro de cada día). En fin, que dejo esta senda porque ya siento la dulce, o no, mano de la Sinclair acariciando mi mejilla desde el otro mundo... ¡con un sonoro guantazo! Como curiosidad, destacar que de los cuatro relatos comentados hasta ahora, en tres de ellos la relación de la pareja protagonista es adúltera, se consume esta o no. Un pecado muy gordo y grave, amigos.

Y seguimos con temática fantasmal. La pregunta que se nos plantea a continuación es digna de una conferencia de uno de esos encuentros de la dichosa Society for Psychical Research, o al menos así me gusta imaginarlo. ¡No solo ellos van a poder fabular! Cuidado, que esto es de suma importancia: ¿pueden los fantasmas hacer el amor (o chingar, o follar, si pensáis que de repente me he puesto muy finolis)? Algún relato y algunas películas nos dicen que sí. No sé qué opinará al respecto la Society de marras, ni me importa, pero en La naturaleza de la evidencia (The Nature of the Evidence, 1923), el quinto relato de este libro, la respuesta es afirmativa. ¿Verán también pelis guarris? Los fantasmas, digo, no los miembros de la Sociedad. Confieso que a partir de aquí este libro empezó a dejar de gustarme. Una pena, porque la Sinclair no escribe mal, pero su afán por inculcar más que por enseñar me supone un problema. Es en esta nota que delata su afán por convencer lo que me aleja de ella. Curioso cuando era su frialdad lo que me había acercado. Curioso también encontrar en este cuento una fantasma tan preocupada por el cuerpo de su marido a quien ha dejado atrás con vida. No sé, no soy un entendido en la materia (ni en la fantasmal ni en la de chingar, para qué os voy a engañar), pero quizá debiera preocuparle más su alma, ¿no? Y eso que en sus páginas se nos quiere convencer de que lo espiritual es superior a la materia, de que el éxtasis es más elevado pues se ha liberado de la carne. Pero la dichosa fantasma parece empeñada en la castidad física de su marido. Un mejunje fruto de las creencias en el alma y en el concepto del más allá de la autora. Tan confuso en su esencia como pazguato en su creencia.


Si los muertos supieran (If the Dead Knew, 1923) es, sin duda alguna, el relato más pobre a todos los niveles del libro. Sorprende el comienzo por su burda equiparación del éxtasis musical con el éxtasis sexual, sublimación del deseo que sienten entre sí un profesor de órgano y su alumna. La anécdota fantasmal parece aquí más que nunca solo responder a la tesis de que la unión espiritual es más profunda y completa que la física. Tema que ha dado para magníficos relatos, lo sabemos, pero aquí lo importante no es contar, sino convencer. El sexo como pecado de concupiscencia frente al amor puro entre una madre y su hijo. El alma tras la muerte se eleva a un estado superior, pero como en el anterior cuento sorprende la preocupación que estas almas sienten por lo que pueden hacer con sus cuerpos los que se han quedado en la tierra con vida. Para ser tan espirituales, estos fantasmas andan algo obsesionados con el sexo. Edípico, además.

La víctima (The Victim) fue publicado en 1922 por T. S. Eliot, junto a su poema La tierra baldía (The Waste Land, 1922) nada menos, en el número uno de la revista The Criterion. En él se contrasta la frialdad de un asesino en su crimen con la tranquilidad y aceptación de los hechos del fantasma del asesinado, al cual las cosas de los vivos ya no le preocupan de igual forma. Al alcanzar un estado superior tras la muerte, un espectro no juzga como lo haría un vivo. En realidad todo no es sino un ladrillo más en la construcción de esa casita para beatas en la que a la Sinclair le gustaría que viviéramos. Aun así, cuando todavía se juega con la convención en las primeras apariciones, cuando el fantasma resulta terrorífico, se pueden encontrar excelentes páginas. Y en especial en la descripción del crimen y en la posterior salvajada mediante la cual el asesino se libra del cadáver. Es evidente que la autora muestra esto de forma cruda para que el postrer perdón resulte más emocionante, pero para mí la blandura sentimentaloide del final empaña y desluce el potente desarrollo.

En estos  últimos cuentos del libro la tontería versa, como ya he indicado, sobre la vida superior y espiritual que nos espera tras la muerte y cómo las cosas de este mundo son inferiores. Uno lee y cree morir, cierto, pero no en el sentido que esperaría la autora, me temo. Quizá el mayor problema resida en su empeño por demostrar que hay otra vida, que esa vida es mejor y que en ella alcanzaremos una gloriosa plenitud, una dicha celestial, encadenando los cuentos a esta idea. En fin, que si se trata de espectros amenazantes, puedo suspender mi incredulidad. Si vienen con buenas intenciones me cuesta más trabajo, pero puedo hacerlo si no pretenden colarme un sermón dominical.

Menos mal que May Sinclair cierra el volumen con un cuento que recupera algo del tono de los primeros. Si no en lo relativo a la calidad, sí al menos en la extrañeza. El hallazgo del Absoluto (The Finding of the Absolute, 1923) nos cuenta la historia del filósofo que por su búsqueda de la Verdad descuida las cosas terrenales (su joven y hermosa esposa le abandona por un poeta imaginista amigo de ambos). Comienza de manera divertida. La autora lo narra con su ya a estas alturas característica frialdad, en esta ocasión no exenta de sentido del humor. Pero pronto nos traslada al otro mundo con la muerte de los tres protagonistas (creedme que no desvelo gran cosa) y se dedica a describir en qué consiste el paraíso para ella, o lo que le gustaría que fuese. Curioso e imaginativo relato, sin duda, y hay que reconocer que el paraíso que se inventa ofrece posibilidades harto interesantes, muy cercanas al concepto de mundo virtual que hoy nos parece hasta normal. Las que ella nos muestra, sin embargo, resultan algo amuermantes, entrevista con Kant incluida. Al pobre nos lo presenta tan maniático como en vida. Ahora sabe más, sí, pero para lo que le sirve... ¡mejor ser pasto de los gusanos!

