lunes, octubre 21, 2013

La krakatita. Una fantasía nuclear (1924), de Karel Čapek


El autor checoslovaco Karel Čapek (1890-1938) es uno de mis escritores favoritos. Su novela La guerra de las salamandras (1936) me parece uno de los grandes clásicos de la ciencia ficción, una obra tan divertida como demoledora donde la condición humana es derruida en una sátira genial. Es sin duda su libro más conocido, pero ir descubriendo poco a poco el resto de su producción literaria es un auténtico placer. La krakatita. Una fantasía nuclear (1924) quizá no sea lo más brillante de su legado, pero sí contiene algunas de las páginas más poderosas de lo que hasta ahora de él he leído. De hecho, las cuarenta primeras son un puro prodigio. Prokop, el científico desquiciado que protagoniza esta novela extraña y excesiva, vaga enfermo y delirante tras sobrevivir a una explosión de la nueva sustancia que ha descubierto, la krakatita, un explosivo con una capacidad destructiva sin parangón. Mutilado y enfebrecido, la narración se desarrolla en estos capítulos iniciales a través de los breves atisbos que su nublada mente nos permite discernir de la realidad. Lo vemos todo por sus ojos ciegos a la verdad de lo que le rodea, abismados como están en la alucinación y el delirio. Construimos los sucesos interpretando el relato de una persona que no es capaz de reconocer lo que le sucede porque a la pérdida de la noción de lo real se une el hecho de que ha perdido la memoria. Toda una locura que Čapek narra con una perfección admirable en su dificultad: las visiones de pesadilla de Prokop conforman un cuadro poliédrico e incoherente sobre el que el lector debe reconstruir lo que ha pasado. Čapek construye su historia en nuestras cabezas haciéndonos creer que la estamos adivinando. Nos arrastra tan alucinados como al propio Prokop en busca de la verdad.

Comenzamos así un relato desesperado en el cual Prokop, y con él el lector, va conociendo retazos de la realidad intentando reconstruir no solo el accidente, el por qué de su estado actual, sino su vida pues no recuerda nada. Las heridas causadas por la explosión lo mantienen como un zombi desorientado que pierde la consciencia a cada momento. Un amigo, o alguien que se presenta como tal, Jiří Tomeš, es el primero en recogerlo y asistirlo tras el accidente, pero enseguida intuimos que su verdadera intención es sonsacar al febril Prokop el secreto de su invento aprovechándose de su estado de debilidad. Prokop ni se entera, el pobre, y parece que poco a poco va confiándole la fórmula de ese invento infernal que le ha explotado en las manos y le ha reventado los dedos. Nunca podemos tener absoluta certeza de lo que ocurre porque, como dijimos, la narración adopta el punto de vista de Prokop y el lector, como él, solo tiene acceso a un puzzle inconexo que va tomando forma muy lentamente. Tras veinte días de sueño Prokop vuelve en sí en la casa del padre de Jiří, un doctor rural, donde ha llegado casi en estado de sonambulismo. Su mente ha quedado colapsada y no recuerda nada, pero enseguida su naturaleza sale a flote a pesar de esto: en cuanto puede, experimenta en la botica del doctor y fabrica… ¡un nuevo explosivo! Un niño travieso en el cuerpo de un científico excepcional que no puede eludir su genio destructivo. La compulsión por hacer explotar todo, la capacidad de con solo tocar cualquier objeto saber su fuerza explosiva, el poder de la materia revelado, la fiebre de la destrucción: la capacidad sorprendente de Prokop es también su ruina.

En la casa del doctor Prokop vivirá unos extraños días de paz, un remanso acunado por la belleza de la hija de aquel. Una bonita, delicada y sensual historia de amor marcada por el funesto designio autodestructivo de nuestro enloquecido protagonista. Porque Prokop comienza a recordar y huye de allí como alma que lleva el diablo. Se suceden entonces los acontecimientos con la velocidad y la compulsión del martillear de una ametralladora: un plan loquísimo de los anarquistas para dominar el mundo, empresarios capitalistas luchando por adueñarse del invento alucinante de Prokop, agentes extranjeros que también quieren hacerse con la krakatita… El delirio parece ya no un resultado del accidente que ha sufrido Prokop, sino el estado latente de una Europa en período de entreguerras que Čapek refleja con una maestría soberbia. A nadie parece importarle el resultado de sus actos, sino tan solo hacer prevalecer sus intereses a cualquier precio. No importa que esto desemboque en una guerra apocalíptica. En este sentido, La krakatita es un retrato tan despiadado de la naturaleza humana como su novela La fábrica de Absoluto (1922), donde la lucha por obtener el poder y el control mundial sin importar las consecuencias es una límpida metáfora de quienes ostentaban, y aún ostentan, el destino de todos en sus avaras manos.

Pero no todo está a tan excelente altura. Prokop es confinado en una jaula de oro, la fábrica de Belttin, donde puede continuar sus experimentos contando con todos los medios para ello pero prisionero en una fortaleza de la que no podrá huir. ¡Y mira que lo intenta! Aparece la figura de una bella princesa y de repente el relato deviene en otra locura distinta: la locura del amor. La princesa Wille (Wilhelmina Adelhaida Maud etc., etc.) se convierte en el objetivo del deseo compulsivo y destructivo de Prokop y la historia pierde ritmo sin remisión. Sus encuentros y desencuentros resultan al final algo cansinos, así que uno no puede sino alegrarse cuando a Prokop, más loco que nunca, le da por ir de un lado a otro de la fábrica, recorriendo todas sus instalaciones, sus inmediaciones y el palacio de la princesa cargado de explosivos de su creación, una bomba humana que recuerda a ese tremebundo anarquista de la novela de Joseph Conrad El agente secreto (1909). Čapek se demora en exceso en este tramo, de un dramatismo pseudo romántico un poco agotador. Pero bueno, su tono delirante no termina de romper por la mitad la novela y mantiene cierta alucinatoria continuidad. En la parte final, la acción vuelve de nuevo a ser compulsiva y las líneas abiertas al principio se van cerrando en un círculo brumoso. La ironía más desesperada se adueña del relato y los hermosos capítulos finales, pura ensoñación y delirio, dan sentido a la palabra fantasía del título. Prokop solo puede recibir ayuda ya de lo divino, y lo divino le dará la mano.

