miércoles, enero 22, 2014

La maldición de la momia: relatos de horror sobre el antiguo Egipto (1878-2006)



Lo digo desde el principio para que no haya equívocos ni confusiones: el antiguo Egipto no me importa un soberano pepino. Bueno, a lo mejor estoy exagerando, ¿a quién no le fascina la visión de esas tumbas semienterradas en la arena ocultando maravillosos secretos y tesoros? Si me aparto de la lista de las dinastías y todo comienza a entenebrecerse con un vendaje enmohecido que hiede a ácido fénico, una figura que avanza robóticamente envuelta en él con los brazos hacia delante y el rostro para siempre ya de Boris Karloff adivinándose bajo la sucia tela, entonces todo es distinto. En fin, para qué adornarlo: lo que me gusta, lo único que me gusta del antiguo Egipto son las cosas que dan miedo. Por eso al abrir este voluminoso libro que no me terminaba de convencer del todo y leer la introducción, No despertéis a los muertos: el mito de la momia, obra de su compilador Antonio José Navarro, quedé atrapado al instante. Su repaso por las raíces antropológicas, históricas, míticas, literarias, cinematográficas y seguro que algo más que me dejo por el camino acerca de la tumbífera criatura es fantástico. Desde el uso medicinal al que fueron sometidas en algunos momentos hasta su abuso en fiestas victorianas cuyo punto álgido era el desvendaje de una de ellas, hecho este que da pie a uno de los mejores relatos aquí incluidos, y realizando un completo resumen de cómo se hacían en el antiguo Egipto y a qué demonios se debe eso de la maldición que las envuelve de forma más prieta que las propias vendas. Macabro historial que incluye hasta el hundimiento del Titanic como uno de sus más sonados logros. Un aperitivo perfecto que sabe abrir el apetito y que nos lancemos ávidos a la lectura del libro. Y sí, pido perdón por el manido símil entre leer y comer. En fin, que no se concibe mejor objetivo para una introducción, y Navarro lo borda: erudición y diversión en su justa medida.

Tras un breve extracto a modo de frontispicio del Libro de los muertos, De las reminiscencias del demonio, justo el fragmento que dio pie a todas las historias de maldiciones con las que serían castigados los profanadores de tumbas, nos encontramos con Mi noche de año nuevo entre las momias (1878), de Grant Allen. Nada mejor para abrir la antología que un maravilloso y divertido relato en el cual el protagonista se cuela en una pirámide y asiste a la resurrección, por una noche, de aquellos que fueron allí enterrados. Un privilegiado, pues el acontecimiento se da una vez cada mil años. Un banquete espectral que no puede estar narrado de manera más brillante. El humor de Allen es contagioso y estimulante, se burla de todas las convenciones imaginables, entre ellas la de los europeos como faro del mundo que predominaba en ese momento histórico, dándole tiempo hasta de jugar con lo erótico al enamorarse el protagonista de una princesa egipcia nada mojigata. Genial.


El siguiente de la lista es el gran Arthur Conan Doyle. El anillo de Thot (1890) se trata de un modélico relato en el que ya se encuentran casi en su totalidad todos los elementos típicos de las historias de momias: el museo de antigüedades egipcias como marco haciendo las veces de castillo espectral gótico y mansión siniestra victoriana al tiempo, el sacerdote egipcio enamorado que ve pasar ante sí los eones esperando la oportunidad de despertar a su princesa momificada, el protagonista occidental que asiste a la escena entre atónito y curioso y descomposiciones corporales y abrazos de ultratumba en la más pura escuela del romanticismo macabro. Y todo narrado con la fuerza arrebatadora del mejor Doyle. De él se incluye también El pectoral del pontífice judío (1922), en el cual aunque el escenario es el habitual museo, no hay momia, y la historia propone más un enigma criminal que un relato fantástico. Como se indica en la presentación de Antonio José Navarro, bien podría tratarse de un relato de Sherlock Holmes sin el genial detective. Bueno, podría ser, pero si así fuera no estaríamos ante uno de sus mejores casos. Inferior al anterior, no cabe duda sin embargo de que estamos ante un buen cuento, escrito con la clase y la elegancia a las que su autor nos ha acostumbrado. 

Tras asistir sin pena ni gloria a la ceremonia fúnebre de un faraón de la mano de Willa Cather con Un cuento de la pirámide blanca (1892), pasamos a Un profesor de egiptología (1894), de Guy Boothby, en el que más que la parte fantástica, la regresión de una joven a su pasado egipcio y la solicitud de perdón de un espíritu atormentado, lo mejor se encuentra en sus primeras excelentes páginas: la presentación de un hotel de El Cairo con su conseguido aire cosmopolita. Representantes de todas las razas y culturas demostrando que, siendo tan distintos, son iguales ante el oropel y la apariencia. Así pasamos veloces hasta detenernos en Estudio del destino (1898), del conde Louis Hamon (Cheiro), una historia de atmósfera densa y funesta, muy conseguida en su intención de provocar desasosiego e incertidumbre, un buen relato que sufre alternativas recaídas cada vez que el discurso se torna “filosófico”, o más bien patafísico, la verdad. El razonamiento algo pedestre del autor, cargado de palabras altisonantes pero de mensaje y contenidos de una simpleza abrumadora, enturbia en parte el resultado. Sin embargo, la fuerza de la maldición que lo nutre se hace sentir con fiereza, sobre todo en su tramo final, cuando la melancolía da paso a la revelación. Aunque no está conseguido (a la vana palabrería, propia del adivino que era este conde Hamon, “profesión” de la que vivía, hay que sumar una historia de amor que recurre al lugar común palabra tras palabra), la ambientación egipcia primero, hindú después, resultan creíbles y dan consistencia a lo narrado. Si bien lo mejor está en sus primeras páginas, aquellas en las que nos describe ese Egipto fúnebre y terrible del Valle de los Reyes donde el esplendor del pasado se consume entre la arena del desierto y en el cual una joven pasea su dolor irreparable a la luz de una luna ancestral.


Katherine y Hesketh Prichard, madre e hijo respectivamente, firmaban sus historias con el sobrenombre E. & H. Heron. Aquí se incluye su cuento Historia de la casa Baelbrow (1899), todo un relato pulp… ¡antes de la existencia misma de la literatura pulp! Flaxman Low es el protagonista de esta historia, un investigador de lo oculto que vivió en trece aventuras. Esta en concreto lo tiene casi todo: casa embrujada, fantasma rancio, momia y vampiro. La explicación final es una chorradilla como un camión, pero la atmósfera tenebrosa de la casa está más que conseguida, y la noche de tormenta en la que todo el misterio sale a la luz resulta más terrorífica que el propio espectro que la protagoniza. Los Prichard quiebran en algunos momentos las logradas escenas de acción para pasar a otras más tranquilas y explicativas de manera algo brusca y carente de lógica, pero se lee con agrado y el ataque en el desenlace del ser de ultratumba sorprende por su violencia.