Como conclusión, un libro del que recomiendo con fervor sus cuatro primeros relatos y como curiosidad este último, pero al resto mejor ni acercarse. Ni muerto, por más que se disfrute.


SINCLAIR, May. Vida y muerte de Harriett Frean; Cuentos extraños. Traducción de Amado Diéguez. Barcelona: Alba, 2008. 378 p. Clásica; 99. ISBN 978-84-8428-394-2.

lunes, marzo 02, 2009

Fiebre de sangre (1982), de Shelley Hyde



¡Un salvaje terror!, exclama la portada de Fiebre de sangre (Blood Fever, 1982) de Shelley Hyde. En fin, ya será menos. Me encantan estas frases exageradas, casi alucinógenas en su exacerbación del contenido del libro. Alucinógenas porque por desgracia rara vez coinciden con lo que de verdad hay en el interior. En esta ocasión ni el dibujo atina: las víctimas de esta fiebre tan curiosa no atacan con cuchillos, sino con uñas y dientes, literalmente. ¿Parece salvaje? En la portada también así se nos indica. Pero de eso nada. Esto es terror para aquellos que después desean dormir sin pesadillas. Bueno, yo también quiero eso, entendedme, pero no en un libro.

En un pueblecito norteamericano, uno de esos que tan bien conocemos gracias a todas esas purulentas películas de terror (o no) que nos hemos tragado a lo largo de los años, se desata un virus que contagia solo a las mujeres y las transforma en seres inhumanos ávidos de sangre. Pero ojo: sangre de machote humano, nada de hembras. Las mujeres unidas entre sí y convertidas en el martillo aniquilador de su pareja sexista.

No hubiera estado mal que la buena de Shelley Hyde (seudónimo bajo el que se oculta la escritora Kit Reed) desatara su ira contra el macho arrogante de la especie con una dosis de desaforada mala leche. Pero de nuevo no. Y mira que la cosa no empieza mal, mostrando a un grupo de hombres con comportamientos, por decirlo así a lo suave, machistas machacando psicológicamente a sus parejas como quien hace lo contrario: esto es, en el nombre del amor se cometen abusos inconcebibles en otros ámbitos. Y con la suficiente inteligencia en su discurso como para no mostrar a todos los hombres de la misma forma, lo cual da credibilidad y fuerza a su relato: al no ser todos los hombres despreciables, la furia desatada dolerá porque no hace distinciones.

Sin embargo, Hyde apunta esto pero pronto lo olvida, bien porque no le interesa, bien porque hay que reconocer que como escritora pues no da para mucho, la verdad. Por una parte se pierde una historia que podría haber resultado, cuando menos, salvaje en serio. Pero por otra, hay que reconocer que precisamente por asumir su corto alcance creativo Shelley Hyde acaba por darnos un relato cuando menos entretenido. Al menos a ratos.


Hay que dejar clara una cosa: que huyan como de la peste todos aquellos que esperen encontrar algo de literatura aquí. El estilo de Hyde alcanza cotas de poesía equiparables a las de la guía telefónica. Pero sabe cómo engarzar su relato y mostrarlo interesante. Al menos si uno hace como que no ha leído los artículos de periódico (la acción avanza en ocasiones con la técnica de incluir supuestas noticias de periódico que resuelven, o eso se intenta, los problemas cuando la acción se estanca) que la autora redacta dando muestras de una aguda artritis cerebral. Si la intención era hacer burla del estilo periodístico, no está mal. Si la intención era imitarlo, consigue empeorar el modelo, que ya son ganas. La novela avanza al ritmo justo para no aburrir y, consciente de sus limitaciones, sin detenerse en alardes psicológicos. Sus personajes son simples estereotipos que hablan como se suponen que deben hablar a quienes representan. Y representan poco, creedme. Total, importa poco si lo que queremos es la dichosa fiebre de sangre descrita con detalle, ¿no?

Y la narración comienza con unas páginas que prometen: una pelea animal entre un matrimonio, ella ya contagiada. Venga, para qué empezar con otra cosa si esto es lo que hay. Y por eso es de agradecer la actitud de la autora: en esto no hay engaño. Los problemas vienen cuando, ¡ay!, ni aquí es capaz de llegar muy lejos. Las páginas más brutas acaban resultando un poquito como de gacetilla dominical de la iglesia de la esquina. Todo acaba resultando contenido en exceso, la fiebre es más bien constipado y la sangre corre, sí, pero esterilizada. Si no hay creación de atmósfera, ni tensión, ni deseo de mostrar el horror en su verdadera amplitud, sino tan solo hilvanar un relato gore sin muchas complicaciones, el resultado no puede ser tan aséptico. Más aún cuando, en su tramo final, a Hyde se le notan las prisas por terminar y lo cierra todo de cualquier manera.

Vale, tampoco es que hubiera gran cosa por cerrar, pero si su único mérito estribaba en cierta capacidad de medir la progresión de la historia, ni en esto acaba por conseguir el aprobado al arribar a su final con tanta urgencia. 


HYDE, Shelley. Fiebre de sangre. Traducción de Domingo Santos; ilustración de cubierta de Jordi Vallhonesta y Salinas Blanch. Barcelona: Martínez Roca, 1983. 155 p. Súper terror; 1. ISBN 84-270-0812-0.

lunes, enero 12, 2009

Titus Groan (1946), de Mervyn Peake: el esplendor de la tiniebla


Antes de iniciar este comentario, quiero dedicar estas líneas al señor Pesanervios. Vos cumplisteis con vuestra parte. Ya veis que hice igual con la mía. Que nadie deje de decir de nosotros pues que “por su reputación habían conseguido un puesto de honor entre las sombras.” (p. 12)

Primera parte de la conocida como Trilogía de Titus o Trilogía de Gormenghast, completada por Gormenghast (1950) y Titus solo (Titus Alone, 1959), Titus Groan es una novela tan monumental como extraña, única, un eslabón solitario en su estilo. Tal es así que ni tan siquiera se la puede considerar como la primera pieza del tablero de una trilogía, pues la idea original de Peake era realizar una serie de libros en la que se iría narrando la vida de Titus a lo largo de los años. No llegó ni a terminar el tercero, pues Titus solo no es más que un proyecto de novela: el autor murió sin poder darle fin. Aparte permanecería su novela Boy in Darkness (1956), cuyo protagonista quizá fuera el mismo Titus.