En definitiva, una novela excitante, excelente en su tramo inicial en el cual la huida de Prokop de la explosión que él mismo ha provocado por accidente no puede resultar más angustiosa. Errática en algunos momentos, no deja de ser en su conjunto una locura tan grande como la que vive el mismo Prokop. Un relato extraño que fascinará, como a mí, a los amantes de lo extravagante y lo raro. Quien busque anclajes más realistas quizá deba pensarse con cuidado si emprender el camino de su lectura. Quien se aventure en ella sufrirá grandes tempestades, pero al final hallará el silencio y la belleza. Dicen que tras la tormenta nuclear, cuando ya no permanezca nada de nosotros, solo quedará eso.




ČAPEK, Karel. La krakatita: una fantasía nuclear. Prólogo, traducción y notas de Patricia Gonzalo de Jesús. Córdoba: El Olivo Azul, 2010. 334 p. Narrativas; 21. ISBN 978-84-92698-05-9.    

viernes, octubre 18, 2013

Delirio: ciencia ficción y fantasía, número 2 (junio 2008)


Este número 2 de la revista Delirio se nos presenta enmarcado por una letra de una canción del grupo Led Zeppelin a modo de frontispicio, La canción del inmigrante (1970), y un poema del gran Mervyn Peake, Cuando Dios se hubo cortado las uñas…, cerrándolo. La colección de cuentos da comienzo con El camino de Ecben (1929), una fantasía medievalista escrita por el norteamericano James Branch Cabell. Es un relato plúmbeo del cual sus mejores frases parecieran extraídas de la papelera de Lord Dunsany. Entiendo que los amantes del maltratado género estén locos por buscar ancestros y antecedentes de calidad, pero dudo que este adorno vacío pueda servir para darle lustre. La temática del camino del héroe da para ensayos y darle vueltas a la tortilla intelectual una y otra vez, pero de verdad que ni este ni otros géneros precisan de esta vaselina académica. Un mal comienzo que enseguida se nos olvida porque La República de la Cruz del Sur (1905), del ruso Valeri Y. Briúsov, es una obra magistral, un relato demoledor y espeluznante que supone a mi gusto, este sí, todo un hallazgo. Ya lo comenté en detalle AQUÍ. Solo por él merecería la pena esta segunda entrega de Delirio, pero no se vayan todavía que aún hay más.  

Finis (1906) es un sensacional cuento apocalíptico de Frank Lillie Pollack. Partiendo de una premisa científica imposible (el universo es finito y su centro es una estrella de dimensiones gigantescas: la llegada de su luz al fin a nuestro planeta es la que traerá consigo el desastre), Pollack desgrana con sencillez y gran intensidad los dos últimos días del hombre sobre la Tierra. Los humanos morirán abrasados y la civilización será barrida por un soplo infernal de aire hirviendo. Escrito solo un año después que el magnífico cuento de Briúsov, no alcanza la grandeza absolutamente siniestra del ruso, pero desde luego merece estar publicado a su lado.


Stephen Vincent Benét


Junto a las aguas de Babilonia (1937), de Stephen Vincent Benét, es un extraordinario paseo por un futuro post apocalíptico, el remate perfecto para los dos relatos anteriores. El título que tuvo en un principio, El Lugar de los Dioses, se nos antoja más lleno de sentido que el que ahora presenta, pero fijaos que esta es la única pega que le podríamos poner. En esta historia acompañamos a un joven sacerdote de una tribu primitiva en su viaje al Lugar de los Dioses, el gran Lugar prohibido de los Lugares Muertos, la zona que adivinamos más castigada por la hecatombe final. De manera indirecta iremos descubriendo que la civilización muerta es la nuestra, que esa tribu ancestral en realidad es nuestro futuro y que toda la grandeza del hombre fue asolada por una guerra que acabó con todas las cosas. Benét deviene casi genial al narrarnos el fantástico viaje del joven sacerdote: compartimos con él su miedo y su valor al penetrar en esos lugares vetados donde anidan el misterio, la soledad y los secretos de un pasado imponente. Es el lector el que se adelanta a sus descubrimientos, pues el sacerdote nos cuenta lo que ve describiendo cosas que conocemos de nuestra vida cotidiana pero que para él son extrañas y desconocidas, cenizas de un pasado incomprensible. No hay así sorpresas, sino suspense por conocer cómo se irán sucediendo sus distintos descubrimientos. Una maravilla de emoción contenida servida con mano maestra que, como ya he comentado, cierra a la perfección esta tríada apocalíptica.


Entre medias, hemos podido admirar una muestra de las estupendas ilustraciones que Edd Cartier realizara para The Shadow (La Sombra), el inmortal héroe pulp creado por Maxwell Grant (Walter B. Gibson). Y justo después, tras una presentación del autor por parte de Francisco Arellano, nos encontramos con la narración de la primera expedición a Marte en Los navegantes del infinito (1925), del francés J.-H. Rosny Aîné. ¡Qué bonito título! Con un estilo directo y sin florituras, Rosny Aîné nos planta en el planeta rojo en pocas líneas, una breve introducción plagada de términos raros cuyo único objetivo es obnubilarnos hasta que de repente ya estamos inmersos en el viaje espacial. Este se inicia a modo de narración plasmada en un diario, pero pronto se deja a un lado sin ningún tipo de explicación. El autor no es cuidadoso ni con este ni con otros detalles. A cambio, sí que muestra una apabullante imaginación, sobre todo desde el momento en que los tres aventureros protagonistas pisan suelo marciano. Las extrañas criaturas que allí viven y la imposibilidad de comunicación entre especies distintas hubieran hecho las delicias del mismísimo Stanislav Lem. A mi entender son las mejores páginas de este extenso relato, en las que se sienten con mayor fuerza el espíritu de aventura, la fascinación por el descubrimiento de un mundo asombroso y la sed de conocimientos sin límite de los viajeros estelares. Nuestros tres atípicos héroes acaban por encontrar una especie con la cual sí pueden comunicarse, los trípedos, y el narrador hasta llegará a enamorarse de una de las hembras de la ajena especie marciana. En este sentido Los navegantes del infinito resulta un hermano menor del relato de Porfiri P. Infántiev En otro planeta (que ya comentamos AQUÍ). Bueno, en este sentido y en todos, pues los mejores momentos son aquellos en los que Rosny Aîné más nos recuerda a la magistral obra de Infántiev. Hacia el final la historia deriva en la consabida guerra entre los pobladores marcianos en la cual los trípedos recibirán la ayuda de los tres humanos para conseguir la victoria. Son las páginas más tópicas y menos sorprendentes de un buen relato del que permanecerán en el recuerdo sus estupendas descripciones de un Marte extraño y fantástico. No son sin embargo cualidades de Rosny Aîné el dibujo de personajes con entidad ni la creación de atmósferas. Su imaginación en bruto resulta, pese a esto, suficiente para mantenernos atrapados en su lectura.     