La condena de Al Zameri (1901), de Henry Iliowizi, es un magnífico relato sobre la figura del Judío Errante. De prosa poética hasta el arrebato, resulta casi mágico en su descripción de una tierra ancestral y desconocida, terrorífica y misteriosa a nuestros ojos. La historia de Al Zameri nos es narrada con toda la fuerza de su desesperanza y su soledad. Un cuento poderoso, tan bello como desolador.

La momia misteriosa (1903) es el primer relato que le publicaron a Arthur Henry Sarsfield Ward, que dicho así os pasará como a mí: ¿pero este señor quién es? Pues nada más y nada menos que el verdadero nombre de Sax Rohmer, el creador de Fu Manchú, el chino mandarín (o no) malvado por antonomasia, el culmen y el epítome del peligro amarillo. Apenas veinte años tenía Rohmer cuando vio impresa al fin su primera historia. Y hasta aquí llega el interés que pudiera tener este relato en el que lo fantástico cede ante lo detectivesco, bastante torpón en su desarrollo, de una mediocridad notable y carente de la más mínima tensión. De Rohmer también se incluye El Señor de los Chacales (1918), un buen cuento de terror que, lástima, desperdicia muchas de sus páginas en contarnos las maravillas de ser joven y el descubrimiento del amor en un tono torpe hasta el sonrojo. Por el contrario, las apariciones del Señor de los Chacales en forma de anciano esquelético resultan siempre extrañas y sobrecogedoras, y cuando al fin lo vemos dando muestras de su poder todo respira misterio y terror, fantástico elaborado y de gran dosis poética en su sencillez.     


El ocultista, escritor y teósofo Charles Webster Leadbeater nos deja en El templo abandonado (1911) un relato muy en la línea de sus creencias y ocupaciones: esto es, más cercano a la parapsicología que al género que nos apasiona. Aquí, el fenómeno raruno del que se nos quiere convencer de que es real es un sueño compartido entre el protagonista y uno de sus alumnos. Juntos viajan en trance al antiguo Egipto. Cuerpos astrales de un lado a otro, alteración de la percepción y un jovencito en la cama del profesor que nos hace pensar más en las palabras de Antonio José Navarro sobre el autor que en la historia en sí. En fin, estas cosas tan modernas y propias de la New Age.

En realidad más un artículo que un relato en sí, Reyes muertos (1914) de Rudyard Kipling refleja de una manera feroz pero no exenta de una divertida ironía el “mercado de antigüedades” en el que ya por aquellas fechas se había convertido Egipto. Robos y saqueos de tumbas, profanaciones, expediciones enfrentadas entre sí, científicos y aventureros en el mismo lote… Y los turistas, cientos de turistas recorriendo el mismo camino faraónico una y otra vez. Pero todos ellos sintiendo en mayor o menor medida el peso de las ruinas, el influjo de esas pirámides milenarias que nos recuerdan de continuo la futilidad de nuestras existencias y el poder igualador que tiene el tiempo sobre todas las cosas. De los grandes reyes muertos solo quedan ya el polvo y las joyas que ladrones impíos roban sin conmiseración.


A continuación la antología incluye tres relatos y un poema que conforman uno de los bloques que más me apasionó del libro. La maldición de Amen-Ra (1932) de Victor Rousseau atesora un buen puñado de tópicos del tipo de literatura al que pertenece con orgullo, un pulp en toda regla, refrendados además por cientos de maravillosas películas de serie B: una isla tenebrosa, un manicomio, un profesor loco, una mansión misteriosa… Pero todo ello envuelto en una muy conseguida atmósfera macabra, con una lluvia que parece escapar de las páginas del libro y empaparnos el rostro con su gélida furia y un mar embravecido cuyos atronadores ecos resuenan hasta pasado un buen rato después de terminada la lectura. Una ambientación perfecta y un ritmo que mantiene una efervescente tensión en todo momento. Maldiciones egipcias, momias redivivas, un viaje al pasado con una historia de amor y traición entre las pirámides engarzada con precisión y un final trepidante. Rousseau consigue con su narración que, sin dejar en ningún instante de mostrar las raíces en las cuales bebe, dejar bien claro que la literatura pulp en sus mejores logros es sinónimo de fuerza y buen hacer, directo como un uppercut y emocionante como suelen serlo las mejores joyas del género. Tras esta maravillosa salvajada, un bonito y evocador poema de Clark Ashton Smith, La momia (1937). La reseña biográfica de Antonio José Navarro es excelente, aunque en esta ocasión queda en una proporción de cinco páginas suyas por una del autor comentado… Aprovecho y añado que Navarro, en este libro como en otras antologías orquestadas por él, es verdaderamente brillante aunque tenga tendencia a destripar los relatos. De Smith realiza un dibujo preciso y emocionante al tiempo.

Tan breve como brutal, Escarabajos (1938) es un impactante relato de Robert Bloch (publicado en su origen bajo el seudónimo de Tarleton Fiske) acerca de los peligrosos regalos que en ocasiones acompañan a nuestras amigas las momias. Atmosférico y envenenado, es un cuento soberbio que no resulta esclavo de su sorprendente, o quizá no tanto, final. Casi las mismas palabras podríamos utilizar para el intenso Huesos (1941), de Donald A. Wollheim, una filigrana de concisión macabra. Dos relatos que, vale, no es que vayan a hacer historia dentro del género, pero sí que dejan claro que son obras así las que lo hacen grande y que por eso lo amemos.


Si páginas atrás tuvimos a Flaxman Low, El hombre de la calle Crescent Terrace (1946) de Seabury Quinn nos trae al detective de lo oculto Jules de Grandin y su “ayudante” el doctor Trowbridge. Me suelen gustar los relatos protagonizados por De Grandin, aunque en esta ocasión resulta más brillante en los momentos pausados que en los que predomina la acción. La trama que nos plantea no es que resulte muy refinada que digamos, y los métodos expeditivos de nuestro investigador no nos lo hacen muy simpático, pero cuando se encierra en una habitación a contarle sus sospechas y conclusiones del caso a sus compañeros nos desarma. No es este pues uno de sus más interesantes problemas que resolver, pero siempre es agradable y divertido volver a él de vez en cuando.

La maldición de la tumba de la momia (1966) de John Burke es una novelización de la película inglesa producida por la Hammer The Curse of the Mummy’s Tomb, dirigida por Michael Carreras en 1964. Por lo que recuerdo de ella, Burke sigue con bastante fidelidad esta cinta irregular, de ocasionales logros pero decepcionante en su conjunto. Carreras como director estaba a años luz no solo de Terence Fisher, lo cual es algo inevitable, sino de todos los directores que alguna vez trabajaron para él en la productora británica. Precisamente los mejores momentos del filme, las apariciones de la momia, son los más flojos de este relato largo. Resultan carentes de nervio y tensión, tan mecánicos como los movimientos de la criatura que lo coprotagoniza. Sin embargo, Burke es un narrador eficaz y muy entretenido al desarrollar la trama, una historia con no mucho interés pero que su buen hacer mantiene en pie con soltura y consigue que la leamos con moderado placer.