La sensación que domina el espíritu al leer Titus Groan es la de contemplar un gran cuadro, un enorme fresco antiguo procedente de otro tiempo repleto de figuras y detalles, o más propiamente un tapiz de un castillo abandonado del cual, entre el polvo acumulado por los siglos, solo pudiéramos entrever sombras iluminadas por breves notas de color. A cualquier lugar donde uno mire siempre encuentra algo en lo que detenerse y extasiarse. Cientos de historias que se suceden en un lugar limitado, un marco formado por el alucinante castillo de Gormenghast, pero con tantos meandros, muros, pasillos y escaleras, recovecos y rincones que se antoja inabarcable. Es el infinito contenido en una estática fotografía. Y al moverse, desplazarse por el oscuro lienzo los personajes, una película en la que no dejan de suceder cosas a cámara lenta. El efecto es hipnótico hasta lo enfermizo, embriagador hasta lo alucinatorio. Un cenagal de aguas estancadas en el que crecen las flores más bellas y extrañas, en el cual el olor nauseabundo del limo se entremezcla con el aroma mágico y mareante que desprenden las páginas de un libro antiguo. Es la más extasiante belleza del horror. Y todo expresado con la más hermosa forma, las más oscuras desesperación y tristeza, el sentido del humor más elevado y desencantado.


A los doce días del nacimiento de Titus, su futuro como heredero del castillo de Gormenghast parece caer sobre él como una fría y pesada losa. Pero justo antes de que esto se haga realidad incuestionable para el lector, Titus ya ha golpeado esa fría losa con su cabeza al dejarlo caer el viejo Agrimoho (el apergaminado maestro de ceremonias de Gormenghast) de entre sus manos en la ceremonia del bautizo. Más exacto: Titus cae de entre las páginas del libro que lo abrazaban y que el pobre Agrimoho apenas podía sostener. Uno más de los inacabables ritos y formalismos que rigen la vida en el castillo de Gormenghast que lo ahogan con un vaho de carroña. Este continuo vaivén entre lo siniestro y lo ridículo, lo oscuro y la caricatura, el dolor y la risa (enloquecida, se entiende) es el tono que Peake impone a su obra y la hace irresistible. Justo cuando intentamos pensar en lo exagerado de la narración, justo ahí retorna la voz más burlona de Peake para recordarnos que este es el juego.

Así, la ceremonia del bautizo de Titus, que ya hemos visto cómo contiene este momento chocante y ridículo que induce a la burla ante tanta pompa, no deja de resultar la expresión de un mundo decadente que agoniza encerrado en sí mismo, que desde el nacimiento clama a la oscuridad, la tristeza y la melancolía. Desde su rito y representación ridículos, tan antiguos como incomprensibles, hasta las palabras ominosas de Agrimoho presidiendo el ritual.

En la novela no dejan de suceder cosas en un tiempo que parece no avanzar. En su inicio, Peake dedica cien páginas a contar el nacimiento de Titus (bueno, vale, exactamente son 81 páginas) y la reacción de los habitantes del castillo de Gormenghast. Así Peake nos introduce de manera magistral en el mundo cerrado, laberíntico y rígido del castillo al tiempo que nos presenta un buen puñado de extrañísimos personajes. El bautizo de Titus, el siguiente gran acontecimiento de la novela, se desarrolla a lo largo de 43 páginas. Quizá el ejemplo más característico de cómo Peake detiene el tiempo y se extasía en la descripción de un momento ínfimo para cargarlo de poesía malsana, pero siempre de una belleza mareante, es cuando, en la página 165, dedica diez líneas para contar cómo Pirañavelo muerde una pera. ¡La repera!

Fucsia Groan dibujada por Mervyn Peake.

Los personajes que se deslizan por este decorado son de una originalidad y una fuerza increíbles. Me detendré brevemente en solo dos de ellos: en la joven Fucsia, hermana de Titus, y en el viejo Rottcodd, el guardián de la Sala de las Tallas Brillantes. Tan distintos, pero que para mí no dejan de resultar dos iguales. Ambos representan el anhelo de la soledad, la felicidad del aislamiento. En Fucsia, se trata de la fantasía adolescente preñada de figuras e ilusiones iridiscentes. En el caso de Rottcodd, de la sepulcral vejez teñida de sombras y polvo. Cuando Fucsia ya no pueda vivir por más tiempo en esa soledad es cuando nuestro corazón comenzará a romperse junto al de ella.

El estilo de Peake es deslumbrante, poderoso y poético hasta el desmayo, siempre con el apoyo de la soberbia traducción de Rosa González y Luis Doménech. El doctor Prunescualo le hace un regalo a Fucsia y así lo describe Peake: “Fucsia tomó la bolsa que le tendía el doctor y sacó a la luz de la lámpara un rubí como un terrón de cólera.” (p. 198) Mantiene por sí solo momentos tan intrascendentes como la reunión final de algunos personajes al borde del lago como el alucinante enfrentamiento definitivo entre Excorio, el mayordomo, y Vulturno, el jefe de cocina, en la Sala de las Arañas, tanto tiempo postergado, con el telón de fondo de los filamentos de plata iluminados de manera espectral por la luna. Sobrecogedor y brutal. Y su horrenda culminación, de una poesía macabra, oscurísima, una imagen surrealista (¡pasa por alto las siguientes líneas entre paréntesis si aún no has leído la novela!: el cuerpo blando de Vulturno que al ser arrastrado por las escaleras va tomando sus formas, adaptando su cuerpo a los escalones; y los búhos devorándolo, junto a Lord Sepulcravo, padre de Titus, ante la fría mirada de la luna y los espantados ojos de Excorio) tan sórdida como fascinante debido a su tremenda fuerza.