La revista termina con los fragmentos de cuatro cartas de Clark Ashton Smith reunidas bajo el título El árbol genealógico de los dioses (1934-1937), dos de ellas dirigidas a Robert H. Barlow y las otras dos a H. P. Lovecraft. Ashton Smith juega aquí a seguir el rastro de los ancestros y la descendencia de uno de los dioses de los mitos de Cthulhu, Tsathoggua. Se percibe esa mezcla de seriedad y cachondeo con la que se tomaban estas creaciones sus propios autores: es evidente que se lo pasaban, valga la expresión, de miedo. Otra cosa es lo que pase por la mente del lector casual de estos fragmentos, pieza más de una broma privada entre un grupo de magníficos escritores que una obra para ser leída por cualquiera. Una curiosidad, en fin, que entiendo pueda interesar a cierto tipo de amantes de la obra lovecraftiana. No es mi caso: yo adoro a Lovecraft, pero que Tsathoggua se casara con la prima hermana de Cthulhu o no me importa un soberano pimiento.


Tsathoggua en plan New Age
(más ilustraciones de Tsathoggua AQUÍ)


DELIRIO: ciencia ficción y fantasía. Número 2. Junio 2008. Traducciones de Javier Martín Lalanda, “El Nictálope”, Francisco Arellano y Óscar Mariscal; introducciones de Javier Martín Lalanda, André Cabaret, Francisco Arellano y Óscar Mariscal; ilustraciones de Gustave Doré, William Russell Flint, Hannes Bok, Jessie M. King, John May Smith, Frank C. Papé, Mikhail Vrubel, Frank R. Paul, J. Serra y Masana, Matt Fox y Boris Dolgov. La Biblioteca del Laberinto. 157 p. ISSN 1888-5896. 

jueves, octubre 17, 2013

Delirio: ciencia ficción y fantasía, número 1 (diciembre 2007)


Todavía recuerdo la gran alegría que supuso el adquirir este número 1 de una revista dedicada a los géneros literarios que más amamos. Relatos, novelas cortas, artículos y muchas ilustraciones conformando su contenido, Delirio ha conseguido llegar desde entonces hasta el número 11, manteniendo su publicación semestral y todavía en activo. Todo un logro del que nos congratulamos y, por supuesto, disfrutamos. En los tiempos en que este oscuro blog disponía de un breve espacio en la radio le dedicamos nuestro penúltimo programa (AQUÍ), pero quizá estaría bien ir comentando número a número con más detalle. Y a ello nos ponemos, aunque debo decir que no comenzamos con el 1, eso es una vulgaridad impropia de este blog, pues ya lo hicimos con el número 9 (AQUÍ).

La publicación se abre con un poema que casi roza lo mítico por lo conocido que es: Si… (1896), de Rudyard Kipling. A continuación, una Presentación de la revista a cargo de su editor y director Francisco Arellano. Y enseguida el primer relato, El dios de humo (1908), de Willis George Emerson. Una historia que se desarrolla en parte en el interior de la Tierra siguiendo la estela de la magnífica Viaje al centro de la Tierra (1864) de Jules Verne. El cuento de Emerson resulta algo pesadote en su intento de dar soporte científico a la teoría de que nuestro planeta está hueco a costa de aturdirnos con notas a pie de página, las cuales en su mayoría son fragmentos de textos de exploradores polares que servirían de base real a su planteamiento. No deja de ser entretenido, pese a esto, al menos como curiosidad, si bien literariamente el conjunto queda tocado. Quizás lo mejor sean las estupendas descripciones del viaje por los hielos eternos y el descubrimiento de una selva tropical allí donde es imposible que exista algo semejante. Apenas hay progresión narrativa, salvo aquella consistente en el puro avanzar y contar qué se van encontrando los protagonistas por el camino, adoptando las formas de un libro de viajes seudocientífico. A pesar de estos defectos importantes, es un regalo tener la oportunidad de leer una obra que si no se hubiera editado aquí jamás hubiéramos podido leer en nuestro idioma.




El código social (1909), de Erle Cox, es una tosca pero entretenida historia de un terrestre que se lía a distancia con una marciana… ¡casada! Quién iba a pensar que a los habitantes de Marte también les iba esto del matrimonio. Aunque ya deberíamos ser conscientes de esta apetencia alienígena gracias a la película dirigida en 1958 por Gene Fowler Jr. Me casé con un monstruo del espacio exterior. El relato, tal vez de manera inconsciente, nos muestra que los marcianos, pese a sus avances científicos, son tan duros de mollera como los terrestres. Cox sí que consigue, al menos, hacer creíble toda una civilización mostrándonos tan sólo lo que se llega a ver de ella a través de una superficie tal que un espejo. Llegamos a la mitad de la revista, y en esta su parte central podemos admirar los dibujos que Virgil Finlay hiciera para El sueño de una noche de verano de William Shakespeare.  


Tras el tan predecible como prescindible relato El grabado (no se termina de saber si lo escribió un tal William Wibsby en 1905 o bien se trata de una mistificación y su verdadero autor es Philippe Laborde-Castex, que lo pudo escribir en 1995: en ambos casos nos trae sin cuidado), podemos leer un cuento del siempre interesante Antonio de Hoyos y Vinent, El traje milenario (1926). Es una historia prehistórica tan simpática como intrascendente en la que lo que de verdad importa es hacer una gracia a costa de la vanidad femenina. Pero Hoyos y Vinent siempre es bienvenido. Pasamos a Notas de Arkham (1938), que como indica su título son notas y apuntes que H. P. Lovecraft realizara a lo largo de su vida. Ya sabéis que cualquier cosa del maestro nos vale, él está por encima del bien y del mal, así que quizá este sea el regalo más preciado que incluye este número 1 de Delirio. Más que nada por poder indagar con curiosidad implacable en la forma con que Lovecraft apuntaba ideas para cuentos y notas sobre cómo escribir historias de terror.