El volumen llega a su final presentando tres relatos de autores en lengua española contemporáneos, dos españoles y un argentino, como muestra de que el género posee grandes valedores en nuestro idioma. El resultado no puede ser más gratificante, pues al menos uno de ellos es una perfecta obra maestra, otro casi casi y un tercero no desentona con lo mejor de la compilación. Así José María Latorre nos trae un relato, La sonrisa púrpura (2006), de evidente tradición gótica, con sus mazmorras, sus pasadizos y sus, más o menos, damas en apuros, con su habitual capacidad para crear logrados ambientes macabros en los que el mismo olor de las páginas transpira putrefacción. Atmósfera malsana y tenebrosa muy conseguida, aunque también con su sempiterna manía de contarnos lo que va pensando y haciendo su protagonista a cada segundo y gesto, lo cual hace perder algo de brío a la narración.

Partiendo de la conocida costumbre social finisecular de realizar fiestas sociales (organizadas por la nobleza y las altas clases sociales más chic), en El relicario de Lady Inzúa (2006) Norberto Luis Romero lleva la anécdota a su terreno, un Buenos Aires recién liberado del dominio de la corona española para caer en el yugo de la nobleza criolla, la cual da muestras de su afectado europeísmo copiando las costumbres más absurdas del viejo continente. Aquí, la de desenvolver una momia como punto culminante de una de estas fiestas de sociedad. Romero funde diversión, esas jovencitas bien preparando el evento, con el horror más descarnado, lo que acontece en la fiesta y sus terribles consecuencias, en un cóctel en verdad genial. Nos mantiene con una sonrisa en los labios hasta que nos la retuerce en su impactante y horrísono desenlace, todo un festival macabro y espeluznante llevado con mano firme y un temple admirables. Una verdadera joya del terror más desbocado narrado con una perfección y un gusto por el detalle bien cuidado sencillamente magistrales. En esta ocasión la momia egipcia es sustituida por una indígena en un giro de guion soberbio. Salvaje y delirante, pero a la vez siempre elegante y preciso, Romero consigue que su relato sea uno de los mejores del libro. Una ambientación perfecta que nos lleva a un final que es toda una bomba de relojería activada por unas niñas malcriadas casi por accidente. Sus descerebrados actos harán las más terribles pesadillas realidad. Y esta locura magnífica de relato se cierra además con una frase final antológica. ¡No podemos pedir más!

Y casi a la misma altura brilla el relato de Pilar Pedraza, Carne de ángel (2006), narrado con esa sencillez pasmosa de la que solo los grandes narradores son capaces. El tono casi confesional hace que hasta podamos tomar por verdadera esta historia de una obsesión enfermiza por las momias beatificadas (Pedraza también se aleja, como Romero, del Egipto faraónico). Ambientado en la época actual, este relato de niñas momificadas espectrales deviene el broche perfecto para cerrar un libro cuya lectura nos ha parecido asombrosa casi en su totalidad.

Una antología excelente, pues, que solo incluye un relato que creo insustancial, de la que da absolutamente igual que de entrada no os interesen lo más mínimo ni las momias, ni el Egipto ancestral, ni el desierto, ni tan siquiera la literatura fantástica. ¡Esto no vale como excusa para no leerlo! Lo bonito de este libro, y esto en gran parte es mérito de Antonio José Navarro por su introducción y la magnífica selección de cuentos, es que nos envuelve en su atmósfera de misterio y extrañeza y acaba resultando una lectura apasionante. 



LA MALDICIÓN de la momia: relatos de horror sobre el Antiguo Egipto. Selección, prólogo y notas introductorias de Antonio José Navarro; traducción de José Luis Moreno-Ruiz, J. L. Velázquez, Amando Lázaro Ros y Miguel Ángel Ávila. Madrid: Valdemar, 2006. 652 p. Gótica; 65. ISBN 84-7702-546-0.

miércoles, enero 15, 2014

Charlie Marlow y la rata gigante de Sumatra (2012), de Alberto López Aroca



Me surgió el interés por la obra de Alberto López Aroca gracias a los comentarios elogiosos dedicados a algunos de sus libros por parte del gran Wolfville en su blog El carnaval del señor Wolfville. Y vaya, qué puedo decir: ha resultado una recomendación que ha devenido un descubrimiento sensacional. Ha sido la primera novela que he leído de Aroca, pero a día de hoy ya puedo decir que no la única.

Para sus historias Aroca se nutre de referencias infinitas, en parte pastiche pero dotando de pleno sentido la expresión mitología creativa, esa forma de entender la literatura y sus personajes como un todo interconectado que naciera en el Wold Newton Universe de Philip José Farmer. Wold Newton es una población inglesa en la que a finales del siglo XVIII, en 1795, cayó un meteorito dotando a su población y a sus descendientes de poderes sobrenaturales. Esta familia fantástica estaría formada por todos los héroes y villanos que nos han dejado la literatura fantástica, los cómics, las series de televisión y todo aquello donde surja un personaje que pueda incluirse sin temor ni prejuicios en este universo loco y referencial. Una súper red en la que cabe hasta el mismísimo Doctor Who, por citar uno que en principio jamás pensaría un servidor que fuera a aparecer por allí (todos sabéis que es un alienígena procedente de Gallifrey). Aunque Aroca no sigue el planteamiento de Farmer de manera literal, sí quizá algo en su esencia, pues en su obra todos los personajes imaginables pueden tener cabida en una cascada de correlaciones que nunca deja de sorprender y divertir.

En la novela que nos ocupa, Charlie Marlow y la rata gigante de Sumatra (2012), esto sucede ya desde el mismo héroe mencionado en el título, ese Marlow protagonista de varias novelas de Joseph Conrad (la más famosa de ellas El corazón de las tinieblas, 1899), pasando por su “secreto” coprotagonista, un Sherlock Holmes al cual ni se alude por su nombre sino bajo el seudónimo de Sigerson, un noruego misterioso, del cual no pasa nada porque revele ahora su identidad pues sí que aparece en la portada del libro. Aroca se vale de esta feble ocultación de su nombre para lanzar un juego al lector ya que desde su primera aparición queda claro quién es en realidad. Continuas y evidentes pistas nos irán dejando claro su yo verdadero haciendo que el juego consista no en adivinar de quién se trata, sino en reconocer los tics más clásicos del detective que nos lo hará presente a cada instante. La narración así está plagada de personajes, hechos, lugares y objetos que aluden o remiten a obras preexistentes. Como he dicho, una auténtica maraña de caminos entrecruzados la cual, y aquí estriba su gran mérito, no se limita a acumular nombres o anécdotas sin más, sino que los enlaza en un puzzle creativo fascinante. Tanto si se conoce su procedencia, lo cual hace que se disfrute de su reconocimiento, como si no, cosa que Aroca no dificulta en ningún momento gracias a un magistral glosario onomástico y toponímico incluido al final del libro en el que el juego entre la realidad y la ficción se multiplica convirtiendo su lectura en una auténtica y erudita delicia.