Peake pone fin a su novela con otra envarada y ancestral ceremonia, Titus ya con dos años de edad, listo para continuar con sus espectrales aventuras en el tomo siguiente.


PEAKE, Mervyn. Titus Groan. Traducción de Rosa González y Luis Doménech. Madrid: Minotauro, 2003. 567 p. Pegasus. ISBN 84-450-7456-3.

domingo, enero 04, 2009

Déjame entrar (2004), de John Ajvide Lindqvist



Los vampiros están de moda, ¿no os parece? Vampiros buenos que buscan la redención y se comportan mejor que los humanos, vampiros de corazón de oro que antes que morder a un humano están dispuestos a morir, vampiros tipo modelo de pasarela que sufren mucho y gracias a ello acaban encamados con la guapa de turno y demás paparruchas. Sí, a mí también me encanta la serie Ángel (Angel, 1999-2004, ¡con esa inolvidable, brutal y deprimente tercera temporada!), pero reconozcamos que su legado comienza a resultar cargante. Y justo ahora se publica en España esta novela, otra novela de vampiros, Déjame entrar (Låt den rätte komma in, 2004) de un desconocido autor sueco, a rebufo de la buena acogida que está teniendo su adaptación cinematográfica. Adaptación que ha guionizado el propio autor y que, confieso, es de lo que más me ha gustado en lo referente a películas recientes. 

Los amantes del género fantástico, y dentro de este, del subgénero del terror (y quien entienda subgénero como algo peyorativo que deje de leer, por favor) nos quejamos, aparte de porque nos encanta lloriquear, de que en estos momentos no hay autores que suplan a los grandes clásicos que devotamente admiramos. En realidad, siempre he pensado que el problema no está en que no haya obras o autores interesantes, sino en que no los publican en nuestro idioma, y si no se conocen varios idiomas el acceso a ellos resulta imposible. Y qué mejor ejemplo que esta en verdad admirable novela, una diáfana muestra de que mientras no se agote la imaginación, nuestro género estará vivo. Como un vampiro, vivirá siempre que sepa nutrirse de sangre fresca. Y perdonad la patética metáfora. El año nuevo no me hizo más inteligente.

John Ajvide Lindqvist nos muestra en su novela otra historia de amor entre un vampiro, una niña de trece años (bueno, no hace falta decir que muchos más, pero en lo físico ahí se quedó) llamada Eli, y un humano, un jovencito de la misma edad llamado Oskar. Una vampira con su corazoncito, claro está. Pero ojo: no deja de ser una repugnante alimaña. Caza de manera salvaje, es un auténtico monstruo y su moral es "algo" distinta de la nuestra. En fin, un vampiro de verdad. ¡Gracias, señor Ajvide!

Este primer acierto resulta de agradecer, pero no es el único. Ajvide sitúa la acción en el año 1981, en un pequeño pueblo de nueva construcción, sin pasado, sin historia, sin criptas ni cementerios antiquísimos. ¡Demonios! Si hasta la iglesia es uno de esos edificios horrendos edificados sin el menor gusto con un Cristo de diseño en su altar. El entorno es gris, pero el ambiente en el que se desarrolla la vida del bueno de Oskar es un infierno. ¿Alguien pensó que los abusos entre niños en los colegios es algo de ahora? ¿Es que nadie recuerda su infancia? Quizá es que entonces no se grababa en los móviles. Pero esa violencia sorda, ese pánico de asistir a clase porque sabes que lo que espera allí es horrible por desgracia no es algo nuevo.

Ajvide retrata ese ambiente escolar de manera excelente, tan aterrador como inevitable: un mal que está ahí y ante el cual uno no puede esconderse. Encontrar una amiga tan extraña y desclasada como tú es, quién lo duda, una tabla de salvación. Así, cuando nace la historia de amor entre los dos niños, el autor nos ha llevado de la mano no tan solo a que la creamos, sino a que la deseemos. Consigue que lo fantástico penetre en lo real como una necesidad de escapar de una cotidianeidad aborrecible. Al desearlo, se ha roto por completo cualquier prejuicio ante lo increíble.

La trama muestra giros sorprendentes, y es tan morbosa y extraña como fascinante. El estilo es deudor en algunos momentos del mejor Stephen King (los pensamientos de los diversos personajes integrados en la narración, la minuciosidad en la presentación de lo real), de James Herbert (en la forma de mostrar la violencia, aunque en esto el autor inglés resulta mucho más salvaje) o del mismo Cormac McCarthy (en algunos diálogos secos, cortantes, en los que todo se dice por detrás de las palabras). Pero hay algo inasible que lo hace único. Ajvide afirma que "todo lo que cuenta el libro es cierto, aunque ocurriera de otra manera." Creo de verdad que se trata de esto mismo.

No todo son aciertos, que quede claro. Es una lástima, por ejemplo, el desarrollo de uno de los personajes. Tras hacer lo difícil, presentarnos con rasgos de humanidad a un ser detestable, este sufre un cambio que, en fin, aquí sí que nos lo tenemos que creer porque sí, si bien no importa demasiado porque nos trae los momentos más brutales de la novela, aunque mis favoritos sean los menos sanguinolentos (el tipo saliendo de una madriguera, su permanencia en el hospital). O el final, topicazo de salvamento en el último minuto, pero llevado de tal manera que, a pesar de que el truco es demasiado evidente, nos hace permanecer en tensión y, aún mejor, desearlo.