Plano de Arkham realizado por H. P. Lovecraft. 
Abajo, el plano adaptado por Joseph Morales. No dejéis de leer 
su artículo al respecto en la página web Cthulhu Files (AQUÍ). 


Caminos (1938), de Seabury Quinn, es un excelente relato sobre todo en su primera mitad, en la cual Quinn nos lleva sin aliento sorprendiéndonos de continuo. Hacia el final la previsibilidad de la historia estropea un poco su efecto y alarga demasiado el viaje justo antes del desenlace, lo cual acaba por descompensar el conjunto. Pero es un gran cuento, no lo dudéis. Aunque no tanto, también es un buen relato de terror con toques lovecraftianos Muy por debajo (1939), de Robert Barbour Johnson, en el que destaca de manera especial la fantástica idea de ambientarlo en los túneles del metro. Y llegamos al final de este número con El lecho-leopardo (1904), del que lo único que se puede destacar es que fue el segundo relato que escribiera Sax Rohmer, y con otro poema bien conocido de William Blake, El tigre (1794). Y así he intentado daros mis impresiones sobre el primer paso de un camino, valga la redundancia con permiso de Quinn, que hasta hoy está resultando apasionante: el de la revista Delirio. ¡Que no termine nunca!


 Portada del número de enero de 1938 de la revista Weird Tales
en el cual se publicó el relato Caminos de Seabury Quinn.


Portada del número de junio-julio de 1939 de la revista Weird Tales
en el cual se publicó el relato Muy por debajo de Robert Barbour Johnson.



DELIRIO: ciencia ficción y fantasía. Número 1. Diciembre 2007. Traducciones de Francisco Arellano; ilustraciones de Alphonse Maria Mucha, František Kupka, Charles Rennie Mackintosh, John A. Williams, Eulogio Varela, Virgil Finlay, Harry Clarke, Ernesto Durias, Hannes Bok y Edd Cartier; selección y presentaciones de Francisco Arellano. La Biblioteca del Laberinto. 174 p. ISBN 978-84-935407-6-0.       

martes, octubre 15, 2013

La hija del veterinario (1959), de Barbara Comyns


Barbara Comyns (1909-1992) es una escritora de raigambre realista a la que suelen comparar con Charles Dickens. Más que nada por un rasgo temático común en sus novelas: las vidas desgarradas y llenas de pobreza y miseria de sus protagonistas. Un aspecto mínimo teniendo en cuenta que el estilo de Comyns es lo opuesto al de Dickens. En ella no encontraremos grandes descripciones ni personajes definidos al detalle ni novelas de gran extensión repletas de meandros y desvíos. En fin, lo que todos sabéis que es Dickens. Sí que, como él, también incluye ocasionalmente algún detalle sobrenatural, pero Comyns escribe con frases breves y sencillas relatos inspirados en su propia vida, con un tipo de narración lineal y directa que en nada se asemeja al del autor de la genial Casa desolada (por citar una de mis favoritas de las que de él he leído). En La hija del veterinario (1959) la autora realiza una extraña mezcla de realismo sucio a la inglesa, mirada inocente a la hora de narrar los hechos y fulgurantes e intensos ramalazos de relato fantástico. La sensación final es que algo no termina de funcionar bien del todo: hay demasiada descompensación en los elementos que la forman. Pero su lectura resulta muy ágil y entretenida. Eso sí, sin despertar ningún otro tipo de pasión.

Entre lo que más me ha gustado está la subtrama fantástica, por descontado, que Comyns describe de forma tan breve como eficaz haciendo creíble un hecho que podría haber resultado ridículo, sobre todo en el contexto realista, y además tan vivencial, de esta novela. Lástima que la introduzca muy tarde y que además parezca que su única función sea la de añadir más tristeza y sordidez a la historia, un pretexto para mostrarnos más desvalida aún a su desgraciada protagonista. Hay descompensación no solo entre los diversos elementos que conforman la novela, sino también en el mismo interior de los elementos en sí. Son estos momentos en los que lo fantástico irrumpe arrollador y extraño los más brillantes de la novela. Salvo en su desenlace, en el cual Comyns fuerza tanto la máquina de la desgracia que quizá caiga un poquito en el ridículo.

Me ha encantado a su vez el tono del relato, esa mirada infantil, inocente, que no conoce nada de la vida y se enfrenta a todo con los ojos abiertos y ávidos de conocimiento, pero también ciegos a lo que les resulta ajeno. Es el lector el único que en verdad parece en condiciones de apreciar la penosa vida de la joven protagonista. Ella ha llevado una existencia miserable, así que piensa que eso es lo normal. Su candor es casi suicida. Comyns transmite a la perfección las sensaciones de miedo e indefensión de quien vive en un entorno brutal, pero también cada breve alegría y esos instantes de efímera belleza tan valiosos para quien solo conoce el horror. 

Al final, nos queda la sensación de que La hija del veterinario es una curiosidad de lectura agradable que si bien no termina de florecer tampoco nos fuerza a abandonar. Te la puedes leer en un rato perdido cualquier tarde. No dejará mella en tu recuerdo, me temo, pero siempre puedes pensar en que no lo hará para mal.


(Esta portada de la edición de Heinemann me encanta)




COMYNS, Barbara. La hija del veterinario. Traducción de Catalina Martínez Muñoz. Barcelona: Alba, 2013. 195 p. Rara avis; 6. ISBN 978-84-8428-825-1.

domingo, septiembre 15, 2013

El Rey de los Elfos: Goethe bajo la mirada de Borja González



En tiempos en los que los soportes electrónicos para leer libros buscan imponerse al tradicional en papel, nuestros amigos de El Verano del Cohete (Mayte Alvarado, Borja González- Los Ninjas Polacos- y Rui Díaz) nos regalan los sentidos con la segunda entrega de su gigantesca editorial haciendo inane esta batalla: con libros tan hermosos, tan cuidados hasta el mínimo detalle, en definitiva, realizados con tanto amor, el frío soporte de metal no tiene nada que hacer. Y no es que reneguemos de los tiempos que nos ha tocado vivir: es solo recordar que hay cosas demasiado bellas para dejarlas morir.


¿He dicho gigantesca editorial? Que nadie piense que es porque poseen grandes medios y pueden permitirse grandes tiradas: creo que se entiende que, en mi torpeza, utilizo este adjetivo porque no logro definir mejor la belleza. El breve poema El Rey de los Elfos de Johann Wolfgang Goethe, ilustrado por Borja González, es el libro que acaban de editar. En el fantástico prólogo de Érica Couto (autora de uno de nuestros blogs más admirados: En la lista negra) se nos cuenta todo lo que necesitamos saber de esta balada escrita por Goethe en 1872 a la cual Schubert pondría música.