Pero más allá de estas infinitas referencias, tenemos una fantástica novela de aventuras perfectamente disfrutable aunque desconociéramos todas y cada una de ellas. Y en esto, al menos a mi gusto, estriba su magnífico valor adicional. Porque Charlie Marlow y la rata gigante de Sumatra resulta una historia asombrosa, trepidante y, lo mejor, salvajemente divertida. Gran parte de la acción discurre a bordo del vapor volandero holandés Friesland. Allí se marcan todos los puntos importantes de la trama que se desarrollarán y resolverán nada más y nada menos que en la mítica isla de la Niebla. Todo lo que acontece a bordo del barco no solo es emocionante, sino también desternillante gracias al excelente retrato de los marineros que forman su tripulación, en especial esos magníficos diálogos, casi encontronazos, entre el “misterioso” Sigerson y el capitán Marlow. Una verdadera gozada que consigue mantenernos con una sonrisa continua en el rostro sin que por ello los acontecimientos más terribles y macabros de la aventura se resientan o pierdan su fuerza.


Hay grandes momentos, estando estos comentados entre mis favoritos, pero destacaría también la sencillamente fantástica forma en que Aroca ofrece una solución al misterio real de la desaparición del barco Mary Celeste, una de las ideas más bonitas contenidas en este libro. Y a su malvado de rigor, el tremebundo doctor Severus Magog Sivane, cuyo origen nos retrotrae a los maravillosos cómics del Capitán Marvel (Shazam) creados por Bill Parker y C. C. Beck. Este misterio del Mary Celeste será el corazón de su siguiente novela, la recién autoeditada Los náufragos de Venus, que adelanto ya que me ha gustado más aún que la presente. Aroca sigue construyendo su tupida malla de nexos entre personajes de ficción haciendo que sus novelas la creen a su vez edificando un todo que se continúa de una a otra. Como dice el propio autor: “el conjunto es superior a las partes.” Damos fe de ello, pero dejando constancia de que solo se puede construir un todo magnífico cuando sus partes son tan geniales como esta novela en la que Marlow y Holmes se enfrentan a uno de los casos más extraños con los que jamás se encontrara el celebérrimo detective consultor.


Cuaderno de bitácora del “Matilda Briggs”: cinco ensayos sherlockianos y una carta (2005-2006)


A la manera del Baker Street Journal de los años 40, Aroca ofrece una bonita colección autoeditada de cuadernillos que se inspiran en su presentación en esta mítica publicación. Como su título deja bien claro, este cuaderno está compuesto de cinco artículos dedicados a Holmes y una carta firmada por ese viejo conocido nuestro que es Fu Manchú, además de unos extraordinarios anuncios de la época en la que excelentes profesionales nos ofrecen sus servicios, aunque da la sensación de que tras todos ellos se ocultan los dos mismos y bien conocidos hermanos doylinianos, jeje. Vamos con su contenido.

Presentación: Matilda et Marie. Donde Alberto López Aroca recopila información acerca del ficticio, que resulta tal vez no serlo tanto, barco Matilda Briggs, quizá en su origen el Mary Celeste ocultado su nombre por el propio Watson al mentarle Holmes el caso de la rata gigante de Sumatra. Quizá de aquí parta la idea de Aroca de convertirlos en dos barcos bien distintos en su novela Charlie Marlow y la rata gigante de Sumatra y la posterior Los náufragos de Venus, siendo así el primer navío el protagonista del archiconocido enigma y el segundo el que Holmes mencionara en el caso de la rata.

La aventura del ineludible duelo eludido. Donde se especula sobre un posible enfrentamiento entre Holmes y Jack el Destripador, y de regalo todas las obras que han versado sobre este fantástico encuentro. Y también sobre aquellos otros libros que esclarecen el caso del célebre asesino sin nombrar a Holmes o los que explican por qué este nunca intervino en ese caso o por qué Watson nunca lo escribió. Como en el ensayo anterior, Aroca funde erudición, fantasía y realidad en un combinado imbatible que se multiplica aún más en el excelente Mycroft Holmes y algunos agentes del Diogenes Club, donde nos habla de la pertenencia del marino Charles Marlow al espectral club fundado por Mycroft, así como de otros posibles miembros. Y de las extraordinarias asociaciones y concomitancias existenciales de estos entre sí.

En el dueto formado por El problema del Holmes travestido y El argumento del destripador alemán (Algo más sobre el Holmes travestido) se nos explican nuevos detalles sobre el enfrentamiento entre Jack el Destripador y Sherlock Holmes, en concreto sobre aquel que llevó al detective consultor a atraparlo recurriendo al “ingenioso” truco de vestirse de sexy prostituta. El origen de este duelo sin igual está en las dos colecciones (en concreto, en la segunda de ellas) de pastiches alemanes anónimos de principios del siglo XX protagonizados por Holmes (de los cuales hemos podido disfrutar de recientes reediciones comentadas AQUÍ, AQUÍ y AQUÍ). La realidad supera a la ficción en este caso, pues estos pastiches, al ser “traducidos” de manera harto imaginativa por el genial escritor belga Jean Ray, dieron origen al Sherlock Holmes americano: Harry Dickson.

El cuadernillo se cierra con la pieza que más me ha gustado de las seis que lo conforman, a mi gusto una pequeña joya. El mundo volverá a saber de mí es una carta de Fu Manchú dirigida a Mycroft Holmes. Con Charlie Marlow de protagonista, adelantando detalles de la aventura conjunta que este vivió con Sherlock y que Aroca nos relatará seis años después, y con el terrible destino pergeñado por el genio oriental del crimen para el marino conradiano (aroquiano convendría decir en esta ocasión). El tono entre sardónico y admirativo, respetuoso e insultante a un tiempo de la misiva se nos antoja de fantástica factura, tanto en su forma como en la sucesión de hechos que en ella nos relata. La manera en que Fu Manchú, siempre correcto y educadísimo, nos acompaña de la mano con una sonrisa humilde y servicial hacia el corazón del horror es magnífica.


La rata gigante gigante de Sumatra en el oeste (2012)


Y para terminar, y como complemento a la novela que abre este comentario, recomendamos vivamente la lectura de este relato (firmado con el sobrenombre Norm Eldritch) ambientado en el salvaje oeste con un chino, inspirado tal vez por ese otro que aparecía en El circo del Dr. Lao (1935) de Charles G. Finney, que se presenta en un tórrido pueblo típico de ese oeste mítico que para nosotros nace más del cine que de la literatura con un carromato de monstruos en cuyo interior transporta un ejemplar de la terrible rata gigante de Sumatra. Protagonizado por los posibles descendientes del mismo Robinson Crusoe, el despiadado pistolero de pétrea mirada Fred Porlock con su Winchester 73 (una creación de Arthur Conan Doyle que aparece de forma intermitente en la obra de Aroca), el mentado chino misterioso, el obtuso sheriff Reed Brooks y el rufianesco señor Cosgrove. Muy entretenido, funde a la perfección una historia del más puro far west con una trama de robos trufada de criaturas imposibles. Lo fantástico rasga el plomizo y seco viento del desierto y el polvo levantado por las botas de cuero se apelmaza en la atmósfera de la sala de lectura de nuestra mansión de forma inevitable. Aroca domina este tono donde lo fantástico juguetea con la comedia sin abandonar u olvidarse de la emoción y la tensión de la historia.