Incidiendo en cómo Ajvide entremezcla lo real y lo fantástico, es admirable la transformación vampírica de uno de los personajes. Pocas veces me he enfrentado a un libro que relate esto con tal capacidad de convertirlo en algo posible. Tal que una enfermedad, salvo que esta tiene unos curiosos síntomas...

He tratado en todo momento de desvelar lo menos posible de la historia, pero no puedo dejar de destacar el que ha sido sin lugar a dudas el mejor momento de esta novela, la imagen que ha quedado grabada en mi cerebro y que espero no olvidar: Eli en su bañera. Y no digo más: solo que para aquellos que afirman que todo está dicho ya en lo que al terror se refiere, que recuerden ese momento. Y que lean esta novela.

AJVIDE LINDQVIST, John. Déjame entrar. Traducción de Gema Pecharromán. Madrid: Espasa Calpe, 2008. 455 p. Espasa narrativa. ISBN 978-84-670-2665-8.

jueves, noviembre 06, 2008

Misterios de la carne (1980-1984), de Charles Burns


En los Laboratorios Deltoides se está llevando a cabo un experimento sobre los misterios de la carne (humana, se entiende). El estudio se encuentra aún en fase de recopilación de datos y casos. Se nos van a mostrar estos, claro, en forma de historieta gráfica. Y de esta manera Charles Burns introduce una serie de relatos aunados por el cemento común de la alteración de la carne, de la invasión de la misma por extraños parásitos, de la mutación, de científicos que hollan terreno que nunca debiera haber sido pisado, jóvenes inocentes y puros contaminados por inexplicables virus y jóvenes soñadores que ven sus matrimonios convertidos en fúnebres pesadillas debido a las conductas cuando menos sospechosas de sus, en un principio, honradas, honestas y perfectas parejas. Si todo esto lo enmarcamos en un universo de película de terror de serie B de los años 50 y primeros 60, amalgamado en su estructura con la más típica comedia de adolescentes y algún momento extraído del más convencional melodrama familiar, tendremos a Charles Burns en estado puro.

Burns recopila así (si es que lo ha hecho él, que igual no) varias historietas de diversas épocas y las une por medio de anécdotas de una página que sirven de vaporoso hilo conductor del relato. Aunque estilísticamente no guardan relación entre sí, argumentalmente comparten, además de lo dicho, un macabro gusto por el horror. Gusto que compartimos, sobra decirlo. Y pese a que en conjunto la impresión inevitable es de dispersión, también resulta evidente que siempre hay algo que las acerca entre sí pese a las múltiples diferencias: el mundo que nos muestra Burns, único pero multifacético.

La primera historieta larga del álbum es la titulada La voz de la carne que anda. En ella vemos a un Burns aún explorando con su estilo. Es el Burns de sus primeras obras: tramas que parecen desarrollarse al mismo ritmo que la realización del dibujo, de trazos finos y figuras rígidas. Algo así como un Johnny Craig embrionario. Pero igualmente fascinante. En esta historia Burns mezcla demasiadas cosas en pocas páginas. Así, un relato que comienza con el habitual joven científico, enseguida portador de un repulsivo parásito antropomorfo, se convierte a las pocas páginas en un remedo de la tan curiosa como decepcionante película El cerebro que no quería morir (The Brain That Wouldn’t Die, Joseph Green, 1962), para derivar en un final de tono tragicómico y absurdo.

Tras un interludio de una página narrando un supuesto nuevo caso de los denominados “misterios de la carne”, una exacerbación del tema tratado de manera magistral por Roger Corman, Robert Dillon y Ray Russell en la película El hombre con rayos x en los ojos (X, 1963), se da paso a la historia de Burns que me convirtió en seguidor apasionado de su obra. Cuando leí Mal criado siendo un atontolinado jovenzuelo confieso que me marcó. Aún hoy, a pesar de que es evidente que no es tan original en su argumento como pensé la primera vez, sí mantiene toda su fuerza dramática, toda la angustia existencial y su aroma macabro. De una progresión narrativa ejemplar, Burns se vale de un flash-back para contarnos el descenso a los infiernos de un joven científico, aquí biólogo, que es acosado por una criatura parasitaria. De trazo aún más primitivo que el mostrado en las páginas precedentes, de línea finísima y figuras más rígidas que nunca moviéndose por decorados esquemáticos, Burns hace de la posible deficiencia una virtud: la fragilidad quebradiza de sus personajes se amolda a la perfección a una historia que los mantiene en todo momento al borde del shock mental, de la locura definitiva. Brutal, de una insania subyugante, aquí los rasgos del cine de serie B no son una referencia sobre la que apoyarse, sino una influencia sobre la cual evolucionar y mostrar su verdadera personalidad creativa. Como he comentado, esta es la historia de Burns que me ganó a su causa para siempre, una de mis favoritas.

La siguiente historieta larga es Matrimonio infernal. Fechada en 1984 (Mal criado es de 1980), se nota la evolución gráfica de Burns: trazo más grueso, fondos más detallados y un retorcido sentido del humor. Todo esto, junto al diseño de página, lleva a pensar que bien podría haber estado protagonizada por su personaje El Borbah.

El álbum se completa con más casos de los que imaginamos figuran en los archivos de los Laboratorios Deltoides (y tal es así porque desde la primera viñeta no se los ha vuelto a mencionar): una excelente página final, una aventura de su personaje Dog Boy y otra pequeña obra maestra de cuatro páginas titulada Contagioso. Esta, de nuevo una comedia de adolescentes teñida con una historia de imposibles virus mutantes ligados al advenimiento de la pubertad y al descubrimiento del sexo: el proceso de crecer, hacerse adulto, como un paso hacia lo desconocido, en Burns siempre es terrible y atroz. Las inquietudes del adolescente medio transformadas en pesadilla física y existencial y mostradas en un dislocado hilo temporal que incrementa la sensación de extrañeza, que refuerza el efecto de sentirse ajeno en un mundo normal. Podéis leerla aquí mismo.