Tradicionalmente, la imaginería del poema se centra en la figura de ese padre que a caballo se lanza en una huida desesperada con su hijo en brazos escapando del Rey de los Elfos que reclama a la criatura para sí. El Rey, como en el texto original, no es sino niebla, viento, sauce o sombra que surgiendo de lo más profundo del bosque los acosa sin descanso. También, como podéis ver en las imágenes del vídeo que ilustran la canción de Schubert, el Rey nos es presentado en ocasiones como un señor viejo con barba y túnica que más recuerda al dios cristiano que a una criatura feérica o terrible, dejando para sus hijas esta cuestión. Borja González, sin embargo, ha optado por centrar la fuerza y la temática de sus ilustraciones en la figura espectral de ese Rey de los Elfos que no es otra cosa quizá que la misma muerte. Borja no se limita a poner en imágenes el texto, sino que lo reinterpreta y nos ofrece aquello que el poema nos deja solo entrever. El jinete a caballo con su hijo es así tan solo una silueta recortada entre los árboles que galopa incansable, con el Rey de los Elfos y sus tres hijas surgiendo de las aguas escondidas de un bosque fantasmal que alarga sus brazos como ramas y niebla en busca de su botín.


Las interpretaciones del poema han sido múltiples a lo largo de la historia, teniendo en cuenta su importancia como representación destilada de parte de lo que significó el romanticismo alemán, movimiento al que el mismo Goethe aportó una de las obras más importantes, famosas e influyentes del movimiento: la desesperada Penas del joven Werther (1774). Borja nos lo explica en un artículo escrito para el blog de la editorial (podéis, o quizá más bien debéis, leerlo AQUÍ) que además nos da las claves de su trabajo. Un texto fundamental para entender el origen y el por qué de este libro. Y esencial para comprender la decisión del dibujante de elegir reinterpretarlo como lo hace.


Las ilustraciones de Borja González nos hacen más grande, más siniestro, el poema al reforzar y mostrarnos esa imagen del Rey de los Elfos como una entidad poderosa e implacable ante la que solo somos sombras al albur de sus designios. Un Rey espectral que anuncia su presencia con sus fantasmales hijas presto a arrebatar al padre protector su hijo inocente. El paso a la madurez como rito inevitable y doloroso, pero también el tránsito a la muerte como destino ineludible de toda vida. Surgiendo de las aguas estancadas de un lago entre un irreal bosque, su reino de otro mundo, el Rey de los Elfos se alza como una figura terrible y poderosa que devuelve a la Tierra lo que siempre le perteneció.

Esta edición del poema de Goethe de El verano del cohete se presenta con una traducción de David Carril  y con una maquetación exquisita obra de Mayte Alvarado. Sabemos que es pronto aún, pero no podemos reprimir el grito: ¡queremos el siguiente ya! Mayte también es la realizadora del magnífico vídeo de presentación del libro. Con sus hipnóticas imágenes os dejamos.

jueves, septiembre 12, 2013

Cuatro películas y una entrevista para EL ANTEPENÚLTIMO MOHICANO



Recupero aquí algunas reseñas de películas que escribí para la página web dedicada al cine El antepenúltimo mohicano. Se trata de comentarios sobre filmes actuales que, la verdad, no me gusta mucho hacer. Son encargos que me pide de vez en cuando Emilio Luna, el director de la web, y los escribo encantado, pero la verdad es que me escaqueo de todos los que puedo, jajaja. Creo que hay compañeros en la redacción muy superiores a mí en lo que a cine actual se refiere y pienso que no pinto nada entrando en este terreno. Pero bueno, una de las películas me pareció una maravilla y fue, esta sí, un auténtico placer escribir sobre ella. Me refiero a Volcano (Eldfjall, Rúnar Rúnarsson, 2011). Puedes leer lo que me hizo sentir este prodigioso film AQUÍ.    

Para el festival de cine organizado por la página de cine Filmin, el Atlántida Film Fest de 2013, dedicado al cine independiente, me encargaron escribir sobre cinco o seis películas, no recuerdo bien. Al final conseguí librarme del castigo y lo hice solo sobre tres. Dos de ellas me parecieron sendos espantos, cine pretencioso y fatuo realizado, en mi opinión, que como sabéis no vale un rábano, por personas que dudo mucho amen este arte. Más bien creo que lo que aman es figurar como artistas de este arte, no sé si me explico. Tampoco me importa, muchas palabras les estoy dedicando ya. La primera fue Leones (puedes leer el comentario siguiendo el enlace), una tontería mu gorda que consiste en hora y pico de unos niños pijos paseando por un bosque y una playa filmados con la cámara en sus cogotes. Hora y pico de pescuezos andantes, vaya. En fin, intenté hacer un comentario al estilo de la peli: infatuado, pesado, que transmitiera el mismo estado que me provocó esta chorradilla. La segunda fue un poco más de lo mismo. La diferencia era que, contando otra nadería pretenciosísima, esta vez la directora no sabía ni dónde poner la cámara. Por lo que se puede ver, le valía cualquier sitio. L'âge atomique se titulaba la cosa. Siguiendo el enlace puedes leer lo que escribí: estaba difícil pues había poco sobre lo que explayarse. 

Por suerte la tercera me deparó una agradable sorpresa. Aunque Dos (Stathis Athanasiou, 2011) no me terminó de convencer, sí provocó que el director contactase con nosotros para agradecernos la crítica. Decidimos hacerle una entrevista, a lo cual accedió de buen grado, y esto provocó un bonito diálogo en el cual Stathis Athanasiou fue respondiendo a diversas cuestiones, entre ellas varias en las que explicaba con detalle e inteligencia cosas que me habían llamado la atención y otras que a mí no me habían gustado o bien no había entendido de su película. Un auténtico placer leer a alguien que de verdad sí ama lo que hace con pasión. Podéis acceder a mi no muy favorable crítica AQUÍ, pero no dejéis de leer las respuestas de Athanasiou AQUÍ. Además, también sabréis de sus gustos literarios y cinematográficos. Repito: fue todo un placer.  


sábado, agosto 31, 2013

Pioneros de la ciencia ficción rusa (1869-1906)



Es un auténtico placer encontrar libros como este, que se editen y tener la oportunidad de leerlos. En un género dominado en nuestro país por la literatura anglosajona supone un regalo descubrir que la primera historia de amor entre un humano y una marciana pues resulta que quizá sea la que aquí nos cuenta Porfiri Pávlovich Infántiev nada más y nada menos que en el año 1869. Pero hitos de este tipo aparte, que en realidad no tienen más valor que el de la curiosidad, lo fabuloso es descubrir magníficos relatos con más de un siglo de antigüedad que leídos hoy tienen una fuerza impresionante y una capacidad de sobrecoger prodigiosa. Cinco cuentos se recogen en este volumen de los que al menos, y fijaos que estoy diciendo “al menos”, dos de ellos los podríamos considerar obras maestras absolutas del género. Vamos a por ellos.