Podéis haceros con estas tres maravillas y otras fruto de la imaginación de su autor en este blog donde las tiene a la venta: AQUÍ.


LÓPEZ AROCA, Alberto. Charlie Marlow y la rata gigante de Sumatra: una aventura de Sherlock Holmes en 1893 con la solución al misterio del “Mary Celeste.” Ilustraciones de cubierta e interior: Sergio Bleda Villada. Madrid: Alberto López Aroca, 2012. 303 p.

LÓPEZ AROCA, Alberto. Cuaderno de bitácora del “Matilda Briggs”: cinco ensayos sherlockianos y una carta. Albacete: Academia de Mitología Creativa “Jules Verne” de Albacete, 2006. 52 p.

ELDRITCH, Norm. La rata gigante de Sumatra en el oeste. Traducción de Alberto López Aroca; ilustración de portada de Sergio Bleda. Madrid: Academia de Mitología Creativa “Jules Verne” de Albacete, 2012. 48 p. Bisonte futuro; 95.


sábado, enero 11, 2014

La casa y el cerebro (1859), de Edward Bulwer-Lytton



Ardía en verdad en deseos de leer este cuento del muy popular, en su época, escritor londinense Edward Bulwer-Lytton (1803-1873). Presentado como “uno de los mejores relatos de casas encantadas jamás escritos” por el mismo Lovecraft o “la mejor historia de fantasmas en lengua inglesa” por el no menos imprescindible Lafcadio Hearn, ya me contaréis quién podría resistirse. En una edición cuidada y elegante como es habitual en Impedimenta, su lectura no os entretendrá más de media hora, quizá la única pega que pudiéramos poner: ¡queremos más! Puedo decir una vez terminado que, en fin, sin pararme demasiado a pensar, Corazones perdidos (1904) de M. R. James, La historia de la vieja niñera (1852) de Elizabeth Gaskell o La puerta en el muro (1882) de Margaret Oliphant son relatos de fantasmas y casas encantadas que dejan un tanto en evidencia tamañas afirmaciones acerca de este de Bulwer-Lytton, pero al tiempo no dudamos en reconocer que La casa y el cerebro (1859) es un cuento sensacional, con momentos estremecedores capaces de provocar ese espanto que consigue que la tan manida metáfora del escalofrío recorriendo nuestra espina dorsal de puro miedo deje de serlo.

El punto de partida no puede ser más tradicional: dos viejos amigos se encuentran por la calle y uno de ellos le cuenta al otro el horror sufrido al alquilar con su esposa una casa encantada y tenerla que abandonar echando chispas a las tres noches de permanecer en ella. El otro, intrigado al máximo, le pide la dirección y se presta a tomarla en alquiler él mismo. Tiene experiencia en casas encantadas y nada le puede atraer más que ser capaz de dar con una que lo esté de verdad. Y hala, manos a la obra y con su criado y su perro allí lo vemos pocas páginas después presto a pasar una noche en la terrorífica casa. Justo la llegada a esta y lo que sucede en esa noche fatídica compondrán el corazón del relato, que en su primera mitad ofrece toda una galería de horrores y apariciones espectrales de antología. Bulwer-Lytton detalla con maestría cómo el protagonista toma posesión de la casa con sus compañeros, lo cual sirve para que conozcamos todos sus rincones y ya se empiecen a dar los primeros sucesos paranormales. Caerá la noche y entonces se desatará una verdadera ordalía infernal que tomará carácter de alucinada pesadilla consiguiendo los más brillantes, por oscuros y terroríficos, momentos de espanto que harán que esta primera mitad del relato se pueda medir cara a cara con los tres citados. Lo prodigioso y lo sobrenatural crearán una atmósfera de horror difícil de soportar hasta para nuestro valiente narrador, el cual contemplará atónito todo un festival de prodigios espeluznantes desplegarse ante sus ojos. Y nosotros con él.


Tras estas magníficas páginas, una vez pasada la terrorífica noche, observé que aún ni me encontraba en la mitad del libro, así que me las prometí felices, pero entonces es cuando llega el turno del cerebro del título, la hora de las explicaciones, esas que sobran aunque ya sabemos que no suelen faltar. Bulwer-Lytton desarrolla una de esas teorías dedicadas a dotar de sentido a los fenómenos paranormales tan en boga en aquella época y al espíritu del autor, y que aún hoy en día podemos leer incrédulos en las revistas y libros dedicados a tan fantasmal cuestión. Si bien la búsqueda posterior en la casa maldita del origen de la infección fantasmal no dejan de atesorar una fuerza espectral contundente, las mentadas explicaciones se leen con el mismo interés que las que se dan en las novelas de crímenes cuando se junta a todos los sospechosos en una habitación y venga, a estropear todo el misterio y la intriga en la que nos han tenido sumidos. Esto no resta valor al conjunto, que conste, pero tras caminar de la mano del horror no resulta tan placentero pasear silbando las melodías de la parasicología más estrambótica. Bulwer-Lytton era un férreo creyente en las mismas, no hay sorpresa pues, pero sí un poquito de bajón tras haber degustado las delicias del mejor fantástico espectral.

No dejamos de recomendar vivamente su lectura, por descontado: solo por esa excelente primera parte ya merece toda nuestra atención. Un puro hervidero de imágenes que permanecerán toda la noche posterior a su lectura consiguiendo que nuestro sueño se llene de pesadillas, todo un muestrario de lo que el género estaba desarrollando y adelantando casi todo lo que vendría después. Si bien en su conjunto no es un relato perfecto, sí que afirmamos sin titubear que resultará inolvidable.


BULWER-LYTTON, Edward. La casa y el cerebro: un relato victoriano de fantasmas. Introducción y traducción de Arturo Agüero Herranz. Madrid: Impedimenta, 2013. 101 p. ISBN 978-84-15979-02-9.          



jueves, diciembre 26, 2013

Law Space: de Venus al infinito


  
Tenía ganas de leer alguna novela de Enrique Sánchez Pascual (1918-1996) más que nada porque con semejante galáctico sobrenombre, Law Space, todo invitaba a ello. Animado además por el excelente artículo a él dedicado de José Carlos Canalda en su La gran historia de las novelas de a duro, como ya he dicho en más de una ocasión todo un referente para mí en lo que a bolsilibros se refiere, estaba convencido de que me resultaría al menos entretenida la lectura de estas dos novelas que a continuación comento. Ay, vano sueño y amargo despertar: ambas han supuesto una sonora decepción. Pero vayamos por partes y en orden.

Intriga en Venus (1984) es una novela negra disfrazada de relato de ciencia ficción en la que si no fuera porque de vez en cuando se nos recordara que la acción transcurre en la ciudad de Venusville, ni nos enteraríamos de que nos encontramos inmersos en una historia del futuro. Persecuciones en coche, tíos duros en moto, tiroteos a ritmo de ametralladora, familias ricas envueltas en asuntos turbios, inspectores de policía de los de toda la vida, un robo de joyas más habitual aún, cementerios y panteones siniestros imaginamos que por si acaso la novela acababa publicándose en alguna colección de terror cubriendo así todos los flancos… En fin, decepcionante esta obra de Law Space, como he dicho, de trama aburrida y cansino desarrollo. Un lugar común tras otro sin la capacidad de provocar el más mínimo interés, y una falta de sentido del humor y una seriedad tan grandes que solo ayudan a que el sopor aparezca tras cada página cercando nuestra vigilia sin piedad.


