Protagonizada
por Douglas Selby, fiscal del distrito de Madison County, acompañado en sus
pesquisas por el sheriff Rex Brandon y la periodista Sylvia Martin, esta novela
pertenece a la serie que Gardner creó como réplica o contrapartida a la de su
mucho más popular abogado defensor Perry Mason. El fiscal rompe un huevo (The
D. A. Breaks an Egg, 1949) sería la novena entrega, también la última, de
esta saga, y la primera que leo inaugurando un caótico orden. Si en las novelas
de Mason los malotes eran casi siempre el teniente Tragg y el fiscal de turno,
junto a los criminales de rigor, por supuesto, en las de Selby sucede justo lo
contrario: el trabajo del fiscal se verá entorpecido por las intromisiones de
un jefe de policía, Otto Larkin, ofuscado por el deseo de protagonismo y por la
ambición de llevarse todos los méritos de la resolución de los casos, y un
abogado marrullero y liante, A. B. Carr, tan inteligente como despiadado.
Da
la sensación de que Gardner, abogado de profesión, quisiera con esta serie
mostrar la cara positiva de los fiscales, redimirlos de los ataques sufridos en
sus novelas de Mason. Incluso se suceden las bromas a costa del habeas corpus que pueden solicitar los
sospechosos, siendo este procedimiento la piedra de toque del proceder de Perry
Mason. Y al igual que este se las pasaba flirteando con su secretaria Della
Street, el bueno de Selby hace lo propio con la periodista Sylvia Martin,
aunque a todas luces su flirteo resulta mucho menos velado. Selby es más
aburrido y soso que Mason, pero desde luego sabe llevar mejor a las mujeres que
el impulsivo abogado defensor.
La
novela es puro entretenimiento de calidad, solo que en este caso Gardner nos
ofrece su creación menos interesante, a mi gusto muy por debajo de las
aventuras de Mason y en especial de las delirantes peripecias de Bertha Cool y
Donald Lam, mis favoritos, no lo puedo ocultar. Sobre ellos ya comenté en otras entradas dedicadas a Gardner. Aquí toda la trama resulta en exceso esclava del
embrollo habitual en este tipo de relatos criminales, y si bien el dibujo de
personajes es excelente como siempre en Gardner, se acaba echando de menos que
se detenga más en ellos, en su personalidad y en por qué hacen lo que acaban
haciendo, preocupándose más de a qué endiablada hora lo estaban haciendo.
El
sheriff Brandon se nos presenta como un hombre de acción que pierde la paciencia
con suma facilidad ante las triquiñuelas legales. Un bonachón con carácter
irritable y gruñón que, pese a los esfuerzos de Gardner por hacerlo simpático
al lector, resulta profundamente desagradable: uno lo imagina capaz de cometer
algún delito peor que los de los criminales perseguidos por él en aras de la
justicia. Está claro que es el compañero perfecto para el tranquilo y racional
fiscal Selby, es lo típico y ya copiado hasta la saciedad de dos compañeros
unidos hasta las últimas consecuencias por una causa común con personalidades
opuestas, buscándose en él la identificación del lector de a pie, que tendría
más complicada la empatía con el en ocasiones gélido Selby, siempre racional y
cumplidor de la ley a rajatabla, siempre tranquilizando al sheriff y
permaneciendo en un discreto segundo plano. Para mi gusto, Brandon no pasa de
ser un bruto en apariencia bienintencionado, pero demasiado dispuesto a
saltarse la ley y resolverlo todo a puñetazo limpio. Lo típico para quienes
pensar no pasa de ser un doloroso esfuerzo evitable.
Aun
así, quiero dejar claro que esta es una impresión en exceso subjetiva, y que en
cualquier caso me parece genial que una novela cuyo objetivo sea tan solo
entretener pueda dar lugar a un debate que otras más sesudas no logran ni a
palos. En fin, nos lleva a pensar y plantearnos cosas. Otros escritores hacen
de esto su bandera y no pasan de escribir panfletos de manual.
Lo
más interesante de la historia, volviendo a la novela en sí, acaba siendo el
malo. Ya sabéis: qué sería de los héroes si sus némesis no estuvieran a la
altura. Este malvado, el abogado fullero y de maneras exquisitas A. B. Carr,
borra del mapa a todos los personajes en cuanto aparece. De una inteligencia
sorprendente y vivaz que logra la admiración del propio Selby, es un claro
ejemplo de la mano maestra de Gardner a la hora de crear personajes de fuste. Y
de su mismo inteligente proceder: la mejor manera de mostrar la valía de sus
protagonistas positivos es que los negativos estén a la altura. ¿Qué mérito tendría
derrotar a un puñado de tontos? Lástima que al final, exigencias del guion,
también acabe perdiendo un tanto los papeles.
En
fin, de lo más flojito que he leído de Gardner, demasiado X estuvo aquí a tal
hora y B hizo esto otro, más Z se encaminaba hacia aquí y de repente aparece un
Y que lo lía todo más para que entonces llegue C y le dé sentido a todo. Pero
se lee en dos ratos, no cansa jamás y nunca promete más de lo que da. Esto
último, creedme, lo valoro en lo que verdaderamente vale: leer a Gardner es
todo un baño de aprender a cómo saber escribir con oficio y honestidad.
GARDNER,
Erle Stanley. El fiscal rompe un huevo. Traducción de Carmelo Saavedra Arce.
México D. F.: Editorial Cumbre, 1957. 168 p. Laberinto.





