A. N. Apujtin


Entre la vida y la muerte (1892), escrito por Alekséi Nikoláievich Apujtin (1840-1893), es el primero de la recopilación y comienza de manera genial:

“Eran pasadas las ocho de la tarde cuando el doctor aplicó su oído a mi corazón, acercó un pequeño espejo a mis labios y, dirigiéndose a mi esposa, dijo solemnemente en voz baja:
-Todo ha terminado.
Por esas palabras, yo deduje que había muerto.” (p. 11)

El tono del relato es en su fondo crepuscular y triste: la historia de alguien que ha terminado su vida sin cumplir sus sueños, dejando de lado sus verdaderos deseos por seguir los de sus padres primero, los de su esposa después. Pero al tiempo está entreverado de un fantástico sentido del humor en la descripción de los personajes y las situaciones que se desarrollan en su muerte y durante el entierro. Es como si, de pronto, ese hombre que ya no puede ver de una manera física lo contemplara todo con más lucidez y vivacidad que nunca:

“Siempre odié los bailes y, además, desde mediados de noviembre no me encontraba muy bien y por eso intentaba oponerme con todas mis fuerzas a esas celebraciones, pero mi mujer se obstinaba en organizarlas porque siempre tenía motivos para pensar que asistirían personas de muy elevada posición. Estuvimos a punto de discutir seriamente, pero ella insistió. El baile fue tan deslumbrante como insufrible para mí. Esa velada sentí por primera vez lo fatigado que estaba de la vida y fui consciente de que ésta no se prolongaría ya demasiado.
Toda mi historia se resume en una sucesión de bailes y ahí radica la verdadera tragedia de mi existencia.” (pp. 19-20)

Tras este arrollador comienzo el relato se desarrolla manteniendo este fascinante tono entre lo melancólico, en especial cuando el narrador descubre y revive fragmentos de vidas anteriores, y lo humorístico, cuando está en el presente contándonos el momento de su muerte y el velatorio posterior. Poco a poco va adoptando maneras más reflexivas dándole vueltas a qué es la muerte y a su sentido, o a la falta del mismo, y al porqué de las reencarnaciones y su creencia en ellas: todo el cuento en esencia apoya esta teoría. De ahí su sorprendente final. Sin embargo, en este último tramo Apujtin pierde algo de su fuerza inicial y lo que podría haber sido un divertido y excelente retrato de la muerte se queda a medio camino entre esto y las diversas disquisiciones sobre la misma que lo asaltan. Nos quedamos claramente con lo primero, donde la brillantez de la narración hace inútil tanta reflexión: la acción nos dice más sobre su filosofía de la vida que las páginas que dedica a disertar sobre ella.


En otro planeta


Comenté al principio que Pioneros de la ciencia ficción rusa incluía al menos dos obras maestras del género. La primera (siempre según mi opinión, me gustaría aclarar, que vale lo que un pimiento pocho de esos que de vez en cuando se me estropean en el frigorífico, ejem, y tengo que tirar a la basura) es el emocionante y trepidante relato En otro planeta: tratado sobre la vida de los habitantes de Marte (1869), del mencionado Porfiri P. Infántiev (1860-1913). Es fantástico además porque básicamente consiste en un viaje de conocimiento y aprendizaje, en este caso de la cultura y sociedad marcianas, sin peleas, batallas ni enfrentamientos cósmicos. Una inmersión absoluta en el corazón del otro, de aquel que es radicalmente distinto a nosotros, desde el momento en que el protagonista, para poder visitar el lejano planeta, debe intercambiar su alma por medio de la hipnosis con un marciano. Ambos trocarán así sus cuerpos y podrán vivir bajo la apariencia de quienes no son en un planeta ajeno. Por descontado, si los marcianos resultan horrendos y monstruosos a los ojos humanos, se nos deja bien claro que los alienígenas sienten el mismo espanto físico al ver nuestras birriosas figuras. Lo hermoso de esta historia es que, junto al protagonista, conoceremos y amaremos esta sociedad lejana y extraña, incluso sentiremos el creciente afecto, la atracción y el amor naciente entre un humano y una marciana de aspecto en verdad horripilante pero de admirables carácter y cultura. Nos enamorará su forma de ser. Lo grandioso del relato de Infántiev es que nos arrastrará a aceptar al otro, a la representación más absoluta de lo diferente, hasta este punto.

En otro planeta es un magnífico ejemplo de narración con sentido de la maravilla. Pese a estar cercenado por la censura de la época (nos ha llegado incompleto: fueron eliminados largos fragmentos), su lectura es un auténtico paseo por un Marte fantástico y de ensueño. Es bonita también la secundaria historia del doctor François Rochas, un científico que vive aislado y solitario en las montañas suizas, junto al Mont Blanc. Infántiev resulta sobrecogedor en la descripción de la casa perdida entre los hielos de las elevadas cumbres. Rochas, un trasunto quizá de Nicola Tesla, es el único humano que conoce y disfruta del contacto marciano, al menos hasta que llegue por accidente hasta él el joven protagonista del relato. Sus conocimientos acabarán muriendo con él, dejándonos con esa sensación melancólica y triste de la sabiduría perdida, de todas esas verdades que traerían el bien de hacerse públicas pero que permanecerán ya para siempre sepultadas bajo la nieve eterna e indiferente.