Aventureros del infinito (1982) es un evocador título que esconde una novela algo anodina, aunque comparada con la anterior al menos esta no se nos cae de las manos, como suele decirse cuando a uno no se le ocurre una expresión mejor. Que sea una historia de venganza espacial algo rebuscada es un detalle que ayuda poco a que entremos en la trama. Sí que resulta muy interesante la forma en que nos muestra a los humanos del futuro, una civilización que solo busca conquistar el cosmos en pos de uranio y materias primas para abastecerse de energía importándole un soberano pimiento el descubrimiento y conocimiento de culturas alienígenas. De hecho, la que encuentran la esclavizan para beneficio propio. En fin, los humanos tal cual son hoy en día por muchas fiestas navideñas que celebren. Este toque realista y duro con la humanidad presta veracidad a los protagonistas de esta aventura poco aventurera, unos explotadores sin escrúpulos capaces de exterminar una civilización con tal de llenarse los bolsillos. No hay que irse al futuro para ver esto, no hace falta insistir en ello. A mitad del relato los protas cambian en aras de pergeñar la trama de la venganza, y es entonces cuando la novela se desinfla sin remisión. Tampoco es que hubiera llegado muy lejos, pero Law Space hasta ese momento había dado muestras de ser un narrador cuando menos eficaz si bien poco imaginativo. Lástima que todo se derrumbe enseguida. Sin embargo, sus ocasionales correctas maneras invitan a seguir probando suerte con su obra. Es tan extensa que, de seguro, más de una buena encontraremos.


SPACE, Law. Intriga en Venus. Ilustración de portada: Salvador Fabá. Barcelona: Bruguera, 1984. 93 p. Bolsilibros Futuro, Héroes del espacio; 210. ISBN 84-02-09281-0.


SPACE, Law. Aventureros del infinito. Ilustración de portada: Miguel García. Barcelona: Ediciones Ceres, 1982. 93 p. Novelas ECSA, Héroes del espacio; 130. ISBN 84-85626-56-7. 

jueves, diciembre 19, 2013

Miss Marjorie (2013), de Mayte Alvarado



Esta va a ser una carta de amor con todas las de la ley, aviso. Al principio intentaré ponerme así como serio y tal y cual, pero ¡bah!, para qué os voy a engañar. Llevo varios días pensando en cómo enfrentarme al comentario de este libro arrebatador sin que el texto se convierta en una sucesión de adjetivos admirativos tendentes al infinito, pero el infinito me absorbió. No he podido evitarlo. Me he enamorado. Menos mal que los libros no son celosos y permiten que uno sienta amor por muchos, porque si lo fueran estaría perdido.


Miss Marjorie es el tercer libro publicado por El Verano del Cohete, una editorial independiente que este mismo 2103 está a punto de cumplir su primer año de vida. Libros cuidados al detalle y con mimo, convirtiendo el objeto en obra de arte y haciendo de su lectura toda una experiencia sensorial: la vista, el tacto, el olor que desprende la hoja manchada de tinta… ¡Qué pocas cosas se pueden equiparar a este placer! Tras la novela de Rui Díaz ilustrada por Ana Sender Los turistas y el poema de Goethe El Rey de los Elfos interpretado por los dibujos de Borja González, llega el turno de Mayte Alvarado, la tercera componente de esta tríada magnífica que promete más maravillas para el año que viene y esperamos que por muchos lustros más. Mayte ya nos había regalado muestras de su arte en forma de fanzine con Historias mínimas, dos entregas que consistían en breves cuentos narrados a través de dibujos. Ni una palabra, pequeñas películas mudas que ya nos habían impactado por su gran capacidad de lograr trasladar su mundo en imágenes de poderosa belleza y una tremenda capacidad de sugestión. Después vendría Livianas (2012), otra pequeña joya en la cual Mayte experimentaba con la palabra y sus ilustraciones adelantando este Miss Marjorie que, no puedo esperar más a decirlo, me parece su obra más conseguida y perfecta. Uno siempre espera más de aquellos a quienes ama, pero esto no es una obligación para el ser amado. Mayte Alvarado nos ha dado más de lo que esperábamos. Y esperábamos mucho.    


El tono nos sumerge irremisiblemente en una película muda de Fritz Lang, con sus Mabuses locos y sus vampiros asesinos, o de Georg Wilhelm Pabst, con sus destripadores enamorados y sus ninfas con el rostro de Louise Brooks, con sus calles empapadas de lluvia y oscuridad reflejando las sombras de los torturados personajes. Pero también en su frenesí narrativo y en su romanticismo alejado de tópicos. Miss Marjorie es una historia de crimen, un relato negro manchado con la sangre de muchas víctimas, pero también es la historia de un amor que surge de la soledad y la huida y que se desarrolla en el campo de batalla del género fantástico con un resultado soberbio. La fuerza de las ilustraciones casi hacen innecesarios los textos que nos ayudan a avanzar en este relato iluminado por la incontenible belleza de los dibujos de Mayte, que aquí más que nunca transmite delicadeza y horror, poesía y pesadilla con una candidez y un arrobo adorables. ¡Cómo no amarla! Porque esa voz nos narra la historia como si se tratara de un cuento infantil, de cuando estos eran atroces y hermosos. Y a su vez adulta, con el desgarro que los años imponen a nuestra mirada de niño.

Lo leo una y otra vez. No puedo cansarme. Mis ojos se pierden en la mirada de Miss Marjorie y pienso a veces que ojalá yo pudiera llamar a una puerta y conocerla. Quizá no bailaría, soy muy torpe, ni le regalaría flores, soy demasiado arisco, pero sí que velaría su sueño. Cuando ella no pudiera verme, cuando los sentimientos no tuvieran que ser mostrados. Y en mi duermevela soñaría que le leo un cuento, que le susurro al oído una historia de amor y crimen, de personas solitarias que se encuentran y comparten unos instantes de felicidad allí donde los demás solo verían el horror. Creedme: es un libro mágico. No se acaba cuando abandonas sus páginas. Las imágenes que guarda en él tomarán vida en tu interior y te acompañarán cada vez que cierres los ojos. Y no querrás abrirlos nunca más.