Ampliando las imágenes podrás leer la fascinante historieta Contagioso de Charles Burns incluida en este álbum.






Burns, Charles. Misterios de la carne. Barcelona: La Cúpula, 1990. 57 p. ISBN 84-7833-021-6.  

jueves, octubre 02, 2008

Cuatro aventuras de Perry Mason por Erle Stanley Gardner: la justicia también es para los débiles

El tío Erle en su estudio en el Rancho Paisano, Temecula, California

Las aventuras de Perry Mason quizá sean hoy más conocidas por la televisión que por su original literario, obra de la rápida pero eficaz pluma de Erle Stanley Gardner. Y, desde luego, muchos identificarán al gran Perry Mason con ese estupendo actor con aspecto brutote que es Raymond Burr gracias a los nada más y nada menos que 271 episodios que protagonizó, de 1957 a 1966, posteriormente de 1985 a 1993, encarnando al genial abogado detective. A esto súmenle películas para la pequeña pantalla y otras 6 rodadas en el segundo lustro de la década de los años 30, en la mayoría de las cuales el personaje es interpretado por ese curioso actor (al menos a ojos de hoy: un galán estiraducho y con bigote fino de malote que pasaba por guapo, pero muy buen actor) llamado Warren William. Hasta hay una película con Ricardo Cortez de Mason, que imagino impagable. Para más detalles, podéis consultar la IMDb, lugar de donde he extraído esta información. Porque en mi cabeza el Perry Mason televisivo, menos aún el cinematográfico de los 30, no existe: no he visto jamás un solo episodio de esta interminable serie.

Me he leído cuatro novelas de este personaje una tras otra, como si de un volumen de relatos se tratase, y aunque no me han gustado tanto como la protagonizada por Bertha Cool y Donald Lam (vean, si se atreven, la entrada anterior), sí que puedo afirmar que el estilo de Gardner me gusta y sus historias me atrapan. Casi siempre, al menos.


El caso del gatito imprudente (The Case of the Careless Kitten, 1942). Número 21 de la serie.


Dar el primer paso en el mundo del abogado defensor Perry Mason con la que hace la novela número 21 de la serie no es para mí, tan maniático con esto del orden, lo que hubiera preferido. Pero esto es lo que hay. Nada grave pues no es que haya una clara continuidad entre ellas, pero sí que se nota una leve evolución de la relación entre Mason y su fantástica secretaria Della Street. Evolución amorosa, se entiende.

En este caso del gatito de marras, Gardner expone una trama complicada con una claridad admirable. En este tipo de novelas el final explicativo, la cháchara de turno en la cual se desenreda el embrollo, como ya he dicho en alguna ocasión, me suele resultar indiferente. Pero confieso que no aquí: uno desea realmente saber qué demonios ha pasado, qué hilo de razonamiento ha seguido Mason para resolver el caso. Y Gardner no hace trampas: como el mismo Mason afirma, tiene la misma información que el resto acerca de lo sucedido (un lío tremendo, creedme), solo que es él el único que ha sabido atar los cabos. Y nada más cierto, pues Gardner nos ha dado todas las claves, no nos ha ocultado nada, pero hasta que no leemos la explicación del sensacional abogado no hay manera de poner la casa en pie. Eso sí, como curiosidad destaco algo que desconocía y que me hacía estar en desventaja, una ley universal que yo, en mi ignorancia, no tuve en cuenta: a un reloj jamás se le da cuerda a las cuatro de la tarde; se le da por la mañana o por la noche, pero jamás a esa hora tan intempestiva.

Me gustaría destacar que, en plena Segunda Guerra Mundial, Gardner es capaz de dar la cara por un personaje oriental y poner en su sitio el fanatismo patriotero racista. Algo que se adecua a la leyenda del propio autor, abogado también, famoso por lo visto por su defensa de las condiciones de vida dignas para los inmigrantes que se refugiaban en su país.

Los personajes resultan apasionantes, todo lo que les pueda suceder nos afecta y preocupa, nos interesa, porque Gardner deviene genial en su dibujo. Mason no se enfrenta a una partida de tontos ante los que lucir su ingenio, sino ante tipos que hacen bien su trabajo. Así, su rival el teniente Tragg (siempre investigando a favor del fiscal), un policía despierto e inteligente cuyo continuo duelo con Mason por esclarecer el caso es de una intensidad apabullante: ante la genialidad de uno por sacar al entrometido abogado del caso, siempre surge otra de Mason para llevar al empecinado teniente por el camino que le interesa. El bueno de Perry debe estar siempre haciendo gala de su ingenio, siempre alerta, porque tanto la policía como los criminales a los que se enfrenta no son contrincantes fáciles, no en todas las ocasiones consigue engañarlos y veces hay en que el engañado resulta él. Solo su férrea convicción en sacar a la luz la verdad y defender al más débil cuando es inocente le alza moralmente frente a sus adversarios. En fin, si sois fanáticos seguidores de las historietas de Batman como el que aquí os aburre, creo que no tendré que insistir en que un buen malo es lo mejor para una historia. Para Mason, solo el ser más inteligente aún si cabe que sus rivales le dará la victoria. Bueno, y el contar en este caso con la desinteresada ayuda de un gatito algo temerario. No por nada es una de las más celebradas aventuras de Perry Mason.


El caso de la heredera solitaria (The Case of the Lonely Heiress, 1948). Número 31 de la serie.