V. Y. Briúsov


Pero si Infántiev ha supuesto un descubrimiento fabuloso, agarraos que ahora le toca el turno al prodigioso Valeri Yákovlevich Briúsov (1873-1924). De él se incluyen dos relatos en esta antología. El primero es La Montaña de la Estrella (1899), un relato pulp escrito casi antes de que estos existieran como tales. Una historia de civilización perdida muy del estilo, y la cito porque es la que tengo más reciente, a la que el gran Abraham Merritt nos describiera en Los habitantes del espejismo (1932). Como el doctor Rochas de Infántiev, aquí también tenemos un viejo explorador y científico con un gran secreto y conocimientos adelantados a su época que muere perdiéndose con su vida su legado. Desde las montañas nevadas y solitarias de Suiza a lo más profundo de la jungla africana, lugar donde se desarrolla la aventura que nos narra Briúsov, la sabiduría de los grandes hombres se deshace en la nada. En este caso el científico es un viejo francés que el joven protagonista encuentra moribundo. Antes de morir le cuenta el secreto que, aunque no se lo ha llevado al final con él a la tumba, también acabará por perderse. Y este secreto alucinante e increíble es el de la existencia de una civilización de origen marciano oculta en un desierto artificial, fugitivos del planeta rojo que acudieron a la Tierra huyendo de su hogar buscando formar uno nuevo aquí. La idea de que un gran secreto, un maravilloso hallazgo, se perderá en el olvido para siempre es fuerte:

“Lo que yo pude ver probablemente no haya sido presenciado nunca por nadie. Pero lo que más se vio afectado fue mi propio interior. Mis convicciones, que yo consideraba inamovibles, se vieron pulverizadas o fuertemente sacudidas en sus cimientos. Ahora admito horrorizado como verdad irrefutable todo aquello que antaño rechazaba. Estas notas podrían tener un claro propósito: prevenir a otros como yo. Pero lo más probable es que nunca lleguen a contar con lector alguno.” (p. 181)

Este es el protagonista tras vivir su aventura imposible, pero en un principio el científico francés encuentra un receptor poco predispuesto a recibir su confesión de la manera que él, o cualquiera, hubiera deseado:

“-A usted, a usted le entregaré mi secreto- me dijo mientras se veía morir-. Continúe mi misión y llévela a término, en nombre de la ciencia y de la humanidad.
Me eché a reír:
-A la ciencia la desprecio, y la humanidad no me gusta.” (p. 185)

Me encanta esta actitud descreída del protagonista, que acepta investigar solo por curiosidad, uno interpretaría que casi por aburrimiento. Su devenir le obligará a cambiar. La resignada desesperación, la aceptación amarga de un destino infausto, la tristeza de quien lo ha tenido todo y ahora está desposeído y solo, y ni siquiera le importa, es el aprendizaje de la vida al que se someterá nuestro héroe. Su conocimiento, el cambio, lo que le traerá es el dolor. Como dije, estamos ante un relato pulp de civilizaciones perdidas, con sus reyes, princesas, esclavos y sublevaciones rebeldes, emocionante de leer y absorbente al máximo. A pesar de que sus personajes luchan y se enfrentan a los problemas, hay una melancólica aceptación del devenir fatal en todos ellos. En esto estriba quizá la mayor diferencia con el pulp posterior norteamericano: este suele estar impregnado de optimismo y capacidad de superación. Para Briúsov, la aventura nos lleva a conocer maravillas, pero también todo el horror y el mal que encierra la naturaleza humana.

De Briúsov se incluye un segundo relato, La República de la Cruz del Sur (1905). Aunque se presentan todos los cuentos incluidos en Pioneros como inéditos en nuestra lengua, la verdad es que este ya fue publicado en el número 2 de la revista Delirio: ciencia ficción y fantasía en junio de 2008. Descrito como el primer relato de zombis de la literatura, esto solo da una idea empobrecida y tristona del verdadero alcance de este sobrecogedor y magistral cuento, una obra maestra absoluta (¿recordáis que dije que en este libro al menos había dos?) que adoptando las maneras de una nota histórica o un informe de un suceso ambientado en el futuro, nos detalla de forma fría y descriptiva la apocalíptica catástrofe en la que se sume la capital de la naciente República de la Cruz del Sur, la Ciudad de las Estrellas. Un auténtico infierno desatado en la tierra de manos de la locura del hombre. Sus apenas treinta páginas son suficientes para contarnos una pesadilla que nace de una enfermedad, la enfermedad de la “contradicción”, mania contradicens, que lleva al individuo afectado a hacer justo lo contrario de lo que desea. Esto provocará en su inicio situaciones jocosas y divertidas, pero poco a poco se empiezan a dar casos de espeluznante horror. Aprovechando la locura de la enfermedad, todos los criminales y psicópatas se refugiarán en la floreciente ciudad y darán rienda suelta a sus deseos más enfermos ocultos en la locura colectiva. Un relato terrible y estremecedor, el reflejo de la naturaleza del hombre en el que el heroísmo y la entrega de unos pocos resultan insuficientes ante la enajenación y el delirio destructivo de la muchedumbre. Briúsov se muestra magnífico en su descripción de la nueva República: en tres páginas ya nos ha hecho creíble este país del mañana. En las restantes, nos hará sentir como un mazazo toda la abominación de la que es capaz el ser humano. Un cuento magistral y demoledor, toda una cumbre del género que desde ya consideramos imprescindible. Y recordad: todo lo que he leído y visto sobre zombis no son sino historias para bebés comparado con lo que Briúsov nos permite atisbar aquí. Esto es el horror, porque no son zombis ni criaturas extrañas: somos nosotros mismos, es el hombre como vórtice del espanto y la pesadilla. Nosotros somos los monstruos.


S. R. Mintslov


Después del impacto producido por la lectura de este relato prodigioso y único de Briúsov, la verdad es que lo siguiente que me diera por leer parecía condenado de antemano a resultarme aburrido e intrascendente. Pero resultó que no: El misterio de las paredes (1906), sin estar a la altura del anterior, sería cruel e injusto esperar esto, de Serguéi Rúdolfovich Mintslov (1870-1933), es una historia de ciencia ficción más tradicional pero disfrutable totalmente. De nuevo encontramos aquí la temática secundaria de esos inventos o ingenios maravillosos que tras mostrar un momento de fulgor increíble se pierden para la ciencia y para la historia de la humanidad. En este caso, el artefacto imposible es un artilugio que nos permite ver y oír sucesos acontecidos en los lugares en los cuales se aplica su funcionamiento. Una máquina del tiempo, aunque solo nos traiga de allá el pasado en imágenes. Así, una abandonada mansión será el escenario elegido por los investigadores para revelarnos su historia, sus secretos, brillando con intensidad de nuevo entre la soledad y el frío de la estepa en la que se eleva la ahora muerta casa. Nuestros protagonistas serán testigos únicos y de excepción de una fiesta que funde lo real con lo fantasmal en fantástica representación. Un cuento elegante que esconde una fabulosa estampa de época y la belleza y la desgracia de los dramas pasados. También el del presente, pues hasta lo que acaba de acontecer pronto es devorado por el olvido. Otro relato, pues, en el que lo maravilloso es atisbado, admirado y perdido casi todo a la vez.