ALVARADO, Mayte. Miss Marjorie. Badajoz: El Verano del Cohete, 2013. (64 p.). ISBN 978-84-616-7135-9.    

viernes, noviembre 29, 2013

La mujer zorro y otras piezas breves (1917-1948), de Abraham Merritt



Segundo libro del gran Abraham Merritt que nos ofrece la editorial Barsoom en su loable labor de recuperación y difusión de todos esos autores de género que tanto admiramos. Ya comentamos la excelente Los habitantes del espejismo (1932) AQUÍ. En esta ocasión, La mujer zorro y otras piezas breves recoge relatos, artículos, poemas, fragmentos de novelas inconclusas… En fin, como su título indica, toda su obra breve literaria, algunos de cuyos títulos aparecieron de manera póstuma (de ahí la fecha indicada sabiendo que Merritt falleció en el año 1943). Un volumen que por su misma condición completista acaba resultando un tanto irregular, pero que sin ninguna duda preferimos así antes que dejar fuera algún texto, cosa que tal vez hubiera ayudado a conseguir un libro más equilibrado pero desde luego menos riguroso. En definitiva, un punto, otro más, positivo para Barsoom por ofrecernos lo que todo lector desea. Esto es: de los autores que nos gustan lo queremos todo, hasta lo malo. Aunque con Merritt lo único malo es que no pudo terminar algunos de sus proyectos.

El mejor ejemplo de esto es la fantástica historia inconclusa La mujer zorro (1946), de la cual el ilustrador Hannes Bok escribiría una continuación y el desenlace, como nos explica Javier Jiménez Barco en su detallado artículo introductorio (un antecedente perfecto), en la que se percibe el conocimiento y el gran respeto que Merritt sentía por la civilización china. Entremezclado con el gusto tan propio del pulp de buscar ambientes y lugares exóticos para localizar sus narraciones, siendo oriente todo un cajón de sastre tanto del que tomar como inventar cosas, Merritt no deja de mostrarse cuidadoso con una cultura que en repetidas ocasiones describe no solo como ancestral, sino como sabia y superior a la nuestra. Hasta cuando aparece algún maléfico gángster chino este demuestra tener más clase, elegancia y sabiduría que sus homólogos de otras nacionalidades, norteamericanos incluidos. El factor exótico funciona a la perfección: el Templo de los Zorros, perdido entre las montañas, desprende todo el misterio y el hechizo de un lugar mágico y prohibido. La leyenda de las mujeres zorro cobra así una fuerza en verdad sobrenatural. Aunque es de lamentar que nos deje con la miel en los labios (si no os gusta le miel, pues pensad en algo que os guste) al no poder Merritt terminarla, supone una entretenida lectura con grandes apuntes fantásticos. Puede que incluso por encima de su muy bien conseguida atmósfera sobrenatural, yo preferiría o me quedaría con ese tenso y escalofriante diálogo que mantienen los dos hampones, uno chino y el otro norteamericano, en el Hogar de las Revelaciones Celestiales, curioso nombre para lo que no es otra cosa que el centro neurálgico del hampa de Pekín. Todo un ejemplo de cómo crear tensión y hacer bullir el interés solo con un juego de miradas, gestos y frases disparadas al ritmo y con la fuerza de un arma de fuego.


El zángano (1934) es otro relato, como el anterior, sobre humanos con capacidad de transformarse en animales… ¡y viceversa! Cuatro amigos mantienen una animada conversación sobre este apasionante y verídico (para ellos) tema intercambiando conocimientos y experiencias. Hasta que uno de ellos relata la más directa: su encuentro con un hombre que podía convertirse en el insecto del título. La increíble capacidad para dotar de dramatismo y tensión a transmutación tal con una sencillez desarmante lo dice todo de Abraham Merritt como excelente escritor de literatura fantástica.

Portales dimensionales y la magia de una civilización ancestral, la china, cómo no, es lo que podemos encontrar en A través del Cristal del Dragón (1917). Se percibe de nuevo el amor y la fascinación de Merritt por su cultura, aunque su prosa es valiosa cuando se impone la aventura y la acción. En este caso, los pasajes descriptivos a lo Lord Dunsany no son tan brillantes. El afán completista del volumen comentado al principio lleva a incluir La senda blanca (1946), un fragmento de un relato ubicado en el mismo universo que el anterior, más o menos. Aquí apenas se describe el acceso por una puerta dimensional interna (una rendija que parece estar “en algún lugar entre el cerebro y los ojos, en su propio cerebro”, p. 97) a un misterioso camino blanco, el cual también ofrece su reverso oscuro. En el cuento precedente el portal de marras estaba alojado en el corazón de una joya valiosísima y extraña robada de la Ciudad Prohibida, Pekín. Lo importante es que estén siempre en sitios raros. Incluso que ni haya sitio concreto y se trate de un estado mental, como sucede en Tres líneas de francés antiguo (1919). Enmarcado en la típica reunión de amigos (uno de ellos el propio Merritt) en la que se cuentan historias increíbles hasta que al final el que ha estado más callado toma la palabra y los deja a todos de piedra con su narración verídica de algo imposible, aquí el autor narra con firmeza y emoción la visión que lleva a un soldado de la Primera Guerra Mundial a vivir una realidad alternativa. Entre el horror de las trincheras podrá acceder a otro mundo donde la belleza y el amor están al alcance de la mano. Merritt insiste en sus historias de accesos y portales a universos paralelos, unas veces plagados de peligros y otras, como en esta ocasión, paradisíacos. A mi gusto, Merritt está más acertado en la descripción del espanto y la atrocidad de la guerra que en el mundo fantástico al que escapa por unos breves instantes el atribulado soldado protagonista. El exceso de almíbar no le sienta del todo bien.


Y con esto nos encontramos ya en la mitad del libro. Justo el sitio donde nos espera el que sin duda es uno de los mejores relatos de esta antología, no por nada era uno de los favoritos del autor: La mujer del bosque (1926). Un magnífico cuento en el que Merritt deja de lado sus visiones y sus puertecitas a mundos exóticos para centrarse en una historia de densa y conseguida atmósfera. Las criaturas feéricas que pueblan el bosque, esos árboles que adoptan formas humanas si tus ojos pueden percibirlas, anhelantes de venganza y justicia, funden en sí a la perfección la fantasía con el horror, la belleza con los sentimientos más básicos forjados en el odio y en una batalla contra el hombre que hunde sus raíces, nunca mejor dicho, en el alba de los tiempos. Terrible y dominado por la oscuridad, pero también bañado por una luz donde brilla el fantástico en su más destilada pureza, La mujer del bosque es un relato tan salvaje como poético. Es la naturaleza desatada condensada en un puñado de páginas.


También es un buen relato El estanque del dios de piedra (1923), a ojos de hoy diríamos que lovecraftiano, aunque no hace falta dilucidar quién influyó a quién. Un enorme y antiquísimo dios de piedra que oculta un espanto imposible, unos náufragos que para su desgracia lo encuentran, un estanque cuyas aguas heladas reflejan la luz de la luna y las cabañas vacías y muertas de una tribu perdida conforman sus sólidos muros. Y todo esto en una isla desierta, por supuesto. Apenas cinco páginas para retratar de manera perfecta el horror.