En esta novela, si bien todo se plantea en un tono más divertido y en apariencia menor que la anterior, pronto Gardner nos ha vapuleado tanto con los alucinantes giros de la trama que nos tiene agarrados por el cuello incapaces de abandonar la lectura. El propio Mason se toma el caso más a la ligera, y así le va al pobre. Una metedura de pata tras otra le lleva siempre a estar por detrás tanto del avispado teniente Tragg como de los criminales, que en esta historia asemejan una partida de idiotas, y nos engañan tanto como al poco concentrado Mason. Resulta sorprendente (¡y estimulante: contribuye a enrarecer la narración y enganchar al lector!) cómo, bien por no prestar la suficiente atención al caso nuestro abogado defensor, bien porque cuando su ingenio se enciende de manera brillante sus adversarios le dan un buen baño de humildad, los malvados no dejan de engañarlo y burlarse de él de manera continua. Perry Mason debe estar casi de capítulo en capítulo superándose para darse de cabeza contra las triquiñuelas de los malotes. De verdad que sentí deseos de saltar al cuello del detestable (¡pero muy inteligente!) matrimonio Caddo en un momento de la historia. ¡Vaya par de espectaculares fulleros! Y esto por no mencionar a los viejos y endiablados hermanos Endicott, una familia de odiosos crápulas más viejos que el mal que ostentan.


Gardner también nos describe un brutal interrogatorio de la policía, uno de esos que tantas veces hemos visto aplicado como correctivo a alguien en las películas clásicas (personaje enfocado con una potente luz recibiendo una andanada de preguntas buscando confundirlo y agotarlo, y otras artimañas de persuasión que no desvelaré pero que están lejos de lo que podríais entender como poesía romántica del siglo XIX). Aquí el teniente Tragg y los suyos hacen sufrir en serio a un personaje inocente, y la denuncia de Gardner resulta de lo más efectiva. Sin panfletos ni proclamas baratas nos hace compartir con su personaje, narrando de manera que la identificación con él sea absoluta, lo que es el terror ante la brutalidad y la violencia, la impotencia ante la injusticia (que al ser aplicada por la policía acrecienta la sensación de indefensión) y cómo el ciudadano de a pie puede ser presa fácil del engranaje ciego de la ley. Solo la entereza ante la adversidad y el afán por llegar a la verdad de los hechos de Perry Mason forman la pequeña esperanza de que la abyección no resulte triunfante.

Aun con esto, es la novela más divertida de las cuatro, en especial en su inicio: Gardner nos sumerge en el apasionante mundo de la escritura para revistas baratas de relatos rosas. Y vamos sin oxígeno.


El caso de la ninfa negligente (The Case of the Negligent Nymph, 1950). Número 35 de la serie.


A pesar del impactante inicio, una joven que aparece nadando desnuda en la playa privada del islote de un ricachón frente a los alucinados ojos de Perry Mason, esta aventura del sensacional abogado funciona solo a medias. La ninfa nadadora, más veleidosa e inconstante que negligente si buscamos la precisión, nunca termina de tener ni el interés ni el misterio que se le atribuyen, y el resto de personajes que se reparten la función menos aún. Es raro que a Gardner le falle precisamente esto, pero es superior la fuerza de la original situación a la que debe hacer frente Mason: su propia cliente, y su alocado proceder, será el mayor enemigo en este caso.


Da la sensación de que Gardner escribió esta aventura un poquito con el piloto automático. Mason aparece tan brillante como siempre, pero al no estar los oponentes a la altura (en esta ocasión ni tan siquiera cuenta con la oposición del teniente Tragg) sus destellos de ingenio brillan con menos fulgor. Della Street, su secretaria, no aporta nada nuevo en su papel de fiel compañera de aventuras aunque su sola presencia sea un regalo (ya, ya, esto último es odiosamente parcial por mi parte). Bueno, eso sí, se da un pasito más en ese continuo juego en que se mantiene al lector sobre si serán finalmente pareja o no, si bien a mí no me cabe la menor duda de que lo son aunque Gardner jamás lo haga explícito. Y el detective Paul Drake, colaborador habitual de Mason, pues eso: repitiendo los gestos, las posturitas y el papel de novelas anteriores. Es normal y de agradecer que en una serie de novelas con los mismos protagonistas se repitan esquemas narrativos: en el fondo es siempre lo mismo con variaciones. Los personajes ganan en credibilidad al tiempo que el lector se siente recompensado por el rápido reconocimiento de los mismos. Depende pues de la inspiración del momento o del desarrollo más o menos brillante que haga el autor que el resultado final sea satisfactorio o no. Aquí lo dejaremos en un regular, pues aunque Gardner no está a la altura de otras ocasiones, esta aventura de Mason se lee en un ratito, entretiene de manera honesta y, tampoco se puede negar, algún truquillo se guarda el autor en la manga para mantener en todo momento vivo el interés.

Interés que en este caso viene dado por, como he dicho, el impredecible proceder de la joven clienta de Mason que pondrá a este una vez y otra contra las cuerdas, más que sus poco inspirados antagonistas. Y por la astucia con la que Mason va salvando los obstáculos, por supuesto.


El caso de la chica vacilante (The Case of the Hesitant Hostess, 1953). Número 41 de la serie.


Los personajes están mejor definidos que en la anterior, lo cual deviene en que la aventura resulte más interesante. La trama es compleja, por lo que Gardner procura que, por medio de conversaciones, todos los pasos e hipótesis queden claros al lector. Esto provoca que en ocasiones estos diálogos sean un tanto repetitivos y artificiales: más que conversar, los protagonistas repasan en voz alta el caso. No molesta demasiado, pero en el caso del gato traviesillo Gardner supo ser claro y preciso sin que se le notaran tanto los trucos.

Gardner estructura la novela de forma distinta a las otras tres. Ya no se trata de la presentación de un suceso chocante o extraño, la primera exposición del caso, la aceptación del mismo por parte de Mason, la petición de habeas corpus para su cliente, la investigación, el juicio y la pertinente explicación final. Entramos de lleno a mitad del juicio de rigor y así vamos enterándonos de lo sucedido. La investigación se lleva a cabo en un receso del juicio, por lo que de nuevo Perry Mason y los suyos (Della Street y Paul Drake) actúan con poquísimo tiempo para resolver el misterio y los hechos se muestran, como es habitual, nefastos para su defendido.