En conjunto, cinco historias que no suponen tan solo una mera curiosidad histórica dentro del género, sino un auténtico descubrimiento, cuatro nombres que cuando algún día se escriba de verdad una historia de la ciencia ficción no podrán ser dejados a un lado. Imprescindibles para los amantes de la literatura fantástica, estos no solo disfrutarán, como yo lo he hecho, o al menos en eso confío, de estos admirables y prodigiosos relatos, sino que se sobrecogerán ante la perfección y modernidad de todos ellos.  


PIONEROS de la ciencia ficción rusa. Selección y traducción de Alberto Pérez Vivas. Barcelona: Alba, 2013. 346 p. Rara avis; 7. ISBN 978-84-8428-828-2.


viernes, agosto 30, 2013

EAM # 44-47: cuatro películas de Alfred Hitchcock



El director de la página web de cine El antepenúltimo mohicano, Emilio Luna, me encargó que dedicara varios artículos a comentar algunas películas de Alfred Hitchcock. Tenía libertad para elegir el número de ellas y sobre cuáles escribir, siendo la única condición que Atrapa a un ladrón (To Catch a Thief, 1955) estuviera en la selección. Así que me puse manos a la obra con la primera. Si os apetece leer el resultado, podéis hacerlo aquí:




Había para escoger, qué os voy a contar, pero las dos siguientes las tenía bien decididas nada más empezar a oír la propuesta de Emilio: serían mis dos películas favoritas de su etapa inglesa sonora, dos obras maestras por las que siento una especial fascinación. Como el objetivo de la selección no era ser exhaustiva, ni tan siquiera representativa de su autor, sino absolutamente aleatoria y subjetiva, no me importó lo más mínimo no dejar ni margen ni posibilidades a otras películas más populares y conocidas del maestro. Así que la siguiente fue Alarma en el expreso (The Lady Vanishes, 1938).    






¡Qué maravillosos carteles! En fin, la tercera fue 39 escalones (The 39 Steps, 1935), una de las primeras que vi de Hitchcock siendo niño y que se me quedó grabada a fuego. Todavía tiemblo de emoción cuando Robert Donat y Madeleine Carroll deben huir por los páramos esposados el uno al otro y acaban ocultándose en la posada. Los momentos que comparten en la habitación de esta me siguen pareciendo de los más románticos, eróticos y divertidos de todo su cine.



Escribí también sobre la novela de John Buchan 
en la que se inspira la película: AQUÍ.



Tenía claro que para finalizar quería hacerlo con una de sus dos últimas películas: o La trama (Family Plot, 1976) o Frenesí (Frenzy, 1972). Una porque me parece de las más divertidas y simpáticas de su cine, la otra porque es la más macabra, gamberra y destroyer de todas las películas que dirigió. También porque en comparación con otras quizá sean de las menos reivindicadas, al menos de manera popular. Podría daros una razón súper profunda y demás de por qué acabé eligiendo Frenesí, pero dejando aparte que en esos días yo mismo me sentía bastante macabro y gamberro, por lo que empatizaba de manera absoluta con el humor negrísimo de la cinta, la verdad verdadera es que no tenía una copia de La trama y no me pude hacer con ella en el tiempo del que disponía para escribir el artículo, así que nada, ya sabéis cuál ganó.





Y estas fueron mis estúpidas aventuras y disquisiciones mientras escribía los cuatro artículos dedicados a sendas películas de Alfred Hitchcock. Si os han aburrido, imaginaos yo que tuve que vivirlo... ¡Espero que al menos el resultado sea de vuestro agrado!

miércoles, julio 17, 2013

EAM # 43: La guerra de los mundos, de Byron Haskin (1953)


Parece que hubieran pasado siglos desde que escribiera este artículo para la página de cine El antepenúltimo mohicano, pero no. En cualquier caso, aquí está mi comentario a esta fantástica película, La guerra de los mundos (The War of the Worlds, 1953), una producción de George Pal dirigida por Byron Haskin, dos genios con una cantidad magnífica de maravillosos y extraños títulos en su haber. No siempre muy apreciados por los amantes del género fantástico, quizá porque siempre huyeron del elitismo y buscaron hacer películas para todos los públicos, sobre todo Haskin, un artesano que venía del departamento de efectos especiales capaz de dirigir clásicos como La isla del tesoro (Treasure Island, 1950) y Cuando ruge la marabunta (The Naked Jungle, 1954) o rarezas fascinantes como Robinson Crusoe de Marte (Robinson Crusoe on Mars, 1964) y El poder (The Power, 1968). De manera especial, suele ser muy poco valorada esta adaptación de la obra maestra de H. G. Wells, una obra que a mi gusto es una de las grandes cimas del cine de ciencia ficción, y si bien no alcanza la profundidad de la misma novela o de otras películas con las que comparte género, sí que posee grandes momentos, inolvidables secuencias que a día de hoy se pueden considerar modélicas por su realización y geniales por su capacidad de generar pura emoción. 

Podéis leer el artículo




Y qué decir de las naves marcianas: ¡jamás las ha habido más alucinantes!



La secuencia en la que los marcianos acosan a la pareja protagonista en la cabaña abandonada es una delicia, un ejemplo perfecto de tensión y terror.



Jeje, los marcianos apenas si los podemos entrever, otro gran acierto de la peli. Por si os despistáis viéndola, aquí tenéis a uno de ellos. El pobre parece más asustado que los humanos.



Todas las escenas de la ciudad desolada por el ataque marciano son sensacionales. ¡Cuántas películas apocalípticas habremos visto y qué pocas igualan estas imágenes! Igualar digo, que copiarlas, muchas.




Y esas escenas de la ciudad siendo arrasada por las naves espaciales de otro mundo... ¡Si no disfrutáis y sois felices con esto, de verdad que no entiendo qué hacéis visitando este solitario blog!