En el entretenido pero previsible Los habitantes del abismo (1918) podemos encontrar condensados todos los temas habituales de Merritt: civilizaciones perdidas ocultas tras un muro de niebla, construcciones ancestrales más allá de toda comprensión, exploradores y científicos que dan con hallazgos tan fascinantes como peligrosos, fantasía descriptiva detallada… Y cuando nuestro autor deja el peso de la sorpresa a dicha descripción, pierde fuerza. Aquí, la ciudad de los habitantes de ese abismo del título y los habitantes mismos, unas babosas luminosas que, en honor a la verdad, no resultan muy de temer. Contiene un par de ideas excelentes: el descenso al abismo por una escalera vertiginosa que parece llegar al corazón del infierno y el narrador del relato que ha dejado sus extremidades destrozadas en su desesperada y enloquecida huida. Lástima que la velocidad a la que nos son narrados los hechos dificulten la creación de la atmósfera opresiva y terrorífica que la historia pide a gritos. Es entretenido, eso siempre, pero si Merritt hubiera conseguido que ese abismal descenso hubiera sido tan terrible y desasosegante como pretendía, sin duda estaríamos ante un relato magnífico. Tampoco seducen las pocas páginas que llegó a escribir de la continuación de su novela The Face in the Abyss (1923), Cuando despiertan los dioses antiguos (1948): apenas dejan entrever el rostro de un dios antiguo como está mandado y una pelea de enamorados narrada de manera bastante torpe. Es el precio del carácter completista del libro: se rompe la continuidad de excelencia del mismo, pero ya dijimos que lo preferimos así.


El desafío del más allá (1934) consiste en una historia “round-robbin”, esto es, escrita por varios autores en sucesión, cada uno un capítulo o parte, hasta completarla. Confieso que desconocía que se denominaran así. En esta ocasión son cinco autores completando la narración entre los que aciertan, y con diferencia, precisamente los menos conocidos o los que cuentan con menos adeptos convencidos. La escritora Catherine L. Moore abriendo el relato y Frank Belknap Long cerrándolo saben estar a la altura del reto. La primera, dando inicio a la historia de forma sencilla pero atrayente dejando campo abierto y posibilidades de lucirse a su continuador, una generosidad que los tres siguientes no mostrarán en ningún momento. También magnífico Belknap Long cerrando el desastre egotista que habían edificado sus antecesores con una efectiva narración en paralelo donde consigue dar consistencia a toda la trama de forma inteligente, con una carga de mala leche dirigida hacia los humanos y a favor de los extraterrestres (aunque uno de los primeros se salve, no sin ironía), con el que además parodia el fragmento de Robert E. Howard donde, en su más típico musculoso estilo, muestra la primacía física del hombre ante cualquier civilización del espacio exterior o no que se tercie. Howard es el autor del cuarto fragmento, donde de un plumazo se deshace del delirante argumento siniestro y terrorífico de H. P. Lovecraft, en el que su visión oscura y deprimente del destino del protagonista en manos de Howard se convierte en un combate de boxeo interestelar. Con el Hombre como cúspide de TODA la creación, claro. Del profundo pesimismo del maestro de Providence al optimismo sin paliativos del creador de Conan. Atrás queda pues el delirio cósmico terrorífico de Lovecraft, continuación de la habitual en Merritt, autor del segundo fragmento, historia del explorador que encuentra, a ver quién lo adivina, un portal a otro mundo. Y este es el problema: Merritt, Lovecraft y Howard luchan por llevar el relato a su terreno, una lucha de egos descomunal que hacen del conjunto un dislate muy divertido pero al tiempo pesado de leer. Interesa más por jugar a identificar las maneras y los temas propios de cada autor en su parte correspondiente que por la historia en sí, que acaba por no atrapar en absoluto. Si hubieran dado muestras de algo más de humildad, de saberse plegar al bien del conjunto antes que a una demostración y prueba de estilo, estaríamos comentando un relato mejor. Pero esto es lo que hay: nuestros admirados héroes, estos escritores que amamos, también eran humanos y padecían, ay, de sus debilidades. Aunque a veces nos cueste y nos duela reconocerlo. Por esta vez, los más modestos Moore y Belknap Long los derrotaron sin piedad.

La música de las esferas (1934) es otro fragmento que forma parte de la historia colectiva o “round-robbin” Cosmos. Entretenido y sin sorpresas, sirve para llevarnos a la parte final del libro, donde se recogen diversos artículos y poemas de Merritt. Cómo encontramos a Circe (1942) no es sino un cómo se hizo de un artículo arqueológico teñido de magia al tratarse quizá de la base real, el encuentro de unos restos, que confirmaría la existencia de Circe, la hechicera de la Odisea de Homero. Acerca de la brujería moderna (1932) narra la historia de una niña embrujada que es curada gracias al baño de sangre de un corderito recién nacido abierto en canal y atado a ella. Basado en hechos reales, nada más y nada menos. Una muy divertida reseña autobiográfica y dos poemas dan fin a este libro irregular pero imprescindible para completar la obra de Merritt en español. El viaje ha sido accidentado, pero algunas de sus paradas nos han llevado al más maravilloso de los mundos. Por eso siempre valdrá la pena su lectura.


MERRITT, Abraham. La mujer zorro y otras piezas breves. Introducción y traducción de Javier Jiménez Barco; ilustraciones de Virgil Finlay, Hannes Bok y Neal Austin. Bilbao, Madrid: La Hermandad del Enmascarado, 2013. 238 p. Los Libros de Barsoom, Zona Weird; 6. 

jueves, noviembre 21, 2013

EAM # 48-50: un cuervo maldito, alienígenas buscando esposa y marineros con coraje



Continúo escribiendo para la página de cine El antepenúltimo mohicano, aunque llevo tiempo sin poner al día mis colaboraciones aquí en La décima víctima. Hoy voy a cubrir un poco la distancia que lleva del lugar donde me encuentro al sitio donde he dejado atrás a este mi pobre y amado blog, quizá tan maltratado por mí precisamente por ser el sitio que más quiero. Y empezaré enlazando el comentario que escribí sobre una de mis películas favoritas, la amarga pero fascinante El cuervo (Le corbeau), dirigida por el gran Henri-Georges Clouzot en el año 1943. Podéis leerlo  






A continuación, una película por la que siento un gran cariño, una de esas series b que hacen que amemos la ciencia ficción de los 50 con verdadera pasión: Me casé con un monstruo del espacio exterior (I Married a Monster from Outer Space, Gene Fowler Jr., 1958). El título ya es por sí solo una maravilla, pero esta historia de alienígenas que solo buscan infiltrarse entre nosotros para sobrevivir y acaban siendo mejores maridos que los propios humanos es de un encanto irresistible. Yo siempre lo he creído: cualquier monstruo de la galaxia más lejana que imaginéis, por feo que sea, es mejor que el mejor de los humanos. Una película que defienda esta tesis ya tiene ganado mi corazón. El comentario en extenso: 






Y para terminar por hoy, un film que no tiene absolutamente nada que ver con los anteriores salvo que también se trata de una magnífica película: Capitanes intrépidos (Captains Courageous, Victor Fleming, 1937). El relato de Kipling jamás pudo contar con mejor representación en el cine. Una historia de aprendizaje y amistad como en muy pocas ocasiones podremos encontrar: mostrando coraje tanto en la rudeza como en las partes dominadas por la delicadeza de los sentimientos.