Este planteamiento estructural juega a favor de la novela, pero también el ambiente en el cual se desarrolla gran parte de la historia: garitos ilegales de juego, antros de dudosa reputación, chicas misteriosas de comportamiento cuando menos equívoco y hombres de billetera gruesa y nula moral.

A la contra tenemos que el teniente Tragg ya no es tan hostil a Mason. Incluso este deja que Tragg propine una tremenda paliza a un malote: no solo consiente, sino que se vuelve para no mirar. Cierto es que tienen sus razones para actuar así, pero este Mason no parece el mismo, el defensor a ultranza de los derechos civiles sea uno culpable o no. Es él quien, por desgracia, se muestra vacilante ante la ley.



GARDNER, Erle Stanley. El caso del gatito imprudente. Traducción de Julio Vacarezza. Madrid: El País, 2004. 266 p. Serie negra; 26. ISBN 84-96246-87-6.

GARDNER, Erle Stanley. El caso de la heredera solitaria. Traducción de Carmelo Saavedra Arce. México, D. F.: Editorial Cumbre, 1957. 181 p. Laberinto.

GARDNER, Erle Stanley. El caso de la ninfa negligente. Traducción de Anna Muria. México, D. F.: Editorial Cumbre, 1956. 173 p. Laberinto.

GARDNER, Erle Stanley. El caso de la chica vacilante. Traducción de Ramón Margalef Llambrich. Madrid: El País, 2004. 267 p. Serie negra; 10. ISBN 84-96246-71-X.


martes, septiembre 02, 2008

Algunas mujeres no esperan (1953), de A. A. Fair (Erle Stanley Gardner)



Como queda bien claro en la portada, A. A. Fair es el sobrenombre bajo el cual Erle Stanley Gardner firmaba sus obras correspondientes a las aventuras de la pareja de investigadores privados Bertha Cool (B. Cool) y Donald Lam. Esta Algunas mujeres no esperan (Some Women Won't Wait, 1953) corresponde al número 14 de la serie.

Quiero detenerme un poco en comentar los dos personajes protagonistas, un verdadero acierto creativo de Gardner y el motor sobre el que sustenta esta chispeante novela.

Ella, Bertha Cool, es la terrible jefa, de carácter arrollador, tan decidida como impetuosa. Él, su joven socio, es un hombre tranquilo, de ademanes y espíritu pausados y prudentes en contraposición a su ágil mente. La suma de estas aptitudes forman un investigador excepcional. Eso sí, algo enamoradizo.

La buena de Bertha no es tan inteligente como el joven Lam, pero que no nos confundan su carácter desabrido y sus modales imposibles: no ser muy inteligente no te convierte automáticamente en un tonto. Al menos no en este caso. El problema está en que para Bertha lo más importante de un caso es cobrar el cheque y obtener los máximos beneficios económicos: pensar es tarea de su socio. He aquí un par de detalles que nos ayudarán a conocerla: “(...), una mujer de ochenta y dos kilos, ojos ambiciosos y ansiosa de dinero” (p. 6); “Bertha era dura como un rollo de alambre de púas...” (p. 7). Y aunque parezca difícil de creer, un encanto en el fondo.

El tono de la narración es muy divertido, tanto por las situaciones como por los personajes. La acción se desarrolla primero en un barco de lujo repleto de ricachones y ricachonas alrededor de los cuales pululan jovencitas y jovencitos ávidos de aventuras. Aventuras de esas que implican cama, champán y ríos de dinero, se entiende, con la posterior boda de rigor: una caza de la fortuna ejecutada sin cuartel. Posteriormente, la acción se traslada a la isla de Honolulú, un ambiente relajado y sensual donde no por esto deja de habitar el crimen.

La omnipresente diferencia de carácter entre los dos protagonistas, sus enfrentamientos y las jugarretas que se hacen el uno al otro resultan descacharrantes y encantadores. En veinte páginas ya adoras a estos personajes y deseas conocerlo todo de ellos. Pero no solo de los dos detectives: en diez líneas, la secretaria de ambos, Elsie Brand, ya es adorable; la joven viuda víctima de un supuesto chantaje Miriam Woodford (Mira) y su amiga Norma Radcliff nos fascinan con su alegre inconsciencia y su desatada sensualidad; y el vejete podrido de dinero Stephenson D. Bicknell se nos antoja maravillosamente detestable.

El embrollo criminal, un lío de narices como está mandado, engancha y se sigue con interés. La excitación que se apodera de los personajes en el barco, esa atmósfera tan de película de los años cuarenta de crucero atiborrado de ricos y tramposos compartiendo una especie de fiebre colectiva, resulta admirable en su descripción de manos de Gardner.

Y en la isla la locura se multiplica. Su ambiente relajado y sensual está reflejado de manera intensa. No solo se contagia del mismo la avariciosa y agria Bertha, que acaba bailando al ritmo de la música de la isla con una copa en la mano y muchas más en el cuerpo, sino también el lector. O al menos yo, qué os voy a decir.

Gardner, quizá escudado por el seudónimo, nos regala encendidas descripciones de los cuerpos bajo el calor, la playa y el desenfreno propio de quienes piensan poco en lo que derivará de sus locuras.

En conjunto, una novela ágil, muy divertida y entretenida al máximo. Gardner es conocido por ser el autor de las excelentes aventuras del abogado Perry Mason, pero creedme si os digo que son las de los magníficos Cool y Lam las que de verdad me han enganchado a él.



En esta ocasión, los dibujos de portada y contraportada, al contrario que en las dos novelas de la colección Laberinto comentadas justo antes de esta, sí tienen relación con el contenido, si bien la chica que aparece en la ilustración de la trasera viste un traje de baño que en la novela pues, la verdad, o no aparece por ningún lado (el traje, digo), o bien está compuesto por mucha, pero que mucha, menos tela...

FAIR, A. A. Algunas mujeres no esperan. Traducción de María Teresa Domínguez de Garza. México, D. F.: Editorial Cumbre, 1956. 199 p. Laberinto.